Mostrando entradas con la etiqueta MICRORELATO ¿Qué decisión..... Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MICRORELATO ¿Qué decisión..... Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de octubre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR...? (43, 44 y FINAL)



* * *
43
04:52 a.m.

La cabeza de Lauro forma parte de la túnica drapeada de la noche. El golpe seco y por sorpresa le ha roto las ideas durante unos minutos, como si fueran parte de una vajilla de loza arrojada sobre el pavimento. Mientras se incorpora, recuerda con dificultad una mano que parecía femenina sujetando algo muy contundente que se debió estampar contra su sien. Le llama la atención el susurro de la conversación que continúa tan próxima. A duras penas, por fin, logra levantarse. Da unos tambaleantes pasos por un piso de reducidas dimensiones, mientras, se palpa el nacimiento de un buen chichón en la zona parietal izquierda. No hay sangre. No ve sangre. En pocos segundos comprende la sencilla estratagema de la joven e intuye que todo el plan se les puede ir al traste por su precipitación absurda.
Tendría que haberse quedado en el coche cumpliendo las órdenes de Gilberto. Llega a una conclusión, otra más a lo largo de esta madrugada, los jefes son jefes por algo, no lo son por casualidad.
No le queda más remedio que regresar al vehículo y llamar a su jefe.
O mejor aún…
Acaricia el fajo de billetes. Toma la decisión de desaparecer de la ciudad antes de que nadie pueda decidir por él. El llanto del niño vuelve a su interior. Si la mujer ha salido corriendo (eso supone, pues no hay nadie en el reducido piso) no sería extraño que regresara con alguien de la policía. 'Mejor pájaro en mano', se dice.
Gira escaleras abajo, donde no sabe que Rubén ya ha escuchado los pasos que descienden, descuidados y rápidos...

* * *
44
04:58 a.m.

Elio mira admirado la decisión de Manuel. Todo ha sucedido en unos segundos. O en unas décimas de segundo. ¿A qué se habrá dedicado este hombre durante su tiempo libre? ¿Qué otra ocupación secreta le habrá hecho tan ágil y rápido de reflejos? El horrísono timbre del móvil de Doroteo Burón estremeció la sala de la imprenta. El primer sorprendido fue el propio llamado que, en un gesto automático, para tomar su aparatillo, bajó la pistola. Antes de que hubiera acercado la mano al teléfono, estaba en el suelo, con el brazo doblado sobre su espalda mientras el revólver se deslizaba en una absurda cabriola de giros por el pavimento de la imprenta, como un patinador de sobre hielo en un remolino sin final. La voz del jefe de la imprente sonó honda y segura. ‘Ahora conteste, como si no ocurriera nada o puede acabar como los periódicos… Elio, llame a don Efrén, ya sabe’. No ha cambiado de posición para la última frase. Cuando se dirige a Burón parece otro hombre, parece la encarnación de alguien terrible, a quien sin duda conviene tener entre el grupo de los amigos y no en el de los enemigos. ‘¡Coja el puto teléfono! ¿No me ha oído?’ La exclamación y la admiración forman parte de un susurro, sin gritos, sin aspavientos. La voz de Doroteo Burón se ha convertido en el sonido de una flauta desafinada ‘¿Gilberto…?’ Tras dos segundos de silencio, intenta volverse hacia su captor, que continúa ejerciendo la presa sobre la espalda. Más que explicarse, implora ‘Ha colgado’. El jefe de la imprenta se ha convertido en el dueño de la situación. ‘Don Efrén, pasó el peligro. Manuel ha neutralizado a Burón… Ya, ya le contaré, creo que tendría que llamar a la policía… ¿Que ya lo ha hecho?’ Las últimas palabras del redactor de Cultura y Sociedad actúan como resorte para el tronco de Doroteo que intenta alzarse del suelo. Elio comprende el gran error de aquel hombre, al comprobar cómo Manuel ejerce más presión sobre el brazo derecho de su presa. No puede evitar una sonrisa al escuchar el grito de Doroteo Burón.

* * *
45 y último
05:00 a.m.

Cuando el gato que cruza la calle vea que amanece, no sabrá explicar con exactitud a los pájaros que despiertan, por qué ese revuelo de luces azules frente a la sede del Diario de Euritmia. El mismo problema, en el fondo, lo tendrá Del Río, cuando prepare el correspondiente informe que adjuntará a la declaración de los detenidos que elevará al juez. Todo ha sido tan rápido y sin embargo tan silencioso. Intuye que detrás de esta intervención empezarán a llenarse páginas de la prensa nacional con el asunto. Y no hay cosa que más le fastidie que los periodistas empiecen a remover las cosas que huelen mal. Aunque en esta ocasión habrá que ser indulgentes, pues han sido periodistas los protagonistas del acto final. A las cinco de la madrugada, de todas maneras, el cansancio de la jornada vuelve a hacer mella en él. ‘¿Sí, Ortega? ¿Qué ha llegado Rubén a la comisaría con otro tipo…? Gracias, Ortega… ¿Qué tal la chica...? Me alegro... No, no, ya no es necesario que despierte al Comisario, que siga durmiendo…’. El gato de azabache cruza veloz la calle. La mirada del Subcomisario del Río sigue su sombra que huye hacia la alfombra del amanecer, y tropieza con el cuerpo encogido de Gilberto que no es capaz de levantar la mirada al paso de Burón que se dirige esposado hacia su coche. Y piensa que por una vez han llegado a tiempo. Que la ciudad ha salvado un tesoro que le pertenece…
¿Y qué hacer con el tesoro…?
¿Qué decisión tomar con el oro enterrado en esa mina…?

martes, 29 de septiembre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR...? (40, 41 y 42)


* * *
40
04:36 a.m.

Aún la ciudad es un gato dormido que quizá sueñe con un amanecer de cristal. Euritmia está lejos de sacudirse las mantas de la noche. Damián sabe que el viejo director del periódico no abandonará su cubil hasta bien entrada la mañana. Como la visión de la diminuta llama de una vela en la distancia, recuerda una de las conversaciones con Doroteo.

¿Pues no me ha dicho el jefe que quiere ver el periódico de papel para estar seguro que los periodistas cumplen con todo lo que les hemos escrito en la nota que iba dentro del sobre con la pasta…? Ahora llamo a Gilberto y le digo que vuelvo al periódico, y controlo cuando sacan los primeros bultos con periódicos. Cojo uno, se lo llevo a su casa y nos podemos ir todos tranquilos a dormir un rato. Porque ya lo de La Cubana hoy no va a poder ser, de ninguna manera, hay que joderse. Otra noche sin nada que llevarme a la boca… Y si en vez de llamar me presento allí… Total, el viejo gallego no va a salir de la cama, seguro que ya duerme a pata suelta. Y yo aquí, bien jodido, muriéndome de sueño y de frío. Sí, mejor voy para allá, no sea que le dé por decir que me tengo que quedar, que prefiere esperar unas horas a que abran los quioscos de prensa… Decidido, Damián, media vuelta y para el periódico, no digas nada al jefe, que lo mismo con lo mosca que está contigo te hace pringar lo que queda de noche delante de una puerta cerrada, para nada, absolutamente para nada.

A pesar de los problemas de vista que padece Efrén Barrientos, y que le impiden conducir con garantías durante las horas nocturnas, nada le puede impedir contemplar que de nuevo el encendido de los faros del coche, ni su lenta maniobra, para girar y abandonar su vigilancia.

***
41
04:38 a.m.

Virginia no conoce a Rubén, y con el aspecto juvenil y desenfadado de su atuendo, ¿quién imagina que se trata de un policía de servicio que viene a salvarla de la sombra que vigila su sus sueños, sus supuestos sueños…? Por ello ha corrido aún más veloz, aún más asustada con esa nueva visión. Otro hombre a esas horas en el inmueble es demasiada casualidad, o eso ha pensado. Si aquel joven ascendía con tanto sigilo por las escaleras, ha pensado que lo hacía para acompañar a su compañero que ahora yace bajo el umbral de la puerta del piso, tras haberle acertado de pleno con el cenicero de cristal macizo. Por una vez aquel regalo absurdo de sus futuros suegros (¿sus futuros suegros?) había servido para algo. No confiaba demasiado en sus fuerzas, y probablemente aquel golpe sólo había servido para marear temporalmente a aquel hombre de tez oscura y baja estatura, pero de fornido aspecto. Tenía que huir con toda la velocidad de sus piernas, nada acostumbradas a una carrera, y menos aún con semejante atuendo, una bata sobre un camisón y unas zapatillas de estar por casa. Sólo tenía clara una cosa, la dirección a tomar. A escasos seiscientos metros de su casa está La Comisaría en la confluencia con el Paseo de las Olmas. Ya está bien de tanto jueguecito de detectives de mala novela negra. Tiene la suficiente información para que cualquier policía sepa cómo actuar. Tiene nombres, tiene datos. Suficiente. Ha pasado ya demasiado tiempo desde que Elio se ha ido de casa, supuestamente para media hora…
A duras penas, Rubén ha podido reaccionar esquivando ese bulto rubio que se le venía encima.


* * *
42
04:47 a.m.

Manuel[1] sabe que está haciendo bien su trabajo. En una ciudad tan pequeña todos se conocen. La carta escrita por Elio es clara y precisa. No era necesario ser muy inteligente para descubrir que detrás de aquel hombre que había llegado a horas tan intempestivas, estaba uno de los mencionados en la carta. En su memoria se unieron, como dos piezas de un puzzle, el nombre que había visto escrito, con el rostro que conocía. En cuanto vio su llegada supo instantáneamente que era fundamental preservar unos cuantos ejemplares del periódico, y luego dejar que el tiempo corriera. Una resma de papel da para mucho, y no es difícil camuflar una ínfima parte de la edición, diez, doce ejemplares... suficiente... lo que quepa en la palma de la mano. Elio que no se ha percatado del rápido movimiento de aquel hombre, sigue en silencio todo el proceso. Está seguro de que el revólver ya no es ningún peligro. La sonrisa de Burón ante la acción de la trituradora de papel es más explicativa que cualquier frase por muy larga que sea. A Elio le sorprendió que Manuel, incluso antes de acabar la llamada telefónica a don Efrén, empezara a destruir ejemplares del periódico. Sabía que no era nada profesional lo que sentía, pero el alivio se asentó, como una caricia, en su estómago y en su corazón.
El cañón de una pistola intimida y asusta bastante.

Desde aquel instante supo que vería las películas con otra sensación bien distinta.
_______________________________________
[1] Se recuerda que Manuel es el Jefe de la Imprenta del Diario de Euritmia. Nota del Escribidor

viernes, 25 de septiembre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (38 y 39)

* * *
38
04:33 a.m.
Del Río, no me queda más remedio que volver a salir, algo está pasando en el periódico.
Ni se le ocurra, don Efrén. Mejor cuénteme lo que ocurre.
Si no hubiera acudido a usted, quizá esto no estuviera sucediendo. La policía siempre tiene que complicar todas las cosas, coño.
¿Por qué no nos tranquilizamos?
Yo estoy muy tranquilo.
Yo diría que no, don Efrén. Yo diría que está muy nervioso, muy acelerado y que no piensa con claridad. Si no me quiere contar, lo que ocurre, allá usted, pero ahora mismo mando allí a un par de agentes y asunto solucionado.
No, no, del Río, ni se le ocurra. Ustedes siempre lo solucionan todo de la misma manera, con una patada en la puerta…
Escúcheme, sólo unos segundos, deje de ser tan cabezota y escuche... Vamos a ver, si usted sale de allí quien está abajo vigilándole irá detrás de usted y le tendremos también en el periódico. ¿Es que prefiere eso…? ¿Don Efrén…? ¿Está ahí…?
Que sí, coño, que estoy aquí, que no marché a ninguna parte… ¡Carallo, tiene razón…!
Entonces cuénteme que está pasando, o por lo menos lo que sabe que está pasando.
Me llamó Elio hace unos minutos, y me dijo que el tal Doroteo Burón le encañona con un revólver en la sien.
¿Doroteo Burón…?
Sí. Recuerde, el testaferro del alcalde, el que figura como representante de la empresa que comprará la mina…
Siga, siga…
Elio añadió a la edición impresa una carta al director, ficticia, claro, en la que publica el resumen de todo el lío que se traen estos entre manos. Lo que no sé es por qué este Burón acudió al periódico, parece como que una meiga le contó lo que hizo el chaval.
Le repito, don Efrén, por su bien, por el del periódico, por el de Elio, no se mueva de su casa…
* * *
39
04:34 a.m.

Sigilo.
No hubiera sido necesario tanto silencio, ni tanto caminar disimulado, ni tanto querer hacerse sombra entre las sombras, convertirse en oscuridad invisible. Los ojos de Rubén pronto descubren que el coche está vacío. Salvo la luz de pomelo de las farolas, la noche acaricia con sus guantes de charol el pavimento de la calle que bosteza. La respuesta a la pregunta, que se cierne como un mal viento, es evidente. El veloz paso de los segundos, es ametralladora en sus pulsos.
Duda.
Tendría que preguntar, quizá, pero se arriesgaría. No hay nada que perder. O se pierde todo. Que la ventanilla no esté cerrada del todo, que el leve aroma del un cigarro se columpie por el tobogán invisible que sale del interior del coche y se desliza por la madrugada, son dos señales inequívocas, la confirmación de la primera intención.
Precaución.
Hay ciertas cosas que un policía no puede hacer en solitario. Como entrar en un edificio sin ir acompañado por un compañero a quien se abre el camino y que, al tiempo, protege tus espaldas.
Ansiedad.
¿Y la prisa, esa prisa teñida de urgencia?
Tendría que haberse traído a alguien. Sin compañero todo es más difícil, casi imposible. Una cosa es vigilar y otra intervenir.
Prudencia.

martes, 22 de septiembre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (36 y 37)

* * *
36
04:22 a.m.

El vaso de leche tibia, casi caliente, le reconfortaba, como tantas veces le reconfortaba la escucha de una buena música, esas melodías que en esta época de prisas y estruendos nadie se para a oír. Un buen bolero, quizá un tango…
Cuando entró en el portal y descubrió que el coche que le seguía a todas partes aún no había llegado sonrió aliviado.
No por tanto acontecimiento rompería su rutina. Lucía, a esas horas, dormiría a pierna suelta, ya estaba acostumbrada a los horarios del periódico. Tenía la plena certeza de que, como cada noche, el vaso de leche le esperaba en el microondas para ser calentado. También sabía que le aguardaban sus galletas. Esas cuatro galletas de toda la vida, que eran como el paladar del recuerdo de la infancia, a pesar de sus años.
Pero antes de cumplir con la liturgia de cada madrugada, después de depositar las llaves en la entrada, de puntillas, sin encender ni una luz, se dirigió a la ventana del salón, la que daba a la C/ Arcipreste de Hita, esquina con Dos de Mayo. A pesar de la pequeña treta que había gastado a su sombra, no debería tardar mucho en aparecer. Si no lo hacía quizá debiera de llamar a la policía…Este pensamiento no le duró más de unos segundos, pues los faros del coche aturdieron las sombras de la noche. Ya se podía ocupar de su persona, al menos unas horas: el vaso de leche, las galletas, dormir…
Hasta que el sonido de ese maldito artilugio inventado sin duda por uno de los diablos más perversos que habita en el infierno, convirtió el silencio en un puñado de cristales rotos…Temió incluso que Lucía despertara...
Las palabras que escuchó a Elio no eran precisamente tranquilizadoras.
Si no había interpretado mal, la sien de su redactor de cultura era apuntada por un revólver que empuñaba Doroteo Burón. O desaparecía la carta escrita de la edición impresa o sus días estaban contados. El retraso en la salida a la calle, parecía no importarle a aquel hombre. Ni en los días más duros de la represión de aquel Gobernador Civil había pasado por una situación tan delicada.
Quizá debieron haber aceptado el dinero.
* * *
37
04:27 a.m.

Lauro no había visto nunca Sólo en casa. El niño que lloraba en su cabeza aún no tenía edad para tales cosas. Su edad era la de soñar con tibios ríos de leche caliente. Si hubiera visto la película norteamericana, sabría que el volumen de un televisor puesto a determinada altura puede confundir los oídos de un oyente poco avezado.
Si hubiera pensado, al menos durante unos segundos, sobre tal posibilidad, quizá no hubiera actuado de la manera en que lo hizo. Pero no tenía madera para ser guionista de Hollywood.
Virginia, sí recordó esa cinta. Suponía que no era una solución excesivamente brillante, pero quizá funcionara. Cuando Elio se fue, ella intuía dos cosas, y sabía una tercera. Intuía, primero, que su novio no regresaría tan pronto como decía y, segundo, que estaban siendo vigilados, a pesar de los intentos de Elio por asegurar lo contrario. Además, sabía que tenía miedo. La sensación de miedo era poderosa, tan poderosa como el estruendoso sonido de los latidos de su corazón.
Lauro desconocía el temor que deambulaba en el corazón de Virginia y mientras pensaba en cómo actuar, no vigiló la sombra de la silueta femenina que se asomaba a la ventana. Lauro no sabía que Virginia vio con detalle el momento en que salía del coche y cómo, con pasos de gato precavido, cruzó los metros que separaban su coche del portal.
El miedo ocupó el caudal del torrente sanguíneo femenino y aceleró de tal manera la velocidad de sus pensamientos que en cada segundo le cupieron varias ideas al mismo tiempo.

viernes, 18 de septiembre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (34 y 35)

* * *
34
04:07 a.m.
Lauro ha llegado a una conclusión, poderosa y sólida como una montaña: el rumor que percibe a lo lejos es una conversación de telefónica. No puede ser otra cosa. Un cuchillo de viento le cruza los pensamientos. Es probable que la joven esté hablando con la policía. El número de teléfonos que se almacenan en una casa es alto, y su jefe tiene imposibilidad absoluta de controlarlos. Él sabe cómo abrir la puerta de la casa, de ésta, de cualquier casa. Mientras no haya un cerrojo echado o no haya una cerradura de seguridad, todo es muy fácil. Él sabe entrar en los lugares como si se hubiera convertido en un gato silencioso. Lágrimas de niño crujen en algún lugar recóndito. Ha pasado más de una hora desde que la sombra del periodista salió por el portal. Entrar, deslizarse, escuchar, salir… Sigilo. Silencio. Hora intempestiva de la madrugada, donde los sueños se aferran a los párpados para no huir a los brotes del olvido. Aún la luz repta bajo la puerta, como si se escapara. Y al fondo el runrún de voces… Si no se da prisa puede ser tarde. Quizá las sirenas, azules y silenciosas en la madrugada, estén a punto de llegar…Lágrimas de niño crujen en algún lugar recóndito. Si la policía aparece, cómo evitar que el frío y el hambre posen sus pesadas manos sobre su cuerpecito de pulpa de naranja. El dinero aún le pesa en el bolsillo interior. Ese dinero que es sólo una parte de una promesa… Salir corriendo, como regato que nace de la luz, y dejárselo a ella, bajo la almohada que duerme… Luego volver… O no volver… Sigilo. Silencio. Lágrimas de niño crujen en algún lugar recóndito.

* * *
35
04:13 a.m.

Doroteo Burón no puede dormir. Sabe que no lo hará hasta que sus pupilas desgastadas no lean línea a línea el periódico de verdad. Ese periódico de papel que huele a tinta de desayuno y a risotada de engaño. Antes de las cinco de la madrugada será casi imposible que ningún ejemplar esté en la calle. Aunque, quizá a un buen precio, alguien de la imprenta del periódico le deje echar un vistazo a lo que trae el papel. No pierde nada por intentarlo.
Mejor actuar con discreción. Gilberto empieza a ser como un ancla pesada que todo lo ralentiza. Hace tiempo que sabe que si uno mismo no se encarga de sus propios asuntos, siempre hay algo que yerra.
Por qué la chequera está en junto al pequeño revólver que ocupa el bolsillo interior de la americana oscura que le cruza el vientre abombado, es una pregunta que le roza una cana de la sien, que tampoco le inquieta en exceso. Quizá haya sido el gesto automático de la costumbre. La repetición cotidiana. Pero algo le dice que ha habido más que costumbre premonición en aquella decisión inconsciente. Por algo no siente sueño, por algo teme al periódico de papel, ese que se desayuna Euritmia, mientras el día se abre como una rutilante niña enjoyada.

martes, 15 de septiembre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (32 y 33)

* * *
32
03:35 a.m.

Sentirse burlado por un viejo no es la mejor de las conclusiones a las que puede llegar alguien como Damián. Después de la segunda carrera, en pocos instantes, los pulmones están a punto de estallarle.
'Tendría que llamar a Gilberto, pero cómo le explico que en a penas cincuenta metros el director del periódico me ha dado esquinazo. Y lo peor es que en cuanto me oiga pensará lo mismo y sabrá que he sido descubierto. Así que en cuanto le diga al jefe que el viejo sabe que le sigo, me deja sin trabajo y adiós pasta… Damián, piensa con calma. Sólo con un poco… El viejo va a su casa, no hay duda. ¿A dónde va a ir si no...? Pues se le podría ocurrir largarse al Dado's. Joder, ya estoy con lo mismo. Venga, no seas imbécil y arranca el coche de una puta vez…No hay que darle más vueltas. No se le va a ocurrir otra cosa nueva. Has metido la pata, eso lo ve un ciego. Vale. Pero sólo lo sabes tú, ¿no?. Nada ha cambiado, por lo menos de momento. No te va a denunciar a la policía. Es como un secreto entre los dos. Así que no te pringues tú solito. Como si no hubiera pasado nada. ¿Ves? No ha pasado nada. La calle sigue vacía. Nadie se ha enterado. Sólo tú y él... Eso, tranquilo. Así, resopla. Sólo tienes que girar el contacto, y conducir tranquilo hasta su casa. Si hubieras pensado un poco más despacio, no habrías actuado tan a lo loco, no habrías entrado en ese maldito pub; pero claro, estabas distraído con La Colombiana, y eso no te ha dejado pensar en condiciones. Excusas. Lo mejor que podría hacer sería comerme tanta disculpa, que ni se las mencione a Gilberto, porque en cuanto se lo digas, te ha jodido. Arranca y a la calle Arcipreste de Hita. Allí le verás llegar, seguro, no lo dudes. Ves, así de sencillo... Eso es... Nada ha cambiado... Segunda...'
* * *
33
03:51 a.m.

Elio ha tenido que agilizar el ritmo de su escritura. La mirada de Manuel no es precisamente una mirada muy amiga. ‘¿Por qué no llamas a don Efrén, Elio? No sé, esto me huele mal, me parece que mañana me va a caer una buena bronca…’ ‘Manuel, seguro que no. Confía en mí. Sólo se trata de una carta, nada más. No hay problema. Un momento... Ya está... Escucha, a ver qué te parece:
Sr. Director del Diario de Euritmia:
El Ayuntamiento, con el Señor Alcalde a la cabeza nos engaña o lo que quizá sea peor, nos toma por tontos. El Sr. Alcalde cree que los euritmitenses somos niños de escuela.
Como bien es sabido, puesto que ha salido publicado en el diario de su digna dirección, el próximo pleno municipal aprobará la permuta de los terrenos donde se ubica la vieja mina de caolín, con otros cuya titularidad pertenece a D. Doroteo Burón.
Todos recordamos que en los medios de comunicación de la ciudad hubo polémica con el asunto, ya que en un primer momento se rumoreó y se escribió que el objetivo de la empresa que representa el Sr. Burón consitía en edificar una urbanización de viviendas sobre dicha parcela, una vez que se hubiera hecho con su propiedad, lo que hubiera supuesto una recalificación urbanística ya que según prevé el plan general de Euritmia este solar está destinado a uso público, esparcimiento e instalaciones recreativas.
Una vez desmentido solemnemente por el Sr. Alcalde este rumor, las protestas se aplacaron, como si todo el mundo se hubiera dado satisfecho. Se permuta un terreno por otro, sin ningún valor aparente y todo el mundo se encoge de hombros. Algo huele mal.
Señor director, a algunos ciudadanos no se nos olvidan las historias que se contaban durante nuestra infancia. Por ejemplo, desde siempre se ha contado que la señalada mina de caolín, en realidad, esconde una gran veta de oro. Y esto que sé yo, lo ha oído buena parte de los ciudadanos de Euritmia, al menos los que contamos con ciertos años. Ya sé que para muchos jóvenes no es más que una leyenda de pastores, pero no convendría echar en saco roto determinadas afirmaciones.
Señor, director, ¿y si no fuera una leyenda de pastores? ¿Y si fuera verdad y algún particular fuera a enriquecerse con un tesoro que pertenece al pueblo, ya que está en un terreno que siempre ha sido de titularidad municipal? ¿Alguien del Ayuntamiento se ha molestado en comprobar la veracidad de este rumor? De ser así, sería conveniente que se diera cuenta de los resultados alcanzados por tal investigación, pues en caso contrario, habrá que empezar a pensar en cuestiones de otro tipo, de las que quizá tenga que conocer la justicia. Un Ciudadano Indignado’
'Vaya, Elio, esto puede ser una bomba'

viernes, 11 de septiembre de 2009

¿QUE DECISIÓN TOMAR? (30 y 31)

* * *
30
03:23 a.m.

La luz que sobresalta la oscuridad de la fachada alerta la mirada de Lauro que, tras haber recibido la orden de Gilberto, está más despierto que nunca. Sabe que la sustanciosa paga de este negocio no se debe a que sus neuronas intenten batir récord de altura o de longitud o de velocidad o de elasticidad. Pero no puede evitar que los pensamientos le rueden como un desprendimiento de rocas. Si Elio ha salido de casa no ha sido para darse un paseo nocturno. Que vaya a acudir a donde está el viejo director del periódico está por ver. Y ahora esa luz. Se le ocurren varias posibilidades: que la joven muchacha se haya desvelado ante la salida repentina de su novio y haya decidido ponerse a coser o a leer un libro (a pesar de la estrecha vigilancia, desconoce todo acerca de las costumbres y aficiones de Virginia), que sufra una pesadilla, que haya recibido una llamada de teléfono. Según su jefe, tienen controlado el teléfono de esa vivienda, pero hoy en día en cada casa hay más de un teléfono. Por un momento la piedra más grande que cae de sus neuronas le impulsa a subir hacia aquel segundo piso e intentar enterarse de lo que ocurre. El olfato de Lauro le dice que algo va mal, que Gilberto no lo tiene todo tan controlado como dice, que están a punto de echar todo al traste. Esa idea crece como una araña venenosa, como una serpiente que le crecieran tentáculos viscosos. Si el plan se desbarata, qué será de ese niño y de su madre en los próximos meses. Algo parecido a una catarata de sangre le golpea en la mirada. Cómo esperar a que reaccione el pendejo de Gilberto, tan pagado de sí mismo, tan ufano, tan convencido de que nada se le escapa. Si algún vecino insomne estuviera mirando, desde otra ventana, creería que Lauro es un felino dentro de un cuerpo de hombre. Sin ruido cierra la puerta del coche. Sin ruido, y con todos los sentidos alerta cruza los escasos metros que le separan de la fachada. Sin ruido abre de nuevo el portal. Sin ruido asciende, como si levitara, los cuatro tramos de escaleras que separan la entrada del edificio de su segunda planta. Sin ruido se para ante la puerta de la joven pareja. Sólo un vago rumor de voz entrecortada le llega a lo lejos.
* * *
31
03:24 a.m.

Elio está a punto de llegar al periódico, cuando le sobresalta la vieja melodía del cacharro antiguo. No da tiempo a sus recuerdos para que se alleguen a su corazón las imágenes de hace unos años, cuando Virginia parecía una realidad inalcanzable, a pesar de sus esfuerzos. ‘Dime… ¿Que le llame? Pero este hombre ha enloquecido o qué. ¿No habíamos quedado en que tenían vigilado su teléfono… No, cariño, perdona, no dudo que te haya dicho eso, lo que digo es que me extraña que lo haya dicho. ¿Y si es una trampa…? No, Virginia, ni se te ocurra salir. Estás mejor en casa, ni se te ocurra’. La imagen de aquella silueta sin duda masculina, encendiendo un cigarrillo tras el volante del coche no es nada tranquilizadora; pero tampoco tiene ningún interés en provocar el pánico en la muchacha. Supone que se limitarán a vigilarlo. Además, el tardará poquísimo. Redactar una carta dirigida al director del periódico enviada por un supuesto ciudadano euritmitense. ‘Tranquila. En menos de media hora estoy de vuelta’. ‘Lo primero es lo primero… A ver… Sí, aquí… ¿Don Efrén…? Que me ha dicho Virginia que… Sí… Sí… No, no pienso cambiar nada de la página digital, pienso modificar algo de la edición impresa… Una carta al director de un tal Ciudadano Cabreado… ¿Que no, qué…? ¿Cabreado…? ¿Mejor Indignado…? Vale, como quiera. En ella escribiré lo que sabemos en pocas líneas… Ya, sólo tenemos dos nombres el del Alcalde y el del representante de la sociedad con quien se permuta el terreno, sí, eso, Doroteo Burón… ¿Qué es poca cosa? Coño, don Efrén, ya lo sé, pero no hay más. O eso o nos quedamos con la pasta… ¿Pero para eso ya es un poco tarde, no le parece? No tendríamos que haber puesto sobre aviso a la pasma…'
Elio baja precipitadamente a la sala donde se imprime el periódico. Su mirada, como de ardilla asustada, se dirige en busca del jefe de la imprenta, Manuel. Manuel le descubre con un atisbo de mueca de fastidio. Cuando un periodista baja al infierno a pocas horas de que el periódico se convierta en testigo del alba es que algo habrá que cambiar. ‘Joder, vaya noche. A este paso hoy no salimos’.

martes, 8 de septiembre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (28 y 29)

* * *
28
03:10 a.m.
Efrén Barrientos nunca se ha entendido muy bien con el móvil. En realidad sus relaciones con los inventos tecnológicos que últimamente inundan la humanidad son frías y distantes, y en muchos casos no existen. Su capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías acabó el día en que un reproductor de CD llegó a su casa y sustituyó al viejo reproductor de cintas casetes, que ya tenía tantos achaques como él mismo. El ordenador fue una imposición que le cayó llovido del cielo en el despacho de la dirección. Y el móvil una orden del Presidente del Consejo de Administración y Editor del Diario de Euritmia. Pero ahora en el baño del pub supone que le será de gran ayuda. No es fácil la operación. Primero tiene que recordar cómo llegar a ese lugar donde le guardaron los números de teléfono que le interesaba tener. ‘¿Quién habrá decidido que las teclas sean tan pequeñas y las letras como hormigas…?’ Por fin aparece la agenda; sus dedos torpes descienden por una lista de muy pocos nombres. ‘Elio… Elio… Aquí… ¿Y si también le tienen pinchando el móvil…? ¿Se puede pinchar un móvil…?’ Por un momento la duda suspende el dedo a pocos centímetros del teclado, pero se decide a pulsar la tecla verde, donde se ve el dibujito de un auricular de teléfono tradicional. Escucha el primer tono, el segundo, el tercero… Es una voz femenina, ‘Buenas noches soy Efrén Barrientos, quería hablar con Elio Castro… Hola, Virginia, no te había conocido. Sí, dime… ¿Que no está…? ¿Qué fue al periódico a hacer qué…? Este chico es tonto… A ver, Virginia, por favor, podrías decirle de alguna manera que me llame desde ese teléfono que dices que se llevó, es que a mis años, no me entiendo muy bien con los móviles… Pero tienes que decirle que lo haga rápido, no estoy muy seguro de no estar vigilado, ni de que aquí esté seguro’. Los segundos se le hacen lentos pasos de animales antiguos y viejos. Teme que su vigilante pueda reaccionar. No está seguro de haber actuado sensatamente. ‘Nunca en mi vida fui un valiente, sólo fui un director de periódico de provincias’.
* * *
29
03:21 a.m.

Los ojos de Rubén descubren, nada más cruzar el umbral del pub, que allí no está el viejo director del periódico. El otro tipo es una cara desconocida, un rostro anónimo. Del viejo ni rastro ‘Una cerveza sin alcohol’. ‘Estamos a punto de cerrar’. ‘La tomaré rápido, no se preocupe, es que había quedado aquí con mi novia’. El rostro anónimo alza la cabeza, con la sonrisa pintada en el rostro, es como si estuviera mirando algo maravilloso dentro del cerebro. Mientras se lleva el líquido rubio a los labios, observa la cara de ese hombre que nunca antes en su vida se había cruzado con él. Acaba de descubrir una sonrisa un tanto extraña, como de fiera que se relame. Rubén sabe que el subcomisario del Río no se ha podido equivocar, es imposible que un hombre mayor como el director del periódico haya desaparecido sin que nadie le haya visto. ‘Sólo cinco minutos. En cinco minutos tengo que cerrar’. El rostro anónimo levanta la cara, ‘¿Qué se debe?’ Algo tiene que hacer. Sabe perfectamente que las órdenes son las órdenes, pero también sabe que los buenos policías, cuando es necesario, han de improvisar. Mientras se enciende un cigarrillo, saca el móvil y llama a del Río. ‘Cariño, no, no te preocupes… No hace falta que te acerques hasta aquí, porque van a cerrar ahora mismo. Mira, en tres minutos salgo, es que cierran… Sí, que en tres minutos salgo, quédate ahí. Un beso’. Una vez que el desconocido ha abandonado el local, se identifica, y pregunta casi al mismo tiempo, ‘¿El director del periódico?’ Fito respira tranquilo, ‘Menos mal. Pensé que era uno de ellos.… Don Efrén en el baño, lleva allí mucho tiempo, pero no sé a qué espera para subir’. ‘¿Subcomisario…? Me dice Fito que el Director está en el baño… Sí… Sí… ¿Y salgo…? A la orden’ ‘Diga a don Efrén que suba, por favor, que el Subcomisario quiere hablar con él, pero que lo haga a toda prisa, que en tres o cuatro minutos tengo que salir de aquí…

viernes, 4 de septiembre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (26 y 27)

* * *
26
02:56 a.m
Los ojos de Gilberto intentan decapitar la madrugada. El movimiento del joven periodista no es el que esperaba. Se da perfecta cuenta de que en este preciso momento, le haría falta un hombre más. Pero hay cosas de las que mejor es no lamentarse. Si hubiera hecho caso a su intuición, Lauro no estaría solo en el coche y alguien le acompañaría. Por delante como una cuesta insalvable, tiene que elegir quién de los dos miembros de la pareja queda sin vigilancia.
Si por él fuera, se olvidaría de la chica. Seguro que está plácidamente dormida. Es él quién puede torcer todavía las cosas. Salvo que el redactor se haya olido lo de la vigilancia y haya decidido, en un gesto de torero valiente, salir del piso para convertirse en cebo; mientras, ella, que antes habrá recibido instrucciones precisas, realiza algún movimiento inesperado, como acudir a la policía.
Sin embargo, en esta historia, Gilberto tiene muy clara una de las cuestiones, él no es nadie para tomar determinadas decisiones. Conoce a la perfección dónde están sus límites. Y se increpa a sí mismo‘¿No tienes orden de comunicar cualquier novedad sospechosa a quien te ha de pagar? Pues llama, no te busques más líos. Demasiado mal lo estás haciendo.’ Sin mirar al reloj que marca las tres menos cinco de la madrugada, llama a Doroteo. Si tuviera que responder a la pregunta de si ha despertado o no Doroteo, no sabría contestar con total precisión, pero estaría por jurar que no, que no lo ha despertado. La respuesta de Doroteo lo tranquiliza. En el fondo, piensa lo mismo que él, en su opinión Elio irá donde esté don Efrén. La orden le tranquiliza, no es necesario que mueva a Lauro de donde está. En pocos minutos, Damián estará vigilando a los dos.
* * *
27
03:05 a.m

‘El viejo no se va a ir en toda la noche. ¿Es que nunca duerme?’ Damián ha perdido hace un rato la cuenta de los cigarrillos fumados por aquel hombre en este rato. Sin embargo, observa con desesperación que la bebida a penas baja de nivel. De vez en cuando se lleva el vaso a los labios, aunque probablemente ni le roza. Damián intuye que Efrén sabe que le sigue y está jugando con él. No repitamos el exabrupto que a modo de pensamiento acaba de prender como una cerilla rabiosa en su cerebro.
El sonido del móvil le distrae de aquella vigilancia que, por las trazas, es imposible disimular.
La Colombiana rebrota en su memoria, tras la insistencia de Bernabé, en nombrarla. Mientras, su compinche describe con todo lujo de detalles la indumentaria (escasa) que esta noche luce sobre su cuerpo que tanto desea. Por un momento está convencido de que si se larga al Dado’s y está con La Colombiana un rato, cuando regrese a El Espejo, el maldito director del periódico seguiría acodado sobre la barra, llenando el cenicero de colillas y esperando a que el güisqui alcanzara la temperatura propia para ser destilado y convertirse en alcohol puro… Pero si no es así, será que se ha largado a dormir a casa. ‘¿Qué se puede hacer a las tres y cinco de la madrugada?' Su cerebro a duras penas logra detenerse en un pensamiento diferente al de la silueta de la mujer por la que podría matar.
Bernabé juega con ventaja. Por más que lo intente, Damián no puede contestar como se merece. Salvo que salga a la calle. Decide girarse y emite un susurro firme para su interlocutuor, pero audible para los dos del bar. ‘Bernabé, no me seas maricón, ya te he dicho que no puedo bajar esta noche, y punto’. Cuando después de cerrar con rabia, estrépito y furia la tapa del móvilo vuelve a su posición anterior, se da cuenta que el viejo ha desaparecido.
Su móvil vuelve a emitir el sonido de una cumbia.

martes, 1 de septiembre de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (24 y 25)

* * *
24
02:50 a.m
Lauro, después de muchos intentos infructuosos, escucha con nitidez la emisora de radio donde suenan tantos boleros. Esa música le llena el alma con una sensación parecida a la que le producían las caricias de su madre cuando de chico tenía fiebre. Mientras se agacha a buscar el mechero caído sobre una de las alfombrillas del coche, piensa que nunca deberían haber pasado esos años, cuando la felicidad era correr descalzo por la arena de la playa, y contemplar la llegada de las barcas de los pescadores, que parecían teñidas de rojo por culpa de la puesta de sol. Si hasta cuando enfermaba y se quedaba en la cama, era feliz, porque sabía que a la tarde, cuando su madre regresara del trabajo en la fábrica de conservas, le acariciaría la frente. Prefiere no pensar semejantes pendejadas, y enciende con rabia el cigarrillo, cuyo filtro se ha humedecido; aunque ante su propia madre lo negaría, él sabe que ha sido una lágrima. Siempre le pasa lo mismo. Si está solo, cuando escucha bolero es imposible que los ojos no se le humedezcan y le caigan algunas lágrimas. Si a su alrededor hay compañía, traga mucha saliva y piensa en otras cosas. En cualquier cosa; pero la táctica más importante de todas consiste en no prestar atención a lo que dicen las letras. Aún no sabe si sintonizar la emisora ha sido la mejor decisión esta noche. La mirada triste de la madre de su hijo, y el rostro demasiado delgado del niño, no se apartan del recuerdo. Y ahora la música del bolero.
Ni delante de un pelotón de fusilamiento dejaría de llorar esta noche.
Pero la figura oronda del periodista que sale del portal viene a destrozarle la sesión de lágrimas. Lo ha visto casi de refilón, pues iba muy rápido, muy pegado a la pared. ‘¿Por qué este pendejo tiene que salir, precisamente ahora?’. Todavía contempla la silueta oscura de Elio cuando le llega al oído la voz adormecida de Gilberto, que primero le increpa por llamarle a esas horas y luego queda en silencio.
‘Jefe, no tarde en decirme qué hago, si tengo que seguirle, como no me conteste pronto, voy a perderle’.
Envuelta en papeles de humo, la música del bolero se escapa en busca de la noche y el olvido, tras la rendija abierta del cristal de la ventanilla. Por un momento tiene miedo de que los últimos suspiros de la melodía avisen los oídos del periodista, pero no está la música tan alta.
Si el jefe habla de esperar, esperará.
* * *
25
02:49 a 02:53 a.m.
Elio ya está seguro. La casa está vigilada. Justo un segundo antes de abrir, ha intuido una sombra fugaz en el coche aparcado frente a la fachada. Con las prisas ha olvidado encender la luz del portal. A pesar de la oscuridad de ese zaguán estrecho, el claror que las farolas de la calle nimba lo suficiente la puerta de entrada, como para abandonar el edificio sin temor a un traspiés. Elio ya sabe que tal cosa no es recomendable, pues el pie, si no es ayudado por los ojos, puede encontrarse con cualquier mala sorpresa que acabe en esguince o algo peor, pero a esta hora de la madrugada ha tenido suerte; no siempre han de suceder desastres. Durante unos segundos ha detenido su marcha. Necesita comprobar si lo que había intuido a través del rabillo del ojo, como suele decirse, eran traiciones que le causaba el subconsciente, o era una percepción real que le ha llegado al cerebro a través de un mecanismo automatizado por el nervio óptico, como si este nervio funcionara cual cámara de seguridad que, sin petición expresa de nadie, graba todo cuanto sucede ante su foco, siempre que esté en funcionamiento. Antes de detenerse frente al cristal de la puerta, ha visto la silueta de un hombre que se incorporaba. Deduce que el movimiento que se le ha colado por entre las pestañas, ha sido el contrario al que ahora contempla con nitidez. Un busto se incorpora. El movimiento habitual del tronco de un ser humano que se alza estando su propietario en postura sedente. Lo más probable es que hubiera estado accionando algún reproductor de música, o que buscara algo caído en el suelo del vehículo. La llama del mechero ilumina un rostro del que, sin embargo, no podría decir nada. A pesar de ese resplandor fugaz, para Elio se trata de un rostro en sombra. Sabe que el vigilante no le ha visto aún. Si tiene suerte, incluso, el propio fogonazo del mechero impedirá que se dé cuenta de su marcha. Sale lo más rápido posible; sobre la marcha improvisa y decide caminar en dirección contraria a la que tenía pensada, puesto que a menos de cien metros puede torcer por una callejuela, por la que se perderá del todo de la visión de aquel hombre.
Pero no esá seguro.
No, no es cierto, el fuero interno de Elio tiene la completa certeza de que su salida no ha pasado desapercibida. Tiene miedo de que los latidos apresurados de su corazón lleguen hasta los oídos del vigía que fuma. Da la vuelta a la esquina y se detiene. Necesita saber si el aquel centinela vendrá tras sus pasos o se quedará ante el edificio.
Quizá, piensa, Virginia tenía razón y no debía haber salido de casa. ¿Por qué no volver?

viernes, 28 de agosto de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (22 y 23)


* * *
22

'¿Lo mismo pretendes que me quede en casa, sola?' Virginia no comprendió el gesto de Elio que le había impedido levantarse de la cama al tiempo que él lo hacía. Pero Elio tenía la intuición de que si abandonaban juntos el edificio, serían presa más fácil. Si ella permanecía en casa, quizá lo siguieran a él y ella la dejarían en paz.
'Virginia, no seas chiquilla. En cuanto me vean salir por el portal se olvidarán de ti... Suponiendo que alguien nos vigile a estas horas de la madrugada'.
La joven le miró sin convencimiento. En la propia actitud de su novio veía a las claras que había más peligro del que sospechaba. Mucho más. Cuanto más quería él ocultárselo, en la suposición de que estaría más tranquila, ella más amedrentada se sentía. Y Elio lo intuía. Barruntaba que su novia le había olfateado el alma. En realidad lo que deseaba es que salieran tras él, para así liberar a la joven de la amenaza. Desde que había llegado a casa lo había lamentado. Tendría que haberse ido a cualquier parte, no haber salido de la redacción, haber pasado la noche en un hostal, haberse recorrido todos los garitos hasta el amanecer... Cualquier cosa.
Sin embargo, cuando leyó la nota con la amenaza sintió que su sitio era estar junto a Virginia por si acaso, como decía el papel, vigilaban sus movimientos, como si su protección fuera determinante para descuajaringar cualquier peligro que se cerniera sobre su melena rubia; pero en el instante que apareció en el piso, se dio cuenta que en ese momento es cuando estaba vigilada. Quizá antes lo estuviera, o no. Pero desde entonces lo estaba, porque él lo estaba.
Virginia no se quedó quieta, ni muda. 'Si te vigilan, en casa es donde menos peligro corres, porque saben que desde aquí no puedes hacer nada; mientras que si te vas a otra parte, y más a estas horas, es que estás tramando algo... Además, si te tienes que ir, yo voy contigo... Aquí no me quedo'
Elio pensaba que debía ir a El Espejo, y esperar que su jefe no estuviera allí. Era la única manera de pasar el resto de horas que restaban de noche más o menos tranquilo... Salvo que...
Pero entonces tendría que llevarse a la chica con él. Ese movimiento sería una locura. Pensó que en cuanto le vieran aparecer de nuevo por la redacción del periódico se pondrían en marcha de inmediato. Y quizá actuaran. '¿Y si les logramos despistar?' Virginia se quedó atónita. '¿Despistar? ¿Cómo?'
'No creo que tengan bajo control tu móvil de tarjeta. Podemos llamar a D. Efrén y pedirle permiso, para intentar cambiar el periódico de papel. Eso no se lo esperan... Por ejemplo, una carta firmada por alguien como Pez Espada o algo así, y que cuente la historia con pelos y señales. No creo que en imprenta les sea muy complicado eliminar una carta al director, por otra'
Virginia buscó en algún misterioso lugar de su mesilla de noche, hasta que apareció aquella antigualla que, milagrosamente, y previa conexión a la red eléctrica, aún funcionaba.

* * *
23

Primero dio una vuelta con el coche ante la puerta. Despacio, pero sin pararse. Inútil. A esas horas las puertas estaban bien cerradas. Y era imposible ver nada en su interior. Sólo había un vehículo aparcado ante la entrada. '¿Alicia...? Toma nota de esta matrícula... e, u, guión, seis, cero, cinco, ocho, guión, i ... Ya sabes, la rutina'.
El reloj del salpicadero marcaba las dos y cuarenta y tres de la madrugada. Tendría que tomar alguna decisión.
Lo más práctico sería entrar en el local y comprobar qué sucedía. No fuera a ser que don Efrén ya se hubiera largado, o por el contrario estuviera en dificultades. Aquel modo tan repentino de cortar la conversación no era una buena noticia, precisamente. Pero su presencia podría ser peligrosa. Que don Efrén disimulara era posible, que el otro que cortó la frase a Fito no le conociera, podría ser; pero que Fito no reaccionara de algún modo especial... Suponiendo que no hubiera más personas en el local. El Subcomisario, como bien sabía, era más conocido de lo que aparentaba la ciudad. ´'¡Tendría que haberme dado cuenta antes, joder!' Volvió a tomar el radio transmisor. 'Alicia, Rubén... Escuchadme bien ambos. Vamos a hacer lo siguiente, y quiero máxima velocidad. Vete arrancando el coche y hacia comisaría' Del Río supuso que ambos jóvenes se mirarían y confirmarían que tenían un jefe que estaba loco de atar; pero mientras hablaba percibió el ruido del motor. 'En cuanto lleguéis os vestís de paisano y volvéis a subir, pero no en coche patrulla. Alicia, tú conduces. Dejas a Rubén un par de calles más abajo de El Espejo. Rubén, cuando entres en el pub, por tu padre, que parezca que estás cabreadísimo, que acabas de discutir con tu novia, con tu amante o con tu esposa, eso me da lo mismo. Pero quiero que te fijes en cada detalle: cuántas personas hay ahí dentro, qué hacen, de qué hablan, yo qué sé, hasta lo que piensan, si es que están callados. En cinco minutos, Alicia, sólo cinco minutos, ¿entendido?, le llamas al móvil, y simuláis un reencuentro. Si la cosa está complicada ahí adentro, Rubén, no aceptes sus buenas palabras, dile que no vuelves con ella que es una tal o una cual, lo que se te ocurra... Si ves que necesitas más tiempo, te despides de buenas maneras diciéndole que necesitas quince minutos o diez u ocho o veinte, para pensártelo. ¿Queda claro hasta ahí...? Supongo que sí, no hay nada complicado... Yo no me moveré de la calle Estrella, y espero Alicia tu llamada. Desde aquí controlo perfectamente la puerta de acceso al pub. Rubén verás el coche en cuanto llegues por la calle Hojalateros. Si no lo vieras y no os he podido avisar, es que el operativo se ha roto'.

martes, 25 de agosto de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (20 y 21)


* * *
20
Elio seguía sin conciliar el sueño. Había algo que le atosigaba el ánimo desde que la nota llegó a sus manos, hacía unas horas. ¿Cómo se habían enterado? No encontraba la respuesta a una pregunta tan importante. Su mirada continuaba clavada en el techo, estática, casi petrificada, y ausente. '¿No apagas la luz? ¿No habíamos quedado en que no hay peligro? ¿Por qué entonces tienes esa cara de cordero a punto de ser degollado?'
'Mira, hay una cosa que no entiendo. La que entiendo menos de todas, y con las prisas ni se lo he preguntado a D. Efrén. ¿Cómo se han enterado de que nosotros lo sabíamos, de que íbamos a publicar, precisamente mañana?' A Virginia le pareció una pregunta sin trascendencia. 'Elio, a veces pareces tonto... Pues de la misma manera que os habéis enterado vosotros de lo suyo, por casualidad. ¿No me lo acabas de contar? Cualquier cosa que dijeráis en una cafetería o donde fuera... Si hay tanta gente implicada no es imposible que pasen esas cosas...'
Elio se giró sobre el costado izquierdo y transformó sus pupilas en prolongaciones dactilares que recorieron la silueta de Virginia. 'El problema es que, que yo sepa, sólo tenemos esta información don Efrén y yo' 'No, Elio, eso es imposible. En un periódico es imposible. Seguro que alguien ha oído o visto algo. No le des más vueltas... Y deja de mirarme así que tengo sueño... Siempre igual, siempre con lo mismo..., hombres'. Apagó la luz. Comprobó que eran las dos y media de la madrugada. Virginia tenía razón no eran horas, pero el caso...
El sueño estaba muy lejos de sus párpados.
También en eso ella tenía razón, la información estaba escrita de antemano, y el borrador pudo llegar a cualquiera de la redacción o de la imprenta, y pudo comentar algo y que, a la vez, alguien relacionado con el alcalde o Doroteo Burón hubieran escchudao y que a continuación hubieran ido con el soplo... Pero, conociendo como ya conocía al género humano tal cosa era pensar con indulgencia, casi con misericordia. La intuición le decía que en el periódico tenían un topo.
'Se lo tengo que decir a don Efrén'. En realidad era un pensamiento, pero tuvo tanta fuerza que se convirtió en una frase que provocó un nuevo enfado de Virginia. '¿No se te ocurrirá ir ahora a casa del gallego y dejarme aquí sola?'
'Pues acompáñame, además seguro que no ha ido a casa. Me dijo que iría a El Espejo'
* * *
21
Gilberto se extrañaba de no recibir la llamada de Damián. Mucho tardaba el director del periódico en llegar a su casa. Efrén Barrientos era un hombre de costumbres inalterables: en cuanto salía de la redacción se encaminaba a su casa, dándose un paseo que no le llevaba más allá de quince minutos. Había pasado media hora desde que su hombre le comentara la salida de Efrén. Gilberto telefoneó a Damián.
Al otro lado escuchó una voz susurante y al tiempo airada que le decía que no podía hablar, que estaba en un pub donde había entrado el director. '¿Entonces has salido del coche y te está viendo? ¿Es que todo lo tiene que hacer uno?¿Es que no puede haber nadie que se limite a cumplir las órdenes?' Pero la respuesta fue contundente; le dijo Damián que, si el director quisiera, podría llamar por teléfono desde el bar, y ese teléfono estaba incontrolado... Como tantos de la ciudad...
Un sudor frío recorrió su espalda. Ese magnífico plan tenía demasiados agujeros. Tendría que hablar de inmedioto con Doroteo Burón. Quizá era necesario modificar la estrategia. Muy a su pesar, no lo podían tener todo controlado. Y quizá ya fuera tarde
Olió el peligro como las fieras olisquean a sus víctimas.
No sabía muy bien por dónde, pero algo había cambiado. ¿Y si cuando Damián entró en ese pub, ya había llamado a la policía? Pero la respuesta de aquel hombre de apariencia ruda, le tranquilizó. Según él, no había tenido tiempo. Como mucho, le aseguró, había entrado un par de minutos después que el gallego. Según la versión de Damián, era el camarero quien hablaba por teléfono y se despedía. La frase la concluyó de modo irrefutable: 'No, imposible, no ha tenido tiempo'.
Aún así, Gilberto, pensó que cambiaría la vigilancia. Lauro pasaría a ser la sombra de don Efrén y Damián la del chaval.
Necesitaba dormir un poco, unas horas. Todo el día pendiente de los teléfonos de los periodistas era agotador. Sin poder moverse deltante de la silla.
Quizá tendría que llamar a Doroteo Burón. Sí, venteba cambio en el rumbo de la presa, y había que advertir al cazador. Por alguna razón intuyó que a pesar de acercarse el reloj a las tres de la madrugada, el tiempo, de repente, era crucial.

viernes, 21 de agosto de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR? (18 y 19)


* * *
18
A los oídos de Del Río llegó una voz que pretendía ser tranquila, pero no ocultaba una suerte de inquietud disfrazada de sorpresa.
‘Mi nombre es Alfonso Cuadrado, pero todos me llaman Fito, soy el propietario del pub El Espejo, y le llamo en nombre de don Efrén, ya sabe, el director del Diario de Euritmia que me pide que le lea esta nota: “Del Río, supongo que habrá sido usted quien ha llamado hace unos minutos a mi despacho. No le he contestado porque creemos que nos han pinchado los teléfonos. Acabo de comprobar que me siguen y me vigilan Probablemente a Elio Baeza, a su novia, a mi esposa y quizá a más periodistas de la redacción… De acuerdo, entonces, buenas noches’.
‘Oiga, oiga…’. Algo había pasado allá dentro que cortó la comunicación.
En su cerebro actuaron automáticamente los resortes adquiridos durante años de profesión. Tomó la cazadora tejana que pendía tras el asiento de su silla y se levantó. Sabía que tenía que actuar con rapidez, pero no podía hacerlo de manera que las avispas se sintieran amenazadas.
Impartió las órdenes sin dejar de caminar, ‘Rubén, estaos preparados tú y Alicia. Id a la Plaza del Puente. Voy al Espejo. ¿Sabéis dónde está, no...? Esperad instrucciones’.
Una vez en el coche, dudó. Quizá actuaba muy precipitadamente, quizá tendría que haber enviado a otra persona menos conocida que él. O quizá un coche patrulla que pasara por delante del pub, sin más, sin entrar, como si fuera parte de su ruta. Pero que hubieran desconectado de ese modo no era tranquilizante. Saber que el director del periódico y parte de su redacción estaba siendo vigilada, venía a confirmar que no se trataba de un asunto cualquiera. El contenido del correo electrónico recibido tomaba contornos más nítidos.
Una vez que salió de la Comisaría, camino del pub, maldijo por enésima vez la estructura urbana de la ciudad. Tendría que hacer un recorrido de unos cinco kilómetros para llegar a un lugar que estaba a poco más de uno.
¿Si activaba las sirenas y las luces de emergencia...? ¿A esas horas de la madrugada, algún policía local le impediría cruzar bajo los arcos del Puente?
* * *
19
A pesar de la presión que el recuerdo del cuerpo de La Colombiana le producía en la memoria, a Damián se le encendió una bombilla en un punto recóndito del cerebro. El viejo tenía controlado su móvil, el periódico y casa, pero en otro teléfono fijo, no. Si llamaba a Gilberto para recibir nuevas instrucciones, el gallego tendría tiempo de ponerse en contacto con la policía, suponiendo que quisiera hacerlo. Sabía que se arriesgaba a ser descubierto si dejaba el vehículo de cristales tintados, pero no tenía más opciones.
Decidió que sería bueno tomar iniciativas. Además necesitaba distraer sus pensamientos que difícilmente se apartaban de la figura de La Colombiana.
Al entrar, comprobó que el local estaba vacío. El director del periódico estaba sentado en la esquina más alejada de la puerta, fumando un cigarrillo y bebiendo de un vaso de tubo un líquido del mismo color que el güisqui. El camarero hablaba por teléfono.
Ninguno de los dos hombres hizo gesto significativo tras su entrada. El camarero que estaba al teléfono se despedía de su interlocutor, o eso dedujo de la frase que atisbó, ‘De acuerdo entonces, buenas noches’.
Quizá se había precipitado. A lo mejor las prevenciones de Gilberto eran exageradas y el viejo director no tenía pensado hablar con la policía.
Llegó a una conclusión que lo hizo sonreír como un canino: al final se quedarían con la pasta, e iban a ser una tumba durante el resto de sus vidas. No dirían nada del asunto ni a su sombra. Le encantaría saber con cuánto dinero habían untado sus jefes a los periodistas. Seguro que podría pagar las deudas o invitar a La Colombiana a un viaje lejos de todo, cerca de su cuerpo.
Por precaución se sentó al extremo opuesto que ocupaba el director del periódico. Por precaución apoyó su espalda contra la pared, de modo que sin mover la cabeza controlara la puerta y cualquier movimiento del viejo. Por precaución no pidió un güisqui que era lo que más le apetecía y se conformó con una Coca-cola. Por precaución se desabrochó la cazadora..., aunque no era probable, quizá tuviera que echar mano del revólver que guardaba en el bolsillo interior de la prenda de vestir.

martes, 18 de agosto de 2009

¿QUÉ DECISIÓN TOMAR...? (16 y 17)


* * *
16
Del Río estaba a punto de arrojar la toalla.
El café era un recuerdo amargo en su paladar. Ninguna de las noticias del periódico le había dado la luz que esperaba. Los mismos anodinos temas de política local; las batallas diminutas por lograr un centímetro más de influencia, o alguna ventaja económica; la interminable ristra de quejas por cuestiones que, en el fondo, eran de despensa; las convocatorias para conferencias a las que sólo asistirán los organizadores, los conferenciantes, algún familiar, algún despistado y el fotógrafo del periódico que se iría, una vez disparada la foto, antes de que comenzara el acto; o los recordatorios de algún acto religioso; y las esquelas, esas esquelas por las que muchos empezaban la lectura de la prensa... Los sueños de grandeza de una ciudad que se desgastaba a sí misma de tanto mirarse al ombligo. Pero su cabeza no estaba para pensar en el permanente estado de dormición de Euritmia. De alguna manera se tendría que poner en contacto con don Efrén, pero tendría que ser por la mañana.
El sonido del teléfono lo sorprendió. Se había enfrascado en la lectura de una noticia deportiva que tenía que ver con la mejora en la carrera como atleta del sobrino de una amiga, al que el periodista local le auguraba un gran futuro, incluso en el panorama internacional. ‘Subcomisario, le llaman de El Espejo, un tal Fito, de parte de don Efrén’.
Reconoció de inmediato el familiar sabor de la estampida de adrenalina en su cuerpo. Un sabor que tenía como principal característica un amargor mayor del habitual, al tiempo que una sequedad extraña en la lengua que adquiría semejanzas al corcho. El sobrino de su amiga tendría que esperar.
Era muy consciente el subcomisario que su primera frase en la conversación sería la importante y la sorpresa había sido excesiva… ‘Dile que estoy atendiendo otra llamada y que espere un momento. Retenle un par de minutos y me lo pasas... No, mejor, espera a que yo te llame’.
El cerebro del policía se preparó a toda velocidad a lo que se esperaba del cerebro de un policía con el título de inspector, con el curso de criminología y balística bien aprobados. Adenás, en algún momento tendría que llevar él el mando de la situación.
Llegó a dos conclusiones rápidas. La primera es que si el director del periódico llamaba desde un pub, pocos minuntos después de no haberle cogido el teléfono en su despacho, es porque no podía hablar desde allí. Por otro lado, supuso que era algo urgente (¿de emergencia?), puesto que no había esperado al día siguiente. Mientras alzaba el auricular, como de propina y con una sonrisa casi melancólica dibujada en su rostro, llegó a otra conclusión: el contenido del correo electrónico era el que era, sin más. No había ninguna intención oculta en aquellas primeras frases. Si el viejo periodista hubiera sabido que el Subcomisaario estaría de guardia, probablemente algo más contundente habría hecho.
‘Si quiere me puede pasar al del teléfono’.
* * *
17
Entre los cuerpos de la joven pareja se había extendido un muro invisible, pero perfectamente tangible.
Elio continuó contemplando el techo, como si contemplara extasiado, una puesta de sol en el Cantábrico. Virginia seguía mascando su miedo. Sabía que no tenía razón en lo que le había dicho a su novio, pero él, probablemente, debía pensar en protegerla un poco más, en cuidarla un poco más, en mirarla de vez en cuando al fondo del corazón, y no tanto a las curvas de su cuerpo.
Y no era la primera vez.
Pensaba ella que haberse enamorado de un periodista con afanes literarios era bastante desgracia, como para tener que soportar las ínfulas como detective o investigador. Ella quería a Elio Castro, redactor de Cultura y sociedad del Diario de Euritmia. Para la mayoría, su novio era un periodista gris y rechoncho, anodino y aburguesado, soñador y miope. Pero ella lo quería, y esto era irremediable. Quizá hubiera querido algunos kilos y alguna dioptría menos, pero nada más, tampoco era mucho pedir... Y el hijo, ese famoso hijo al que Elio no estaba dispuesto, de momento. Mientras rozaba uno de los gordezuelos dedos del periodista, le dijo en un tono que era un mensaje de paz, ‘Al menos podrías haberme advertido del peligro que corría. No veas el susto que me has dado’.
Elio comprendió que el ingrediente fundamental de la reacción femenina había sido el miedo. Explicó con toda la naturalidad con que pudo las cosas como las había vivido en las últimas jornadas, u horas. Sabía que era poco creíble, pero había sucedido de ese modo.
‘Todo ha surgido muy deprisa, aunque llevemos semanas conociendo el asunto de la mina y el oro y el tejemaneje que se traen en el Ayuntamiento, todo se ha acelerado de repente… De hecho en la redacción nadie lo sabía, excepto don Efrén, que me había ordenado sigilo… Fíjate que aún no sabemos a ciencia cierta si el tema se para en el Alcalde y en Demetrio Burón, o hay alguien más arriba. A mí me parece que no, pero don Efrén dice que sí. Ya estábamos con la soga al cuello, y teníamos que tirar de la manta, sólo nos quedan quince días... Y, de pronto, a pesar del sigilo, esta noche surge lo del soborno y el chantaje… ¿Cómo lo han descubierto...? Esa es mi pregunta, pero mañana hablaremos. Estoy seguro que no has corrido ningún peligro, tonta… Seguro que es un farol ¿Es que has notado algo raro en la calle o has escuchado algún ruido en la escalera...?’.
Pero ella no se conformó fácilmente. ‘Por eso venías corriendo por la calle, porque estabas completamente tranquilo. Elio, ¿me tomas por tonta, o qué? A no ser que me digas que habéis comprobado que el dinero es falso. Si el dinero es falso, la amenaza es falsa’.
Elio pensó que era imposible intentar engañar a Virginia. Aunque él no era experto en billetes de cien y doscientos, los billetes no le habían parecido falsos. Y si se podían gastar tanto dinero en un chantaje, ¿cómo pensar en serio que iban de farol en lo de la vigilancia?