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lunes, 11 de noviembre de 2013

Mercedes Pinto: "El fotógrafo de paisajes"

El fotógrafo de paisajes. Mercedes Pinto Maldonado

1ª edición libro electrónico (epub): junio de 2013
Ed. Taugus (Espasa Calpe) ISBN: 978-84-15623-29-8


Portada de la novela

 «¿Cuántos sentidos necesita un hombre para comprender a otro? Solo uno: el de la misericordia» (El fotógrafo de paisajes. Mercedes Pinto).


Al leer esta frase de El fotógrafo de paisajes, quedé colgado de la emoción y durante algunos minutos detuve la lectura. Es de esas frases que explica, mejor que cualquier reseña o comentario, la esencia de una obra, acaso la semilla de la que ha fructificado buena parte del relato.
No es la primera novela que leo de mi amiga Mercedes Pinto (dos fueron reseñadas en el blog : La última vuelta del scaife y Pretérito imperfecto).y, como en las anteriores, al acabar el libro, tengo la sensación de que un mundo mejor es posible, a pesar de lo que las apariencias indiquen. Si los humanos fuéramos capaces de poner por encima del mal las potencias que nos empujan hacia el bien, éste acabaría triunfando.
Me doy cuenta que, una vez leído lo anteriormente escrito, podría llegarse a la errónea conclusión de que estamos ante una historia de pretensiones moralistas, sin matices.
Todo lo contrario.
El fotógrafo de paisajes es una novela densa y llena de tonos variados, de hondas reflexiones sobre la condición humana, siempre más allá de las apariencias.


El argumento


El argumento del libro —su clasificación por la editorial o por la plataforma que lo vende parece confirmarlo— lo sitúa en la órbita de la novela negra y policiaca, aunque a mi modo de ver tal calificación sólo contempla un aspecto de la obra.
Gonzalo, un joven fotógrafo recibe la invitación de su mejor amigo, Juanma —profesor de Gimnasia en un instituto—, para ir a vivir con él a Houeillès, pueblecito de la Aquitania francesa. Invitación que acepta de inmediato pues desea huir de su realidad madrileña. El don de leer las mentes de cuantos están a su lado —que se revela desde los primeros párrafos de la novela— se ha convertido en una tortura para la vida de Gonzalo. La casa resulta un lugar idílico para el protagonista pues es silenciosa, aislada y muy próxima a una zona boscosa. Sin embargo, en dicha vivienda hace no muchos meses se ha producido la misteriosa desaparición de una joven sordociega y su hijo. Por causas que no debería revelar mi reseña, ambos amigos y una muchacha del lugar especialmente interesada en el asunto, tienen la necesidad de indagar en la extraña desaparición de la joven sordociega, lo que les lleva hasta París. A partir de este momento, no debo decir más de una acción trepidante y que deja al lector sin ánimo para otra cosa distinta que no sea continuar con la lectura de la novela, que concluye de modo emocionante.


La esencia


Este argumento de novela policiaca, por así decir, es la presentación formal en que Mercedes aborda la cuestión que realmente le preocupa: la misericordia como máxima expresión de los afectos más puros del ser humano, la misericordia —probablemente frente a la ambición, las miradas superficiales, el abuso sobre los más débiles— como vía de salida ante el abismo en que ahora mismo se asoma la humanidad. Si La última vuelta del scaife es un canto a la amistad entonado dentro del molde de una novela de aventuras, Maldita una reflexión sobre la intensidad del amor hecha sobre una historia de la España profunda y rural, Pretérito imperfecto una indagación sobre el sentimiento de culpa a través de un drama resuelto a medias, El fotógrafo de paisajes propone la misericordia y la verdad como vías de salida a la crisis moral de la especie en el ámbito de un thriller con tintes de novela negra y policiaca.
No se trata, como quizá alguien haya podido pensar, de una cuestión religiosa. Más bien lo contrario: las religiones, conocedoras de los entresijos de los sentimientos humanos, usan de algunos valores o potencias que son comunes a toda la especie. Dicho de otro modo, cuando hablo de misericordia no me circunscribo a la virtud cristiana, sino que dicha potencia de nuestra alma es común a cuantos seres humanos habitaron, habitan y habitarán este Planeta —precisamente por ser universal es por lo que puede ser cristiana—.
Volviendo a la frase que abre esta reseña, a mi humilde modo de ver clave en la novela, la pregunta se refiere a la comprensión entre humanos. Es decir, la respuesta a la pregunta, o sea la misericordia, no es un sentimiento de lástima ante los males ajenos —hasta este punto se ha degradado el significado de tal actitud—, ni una ayuda más o menos generosa y puntual para tapar una necesidad concreta y apremiante, sino que es algo muchísimo más profundo, se trata de comprender al otro, y no olvidemos que según el proverbio, lo primero en el camino del amor es la comprensión, sin ésta es imposible.
Otra de las patas sobre las que se sujeta la novela es el razonamiento sobre la calificación de esta característica del protagonista. Es decir, si el poder de la telepatía que implica la total empatía con quien tiene a su lado, incluso en el dolor físico, es un don o más bien es una especie de castigo.
A lo largo del relato el lector —cada vez más atado a la silla, con la imposibilidad casi física de levantarse, por no perder el avance de la historia— siente que el argumento avanza hacia un territorio que no sospechaba inicialmente, aunque ninguno acabará por sentirse engañado, pues con la sabiduría de los narradores que saben dosificar la información que suministran a sus lectores, la autora ha dado pistas más que sobradas para que todo resulte verosímil y lógico.


Concluyendo, que me alargo


No puedo ni debo adelantar más, pero sí decir que la conclusión de la novela, plantea al lector cuestiones —algunas de las cuales se han ido planteando desde muchas páginas atrás— que no le pueden dejar indiferente.
¿Será la propuesta de Mercedes algo más que ciencia ficción? ¿Será el camino de la verdad absoluta el único que nos pueda salvar de la caída por el abismo del que cada vez estamos más próximos? ¿Se pueden romper determinados tabúes milenarios en según qué circunstancias?
Hace pocas fechas, Mercedes escribió en su blog una entrada —podéis echarle un vistazo pulsando aquí— en que, en cuanto que lectora, demanda de las novelas que tengan 4E, algo así como las estrellas de un hotel, los tenedores de un restaurante o las B de una bar… Estas en concreto: Entretenimiento, Emoción, Enseñanza, Enganche con el lector. Creo que El fotógrafo de paisajes cumple con las cuatro. Como suele decirse el escritor a veces escribe aquello que le gustaría leer, y los lectores que pretendemos disfrutar de una historia, bien que se lo agradecemos, otra vez.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Mercedes Pinto. Pretérito Imperfecto



TÍUTLO Pretérito Imperfecto.
AUTOR: Mercedes Pinto Maldonado
EDITORIAL: LIBRO KINDLE AMAZON.ES, AGOSTO 2012
267 páginas estimadas


Cuando anoche acabé la lectura de Pretérito Imperfecto, le comenté a la autora a través de Twitter, que quería escribir algunas palabras sobre su novela que fueran capaces de dibujar algo de la emoción que sentía. Pude hacerlo de inmediato, pero pensé que quizá me dejase llevar demasiado por ese sentimiento, lo que impediría que fuera mínimamente objetivo. Digo mínimamente, porque con una amiga es imposible ser objetivo, ni siquiera lo pretendo. Mercedes Pinto lo es desde hace algo más de dos años, cuando por una de esas navegaciones azarosas en que uno se embarca en Internet, di con otra de sus novelas, Maldita que, en esos momentos, iba publicando por entregas —una cada noche— en su blog. Después de aquello vino La Última Vuelta del Scaife (así titulada en papel, la obra que en Kindle atiende por Josué el Errante), que también fue objeto de un comentario por mi parte. Pero lo importante entre libro y libro es que fuimos ahondando en la amistad. Esto quiere decir, entre otras cosas, que siempre estoy predispuesto favorablemente hacia la obra y la persona de Mercedes.
Hecha esta advertencia —necesaria para que el lector posea todos los datos—, he de decir que uno puede estar inclinado positivamente hacia una obra, pero que llega un momento en que la novela te atrapa, te seduce, te envuelve —o abraza—, o todo lo contrario. Y en los tres casos citados, los relatos de Mercedes se alzaron como criaturas vivas absorbiéndome la atención durante su lectura.
Pretérito Imperfecto es una novela no muy larga que trata, bajo mi humilde punto de vista, sobre la culpa, uno de esos eternos temas de la literatura que son la urdimbre más oculta de muchas obras literarias. Por afinar un poco más, reflexiona sobre la necesidad de redención de la culpa. Por lo que he visto en la promoción de la novela, este aspecto se soslaya, o no se entra en él. Se habla de amor y de amistad, y sin duda que son ingredientes fundamentales en la narración, pero, según mi particular óptica, repito, ambos están al servicio o son el vehículo por el que los personajes de la novela —fundamentalmente Estela y Rafael— intentan encontrar la redención a ese sentimiento que les ha lastrado durante su existencia.
El argumento de Pretérito Imperfecto se desarrolla durante dos momentos diferentes: la infancia de Estela (entorno a 1973) y la actualidad. En este intervalo de tiempo —tan presente para quien esto escribe, pues coincide casi con su cronología: en 1973 uno cumplía once años—, el lector no sólo asiste a la evolución de la vida de la protagonista de la novela, Estela —incluyendo el tremendo incidente que cambia toda una existencia—, sino que se percata de cómo la sociedad española se ha transformado del mismo modo.
Bajo esta arquitectura formal, usando —como en ella es habitual— la perspectiva del autor omnisciente, un lenguaje perfectamente accesible a cualquier lector (inclúyase aquí vocabulario, sintaxis y semántica) y unos diálogos fluidos y a ratos chispeantes, Mercedes Maldonado se precipita a desbrozar el interior de los personajes. Acaso influida (bendita influencia) por sus estudios de medicina y por la admiración confesa a autores como Galdós o Delibles (por citar sólo dos de los más próximos a nosotros), la narrativa de Mercedes se caracteriza por su capacidad para entrar en lo más hondo de sus personajes. No es que se trate de una obra de las llamadas psicológicas (aunque a ratos se aproxima), pero sí una novela de personajes. No estoy diciendo que la trama de la obra sea baladí para la autora, al contrario. Como podrá comprobar quien se acerque a ella, el argumento está trazado con detalle y nada es ocioso; podría decirse, sin miedo al error, que no da puntada sin hilo. Y aquí convendría apuntar otra de sus virtudes: la economía de medios, que no la racanería, es decir, no hay nada que sobre en el texto, ninguna digresión propia de quienes han de demostrar su calidad o quieren deslumbrar al respetable. No hay concesiones a la galería, por así decir. Y momentos para ello tiene la novela, momentos que, sin duda, habrían sido usados por otros: las tentaciones son tan evidentes...
Digo que Pretérito Imperfecto es una novela de personajes que a través del amor y la amistad intentan redimir su sentimiento de culpa. Al decir esto, estoy diciendo, que más allá de simplistas diferencias entre buenos y malos, cuando leemos la novela, la autora nos presenta seres humanos como nosotros, que no somos malos, pero tampoco somos buenos. O somos un poco de cada, según y como nos vaya la vida. Salvo un personaje que representa el mal —absolutamente real, por desgracia, como comprobamos por la prensa muy frecuentemente—, todos los demás, con mayor o menor proximidad a la luz, son trasuntos de personas de carne y hueso, casi como podríamos ser cualquiera. Para Mercedes Pinto la pureza y la bondad absoluta sólo están en la infancia, en algunas infancias: Estela niña y Marina —su hija pequeña—. Para el resto de personas la diáfana claridad va siendo ensuciada por el propio transcurso de la vida.
De modo muy especial, quien suscribe —y esto es muy personal— se ha sentido absorbido por Rafael, el abuelo de la protagonista: Estela o Lita o Gorrión. De hecho —aunque a Mercedes probablemente esto le guste menos— para mí, Rafael es el protagonista verdadero de la obra. Como viene a decir en un momento de la novela, refiriéndose a él, le gustaba sentarse como las visitas, un poco alejado, pero formando parte del grupo. Silencioso, pero siempre atento. Con la suficiente perspectiva como para poder comprender mejor la situación. Desde el principio —si el lector es lo suficientemente atento— descubre en la bondad y entrega de Rafael con sus nietas, sobre todo con Estela, algo que va más allá de lo habitual. Pronto uno se da cuenta de que actúa así, porque siembra para el futuro, porque esa dedicación será la semilla que podrá salvarlas de caer por alguno de los precipicios que la vida pone bajo nuestros pies; pero también porque hay algo en su pasado que intenta remedar. De algún modo es la acción con la que intenta expiar una vieja culpa.
Estela —o Lita o Gorrión—, es el vivo retrato de nuestra sociedad contemporánea. Estela adulta es el típico ser humano que transita por la existencia de error en error, de fracaso en fracaso; es el típico representante contemporáneo de nuestra cultura atravesado por un sinfín de dudas, miedos, prisas… Es, en fin, un ser gris y titubeante, absorbida permanentemente por un sentimiento de culpa que, en su caso —y pronto lo descubrimos— es el peor de los sentimientos de culpa, porque está anclado en la inocencia. Terrible paradoja por la que deambulan tantas existencias sintiéndose culpables de algo que, en realidad, es un fracaso originado porque alguien ha causado un daño irreparable. Pero, al mismo tiempo, Estela —o Lita o Gorrión— es el vivo retrato de cualquiera de nosotros que, a pesar de lo anteriormente dicho, sabe que hay un mundo mejor, que puede y debe aspirar a encontrar algo similar a la felicidad, a ese paraíso que habitó durante su infancia.
¿Si Estela es una mujer como cualquiera de nosotros, dónde está la novela?
La novela está, precisamente, en explicar por qué en el caso de Gorrión se pasa de la luz a la oscuridad, cómo se reconstruye la personalidad derrumbada y se destapa un secreto que, como una losa, ha aplastado la vida de una persona desde los nueve años de edad. La novela está en la emoción que va ganando al lector página a página (posición a posición se diría en terminología Kindle), cuando va intuyendo y descubriendo que el amor en cada una de sus posibles manifestaciones tiene que enfrentarse contra la torpeza humana y, en algunos casos, la maldad y, a diferencia de los libros con magos o súper héroes, a veces no llega la victoria en el instante primero, sino que ésta se demora, y tarda tanto que parece que no ha de llegar nunca.
Estela y Rafael no son los únicos personajes. Hay más, unos trazados con más detalle (Chari, Marina, Miguel Ángel, Matilde, el Guarro, Elías, Lucas, Daniel…), otros apenas son figurantes (Lola, Pitu, Canijo…), como no puede ser de otro modo, y precisamente esa diferencia de tratamiento otorga mucha verosimilitud a lo escrito, que es otra de las características de la obra de Mercedes Pinto: todo cuanto narra no sólo es plausible, sino que parece rescatado de ahí mismo, de nuestro lado, si hasta he sentido en mi paladar —ya sabe que los sentidos del gusto y del olfato son los más evocativos— el sabor inconfundible de los quesitos tantas veces merendados por Gorrión.
No me extiendo más, sólo una anécdota, a modo de cierre. Cuando La Última Vuelta del Scaife pasó a la edición digital cambió su título, como ya he comentado. Y aunque la novela no ha perdido nada de su mérito, Josué el Errante es un título menos afortunado, según mi particular criterio. Sin embargo, cuando Mercedes Pinto andaba tras la búsqueda de un editor a quien presentar su manuscrito, barajaba otros posibles títulos para la novela aquí reseñada. Si hubiera acabado llamándose como uno de los que estuvo barajando, hubiera acertado menos que con el que al final ha sido escogido. Pretérito Imperfecto me parece mucho más acertado y más acorde con el propio asunto de la novela, cuya lectura, bajo mi punto de vista, no defraudará a nadie, desde el título hasta la última frase.

lunes, 26 de abril de 2010

Mercedes Pinto: "La última vuelta del scaife"


Hoy no parece estar de moda volver los ojos hacia el interior del individuo. Hoy no parece estar muy de moda hacerse preguntas que nos conduzcan directamente al recinto más secreto de cada quien, hacia esa zona que unos llaman alma, otros espíritu y otros conciencia.
Mercedes Pinto, nuestra Mercedes, ha hecho esta incursión sin protección de ningún tipo con su novela La última vuelta del scaife (Ediciones Irreverentes, septiembre de 2009). Y además lo ha hecho organizando otros dos viajes, uno en el tiempo y otro en el espacio.
Me explicaré.
En esta novela atravesamos con el protagonista casi todo el siglo XX y, al mismo tiempo, viajamos con él desde Londres hasta Essen (Alemania), desde allí cruzaremos en barco, con una brevísima escala en Canarias, buena parte del Atlántico hasta llegar a Namibia, donde nos espera otro viajero, un esclavo que ha huido y ha emprendido su propio viaje hacia la libertad. Después de muchos años (mientras el mundo asiste a la Guerra Incivil española y a la no menos inhumana segunda Guerra Mundial), volveremos a tomar un barco que desembarcará en España, y visitaremos Granada y Madrid, para décadas después, regresar a Essen para concluir, como en un círculo perfecto en nuestro punto de partida, en Londres.
Como todo el mundo sabe, a lo largo de la historia de la literatura el viaje ha sido utilizado como imagen del proceso de maduración humana. El viaje como símbolo de descubrimiento, sorpresa, aprendizaje, falta de seguridad, despojo de carga inútil. Cuando uno viaja, y esto lo saben bien quienes mucho viajan, tiene que elegir con esmero qué ha de llevar como equipaje; o dicho en sentido contrario, ha de descartar todo lo superfluo o todo aquello que a la hora de la verdad va a ser un lastre que le hará moverse con torpeza, si es que logra moverse.
Pero con ser atractivo el periplo que nos regala Mercedes, no es lo más importante de la novela. De hecho sabemos poco de los lugares en los que estamos, a penas las pinceladas precisas que nos ayudan a centrar la mirada sobre los personajes.
Porque a mi modo de ver, si hablamos desde la óptica literaria, esta novela es novela de personajes, yo diría, que es una novela de personas que se han tornado tinta en las palabras de la escritora. No sólo sus tres grandes protagonistas, a saber, Josué (narrador y protagonista absoluto), Kuima el esclavo negro que libera a su pueblo y Carlos Ladrón de Guevara, su amigo español, viejo hidalgo, mal casado, vividor y optimista… No, también los secundarios, o los actores de reparto como se dice ahora, son personas muy reales, muy sólidas, en tres dimensiones; quiero decir, no son meras figuras decorativas, salvo que no tengan nombre propio. Todos aquellos personajes que aparecen con su nombre propio podrían saltar del interior de las páginas y ponerse a discutir con el autor sobre tal o cual decisión, e incluso quejarse de su suerte.
Mercedes erige una novela repleta de retratos bien logrados en cada uno de sus detalles. Incluso en alguno de los que menos influencia tienen en el desarrollo de la trama la construcción es delicada y detallada. No digo que necesite muchos párrafos para ello, normalmente con un par de frases nos coloca ante una persona muy real.
Cuando el otro día sugerí que se me apuntaran nombres de libros que hubieran impactado a los lectores, ella, Mercedes, como se puede comprobar en su comentario, apuntó los siguientes: Crimen y castigo, Orgullo y prejuicio y Madame Bovary. Al leer su aportación sonreí, ya llevaba muy avanzada la lectura de su novela, y entendí muy bien por qué le habían señalaba estas tres cumbres de la literatura universal: estas novelas son primordialmente sus personajes, la psicología de sus personajes, el proceso interior de sus personajes.
La última vuelta del scaife, en gran medida también es eso, también es la evolución de sus personajes. Porque eso es la vida, en el fondo. Cada uno es como es en una parte significativa a causa de las personas que lo rodean. Nadie es impermeable a su entorno. A medida que se crece en años, ese hábitat se ensancha y las influencias se multiplican, aunque es cierto que sólo las más duraderas y próximas suelen ser las que más hondo calan en nosotros. Es este proceso de interacción personal lo que consigue que se haga tan real y tan entrañable para quien lee. Ya digo, ante nuestros ojos, desde la primera página, se van poniendo en pie cada uno de los personajes.
Y consigue que el lector se enamore perdidamente de varios de ellos, probablemente porque hay mucha humanidad en estos personajes. Salvo Kuima, el gran héroe de la novela, un Moisés animista con la misma sabiduría de San Agustín, el resto de personajes muestra una paleta de matices en su personalidad que demuestra un hondo conocimiento del espíritu humano. Todos ellos nos presentan diversos tonos, colores, matices, que pueden ir desde el extremo casi inmaculado de Sara, la madre de Josué, a lo más oscuro que podría ser el capitán Hasn Fischer.

Mercedes Pinto utiliza el lenguaje como instrumento eficaz que nos permite adentrarnos en las vidas y en los corazones de sus criaturas. Su narración huye de adornos, de cualquier recurso retórico que estorbe la atención del lector. Su mente de artista formada en la medicina y repleta de sensibilidad sabe que el lenguaje es el vehículo por el que el lector tiene que llegar a conectar con estos personajes. No es, pues, su literatura metaliteratura en el sentido de ser objeto y sujeto al mismo tiempo, sino mera herramienta que utiliza con eficacia y pericia, pero, sobre todo, con claridad y ritmo. Un ritmo creciente y cada vez más envolvente, un ritmo que termina por atrapar al lector.
Es difícil escribir la reseña de una novela sin sustraerse a la tentación de entrar en detalles del argumento, más allá del grueso resumen que he realizado párrafos arriba. Pero tengo que sujetarme, pues va larga esta entrada y sería menester no influir en exceso en quien se decida a su adquisición y posterior lectura, que recomiendo sin duda y con fervor.
Y porque necesito aún unas líneas para volver al principio, para no ocultar que la novela, a través de todos estos recursos, y más que me dejo de lado, lo que sostiene es que las religiones, todas las religiones, cualquier religión, incluso la religión de quien no la tiene pues no cree en Dios o si cree en él lo siente como un ser lejano, tienen algo en común, algo que nos tiene que servir para enlazar manos y aunar esfuerzos. Eso que se llama amor y que es una palabra tan manida que ya está arrugada y a punto de fenecer, como tantas otras. Porque hablamos del amor más allá de la pareja. Hablamos del amor como olvido de uno mismo, como continua atención al otro, como un desvivirse (¡qué palabra tan hermosa!) por el otro. Pero no desvivirse por el otro lejano e inconcreto, sino al otro cercano, próximo, nuestro otro, por así decir. Desde este punto de vista, y esta es la tesis de la novela, todas las religiones, cualquier religión, incluso, reitero, la religión de los que no creen en ningún Dios, son instrumentos válidos, que cada uno utilice el que proceda.
Si cada quien aplicara esta norma básica a su vida, las religiones, todas las religiones, cualquier religión, no serían un arma arrojadiza contra el otro, o un lastre para nuestras vidas en forma de complejo de culpa que tan bien han organizado los clérigos y expertos de cada una de esas religiones (curas, rabinos, imanes...), sino un motor para la humanidad y para cada individuo.
Al fin y al cabo todas ellas, en sus grandes libros dan la misma clave, que yo resumo en lo dicho por San Juan de la Cruz: “A la tarde nos examinarán del amor”.
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SCAIFE: Disco de hierro fundido endurecido que se utiliza para el pulido de las facetas -o sea la superficie plana y pulimentada- de un diamante