
(1 2 3 4 5 6 7 8 y 9 10 y 11 12 y 13 14 y 15 16 y 17 18 y 19 20 y 21 22 y 23 24 y 25 26 y 27 28 y 29 30 y 31 32 y 33 34 y 35 36 y 37 38 y 39 40, 41 y 42)
La cabeza de Lauro forma parte de la túnica drapeada de la noche. El golpe seco y por sorpresa le ha roto las ideas durante unos minutos, como si fueran parte de una vajilla de loza arrojada sobre el pavimento. Mientras se incorpora, recuerda con dificultad una mano que parecía femenina sujetando algo muy contundente que se debió estampar contra su sien. Le llama la atención el susurro de la conversación que continúa tan próxima. A duras penas, por fin, logra levantarse. Da unos tambaleantes pasos por un piso de reducidas dimensiones, mientras, se palpa el nacimiento de un buen chichón en la zona parietal izquierda. No hay sangre. No ve sangre. En pocos segundos comprende la sencilla estratagema de la joven e intuye que todo el plan se les puede ir al traste por su precipitación absurda.
Tendría que haberse quedado en el coche cumpliendo las órdenes de Gilberto. Llega a una conclusión, otra más a lo largo de esta madrugada, los jefes son jefes por algo, no lo son por casualidad.
No le queda más remedio que regresar al vehículo y llamar a su jefe.
O mejor aún…
Acaricia el fajo de billetes. Toma la decisión de desaparecer de la ciudad antes de que nadie pueda decidir por él. El llanto del niño vuelve a su interior. Si la mujer ha salido corriendo (eso supone, pues no hay nadie en el reducido piso) no sería extraño que regresara con alguien de la policía. 'Mejor pájaro en mano', se dice.
Gira escaleras abajo, donde no sabe que Rubén ya ha escuchado los pasos que descienden, descuidados y rápidos...
Elio mira admirado la decisión de Manuel. Todo ha sucedido en unos segundos. O en unas décimas de segundo. ¿A qué se habrá dedicado este hombre durante su tiempo libre? ¿Qué otra ocupación secreta le habrá hecho tan ágil y rápido de reflejos? El horrísono timbre del móvil de Doroteo Burón estremeció la sala de la imprenta. El primer sorprendido fue el propio llamado que, en un gesto automático, para tomar su aparatillo, bajó la pistola. Antes de que hubiera acercado la mano al teléfono, estaba en el suelo, con el brazo doblado sobre su espalda mientras el revólver se deslizaba en una absurda cabriola de giros por el pavimento de la imprenta, como un patinador de sobre hielo en un remolino sin final. La voz del jefe de la imprente sonó honda y segura. ‘Ahora conteste, como si no ocurriera nada o puede acabar como los periódicos… Elio, llame a don Efrén, ya sabe’. No ha cambiado de posición para la última frase. Cuando se dirige a Burón parece otro hombre, parece la encarnación de alguien terrible, a quien sin duda conviene tener entre el grupo de los amigos y no en el de los enemigos. ‘¡Coja el puto teléfono! ¿No me ha oído?’ La exclamación y la admiración forman parte de un susurro, sin gritos, sin aspavientos. La voz de Doroteo Burón se ha convertido en el sonido de una flauta desafinada ‘¿Gilberto…?’ Tras dos segundos de silencio, intenta volverse hacia su captor, que continúa ejerciendo la presa sobre la espalda. Más que explicarse, implora ‘Ha colgado’. El jefe de la imprenta se ha convertido en el dueño de la situación. ‘Don Efrén, pasó el peligro. Manuel ha neutralizado a Burón… Ya, ya le contaré, creo que tendría que llamar a la policía… ¿Que ya lo ha hecho?’ Las últimas palabras del redactor de Cultura y Sociedad actúan como resorte para el tronco de Doroteo que intenta alzarse del suelo. Elio comprende el gran error de aquel hombre, al comprobar cómo Manuel ejerce más presión sobre el brazo derecho de su presa. No puede evitar una sonrisa al escuchar el grito de Doroteo Burón.
Cuando el gato que cruza la calle vea que amanece, no sabrá explicar con exactitud a los pájaros que despiertan, por qué ese revuelo de luces azules frente a la sede del Diario de Euritmia. El mismo problema, en el fondo, lo tendrá Del Río, cuando prepare el correspondiente informe que adjuntará a la declaración de los detenidos que elevará al juez. Todo ha sido tan rápido y sin embargo tan silencioso. Intuye que detrás de esta intervención empezarán a llenarse páginas de la prensa nacional con el asunto. Y no hay cosa que más le fastidie que los periodistas empiecen a remover las cosas que huelen mal. Aunque en esta ocasión habrá que ser indulgentes, pues han sido periodistas los protagonistas del acto final. A las cinco de la madrugada, de todas maneras, el cansancio de la jornada vuelve a hacer mella en él. ‘¿Sí, Ortega? ¿Qué ha llegado Rubén a la comisaría con otro tipo…? Gracias, Ortega… ¿Qué tal la chica...? Me alegro... No, no, ya no es necesario que despierte al Comisario, que siga durmiendo…’. El gato de azabache cruza veloz la calle. La mirada del Subcomisario del Río sigue su sombra que huye hacia la alfombra del amanecer, y tropieza con el cuerpo encogido de Gilberto que no es capaz de levantar la mirada al paso de Burón que se dirige esposado hacia su coche. Y piensa que por una vez han llegado a tiempo. Que la ciudad ha salvado un tesoro que le pertenece…
¿Y qué hacer con el tesoro…?
¿Qué decisión tomar con el oro enterrado en esa mina…?