La noche avanzaba. Quería dormir. Necesitaba dormir. Tenía tres opciones: un sofá duro y estrecho, la habitación de una pensión... y el dormitorio contiguo.Decidió una mirada al reloj y al incómodo diván.
El ser humano es una mezcla incoherente de miedo y audacia. Era tal el agotamiento físico y psíquico, que la cercana cama me seducía, como la proximidad de un imán atrae a las limaduras. Entré en el dormitorio, sin mirar al espejo, hice la cama y me acosté.
(En ese gesto de no mirar al espejo empleé una considerable cantidad de energía. Cualquiera sabe que casi siempre lo más apetecible para el ser humano es lo prohibido, incluso aunque tal orden parte del propio individuo).
Dudé si apagar la luz. Me dije que no era un niño, que ya tenía edad para dormir arropado por la claridad y accioné el interruptor.
Fue como si la densa oscuridad brotara del espejo.
El cansancio convertía mis músculos en piedras. ¿Sería cierta mi condición de limadura y que el lecho era un imán del que no huiría? Tal pensamiento produjo otro ataque de pánico. Me incorporé como si mi espalda fuera un resorte poderosísimo.
No lo hiciera nunca.
El cansancio convertía mis músculos en piedras. ¿Sería cierta mi condición de limadura y que el lecho era un imán del que no huiría? Tal pensamiento produjo otro ataque de pánico. Me incorporé como si mi espalda fuera un resorte poderosísimo.
No lo hiciera nunca.
Frente a mis ojos, a la altura indebida, estaba el espejo enmudecido... Enmudecido hasta ese preciso momento; efectivamente, el espejo ya no era el agujero negro sideral o el pedazo de noche de luna nueva sin estrellas...
Imágenes deformes y de vago aspecto lechoso brotaban de su interior, como si mostrara una película en blanco y negro sobre una pantalla oscura. A penas se distinguían siluetas, ciertos movimientos bruscos, leves luces oblicuas.
Quedé paralizado, incapaz de volver a recostar mi espalda en la cama. Hubiera preferido ser limadura o tornillo, en fin cualquier clase de ferralla, y que el lecho hubiera sido un imán. Hubiera preferido quedar encadenado a la posición horizontal.
Quedé paralizado, incapaz de volver a recostar mi espalda en la cama. Hubiera preferido ser limadura o tornillo, en fin cualquier clase de ferralla, y que el lecho hubiera sido un imán. Hubiera preferido quedar encadenado a la posición horizontal.
Sin duda lo hubiera preferido.
Frente a mí, no mi reflejo, que hubiera sido lo normal, sino el reflejo de otras imágenes. Es lo primero que pensé, pero mis neuronas desecharon tal posibilidad puesto que en la habitación, salvo mi cuerpo y el mobiliario, no había nadie, no había nada; aunque quizá tuviera la capacidad de reflejar espíritus o ectoplasmas, lo que contravenía las tradiciones especulares. De nuevo, la idea se rechazó.
Frente a mí, no mi reflejo, que hubiera sido lo normal, sino el reflejo de otras imágenes. Es lo primero que pensé, pero mis neuronas desecharon tal posibilidad puesto que en la habitación, salvo mi cuerpo y el mobiliario, no había nadie, no había nada; aunque quizá tuviera la capacidad de reflejar espíritus o ectoplasmas, lo que contravenía las tradiciones especulares. De nuevo, la idea se rechazó.
Me sentí escindido.
Por un lado, mi cuerpo inmóvil, sentado en la cama, por otro, mi cerebro trajinaba afanoso, buscaba una explicación medianamente racional. Él, mi cerebro, llegó a otra conclusión: no reflejaba nada, sino que transmitía imágenes capturadas a la huida del tiempo y las emitía como un mensaje. Había dos opciones o regurgitaba el pasado, como si fuera uno de los cuatro estómagos de un rumiante, o era digno sucesor del oráculo de Delfos o una adaptación plana de la famosa bola de cristal de cualquier mago o bruja que se precie. Opté por el primer pensamiento que mi materia gris casi arrojó al cubo del olvido, por ser lo más peregrino que se le haya ocurrido a mente humana; al final, se convirtió en más que una posibilidad, al comprobar las neuronas, ayudadas por mis ojos, que la misma secuencia se repetía cada cierto intervalo de tiempo, y porque, en el fondo, creo en que el pasado deja más huellas de las que nos imaginamos, mientras que el futuro es una posibilidad entre un millón, que sólo se concreta en el instante inmediato y es imposible determinar de antemano.
Tuve conciencia de ello minutos más tarde, cuando observé que determinado movimiento se reproducía: el descenso vertiginoso de un brazo sobre un bulto similar a un cuerpo.
Al darme cuenta, otra vez la curiosidad venció al terror y me fijé en el contenido de las imágenes. No eran nítidas, ni siquiera medianamente claras. Eran oscuras y desvaídas: dos cuerpos que se debatían en lo que parecía una pelea. Me aproximé al espejo, ya sin miedo, porque intuía que no me pasaría nada.
Al darme cuenta, otra vez la curiosidad venció al terror y me fijé en el contenido de las imágenes. No eran nítidas, ni siquiera medianamente claras. Eran oscuras y desvaídas: dos cuerpos que se debatían en lo que parecía una pelea. Me aproximé al espejo, ya sin miedo, porque intuía que no me pasaría nada.
Comprendí de inmediato que aquello era un mensaje que el espejo lanzaba, como los náufragos arrojan al mar, dentro de una botella, sus desesperadas peticiones de socorro. Al cambiar la perspectiva, descubrí que el decorado de la escena, que se iteraba cada cinco minutos, más o menos, era el de la misma habitación.
Esfuminadas contra la oscuridad, se apreciaban sobre la mesilla una fotografía y una lámpara de noche apagada (que ya no estaban allí), unas cortinas de aspecto pesado y en el suelo aparecía revuelta una colcha, o eso supuse. En la mitad de cama que “captaba” el espejo, dos cuerpos, hombre y mujer, se peleaban. No se distinguían los rostros, aunque el de la mujer se mostraba de frente la mayor parte del tiempo. La espalda del hombre, sentado a horcajadas sobre la cintura de ella, me resultó familiar. Ambos eran jóvenes, ella muy hermosa. Asistí ensimismado a una violenta pelea que quizá se produjo en ese mismo dormitorio hacía muchos años.
Contemplaba la película muda de un brutal acontecimiento del pasado, grabado indeleblemente en el espejo, por razones y mecanismos inextricables para mi razón. Se trataba de una repetición constante, un movimiento perpetuo, eterno, que sólo se veía en el oscuridad, de ahí que hubiera pasado desapercibido a cuantos ojos se asustaron alguna vez al contemplar la macabra visión de un espejo que no refleja, de un espejo que es el único testigo de un crimen, de un espejo que, en realidad, es un pedazo de noche de luna nueva sin estrellas, quizá el mismo tipo de noche que se asomó a la alcoba y contempló impávida un asesinato...
Presté más atención a cada repetición. De los gestos adivinados en el desfigurado rostro femenino, intuí gritos, desesperación, horror, sangre. La última fracción de la escena, el brusco movimiento descendente del brazo masculino, en realidad era una artera puñalada asestada con vehemencia en el costado de la mujer. No vi de dónde sacó el arma. En la siguiente repetición, adiviné que la extrajo, con veloz movimiento, bajo la manta.
Asesinato con premeditación, sentencié.
Pensé en llamar a la policía (no se me ocurrió nada mejor), repasé la escena dos veces más. Cuando cogí el móvil, observé que el final de la escena variaba. Tras la puñalada, el hombre se incorporó y giró su cabeza...
Presté más atención a cada repetición. De los gestos adivinados en el desfigurado rostro femenino, intuí gritos, desesperación, horror, sangre. La última fracción de la escena, el brusco movimiento descendente del brazo masculino, en realidad era una artera puñalada asestada con vehemencia en el costado de la mujer. No vi de dónde sacó el arma. En la siguiente repetición, adiviné que la extrajo, con veloz movimiento, bajo la manta.
Asesinato con premeditación, sentencié.
Pensé en llamar a la policía (no se me ocurrió nada mejor), repasé la escena dos veces más. Cuando cogí el móvil, observé que el final de la escena variaba. Tras la puñalada, el hombre se incorporó y giró su cabeza...
Me miró de frente, con sonrisa demoniaca. Entonces sí fue mi imagen... Y, de inmediato, reconocí en el cadáver de la mujer a la ninfa de caderas musicales. Sentí que la sangre me abandonaba...
Como un aullido, sonó el timbre de la puerta. Supe que era ella...
Como un aullido, sonó el timbre de la puerta. Supe que era ella...



