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sábado, 20 de junio de 2015

Recital poético Amigos del pueblo Saharaui

Vengo con el calor aún prendido en la piel. No he podido quedarme, como hubiera querido, a tomarme unas cervezas con quienes hemos leído en el recital de poesía organizado por la “Asociación de amigos del Pueblo Saharuai de Segovia”.
Cartel de la feria
Empiezan ahora mismo las fiestas de la ciudad. A los pies del acueducto, como cada año, se presentarán a la reina y a las damas, se leerá el pregón, se declararán inauguradas las fiestas y Luz Casal hará que la noche de esta ciudad se meza con la melodía de sus letras que abrazan el amor y empujan también por caminos de libertad.
Tampoco iré.
El reloj, implacable, avanzará y el despertador cumplirá con su misión a las cinco y media, cuando la primera yema del dedo del amanecer asome detrás de la ventana.
La poesía no es acontecimiento multitudinario, y menos un sábado caluroso —el último de la primavera—en que se inauguran las fiestas de la ciudad y, además, apenas se ha promocionado en los medios; para más inri, los poemas serían ‘aparaguados’ por la sombra de la solidaridad con el pueblo saharaui que, reconozcámoslo, es una cuestión que se parece más bien a una vergüenza colectiva de la que quisiéramos zafarnos, frente a la que actuamos como si no existiera, pero que, de vez en cuando, surge y genera una sensación de mala conciencia que se pretende disimular con poco o nulo éxito.
Desde hace más de veinte años, para los segovianos escuchar Sahara, es familiar, gracias a esta asociación que, entre otras cosas, consigue cada verano traer un puñado de niños y niñas para que disfruten durante unas semanas de un verano diferente, para que puedan olvidar su realidad de personas casi encarceladas en su propia tierra, o, peor aún, en esos campamentos de refugiados que ofenden cualquier sensibilidad por muy escasa que se tenga.
Otra de las actividades de esta asociación es la subasta de obras de arte que ceden gratuitamente los artistas segovianos, y que luego se subastan. Desde hace un par de años se celebra, además, un mercadillo de artesanía en el que los artesanos de nuestra ciudad también ceden parte de su tarea y, además, se pone a la venta una muestra de la artesanía saharaui. Pues bien, en este marco, se ha celebrado por primera vez un recital de poesía.
El alma del acto, desde su organización, ha sido Jesús Pastor como nos consta a muchos, es un enamorado de la literatura, la enseña con pasión de fuego, escribe sus poemas y sus libros sobre Segovia. Por si fuera poco, junto a su mujer Carmen, y sus hijos, ha sido familia de acogida durante dos años de una niña saharaui; pero es que, además, digo, admira la poesía escrita en esa parte del planeta a la que hemos abandonado a su suerte, olvidando nuestra obligación en tanto que España fue antigua metrópoli. Él ha comenzado el recital leyendo tres poemas de su autoría, en los que directamente se refería a la tierra saharaui, a sus gentes, a ese dolor y a esa dignidad que les son propios.
Estuardo Álvarez, poeta guatemalteco residente en Segovia, poseedor de una sensibilidad desbordante que se concreta también en sus creaciones pictóricas e ilustradoras, ha leído un poema —que además llevaba ilustrado por él mismo— de una belleza y una sensibilidad exquisitas. Un poema lleno de la magia que tantas veces ilumina los versos que nos regalan y comparten los poetas sudamericanos. Un poema que hablaba de la solidaridad que siempre es posible y que —a pesar de todos los pesares— siempre, y en cualquier parte, aparece.
José Manuel García González ha leído tres poemas, uno suyo, otro de Félix Grande y otro de Ángel Fernández que aparecen en una antología poética editada en Madrid y que tiene como telón de fondo estos momentos de crisis en que aún nos encontramos y que van a ser difíciles de superar, por más que algunos se empeñen en afirmar lo contrario. Es decir, tienen como fondo la crítica a quienes han permitido tanto daño y tanto dolor
Berta Martín, la más joven del elenco, ha leído tres microrrelatos de su autoría, en los que su mirada se fija en los no triunfadores, sino en los que caminan en pos de la esencia y de lo que importa.
Mari Luz Baticón nos ha leído varios poemas cortos, ensartados como perlas de collar, en donde la protagonista era la mujer, esa mujer en tantas ocasiones devorada por un mundo que está mal, entre otras cosas, porque no se ha dado verdadera voz a la hembra de esta especie. El macho, encargado de dirigir el timón desde hace tantos siglos que ya hemos perdido la cuenta, normalmente sustituye su voluntad por un exceso de testosterona y todo lo soluciona de un modo similar desde hace miles y miles de años: matando a su hermano por envidia o por avaricia o por orgullo o por miedo… En el Sahara —la necesidad obliga— se vive casi en un matriarcado, acaso que algo deberíamos aprender.
David Benedicte, como siempre, ha usado de esa poesía repleta de sarcasmo y acidez, un humor corrosivo, para poner el dedo en la llaga provocando algunas sonrisas. A lo mejor, el lector —oyente en este caso— poco avisado, se puede quedar en la superficie de la primera lectura —audición—, en la primera evidencia que surge del texto; pero una lectura —escucha— más atenta descubre de inmediato los juegos de palabras, esa capacidad suya para jugar con el sonido de la palabra que empuja a una significado muy distinto, el que se vale de la similitud con el vocablo al que realmente alude.
Yo he leído cuatro poemas, y el último, escrito especialmente para la ocasión, lo publicaré un día de estos.
El acto ha concluido con la lectura por parte de Jesús de dos poemas de la poeta saharaui residente en Bilbao, Fatma Galia Mohamed incluidos en su último poemario.
Y uno tiene la impresión, ahora que la noche ha caído y Luz Casal está a puntito de iniciar su actuación, que la poesía sigue siendo como una floresta, como una inmensa arboleda en que comparten territorio el ciprés, el pino, el olmo, el tilo, el sauce, la encina, el cerezo, el almendro, el abeto, la secuoya, la palmera… Todos son árboles, todos son necesarios, todos cumplen su misión, todos nos ofrecen su sombra, su fruto, el cobijo necesario para las aves, para sus trinos, para su amor, para edificar sus nidos…


jueves, 4 de junio de 2015

Ana Joyanes y Francisco Concepción "El caso de la Pensión Padrón"

Ayer me llegó el último poemario de Marian Ramentol, Primaria, decisiva e inaprensible, del que daré cumplida cuenta en su momento. Sólo con la dedicatoria tan sugestiva —“Todo cuanto he escrito no existe todavía”— merecerá la pena zambullirse de nuevo en su poesía surreal, intensa, precisa, insobornable a modas, gustos de la galería.
Pero hoy me debo a otro libro.
Portada de "El caso de la Pensión Padrón"

Al regresar de la oficina, en casa me esperaba El caso de la Pensión Padrón, escrito a escote, a cuatro manos, por mis amigos Ana Joyanes y Francisco Concepción. De esta novela, sin leer el ejemplar que me acompaña, ya puedo hablar, ya quiero hablar, ya necesito hablar.
A lo largo de este tiempo, unos dos años si no me equivoco, ¿cuántas veces he deseado hacerme eco de su contenido, de su proceso de escritura incluyendo la pasión, el deseo, las dudas que han ido jalonando este tiempo?
Podría buscar, pero no me apetece hacerlo ahora, los primeros rastros, los balbuceos iniciales que dieron pie a la obra que ha visto la luz, allá en Santa Cruz de Tenerife los últimos días del mes de mayo.
Ahora la ilusión me desborda, pues bien sé la cantidad de tiempo que ha llevado a sus autores arribar en buen puerto esta tremenda historia.
Me llegan ecos de las reacciones (algunas no las comprendo muy bien) que se están produciendo en la isla respecto del libro, puesto que está basado en un hecho real que conmocionó la vida santacrucera durante unos meses. En el fondo no me extraña el revuelo. Era de esperar. Transcribo el arranque de la novela, o sea que no desvelo nada del texto:
Un cadáver entre colchones
Crónica: Samuel Nava
Agentes de la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife han encontrado un esqueleto humano debajo de los colchones sobre los que durante los últimos dos años ha estado durmiendo una pareja, en la tercera planta de la Pensión Padrón de la capital tinerfeña.
Nadie ha podido dar una explicación a este macabro suceso, ni siquiera la propietaria del inmueble, de avanzada edad.
Efectivamente, se trata de un hecho tan macabro y tan real como recogen estos párrafos publicados en prensa, párrafos que sirvieron de inspiración o espoleta para que Ana y Francisco, años más tarde del suceso, empezaran a edificar su relato. Es decir, ellos, simplemente se han limitado a rescatar un hecho casi olvidado y sobre unos mimbres de realidad han creado una ficción bastante plausible.
Conozco con suficiente profundidad el texto como para hacer una reseña del mismo. Podría resaltar la facilidad con que se han imbricado dos estilos de autores tan distintos como Ana y Francisco. Podría hacer hincapié en la fluidez lograda por el texto. Podría enfatizar la originalidad de mezclar dos puntos de vista para narrar la novela: por una parte el objetivismo casi absoluto, emparentado con documentales o con ese tipo de cine en que el director se ‘limita’ a poner en funcionamiento la cámara para que ésta recoja lo que sucede ante su foco; y por otro lado el subjetivismo del autor omnisciente que penetra en los más profundos pensamientos de uno de los grupos de protagonistas, el del periodista y la investigadora que se empeñan en intentar descubrir la verdad. Podría ahondar en un tema casi filosófico que crece poco a poco, a medida que el argumento avanza y que desemboca en una pregunta que el lector atento se hará tras alcanzar el punto y final: ¿Qué es la verdad? Y por último, debería referirme inexorablemente a la valentía de Francisco Concepción y Ana Joyanes por asomarse a uno de los aposentos del infierno y habérnoslo trasladado con la mirada transparente de quien no juzga, de quien simplemente se da cuenta de que el averno no está tan lejos de nosotros, acaso a nuestro lado y que el sufrimiento de quien allí habita alcanza proporciones casi imposibles de digerir para la inmensa mayoría. Por suerte, añado. Y a colación de esto último, quizá debería reflexionar sobre la verdadera dimensión ética del escritor, que no debiera ser juzgar los hechos, sino intentar presentarlos al lector con la mayor objetividad posible y con el mayor número de puntos de vista a su alcance para que el lector pueda decidir por su cuenta, con suficiente conocimiento de causa. Determinar que algo sea bueno o malo, admirable o reprobable, admisible o inadmisible, no es misión de quien escribe, sino de quien lee; pero para que su juicio sea recto debe contar con todos los elementos o con la mayoría de ellos. A veces de un matiz, uno solo, depende llegar a una conclusión o a su contraria.
Pero todo esto lo dejo a otros, lo cito como quien prende un par de candelabros para apenas iluminar un camino, el sendero por donde se adentre el lector.
Porque, con ser importante cuanto vengo diciendo, a mí me importa más la pasión y la ilusión que durante dos años han puesto Ana y Francisco. Sin esa dosis de amor ilimitado y loco por este oficio, hubiera sido imposible culminar el proyecto. Ese ánimo se transparenta en muchas páginas del texto, pero yo diría que, de modo especial, en el respeto y cariño con que retratan a los personajes, sobre todo algunos de los más repulsivos a priori, pues forman parte de los parias desalojados de nuestra sociedad, unas veces por voluntad propia, otras porque la vida los ha arrojado al rincón más hediondo del estercolero.
Han sido varias decenas de correos electrónicos, tres o cuatro relecturas, algún pobre consejo, alguna mínima corrección y muchas horas de reflexión compartida como para no sentirme implicado de modo tan especial en El caso de la Pensión Padrón. Sé que no soy el único, sé que otros buenos amigos (Miguel Ángel Brito, Iván González Barrios, Inma Vinuesa, José Antonio Perales, Alexia Sálamo y Sara Sálamo) han estado muy presentes aconsejando, iluminando y animando —mucho más y mejor que yo—, pero también sé que he sido honrado con su confianza y que, al fin, todo el esfuerzo ha merecido la pena.
Además he tenido la bendición, gracias a que me implicaron en el proyecto, de aprender que incluso en medio de la realidad más repulsiva, cabe un resquicio para cierta luz, para un relámpago de amistad, aunque todo concluya del modo en que el lector conoce desde el primer párrafo de la novela.
Como recoge la nota introductoria, Jacques H. Bernardin de Saint Pierre dejó escrito: “El hombre es el único ser sensible que se destruye a sí mismo en estado de libertad”. Nada que objetar. De hecho añadiría que el hombre es esa parte de la creación capaz de hacer del infierno un territorio habitable en esta vida, sin necesidad de esperar a otra. Pero también añadiría que es ese ser capaz de asomarse a sus estancias y arrojar sobre ellas una mirada de misericordia.
Concluyo con un aviso: la novela puede herir determinadas sensibilidades, pero también puede abrir muchos ojos, y ojalá que unos cuantos corazones. De lo que estoy seguro es de que El caso dela Pensión Padrón no dejará indiferente a nadie, pues al fondo del relato, el lector sabe desde el principio que, tanto horror no fue ficción.



sábado, 18 de abril de 2015

Lluvia de abril (Oniliria XXIII)


Me ha mojado la lluvia, lluviagua, esta tarde de abril, me han llovido poemas, lluviaverso, esta tarde noche de abril, y, como ocurre cada primavera, el ruiseñor es lluviacanto de seda y estrella sobre la tarde noche de abril.

Lluviagua, lluviaverso, lluviacanto…

No pronuncio palabras estatua, no pronuncio palabras monumento funerario que aspira a la vida eterna —curioso tanto afán de la muerte por quedar para la vida eterna, como si el sol clavase sus lanzas o sus besos en la entraña de las madrugadas—, ni siquiera se trata, decía, de palabras como árboles centenarios o como cualquier placa que anuncia el nombre de una calle, no, todo es más sencillo, más efímero, pero, quizá más hondo, quizá más palpitante, hablo, decía —digo—, de la lluviagua de esta tarde noche de los idus de abril, y de la lluviaverso de esta tarde noche los idus de abril, y de la lluviacanto del ruiseñor de esta tarde noche de abril, hablo, pues, de la vida, o, al menos, hablo de su semilla, o, siendo aún más preciso, hablo del río o del canal o del cauce que contiene el alimento para que, quizá, las semillas estallen en flor y en vida, por efímera o frágil u oculta que sea, no hablo, pues, de palabras estatua o palabras monumento funerario o de palabras árbol centenario o de palabras placa donde anida el nombre de una calle, no pronuncio palabras que aspiren a eternidad o palabras destinadas a ser releídas por decenas de generaciones, hablo, decía —digo, repito—, de lluvia, de vida, de semilla, de río, de palabras que brotan y crecen y afloran e irrumpen y desaparecen y mueren o se transforman, hablo de lluviaverso, hablo de lluviagua, hablo de lluviacanto, hablo de lluvia lenta y sosegada, abundante y sonriente… lluviaesperma.

Acodado, asomado a la ventana de la noche, mientras el humo último del cigarrillo se escapa para hacerse latido de la noche, escucho lluviacanto del ruiseñor que empapa mis oídos y se me filtra, como la lluviagua por vetas precisas, hasta alcanzar el surco en mi cerebro, para que lo reciba como la tierra, supongo, recibe la lluviagua y espera tan quieta, y espera tan muda el brote lento y misterioso de la vida.

En la línea de cielo torreada que mis ojos escrutan tantas veces, brota fuego de antorcha sobre un tejado, sé que me engaña el aire —tan hialino como los ojos de un niño—, sé que es un reverbero, un hálito de la luz de una farola urbana; pero veo una antorcha que arde o crepita y canta fuego cruzando su faringe de cristal, y es como si mis ojos recibieran lluvia, la lluvia encadenada al color de aquellas caricias de piel cansada y arrugada, la lluvia que empuja los recuerdos de aquella lluviafuego que crepitaba en la lumbre baja de la cocina amplia y cálida, abrazo de zaguanes intensos y austeros, como surcos labrados y quietos y mudos dejando que la lluviagua empape las semillas para que luego broten y crezcan y afloren e irrumpan y desaparezcan y mueran o se transformen…

Lluviagua, lluviaverso, lluviacanto, lluviafuego me empapan esta tarde noche de los idus de abril

lunes, 6 de abril de 2015

Avatares para encontrar un texto

Afirmé que publicaría con más frecuencia entradas en este blog que anda un poco anémico. Alguno podrá decir (y quizá no le falte razón) que hago trampa con esta entrada, pero me apetecía compartir con vosotros este fragmento de El Surco de los Días. Ya sé que es sacar de contexto a una criatura acostumbrada a una mirada muy secreta (más secreta aún que la de este blog), pero supongo que aguantará el tirón...:

FRAGMENTO DE MI DIARIO

Hoy es domingo de Pascua. Decir esto, además de una obviedad, es afirmar que, a pesar de todo —a pesar de mí—, sigo tras la estela de una fe o una esperanza, ajena a otras cuestiones relacionadas con organizaciones, liturgias o normativa canónica…

Tenía la intención ayer sábado por la mañana de dejar algo escrito sobre la procesión del viernes santo conocida como de los Pasos, que vi después de algunos años años.

Lo cierto es que no tenía planeado nada de lo que he hecho en estos días, salvo lo del jueves por la noche que estaba más o menos perfilado. Todo ha sucedido como si una borrasca potente, breve y repentina, hubiera, primero, roto el timón de mi embarcación y después la hubiera movido a su antojo por derrotas imprevistas. El caso es que el viernes tenía pensado dedicar más horas de la tarde a dejar algo escrito respecto del jueves, y a seguir la revisión de la vieja novela, o tantear la posibilidad de acarrear algún material de construcción para iniciar un proyecto que ha empezado a rondarme por la cabeza, aunque a primera vista parece algo insensato. Sin embargo, la tarde en casa de mis padres se complicó hasta hacerse horas difíciles, ásperas, dolorosas pues voy comprobando que el laberinto en que se mueve mi madre cada día es un poco más intrincado y viscoso, umbrío y solitario. Conclusión: bajé muy tarde de allí, con el ánimo para escribir agotado, como si el pequeño manantial se hubiera secado en poco más de cuatro horas. Así que decidí ver la Procesión.

Tras tanto cambio de planes, pensé que enlazaría ésta de la capital con la de Chañe. Sin embargo, de pronto, mientras ayer por la mañana regresaba de casa de mis padres (sí, el despertador sonó a su hora), se me ocurrió otra cosa. Recordé como aldabonazo estridente y repentino que escribí en Gorrión de Invierno, esa novela con un par de lustros a sus espaldas, esa novela inédita e impublicable cómo su protagonista, Oliver Berdugo Guisasola, sastre de Euritmia, vivió la de 1999, la última de su vida, pues para entonces ya sabía el tiempo que el tumor cerebral le permitiría vivir.

Entré en casa con el estado febril de quien tiene, por fin, algo que hacer. Si quería seguir con la revisión de Aquel Sábado Lluvioso, o quería empezar con lo nuevo, debía encontrar cuanto antes esas páginas. Recordaba vagamente su contenido, y suponía que podían servirme para el diario y quizá para Pavesas y Cenizas. En teoría sabía en qué parte del relato las situé, en el primer tercio de sus más de cuatrocientos folios. Repasé a grandes trancos. Algún párrafo me llamaba la atención. Sin darme cuenta, ralentizaba el ritmo de lectura. Sabía lo que buscaba y por qué lo buscaba, pero Oliver, Aurora, la yaya Luz, Íñigo, etcétera, iban atrapándome poco a poco. Cuando crucé la mitad, estaba casi seguro de haberme pasado esas páginas, pero seguí adelante.

No lo encontré.

Con la sensación de derrota, dudando incluso si no habría suprimido esta escena por alguna razón, tuve que salir a cumplir con cuestiones de intendencia. No se trataba del capazo para regresar a casa con carbón, lo que me impedía ser sublime sin interrupción, como le ocurría al joven personaje de Umbral, eran otras mercancías poco imprescindibles, pero debía salir.

Casi a la hora de la comida, volví al texto (Soy muy tozudo, la verdad). Y como sucedería en una película detestable, justo sobre la bocina de las dos de la tarde, en el punto donde la imaginaba, allí estaba la escena, más larga incluso de lo que la recordaba. La copié a otro documento, para, por la tarde, hacer lo que estoy haciendo ahora…

A diferencia del viernes, la tarde sabatina fue plácida y sosegada. Así que pude retornar temprano, dispuesto a la tarea, aunque previamente debía cumplir con un deseo de mi padre.

Por fin me puse a la tarea, antes de las siete de la tarde. Pensaba solucionar en un par de párrafos o tres lo relativo a La Carrera, y unirlo a este fragmento…

Después del tercer párrafo, llegaron el cuarto, el quinto, otro y otro… Y sentí —aunque a nadie le interese— que debía relatar con más detalle el vía crucis nocturno. Iba por un camino, y en la última parte, como si me hubiera encontrado con una flor, hallé el tono adecuado, así que retorné al principio…

Más allá de las once de la noche concluí de escribirlo…

Esta mañana he dudado si ya tendría sentido lo que sigue, o abandonar la idea para mejor ocasión, si es que llega. Pero, al final, acaso por justificar las horas de ayer, decido dejar el fragmento en estas páginas del diario, al fin y al cabo, su título para este año A la Velocidad del Corazón, o sea pura intuición, menuda embarcación cuyo timón se ha roto y navega según los dictados de los vientos o las calmas…
Te has levantado, Oliver, en medio de la madrugada del Sábado Santo. Te sorprende el silencio aturdido de la honda noche…
Pero no es así, Oliver, reconócelo, no es la madrugada la que está aturdida, sino tú. En tu cabeza, retumban todavía los ecos roncos de los tambores y las estridencias metálicas de las cornetas. Las procesiones de este año han venido hasta ti con la intención de ser medicina agradable para tu ánimo. ¡Cómo te ha costado entenderlo!
Al lado estaba Aurora, con sus ojos de atardecer de oro puestos, como cada año, en las imágenes que se deslizaban ante vosotros, sobre el adoquinado entre grisáceo y azulado, frío a esas primeras horas de oscuridad. Tenías miedo, reconócelo. No te niegues a ti mismo la evidencia del pavor cósmico que, de pronto, te ha enganchado el alma; sí, todo el miedo del universo se ha concentrado en tu encarnadura. El pánico te ha devastado a medida que se escenificaba ante tu mirada la representación que cada año se desarrolla sobre el escenario inmenso, o quizá convenga decir, sobre el templo inmenso, en que se convierte tu ciudad amada. No, tampoco es exacto.
Antes de que se mostraran a tu mirada turquí las escenas que se repiten cada primera luna llena de primavera, ya las habías repasado en el recuerdo, como si tuvieras una moviola alojada en esa neurona que dices que tiene forma de escenario; te habías anticipado, y antes de que llegara la primera, ya sentías, casi lo palpabas, cómo la glándula suprarrenal expelía cantidades incontables de adrenalina por todo tu venero, de modo que tu organismo estuviera preparado para lo que se le venía encima.
Era tu muerte, Oliver, lo que te imaginabas que veías, porque la muerte inminente te espera a ti también. Saber que se trata del recordatorio de lo que ocurrió en la esquina sudeste del Imperio Romano, en Jerusalén, hace ahora casi dos mil años, no mitiga tu angustia, porque eres consciente de que esa representación no es sólo histórica, no es únicamente la memoria de un hecho que le ocurrió a alguien, sino que es el símbolo de lo que le espera a cada uno. Sabías, en fin, que te enfrentabas a lo que te sucederá y reconoce que no te ha gustado, reconoce que te has rebelado.
En esos minutos en que la angustia se ha hecho una con tus palpitaciones cardíacas, por fin, has sido sincero contigo mismo, ya era hora, Oliver, ya era hora. No eres el Mesías, ni tu vida tiene sentido de redención para nadie, absolutamente para nadie, acaso ni para ti mismo. No sabes si has venido para cumplir la voluntad del Padre o para qué, tú solamente sabes que quieres vivir, quieres seguir respirando. A pesar de que tu cerebro, curtido en los millones de páginas leídas a lo largo de tu existencia, duda de que la vida concluya para siempre cuando esa famosa dama oscura a la que los griegos llamaron Tánatos te bese para ‘deshalitarte’, a pesar de que quieres intuir que a la otra orilla de esta ribera no se tiene por qué estar mal, a pesar de todos los pesares, has sentido el pánico, el vértigo, el vacío, el horror…
Te hubiera gustado gritar que tú no quieres tal cosa. Te hubiera gustado arrojar al aire diáfano de la noche, cuchillada de plata asustada, tu salmodia que fue su salmodia, ¡Que pase de mí este cáliz! ¿Quién te podría entender, Oliver? Nadie conoce lo que te espera, salvo tu sobrina y acaso Rubén. Para todos los que te rodean, empezando por Aurora que estaba como cada año, extasiada en la contemplación de esas tallas, era un Viernes Santo más, una procesión como la que saldrá, si el tiempo no lo impide, la próxima primavera, ésa que no verás a su lado. Entonces, además del pánico por lo que se te avecina en unos meses, tu calvario particular del que probablemente no serás muy consciente (al modo que hoy eres consciente de cualquier cosa), te has sentido infinitamente peor, porque tú has querido, mira que eres cabezota, Oliver, cargar en soledad con esta enfermedad.
Reconoce, Oliver, que sudabas a pesar de la helada brisa de este abril
(¿Cuándo querrá llegar la primavera de una vez a Euritmia, mi última primavera?).
Las calles vibran con el temblor ronco de los tambores y el sonido estridente y metálico de las cornetas. (Ya lo has escrito, Oliver. De acuerdo, no lo quites. Te repites, es lo mismo). Todo continúa como cada año. Es inevitable. El silencio asombrado y, todavía sorprendido por tal acontecimiento que cambió el rumbo de la Historia (y esto es así con independencia del credo de cada cual), envuelve la ciudad. Euritmia adquiere veladuras de dramatismo y belleza.
No ha sido malo ese pensamiento. Por él has llegado a la conclusión de que en estas jornadas, es casi imperdonable no echarse a la calle, convertida en el atrio de un gran templo en el que se escenifica, de nuevo, todo aquello, aunque sabías que te arriesgabas, y de qué forma, a algo parecido a lo que te ha sucedido. En el fondo, barruntabas que hubiera sido mejor una gigantesca jaqueca desproporcionada, desaforada, que te hubiera impedido la salida a las calles…
¿Cuántas veces has dicho que tu padre no era amigo de las manifestaciones y los boatos relacionados con la cuestión religiosa? Sí, es cierto que ese pensamiento te lo transmitió y que te sucede como a él. Pero tu excepción siempre ha sido para las procesiones de Semana Santa. Ya sabes, aquello famoso de la conjunción de historia, belleza algo tremendista, armonía desgarrada, fe sencilla, todo enmarcado por las calles de la urbe, producen un efecto que alivia a las almas y las abona para comprender el sentido último de nuestra existencia. ¿Dónde está, Oliver, el alivio de tu alma?¿Dónde la comprensión del último sentido de tu existencia?
Es cierto que las imágenes que se deslizan sobre el adoquinado grisáceo son, además, un muestrario interesante de algunas de las distintas épocas de la escultura religiosa: románico, gótico, barroco, neoclasicismo, primera parte de esta centuria que concluye. También es verdad que son un resumen de algunas de las distintas sensibilidades geográficas que en España han tratado este tema, y hay tallas de las escuelas castellana, andaluza y catalana o levantina. Además, no es menos cierto, que se aúnan en un todo milagrosamente homogéneo obras anónimas (transidas de la ingenuidad estremecedora de la fe popular), trabajos salidos de talleres de artesanos dedicados en exclusiva a la creación de escultura religiosa y creaciones prodigiosas de algunos escultores barrocos y contemporáneos.
Por fin, has conseguido sujetar el caballo del miedo. No está mal un poco de lógica, no hay nada como repasar conocimientos históricos y artísticos, para que todo vuelva a su lugar. Ya no sientes pánico, has cambiado el sentido de tus latidos, pues contemplar el paso de estas imágenes en la situación en la que te encuentras ha supuesto una honda emoción para tu espíritu, como un terremoto que te ha removido de arriba abajo, ha sido como contemplar tu muerte en el espejo, pero con un grado más de aceptación.
Todo lo que te rodeaba, otra vez, adquiría sus justas proporciones, esa dimensión humana en la que te sientes cómodo, en la que te mueves con cierta soltura…
…Y por la esquina de la calle la has visto. Era ella, era la madre, ¿tu madre?, que venía sola, apoyada apenas sobre el madero desnudo, en cuyo travesaño pendía el lienzo blanco del que se sirvieron para descenderle. Más que nunca te ha parecido a punto del desmayo, casi inane (como tú mismo hace unos minutos apenas) con las manos inertes e inermes a los costados, con su cabeza inclinada hacia la derecha, con los ojos entrecerrados, con millones de lágrimas invisibles surcándole el exangüe rostro céreo, que parecía más albeado al contraste de la noche y de su vestido índigo.
¿A quién le extraña tal demolición del espíritu, si el último estertor del hijo la precede? Un estertor de enteco torso alzado, de mirada confiada, sin embargo, también izada a la inmensidad del cosmos, y de labios entreabiertos que murmuran, En tus manos encomiendo mi espíritu, o murmuran, Todo está cumplido. Un estertor que quedó levitando en el universo, como postrer caricia de la tarde, y un artista lo convirtió en imagen del sufrimiento asumido, un dolor estilizado que rehúye la sangre, porque, al fin y al cabo, lo que más duele siempre es el alma. Sí, más que nunca, has descubierto que esa talla de la madre es la viva imagen de la soledad dolorosa.
Y has llorado, Oliver, por ella, todas la lágrimas del mundo. No has podido evitarlo. Ha sido un río salobre pero tranquilo, sin convulsiones delatantes. Se ha roto toda la tensión acumulada y te has desahogado, en su sentido más literal o etimológico. Pero ¿cómo es posible que ni Aurora se haya dado cuenta? Quizá sea un pequeño regalo que alguien te ha otorgado. Pero tú sabes que has llorado, que toda la amalgama de sentimientos que te han atravesado en esa hora se ha desbordado por tus lagrimales. Aunque tampoco tu barba se ha humedecido, cosa bien extraña, por cierto…
Y cuando el cadáver del hijo, apoyada la cabeza sobre una almohada que simulaba un anacrónico e imposible bordado, ha pasado ante tus ojos, como el resumen de los despojos (hermosos y muy musculosos despojos, convendría matizar) en que la muerte reduce a la humanidad completa, te has visto en ese cuerpo perfecto, donde cada músculo tallado en madera parece carne apenas fría, y te has visto más tranquilo, con el sentimiento inexplicable de que aquella muerte de hace casi dos mil años, también recogió la tuya y la de tu madre y la de tu padre y la de tus abuelos y la de aquel primer hijo que no fue, la de todos, Oliver, y como no lo puedes explicar, pues no lo explicas, pero la confianza ha vuelto, como aquellas golondrinas del poeta, también por primavera; pero intuyes que su vocación será de permanencia.
El problema, Oliver, es que tanto excitante disperso por tu sangre te ha sacado de la cama, y mañana, o sea hoy, puede ser un día garrafal; pero tampoco es mala idea que aproveches y avances.
Avanza, Oliver, avanza…
Volvamos a ese tiempo que, según Proust, está perdido. ¡Ay, vieja niñez, cómo te añoro…!
Y quizá como regalo pascual, después de tanto tiempo lamentándome porque nada se me ocurría, entre manos se me vienen tres tareas, a las que debo escuchar, sin que me inunden.



domingo, 6 de abril de 2014

Crónica de la exposición Luz de la luz

Con esta entrada deseo agradecer a mi hermano su tremendo trabajo, y, además es una invitación para que quienes os acerquéis a Segovia, durante estas semanas, visitéis la exposición.

Mariano Carabias junto a Clara Luquero,  nueva Alcaldesa de la ciudad
durante la rueda de prensa celebrada la mañana del viernes 4 de abril
(Foto de zoquejo.com)

Ciento cuarenta y nueve. Bajando de la presentación —mientras hablaba por teléfono con mi padre—, al llegar a las escaleras que dan acceso a la Alhóndiga, he mirado hacia el edificio. Allí, espléndido, junto a su portón, un magnífico arco de medio punto, luce una reproducción inmensa del cartel de la exposición de Mariano, ese Adán que recibe la luz. Acaso ese momento infinitesimal de la historia de la humanidad en que algo cambió para convertirnos en lo que hoy somos, arcilla iluminada.

Ciento cincuenta. Me he adelantado a propósito. Sé que dentro de un rato, apenas veinte minutos, quizá menos aún, empezarán a llegar familiares muy queridos, amigos, conocidos, saludados, y se hará muy difícil poder contemplar detenidamente los cuadros.
Sé, o supongo, que vendré muchas tardes, sé, o supongo, que pasaré muchos ratos delante de estas pinturas, pero me apetecía una visión anticipada, me apetecía colocarme solo ante su propuesta, sabiendo, además, que me encontraría con novedades, a pesar de haber visto muchos de los cuadros en el mes de diciembre.
Pero la sorpresa ha sido aún mayor de la imaginada. Mayúscula podría decirse, sin exagerar.
Llueve desde hace un par de horas. Es una lluvia tranquila, casi de seda, una de esas tardes primaverales en que me apetece pasear bajo su caricia líquida que no sólo limpia el aire, sino también los pensamientos.
Al entrar en la Alhóndiga —edificio que desde hace siglos pertenece al Ayuntamiento y hoy es sede del Archivo Municipal y lugar donde habitualmente se celebran exposiciones y otros actos culturales patrocinados por el Consistorio—, he visto el nuevo retrato de una de mis hijas; bellísimo. Creo que es el tercero que le hace, y si les juntara se vería bien la evolución en su joven carácter.
Cuando he pasado hacia la mayor de las salas, me he encontrado de frente con cuatro enormes cuadros que representan a los cuatro evangelistas, a cuatro hombres inspirados por figuras angélicas, femeninas. 
Sin abandonar la técnica abstracta que se manifiesta en los ropajes, en los fondos, los cuerpos se hacen más sólidos, más rotundos, más próximos a lo escultórico. Detrás de mí, de un tamaño similar, una recreación de Juan de la Cruz… Y en estos cinco cuadros, otra novedad, otro paso en su pintura: la representación de más de un personaje: dos retratos en cada cuadro. Un reto diferente, una inquietud distinta, un sendero menos trillado por su pincel, una vía que indagar: composición, perspectivas, espacios…
San Juan evangelista, acrílico sobre tabla.
Autor Mariano Carabias (fragmento)
[foto de mi móvil]
Ocupa toda la pared de uno de los lados estrechos del rectángulo, su cabecera, como presidiendo el evento, un tríptico que ya conocía y que mostró por vez primera en Santa María la Real de Nieva; esa Parusía que invita a la paz, que no amedrenta, que llama a hacerme luz de la luz. Al lado opuesto, otro cuadro grande, de la Virgen que, más que transmitir paz, la trasfunde en el venero, no a través de una jeringuilla, sino filtrándose por nuestras pupilas. Y junto a estos siete cuadros de gran formato, las series de pequeñas tablas que llenan el resto del espacio: el colegio apostólico, ángeles, figuras veterotestamentarias, y otros dos cuadritos con dos personajes, El beso de Judas (inquietante y brumoso, pintado como con rescoldos de carbón) y La conversión de San Pablo, donde es tan importante es el caballo como el implacable fariseo perseguidor de la secta de los cristianos que aún en ese preciso instante desconoce que será el primer gran anunciador del hombre a quien pretende volver a aniquilar.
En mi mano el pequeño folleto que cualquier visitante puede llevarse a casa. Es un cuadernillo con ocho páginas en que aparecen siete reproducciones de otros tantos de los casi cien cuadros de la exposición, que podrían ser un esquemilla o una leve aproximación a lo que se podrá contemplar. La octava página, no tiene ninguna reproducción de imagen, está ocupada por un puñado de palabras que escribí, y que no sé si estropean la visita al espectador o ayudan a la contemplación:
Imagina una sola jornada sin sol, veinticuatro horas sin poder distinguir colores, sonrisas, lágrimas, apenas volúmenes sombríos. Ahora imagina un día sin noche, iluminado por esa estrella de quien depende la existencia.
Como la esencia de la vida del planeta se explica por la íntima fusión de la luz llegada desde el cosmos con otras sustancias, así nuestra esencia.
El arte podría definirse como plasmación del hallazgo del artista en su incansable rastreo. Mariano nos ofrece los resultados de su última exploración: buscar la explicación de nuestra esencia la luz, la luz de la luz.
En estos cuadros contemplarás humanos y ángeles. Son como estrellas que nos acompañan e iluminan para ver los caminos del mundo, regalándonos la esperanza de que es posible habitar una ciudad sin noche.
Regreso a la sala central, a la que uno accede al entrar al recinto. Me detengo otra vez en el nuevo retrato de mi hija. Avanzo. Un enorme retrato de su musa verdadera, esta vez encarnando una hermosísima sibila, preside esta sala. A mano izquierda, según se entra, la recreación de Andrés Laguna, reencarnado en otro amigo, al que tanto debe Segovia desde hace tantos años, tan amante y conocedor de árboles y plantas como el médico de emperadores y papas. 
Los lemas de las tablas se tornan líricos. Los cuadros se agrupan por series, pero en cada uno, además de la habitual potencia de color y formas, de la capacidad de siempre de establecer con el arcoíris un diálogo repleto de matices e insinuaciones, se añade la sugerencia que el título propone. Esta conjunción invita o empuja al espectador a poner en marcha algunas de las potencias que a veces olvidamos utilizar cuando nos situamos ante una pintura. 
Empiezan a llegar visitantes. Pero creo que no se quedarán a la inauguración. El trío de turistas que hablan en inglés se detiene con parsimonia ante la mayoría de la obra. Dialogan animadamente. Él parece explicarles a ellas algún detalle, o acaso —me figuro— traslada el título a su idioma. Otras personas, por el contrario, pasan rápido ante la sucesión de imágenes, que no sé si contemplan o simplemente deslizan ante sus ojos con menos interés que el que pondrían frente a los escaparates, y continúan su cháchara algo que parece ha revelado alguna televisión respecto del padre de una famosa.
La sala de la derecha, llena de pequeños recovecos, con paredes más reducidas, quizá sea algo menos llamativa: reúne menos tablas y no tiene cuadros de formato grande; pero para quienes estamos tan pegados a la obra de mi hermano, es fácil comprender que aquí laten hondas emociones. Por razones puramente sentimentales, esta sala traspasa mi ánimo. Además parece que algún título tiene que ver con alguno de mis versos.
Regresan mis palabras a su tierra, pues fueron sus pinceles el arado, que preparó el terreno y abonó mi tarea de escribir los andamios de los pájaros.

Ciento cincuenta y uno. Empiezan a llegar personas que no son visitantes de pocos minutos, sino quienes se sienten convocados a la inauguración de la exposición. Familiares y amigos que vienen a arropar y a reconocer —también a reconocerse— la pintura de Mariano.
Según observo por el número y estado de los paraguas que quedan en la entrada, no llueve precisamente poco.
Ahora me alegro mucho más de haber adelantado mi llegada, y no lo digo por el chubasco. Después de haber satisfecho la necesidad de contemplar la exposición, puedo dedicarme a saludar a unos, a besar a otros y a otras, a compartir una conversación, un chascarrillo, una inquietud, una confidencia, al abrazo por el reencuentro que en más de un caso propicia este instante…
Palpo que el trabajo de mi hermano —incesante, valiente y original—, llega a unos y a otros. Aunque a cada uno de forma diferente, a todos alcanza: por la belleza sin otra consideración, por la armonía de los colores, por el parecido de los rostros con el natural que, además, bucea con éxito en el corazón del retratado, por la mezcla de lo abstracto con lo real, por lo desmesurado del trabajo, por la técnica que los más especialistas descubren en cada trazo, por el tema propuesto a nuestra consideración…

Ciento cincuenta y dos. Seremos más de doscientas personas en el momento en que la próxima primera alcaldesa de Segovia nos dirige unas palabras.
[Acabo de darle la enhorabuena por anticipado, puesto que hasta mañana no es el pleno municipal en que se celebra la elección. Desde que Pedro Arahuetes anunció su dimisión y que ella sería su sustituta en el cargo, no la había visto. Se le nota emocionada e ilusionada. No hace falta que lo digan sus labios; su mirada y su gesto lo anuncian a las claras. Está bien que así sea, pues quizá su ilusión y su emoción se transmitan a su tarea. Al fin esta ciudad tiene una alcaldesa. Alcaldesa y socialista en una ciudad como Segovia… A veces convendría revisar viejos clichés].
Tras sus palabras, que demuestran que ha entendido el contenido de la exposición y que glosan la figura y la obra de Mariano, sin olvidar la que se puede ver por la ciudad, y tras otras pocas de Mariano, densas y explicativas de su intención, es el momento de continuar con los abrazos y los saludos, de acercarse a unos para comprobar el crecimiento imparable de los niños, para recibir una enhorabuena, para saber de nuevos proyectos y de nuevos logros, para constatar en cada reacción que el camino que inició mi hermano hace ya unos cuantos años, quizá algo más de un lustro, avanza firme y poderoso.
La columna del Templo. Acrílico sobre tabla.
Autor Mariano Carabias. AQUÍ SU BLOG
Si nuestra encarnadura de siglo XXI sirve para recrear a Adán, Noé, Moisés, Aarón, Gedeón, una sibila, un evangelista, un ángel…, se podría aceptar que la esencia humana apenas ha variado y, por tanto —como demuestran las miradas de los retratos, los andamios de los pájaros—, su misma naturaleza de entonces habita nuestra entraña de ahora. Si aquellas personas de hace miles de años vivieron dudas, certezas, pasiones, odios, alegrías, emociones, anhelos, revelaciones…, podemos concluir sin margen de error que nuestra vida se nutre de iguales condimentos. Si un puñado recibió o encontró lo que Mariano llama luz de la luz, entonces su pintura se eleva como un grito de esperanza, porque viene a proclamar que nosotros, individuos del siglo XXI, también somos arcilla iluminada, aunque apenas nos demos cuenta. 

lunes, 31 de marzo de 2014

Mariano Carabias: Nueva exposición, Luz de la luz

La semana pasada, entre otras cosas escribí en mi diario:

Ciento cuarenta. Ya está el cartel de la exposición, también están las invitaciones. Sólo falta el folleto.
Ayer me acerqué hasta la concejalía de Cultura del Ayuntamiento a recoger la porción que necesita mi hermano para sus envíos.
 
No conocía los recovecos del edificio de la concejalía. En realidad sigo sin conocerlos, pues una visita de apenas diez minutos no lo permite. Pero sí me volvió a admirar lo intrincado de los edificios diseñados y construidos durante el Renacimiento, o antes.
Uno pasea por las callejuelas de la judería, y las fachadas se suceden. Casi nada llama la atención, pero si por una razón u otra, se adentra en su interior descubre espacios casi imposibles, algunos milagrosos.Aún faltan unos días para que abril se inicie. Pero la llegada del libro, la recogida de estos carteles, es como el anuncio de sus heraldos. 
En abril de 2014 Mariano inaugura otra exposición, y antes de que concluya, presento un poemario. Y sé que hay dos corazones, además de los nuestros, que laten satisfechos, contemplando desde la distancia de los años como los sueños de dos de sus hijos se concretan.

Pues bien, ya se debe anunciar que la exposición de Mariano Carabias se inaugura el viernes próximo, cuatro de abril, en la Alhóndiga de Segovia. La dirección oficial es Plaza de la Alhóndiga s/n; pero mejor no liarnos. En plena Calle Real, hacia su mitad, allí encontraréis la exposición, que ha titulado La luz de la luz.
Durante un mes podréis visitarla en este horario:
De martes a viernes: De 6 a 9 de la tarde.
Sábados: Mañanas 12 a 2.       Tardes: 6 a 9.
Domingos: De 12 a 2 por las mañanas.

De momento no desvelaré más. Sólo os animo a que acudáis, de nuevo la pintura de Mariano hará que viajemos hacia los balcones que se asoman a los horizontes más luminosos del ser humano.

Fotografía del Cartel anunciador de la exposición

lunes, 24 de marzo de 2014

V DÍA INTERNACIONAL DE LA POESÍA EN SEGOVIA. CRÓNICA PARTICULAR

Foto junto a la Estatua de Machado de los poetas seleccionados en esta edición
del V Día de la Poesía en Segovia. (Foto tomada del blog con el mismo título que
administra y gestiona Norberto García Herranz. Este es el enlace para acceder a él)

Ciento veintiuno. Bajamos, los tres, a su encuentro. Y a los pocos pasos, vemos a Norberto acompañado por un buen número de personas.
Cada año el encuentro en Segovia con motivo del día de la Poesía, añade un detalle que va redondeando su originalidad.
Como le sucede a mi amiga Mª. J., la distancia entre su hogar y Segovia obliga a que tenga que hacer noche la víspera de la jornada. Parece ser, según me cuentan, que uno de los participantes sugirió o propuso un encuentro entre aquellos del grupo de seleccionados que hicieran noche en la ciudad. quienes lleguen mañana de Madrid, Valladolid, Salamanca… se habrán perdido estas horas, en que ellos —los seleccionados— tienen tiempo de comentar los detalles de este tiempo previo, sobre todo desde que su poema fue seleccionado, hasta ahora, y quienes les acompañamos empezamos a disfrutar de éste o aquél detalle, o, como en mi caso, me reencuentro con alguno de los participantes de otras ediciones que regresan este año.
Anécdota va, anécdota viene, reflexión por aquí o por allí, sugerencias que se escuchan o se sobreentienden… Ilusión.
Entre tanto, me llama M. Ya ha leído algo del ejemplar de Los andamios de los pájaros que le he dado hace un rato, cuando ha traído a Mª J. y C. Dice que le ha encantado lo que ha leído. Intuyo emoción tras sus palabras.
Acaso era la opinión que más me interesaba, una vez que JSM decidió editarlo. Al fin y al cabo es su obra la que me ha inspirado. Al fin y al cabo es el resultado de su tarea el que se tornó inspiración para mis versos.
Sí, la palabra es ilusión. Ilusión de los que han venido desde lejos y también mi ilusión.
Nos recogemos, hasta mañana, en que he quedado encargado de acompañar a una fracción del grupo, los que se hospeden en la zona alta de la ciudad, hasta el puente de la Alameda del Parral, que está junto a la Casa de la Moneda.

Ciento veintidós. Mª. J. y C. han descansado bien, según me dicen. Es larga la jornada que nos espera. Para Mª J., además, intensa.
Esta mañana bien temprano, he visto e impreso las palabras que Ll. envía por correo, las que diré en su nombre antes de leer, lo mejor que sepa, el poema que, si las cosas hubieran sido justas, debería ella habernos recitado.
Ahora empiezo a dudar si debo contar en público el verdadero relato que obliga a su ausencia, tal y como lo conozco. Ella no hace referencia al asunto, tan discreta como siempre.
A nosotros tres se han unido siete personas más entre poetas, acompañantes. Entre ellos mi tocayo AGN que ya ha llegado a Segovia dispuesto a disfrutar del día. Aunque había pensado en un margen suficiente —media hora es más que de sobra desde la Plaza hasta la Casa de la Moneda, bajando por Escuderos, el Paseo de San Juan de la Cruz y el arco de Santiago—, desde el primer minuto intuyo que no va a ser fácil, porque la ilusión y la belleza y los reencuentros y quizá las nuevas amistades, son paradas obligatorias, necesidad de aquietar el paso, imperativo para resumir aún más una explicación de mi parte.
A veces a los poetas nos llaman la atención detalles que, en apariencia, nada tienen que ver con lo habitual. Hemos pasado más minutos extasiados contemplando los almendros en flor del jardín de los poetas, o rumiando los versos de Juan de la Cruz transcritos en un par de placas, o escudriñando el horizonte…
Con cinco minutos de demora respecto de lo previsto, llegamos hasta el punto de encuentro. Pero es algo irremediable, porque la belleza de esta ciudad brinca como corzo sonriente y asalta las pupilas sin remedio.
Antes de enfilar y subir la pendiente que nos lleva al Parral, otras presentaciones y otros reencuentros. Rostros que en dos años se hacen familiares y más queridos. Algunas miradas escudriñan, acaso un poco extrañadas, la camaradería que hay entre algunos.
En pocos minutos la extrañeza se habrá olvidado. Sé, porque siempre pasa, que quienes no hayan podido acudir a la primera parte de la jornada y se incorporen a partir de la comida, sufrirán el mismo proceso, y aún será más intenso en quienes lleguen sólo al recital. Al final uno va experimentando cada día y en carne propia que es el roce de la persona, compartir un tiempo, cruzar unas conversaciones, el cimiento que evita otro tipo de roces, no precisamente agradables, y que sirven más para confundir y separar que para lo contrario.
Sé, y me acusan muchas veces de ello, que soy demasiado idealista, que parezco ingenuo, que aspiro a cosas no sólo imposibles, sino impensables salvo locura.

Ciento veintitrés. Le cuesta trabajo al grupo alcanzar la meta, esa cima de la ladera donde el Monasterio del Parral contempla una de las vistas más especiales y hermosas de la ciudad. Desde aquí el caserío parece fortaleza donde se entremezclan poder religioso y político. Las torres del Alcázar o los torreones defensivos, donde la nobleza más poderosa llegó a tener pequeña —o no tanto— guarnición militar, se mezclan con las torres de las iglesias románicas y la esbeltez de la catedral. Desde lo hondo del valle, lamido por el Eresma de bronce, qué pensarían los frailes jerónimos ajenos —al menos en teoría— a los tejemanejes del mundo, a las contingencias del presente, siempre contemplando —al menos en teoría— lo que en verdad importa de la vida…
Pero la solidez de estos muros, la contundencia y calidad de su fábrica, la belleza tan notable de todo el conjunto, especialmente de su primoroso retablo del altar mayor, dan perfecta cuenta de que, en el fondo ni podrían ni querrían ser tan ajenos a todo cuanto sucedía enfrente de sus ojos, a pesar de la distancia entre la ciudad murada y el convento, que acaso en el siglo XV pareciera mayor que la de hoy, a pesar de ser idéntica…
Y sin embargo…
Sin embargo en cuanto uno entra en las naves del templo, además de sentir el frío de una nevera en pleno funcionamiento y a máxima potencia, a poca sensibilidad que tenga, a poco que sus poros estén pendientes de lo que sucede a su alrededor, siente algo especial. Acaso ese silencio, acaso la hermosura contundente del último gótico, del primer atisbo de renacimiento, transmiten o invitan a repensar los afanes ocultos de todo ser humano a lo largo de la historia. Esta atmósfera propone un interrogante en los corazones, un asombro en las neuronas más racionales e inquisitivas.
Compartimos visita con un grupo de turistas franceses y con una visita organizada por el Patrimonio de Turismo. Dentro de la iglesia seremos unas cien personas, más o menos.
Una vez escuchadas las explicaciones históricas, artísticas, en las que se cuela una reflexión abreviada sobre lo fugaz, frágil y efímero de la vida, y por tanto, y se presenta la conciencia de la muerte como ocasión para disfrutar más del presente y como el hecho más democrático de la humanidad, pues esta circunstancia a todos nos iguala, pasamos al claustro, donde la impresión de la ciudad deja en los gestos, y en el recuerdo de cuantos lo contemplan una imagen que provoca el silencio del asombro, y la búsqueda del ángulo imposible e inédito, donde fotografiar esa postal inigualable.

Ciento veinticuatro. Conozco de vista a la guía que nos va a mostrar la Casa de la Moneda. Es su primera visita guiada a este edificio —o conjunto de edificios— tan singular.
Desde que abrieron el complejo, tras su restauración, he estado una o dos veces, pero siempre por fuera, sin recorrer sus instalaciones con detalle. Reconozco la importancia histórica e incluso artística que puede tener para esta ciudad, o para cualquiera, haber tenido una Fábrica de Moneda. Pero el asunto me interesa más bien poco, casi nada. El dinero es un mal necesario, porque sin dinero es imposible vivir, bien lo sé. Pero me atrae más una panificadora o una huerta…
Lo que hoy he conocido, gracias entre otras cosas, a la pasión, la ilusión y el entusiasmo de nuestra guía, no mejora en mucho las cosas. Lo que acaso más me hubiera interesado —que tiene que ver con lo más humano de este asunto de la fabricación de monedas—, me ha demostrado nuevamente la mezquindad humana; cuanto más poderoso más cicatero. Y me ha subrayado el convencimiento personal de que todo cuanto tiene que ver con el dinero, al final envilece y origina recelos, enemistades y guerras.
El dinero, ese imprescindible veneno que necesita la humanidad para no extinguirse a los pocos días… O eso llevan diciendo tantos siglos que parece ser cierto.
Supongo.

Ciento veinticinco. Como el año pasado, el poema que ha resultado elegido ganador por el grupo de los poetas, ha sorprendido a su autor. No estoy seguro, pero diría que Daniel es el más joven de los poetas. También como el año pasado ha coincidido que compartía mesa con él. Lo cual ha provocado más de una broma y una risa.
Cuando se ha acercado Norberto a entregar el libro, cámara en ristre, he adivinado la razón. Mientras el autor hojeaba el libro, aún ajeno a la página donde figura su nombre con la mención a ese reconocimiento, el resto de la mesa ha confirmado la sospecha. Al fin ha comprendido el asunto y se ha ruborizado y se ha sorprendido y se ha emocionado.
Leo rápidamente sus versos, y sin poder profundizar en ellos lo suficiente, me sorprende su tema en alguien tan joven, esa nostalgia que transmite. Pero en la segunda lectura, intuyo que la excusa, ese nostalgia que siente por su amada, el amor aparente del que habla no se refiere sólo al de ella, sino a la poesía o quizá a la inspiración a esa musa de tirabuzón divino e incorregible.
Este reconocimiento es la guinda del pastel del certamen. Y es también una originalidad desconocida en el resto de certámenes que uno conoce. Una vez seleccionados los poemas, todos los integrantes de la antología, en este caso veintidós, desconociendo aún la identidad de los autores, eligen sus preferidos, y de la suma de tales preferencias sale el poema ganador.
No es esencial al certamen este detalle, pero le otorga un plus de limpieza y transparencia. Y mantener hasta este instante el secreto de la decisión colectiva, regala a la jornada un punto de juego y de misterio, una pizca de picante.

Ciento veintiséis. Una vez pasado el momento de alborozo tras conocer el poema y poeta distinguido por sus compañeros, he podido echar un vistazo general al librito.
Sólo conocía los poemas de Mª J. y de Ll. En conjunto me parece una antología de calidad, acaso la mejor de todas las ediciones, aunque sea un tanto arriesgada esta opinión.
La pluralidad de los estilos, del modo de decir, no esconde lo importante, la esencia, lo común que late en cualquier poema que merezca tal nombre.

Ciento veintisiete. Mientra abren o no el Palacio de Quintanar, donde será el acto público en que se recitarán todos los poemas, charlo unos momentos con SLN., que también se ha acercado hasta aquí, como representante del jurado.
Ya ha hecho una cala —ha dicho— en Los andamios de los pájaros, y me ha emocionado lo que ha comentado sobre el resultado de la prueba.

Ciento veintiocho. He conocido, por fin, a las hijas de Mª J. No es exactamente a lo que uno aspiraba en el primer encuentro, porque esperaba más calma, un diálogo más amplio, no sé, más tranquilo; sin embargo son momentos estos que se tocan con cofia de confusión y premura, saludos y nervios. Ya falta poco para que ella haga su primera lectura pública de un poema suyo. Y se le nota no sólo los nervios normales, sino la emoción que le produce haber llegado hasta aquí.
Durante unos segundos me pasan por el cerebro todos estos años desde que nos conocimos gracias a Internet, gracias a los blog. Y me doy por bendecido, por haber sido capaz de encontrar a un puñado de personas que, como ella, nos hemos ido acompañando sin interferir en nuestras vidas, pero formando parte de ellas, sumando, siempre sumando, ayudándome a crecer, a mirar, a aprender, a aprender siempre.

Ciento veintinueve. Es verdad que quizá nos hayamos precipitado al querer entrar en la sala. Iba con la intención de echar una mano, aunque sólo fuera en para colocar algunas sillas. Pero se pueden decir las cosas de una manera o de otra o de la de más allá… incluso se pueden decir bien, con educación o un poco de cortesía.
Será que algunos de los asistentes tenemos cara de posibles vándalos o parásitos indeseables.
Pero como todo tiene sus consecuencias, en este caso este desaire ha servido para poder contemplar durante algunos momentos algunas de las salas donde se exhiben fotografías de una muestra que se celebra por estos días. Y también ha valido para intercambiar algunas frases con algunas de las poetas, con quien apenas he departido durante lo que llevamos de día. Y con más conocimiento de causa, porque ya tenía la huella de sus versos en mi recuerdo.

Ciento treinta. Creo que este año es el que más disfruto del recital. Me ha venido bien haber leído los poemas antes de empezar. Tampoco me duele la cabeza como me sucedió dos años, claro que como intuía que podía pasar, he tomado el correspondiente ibuprofeno que ha cumplido con su misión.
Mª. J. ha recitado con sobriedad y claridad. No parecía nerviosa. A diferencia de la mayoría, no ha explicado nada del poema, lo ha leído y han sonado sus versos al suave deslizar del patinador sobre el hielo con esa fluidez de la musicalidad que le ha impreso a la idea que ha sido capaz de hacer poema y que en el fondo habla de la humildad que siente alguien que toma prestado unas vestiduras que no le corresponden…
Eso opina ella, claro; pero no es verdad del todo, pues en ella, como la gran lectora de poesía que es, late —cada vez menos oculto— el corazón de una poeta que, además, escribe.
Por mi parte, al final, me he limitado a insinuar sin decir, y a leer las pocas líneas que me ha enviado Lluïsa justificando su ausencia, agradeciendo la selección, pero sobre todo, dando gracias a quienes le han ido trayendo al mundo de la poesía: Amelia Díaz Benlliuere, María Luisa Mora Alameda y María Ramos, a quienes llama, sus doulas me ha escrito, es decir esas mujeres encargadas de traer a la vida a un nuevo ser. ¡Qué hermoso piropo!
Y luego he leído del mejor modo que he sabido los versos del poema. Sólo espero no haberlo traicionado, no haber hecho trizas las intenciones de Lluïsa…
Me llevo dos penas de esta jornada. La primera no haber conocido en persona a Lluïsa, que era algo que me ilusionaba mucho, además de otras muchas ilusiones. La segunda es la ausencia de M. que ha viajado a Asturias en estos días. Por lo demás, es verdad que la mayoría de las expectativas se han cumplido. Es verdad que he conocido a más personas. Pero se me ha quedado esa espina clavada.

Ciento treinta y uno. No sé si Norberto ha reducido el número de poemas de cada bloque, intercalando más intermedios musicales a cargo de Pablo Zamarrón y Miguel Abad, que han interpretado una hermosa música que mezclaba tradición popular y temas renacentistas. Si es así, ha acertado, porque permite a la atención no decaer del todo.
He observado un denominador común, como un hilo que traba toda la antología de este año: el ser humano que no desaparece nunca de los versos. Cualquier estilo, cualquier tono, alumbra una experiencia personal o una reflexión individual que colmó en los poemas: una estrategia para mantener el amor como perenne llama, el recuerdo en forma de sentida elegía de quien nos arrebataron con mentira e injusticia, el deseo convertido en fuego por encontrar la poesía —cuántos de estos poemas, cuántos—, el recuerdo del amado, las huellas de quienes fueron en un tiempo plasmadas en la sombra de la historia, lo frágil de la identidad, la añoranza del futuro, tantas reflexiones sobre la vida, el deseo de vestirse de poeta, la memoria, el miedo a la ausencia del amado, el cuerpo como templo de la verdadera esencia, la poesía que otorga sentido a la vida, el amor apasionado frente a la falso y edulcorado, la añoranza del paraíso de la infancia, el clamor por la injusticia, el horizonte del futuro anclado en nuestra esencia del pasado, la asunción de la realidad frente a los sueños, el amor como único norte de la vida, el amor frente a las normas, la poesía para fijar el recuerdo de lo que ha de permanecer, el canto a una ciudad que nos convirtió, quizá, en lo que somos, el grito por la injusticia de estos tiempos que nos convierte en parias de la noche a la mañana.
Pero uno de los poemas, uno de ellos, me ha tocado de un modo muy especial. No sé si es el mejor, tampoco me importa, aunque casi es el elegido, según se ha dicho. Y me llega y me golpea, porque rima con mi vida, porque se cose como una sombra a mi cotidianidad, porque hilvana con ese dolor que perdura durante estos años, este dolor que ya se ha hecho amigo, este dolor inevitable y asumido, por tanto no desesperado, pero no por ello menor doloroso.
Sé que cometo injusticia al citarlo aquí, sin haber personalizado el resto, pero cómo no dar las gracias a Vicente Rodríguez Manchado, como no solidarizarme con su emoción y las vaharadas de los ojos de su esposa, si son mis vaharadas, si es mi emoción, si es su Canción de cuna para una madre, la misma nana que entono cada día.

Ciento treinta y dos. Nos ha costado a la mayoría más de veinte minutos terminar de salir del Palacio de Quintanar. Firmas de poemas en los ejemplares de la antología entre compañeros y quizá nuevos amigos, abrazos y besos de despedidas, intercambios de mails, comentarios con unos o con otros.
En mi caso, además, saludos a algunos conocidos que han asistido al recital como público y salen encantados de lo que han visto y han oído.
He salido al patio a fumar un cigarrillo y he contemplado la hermosura del almendro sobre el que cae la luz ambarina de una farola dándole una expresividad fascinante, casi surrealista. Como decía R. que ha acompañado Mª. S. al recital, contemplando la torre circular del Palacio de las Cadenas que desde aquí se ve, la unión de la naturaleza y de la historia en un instante. Y al señalarle la cigüeña posada sobre la esquina del tejadillo de otra torre, la pequeña dicha ha sido total…
La pena es que algunos debían retornar a sus hogares, que otros necesitaban algún descanso.
Pasa siempre, llega el final del recital y cierta sensación de melancolía y de bajón se apodera de las papilas de mi lengua…
Aunque este año, en nuestro caso, hemos prolongado la jornada. C, Mª J., Mª S, R y yo hemos ido a tomar algo calentito, mientras llegaba el momento en que Ana llegase desde la Granja, para rematar el día.