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sábado, 22 de marzo de 2025

Quince de abril de 2024

 

Padre,
vengo a contarte la noticia
más importante de las primaveras,
la que era tan feliz anuncio en casa,
la que a Segovia otorga su sonido
y convierte en nidal a su Acueducto:
ni ayer ha sido ni será mañana,
hoy han llegado los vencejos,
hoy, un quince de abril de dos mil veinticuatro.

Mientras el sol se esconde,
y la brisa despeina nubes
y la luz mengua tan despacio
sobre el regazo del ocaso,
sus vuelos y sus cantos —azabache y cristal—,
me acercan el recuerdo
de tu sonrisa joven, medalla de mi infancia.
Instantes detenidos en las fotos,
donde reposa esa sonrisa
y tu abrazo de luz sobre las cosas.

Pero, si no me engañan los recuerdos
(a veces sombra, niebla a veces),
esa sonrisa florecía en otros
días y los tornaba memorables…

… El día de los nidos ya habitados,
o el de los tréboles de cuatro hojas,
¡qué jolgorio cuando eran cinco!

… O el día del viñedo,
cuando la imagen del racimo de uvas
—vista por tantos miles de miradas—,
en el momento previo al mosto,
zumo que no llegó a ser vino, azúcar
para siempre en los dedos de la niña
feliz sobre el regazo de su abuelo.

… Cuando un amanecer de nieve,
vestida la ciudad de novia,
con esa vieja Kodak
acariciabas su perfil,
doncella milenaria, objeto de tu amor…

… O cuando ya el otoño se acababa y
tu ojos avistaban la primera
cigüeña sobre un árbol o una torre
y raudo lo contabas.
Mientras tanto, en silencio me decía:
           «torres de Segovia,
             cigüeñas al sol»…

… O cuando los afanes de tus hijos
asomaban al viejo Adelantado
hablando de pinceles o de versos,
parecía tu rostro el de un monarca
que ha logrado vencer a su enemigo
sin haberse iniciado la batalla.

Padre,
esa sonrisa que me mira
como caricia pura y faro incombustible
en una foto que alguien hizo un lunes,
—no creo que tuviera yo dos años—.
Mientras leo noticias de la tarde,
y mi rostro de bebé pretende ser tu espejo:
esqueje de sonrisa, apenas sombra.

Padre,
sí, ya han llegado los vencejos,
sí, tan temprano, a la mitad de abril,
este quince de abril de poesía,
cuando junto al convento
fundado por tu santo amado,
contaba nuestra escena
de aquella primavera tan lejana
que da sentido al resto de mis días.
Cuando entendimos ambos que sin versos
mi alma deambula por la vida
vestida de pereza, hastío y hambre.

Padre,
sí, ya han llegado los vencejos,
y la emoción sentida al descubrirlo
(fumaba un cigarrillo
mirando al cielo azul de nuestra infancia)
me ha hecho entender que me escribías cartas
desde el lugar que no es lugar, mas es.

Padre,
sí, ya han llegado los vencejos.
Sus vuelos y sus cantos —azabache y cristal—
son los mensajes que me envías.
Como si su llegada
fuese tu carta abierta a la esperanza,
un código secreto, tu sonrisa
ahora procedente de lo eterno
desde el lugar que no es lugar, mas es…

Esa misma sonrisa que lucías,
bisectriz de la tarde
                             de un domingo de agosto,
en la hora del abrazo de la muerte.

Esa misma sonrisa transfigurada en túnica
que siempre vestirá tu rostro allá,
en el lugar que no es lugar, mas es.


Cerca de mis dos años, creo,
acariciado por la sonrisa de mi padre,
mientras 'leo', junto al Acueducto
un ejemplar de La hoja del Lunes 

                
Amando Carabias Pascual
 Inauguración de su última exposición de fotografía
(Chañe, Segovia, 2017. Detalle)
 (Foto Mariano Carabias)

(Versión completa respecto de la leída el 20 de marzo de 2025 
con motivo del Día de la Poesía en la Biblioteca Pública de Segovia)

sábado, 1 de abril de 2023

Sus huellas vibran en mi encarnadura

Nuestro padre, Amando Carabias Pascual, murió el pasado 7 de agosto de 2022. Me parece imposible regresar al blog (si es que lo hago de modo más asiduo que en los últimos años), sin dejar testimonio de homenaje y amor a quien dio todo por los suyos. Sirva para ello este poema escrito pensando en él y para él escrito. Fue inspirado por un retrato que de él pintó con su habitual pericia y sensibilidad mi hermano Mariano y que formó parte de la exposición Tocar el humo. 
Su primera versión se incluye en Los andamios de los pájaros editado en 2014 por la sevillana Isla del Siltolá. 
Sea esta entrada mi recuerdo público, porque el privado, sin falta, allega a mí cada día.


Amando Carabias Pascual
 Inauguración de su última exposición de fotografía
(Chañe, Segovia, 2017. Detalle)
 (Foto Mariano Carabias)

Para mi padre, in Memoriam 

Debería escarbar
con crujidos de sangre el peso de los días,
esta pulpa de tiempo polvoriento
con virutas de víbora, 
que invade la extensión inhabitada,
cubriéndola de olvido y llanto,
como la niebla engulle el horizonte,
para así recordar su luz de entonces.

Cuando invierno atavía
su manto con mil hielos y cenizas
y el rostro de la tierra se cuartea
por el frío que lo devora,
cuando sólo se escuchan
truenos de un viento sin sus labios,
alacrán impaciente,
parece que la muerte enseñorea la tierra,
como su emperatriz despótica.
 
Entonces convendría
detener nuestros pasos inciertos,
enramada de puntos suspensivos.
Entonces convendría
aquietar nuestros pensamientos,
globos vacíos, yermos territorios,
y acariciar el fuego de una hoguera,
y que la voz condense las palabras
que se ahondan en el paisaje
para que la torpeza o nuestra inexperiencia
no permitan que la última serpiente
escancie su veneno en el traquido del alma.
 
Sólo su mirar sabio
descubre los latidos invisibles,
sólo su voz gastada por el tiempo
y el silencio desvelan los oráculos,
sólo su gesto de alba
transmite la importancia de un instante:
respiro de una estrella, hontanar de la vida.
 
Cuando convierta en carne mi eslabón,
y mi voz sea gota de océano
que sólo en el océano se escucha,
cuando entienda que existe una sustancia
mucho más poderosa que la mía,
que soy leve porción de una cadena sin fin,
entonces, sólo entonces,
sabré que hay mil palabras
—invierno, oscuridad y hielo,
dolor, niebla y astilla,
ausencia y llanto…—,
que son andariveles de esperanza,
faros para evitar la dentellada
del arrecife en la galerna;
y sabré que esperar la llegada del sol
para hacer de la escarcha agua nutricia,
sólo es el territorio
de la sabiduría y el sudor,
de lágrimas, paciencia y mil caricias,
no de una enciclopedia fría, deshalitada.
 
Retraso la mirada,
me contemplo en su gesto edificante
y allí descubro cómo
sus huellas vibran en mi encarnadura;
huellas hondas que asoman
cuando la juventud se abraza y besa al tiempo en fuga.
Mi senda goza de una sombra amena;
se adivina la luz de su pasado
en igual sembradura de sonrisa
que reaparecerá un día en otro rostro,
viajera en los andamios de los pájaros.
 
La Isla de Siltolá,
Sevilla 2014)

domingo, 28 de junio de 2015

Sea imposible tanto infierno




(Mari Luz Baticón, Berta Martín, Jesús Pastor -alma del evento-, David Benedicte, Estuardo Álvarez José Manuel García González y yo mismo participamos en el recital del 20 de junio de 2015 en el Colegio de Arquitectos de Segovia en el marco del Mercadillo de Artesanía Solidaria que organiza cada año la "Asociación de amigos del Pueblo Saharaui de Segovia", donde leí cuatro poemas, éste entre ellos. Mi último poema hasta el día de la fecha.
Con mi agradecimiento a Jesús Pastor, por haberse acordado de mí para esta ocasión, y porque eso mismo me ha empujado a estar trabajando en estas dos últimas semanas sobre esta idea).

Mi deneí afirma que en junio de 2015
son cincuenta y tres las veces
que he dado la vuelta sol:
la edad roja, según Joan Margarit.
De ellos, cuarenta son veneno y pasmo
cada vez que me asomo al mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo
donde la libertad merodea
aunque sea un caballo cojitranco
de lento caminar y corta alzada.
¿Por qué se nos olvida cada día
que occidente no es el mundo,
que esta bola de sílice que gira
sin voluntad en un rincón del cosmos
es un viejo tranvía de muerte e injusticias?
Ya sé, lo escribió Gil de Biedma,
que el único argumento de la obra
es envejecer y morir;
y también sé que soy apenas un paréntesis
entre dos decisiones que no me pertenecen,
pues alguien me nació y alguien me morirá…
Pero no hablo de ese destino inapelable.
Hablo de la agonía de esta casa común,
del estruendo que ciega el agua,
de las grietas que hieren nuestro cielo,
del beso avaricioso que lo asfixia.
Hablo de explotación, de homicidio hablo;
hablo de tantas guerras y de tanta hambre hablo;
y de la libertad encadenada
entre barrotes de miseria.
Y hablo de las mujeres secuestradas,
taladas para ser fosas de sierpes
recipientes de semen y de golpes,
de lágrimas y heridas.
Y hablo de tanta infancia arrebatada,
tantas niñas y niños convertidos
en menguado paréntesis, sin juegos y sin letras,
y que aún así sonríen.
Y hablo también de pueblos sojuzgados,
encadenados a su tierra encarcelada,
o aquellos expulsados de su cuna,
sajado su horizonte.
Y ahora que he cumplido los cincuenta y tres
—recordad, la frontera, la edad roja—,
mi venero enarbola su impotencia
como cuando, sin alcanzar los veinte,
me asomaba al balcón del mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo,
y con un estupor como el de hoy
contemplaba este mismo infierno:
tanta ruina en los muros transparentes del planeta,
tanto dolor y tanta guerra,
tantas tiranías y exilios,
tanta injusticia y tanta hambre,
tantos destierros y cadenas,
tanto pueblo atrapado y olvidado.
Soñaba entonces que mis versos jóvenes
podrían ser semillas,
pequeñas catapultas de vida y libertad,
para pensar, para soñar, para decir:
sea imposible tanto infierno.
Hoy, pasados ya tantos años,
mi esperanza es adagio, marcha fúnebre,
mas como antes, mi sangre se encabrita
y enarbola su inútil impotencia
cada vez que me asomo al mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo
y compruebo que el mundo sigue siendo
ese viejo tranvía de muertes e injusticias…
Como un mastín, tozudo y convencido,
con mis años y mi tristeza a cuestas,
con mi ritmo de adagio o marcha fúnebre,
no cejo en el empeño
y arrojo algunos versos como quien siembra trigo
soñando que mañana serán pan,
y arrojo algunos versos como quien reza un salmo:
sea imposible tanto infierno



sábado, 18 de abril de 2015

Lluvia de abril (Oniliria XXIII)


Me ha mojado la lluvia, lluviagua, esta tarde de abril, me han llovido poemas, lluviaverso, esta tarde noche de abril, y, como ocurre cada primavera, el ruiseñor es lluviacanto de seda y estrella sobre la tarde noche de abril.

Lluviagua, lluviaverso, lluviacanto…

No pronuncio palabras estatua, no pronuncio palabras monumento funerario que aspira a la vida eterna —curioso tanto afán de la muerte por quedar para la vida eterna, como si el sol clavase sus lanzas o sus besos en la entraña de las madrugadas—, ni siquiera se trata, decía, de palabras como árboles centenarios o como cualquier placa que anuncia el nombre de una calle, no, todo es más sencillo, más efímero, pero, quizá más hondo, quizá más palpitante, hablo, decía —digo—, de la lluviagua de esta tarde noche de los idus de abril, y de la lluviaverso de esta tarde noche los idus de abril, y de la lluviacanto del ruiseñor de esta tarde noche de abril, hablo, pues, de la vida, o, al menos, hablo de su semilla, o, siendo aún más preciso, hablo del río o del canal o del cauce que contiene el alimento para que, quizá, las semillas estallen en flor y en vida, por efímera o frágil u oculta que sea, no hablo, pues, de palabras estatua o palabras monumento funerario o de palabras árbol centenario o de palabras placa donde anida el nombre de una calle, no pronuncio palabras que aspiren a eternidad o palabras destinadas a ser releídas por decenas de generaciones, hablo, decía —digo, repito—, de lluvia, de vida, de semilla, de río, de palabras que brotan y crecen y afloran e irrumpen y desaparecen y mueren o se transforman, hablo de lluviaverso, hablo de lluviagua, hablo de lluviacanto, hablo de lluvia lenta y sosegada, abundante y sonriente… lluviaesperma.

Acodado, asomado a la ventana de la noche, mientras el humo último del cigarrillo se escapa para hacerse latido de la noche, escucho lluviacanto del ruiseñor que empapa mis oídos y se me filtra, como la lluviagua por vetas precisas, hasta alcanzar el surco en mi cerebro, para que lo reciba como la tierra, supongo, recibe la lluviagua y espera tan quieta, y espera tan muda el brote lento y misterioso de la vida.

En la línea de cielo torreada que mis ojos escrutan tantas veces, brota fuego de antorcha sobre un tejado, sé que me engaña el aire —tan hialino como los ojos de un niño—, sé que es un reverbero, un hálito de la luz de una farola urbana; pero veo una antorcha que arde o crepita y canta fuego cruzando su faringe de cristal, y es como si mis ojos recibieran lluvia, la lluvia encadenada al color de aquellas caricias de piel cansada y arrugada, la lluvia que empuja los recuerdos de aquella lluviafuego que crepitaba en la lumbre baja de la cocina amplia y cálida, abrazo de zaguanes intensos y austeros, como surcos labrados y quietos y mudos dejando que la lluviagua empape las semillas para que luego broten y crezcan y afloren e irrumpan y desaparezcan y mueran o se transformen…

Lluviagua, lluviaverso, lluviacanto, lluviafuego me empapan esta tarde noche de los idus de abril

miércoles, 25 de marzo de 2015

Sus Labios (R)

Queridos lectores, queridos amigos:
Este poema fue publicado en el blog el 18 de noviembre de 2012, el día de su cuarto aniversario. Mi deseo, al volverlo a publicar, es establecer una declaración de principios y anunciar a los cuatro vientos el propósito de desempolvar el blog. Sus entradas no serán tan frecuentes como otrora (eso seguro), pero intentaré que no pase tanto tiempo entre una y otra.
En todo caso, gracias por vuestra fidelidad, gracias por vuestra generosidad y gracias, sobre todo, por leerme a pesar de tantísimas lagunas...



Ahora que la albada está tan lejos,
y la noche parece emperatriz
de todos los latidos
—el mío, el de la especie, el del futuro
y hasta el de las semillas de los sueños—,
camino inerme y ciego, recorro un laberinto,
atravieso cadáveres sin nombre
y pinto mi bandera con sus labios,
nación para los besos,
donde me olvido
durante eternidades o segundos
de este dolor que arrastro
como una piedra inútil que desgarra arterias
por donde escapa el horizonte
y el fuego de la luz va agonizando.
Lo sé:
es mi verbo clamor de una derrota:
ni puedo vencer al dolor,
ni puedo derrotar al sufrimiento,
ni puedo cercenar a la injusticia.
Sin embargo me empuja un verso
inútil aunque inapelable.
Si no soy ciego sordomudo:
¿cómo cantar ocasos,
caricias, pétalos o aromas,
mientras crece el galope de la sangre
y los cuatro jinetes destruyen el planeta?
Lo sé:
mis versos son palabras féretro,
pólvora sin perfume,
pétalos sin metralla…
Mi voz quisiera
subir a los andamios o a los barcos
y bajar a los túneles mineros,
a pesar de mi vértigo y mi claustrofobia;
diseminarse en surcos cereales
y crecer junto al torno y al martillo,
a pesar de lo endeble de mis manos;
mecerse entre chupetes y pañales
y volar entre tizas y recreos,
a pesar de la atrofia de mis sueños;
zambullirse en las lágrimas y el luto
y respirar el pus de las heridas,
a pesar de las prisas de la vida…
Pero a pesar de todo,
ni entrego mi esperanza,
ni apago mi linterna,
ni termino mis sueños
                                porque debéis saber
que al acabar vencido la jornada
—siempre vencido— ,
vestido del hedor de la derrota
—diario el fracaso de la especie
y mi fracaso, diario —,
su labio alivia mi dolencia.

sábado, 22 de febrero de 2014

Escribo en este día de febrero



Serán mis versos tumbas, palabras olvidadas,
como ciudad sin calles, sin aves y sin gentes,
asumo su destino igual que asumo
el final de mi sangre y de mi sombra,
con el mismo semblante del ocaso.
Pero no callarán por conocer su meta,
ni olvidarán el centro de su lava,
ni el fuego que crepita entre sus pulsos,
ni el horizonte azul de su mirada,
ni el hilván con que tejen sus ropajes,
ni la materia prima de su ritmo.
Y no hablo del aroma de las flores,
ni de la melodía de los besos,
ni de la sinfonía de la albada,
ni de nuestro arcoíris de caricias.
Escribo en este día de febrero
mientras recuerdo el rostro moribundo
y me asomo a la fuente que me riega:
el dolor de quien sufre y se pelea
por llevar a sus hijos calor y pan y sueños…;
el dolor de quien busca cada día
evitar corazones helados de ignorancia;
el dolor de quien llora cada tarde
en mitad de la estepa del miedo a los infiernos;
el dolor de quien vive con el hambre
como piel injertada, como amanecer muerto;
el dolor de quien muere en la frontera
sin maldecir la estirpe de Caín,
sino haciendo presente en la partida,
un pétalo guardado en el abrigo,
estos días azules, este sol de la infancia.

viernes, 27 de septiembre de 2013

¿Por qué saliste huyendo de mi orilla?




Cuajado de rubíes y amatistas,
languidece el ocaso de esta tarde:
instante reflexivo,
quietud del cosmos que palpita.
Se ciernen los segundos sobre el quicio de un lirio,
se licua cual sonrisa tenue,
empapada de zumo de granada,
anhelando anudarse al cuerpo del amado:
ser parte del ser,
ser fusión de volcán y de caricias,
ser explosión del ansia vertical.
Mas la mirada turbia del amante
anuncia la agonía de la noche:
la pesadilla atroz del abandono.
¿Por qué saliste huyendo de mi orilla?
¿Por qué tu negra ausencia me persigue?
¿No ves mis lágrimas perdidas?
¿Es que es posible esta estocada, Amado?
Miro a la noche sin fanales y no veo sino
tu ausencia, amor, de mi costado.
Anhelo, busco, lloro, grito, ansío,
que tu presencia, Amado, me ilumine
y por respuesta nada, nadie… ausencia sólo…,
sólo el silencio infinito de la noche.
En la espesura busco tu mirada
o su recuerdo o el eco de tus ojos;
pero la densa sombra engulle mis deseos,
me devuelve un vacío o un abismo.
Anhelo el fuego de tu iris,
tu caricia de llama en mi deseo.
Te persigo sin brújula buscando aquellas huellas
por ver si encuentro, al menos, tu recuerdo.
Como un intenso beso de tus labios,
se acerca la dama del oriente,
sus pasos como cantos alegres de tu boca;
mi mente enceguecida, encarcelada
no entiende el elevado alcance de tal vuelo,
la nueva que me acercan tus fieles mensajeros.
Entiendo vuestras voces, comprendo las palabras,
pero aún es de noche en mi cerebro
y un muro de saberes que no importa
esconde el manantial de vuestra risa
e impide que se sane este dolor
y evita que la luz me inunde…
Ya amanece, ya albea, en mis labios tus besos,
desgarran este velo que me oprime.
Arranco, corro, vuelo, ya soy viento
tras el Amado, en pos de su latido.
Y se abren los senderos detrás de las canciones,
sé que está a vuestro lado, estoy seguro…
Arranco, corro, vuelo, ya soy viento
de vuestros corazones
pues ya soy un pedazo de la orla de la brisa
tras el Amado, en pos de su latido.

(Estos versos forman parte del poemario "Eterna luz sonora" Publicado íntegro en el blog de su mismo nombre. Pulsando AQUÍ accedéis al poema y ya podéis navegar por el blog, siempre que os interese)

domingo, 1 de septiembre de 2013

Programa de mano







Olvido unos minutos, sorprendido,
los versos de Jenaro Talens, porque
caminan dentro de mi brazo hormigas.
Huyo de las metáforas sin luz,
prefiero una mirada sin frontera:
franquear el portón de las pupilas,
como se extienden puentes levadizos,
o se contempla el fuego del ocaso.


Así me ocuparán cada jornada
jilgueros, nubes, mares y mendigos,
caricias, risas, lágrimas, susurros…
Incluso las hormigas incansables,
que ya labran su surco en mi venero,
nutrirán las corcheas de mi aliento.

viernes, 16 de agosto de 2013

¿Cómo saberlo si es de noche?



Ahora debo afrontar el desorden de naranjas caídas
la humildad está para quien persevera
y critica a fondo las águilas de su corazón.
Pureza Canelo
¿Dónde estás, dónde huiste?
¿Cómo saberlo si es de noche?
Silencio de venas,
oscuro sarpullido de palabras
que no sirven, que no sienten, que no dicen,
que no,
           que nada,
que no saben mirar el engranaje
de las polifonías del amor
y sus naciones.
Me pregunto, a la altura de este Trópico,
o más allá, quién sabe,
caminando hacia mi Ártico definitivo,
en qué laberinto jadeo,
en qué pregunta mezo mi cadáver ahorcado.
¿Selva, lodo, ciudad o tundra… importa?
¿Cómo saberlo si es de noche?
Si ascendiera a la cima de una cumbre,
desde su altura inaccesible
compondría algún himno, una cantata:
el mundo está bien hecho… y mal cuidado.
¿Cómo saberlo si es de noche?
Si anduviera caminos de los hombres,
desde cualquier encrucijada
gritaría con versos como lanzas:
hemos matado lo que está bien hecho
¿Cómo saberlo si es de noche?
Si buceara a la sima del sonido
para encontrar allí el silencio o nada,
incubadora de infinito,
me haría sólo ritmo y su fragancia,
ignoto adorador de su mandorla.
¿Cómo saberlo si es de noche?
Podría caminar, sin más.
Bucear o ascender. Sangrar o acariciar.
Podría enmudecer, sin más. Silencio.
Aquietarme ante el vuelo de una mosca
parada en esta tinta o caminando
en la piel de mi dedo cuando escribo.
¿Cómo saberlo si es de noche?


Sólo esperar, sin más.
                                      Esperar solo.

lunes, 5 de agosto de 2013

Escribir con el ritmo de un latido



Escribir con el ritmo de un latido
a la velocidad que se respira,
con la única ambición de comprender
los susurros de seda de las sombras,
el modo infatigable, tenaz, lento
en que crecen y menguan y se estiran
hasta ocupar el vientre de la noche
convirtiendo al planeta
                                    en surco de los sueños.
Escribir con el ritmo de un latido
a la velocidad que se respira,
para mecer la luz de la alborada,
con el único afán de que se injerte
entre las mil corcheas de mi sangre
e intentar que amanezca en mis pupilas
tornando mi mirar abrazo o flor,
una hoguera que acune
                                    la soledad y el miedo.
Escribir con el ritmo de un latido
a la velocidad que se respira
cuando el ocaso cruza el horizonte
mientras contempla el llanto y la penuria
tiñéndose del zumo de la sangre
sintiendo nuestra herida, nuestra lágrima,
igual que ayer, iguales que mañana,
sabiendo que el milagro es
                                         ajeno a sus colores.
Escribir con el ritmo de un latido
a la velocidad que se respira,
para que cada voz y cada gesto,
si alguna vez se asoman a mi pulso,
encuentren un espejo sin fisuras,
beban agua traslúcida sin limo,
escuchen el murmullo de la brisa,
y sientan sus gargantas
                                    creciendo en mi lamento.

domingo, 7 de julio de 2013

Al sur se aquieta el mar


                            
       Para mi hija Ana en su cumpleaños

Se aquieta el mar,
sosiego,
espuma blanda,
en el fielato plata de su risa:
fulgor de orquesta sobre aguas,
acorde de luz sobre la arena,
ilimitada vista de alas en hilván
sobre la espalda de la aurora,
cuando ya la mañana es vertical.

Como danza de olas
cuya matriz es diosa fecunda,
como sol insaciable de caricias,
como revolar de campanas de fiesta,
su risa es esencia del sur,
del sur que ahora sufre
donde la verdad no sólo es llanto,
ni es sólo herida en flor,
ni es sólo quejido
ni es sólo miedo o sufrimiento,
sino felicidad y dicha y baile,
tañido de su boca acogedora
como brisa vestida de sal,
sosiego,
espuma blanda…

Es tanta su intensidad,
como acorde de guitarra y nácar
despertando silencios del recuerdo,
rastro del tiempo en su rostro.

Sé, lo sabe el horizonte
y el aullido de la muerte,
que no es posible
hacer olvido del oprobio,
hundir la preocupación en el ocaso,
embaular el trabajo y el esfuerzo,
llenar un ataúd sin dolor y sufrimiento…
(Así de débiles son mis manos,
así de inútil es mi afán).
Pero cuando contemplo
el fielato de plata de su risa,
resquebrajo mi melancolía,
como si no existiera
como vector inútil de una fórmula.

Siento el taconeo de luna en su risa,
siento en los anaqueles del pasado
el relámpago de su mirada nocturna
rescatando de mis pliegues
los instantes de optimismo y
de horizonte iluminado por sus dedos.


Es contagiosa esa sinfonía de fulgor y nácar,
tanto que no entiendo
por qué el cosmos no interpreta,
como un trompeteo unísono,
sus acordes de brillos, destellos y colores
cuando el mediodía,
alta cordillera de allegro presto,
se hace luz, sólo luz, inalcanzable luz,
salvo para su rostro de duna iluminada,
de playa infinita
donde dejar que el tiempo transcurra sin fisuras
e impedir que edifique su guarida el desaliento…