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jueves, 9 de marzo de 2023


 Ahora mismo me pongo a escribir casi por accidente, porque mi propio antivirus me dice (me grita en rojo) que Pavesas y cenizas es una página peligrosa... En concreto dice así: "Esta es una página web peligrosa conocida. Es sumamente recomendable que NO visite esta página".

Ha sido por pura casualidad por lo que he retornado a ella, como cuando uno se pone a cazcalear por los cajones del mueble y empieza a encontrar viejos recuerdos: fotos que bostezan de puro aburrimiento, recortes de papel a punto de desintegrarse medio carcomidos por el olvido, una moneda de las rubias pesetas, un dibujo de una de las niñas (entonces)...

Entonces, si hago caso al antivirus y resulta que esta página es peligrosa, nadie vendrá ya por aquí, y podrá ser este otra vez un baúl de recuerdos al que sólo accederé yo...

No sé...

¿Volveré...?

Han pasado casi cuatro años de la anterior entrada. 

Pero no han pasado cuatro años. Han pasado tantas cosas... A lo mejor las que en verdad importan.

¿Volveré...? ¿Os contaré?

Ni yo mismo lo sé.

Botella de náufrago en un mar borrascoso y casi seguro que solitario.

lunes, 6 de abril de 2015

Avatares para encontrar un texto

Afirmé que publicaría con más frecuencia entradas en este blog que anda un poco anémico. Alguno podrá decir (y quizá no le falte razón) que hago trampa con esta entrada, pero me apetecía compartir con vosotros este fragmento de El Surco de los Días. Ya sé que es sacar de contexto a una criatura acostumbrada a una mirada muy secreta (más secreta aún que la de este blog), pero supongo que aguantará el tirón...:

FRAGMENTO DE MI DIARIO

Hoy es domingo de Pascua. Decir esto, además de una obviedad, es afirmar que, a pesar de todo —a pesar de mí—, sigo tras la estela de una fe o una esperanza, ajena a otras cuestiones relacionadas con organizaciones, liturgias o normativa canónica…

Tenía la intención ayer sábado por la mañana de dejar algo escrito sobre la procesión del viernes santo conocida como de los Pasos, que vi después de algunos años años.

Lo cierto es que no tenía planeado nada de lo que he hecho en estos días, salvo lo del jueves por la noche que estaba más o menos perfilado. Todo ha sucedido como si una borrasca potente, breve y repentina, hubiera, primero, roto el timón de mi embarcación y después la hubiera movido a su antojo por derrotas imprevistas. El caso es que el viernes tenía pensado dedicar más horas de la tarde a dejar algo escrito respecto del jueves, y a seguir la revisión de la vieja novela, o tantear la posibilidad de acarrear algún material de construcción para iniciar un proyecto que ha empezado a rondarme por la cabeza, aunque a primera vista parece algo insensato. Sin embargo, la tarde en casa de mis padres se complicó hasta hacerse horas difíciles, ásperas, dolorosas pues voy comprobando que el laberinto en que se mueve mi madre cada día es un poco más intrincado y viscoso, umbrío y solitario. Conclusión: bajé muy tarde de allí, con el ánimo para escribir agotado, como si el pequeño manantial se hubiera secado en poco más de cuatro horas. Así que decidí ver la Procesión.

Tras tanto cambio de planes, pensé que enlazaría ésta de la capital con la de Chañe. Sin embargo, de pronto, mientras ayer por la mañana regresaba de casa de mis padres (sí, el despertador sonó a su hora), se me ocurrió otra cosa. Recordé como aldabonazo estridente y repentino que escribí en Gorrión de Invierno, esa novela con un par de lustros a sus espaldas, esa novela inédita e impublicable cómo su protagonista, Oliver Berdugo Guisasola, sastre de Euritmia, vivió la de 1999, la última de su vida, pues para entonces ya sabía el tiempo que el tumor cerebral le permitiría vivir.

Entré en casa con el estado febril de quien tiene, por fin, algo que hacer. Si quería seguir con la revisión de Aquel Sábado Lluvioso, o quería empezar con lo nuevo, debía encontrar cuanto antes esas páginas. Recordaba vagamente su contenido, y suponía que podían servirme para el diario y quizá para Pavesas y Cenizas. En teoría sabía en qué parte del relato las situé, en el primer tercio de sus más de cuatrocientos folios. Repasé a grandes trancos. Algún párrafo me llamaba la atención. Sin darme cuenta, ralentizaba el ritmo de lectura. Sabía lo que buscaba y por qué lo buscaba, pero Oliver, Aurora, la yaya Luz, Íñigo, etcétera, iban atrapándome poco a poco. Cuando crucé la mitad, estaba casi seguro de haberme pasado esas páginas, pero seguí adelante.

No lo encontré.

Con la sensación de derrota, dudando incluso si no habría suprimido esta escena por alguna razón, tuve que salir a cumplir con cuestiones de intendencia. No se trataba del capazo para regresar a casa con carbón, lo que me impedía ser sublime sin interrupción, como le ocurría al joven personaje de Umbral, eran otras mercancías poco imprescindibles, pero debía salir.

Casi a la hora de la comida, volví al texto (Soy muy tozudo, la verdad). Y como sucedería en una película detestable, justo sobre la bocina de las dos de la tarde, en el punto donde la imaginaba, allí estaba la escena, más larga incluso de lo que la recordaba. La copié a otro documento, para, por la tarde, hacer lo que estoy haciendo ahora…

A diferencia del viernes, la tarde sabatina fue plácida y sosegada. Así que pude retornar temprano, dispuesto a la tarea, aunque previamente debía cumplir con un deseo de mi padre.

Por fin me puse a la tarea, antes de las siete de la tarde. Pensaba solucionar en un par de párrafos o tres lo relativo a La Carrera, y unirlo a este fragmento…

Después del tercer párrafo, llegaron el cuarto, el quinto, otro y otro… Y sentí —aunque a nadie le interese— que debía relatar con más detalle el vía crucis nocturno. Iba por un camino, y en la última parte, como si me hubiera encontrado con una flor, hallé el tono adecuado, así que retorné al principio…

Más allá de las once de la noche concluí de escribirlo…

Esta mañana he dudado si ya tendría sentido lo que sigue, o abandonar la idea para mejor ocasión, si es que llega. Pero, al final, acaso por justificar las horas de ayer, decido dejar el fragmento en estas páginas del diario, al fin y al cabo, su título para este año A la Velocidad del Corazón, o sea pura intuición, menuda embarcación cuyo timón se ha roto y navega según los dictados de los vientos o las calmas…
Te has levantado, Oliver, en medio de la madrugada del Sábado Santo. Te sorprende el silencio aturdido de la honda noche…
Pero no es así, Oliver, reconócelo, no es la madrugada la que está aturdida, sino tú. En tu cabeza, retumban todavía los ecos roncos de los tambores y las estridencias metálicas de las cornetas. Las procesiones de este año han venido hasta ti con la intención de ser medicina agradable para tu ánimo. ¡Cómo te ha costado entenderlo!
Al lado estaba Aurora, con sus ojos de atardecer de oro puestos, como cada año, en las imágenes que se deslizaban ante vosotros, sobre el adoquinado entre grisáceo y azulado, frío a esas primeras horas de oscuridad. Tenías miedo, reconócelo. No te niegues a ti mismo la evidencia del pavor cósmico que, de pronto, te ha enganchado el alma; sí, todo el miedo del universo se ha concentrado en tu encarnadura. El pánico te ha devastado a medida que se escenificaba ante tu mirada la representación que cada año se desarrolla sobre el escenario inmenso, o quizá convenga decir, sobre el templo inmenso, en que se convierte tu ciudad amada. No, tampoco es exacto.
Antes de que se mostraran a tu mirada turquí las escenas que se repiten cada primera luna llena de primavera, ya las habías repasado en el recuerdo, como si tuvieras una moviola alojada en esa neurona que dices que tiene forma de escenario; te habías anticipado, y antes de que llegara la primera, ya sentías, casi lo palpabas, cómo la glándula suprarrenal expelía cantidades incontables de adrenalina por todo tu venero, de modo que tu organismo estuviera preparado para lo que se le venía encima.
Era tu muerte, Oliver, lo que te imaginabas que veías, porque la muerte inminente te espera a ti también. Saber que se trata del recordatorio de lo que ocurrió en la esquina sudeste del Imperio Romano, en Jerusalén, hace ahora casi dos mil años, no mitiga tu angustia, porque eres consciente de que esa representación no es sólo histórica, no es únicamente la memoria de un hecho que le ocurrió a alguien, sino que es el símbolo de lo que le espera a cada uno. Sabías, en fin, que te enfrentabas a lo que te sucederá y reconoce que no te ha gustado, reconoce que te has rebelado.
En esos minutos en que la angustia se ha hecho una con tus palpitaciones cardíacas, por fin, has sido sincero contigo mismo, ya era hora, Oliver, ya era hora. No eres el Mesías, ni tu vida tiene sentido de redención para nadie, absolutamente para nadie, acaso ni para ti mismo. No sabes si has venido para cumplir la voluntad del Padre o para qué, tú solamente sabes que quieres vivir, quieres seguir respirando. A pesar de que tu cerebro, curtido en los millones de páginas leídas a lo largo de tu existencia, duda de que la vida concluya para siempre cuando esa famosa dama oscura a la que los griegos llamaron Tánatos te bese para ‘deshalitarte’, a pesar de que quieres intuir que a la otra orilla de esta ribera no se tiene por qué estar mal, a pesar de todos los pesares, has sentido el pánico, el vértigo, el vacío, el horror…
Te hubiera gustado gritar que tú no quieres tal cosa. Te hubiera gustado arrojar al aire diáfano de la noche, cuchillada de plata asustada, tu salmodia que fue su salmodia, ¡Que pase de mí este cáliz! ¿Quién te podría entender, Oliver? Nadie conoce lo que te espera, salvo tu sobrina y acaso Rubén. Para todos los que te rodean, empezando por Aurora que estaba como cada año, extasiada en la contemplación de esas tallas, era un Viernes Santo más, una procesión como la que saldrá, si el tiempo no lo impide, la próxima primavera, ésa que no verás a su lado. Entonces, además del pánico por lo que se te avecina en unos meses, tu calvario particular del que probablemente no serás muy consciente (al modo que hoy eres consciente de cualquier cosa), te has sentido infinitamente peor, porque tú has querido, mira que eres cabezota, Oliver, cargar en soledad con esta enfermedad.
Reconoce, Oliver, que sudabas a pesar de la helada brisa de este abril
(¿Cuándo querrá llegar la primavera de una vez a Euritmia, mi última primavera?).
Las calles vibran con el temblor ronco de los tambores y el sonido estridente y metálico de las cornetas. (Ya lo has escrito, Oliver. De acuerdo, no lo quites. Te repites, es lo mismo). Todo continúa como cada año. Es inevitable. El silencio asombrado y, todavía sorprendido por tal acontecimiento que cambió el rumbo de la Historia (y esto es así con independencia del credo de cada cual), envuelve la ciudad. Euritmia adquiere veladuras de dramatismo y belleza.
No ha sido malo ese pensamiento. Por él has llegado a la conclusión de que en estas jornadas, es casi imperdonable no echarse a la calle, convertida en el atrio de un gran templo en el que se escenifica, de nuevo, todo aquello, aunque sabías que te arriesgabas, y de qué forma, a algo parecido a lo que te ha sucedido. En el fondo, barruntabas que hubiera sido mejor una gigantesca jaqueca desproporcionada, desaforada, que te hubiera impedido la salida a las calles…
¿Cuántas veces has dicho que tu padre no era amigo de las manifestaciones y los boatos relacionados con la cuestión religiosa? Sí, es cierto que ese pensamiento te lo transmitió y que te sucede como a él. Pero tu excepción siempre ha sido para las procesiones de Semana Santa. Ya sabes, aquello famoso de la conjunción de historia, belleza algo tremendista, armonía desgarrada, fe sencilla, todo enmarcado por las calles de la urbe, producen un efecto que alivia a las almas y las abona para comprender el sentido último de nuestra existencia. ¿Dónde está, Oliver, el alivio de tu alma?¿Dónde la comprensión del último sentido de tu existencia?
Es cierto que las imágenes que se deslizan sobre el adoquinado grisáceo son, además, un muestrario interesante de algunas de las distintas épocas de la escultura religiosa: románico, gótico, barroco, neoclasicismo, primera parte de esta centuria que concluye. También es verdad que son un resumen de algunas de las distintas sensibilidades geográficas que en España han tratado este tema, y hay tallas de las escuelas castellana, andaluza y catalana o levantina. Además, no es menos cierto, que se aúnan en un todo milagrosamente homogéneo obras anónimas (transidas de la ingenuidad estremecedora de la fe popular), trabajos salidos de talleres de artesanos dedicados en exclusiva a la creación de escultura religiosa y creaciones prodigiosas de algunos escultores barrocos y contemporáneos.
Por fin, has conseguido sujetar el caballo del miedo. No está mal un poco de lógica, no hay nada como repasar conocimientos históricos y artísticos, para que todo vuelva a su lugar. Ya no sientes pánico, has cambiado el sentido de tus latidos, pues contemplar el paso de estas imágenes en la situación en la que te encuentras ha supuesto una honda emoción para tu espíritu, como un terremoto que te ha removido de arriba abajo, ha sido como contemplar tu muerte en el espejo, pero con un grado más de aceptación.
Todo lo que te rodeaba, otra vez, adquiría sus justas proporciones, esa dimensión humana en la que te sientes cómodo, en la que te mueves con cierta soltura…
…Y por la esquina de la calle la has visto. Era ella, era la madre, ¿tu madre?, que venía sola, apoyada apenas sobre el madero desnudo, en cuyo travesaño pendía el lienzo blanco del que se sirvieron para descenderle. Más que nunca te ha parecido a punto del desmayo, casi inane (como tú mismo hace unos minutos apenas) con las manos inertes e inermes a los costados, con su cabeza inclinada hacia la derecha, con los ojos entrecerrados, con millones de lágrimas invisibles surcándole el exangüe rostro céreo, que parecía más albeado al contraste de la noche y de su vestido índigo.
¿A quién le extraña tal demolición del espíritu, si el último estertor del hijo la precede? Un estertor de enteco torso alzado, de mirada confiada, sin embargo, también izada a la inmensidad del cosmos, y de labios entreabiertos que murmuran, En tus manos encomiendo mi espíritu, o murmuran, Todo está cumplido. Un estertor que quedó levitando en el universo, como postrer caricia de la tarde, y un artista lo convirtió en imagen del sufrimiento asumido, un dolor estilizado que rehúye la sangre, porque, al fin y al cabo, lo que más duele siempre es el alma. Sí, más que nunca, has descubierto que esa talla de la madre es la viva imagen de la soledad dolorosa.
Y has llorado, Oliver, por ella, todas la lágrimas del mundo. No has podido evitarlo. Ha sido un río salobre pero tranquilo, sin convulsiones delatantes. Se ha roto toda la tensión acumulada y te has desahogado, en su sentido más literal o etimológico. Pero ¿cómo es posible que ni Aurora se haya dado cuenta? Quizá sea un pequeño regalo que alguien te ha otorgado. Pero tú sabes que has llorado, que toda la amalgama de sentimientos que te han atravesado en esa hora se ha desbordado por tus lagrimales. Aunque tampoco tu barba se ha humedecido, cosa bien extraña, por cierto…
Y cuando el cadáver del hijo, apoyada la cabeza sobre una almohada que simulaba un anacrónico e imposible bordado, ha pasado ante tus ojos, como el resumen de los despojos (hermosos y muy musculosos despojos, convendría matizar) en que la muerte reduce a la humanidad completa, te has visto en ese cuerpo perfecto, donde cada músculo tallado en madera parece carne apenas fría, y te has visto más tranquilo, con el sentimiento inexplicable de que aquella muerte de hace casi dos mil años, también recogió la tuya y la de tu madre y la de tu padre y la de tus abuelos y la de aquel primer hijo que no fue, la de todos, Oliver, y como no lo puedes explicar, pues no lo explicas, pero la confianza ha vuelto, como aquellas golondrinas del poeta, también por primavera; pero intuyes que su vocación será de permanencia.
El problema, Oliver, es que tanto excitante disperso por tu sangre te ha sacado de la cama, y mañana, o sea hoy, puede ser un día garrafal; pero tampoco es mala idea que aproveches y avances.
Avanza, Oliver, avanza…
Volvamos a ese tiempo que, según Proust, está perdido. ¡Ay, vieja niñez, cómo te añoro…!
Y quizá como regalo pascual, después de tanto tiempo lamentándome porque nada se me ocurría, entre manos se me vienen tres tareas, a las que debo escuchar, sin que me inunden.



lunes, 3 de enero de 2011

Las dudas de Elio.



Aquella noche, Elio Baeza Artiga, el joven periodista del Diario de Euritmia, encargado de la sección de cultura del periódico, estaba descentrado. Tenía la obligación de llenar una página con la reseña del último estreno que había subido a las tablas del Teatro Calderón de la vieja ciudad.

Pero tenía dos problemas.

El más importante era que la obra no le había gustado. Ni poco ni mucho. No le había gustado. Sin adjetivos. Sin adverbios. Sin circunstancias. Pero el mayor accionista del periódico (en realidad el único accionista y, por tanto, su dueño) era amigo íntimo del productor del espectáculo y gracias a esa amistad, Euritmia se había visto favorecida por aquel estreno absoluto, a cambio de un precio de las localidades que rozaba el atraco a mano armada.

El segundo problema era que había discutido a la hora de la comida con Virginia. Lo de siempre.
Virginia de modo rítmico (cada mes, más o menos) hacía referencia a su edad, al hecho de no tener hijos, a la inutilidad de Elio, a su egoísmo, a la falta de compromiso serio, a la estupidez de sus sueños literarios. Sabía que ella tenía razón, pero no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer… de momento.

Si escribía lo que pensaba se quedaría sin trabajo, casi seguro.
Si decía lo que pensaba, Virginia le dejaría, casi seguro.

Faltaba una hora para el cierre.
No, tres cuartos de hora. Los últimos quince minutos los había pasado pensando en cómo escribir que lo mejor era no ir a ver la función, cómo explicar que el texto era un bodrio y la interpretación un desastre, todo ello sin decirlo y sin que se notara mucho.
Estas cosas no se las habían explicado en la facultad.

Cómo convencer a Virginia, tampoco.

Claro que si fuera valiente, quizá tuviera una oportunidad: escribiendo lo que pensaba, se quedaría sin trabajo, y un despido sería un buen motivo para que Virginia continuara a su lado sin volver sobre el mismo tema de los hijos. Además contaría con tiempo para escribir su obra maestra, ésa que le catapultaría a la fama.
O no.

Faltaba media hora para la hora del cierre.
Empezaba a temer el bocinazo de D. Efrén, el director, quien, para añadir un poco de pimienta a la situación, ya le había advertido sobre la importancia que su crónica tendría al día siguiente.


Desastre en el Teatro Calderón.
Podría ser un buen título para la crónica, pensó, mientras comenzaba a teclear con fuerza en el ordenador, sabiendo que, probablemente, a la mañana siguiente, formaría parte de la nómina de parados.

martes, 21 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) y 7

Imagen tomada de Internet


El día de Navidad llegó envuelto en viento del sur. Los restos de nieve de las jornadas previas se habían disuelto y el ambiente de Euritmia era más cálido de lo habitual para esos días. El sol hacía rutilar en nácar las nubes que buceaban juguetonas en el cielo.
Sor Matilde no había dormido, se acercaba el momento estelar de la operación Navidad sin cuento. En pocas horas sabría si todo había sido un éxito, o, por el contrario, ella, su hermana y su cuñado, comenzaban un calvario que les llevaría, sin duda, a prisión.
Cuando su hermana Coronación le explicó su idea, no pensó que aceptaría, pero al final lo hizo. Fue una mañana calurosa de agosto cuando escuchó por primera vez lo de los robos. Se llevó las manos a la cabeza y recriminó a Coro con dureza por semejante ocurrencia del diablo.
Según su hermana, Euritmia, como el resto de Europa, caminaban con paso firme hacia el desastre. La crisis económica, en realidad, no era más que una mezcla de abuso de los bancos, miedo, engaño, avaricia y pérdida de valores. Se trataba con esta acción de poner el dedo en la llaga. Era vehemente en su discurso.
—Nosotros, Matilde, no podremos hacer nada frente a los bancos, y contra eso que llaman mercados, pero a lo mejor podemos devolver sensatez a unas cuantas personas. Ahora parece que todo en la vida se reduce a lo material. El dinero es lo único que importa. Demostremos que a todos nos sobra algo, que sin parte de lo que tenemos, podemos seguir viviendo.
La mirada de Matilde reprobaba la verborrea justiciera de Coro. Adujo la monja que todo aquello le sonaba a bandolerismo, que no estaba dispuesta a convertirse en Sor Matilde, la Bandolera, que no era tarea suya quitar a los ricos para repartir a los pobres y que como no se fuera de allí en ese preciso momento, ella misma la echaría a patadas en su gordo trasero. Pero su hermana se defendió.
—No pienso repartir con nadie lo que robe, ni pienso quedarme con un céntimo. Sólo será un depósito hasta Navidad. Ese día lo devolveremos a sus dueños, como un regalo.
—Pero si es suyo —protestó Matilde.
—¡Esa es la cuestión, hermanita…! No hay nada que en el fondo sea nuestro. Si miras bien, todo lo abandonaremos, aquí se quedará. Detrás de nosotros, habrá otros que con ello harán lo que estimen más oportuno, y no podremos evitarlo. Las monjas y los curas no hacéis más que repetirnos esas cosas una y mil veces… Ya ves, lo habéis conseguido, me lo he creído. Pero si alguna vez no se practica, sólo serán bonitas palabras…, música celestial.
Matilde escuchaba a su hermana y no daba crédito. Empezaba a dudar. En un solo minuto pensaba que había enloquecido o que estaba ante una verdadera santa. Decía cosas muy parecidas a la propuesta evangélica, pero algún matiz se le había pasado.
—Coro, Coro, eso no es así. Se trata de que cada uno llegue por sí mismo a semejante conclusión. Las imposiciones no sirven. Es en el propio corazón donde se decide.
—Sí, ya lo sé. Pero el corazón también necesita de alguna ayudita.
—Ahora me he perdido.
Coronación sonrió. Intuyó que estaba a punto de lograr lo que pretendía.
—¿Cómo puede decidir el corazón sobre el asunto, si sólo se le bombardea con el afán de tener más, de gastar más, de que a más cantidad de cosas, más felicidad? De pronto, con esto de la crisis, el abuso y el miedo han llegado como una bandada de cuervos hambrientos. Todo el mundo piensa que es infeliz porque la economía va mal… Ellos son quienes nos están robando, de acuerdo, pero lo peor es que no sólo nos quitan el dinero, sino también nuestra alegría… Contra el abuso no podemos, quizá contra el miedo de algunos sí.
—Y llegas tú, y vas y les quitas más, para que se pongan tan contentos. No me digas que no es extraño tu planteamiento…
—Sólo temporalmente. No pretendo arruinar a nadie. No se trata de desvalijar las casas, se trata de robarles una parte de lo que tienen. Si me apuras, a los que conocemos más, yo sería partidaria de quitarles más que dinero, algo de cierto valor, donde hayan puesto demasiado sentimiento. Eso les dolerá más, y se darán cuenta que ni los recuerdos, o el cariño, desaparecen con la pérdida del objeto querido. Quizá sean los que primero entiendan que no pierden tanto cuando les desaparece una pulsera o una foto… Te repito, será temporal, como mucho, para nuestras primeras víctimas, tres meses. Luego se lo devolvemos y que ellos actúen en consecuencia. —Tras tomar aire, siguió, más convencida aún—. Éste ha de ser tu trabajo. Hacerles ver dónde está la felicidad y cuál es el verdadero sentido de la Navidad… Me parece que los males de este mundo comenzaron el día en que la Navidad sólo parece que existe si se ha gastado mucho, a veces más de lo que se puede. —Tras un nuevo silencio, un poco más largo esta vez, cambió el tono de su voz—. ¿No te parece muy triste que la época de mayor consumo y mayor gasto en centros comerciales, joyerías, jugueterías, carnicerías, pescaderías, fruterías y restaurantes sea precisamente Navidad?
Matilde se sintió acorralada por el discurso de su hermana. Buscaba una salida.
—Robar en una casa no es tan sencillo… ¿Les pedirás permiso para entrar y luego te llevarás algo de allí sin que se enteren? ¿Se lo vas a coger del baño?
Coronación sonrió.
—Para algo tiene que haber servido casarme con el mejor cerrajero de Euritmia…
—¿No me digas que Isaías está en el ajo?
—¿No pretenderás que me ponga en contacto con una banda de ladrones?
Coro había pensado también pedir a su hermana que la Residencia sirviese como almacén de lo sustraído. Así se evitarían el transporte hasta allí durante las vísperas de Navidad, pero le pareció demasiado para el primer día. Mejor esperar al resultado de los primeros golpes. Si salían bien, sería más fácil convencerla.


Todo transcurrió según lo planificado, mejor aún, pues habían robado en todos los hogares previstos, una semana antes de lo calculado por Isaías. Al final de octubre, Matilde había accedido a cada pretensión de su hermana y ya estaba enfrascada en la preparación del día de Navidad. Con cada lote hurtado confeccionaba un paquete de regalo al que adhería una tarjeta con el nombre del destinatario. Los bultos se apilaban en un local vacío y amplio de la Residencia y del que sólo ella, como superiora de la comunidad, tenía la llave.
A primera hora de la mañana de Navidad, tras los laudes, convencida de que sería su última jornada en aquella Residencia, se encaminó hasta allí y se cercioró de que todo estaba en su lugar. Había preparado un acto sencillo. En la capilla se celebraría la primera parte.
Le había costado muchos quebraderos de cabeza organizarlo. Había pensado muchas cosas, pero ninguna le convenció.
Al fin encontró la inspiración. Se trataba de ir a la esencia, así que a la esencia fue. Leería dos textos bíblicos, el nacimiento tal y como lo narra Lucas en su evangelio y el himno de la carta a los Filipenses, que desde que llegó a su corazón no dejaba de arrullar en su corazón como una nana:
“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos...”*
Después, aparecerían su hermana y su cuñado y dejarían sobre el altar la imagen de un niño Jesús tumbado en su cunita. De fondo sonaría una música suave.
A continuación bajarían a la sala donde estaban los paquetes con sus pertenencias.
—Aquí está lo que es vuestro —diría—. No os lo hemos robado. Tal cual lo tomamos os lo devolvemos. Sólo pretendíamos que os dierais cuenta en dónde está la vida.
Por último sólo deberían esperar a su reacción.
Pero en ese momento, mientras su mirada recorría los paquetes, temía su reacción. Eran demasiados

Como cada aurora, al levantarse se había asomado a la ventana de su celda, que daba a la calle Arcipreste de Hita. Era una costumbre que conservaba desde la infancia, mirar a la calle nada más salir de la cama. Y lo vio.
Frente a la puerta de la Residencia, se apostaba un coche camuflado de la Policía.
En Euritmia casi todos se conocen. Casi todos saben mucho de la mayoría de vidas, aunque casi nadie sepa lo que importa, pero eso es otro cuento.
Cuando sor Matilde se asomaba, el joven que se sentaba al volante del vehículo, salió a estirar las piernas y encendió un cigarrillo. Era el nieto de una de sus amigas de la infancia. Matilde sabía que era policía.
Un nudo le apretó en el corazón. Quizá alguien, al recibir la invitación, se malició algo y había dado un aviso a la Comisaría.
No obstante, estaba segura que la Policía no tenía nada concreto. De lo contrario habrían llamado a la puerta de la Residencia esgrimiendo una orden de registro, y a esas alturas, ya estarían en algún calabozo. Por eso, porque sólo sospechaban, esperaban acontecimientos con una discreta vigilancia.

Mejor mantener el silencio. Toda la suerte estaba echada. Al menos habían llegado al día de Navidad, que era mucho más de lo que había sospechado en el mes de agosto.
Mejor no decir nada ni a su hermana, ni a su cuñado, no fueran a traicionarles los nervios.
Mejor esperar, sí.
Una vez que los propietarios abran el contenido de los paquetes, que cada corazón resuelva cómo actuar, que cada corazón escriba el desenlace de la Navidad sin cuento.
__________________________
Para quien lo quiera leer completo lo encontrará en la Carta a los Filipenses, capítulo 2 versículos 1 al 11.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 6 de 7

Imagen tomada de Internet


Gayano Balmes bajó al bar de Pruden a tomar un café en compañía de Daniel del Río. Desde hacía unos días no había habido ni una sola denuncia por robo.

—Estoy seguro de que algo traman, Dani. Nadie me lo puede quitar de la cabeza.

—A mí me parece que no se han creído lo que dijiste en la rueda de prensa. Les has asustado —comentó del Río ante la mirada escéptica de su jefe.

—Si nuestras teorías son ciertas, aunque no podamos hacerlas públicas para que no nos ingresen en un manicomio, esto sólo me cuadra porque están preparando algo gordo.

—Tienes la cabeza más dura que los apóstoles… Yo no lo creo, pero, suponiendo que sea cierto, qué imaginas que están tramando.

—Y yo qué sé. Si se me ocurriera, lo diría. Supuse que en esta semana iban a arreciar los robos, precisamente por la cercanía de las fiestas. Pero pararon. No sé, no me cuadra.

—Si supiéramos qué pretenden, quizá fuera todo más fácil —musitó del Río, como si pensase en voz alta…

—Tendríamos que haber estudiado mejor cada robo. Seguro que hay algo que nos abriría los ojos. Me parece que nos hemos quedado en la superficie.

—Nada encaja con el perfil habitual de una banda de ladrones.

—Salvo que roban, querrás decir.

Del Río hizo caso omiso al intento de broma del Comisario, y continuó con sus reflexiones.

—Digo que el error ha sido pensar que luchábamos contra una banda de ladrones al uso. Y me parece que no es eso. Me parece que se trata de otra cosa. —Del Río seguía dando vueltas al contenido de su taza. El azúcar se había desleído hacía tiempo—. Cualquier ladrón, y más una banda, se lleva todo lo que encuentra en una casa y le pueda servir; no se anda con tantos miramientos. Hay ciertos objetos que no valen absolutamente nada, salvo su valor sentimental. En algún caso se puede aceptar casualidad o confusión, pero no en tantos. Es decir, los ladrones conocen bien a muchas de sus víctimas. Sabemos que no son jóvenes. Intuyo que son tan conocidos que nadie, ni nosotros, sospecharía que está ante un ladrón si le viera entrar o salir de una de las viviendas asaltadas. Los confundiríamos con alguna visita o algún otro vecino… O sea, Gayano, que roban, sí, pero no sabemos para qué roban.

—¿Estás seguro de todo lo que dices?

Del Río llevó el café a los labios y sintió en la punta de la lengua el sabor amargo del café, quizá ya un poco tibio. Cuando depositó la taza sobre el platillo, negó con resignación.

Continuará mañana...

domingo, 19 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 5 de 7

Imagen tomada de Internet


Cuando, unos días después, Dalmacio abrió el buzón, le sorprendió ver un sobre. Cada mañana, antes de la comida, repetía maquinalmente el gesto, aunque sabía que no habría nada, salvo publicidad, cartas del banco o recibos de la luz o el teléfono. Los pocos amigos que le iban quedando, vivían en Euritmia, con su hija hablaba a diario por teléfono y raro era el mes en que no le visitaba acompañada por los nietos y el yerno. Por navidades era él quien se desplazaba a Madrid.

Desde la muerte de Anunciación, odiaba las navidades en Euritmia; cada adoquín era un recuerdo de su ausencia. No estaba dispuesto a que las navidades se convirtiesen en una navaja que le reabriese heridas. Alicia no era capaz de concretar semejante sentimiento, pero intuía lo fundamental. Además ella no se podía permitir el lujo de pasarse dos semanas en Euritmia. Era mejor –sobre todo para ella y los niños- que el abuelo estuviese en Madrid.

Después de leer la nota, llamó a su hija: habría cambio de planes. Hasta después de Navidad no se desplazaría a Madrid. Si ellos querían pasar con él nochebuena y Navidad tendrían que venirse, de lo contrario se quedaría solo, pero tal cosa no le importaba.

Estimado señor Dalmacio Allende,

El motivo de la presente, es invitarle a una celebración comunitaria de la Navidad que organizamos en los locales de la Residencia de Estudiantes Santos Justo y Pastor, el próximo día 25 de diciembre a partir de las 12:30 horas.

Somos representantes del grupo de reciente creación Navidad sin Cuento. Pretendemos con este sencillo acto, demostrarle las inmensas posibilidades que aún nos quedan para disfrutar del verdadero espíritu de la Navidad.

Sabemos que últimamente ha tenido alguna experiencia muy desagradable, de la que intentaremos sea resarcido del modo más conveniente. A la espera de que se produzca el encuentro personal, reciba nuestro más cordial saludo.

Navidad sin Cuento

Tras escuchar el texto, Alicia sentenció que era una broma intolerable. Pero cuando su padre le dijo que pensaba a acudir hasta allí, porque después de leer el último párrafo se imaginaba que allí podría estar la solución al robo de las joyas, cambió de idea.

—Quizá tengas razón, papá… ¿Por qué no le comentas algo a Gayano?

—¿Qué tendrá que ver Gayano en esta historia?

—Mira, papá, si sospechas que allí pueden estar las joyas, lo más probable es que no estén sólo las de mamá… —De inmediato se mordió los labios. No debería haber evocado su imagen en ese momento, pero ya estaba hecho. —Quiero decir que habrá más personas como tú, y que te vas a encontrar con los ladrones, o alguno de sus cómplices. ¿No crees que la Policía debería saber algo?

—A ver si se va a liar la cosa, y me quedo sin las joyas. Es lo único que me interesa… Además, podría suceder que no hubiera nada de eso, que fuera sólo una celebración que organizan las monjas de la residencia para los viejos como yo y se refieran, ellas qué saben de robos, sino a la muerte de tu madre.

Continuará mañana...

sábado, 18 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 4 de 7

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El frío se había enseñoreado de la ciudad. La Navidad se acercaba, como siempre, escondida bajo un lastre de edulcorantes como fuegos artificiales, luces como sonrisas de cartón, gastos como robos a los desheredados, regalos como egoísmos compartidos… Y por no romper con los tópicos, para que estuviesen todos, la nieve se asomaba como niña curiosa sobre la cresta de las montañas. Nevaría en la ciudad en cualquier momento.

Pero este año en Euritmia, algo había cambiado. El miedo se había apoderado de una parte de su sustancia. Era un miedo pegajoso e inexplicable. Un miedo que crecía en el interior de algunos ánimos, sin afectar a otros. Los robos habían comenzado donde residían las fortunas de la ciudad, tal y como sostenían las opiniones más generales y aceptadas. Después de los primeros, que se mantuvieron en secreto por un prurito de orgullo y porque la propia Policía lo recomendó, los hurtos se extendieron como una mancha de aceite que terminó por colarse en la mayoría de hogares de La Plaza, calle Imperial, avenida Gonzalo Fernández de Córdoba, calle del Cabildo, y la parte baja de la calle Arcipreste de Hita, la más próxima al Puente.

Sólo en el despacho de Gayano se tenía la noción precisa. El plano de la ciudad, como un pajarillo con las alas cerradas, se desplegaba sobre una de las paredes. Donde se había producido algún robo habían clavado pequeñas chinchetas, tal que un reguero de hormigas. Los barrios más humildes, en teoría, como El Óreo o El Ángel o Nueva Euritmia, aparecían limpios, como si sólo le crecieran plumas a aquella avecilla en la cabeza y el cuello. Para dos policías expertos como Balmes y del Río, allí estaba la mano de una banda bien organizada que tenía un firme propósito y que conocía muy bien los entresijos de la ciudad sobre la que asestaba golpes precisos, pero cuya última determinación no parecía ser el desfalco.

Se repetía sistemáticamente la forma de actuar. Nunca había nadie en la casa asaltada. El único daño, aparte del robo, era el que se producía en la cerradura de la puerta de entrada, aunque no era muy grande. (Este detalle llevó a pensar en la mano de un experto). Lo robado, salvo el dinero –si lo encontraban de modo sencillo-, era identificable por los propietarios (joyas, relojes, pequeños cuadros, alguna miniatura de cierto valor, aunque fuese por su antigüedad). Excepto algún desorden, no causaban más daño en la vivienda. Nunca se llevaban todos los objetos de valor, ni siquiera todo el dinero. Jamás se sustrajeron algo de gran tamaño. Tampoco se había producido ningún hurto después de las seis de la tarde, ni antes de las once de la mañana. En un intervalo de siete horas los ladrones robaban todos los días entre dos y seis domicilios. Al menos ésa era la frecuencia de las denuncias.

La Policía estaba atónita, era la primera vez que se encontraban con un tipo de atracos de esta clase. Si por el delito se intuye al delincuente, en este caso todas las líneas de investigación topaban con soluciones de difícil explicación…

Las señales que dejaban los ladrones, analizadas por el departamento científico de la Comisaría, no aportaban muchos datos. Las huellas encontradas no figuraban en ningún fichero policial. Uno de ellos era de cierta edad puesto que habían encontrado en varias viviendas algún cabello blanco, que no aclaró nada, pues, una vez hecho el estudio de ADN y cruzados los resultados con la base de datos, no estaba fichado.

Balmes y del Río construyeron con paciencia de miniaturista un posible perfil de los ladrones. Sus conclusiones, en principio, no hablaban muy bien de las facultades mentales de ambos policías: personas de cierta edad –deducción a la que se llegó por la zona en que actuaban-, probablemente naturales de la ciudad, o residentes en ella desde hacía tantos años que todo el mundo les consideraba euritmitenses, que robaban, bien porque padecían alguna enfermedad mental, bien porque pretendían obtener un alto número de pequeñas ganancias con la venta de lo robado. No buscaban el gran golpe, sino pequeños hurtos que sumaban una buena cantidad.

—Esto suena —comentó Daniel del Río una tarde de noviembre, cuando el estupor ya ocupaba la inteligencia de los policías— a que alguien está solucionando el problema que le ha causado la crisis a base de sisas, más que robos. Un viaje a Madrid u otra ciudad próxima, les permitiría su venta al menudeo, sin que nadie pueda dar la señal de alarma.

—¿Y si las empeñaron?

—No fastidies, Gayano… ¿No me digas que son ladrones buenos que una vez que recuperen el dinero, van a ir a desempeñar las joyas y luego devolvérselas a sus propietarios?

Balmes se encogió de hombros y encendió un cigarrillo en su despacho. Del Río se apresuró a abrir la ventana.

—Gayano, que está prohibido…

—Coño, Daniel, se me olvidó… ¿Me vas a denunciar? —preguntó Gayano con una sonrisa inocente, que se acentuaba al paso del humo junto a sus ojos obligándole a guiñarlos como si mirara a un horizonte lejano.

La tarde en que denunció Dalmacio, algo se consolidó en la percepción de Gayano. Una intuición confirmaba la sospecha sobre un aspecto de la identidad de los ladrones. Fue como un chispazo que aún no sabía concretar muy bien ni para qué servía.

—¿Dalmacio —preguntó— sólo te robaron las joyas de Anunciación?

—También algo de dinero, pero eso no me preocupa.

—¿Eran las únicas joyas que tenías en casa?

—No, aún queda alguna más.

Gayano se frotaba la barbilla en un gesto muy suyo que mostraba a las claras que su cabeza trabajaba a bastante velocidad…

—¿Tenías las joyas guardadas en diferentes habitaciones del piso?

Allende intuyó qué derroteros pensaba el Comisario, e intuyó las conclusiones.

—Pues no… Ahora que lo dices tienes razón. ¿Por qué sólo se han llevado estas joyas y han dejado las otras? No lo entiendo… Una vez allí podrían haberse llevado todas.


Continuará mañana...

viernes, 17 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 3 de 7

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Había hablado con Alicia y ésta le había rogado que dejase Euritmia y viajase hasta Madrid, donde ella vivía con su marido y sus dos hijos. Pero Dalmacio se negó en rotundo. Después de un intenso diálogo, la hija consiguió que su padre le prometiera que acudiría a la Comisaría a poner la denuncia. Ambos suponían que parecía imposible que aparecieran las joyas robadas, pero al menos, si ocurría el milagro, todo sería más fácil, por no hablar de los riesgos que corría. Ante semejante miedo, Dalmacio argumentó que no se habían producido daños personales, por tanto no era de esperar que él se convirtiera en el primero. Su hija, no obstante, sostuvo que siempre había una primera vez para todo, así que, o iba a la Comisaría, o se encargaba ella misma de hablar con Balmes, pues para eso era su amigo…

En cumplimiento de su palabra, aquella misma tarde Dalmacio atravesaba las puertas de la Comisaría, y solicitaba información para poner una denuncia.
—¿Un robo? —preguntó el agente, seguro de que no erraba. Dalmacio no contestó, esperó a que el hombre uniformado continuase. —Sí, mire, llegue a la esquina, coja el pasillo de la izquierda y en la primera puerta, allí es.
Para su sorpresa, a pesar de lo que se había dicho en los medios de comunicación, no había nadie dispuesto a denunciar el robo. En algunas ocasiones los datos necesitarían alguna explicación más precisa o clara para que los ciudadanos corrientes tuvieran comprensiva percepción de los acontecimientos. Un incremento tan abrumador del número de delitos contra la propiedad en una ciudad como Euritmia, no significaba que todos los días hubiese cincuenta o cien robos. Diez o quince diarios –teniendo en cuenta el número de habitantes de la ciudad- serían suficientes para que las alarmas policiales y políticas se disparasen. La joven policía que se sentaba ante un ordenador, le hizo un leve gesto para que Dalmacio se acercase.
—Buenas tardes, señorita, no parece que hoy haya habido tantos robos…
Maribel, policía en prácticas, le sonrió sin comprender lo que le había dicho aquel hombre de porte distinguido y avanzada edad.
—No entiendo a qué se refiere.
—En la prensa han publicado el alarmante incremento de robos en la ciudad, y a mí me han robado esta mañana, a eso del mediodía, ¿sabe usted? Lo sé porque al poco han sonado las campanadas de la Esbelta Dorada. Como no hay nadie, será que hoy sólo me ha tocado a mí.
—A veces no se publican bien las cosas —comentó Maribel, mordiéndose los labios de inmediato. No debería haber hecho semejante comentario, extralimitaba sus funciones— ¿Va a denunciar el robo? —Dalmacio asintió y ella prosiguió—. Si me permite su DNI…

Después de acabado el trámite burocrático, se dirigió a Maribel.
—¿Cuándo cree que recobraré las joyas de mi mujer…, es lo único que me queda de ella?
La joven agente se encogió de hombros.
—Llevamos más de tres meses detrás del asunto. No le puedo decir más. Lo único que le aseguro es que estamos haciendo lo que podemos.
—¿Sabe usted si el comisario Gayano…?
Maribel se tensó. No era una buena señal para ella que Dalmacio preguntara por el Jefe. Quizá quería quejarse por algo que ella, inconscientemente, hubiera hecho mal. Los pensamientos cruzaron su cabeza como una daga de hielo y anidaron en su rostro, puesto que Dalmacio precisó a toda prisa.
—Soy viejo amigo suyo. Nada que ver con usted… Me gustaría hablar con él del asunto, seguro que si sabe que las joyas de Anunciación me las han robado. ¿Dónde podría verle?
—Su despacho está en el piso de arriba. —Maribel parecía más calmada—. Pero quizá a estas horas ya se haya marchado. Pregunte a alguno de mis compañeros.

No fue necesario. Nada más salir de la oficina, se encontró con Gayano que abandonaba la Comisaría. Se escuchaba su voz de lija gruesa por culpa del tabaco.
—Hasta mañana, Ramón. Espero que no suceda nada grave esta noche. Como tenga que salir de casa, creo que mi mujer no me lo perdonará nunca.
—No se preocupe, Comisario —respondió Ramón como si recitara un papel memorizado—. No creo que sea necesario que abandone su casa. Ya sabe que esta ciudad es muy tranquila.
—No se fíe, las apariencias engañan… Y ya sabe el crimen nunca descansa.
—¡Gayano!, ¡Gayano!
—Dalmacio… Benditos los ojos… ¿Tú por aquí? ¿No me digas que…? —Balmes se giró hacia la oficina donde se denunciaban los robos e intuyó el motivo por el que el viejo Allende estaba en la Comisaría—. ¿Cuándo te robaron?
—Esta mañana… Lo peor es que eran las joyas de Nunci.
El cariñoso apodo de la esposa, reservado para el coloquio íntimo, sobrevoló la breve distancia que separaba a ambos cubriéndola de recuerdos. Evocaciones de años transcurridos demasiado rápido, truncados con uno de los mordiscos que la vida da sin previo aviso.
El Comisario, desde hacía muchas décadas, no se implicaba emocionalmente en los casos que tenía que resolver. Era una medida, no sólo de higiene mental, sino de eficacia profesional. Pero aquella frase había desbaratado, sin buscarlo, tal precaución. Desde ese instante, el caso de los robos en Euritmia, ya no era uno más –especialmente delicado a causa de la alarma social que estaba provocando en la ciudad-, sino que había afectado a su viejo amigo Dalmacio Allende, y nada menos que al recuerdo de Anunciación. Era como si le hubieran secuestrado lo último que le quedaba de ella, aunque tal afirmación no se sostuviese objetivamente.

Continuará mañana...

jueves, 16 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 2 de 7

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—Gayano, un día este afán suyo de ocultar datos a la prensa nos causará problemas. —Arcadio Colmenares del Castillo, Subdelegado del Gobierno, se desesperaba cada vez que Balmes le obligaba a convocar una rueda de prensa para informar sobre diversos aspectos relacionados con la seguridad ciudadana. —Estoy harto —continuó el Subdelegado— de recibir llamadas del Secretario de Estado, pidiéndome explicaciones, sobre esa brillante afirmación suya de que la policía no tiene ni idea de las razones del radical incremento de los robos en Euritmia.

Gayano se encogió de hombros. En estos momentos odiaba más que nunca a cualquier político, en especial a quien le había prohibido fumar en su despacho. Situaciones como ésta eran las ideales para cubrir el rostro con una densa humareda que evitase el recorrido detallado que Arcadio Colmenares hacía de sus facciones…

—Señor Subdelegado, con el debido respeto…, no me toque los cojones. Si no me meto en su trabajo, no se meta en el mío. —Ante el gesto hostil del Subdelegado prefirió cambiar de táctica y adoptó un tono casi profesoral. —Mire, Arcadio, si ante la prensa diéramos la idea —y subrayó el plural como si lo enfocase con linterna— que sabemos algo de estos cabritos, seguro que desaparecen por una temporada. Seguro que se evaporan… A mí me encantaría trincarlos antes de Navidad, porque barrunto problemas para esos días. Si para conseguirlo tengo que parecer imbécil, pareceré. —Tiñendo su voz de cierto tono desafiante, concluyó—. Ya sabe que sólo tengo que abrir el cajón y firmar la renuncia. Si eso es lo que quiere…—retó.
—Bueno, Gayano, bueno… Siempre con la misma estupidez en los labios. Hablar con usted es imposible. Pero cualquier día le hago caso y ya verá el disgusto que le doy. —De vez en cuando a Colmenares le apetecía tensar la cuerda. —A veces parece que se le olvida que las cuestiones de seguridad ciudadana, como todo lo demás, dependen de la acción política. Estamos en un estado de derecho, no policial… ¿Me explico?

—No me venga con historias. Mayor demócrata que yo no encontrará en otra Comisaría del país. No pretendí ocultar información a la ciudadanía, traté de esconder nuestras armas a los delincuentes, que es bien distinto. Si supiera que dando más datos encerraría a estos malditos, los daría… Pero si lo prefiere —continuó mientras se inclinaba y abría el cajón de donde extrajo un folio mecanografiado—, firmo mi dimisión, y aquí paz y después gloria. —Miró al calendario de la mesa—. Diecisiete de diciembre. Lo escribo aquí, donde la fecha…

A Arcadio Colmenares le dieron todas las ganas del mundo de aceptar (esta vez sí) la bravata del gallego. Por un instante estuvo dispuesto a que rellenara los espacios correspondientes a la fecha y que luego firmara; pero supo que sería un error. Sin hacer caso de la última amenaza continuó con su argumento, en un tono más conciliador.

—Entonces, Gayano, ¿si va a ofrecer información incompleta, por qué convocar una rueda de prensa? Mejor mantener el silencio. Mejor que los ladrones no sepan lo que sabemos.

—Esa es la duda, Arcadio, esa es la duda. Del Río es de su misma opinión, pero me dio en la nariz que no es así. Ya sabe, soy de la vieja escuela, y creo en mi olfato más que nada… Mi napia me dice que al publicar que no tenemos ni idea, los criminales se relajarán y cometerán un error. Y allí estaremos nosotros, esperando… Además, queramos o no, cuando acabe el año, daremos las cifras oficiales de los delitos cometidos. Si esperamos a ese momento, quizá se nos acuse de indolencia, y a lo mejor, al habernos adelantado, se dio mejor imagen…, incluso política —subrayó—. La ciudadanía tendrá la impresión de que el problema que vive, no deja indiferente a sus políticos y a sus fuerzas de seguridad que intentan con todas sus energías poner remedio a la situación…

—En la Dirección General no están tan seguros.

—¿Qué sabrán en Madrid de nuestros problemas?

—Temen el contagio, Gayano. Si la Policía afirma que no sabe por dónde empezar para capturar a los culpables, otros, en otras partes, también pueden empezar a copiar ideas…

—Paparruchas. Usted lo sabe como yo. Salvo que la banda se traslade, esto no ocurrirá.

Gayano era consciente del efecto fulminante de la palabra banda en el Subdelegado: la estridencia de un despertador en pleno sueño. Sonrió al descubrir el gesto del político.

Continuará mañana...

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 1 de 7

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Dalmacio Allende avizoró el fondo de la calle, y a pesar de la catarata que convertía en nebuloso cualquier paisaje que acariciase su mirada, creyó vislumbrar una sombra que se colaba en el portal de su casa.
No tenía miedo –o eso se decía-, pero a la vista de la oleada de robos que asediaban la ciudad, no convenía actuar a la ligera, porque, según su máxima, una cosa es valentía y otra locura. Lo que leyó en el Diario de Euritmia no dejaba dudas: durante el año, el índice de criminalidad había ascendido un quince por ciento. Por si fuera poco, un detalle agravaba aún más la información: el incremento sustancial se había producido tras el verano. Hasta entonces los números eran similares a las de la década.
Allende sabía que su amigo, el comisario Balmes, no era partidario de revelar detalles a la ciudadanía sobre las investigaciones policiales ni acerca de los mundos oscuros de la delincuencia, aunque en la vieja ciudad tal cuestión se redujese casi siempre al amor de los cacos por lo ajeno y a esporádicas riñas tabernarias que concluían en algún descalabro y destrozos varios en los locales convertidos en campo de batalla. Otros crímenes eran inevitables y dañinos, como las heladas en primavera, pero su número era inapreciable en las correspondientes estadísticas. Aunque recluir en ese término cualquier afrenta contra la vida o la dignidad, era un insulto para las víctimas y sus allegados. En el último lustro, desde el secuestro y asesinato del diputado Isacio Jumilla*, no había habido, por suerte, ningún homicidio en la ciudad. Euritmia se movía en parámetros de normalidad absoluta, hasta que en septiembre comenzó el huracán de robos que disparó las alarmas, incluso en el gobierno de la Nación.
A pesar de lo borroso de su mirada, Dalmacio estaba seguro de haber visto a alguien entrando en su edificio, por lo que se aproximó con suma prudencia. Las doce menos cinco no era la hora más peligrosa para temer un asalto, pero, por lo leído en el periódico, el «modus operandi» de los delincuentes era tan variado que no se podía establecer un patrón que ayudase, tanto a las fuerzas de seguridad en la investigación, como a la ciudadanía en sus cautelas. Cualquier persona –especialmente los residentes del centro- podría ser objeto de robo, cualquier hora servía para perpetrarlos. Sólo había dos características comunes a cada sustracción: cuando robaban, nunca desvalijaban del todo y la vivienda siempre estaba vacía.
En casa de Dalmacio, a causa de su viudez, no había nadie. A medida que sus pasos le acercaban, percibía cómo se aceleraba la velocidad cardiaca, no podía evitarlo. ¿Miedo?
Cuando entró en el portal, supo de dónde procedía el sonido. Cada vez que se abría o cerraba la puerta, la melodía era inevitable. Había sido un capricho infantil de Alicia y desde entonces ni él ni su pobre Anunciación habían sido capaces de quitarlo. Total, a ellos no les molestaba. Algún día que la soledad le pesaba más, Dalmacio abría la ventana de la sala para que la brisa agitase el pequeño carillón de tubos metálicos. Su música le acompañaba, y ejercía sobre su corazón propiedades similares a las de los abrazos.
De inmediato supo que había sido objeto de uno de los robos que, como una plaga, asolaban la ciudad. ¿Pero qué le podrían haber robado, si no tenía nada de valor?
Nadie había hablado hasta ahora de daños personales, y no quiso ostentar el dudoso honor de ser el primero en abrir tan siniestra lista, así que prefirió girar en redondo. No es que tuviera miedo, pero no iba a poder con aquellos desalmados. Salió de nuevo del portal, y subió otra vez la calle hacia la Plaza. Procuraba olvidar las notas del carillón e intentaba recordar algo que se le hubiera olvidado comprar, de ese modo se explicaría a sí mismo la razón por la que se había dado la media vuelta.
De regreso, dos horas más tarde, Dalmacio comprobó que faltaban las joyas favoritas de Anunciación. Era lo más próximo a su piel que le quedaba. Algunas madrugadas en que el insomnio se convertía en fortaleza inexpugnable, las cogía, como si tomase a la propia Nunci, y aún sentía, a través de la superficie de la alhaja, su cálido latido. Sin embargo, la desaparición de unos doscientos euros, no le afectó.
De golpe se le borró todo el apetito que traía.

Continuará mañana...
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* Se refiere al crimen recogido en la novela del mismo autor Muerte en noviembre aún inédita. N. del A.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Eulogio mentía.

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Conocí a uno de los relojeros más ancianos de Euritmia, Eulogio. Me dijo que durante toda su vida, consiguió que todos creyeran que su afán era que los relojes funcionaran con precisión absoluta, sin retrasarse ni un solo segundo de la hora del Planeta. 'Mentira', me dijo mientras el vaso de vino temblaba en sus manos a causa de la risa. 'Quienes me veían con la espalda inclinada, trabajando sobre los mecanismos de aquellas máquinas, nunca supieron que, en realidad, buscaba con pasión el modo en que todos los relojes del mundo se parasen al unísono… y para siempre, pero fracasé'.

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lunes, 15 de noviembre de 2010

La verdad era un abismo. (Parte 5 y ultima)

Al final del curso anterior, Lorena había contactado con la panda de Sanlu (Juan Pedro San Lucas del Pinto). Desde ese día, su vida había pegado un brusco giro que le asustaba y le avergonzaba. Hasta ahora había tenido suerte con la policía y con su madre, pero sabía que en cualquier momento todo podría cambiar.
Su amiga Alicia un día tuvo un disgusto, pues la policía local pidió la documentación, mientras hacían botellón junto al Óreo*, y escribió una carta a sus padres. Alicia estuvo un mes sin salir de casa. Pero ella, siempre se había salvado.
Sin embargo, se sentía en la cuerda floja. Deber dinero a alguien como Sanlu no era un buen negocio. Y ella se lo debía.
Yanila, ya acostada, seguía pensando en el modo de dañar a Héctor. Era intolerable que ese chaval tan consentido hiciera sufrir del modo en que lo hacía a su hija. No había derecho que un niñato como aquél, porque su padre tuviera mucho dinero, se creyera que todo le estaba permitido en esta vida. Sabía que su gran ocasión estaba en el viaje fin de curso, pero antes tenía que hacer las cosas bien. Antes de que llegara ese día, el podólogo tenía que comer de sus manos, pero no tendría que haberle puesto un sólo dedo encima.
Tenía que conseguir que la exmujer de Álex también se apuntara a la excursión. Sería ideal, perfecto para el plan. Iba a ser muy complicado que Álex se pudiera defender de la acusación de intento de violación. Muy difícil. Después de eso, con la vergüenza pintada en el rostro, a ver si a su hijo se le iba a ocurrir seguir acercándose a Lorena. Pero tenía que organizarlo bien, tenía que tenerlo todo bien pensado. Tenía que ser un golpe maestro. Si Héctor era como era y trataba a su hija como la trataba, el único culpable era su padre que le había educado consintiéndole todo, cualquier cosa que se le ocurriera al mocoso…
Álex, por fin acostado, imaginaba a Yanila también en la cama. En su mente, desbocada por la fantasía, el deseo crecía como un animal del cuaternario, hasta ocupar cada uno de los centímetros de su imaginación. Ese antojo tenía forma y tacto de mujer. Allí dentro sólo estaba la imagen curvilínea de la madre de la compañera de su hijo (¿cómo se llamaba aquella niña, digna heredera de su madre?). En las retinas de su pensamiento sólo se reflejaba la silueta de Yanila, a la que recordaba vagamente, de haberla visto de modo fugaz en alguna otra reunión o a la puerta del colegio, cuando los chicos eran más pequeños. Y en los tímpanos de las neuronas retumbaba el soniquete de su voz repitiendo de modo machacón e insinuante, ‘Álex, creo que me entiendes a la perfección’.
Héctor, a pesar de las advertencias de su madre, aún no había apagado la luz seguía enfrascado en la lectura de Las leyendas de Bécquer, de las que tenía que hacer un trabajo que le había mandado la profesora de Lengua. En realidad tenía que escribir dos, el suyo y el de Lorena.
Lorena tecleaba con velocidad vertiginosa, ‘De mañana no pasa, tío, seguro que saco algo, pero pásame las pastillas, tío, que las tuyas son cojonudas…’ En su cabeza el rostro de Héctor era la víctima propiciatoria. Sabía que lo tenía en sus palmas. Sólo con un beso sería suficiente para que le diera lo que quisiera…
Pero algo en su interior le decía que aquello no estaba muy bien. En alguna ocasión, ante la insistencia de su madre en saber de dónde habían salido ciertas cosas que con la paga que recibía mensualmente no le llegaban, el nombre de Héctor había nacido como una excusa.
La excusa se convirtió en hábito.
‘Héctor me lo ha regalado’, ‘Héctor me lo ha comprado’, ‘Es que Héctor ha insistido tanto en que lo llevara puesto…’. En una ocasión su madre le había visto llorando y después descubrió una magulladura en su brazo. Vio pintado el terror en el rostro de su madre. ‘¿¡Quién te ha hecho esto!?’ gritaba mientras la zarandeaba…
Lorena recuerda que durante unas décimas de segundo quedó asomada a un precipicio. La verdad era un abismo…
¿Cómo le iba a decir a su madre que Sanlu le amenazaba con rmarcarle la cara si no le devolvía el dinero que le debía por las pastillas? Y aquel día lo dijo muy en serio. Más en serio que nunca, tanto que sintió que el cuchillo lo usaría sacándolo de sus propios ojos, tal era el filo de su mirada. Así que a Lorena sólo le ocurrió volver a su comodín habitual dentro de las paredes de su casa.
—Es que Héctor me ha pedido algo y yo no he querido y…
—¿Héctor? ¿El hijo de Álex, el podólogo…?
Al asentir, Lorena no sabía el relato que se estaba escribiendo por sí solo en la cabeza de su madre. A esas alturas Yanila empezó a desear la muerte de Héctor o, al menos que se alejara para siempre de la vida de su hija, causarle el mayor posible de los daños. Al asentir, y ver que su madre se alejaba del verdadero foco del peligro por lo que ella estaría bien segura, respiró aliviada…
Lorena tenía pensado recompensar a Héctor de algún modo.
Ya se había asegurado de que iría a la excursión de final de curso. Quizá en ese viaje ocurriría algo que Héctor no podría olvidar, en el resto de su vida.
___________________
* Óreo: río de Euritmia que pasa junto a su Alcazaba. En su zona más próxima a la ciudad, cerca de su ribera, los fines de semana, los jóvenes y adolescentes de Euritmia (sobre todo con el buen tiempo), se reúnen para hacer botellón. De vez en cuando alguna dotación de la policía local pasa por la zona, solicitando documentación a quienes aparentan menos de 18 años. En caso de que el DNI demuestre que el joven o la joven no ha llegado a la mayoría de edad, por parte del Ayuntamiento se escribe una carta a la familia, para que ésta esté advertida de la situación. En la mayoría de los casos esta comunicación nunca llega a las manos paternas, puesto que los jóvenes suelen actuar con más astucias. Pero algún padre, en alguna ocasión sí ha recibido esta notificación. N. del A.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La verdad era un abismo. (Parte 4)

 Después de colgar el teléfono, Álex apagó el televisor que había seguido emitiendo imágenes estúpidas durante toda la conversación, y levantó el libro del suelo, El perfume. ‘¿Qué habrán visto tantas personas en esta historia?’ La pregunta le perseguía como una sombra maligna, desde casi la mitad del libro. A él le estaba aburriendo como hacía mucho tiempo no le aburría un libro. Por mucho que quisiera buscar algún aliciente en el comportamiento sanguinario del protagonista, no lograba que la trama llegase a mantenerle con la atención despierta. Era repulsivo elaborar fragancias con restos animales y humanos. Contra esa sensación no podía. Sin embargo tenía la costumbre de acabar todos los libros que empezaba. Quizá por inercia, quizá por cabezotonería, quizá por orgullo...
Pero en esta ocasión, poco le duró este pensamiento. Su cabeza no estaba en la novela, sino en la voz de Yanila, que seguía zumbando en sus tímpanos, como una campanilla en día de fiesta. Después de muchos meses había hecho una conquista. ‘Bueno’, reconoció con la excitación a punto de desbocarse, ‘en realidad ha sido ella la que me ha echado el lazo…’
Por un instante un pensamiento oscuro fue capaz de amainar su erección, pero se encogió de hombros. ‘Los tiempos cambian’, se dijo con media sonrisa, ‘Y no es mala cosa que ellas tomen estas iniciativas. Mejor aprovechar las cosas cuando vienen bien dadas’.
Yanila, después de asomarse a la habitación de Lorena que, para variar, andaba tras la pantalla del ordenador, probablemente chateando con sus amigas, se dirigió hacia el dormitorio. No sería capaz de dormir. Tendría que tener más cuidado en los próximos meses. Debería encontrar el ritmo justo, la velocidad adecuada. No se podía precipitar, pero tenía que darle algo a Álex. Los hombres, y menos los que ya tienen experiencia, no se conforman con romanticismos. Tendría que organizar bien las cosas. Además, quizá convendría que se informara con más precisión sobre la verdadera influencia que Álex ejercía en su hijo. Todavía tenía esa duda en la cabeza, todavía esa información era una sombra que atenuaba lo que su hija le había contado tantas veces sobre Héctor.
Casi cuando estaba a punto de meterse en la cama, tuvo que volver sobre sus pasos. Allí, de repente, golpeando en sus tímpanos, estaban nuevamente las lágrimas de su hija. No hizo falta abrir la puerta para escucharlas, eran como lluvia fina. A pesar de que estaban ahogadas, para evitar que el llanto fuera muy escandaloso, no podía silenciarlas del todo.
— ¿Qué ocurre, Lorena?
Para su sorpresa, Lorena miró desafiante, todavía con los ojos repletos de lágrimas, que más bien parecían vidrios rotos.
— ¿Mamá, cuántas veces te he dicho que llames antes de entrar en la habitación…?
— No seas tan arisca con tu madre, hija. Sólo he entrado porque he oído que llorabas y ya sabes que lo que más me duele en el mundo es verte sufrir, es ver que no eres feliz… No sabes lo que sería capaz de hacer contra quien te haga daño
En el alma de Yanila las lágrimas de su hija representaban un juguete roto, mejor dicho, asesinado… Pero no se dio cuenta del escalofrío que recorrió la columna vertebral de Lorena.
— Anda que no eres exagerada, mami... Tranquila... No pasa nada, de verdad, malos rollos de amigas.
— ¿De amigas…?
La mirada de la adolescente se hizo más dura, casi metálica, mineral casi…
— Pues sí, claro, de amigas… ¿Qué has pensado…? Joder, mamá, siempre estás con tus neuras…
— ¡Lorena, no consiento que hables así a tu madre…!
— Pero reconoce que eres desesperante. Pareces neurótica. Todo el día viendo fantasmas. ¡Que no estoy metida en ningún rollo raro, coño!
— Vale, vale… ¿Se puede saber qué te cuesta hablar bien? No sé si sabes que no soy una de tus amiguitas, soy tu madre… Si tu abuelo levantara la cabeza…
— Ya estamos… A ver cuándo te enteras que estamos en otros tiempos, no el Pleistoceno…
— Habrase visto esta mocosa, para una cosa que sabe de historia y como se la restriega a su madre por las narices…
Pero mientras se daba la vuelta y cerraba la puerta, sonreía... Sonreía, cómplice y aliviada. Las cosas entre amigas nunca eran problema, por el contrario, eran lo que siempre habían sido.
Al cerrar la puerta, Lorena volvió a abrir la ventana del ordenador que había minimizado, justo cuando su madre había abierto la puerta. Desde hacía unos cuantos meses, había realizado una sutil variación e la disposición de su dormitorio. Con la excusa de una mejor iluminación, razón suficiente para que su madre no entrase en más detalles, había modificado la posición del ordenador, de tal modo que la pantalla no se veía desde la puerta. Así su madre no podría averiguar en qué estaba en cada momento. Aún así, cuando ella aparecía por allí, tomaba precauciones.

Continuará