Mostrando entradas con la etiqueta RELATO. La sombra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RELATO. La sombra. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de febrero de 2009

LA SOMBRA. (Capítulo octavo y último)


El silencio del ocaso ha sido mucho peor que el bisbiseo esporádico de la tarde. Por culpa de la total ausencia de sonido, la frase resonaba con más potencia en mis neuronas: 'Será esta noche, será esta noche, será esta noche...'. Hasta que se ha tornado martillo que golpeaba con exactitud milimétrica el mismo punto preciso de mi cráneo.
Sabía que allí estaban, camufladas en mitad de la negrura que ha ido creciendo más y más. Pero lo que más me ha preocupado o lo que más me ha aturdido o lo que me ha puesto el ánimo de muy mala leche (en mi estado, ¿para qué andar con zarandajas?), ha sido ese silencio imperturbable que durante toda la tarde ha ocupado a mi vieja sombra, ya saben, la que me acompaña desde siempre.
Ustedes, que han demostrado con suficiencia su capacidad deductiva, se habrán percatado de los variados estados anímicos en que me ha colocado esta actitud esquiva de mi compañera inasible. Hay diferencia entre estar preocupado o estar aturdido o estar cabreado. Y sin embargo la causa era la misma: su pertinaz silencio, su repentino abandono durante tantas horas. Si durante un minuto pensaba que la sombra acechante había acabado con ella, me preocupaba. Al instante siguiente, cuando imaginaba que ambas siluetas vivían un encuentro erótico, me aturdía[1]. Pero segundos más tarde, si barruntaba que ambos ejemplares del mundo espectral se aliaban contra mí, me enfadaba.
Cualquiera entenderá, supongo, que al desembocar en este último supuesto me haya sentido traicionado por aquella silueta que siempre me ha acompañado y ha crecido y ha vivido adosada a las plantas de mis pies...
Pero este pensamiento de ira hacia mi penumbra, no me ha ocupado mucho tiempo, puesto que he llegado a otra conclusión: a lo peor, el supuesto y no comprobado pacto entre sombras, se dirige contra mi persona.. Es decir, he temblado al intuir que, en vez de un abandono, se avecinaba un ataque en toda regla. Más aún, he sospechado que para agredirme, la sombra acechante no necesitaba de pactos, sino que actuaría contra mi silueta, haciéndola desaparecer o volviendo su voluntad contra mí. Por tanto, casi prefería que su desaparición hubiera desenmascarado el error del escocés experto en sombras y mis dos compañeras de piso fueran quienes demostraran al mundo científico que las sombras también practican sexo.
Siempre he creído que el miedo es libre y esta noche lo he comprobado en mi carne, ya que me he visto impulsado a enchufar todas las luces de la casa. Ha sido la única manera de asegurarme que descubriría el instante en que se abalanzaran sobre mí. Por supuesto, me he situado a plena luz, al descubierto de cualquier penumbra que brotase de algún objeto.
Durante unas cuantas horas, mi casa ha parecido una verbena. Pero una verbena silenciosa. Una verbena presidida por mi miedo. El silencio con aspecto de hielo frío y sólido, ha tenido el efecto de que mi pensamiento sólo interpretara en un sentido la frase que había escuchado horas antes: Será esta noche.
Y la noche nos acunaba con sus fríos brazos...
Pero el sueño ha terminado por agarrotarme el entendimiento. Por mucho que he intentado evitarlo, los párpados se me caían, mientras la cabeza se me derrumbaba sobre el pecho, con evidente peligro para la salud de las cervicales.
Quizá haya sido un accidente, un cabezazo excesivo lo que ha descerrajado el engranaje de esas vértebras. Creo que eso ha dicho el forense hace unos minutos...
Pero no se lo crean ustedes...
En realidad ha sido otra cosa...
Al descuidarse mi atención, derrotada por el sueño, ambas sombras (la mía de toda la vida no había sufrido, nada, la pobrecilla) a velocidad de vértigo se han deslizado por el suelo, han ascendido por mis piernas y mi tórax y han entrado en mí a través de mis fosas nasales. Sólo me he estremecido un poco, casi nada, un leve escalofrío. Se han acercado al corazón a toda prisa y me han hablado...
No es exacto. Sólo ha hablado la sombra expectante, la sombra que me vigilaba. 'Soy tu muerte. Cada ser humano tiene la suya propia, que con él nace, pero permanece oculta y callada hasta que llega el último día. Ese día se convierte en sombra invisible para todos, excepto para tu propia sombra que es el único ser que conoce la llegada del final. Tú me has descubierto, y por ello serás premiado. Y desde hoy tu corazón, pasará a ser impulso de otra sombra...'
Yo no he tenido tiempo de preguntar nada. Tampoco es para tanto.
__________________________________________________
[1] De nuevo acudo a la sabiduría del profesor escocés John Black Shadow. En su magna obra sobre las sombras existe, efectivamente, un capítulo titulado De las relaciones intersombrales. En él se afirma de modo explícito que, a pesar de sus esfuerzos, no halló ningún caso de posibles encuentros de carácter erótico o genital entre ejemplares de las penumbras. Lo máximo que demostró (ver capítulo CLXIV, página 457, párrafo cuarto. 2ª edición de Oxford. 1905) fue que, en determinadas circunstancias, relacionadas con el carácter excesivamente abúlico del cuerpo propietario de la sombra, se constató acercamiento afectivo entre ejemplares procedentes de diferentes personas, animales o plantas. Dos páginas más adelante, en una narración realmente memorable por lo sensorial y emotivo de sus palabras, relata esta relación entre la sombra de un gato gris y la de una sombra sin aroma. (Perdonarán ustedes que no transcriba la cita literal, pero no se dispone del espacio suficiente. Baste pues esta mención como prueba, a pesar de que los quisquillosos de la exactitud científica e investigadora, puedan declararme como persona no grata).

viernes, 30 de enero de 2009

LA SOMBRA. (Capítulo séptimo)


Me pareció que sucedía, pero no estuve muy seguro hasta el momento en que entré en casa.
El ruido habitual de mi oficina me impidió llegar a cerciorarme del asunto. Les pido por favor que se imaginen la batahola habitual que nos rodea. ¿No se lo imaginan...? Les ayudaré. El zumbido monótono de las torres de los ordenadores; el agudo tirorí-tirorí-tirorí de los teléfonos; el ras-ras-ras-ras de las impresoras; los ‘dígame’, ‘lo siento no puedo ayudarle’, ‘tiene usted que esperar que lo resuelva el jefe del negociado’, ‘en unos días vuelva a llamar, que mi compañera está enferma y es quien lleva su asunto’; las melodías enlatadas de los móviles que sonaban, de vez en cuando, accionados desde otro punto de la ciudad por hijos adolescentes que tenían que resolver trascendentales problemas: ‘¿Qué vamos a comer hoy?’, ‘¿Dónde están los tenedores…?’, ‘¿Me has planchado los vaqueros grises, es que esta tarde he quedado y no tengo nada que ponerme…?’; las conversaciones entre compañeros: ‘Pues a mí me parece que el segundo gol fue en fuera de juego’, ‘¿Habéis visto la última movida de los hijos de la cantante con el tema de la herencia de la pobre madre?’; los portazos cuando alguien entra o sale; el fragor lejano del tráfico que cruza el Paseo de Las Olmas... Y, ¿para qué negarlo?, el efecto suavemente narcótico del aguardiente que me había metido entre pecho y espalda en el bar de Sebastián.
Durante el trayecto de vuelta a casa, todavía fue peor: el ruido acrecía de tal modo que era imposible escuchar algo tan sutil, poco más que el cascabeleo del agua de una fuente lejana
Pero al llegar, con la vivienda ya invadida por el silencio de la siesta, supe que no había sido una mala pasada provocada por mi imaginación. Había notado como si unas voces lejanas susurraran muy bajito. Al principio, ya digo, no lo tomé muy en serio. Pero a medida que se repetía la sensación, iba aumentando mi interés… Iba a escribir que aumentaba mi extrañeza, pero en mí no podía actuar semejante sentimiento, puesto que ya sabía que la sombra solitaria, la sombra expectante, la sombra vigilante, se había abrazado a mi vieja sombra.
El caso es que hasta que no regresé a la soledad de mi piso de soltero (al que no le vendría mal una limpieza), no pude prestar atención a aquellos susurros.
Siendo sinceros, creí que nunca podría enterarme del contenido de sus palabras porque, inocente de mí, creí que la penumbra invasora, al llegar ante la puerta se quedaría en el descansillo de la escalera, como durante la madrugada anterior. Pero no sucedió así.
Ambas siluetas, en cuanto que los tres cruzamos el cerco y cerré, se descosieron de mis talones, como si se quitaran un húmedo abrigo pesado. Me quedé sin sombra, nuevamente[1]. Pero esta vez no fueron a la alfombra que acaricia mis pies cuando me levantó de la cama, sino que se escondieron en las entrañas de las zonas más penumbrosas de la casa.
Era inútil que las siguiera. En cuanto estaba lo suficientemente cerca de ellas, las veía deslizarse en busca de otro lugar donde también se pudieran diluir sus tonos brunos con la grisura que en el suelo o en las paredes producían los objetos, los muebles, las mesas, las sillas.
En ningún caso llegué a escuchar con nitidez sus palabras. Ni siquiera estoy completamente seguro de haber entendido lo que me pareció entender. Aunque, como se verá en su momento, esto no tuvo ninguna importancia. Quizá sólo fue mi imaginación. Supongo que las sombras, por mucho que una de ellas haya crecido conmigo desde el día en que nací (¿estaba conmigo desde mi concepción? Mejor no echemos más leña al fuego sobre debates embrionarios), no estoy seguro de que emplearan el español (o castellano) a la hora de dialogar entre sí. Probablemente hablarían el shady, tal y como denominó al idioma de las siluetas el mentado John Black Shadow.
(La traducción literal de shady, como es bien sabido, sería ‘sombreado’, aunque bajo mi criterio, en caso de tener que verter tal palabra a nuestro idioma, cosa no necesaria a mi parecer, yo votaría por sombrío. En esto, el afamado estudioso del mundo de las sombras, barrió para casa o arrimó el ascua a su sardina, como se dice popularmente, y se quiso dar excesivo protagonismo, ya que al seleccionar este nombre para bautizar el idioma de las penumbras, de modo poco sutil se citó a sí mismo, lo que no es completamente ético. Quizá hubiera sido más apropiado utilizar un neologismo del tipo darknessword o, mejor aún, darknessh, pero su inicial propuesta fue aceptada por el resto de expertos y así ha quedado para siempre).
Sea como fuere, el caso es que mis neuronas interpretaron como frase de tres palabras unos sonidos que llegaron a mis orejas, atravesaron el pabellón auricular, percutieron sobre el martillo, el yunque, la apófisis lenticular, el estribo, se asomaron a la ventana oval y saltaron sobre el tímpano cayendo hacia el caracol, donde dieron vueltas hasta llegar al nervio auditivo que transmitió a mi cerebro esta idea salida de los labios de la sombra invasora: 'Será esta noche'.
En ese momento no podía saber si era cierto o no lo que había llegado hasta mi cerebro. Intenté tranquilizarme. Razoné como pude acerca de la imposibilidad de que yo hubiera entendido nada del shady, pero ya saben ustedes las cosas del cerebro y de la voluntad y de la imaginación.
Aquel susurro, el único que había interpretado de los pocos que escuché, se clavó en mi conciencia como una amenaza.
Lo peor del asunto es que a penas eran las tres y cuarto de la tarde y que había algo obvio en esa frase tan breve: la noche es el territorio más adecuado para las sombras.
Como bien suponen, esa frase la pude adivinar, porque fue la primera que dijeron en mi casa, después de refugiarse tras el hueco del cuadro que hay a la entrada de mi piso (una deleznable reproducción de un deleznable bodegón de unas deleznables flores de plástico, que por pereza no tiro a la basura). Después de aquello, todo lo que hablaron entre ellas, que fue mucho, quedó sin registrar en mi cabeza, y no porque no pusiera empeño en lo contrario. Fue una tarde agotadora. En cuanto me acercaba a donde suponía que estaban mis dos siluetas, primero cesaba su bisbiseo, luego se deslizaban veloces, y después volvían a esconderse. Yo actuaba como un sabueso auditivo y no olfativo. Cuando percibía la dirección de los susurros me acercaba lenta y sigilosamente; pero era imposible sorprenderlas, siempre caían en la cuenta a tiempo. Y enmudecían, y se deslizaban y desaparecían de mi vista, camufladas entre la turbamulta de sombras, que a medida que avanzaban las agujas del reloj fortalecían su musculatura inasible. Se acercaba el ocaso...
Será esta noche, será esta noche.
Qué quieren que les diga: mi corazón galopaba desenfrenado.
_________________________________________
[1] Para evitar suspicacias, el autor deja constancia en este punto que el cortometraje de animación publicado antesdeayer por el diario El País en su sección de cultura y titulado La increíble historia del hombre sin sombra que opta al Premio Goya 2009 en dicha categoría, ni ha inspirado ni ha conducido este relato. Hasta ayer no tuve noticia de su existencia. Más aún, una vez visto, diré un par de cosas. Primera: el corto me ha gustado. Segunda: el desenlace de este relato nada tiene que ver con el del film de dibujos animados (sirva esta pista para los más impacientes). En la película de dibujos animados es el diablo quien despoja de su sombra a un pobre hombre, a cambio de dinero… En el caso de esta historia, nuestro relator, como ha sido bien comprobado por los lectores, no es que se quede sin sombra, sino que llega a tener dos. Por lo demás, como he dejado dicho en algún comentario, a pesar de lo que se piense, en este instante el autor está como el propio lector, o es un lector más, pues lo último que conoce con certeza de esta extraña peripecia es lo publicado hasta la fecha.

viernes, 23 de enero de 2009

LA SOMBRA. (Capítulo sexto)

Y me senté. No había más remedio.
La paralización de mi sangre fue evidente, pero duró un instante..., dos..., tres..., ya.
En realidad no sentí nada, absolutamente nada. Mi sombra, la que envejecía conmigo dejó su tembleque convulso, y percibí en tal abandono una sensación de calma extraña, como cuando deja el vendaval de soplar repentinamente, casi un vacío que obliga a inspirar el aire con más ambición, no sea que nos quedemos sin él.
Probé a moverme en el asiento y tampoco sucedió nada. Mis compañeros de oficina no me prestaban ninguna atención, ni siquiera don Evencio lo hacía, es como si se le hubiera pasado el enfado por mi tardanza. Mis movimientos no sufrieron ninguna alteración. Nada había cambiado, en apariencia. Mis músculos no apreciaron un mayor peso que les empujara hacia la tierra, tampoco percibí ninguna invasión de ninguna clase.
Tendría que levantarme, ésa sería la solución para comprobar si ya mis talones disponían de dos sombras cosidas a su piel, si la sombra vigilante había fagocitado a mi vieja sombra o si las cosas continuaban como hasta ese momento.
Pero dada mi habitual costumbre de no moverme del sitio, salvo contadísimas excepciones relacionadas con la ingesta de algún café en el bar cercano, los presentes hubieran extrañado demasiado mi movimiento… Claro que si se me cayera algo, por ejemplo un bolígrafo…
¡Plof!
‘¡Cagüental...!’, exclamé, como si su caída hubiera sido uno de los mayores contratiempos que podía sufrir. Aquel exabrupto fue el escudo necesario para conseguir que la indiferencia de mis compañeros hacia mi persona no se moviera ni un ápice. El bolígrafo, azul obviamente, acabó debajo de la mesa. Este leve contratiempo me sirvió para agacharme (con evidente peligro para mis lumbares anquilosadas) y observar con lentitud la verdadera situación de mis sombras, sin ser fisgado por otros ojos, sobre todo los de Diana, quien desde que se empeñó en cortar nuestra relación, me miraba como quien contempla al futuro manipulador de la guillotina que sajará su lánguido cuello.
Durante unas décimas de segundo, tuve la sensación de que atravesaba un espacio definitivo.
Era curiosa la intensidad con la que vivía aquellos escasos minutos o segundos que habitualmente carecen de importancia, ya que no somos conscientes de su discurrir: algo cae al suelo, nos agachamos, o nos levantamos y nos agachamos, lo recogemos, volvemos a incorporarnos y nos volvemos a aposentar, y nuestro pensamiento sigue concentrado, o distraído, en cualquier otro asunto: unas piernas interminables, un gol impensable, una mirada inimaginable, un sueldo imposible, una luna inalcanzable, la resolución de un problema irresoluble. Entre tanto pensamiento, o distracción, sin darnos cuenta, los músculos de nuestro cuerpo se han contraído o elongado unas cuantas veces y semejantes movimientos, no lo olvidemos, son consecuencia de órdenes cerebrales a las que, sin embargo, nuestra voluntad es ajena. Pero aquella mañana, al poco tiempo de haber llegado tarde a la oficina, lo único que ocupaba mi cerebro era mi cuerpo, sus movimientos, por tanto la repercusión que tenían sobre mis sombras.
En ese momento me di cuenta de que no podía dejar de pensar en plural. Una noche de casi completo insomnio era suficiente para ello.
Ninguna de mis dos penumbras se movió.
La verdad es que la luz cenital y poderosa y blanca de la oficina no ayudaba en exceso a analizar sus respectivas situaciones. No había la suficiente perspectiva y parecían aplastadas o abrazadas o acurrucadas o confundidas la una sobre la otra. A pesar de ello, pude distinguir con nitidez que sus cabezas seguían siendo dos. Es decir, y por no ser exhaustivo en las explicaciones, como mal menor poseía una sombra bicéfala. Podría ocurrir que siguieran siendo dos espectros aún independientes, pero tal cosa no podía asegurarla.
Empezaba a necesitar un café, pero no como excusa, sino cual lenitivo para mi pobre cabeza que amenazaba con perder todo contacto con la realidad (que habitualmente era escaso, como van comprobando ustedes, sutiles lectores), y porque sabía que tras mis pasos saldrían mis compañeras oscuras, en cumplimiento de su destino.
'¿Te encuentras mal, Zanguango?' (Hacía tiempo que mi nombre no tenía la mayor importancia para ellos. Ni siquiera, ay, para Diana). La voz de don Evencio fue un verdadero salvavidas. 'La verdad, sí. Estoy mareado, quizá una bajada de tensión.' Su mirada adquirió las cualidades propias de una báscula de precisión para medir sin error hasta dónde había de cierto y hasta dónde de dramaturgia en mi afirmación. La mía fue, por el contrario, el trasunto contemporáneo de la de un pecador arrepentido cuando recitaba un viejo salmo ante el dios dubitativo entre premio o castigo. 'Quizá te convenga un café. Sólo faltaba que te desmayaras aquí. Anda, anda...'
Dejé de prestar atención a su voz, más bien chillona y destemplada. Volví apenas mis ojos, pero no hubiera hecho falta, mis dos siluetas (como verán en poco tiempo uno asimila hasta las informaciones más catastróficas) ya estaban a mi alcance. 'Ahora vuelvo', musité casi sólo para que me oyeran mis propios labios y salí, no muy deprisa, pues no convenía aparentar una recuperación tan rápida.
La cafetería de Sebastián está unos quince metros por debajo de la oficina. Demasiado cerca para que pudiera comprobar lo que necesitaba comprobar. ¿Y si me diera una vuelta hasta el Paseo de las Olmas y la iglesia de Santo Tomé? Siempre podría decir a don Evencio que antes de entrar en el bar preferí airearme, no fuera a ser que el aire viciado del humoso bar, fuera peor remedio.
Por suerte, de inmediato supe lo que buscaba: mis brunas compañeras seguían siendo dos sombras, pero ya no había distancia entre ellas. Es como si fueran de la mano, como si fueran pareja de enamorados cogidas de la cintura.
Esto me alivió, al menos por unos momentos.
Luego pensé que, quizá, el problema podría ser otro: el nuevo espectro quería robarme mi vieja sombra y convertirme en un hombre sin sombra. O peor aún, ¿sería el perfil de Diana que por orden de su cuerpo había decidido consumar su venganza?
Esta idea me turbó en mitad del paso de cebras. Dudé. Pero a pesar de las protestas de un par de conductores que me miraron como un perro guardián amenaza a un ladrón, giré en redondo y retrocedí hacia La Solana, la cafetería de Sebastián.
No, están ustedes equivocados, no le pedí un café cargado, oloroso y cálido, decidí que un buen aguardiente sería mejor para todo, sobre todo para mis neuronas que amenazaban con descuajaringarse dentro de mi cerebro.

jueves, 15 de enero de 2009

LA SOMBRA (Capítulo quinto)

Me despertó la fría respiración de mi sombra, la que envejecía al ritmo de mis latidos. Se había subido a la cama y temblaba, no precisamente por causa del frío. Había amanecido hacía un rato y era el momento de levantarse para repetir el cometido diario, ése según el cual hemos de cumplir con una misión de la que es difícil precisar su último sentido en la mayoría de los casos, al menos en el mío.
Pero aquella mañana no estaba yo para disquisiciones filosóficas de altos vuelos. Ni siquiera para vuelos rasantes o alicortos. El temblor de mi sombra provocó un escalofrío en mi cuerpo, bastante resentido por el escaso descanso nocturno.
No logré que ese tintineo medroso desapareciera de su configuración oscura, a pesar de los intentos reparadores que procuré: saludable ducha, copioso desayuno perfectamente homologado por cualquier dietista contemporáneo (fruta, zumo, pan, aceite de oliva, un café con leche desnatada) y buen perfume (el que guardo para las grandes ocasiones normalmente relacionadas con escarceos poco confesables a pesar de mi soltería empedernida).
Antes de abrir la puerta (algo imprescindible para salir a la calle y llegar a mi lugar de trabajo: una anodina oficina pública), volví a escrutar a través de la mirilla, adminículo que en las últimas horas se había convertido en el único horizonte de mi existencia. En realidad sabía lo que me encontraría, lo hice por si se había producido el milagro de la deserción de la sombra vigilante ante mi falta de interés.
No, no había milagro. Allí estaba.
La escalera de este edificio de la calle Arcipreste de Hita, es una escalera minimalista: si dos personas de complexión normal se cruzan en ella, no podrán pasar al mismo tiempo, ni siquiera poniéndose de perfil, tendrán que cederse el paso obligatoriamente. Además es oscura, lo que, ciertos días a ciertas horas, le confiere el calificativo de tenebrosa. (Más de una vez he pensado la posibilidad de alquilársela a algún productor de cine de terror y así ganar unos eurillos extra, pero aún no me he decidido). Sin embargo aquella mañana, la luz pálida del sol que acariciaba Euritmia era suficiente para que las sombras, cualquier sombra cumpliera de modo eficaz con su misión de realzar el volumen de los objetos, animales o cosas a los que estaban asignados. Por tanto, descubrí sin dificultades su presencia. Estaba en pie. Por cómo se acariciaba la melena (quiero decir, el espacio que supuestamente ocuparía el cabello), parecía impaciente, como si supiera que una mañana más llegaría tarde a mi mesa de trabajo, donde los papeles acumulaban sabiamente el polvo, en un equilibrio perfecto que les dotaba de esa suave pátina detrás de la que se intuía que no habían sido abandonados del todo, sino que eran revisados con cierta frecuencia, pero que, por razones sólo explicables por su custodio (o sea yo), no podían salir aún del corral en el que pastaban (o sea la mesa). Quizá también dedujese ella, la sombra, que el retraso concreto de esa mañana no era sólo debido a la consuetudinaria costumbre que me confería el apodo de Zanguango entre mis compañeros, sino que había un añadido más, una causa que incrementaba el retraso en la salida del hogar.
Pero hasta yo tenía que salir. No era cuestión de telefonear a la oficina fingiendo algún mal que me impidiera la asistencia. Un mal lo suficientemente grave como para exculpar mi ausencia por un día, pero no tan grave como para que me impidiera retornar a mi querida mesa a la mañana siguiente, como mucho la posterior. Pensé en una indisposición gástrica, o en un esguince de tobillo, o en una lumbalgia repentina, o en una conjuntivitis fulminante, o en un secuestro exprés (quizá esto último era más cierto de lo que parecía). Pero no tuve valor, porque sospeché que al siguiente amanecer o al otro, la situación sería similar. Suponiendo que no hubiera empeorado y aquella sombra hubiera terminado por invadir mi piso de soltero.
Abrí, pues, la puerta, crucé su umbral, la cerré, me di la vuelta, respiré hondo y salí como si tal cosa, como si no hubiera visto a aquella sombra con vocación de funcionaria de prisiones, como si no sintiera el movimiento cada vez más frenético de mi propia sombra que amenazaba con descoserse de mis talones y desintegrarse y desaparecer y dejarme en una situación ridícula: sin sombra propia y con sombra ajena al acecho. Supuse (un pensamiento absurdo, sin más) que la sombra expectante era capaz de escuchar los latidos de mi corazón y di por hecho que comprendería mi miedo, pero ella actuó sin mostrar que había detectado esa ansiedad que comenzaba a ocupar la corriente de mi torrente sanguíneo.
Durante unas décimas de segundo pensé despistarla, pero el recuerdo de la noche anterior, acudió a mí como un freno poderoso. No merecía la pena emprender una carrera alocada, ella se deslizaría sin dificultad y siempre me tendría al acecho. Por no hablar de que mi condición física me dejaría tirado sobre el pavimento unos doscientos metros más abajo, en el mejor de los casos. Además sabía a dónde iba, salvo que, efectivamente, no acudiera a mi puesto de trabajo. Pero no era plan, ya digo, de una nueva ausencia.
Me sentí más Zanguango que nunca cuando comprobé que los escolares, los más pequeños infantes de la ciudad que ya habían entrado en la vorágine de la organización social, caminaban hacia la escuela de las manos de sus hermanos mayores o de sus madres, cuando comprobé que más de un comercio ya estaba abierto al público. El retraso se había prolongado en exceso. Así que apreté el paso, cosa bien extraña en mí.
Miraba de reojo y ella siempre estaba allí, sin embargo invisible para todos. Sólo un perro callejero, chucho de raza imposible, gozquillo acostumbrado a sobrevivir de cualquier manera, adivinador incansable de los peligros antes de que se materializaran, pareció intuirla y se apartó de ella, escondiendo el rabo y agachando las orejillas. Mi sombra espía se ahilaba a los coches que enmarcaban el bordillo de la acera de la calle Arcipreste de Hita, o se hacía sustancia de las piedras de los edificios de la Avenida Gonzalo Fernández de Córdoba, o saltaba, como las antiguas ardillas, de farola en farola mientras ascendíamos el Paseo de las Olmas y, al final, cuando llegué a la oficina, escondida, casi invisible en la calle de Tulipanes, propincua a la Solana, estaba tranquilamente acomodada en mi asiento. Sin saber yo cómo, se me había adelantado, la muy ladina.
Tuve miedo de sentarme, pero la mirada de don Evencio (con semejante nombre no se puede ser otra cosa que jefe) fue, más que un empujón, un lanzamiento en toda regla que me catapultaba hacia mi destino inexorable. Tampoco las miradas de mis compañeros permitieron que pensara una estrategia adecuada para dar tiempo a la sombra a que abandonara mi asiento, o, en su defecto, una idea que me permitiera permanecer en pie durante unos minutos. Cualquiera repetía la típica pregunta matinal, mi saludo cotidiano, ‘¿A alguien le hace un cafelito?’
No había otra solución: tenía que sentarme sobre la sombra. Mi sombra de siempre y la sombra ajena y mi cuerpo, formarían, por primera vez, un trío indisoluble.
Lo último que pensé, justo antes de que mis nalgas tomaran contacto con el asiento que ocupaba la sombra acechante fue que tendría que haber anunciado por teléfono a mis compañeros que había sido movilizado por el ejército, tras un cataclismo internacional que obligaba a disponer de todos los hombres en edad de portar armas y, añadir, además, que mi destino era una misión de paz en el interior de un submarino que zarpaba hacia Nueva Caledonia del Sur.
Efectivamente, es fácil llegar a la misma conclusión que están llegando todos ustedes: el pánico había sustituido a mi sangre.

jueves, 8 de enero de 2009

LA SOMBRA (Capítulo cuarto)

De pronto, como si mis deseos se hubieran materializado, el chasquido del interruptor recorrió el hueco de la escalera. Con sigilo, pero a toda velocidad, descalzo y de puntillas, es decir, ejecutando verdaderos ejercicios de contorsionista dadas mis precarias habilidades gimnásticas, me apresuré hacia la puerta, alcé la chapita que protege la mirilla y observé a mi vigilante o protectora o guardián.
Al mirar a través del minúsculo ojo de buey, descubrí que la sombra estaba sentada, lánguida, diría. Por la posición de su cabeza, un poco inclinada y ladeada, como atenta hacia el vacío, creo que miraba al escalón que se abría a mano derecha de mi puerta, pero el resto de su fisonomía no adquirió especial tensión. Los pasos del vecino se acercaban lentamente: rascaban su cansancio sobre los escalones. La sombra permaneció inmutable, lo que demuestra su seguridad. Cualquier otro hubiera intentado ocultarse, pero ella sabía que no lo necesitaba, sabia que nadie la vería.
Soy inquilino de esta casa desde hace décadas, ya que tengo cuarenta y tres años y nací en ella; aunque mis padres murieron, el casero me mantuvo el alquiler, por razones inextricables que no me interesa averiguar: es un chollo. Gracias a tantos años, por el sonido de los pasos sobre los escalones identifico a un vecino, igual que si escuchara su voz. Supe que se trataba del vecino del tercero C, Librado, el camarero, quien regresaba, como cada madrugada, de su agotador trabajo. ‘¿Este hombre no se jubila nunca?’, pensé mientras esperaba que la figura de su cuerpo enteco repercutiera, distorsionada por la lente, sobre mis pupilas ansiosas por atisbar algún movimiento en mi sombra clandestina. Cuando Librado formó parte de mi campo visual, miró en la dirección de la puerta. No pude distinguir sus ojos, lógicamente, pero intuí un estremecimiento, como si barruntase una presencia inmaterial, casi percibí un escalofrío de su alma. Se detuvo unos instantes, dudó, un par de veces meneó su cabeza de izquierda a derecha y siguió su penosa subida.
A los pocos momentos, casi al tiempo que se cerraba la puerta del piso de Librado, se apagó la luz de la escalera y abandoné mi puesto de grumete, ya que, a pesar de los intentos de penetrar la oscuridad con mis pupilas, la sombra se me hizo nuevamente invisible.
Tras esta primera observación detenida, llegué a una conclusión que me sumió en la perplejidad más absoluta: la sombra era femenina… Quiero decir que pertenecía o perteneció o había pertenecido a una mujer.
¿Por qué llegué a semejante conclusión?
Fue una intuición. Un solo detalle insignificante: cómo giró su cabeza desmayadamente, con un punto de delicadeza o coquetería. (Hablo así para ser comprendido, para que se imaginen la parte superior de la sombra que semeja un círculo, un óvalo) . Una vez que sentí esta intuición como certeza, intenté comprobar que el resto de su morfología se correspondiera a la femenina y no a la masculina, pero tal cosa fue imposible ya que, como digo, permaneció sentada.
Como habrán imaginado, dada su perspicacia, esta evidencia supuso un cortocircuito violentísimo para mis neuronas sobrecargadas, puesto que hasta ese momento hubiera jurado ante el mismísimo John Black Shadow que mi perseguidora, vigilante o expectante sombra era masculina. Conclusión, podía descartar una posibilidad: esta sombra no venía a sustituir a mi sombra.
Pero abría otras inéditas hasta ese momento: ¿Se habría enamorado de mi sombra? ¿Era la enviada de una mujer que pretendía una relación conmigo? ¿Se trataba de la sombra de una antigua amante que clamaba venganza por mis torpezas y traiciones? ¿En caso afirmativo, quién: Carmen, Marta o Diana? ¿Por el contrario, el sexo del cuerpo al que había pertenecido aquella sombra resultaba indiferente al motivo de su vigilancia? ¿O, no era la sombra de una mujer, ni la de un hombre...?
Consideré absurdo prolongar por más tiempo el espionaje nocturno, ya que a esas horas sería un milagro que la luz de la escalera volviera accionarse. Hasta las cinco y media de la madrugada permaneciera apagada; entonces, Estefanía, la hija de Cosme, el del segundo A, bajaría a lo loco las escaleras, camino de la estación de autobuses, desde donde partía cada madrugada para cumplir con su jornada laboral en una fábrica de conservas de verduras situada en un polígono, a pocos kilómetros de la capital.
(Les confieso que no me hubiera importado que la sombra sentada al otro lado de la puerta perteneciera a Estefanía, a pesar de los quince años de diferencia... Y ahora que recuerdo todos estos sucesos, me importaría menos aún).
Al entrar en la habitación, mi sombra gruñó amistosamente y se estiró a lo largo de la alfombra. En realidad se dio la vuelta, porque la luz que encendí para ponerme el pijama, deslumbró sus ojos. Estuve por contarle mi descubrimiento, pero no quise que se hiciera falsas ilusiones, mejor que siguiera tranquila, envejeciendo conmigo.
Yo, a penas dormí un par de horas.

viernes, 2 de enero de 2009

LA SOMBRA (Capítulo tercero)


Lo primero que pensé, una vez que tuve a las dos sombras en reposo, la una como vigilante de mi puerta (¿o era carcelero de mi persona?) y la otra cual perrillo, descansando en la alfombra que hay a los pies de mi cama, es que la sombra acechante andaba despistada.
Pensé, digo, que se trataba de una sombra que sufría de una especie de amnesia de sombras probablemente causada por un momento de confusión: una hora punta en el metro, una manifestación sindical, una noche de botellón, la misa dominical de las doce, la cola de un estadio de fútbol o la que se forma en la caja de un Centro comercial, se había descosido de su propietario y ya no le había encontrado. Por lo que se ve, a las sombras no les sucede lo que a los perros y no saben volver a su casa como hacen estas criaturas.
Busqué en la bibliografía selecta de Jonh Black Shadow y no encontré nada al respecto. Mi primera reacción fue airada y pensé remitirle una carta al autor exponiéndole mi enfado por semejante vacío, pero me contuve, más que nada por pereza y porque avancé en mi lento proceso mental.
Menos mal que actué con prudencia, porque al siguiente paso que dieron mis neuronas, se reveló que el pensamiento de la enfermedad parecía más bien inadecuado. Digamos que no lo había elaborado con la suficiente precisión, y, además había pocas posibilidades de que fuera verosímil. Sobre todo porque en caso de una enfermedad o dolencia semejante a la propuesta no se puede derivar, ni siquiera por simple casualidad, una actitud tan persistente y casi ladina como la que yo había detectado en aquella sombra que se había quedado al otro lado de la puerta. Eso, repito de nuevo y perdonen mi insistencia, contando con que el descubrimiento de su presencia vigilante hubiera coincidido con el de su aparición en mi vida. Es decir, que como me malicié desde el primer momento, más bien estuviera detrás de mí desde hacía una temporada.
Esta idea última, lógicamente, me abrió otra nueva perspectiva, en forma de interrogante, otra vez. Mi vida amenazaba con convertirse en una serie interminable de preguntas que se superponían unas a otras como las galletas en una de sus bolsitas donde se empaquetan. Si era cierto que la sombra llevaba un tiempo detrás de mí, acechante, ¿por qué la vi un mal día: fue un puro azar, fue un despiste suyo, fue su intención?
Como no se trata de que este relato se convierta en un laberinto inextricable, les ahorraré algo. Llegué a la conclusión de que la sombra expectante, (sí quizá sea mejor definirla así de momento, sin cargar demasiado las tintas) se había dejado ver. Es decir yo la veía a partir de cierto momento, porque ella quiso que la viera, porque fue su voluntad. Es verdad que su acción fue sutil, sin alharacas, lo justo para no llamar la atención a nadie más. Aunque esto último también me extrañaba en parte, puesto que si mis ojos eran capaces, desde ese momento, de verla en cualquier circunstancia, como si ya casi fuese mi sombra, mejor dicho, como si ya tuviese un par de sombras, una cosida a mis talones, la de siempre, la que envejecía conmigo, la que estaba amedrentada, la que ahora descansaba en la alfombra de los pies de la cama de mi dormitorio y esta otra, que era una sombra de alquiler, como mi guardaespaldas, la que ahora cuidaba mi puerta (¿o vigilaba mi encierro voluntario?)
Entonces, después de unos minutos, llegué a estas conclusiones: la sombra expectante había sido descubierta por mí, porque ella así lo había querido, porque había sido su voluntad. Por tanto, era evidente que buscaba algo de mí o para mí.
En cuanto me asaltó la duda de la preposición, pude darme cuenta de que las posibilidades eran infinitas, bueno, quizá no tantas. Había tantas posibilidades como preposiciones. Veamos, la sombra buscaba algo ante mí, cabe mí, conmigo, contra mí, de mí, desde mí, en mí, entre mí, hacia mí, hasta mí, para mí, por mí, según mí, sin mí (esta era rechazable desde el primer momento, por desgracia ¿o por suerte?), so mí (esto implicaría un matiz excesivo, una cualidad casi poética o lírica de la sombra que me atraía bastante, pero no podía dilucidar en aquella noche), sobre mí y tras mí.
Cada minuto que avanzaba me sentía más desasosegado. Pues a medida que pensaba más, más se me liaba la cabeza.
Para despistar a la sombra expectante, mantuve la televisión enchufada, incluso, de vez en cuando, recordaba ejecutar el arte del zapeo durante unos minutos, no fuera a ser, además de expectante, sombra vigilante y se extrañara de que no cambiara de canal, al menos mientras había anuncios, que era casi siempre, como saben todos ustedes.
Me levanté varias veces, y, de puntillas, me acerqué hasta la puerta de la calle. Oteé a través de la mirilla, para ver si se había cansado o tenía frío o se había dormido. Al principio me levantaba sin ton ni son, y, claro, como no había luces en el rellano de la escalera, no podía adivinar su presencia.
¿Y si se había colado por la ranura inferior de la puerta y ya estuviera en casa?
Sentí pánico por unas décimas de segundo y me di una vuelta rápida por la casa. Encendí todas las luces (en ese momento no sentí nada por el daño que ocasioné al medio ambiente, lamento esta muestra de brutal sinceridad) y no la encontré. Quizá si hubiera empezado por dormitorio me habría ahorrado todo el nerviosismo, puesto que mi sombra, mi compañera de toda la vida, la que envejecía conmigo, parecía dormir como un mastín tranquilo al pie de mi cama.
Al volver al salón tuve una idea: sólo me levantaría del sofá, cuando sintiera que se encendía la luz de la escalera. Sin luz es imposible ver las sombras, sin luz todo es noche.
Adquirir evidencias de este tipo son las que a uno le hacen madurar.

jueves, 18 de diciembre de 2008

LA SOMBRA (capítulo segundo)


Prometí tenerles informados sobre la sombra que me perseguía. Sé que he tardado algún tiempo, pero aquí estoy, para cumplir con mi promesa…
No les engañaré: la sombra continuó acechándome. Lo hacía con discreción, tanto que parecía distraída, como si no me vigilara. Pero no pudo engañarme. En su superficie oscura se percibía una especie de tensión muscular (sé que es algo poco probable, pero se trata de que me entiendan), similar a la simulación que usan los felinos cuando escrutan a la manada de gacelas para encontrar a la despistada, a la enferma, a la débil, a la lesionada o a la melancólica. ¿Qué quiere que les diga? ¿La verdad? De acuerdo, no mentiré, pero les ruego que no me llamen fanfarrón o cosas por el estilo: se notaba que era una sombra inexperta en esto de ir por el mundo sin cuerpo al que permanecer atada. Cómo decir. ¿Si pasaran por delante de un puesto de frutas y se dieran cuenta de que a su paso, un mozalbete que por allí cazcalea esconde velozmente las manos detrás de su espalda, levanta la cabeza y silla, qué pensarían? Pues algo así me pasaba a mí con la sombra. No había duda: tramaba algo.
Cuando supe que no me podía engañar, decidí tenderle una trampa.
A esas alturas, como es fácil discernir, ya me había tranquilizado lo suficiente para olvidarme de la paranoia extraña que me acometió el primer día que me di cuenta de esa presencia inasible y oscura (Para quien se lo perdiera por razones diversas: ver o repasar entrada correspondiente al martes tres de diciembre titulada La sombra (capítulo primero)).
Tender una trampa a una sombra es difícil. Por definición la sombra es inmaterial, escurridiza y mutable; sin duda es la criatura que mejor se camufla: basta con que encuentre el alero de un tejado para escurrirse sin ser vista, o que una nube decida peinarse delante del sol o que el sol se vista con ese manto gris oscuro con que se cubre del frío en el invierno.
(Hablo obviamente de sombras urbanitas o sombras boscosas. Una sombra desértica o ártica lo tiene complicado, allí no puede disimular, ni trabajar en el anonimato, salvo que lo haga en la noche... Aunque de la noche mejor no hablaremos, pues se trata de su hábitat preferido tal y como demuestra el interesante estudio sobre las costumbres de las sombras elaborado por el profesor John Black Shadow de la Universidad de Carolina del Norte; en eso, afirma el mencionado y refutado zoólogo, se asemejan a los vampiros, a los gatos… y a los sueños…).
Por eso me extrañó que esa sombra sin cuerpo anduviera con tanta molicie, calma y sosiego en mitad del día. A pocos metros de mí: lo suficientemente cerca para que cualquiera se percatara de que algo pretendía de mí, pero lo suficientemente lejos para saber que no era mi sombra, quien, dicho sea de paso, andaba bastante amedrentada.
Llegados a este extremo aclararé algunas cuestiones. Amplié un poco más el espectro de mis preguntas, respecto de las primeras dudas que me acecharon, y a eso me dediqué un tiempo:
Uno: ¿Qué objetivo perseguía la sombra? Dos: ¿Qué pensaba mi propia sombra, la de toda la vida, la que envejecía conmigo, sobre aquella presencia tan oscura como ella misma? Tres: ¿Qué había sido del cuerpo al que perteneció aquella sombra? Cuatro: ¿Actuaba sola, quiero decir, la iniciativa era suya o cumplía órdenes?
Intuí que meditar en estas preguntas, mejor dicho, reflexionar sobre las respuestas a estas preguntas, sería la base sobre la que asentar el futuro de mi investigación y el mejor modo de resolver el misterio que se encerraba detrás de aquel suceso que no sabía si era trascendental o, por el contrario, muy chusco.
Nunca he sido cartesiano en mis planteamientos, y menos en mis métodos, pero me obligué a ejercitarme en este modo de pensar. Incluso sospeché que me había convertido en un racionalista incurable, pues me apliqué al análisis frío y preciso del asunto sin piedad, sobre todo sin piedad de mí mismo.
Descubrí, por accidente esta es la verdad, no conviene que ahora me condecore con medallas que no obtuve en buena lid, que esta sombra no se atrevía a cruzar el umbral de la puerta de entrada a mi piso (un pequeño piso de alquiler, poco más que un apartamento) situado en una zona poco afortunada de Euritmia, hacia la mitad de la empinada calle Arcipreste de Hita. Fue mi sombra la autora de semejante hallazgo, por tanto a ella habría que atribuirle el mérito, pero, sin embargo, su descubrimiento fue una reacción involuntaria, irracional, como un estornudo o un suspiro: en cuanto abría la cerradura de la puerta del pisito y me recibía el desorden en el que entonces vivía tan a gusto, mi sombra dejaba de temblar, se esponjaba, por así decir, y se iba corriendo a la alfombra que tenía al pie de la cama, donde solía descansar cada noche, justo cuando yo me acostaba, ni una milésima de segundo antes.
Así que cuando estaba en casa podía estar tranquilo. Bueno, no tanto, puesto que era tan desasosegante para mi ánimo tener dos sombras, una por imperativo legal y la otra por razones aún imposibles de averiguar, como no tener ninguna cuando estaba en casa. De todos modos, esto último era más llevadero: bastaba asomarme al dormitorio (un tabuquillo estrecho en perpetuo desorden, salvo cuando yo sabía que recibiría alguna visita de ojos garzos) para contemplar a mi vieja compañera sosegada, por fin, después de una agotadora jornada. Yo diría que dormía como un bebé ahíto de leche, sonriente. Ustedes sabrán perdonarme la licencia.
En conclusión, puesto que hoy ya no explicaré nada más: mientras estaba en casa, podía meditar tranquilamente sobre el asunto, sin recibir ninguna interferencia. Aunque la sombra clandestina permaneciese en el rellano de la escalera, sabía, al menos entonces lo sabía, que no haría nada en ningún sentido, con independencia absoluta del camino que tomaran sus decisiones.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

LA SOMBRA (Capítulo Primero)

La sombra de un hombre parece que me persigue desde hace unos días. Siento el leve eco de sus pasos en el asfalto a primera hora de la mañana, al mediodía, cuando salgo por la tarde, al anochecer.
El primer día, mejor dicho, el primer día que me di cuenta de su presencia, porque pueden haber pasado muchos días, semanas o meses desde que me acecha sin yo enterarme (soy tan distraído), no le di la mayor importancia, porque, al fin y al cabo, es posible que muchas personas tengamos que cruzar las mismas calles a las mismas horas para ir o volver hacia algún lugar o desde ese lugar. Pero cada vez que giraba la cabeza, sólo percibía cómo la sombra se paraba como si realmente su única realidad fuera esa, la de ser sombra, la de no pertenecer a ningún cuerpo. Incluso al mediodía, cuando se supone que las sombras, todas las sombras, se toman un pequeño descanso, se encogen sobre sí mismas, y descansan un rato, allí estaba, huyendo, pero a la vez perfectamente presente. No obstante, yo estaba seguro de que era la sombra de un cuerpo, y si se me apura un poco más, aseguraría firmemente que era la sombra de un cuerpo masculino. Sinceramente, al respecto no tengo ni un solo dato o prueba que confirme mi aseveración, pero, en ciertas cuestiones, las intuiciones o las corazonadas son tan de fiar como las mismas demostraciones geométricas.
El caso es que desde que me di cuenta de la persecución de la sombra del cuerpo, probablemente masculino, cada paseo (y en este término incluyo todas las veces que tengo que camino por la calle, independientemente de que sea por distracción o por cuestión laboral) es un pequeño suplicio, una enorme descarga de adrenalina por todo mi organismo, y la sensación terrible de que la angustia se va a adueñar de todos los sentimientos. Cualquiera que me vea por la calle pensará que estoy chiflado, pues casi nunca camino con la parsimonia adecuada, sino que parece que disputo sin cesar algún tipo de competición, eso sí sin contrincante, o que llego tarde a alguna cita inaplazable o que huyo del cobrador del frac. Pero no lo puedo evitar, es algo que me saca de quicio. Como siga así, voy a tener que contratar a un detective o ir al médico de cabecera. Lo más probable es que me diagnostique de alucinaciones y me recete un montón de pastillas que me mantendrán completamente dormido. También podría intentar ir a la policía a denunciar el hecho. Pero ¿qué les diría: señor agente, barrunto que una sombra me persigue? Y lo peor del asunto, lo que es de más difícil explicación, ¿por qué me persegue alguien, aunque sólo sea una sombra?
También podría ser, y no lo descarto en absoluto, que se trate de una sombra que necesita de un cuerpo al que acompañar pues el suyo se ha negado a soportarla más. Quizá sea una sombra juguetona o molesta…
Lo más sensato será esperar, e investigar por mi cuenta.Seguiré informando.