El tiempo pasa, pero hoy queda detenido. Esa sonrisa aún ilumina la memoria de mi infancia, la astucia de sus ojos y esa habilidad mágica de sus dedos nunca quietos para tener todo listo a tiempo: casa, ropa, comida... caricias.
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miércoles, 21 de diciembre de 2016
CELEBRACIÓN DE LAS CARICIAS (Reedición. A Faustina María García, mi madre, in memoriam)
¿Desde hace cuántos meses o años, no publico nada aquí...? A la vista queda, es muy sencillo, un poco más abajo descubriréis que desde el 16 de julio de 2015 este blog entró en un silencio que hoy por fin se rompe.
Todo tiene su explicación, pero sería tan largo, sería tan tedioso.
Hace más de siete años (el 2 de diciembre de 2009) publiqué esta entrada que ahora reedito.
Entonces aún todo era posible y todo estaba muy lejos, casi al otro lado de la vida.
Pero justo un par de años más tarde -poco más o menos- empezó el camino del dolor y la enfermedad, ése que antes o después cada humano sigue.
No me siento especial. Ni el luto de mi corazón difiere en mucho del resto de mujeres y hombres que perdieron un día a uno de los seres más queridos. En este sentido soy como el cien por cien de individuos de la especie.
Su enfermedad que -¿casualmente?- concluyó con su muerte el pasado 2 de diciembre de 2016 -y juro que hasta ahora no he descubierto la coincidencia- me obliga a este sencillo homenaje de amor y gratitud eterna.
Quizá regrese poco a poco a este rincón de la Red. Quizá no. Aún es pronto para saberlo, pero eso es lo de menos. Lo que en verdad importa es que en vísperas de las navidades, deseo felicitaros a todos, si es que alguien aún queda por ahí, con la reedición de esta entrada, como una doble tarjeta navideña: el retrato que de ella pintó mi hermano y el texto que entonces me sugirió y que hoy, una vez leído, sigue siendo igual de válido... O quizá cobra aún más fuerza.
Retrato de nuestra madre,
pintado en estas últimas semanas por Mariano Carabias María
El tiempo pasa, pero hoy queda detenido. Esa sonrisa aún ilumina la memoria de mi infancia, la astucia de sus ojos y esa habilidad mágica de sus dedos nunca quietos para tener todo listo a tiempo: casa, ropa, comida... caricias.
Envuelta por la luz es más ella de lo que se figura.
Cuando los dedos toman los pinceles, emprenden un baile inexplicable para el resto de los mortales. Sólo quien ha sido testigo de este milagro entiende que sus pinceladas sean capaces de reventar sobre la inanimada superficie de la tabla o del lienzo o del papel y que por ello algunos de sus trazos, más que pinceladas, sean caricias.
Y a veces sucede que el tiempo detenido fondea en el alma para llenar una de sus oquedades con el recuerdo de caricias y de pinceladas... Pinceladas sobre piel y caricias sobre lienzo... Dedos que dibujaban afecto sobre la infancia y pinceles que trazaban caricias con todas las formas y todos los colores.
miércoles, 18 de julio de 2012
Regreso de Madrid, noche de junio
Regreso de Madrid, noche de
junio, con toda la pobreza de sus calles ruidosas (a pesar de su aspecto
sonriente y danzarín), enclavada en mis ojos extraviados. Pero ya no hay opción
para el engaño, tampoco para hechizos fugitivos. El alcohol como abismo de las mentes
coloniza y destruye más miradas. La miseria embadurna uñas y pieles, las viste
con diseños casi arcaicos, que vuelven con furor a nuestras vidas. La fetidez
oscura y glutinosa que repta desde el aire a mi nariz. Dos hermosos caballos (día
y noche), tan altos y tan fuertes, se acercan distraídos y obedientes, montados
por agentes policiales. No estoy acostumbrado a este paisaje, mis pupilas
acunan distintos horizontes. Aquí inspiro pobreza, como un átomo del etéreo
elemento que permite la vida: oxígeno y pobreza, hidrógeno y angustia, nitrógeno
y dolor, vapor de agua y miedo, dióxido de carbono con orín, ozono y heces,
criptón y borracheras, argón y esquizofrenia. Esta noche, una brasa sobre junio,
no hace falta mirar con más detalle, ni escrutar en rincones muy sombríos, ni
perderse al envés de una luz tenue, acaso moribunda; ni siquiera es precisa una
mirada. Hoy sólo respirar es suficiente para que la penuria se me adentre. Como
si protestara, como si se quisiera hacer presente, como si reclamara sus
derechos, hasta ayer arrumbados dentro de espacios mínimos, ocultos y alejados
(siempre lejos). La manifestación de la escasez ha sido autorizada, me susurran
los belfos de la yegua castaña, mientras se contonea lentamente sobre los
adoquines de Santa Ana en dirección al Prado, como si caminase sobre una
pasarela.
martes, 17 de mayo de 2011
Silencio
(Publicada en el libro "Veante mis ojos" de Raúl Rodríguez)
Y ahora aquí, tan lenta esta mañana como el murmullo de una flor, asisto al prodigio de una esencia, a la explosión de una fragancia que huele como huelen los endecasílabos, cuomo huelen los besos, como huelen las miradas de las madres. Se acerca la hora de un silencio, ese silencio en que me sumergiré con la misma sonrisa con que los pájaros juegan con la primavera.
Y en silencio asistiré al milagro de algunos versos que limpiarán mi mirada de mentiras, orgullos y oropeles, y en silencio dejaré que brote el sonido de mis propios versos para que, luego, se escondan dentro de una nube de tormenta, esa tormenta que anuncia el canto inquieto de un mirlo invisible, para que mis palabras se deslíen en el fragor de una tempestad de niños desarbolados y sin juegos. Soy un vagón cargado de fardos de silencios. No hay más que mi silencio y el brillo intacto de sus poemas hermosos como el mármol, diligentes como el río y hondos como el pan. No soy nada, no soy nadie, silencio, hierba en el rumiar de un herbívoro adormecido.
Sí, el silencio que cruza cada uno de mis poros henchido de frío y sueños que se marchitan como las sonrisas de los lirios nacidos al solanar. Silencio, una parva de silencio entre dolorido y resignado, entre humillado y espléndido. Hay una suerte de esplendor en este silencio. No alzaré mi voz, ni siquiera elevaré mis ojos hacia las miradas que amasan las respuestas. Aquí, allá, en cualquier parte, estarán mis letras, pero mi voz no se alzará. Permaneceré vertical y silencioso, asistiendo al milagro de los versos que se olvidan, de los versos que nadan por descuido en unas pocas docenas de pupilas escindidas de los torbellinos inútiles, pero imparables. Silencio. Silencio. Anticiparé el silencio de mi nicho, la ceguera de esa tumba inexistente que un día albergará mi sangre, ya estancada para siempre, como un charco que se pudre. Sólo merezco el silencio, sólo mi silencio para no molestar, para no distraer a los ocupados de sus tareas trascendentes e improrrogables. Hollaré con mis palabras cuadernos recosidos por manos artesanas, porque si no ensucio estas cuartillas, mi mirada apestará a llanto. Allí estará el milagro de sus versos, y me zambulliré con mi silencio sobre ellos. Mi silencio se perfumará con el aroma de los endecasílabos, y mi useño se mecerá en el reverbero de una campana después del tañido de maitines… Sólo quizá, me atreva a que la aurora escuche mi voz, murmurio de algas para no romper el sueño –vuestro sueño-, y me sonría. (Aunque tampoco tengo garantizada la comba de sus labios…).
Silencio, sin más, para continuar asistiendo al prodigio de una esencia, a la explosión de una fragancia que huele como huelen los endecasílabos, como huelen los besos, como huelen las miradas de las madres.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Aspiraciones
Sólo aspiro a seguir soñando, aunque la vida enrede mis sueños. A veces parece que navego en una embarcación sin capitán, con el timón inutilizado, con el ancla perdida, con el velamen deshilachado. A veces siento que la borrasca me zarandea y hace que la nave –pequeña y liviana- zozobre en mares peligrosos, mares nocturnos, preñados de monstruos indecibles y asesinos… Sólo aspiro a que mi voz encuentre su hueco, ese espacio pequeño –casi de ameba- en el que pueda entonar las tres o cuatro notas que le hayan sido asignadas, poco más que la aparición de un meritorio en la función de su estreno. A veces siento que es inútil este afán, esta brega diaria; pero al contemplar la fuente diminuta que me espera cada jornada, compruebo que el agua que mana, es la misma que fluye de las fuentes monumentales, inabarcables, tan bellas, tan lejanas. Y al cruzar el silencio del jardín donde se ubica, al acercarme a ella, le noto más niña, más accesible, y la sed se sacia, y la piel se limpia, y el sudor se alivia, y, al escucharla, compruebo que su sonido también es una canción… Sólo aspiro seguir siendo un eslabón –lo he repetido tantas veces-, un eslabón en una cadena infinita. No porque su final no exista, sino porque está tan lejos ese extremo que es inalcanzable para mi imaginación, por mucho que la estire. A veces una farola iluminada, como un pomelo escarchado e insípido, me impide contemplar cómo las estrellas besan los párpados y los labios y la piel entera del cosmos… Sólo aspiro a no ser labio de Judas. A veces las voces golpean a mi alrededor, seduciendo con brillos que deslumbran, atacan a las retinas con sonrisas incólumes, en apariencia, y siento que debo columpiarme en ellas, hasta que descubro que hay demasiadas grietas en demasiadas pupilas como para emplear el latido de una tarde en mecerme ante un espejo cuyo azogue desgastado sólo devuelve, aburrido, el eco de mi efigie… Sólo aspiro a medir el tictac de mis horas en caricias regaladas sin imposiciones. A veces las horas se tornan disputas palaciegas, donde sólo se venden y compran cortesías con guadañas camufladas, o se vuelven diálogos de charcutería, donde sólo se mercadean vísceras cubiertas por lágrimas y olvidos, y me doy cuenta de que me convertiré en cáscara podrida o en caníbal insaciable o en aburrido mojón sin camino, cuando mi destino es ser caricia, cauce o puente… Sólo aspiro a seguir labrando sueños con mi torpe cincel de letras y silencios sobre los corazones que me encuentren en este trayecto tan hermoso y, ay, tan breve.
martes, 15 de febrero de 2011
Esbozo
Incansable como estrella alumbrando la noche. Exigente como tierra acariciando el arado. Incorrecta como hambre vomitando tiranos. Tenaz como mar besando la playa. Directa como brisa de invierno limpiando los rostros. Sincera como diamante puliendo el cuarzo. Fuerte como avecilla venciendo tormentas. Paciente como escultor rescatando de una roca sin sangre la esencia del beso. Austera como almendro floreciendo en abril. Valiente como madre entregando su vida y su esencia. Soñadora como poeta escribiendo sus versos. Optimista como niño anhelando juegos, sirenas y elfos. Sensible como espliego perfumando el viento. Diligente como hormiga proveyendo el invierno. Honrada como luz descubriendo una lágrima. Amiga como sol nutriendo los surcos y los amaneceres. Intensa como piano de Brahms meciendo recuerdos.
lunes, 31 de enero de 2011
Un milagro diminuto
Escribía, o sea respiraba o me desangraba o reía por las yemas de los dedos, hoy, esta mañana, treinta y uno de enero de dos mil once, que, para las cuentas de mi vida, ha sido el último día del año dos mil diez, cuando un milagro diminuto, casi invisible, me ha zambullido en el compás frío de la mañana.
Estos milagros sólo brotan en algunas ciudades tan pequeñas que parecen dobladas como un pañuelo y caben en el bolsillo del pantalón, incluso sin desmontar las veletas de las cúspides de las torres de las iglesias.
Vivo en una ciudad de semejantes proporciones, una ciudad que se puede mirar a los ojos sin empinarse mucho. Lo justo, quizá lo necesario. Una ciudad tan pequeña que es inabarcable como el latido de un corazón.
¿He dicho que escribía, o sea respiraba o me desangraba o reía por las yemas de los dedos? Sí, creo que lo he dicho. Entonces, de pronto, como una aparición sonora, ha aullado sorprendiéndome, asustándome —tan ocupado estaba en respirar o en desangrarme—, el timbre del portero automático.
Mientras me abrochaba las venas, pues ciertas intimidades, aunque se cuenten, no conviene contemplarlas —cuestión de higiene pública—, he descolgado el telefonillo y por suerte he podido hablar, por suerte mi voz no ha perecido en ahogada en el torrente matinal de versos y luz gramínea…
—¿Amando Carabias María?—, ha preguntado el telefonillo como un pájaro fumador de cigarrillos rubios de importación. —Tengo un sobre que no cabe en el buzón—. Era el cartero, he deducido a pesar de todo.
Un cartero que quizá ha adivinado que portaba, dentro del sobre amarillo como la mies del campo, el latido atrapado para siempre de muchas gotas de sangre sonrientes y felices, que han ocupado el sueño de Pilar, de nuestra amiga Pilar Aguarón.
El matasellos, como una carcajada tatuada, era de Zaragoza, que es una ciudad más desdoblada y más alta y más extensa que Segovia, mi ciudad, por tanto hay más besos y caricias por repartir y, también, supongo, más soledades y menos carteros como este pájaro sudoroso a pesar del frío.
Y al llegar de nuevo a mi hontanar, he abierto en un desgarro inmisericorde el sobre y las letras de Pilar Aguarón me sonreían, me saludaban agitando pies, manos y trenzas infantiles. Pura algarabía.
Parece ser que la burocracia de la gran ciudad ha retrasado y retrasa un número de trece dígitos —debe ser difícil leer trece dígitos sin tropezarse con alguna esquina—, pero como su sueño ya está maquetado, me ha enviado el libro que, porque ella lo ha querido complementará su próxima exposición. Con otras miradas. 24 escritores en torno a la pintura de Pilar Aguarón se titula la próxima publicación.
Y porque ella lo quiso y yo acepté como se aceptan los regalos el día de Reyes, también aquí están mis respiraciones, un poco de mi desangrarme diario. Y pronto, muy pronto, con su autorización, compartiré en este espacio ese pequeño relato…
Si sus pasos no están lejos de Zaragoza o si sus zapatillas quieren ponerse en marcha, la exposición de Pilar Aguarón Ezpeleta se celebrará del 8 al 26 de febrero de 2011 el ECAD de Zaragoza (Espacio Cultural Adolfo Domínguez. Puerta Cinegia. Coso, 35 Zaragoza).
lunes, 17 de enero de 2011
Como un zafiro desnudo. (Oniliria V)
La tarde se hizo princesa del sol y jugueteaba y reía y saltaba. Era una tarde fría y rubia, como una niña asustada, como un zafiro desnudo. Del poniente llegaban voces de hielo, como susurros de viejos poemas tristes que hablaban de miedo, que hablaban de muerte, que dejaban la piel añil del pinar cubierta por ecos de lirios y perfumes de entierro. Mientras mi mano sentía el latido vivo de otra mano, tal que jilguero de luz, contemplé los garfios grises de la niebla, que desgarraron la carne del sol, y lo convirtieron en menuda moneda de plata, como una luna diminuta y difusa sobre la montera de los árboles. Y cuando el barco quiso acariciar la espalda de los trigales dormidos, las garras de grisalla y frío, lo alzaron como si fuera una lágrima del paisaje o un dragón de un sueño. Y la tarde, de pronto, dejó de ser princesa y dejó de jugar y reír y saltar, porque la tarde no era tarde, sino su cadáver lechoso… Hasta que mis ojos enturbiados, ensordecidos, asustados, se refugiaron en sus ojos. Allí, en su mismo centro, como en su sala de estar, el sol y la tarde jugaban, reían, saltaban...
miércoles, 5 de enero de 2011
Lluvia de enero.
Me gusta pasear bajo la lluvia lenta, bajo esa lluvia serena de ciertos días, tan escasos por desgracia.
Hoy ha sido una de esas jornadas en Segovia. Para transitar por enero, las temperaturas han sido agradables. Pongamos que unos siete grados a las cuatro de la tarde, cuando he salido a la calle. La luz era más bien un tubo de plomo, quizá lo más arisco de la jornada, pero no se puede tener todo. Además, como aún las tardes son cortas, tal que una subida de sueldo a un funcionario, tampoco importaba en exceso.
Caía la lluvia con esa parsimonia con la que respiran los niños mientras duermen y sueñan. Caía con calma, pero con esa intensidad que suele definir a la persona hacendosa y constante. Eso que tanto solía escuchar en mi infancia: sin prisa, pero sin pausa. Era más que el típico orvallar asturiano, pero si lo definiera de chaparrón, exageraría. Llovía de ese modo en que la tierra se esponja y los charcos nacen con pereza, como sin querer.
Además, para completar la dicha que me produce este tipo de lluvia, el viento debía estar descansando de sus afanes... Ni siquiera la brisa jugaba a la comba sobre mi cara.
Perfecto.
Me hubiera gustado que mi cazcaleo urbano sólo se hubiera visto acompañado por la banda sonora de este llover sereno y continuo; pero tal hecho hubiera sido un milagro, pues la hora hacía imposible que la ciudad durmiera. Así que el sonido de las gotas de agua no llegaba a alcanzar ni siquiera el título de murmurio de una fuente lejana. Por más que aguzaba el oído, ni siquiera percibía el roce de los brillantes líquidos sobre la tela del paraguas. Y como cuando paseo, no sólo cazcalean mis pies, sino que mi cabeza también vagabundea de un lado a otro, este tránsito sin brújula me ha llevado a recordar un poema que escribí hace tantos años… Uno de los primeros.
Creo que lo escribí, si no me equivoco, hacia abril o mayo de 1979. Lo publiqué en el Adelantado de Segovia el diez de agosto de ese 1979 (acabo de ver el recorte, la fecha es precisa). Luego lo incluí en Humanidad perdida…
EN LA CALLE
El cielo llovía lágrimasde cansancio.La noche era negra.En la calle yo,nadie más.El humo de un cigarrillocubría mi faz.Un murmullocallado,suave,me rodeaba.En la calle yo,nadie más.Las luciérnagas de electricidad temblabany se diluíanen el aguanegra y transparente.En la calle yo,nadie más.Los pasos retumbabanen mis oídos;sólo el ruidode lágrimasde cansanciome rodeaba.En la calle yonadie más.
Ahora lo que me gustaría saber es por qué he recordado ese poema, precisamente. Quizá la lluvia haya sido tan similar a la de aquella noche… Una noche que, por lo demás, no recuerdo mal, y no la recuerdo mal, porque escribí esos versos.
El poema se me ocurrió mientras cruzaba bajo la lluvia el Paseo del Salón. Creo que venía de acompañar a alguien. Supongo que andaba un poco melancólico, no lo sé. Pero es cierto que por la calle, al menos por ese lugar de la ciudad, a aquellas horas no había nadie…
Lejos de llenarme de melancolía, hoy he me he sentido dichoso recordando este poemilla, recordando todos los avatares que acabaron con él en las hojas de un libro.
Y pensaba también lo curioso que es que mi primer libro de poesía nació, después de haber publicado muchos poemas en el Adelantado de Segovia... es decir poco a poco con el conocimiento de algunos lectores. O dicho de otro modo, di a la imprenta un libro que no era inédito... Igual que ahora, gracias a este blog, nació Versos como carne. No, no deja de ser curioso...
Pasan los años (más de treinta) y no cambian las cosas. No cambian tanto, al menos. Ahora el periódico local no publica poesía, pero antes no existía internet...
La lluvia, sin embargo, era la misma...
martes, 2 de noviembre de 2010
Frágiles, livianos, quebradizos...
Estamos hechos de una pasta más bien blanda. Por mucho que nos creamos fuertes como robles o como rocas de montaña, somos frágiles, livianos, quebradizos…
Y sin embargo el ansia de eternidad nos domina. ¿Tenemos miedo a la muerte? ¿Tenemos miedo al dolor que precede a la muerte? ¿Nos da vértigo la nada o el todo?
Por mucho que las ideas que se graban en la razón día por día, nos hablen del sentido lógico de un final que nos retorna a pura materia en descomposición para volver a iniciar un incansable ciclo, al que llamamos vida, hay algo en nosotros que repele esa idea…
En estos días en que los cementerios pueden ser y son punto de alguno de nuestros peregrinajes, aunque sólo sea mental, conviene que nos detengamos en esa frontera, en ese momento en que dejamos de ser lo que somos y empezamos a ser otra cosa: quizá sólo materia orgánica en descomposición (mejor dicho, en nueva composición), quizá energía que se funde en la energía, quizá luz, quizá otra vida, quizá nada, quizá un sueño, quizá el recuerdo en quien nos quiso y a quien quisimos.
Hoy la tierra de los caminos de los polvorientos cementerios castellanos, era barrillo frío. La humedad reverberaba en vaharadas que salían de bocas y narices atentas a las letras sólidas y nítidas de las lápidas. A pesar del inmenso sol que doraba la alameda, en el cementerio los cipreses casi negros impulsaban a hacerse llanto.
Todavía no se han marchitado las flores de ayer, a pesar del agua, del viento y el frío de la víspera. Todavía resuenan en el camposanto los ecos de los bisbiseos de las oraciones aprendidas en la infancia, y el sutil rastro de lágrimas (algunas más visibles que otras).
Algo, en esta pequeña ciudad de los muertos, me dice que aquí no está nuestra última morada.
Y aunque sé que esta afirmación no es compartida, sé que tampoco os extrañáis de que la exponga, y menos hoy y menos ahora, en que el día de difuntos ya ha anochecido y en los cementerios sólo quedan los muertos.
viernes, 23 de julio de 2010
Quinientas Mariposas
Banco de imágenes gratuitas
Miró detrás de sí mismo, como por costumbre, sin fijarse en exceso, casi por descuido.
Descubrió palabras que colgaban de su pensamiento, como las uvas de la parra. Vio ideas que se amontonaban en su cerebro y la mayoría acababan sumiéndose por algún desagüe del cerebro. Vio proyectos que crecían como la ilusión y la hierba. Vio alguna pierna que intentaba zancadillear su ánimo, y lo más que logró fue trastabillarlo y un rasguño indeleble en el alma. Vio que las sonrisas son escasas, como las piedras preciosas, y se sintió millonario pues a él le habían tocado muchas. Sintió la comprensión y la amistad como el aire que respira cotidianamente. Y no le importo el cansancio.
Quizá no es lo que había buscado exactamente al principio, pero comprendió que esto estaba mejor aún. Pero comprendió con más sorpresa aún que las mariposas, a pesar de todo, tienen larga vida, quinientas entradas más tarde.
lunes, 28 de junio de 2010
Quiero tener el eco de tu mirada...
Quiero tener el eco de tu mirada, de tu voz, quiero el eco de tu presencia en mi mirada, en mi latido. En cada paso que dé sobre la piel de este planeta, quiero embrazar el eco de tu presencia. La dicha de tus ojos que iluminan el discurrir de la mañana.
Nunca te olvides: hoy somos felices.
Aunque la vida dañe con sus uñas de felino, aunque se tambalee la piedra clave del edificio alzado con prudencia, aunque un túnel oscuro nos envuelva, nuestros latidos marchan al compás, y el cimiento será inmóvil. Que el mundo entero sepa nuestra dicha, y el universo aplauda, grite, vitoree, que un sideral escalofrío cruce por sus vértebras, que las estrellas ovacionen nuestros besos.
Nunca te olvides: hoy somos felices.
Aunque la vida dañe con sus uñas de felino, aunque se tambalee la piedra clave del edificio alzado con prudencia, aunque un túnel oscuro nos envuelva, nuestros latidos marchan al compás, y el cimiento será inmóvil. Que el mundo entero sepa nuestra dicha, y el universo aplauda, grite, vitoree, que un sideral escalofrío cruce por sus vértebras, que las estrellas ovacionen nuestros besos.
Mírame, estoy dispuesto a ser molécula, ínfima parte de hálito que vuela desde tu boca al cosmos. Lo que soy entero es todo tuyo siempre. La calma de la noche, este silencio..., esta quietud me inunda con tus ecos y me devuelve tu figura. Que tu risa no me abandone nunca, que los sonidos que flotan y me rodean, me alcen a tu altura. Quiero que continúe mucho tiempo (la eternidad entera si es posible), este sonido que me inunda de paz.
Sueño que acaricio tus párpados, liquen cálido que reposa entre mis dedos. Sueño que tus hebras, pedazo de sol que alumbra mis dedos, enarbolan deseos de justicia. Sueño con el perfil de tu fragancia. Sueño que estás aquí, junto a mis dedos hambrientos, ávidos, de ti sedientos. Fuego podría ser. Podría ser huracán, o podría ser tormenta. Lo más probable es que la onda expansiva de esta pasión indómita erosione mi corazón, o en dos trozos lo parta, que acabarán cayendo a tus pies.
Tu sonrisa ha durado, sólo, décima de segundo, mas vale el mundo entero, el cosmos detenido entre tus labios. El horizonte púrpura danza el baile de la felicidad. En la cima de la montaña, el aire sueña que peina cumbres, que fabrica bucles de organdí para que adornen de hilos de plata el sueño: luz precisa.
lunes, 7 de junio de 2010
Esquicio*
De nuevo mi ánimo se levanta con la fortaleza de los juncos sobre la ribera. De nuevo quiero alzar mi voz con la misma contundencia del rumor de las fuentes. De nuevo mi deseo es iluminar con la potencia con que las pupilas de los gatos tachonan la madrugada. De nuevo alzo la energía de mi brazo invencible como una caricia. De nuevo mi oído busca el misterio del universo en el leve paso de una brisa. Es todo cuanto soy: la fortaleza de un junco, el rumor de una fuente, el temblor de una pupila, la potencia de una caricia, el leve paso de la brisa...
_______________
Esquicio: 1. m. Apunte de dibujo.
lunes, 31 de mayo de 2010
ESTA TARDE
El periódico descansaba sobre una silla, como si se hubiera olvidado de las noticias que dormían como alimañas plácidas. El ordenador había cerrado su único ojo de un millón de imágenes, con algunas lágrimas. También los teléfonos móviles habían sido apagados, ni siquiera silenciados… Las televisiones y los aparatos de radio, habían sido amordazados.
Sólo el chirleo de los aviones, los piídos de los verderones, o de los gorriones, el gorjeo del mirlo, el canto del jilguero, y algún graznido de urraca o de tórtola, eran la banda sonora de la tarde.
No importaba nada. No nos importaba nada de lo que aconteciera más allá de la orilla de nuestras pieles, que se habían convertido en un solo deseo. El mundo era apenas una tramoya insustancial. No es que estorbara, pero estaba tan lejos de la entraña de la luz de la tarde…
En aquellas ciudades lejanas, la nuestra, por ejemplo, había otras gentes. Unas eran solitarias que deslizaban su soledad con entereza y con una sonrisa de felicidad; otras arrastraban su soledad con desasosiego como víboras que no muerden. Existían otros enamorados que paseaban con las manos enlazadas, como sarmientos de vida. También había personas que, simplemente, se dejaban acariciar por el sol o por una nube. Otras reían o lloraban...
...El mundo, su devenir.
Sí, estábamos seguros de que había otras gentes. Pero estaban tan lejos esta tarde.
Porque esta tarde sólo he sido testigo de su temblor, y en aquel temblor, como de luz que suspira, estaba todo el misterio del mundo. Estaba el mundo.
miércoles, 31 de marzo de 2010
ESCUCHAN MIS DEDOS

Escuchan mis dedos los susurros de tu piel, imanes para mis manos, limaduras de viento preñados de semillas de vida. Cada poro es una llamada sinuosa convocando a la existencia en esta primavera que germina tan despacio. Cada uno de tus latidos me emplaza estremeciendo la raíz de mis sueños y es imparable esta urdimbre de caricias que recorren tu geografía lunar. Se cimbrea el tiempo y no traspasa el alambique inexpugnable de este espacio. Temerosos, no se quiebre un milagro, los instantes se miran, detienen su discurso y arrían su paso acodados sobre el umbral de nuestras geografías. Mientras, las estrellas incineran el cielo de la noche…
lunes, 29 de marzo de 2010
CONTINÚA EL CLAMOR

Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo
van por la tenebrosa vía de los juzgados
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan
(Miguel Hernández. Las cárceles. “El hombre acecha”)
van por la tenebrosa vía de los juzgados
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan
(Miguel Hernández. Las cárceles. “El hombre acecha”)
Continúa el clamor, Miguel, en nuestra madre España, que de nuevo es acechada por viejos vampiros sedientos de olvido. Ahora que redobla el tambor de la pasión, y en las calles la primavera se hace niña peinada con trenzas de azahares, la tierra sigue soportando los huesos anónimos de cadáveres sin nombres, como ángeles extenuados y famélicos.
Escarbamos aún la tierra con nuestras manos, atravesando con dentelladas secas y calientes cada terrón teñido en sangre, en busca de la osamenta de aquellos que se amaron en fuego y hambre para hacernos fuego y pasión que late en fiebre de caricias. No amordazarán el bramido de este mar que se abre de parte a parte de la mirada.
Cuando hace sesenta y ocho años en la cárcel de Alicante, paraste, Miguel, tu respirar, cuando gritaste en la pared:
Y sueño contigo, Miguel, semejante sementera.
Quisieron perdón y cuando el rocío acarició su sien con el perdón, también quisieron el olvido. Y el olvido, Miguel, es la muerte. Y la muerte no se olvida.
Porque los vivos necesitamos la memoria y el nombre de los muertos, pues para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Por alguna razón, siempre que pienso en Miguel Hernández, me viene a la cabeza esta música. Sé que a muchos os parecerá más apropiado cualquiera de los poemas versionados por Joan Manuel Serrat. Y tendréis razón. Pero no puedo evitar volver a incluir esta música de otro ilustre republicano que murió en el exilio: Salvador Bacarisse.
Escarbamos aún la tierra con nuestras manos, atravesando con dentelladas secas y calientes cada terrón teñido en sangre, en busca de la osamenta de aquellos que se amaron en fuego y hambre para hacernos fuego y pasión que late en fiebre de caricias. No amordazarán el bramido de este mar que se abre de parte a parte de la mirada.
Cuando hace sesenta y ocho años en la cárcel de Alicante, paraste, Miguel, tu respirar, cuando gritaste en la pared:
cuando la enfermedad dobló tu mirada de acero y nácar, cuando tu cuerpo, como el toro, dobló para siempre y humilló la cerviz atravesado por ese rayo que no cesa, quizá atesoraras un vendaval de rabia, a pesar de la tuberculosis y del olvido. Quizá soñaste con un horizonte de romeros y olivos, de encinas y pinos, de hayas y alcornoques, donde las manos de todos los hijos de esta madre tierra España se engarzaran en el sueño de un futuro compartido, de un futuro sin más trincheras que hirieran su vientre maternal."Adios hermanos, camaradas, amigos: despedidme del sol y de los trigos",
Y sueño contigo, Miguel, semejante sementera.
Quisieron perdón y cuando el rocío acarició su sien con el perdón, también quisieron el olvido. Y el olvido, Miguel, es la muerte. Y la muerte no se olvida.
Porque los vivos necesitamos la memoria y el nombre de los muertos, pues para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Por alguna razón, siempre que pienso en Miguel Hernández, me viene a la cabeza esta música. Sé que a muchos os parecerá más apropiado cualquiera de los poemas versionados por Joan Manuel Serrat. Y tendréis razón. Pero no puedo evitar volver a incluir esta música de otro ilustre republicano que murió en el exilio: Salvador Bacarisse.
lunes, 22 de febrero de 2010
ESTOS DÍAS AZULES Y ESTA LUZ DE LA INFANCIA...
Uno de los últimos retratos de D. Antonio.
Imagen tomada de Internet


Hoy se cumple el septuagésimo primer aniversario de su muerte
en el pueblecito francés de Colliure.
El último verso escrito por el poeta decía:
Estos días azules y esta luz de la infancia.
In memoriam
Estos días azules y esta luz de la infancia se arrugan en el viejo gabán que será mi mortaja. Estos días azules y esta luz de la infancia quedan tan lejos que no calientan mis huesos ateridos y tristes. Estos días azules y esta luz de la infancia me empujaron al temblor del recuerdo de sus manos tan blancas mientras el Duero cantaba canciones de gesta vestidas de arco, alzadas en flechas de olmos hendidos, a las afueras de Soria. Estos días azules y esta luz de la infancia recorren la huella de otros días azules de otro sol sin niñez, de otros días de salmodia en francés tras la lluvia que quería ser manto de plata envolviendo la voz de los jóvenes recitando a Verlaine. Estos días azules y esta luz de la infancia se asoman tras el andamio de mis ojos y son horizonte a la inversa, como si la brújula de mi mirar, sabiendo que se acerca la hora de emprender el camino sobre las aguas, me obligara a revestirme de infancia. Estos días azules y esta luz de la infancia son la meta hacia la que me gustaría retornar en una singladura desprovista de equipaje, desnudo como los hijos de la mar. Estos días azules y esta luz de la infancia son el tesoro que acaricio y que me atavía después de desnudar de ecos a las voces. He surcado las tierras grises de los olivares andaluces. En las altas parameras de Castilla, junto a las torres de cigüeñas, he amado la más pura inocencia de la juventud intacta y la más apasionada locura de la madurez serena. He soñado una España que no deje el corazón helado al españolito que llega. Mi torpe aliño indumentario y el humo de mi cigarrillo me han acompañado en el bullicio parisino (ay, París de infantiles pulmones agrietados) y en el Madrid acogedor y cálido, como regazo de matrona de Roma. He esperado, sin esperanza cierta, junto a las caricias de espuma mediterránea, el milagro de una victoria... Ahora que en mi último viaje me veo triste y solo y enfermo y derrotado, ahora que en esta pensión de febrero el sol quiere aventurarse a una primavera fría y temprana, ahora que mis nudillos llaman a las puertas del vacío, ahora sólo me resta el recuerdo de un patio en Sevilla, de un limonero que huele a sol, de un cante quedo en la fuente, y de este tesoro que tintinea en mis manos vacías: estos días azules y esta luz de la infancia…
miércoles, 3 de febrero de 2010
VÉRTIGO
Vértigo, de Salvador Dalí.
Me acechan los colmillos de las dudas y de los miedos babeantes de pus y sangre, esos afanes que atormentan la placidez del horizonte. Remejen mis poros las pisadas que oigo dentro del corazón mientras expulso el aire retenido tras las puertas de los alvéolos ateridos. Pisadas que me persiguen con aullidos que sólo se aventan en los callejones de mis arterias, donde nadie más escucha el eco de sus miradas acusadoras…
Sé que son pocas cosas las que hago bien, pero ahí afuera, detrás de las nubes de humo y ruido, peleo contra la docena de bloques que componen cada almanaque sobre el que se derriten mis ilusiones y crecen las dudas y los miedos, hasta que se convierten en colmillos que babean pus y sangre.
Cuando se acerca el instante en que no hay sombras que me espíen ni hay espacio para el asedio de tal presencia imprecisa, pero tan concreta como el arrullo lejano de las fuentes de la infancia, ese canto de aire y agua que conduce a la nada donde cada músculo se mece en la amnesia de sí mismo, las flores emergen como joyas de la mirada, y se asoman en silencio y sonríen como un padre sonríe ante la pataleta del niño caprichoso.
Por más que lleguen los dedos de la noche tibios de caricias de estrellas, queda una hienda que me asoma al abismo y el vértigo azuza la mirada, pero lo soporto antes de caer en el vacío de la oscuridad, donde todos terminamos por caer…cada jornada.
miércoles, 27 de enero de 2010
EN TIEMPO REAL
Cortan tus manos la esencia de la tarde, mientras prenden de tus dedos, como anillos de rubíes, los últimos rebrillos de este crepúsculo de invierno. El principio del ocaso, como un lirio prematuro, se desgaja del cielo que ya casi no es azul de puro cansado y aterido. Mis ojos devoran el último matiz de la luz que se desmaya, para resucitar de su ceguera, mis ojos, cansados, se tumban sobre una línea quebrada como radiografía de piedra, y un zumo de rosas acaricia la efigie de la mansión donde yace el cuerpo agonizante de la tarde. Mientras el incendio crepita en el corazón, un abanico helado esparce el último destello de una perla de aguamarina.No puedo acceder al recinto de tus sueños, a la cripta mágica y caliente donde se desborda la ilusión, donde nace el llanto, donde tiembla el miedo, donde hiela la soledad, donde la noche ausculta a las estrellas sin bufandas, donde tus labios se convierten en comba para que salten felices mis dedos como niños de la infancia.
Detrás de la espalda de tu nombre, esa luz de fragua agónica, entreteje la túnica de luz que envuelve el territorio de tus latidos, y espero, como un guerrero sin coraza, que el último latido de la tarde convoque el premio de la paz y del silencio del planeta para que tu voz resuene con la vocación con la que el ungüento sana las heridas de la guerra.
viernes, 1 de enero de 2010
NO LO ESPERES MÁS.
No lo esperes más. Deja de contemplar el horizonte. Olvida el reloj que se anuda a tu muñeca donde laten tus pulsos. No entornes tus ojos impacientes al almanaque sin abrir. Ya está aquí. Ha aterrizado como un beso sin labios entre nosotros. Mira, mira las laderas de tus manos. No están vacías.
¿No lo ves…?
Vuelve a mirar..., más despacio. Sosiega el pensamiento. Aquieta el ritmo de tus pasos. Detén tu alocada carrera hacia ninguna parte. Ahora vuelve a mirar las laderas de tus manos.
Espera... No. Mejor aún, no mires. Aprieta los párpados como si fueran dos portones, pásales el cerrojo y siente. Sólo siente.
Hazte oído y piel. Eres sólo oído y piel. Cada poro es un tímpano que se asoma a todas las latitudes del horizonte.
¿Y ahora no sientes su respiración de cachorrillo indefenso que tiembla de miedo en medio de la noche, miedo al frío, miedo a la soledad, miedo a los colmillos de la mentira, miedo a la garra de los asesinos...?
Ya está aquí. Sin mancha. Sin defecto. Espléndido… y desprotegido.
Cuelgan de sus dedos, aún cerrados y débiles, todas las promesas y todos los deseos y todos los sueños. De sus ojos brota despacio, como una brizna de hierba, todavía sin color, la luz de cada jornada. Es un halo tenue, casi opalino, pero tan maleable que tu propia mirada puede trocarlo sol o puede tornarlo sombra de la noche o puede convertirlo en cansada chispa con anemia.
No busques más. No es necesario. Cada respuesta es la melodía de los latidos de tu sangre. Nada más.
Ya está aquí. Sin mancha. Sin defecto. Espléndido… y desprotegido.
Cuelgan de sus dedos, aún cerrados y débiles, todas las promesas y todos los deseos y todos los sueños. De sus ojos brota despacio, como una brizna de hierba, todavía sin color, la luz de cada jornada. Es un halo tenue, casi opalino, pero tan maleable que tu propia mirada puede trocarlo sol o puede tornarlo sombra de la noche o puede convertirlo en cansada chispa con anemia.
No busques más. No es necesario. Cada respuesta es la melodía de los latidos de tu sangre. Nada más.
No indagues en oráculos improbables. No escrutes la caligrafía de las estrellas. No desmenuces el silogismo de las entrañas hediondas. No analices el extracto de la acrobacia de las golondrinas.
La criatura habita en ti y eres tú quien determinará si sus manos, todavía cerradas, como temerosas, serán caricias, serán puñetazos o serán muñones atrofiados. La criatura habita en ti y eres tú quien con sus latidos construirá sinfonías o edificará explosiones o levantará rascacielos de indiferencia. La criatura habita en ti y eres tú quien le proporcionará la hoz del campesino, la guadaña del exterminador, o una lata llena de burbujas vacías.
Y llegará, también está aquí, no lo dudes (dispón el funcionamiento de todos los radares de tu piel para evitar un choque brutal), el retumbo de los gritos de los poderosos y el tren cargado de miseria y llanto al que te habrás de subir, salvo que quieras morir a su paso y la risa incongruente de las máquinas de la mentira. Y no podrás contra ellos… Son indestructibles porque en ellos está la destrucción.
Pero no te dejes engañar. No permitas que su estrategia del miedo anule la verdad.
No lo esperes más. Deja de contemplar el horizonte. Olvida el reloj que se anuda a tu muñeca donde laten tus pulsos. No vuelvas tus ojos impacientes al almanaque sin abrir. Ya está aquí. Ha aterrizado como un beso sin labios entre nosotros. Mira, mira las laderas de tus manos. No están vacías.
¿No lo ves…?
Vuelve a mirar..., más despacio. Sosiega el pensamiento. Aquieta el ritmo de tus pasos. Detén tu alocada carrera hacia ninguna parte. Ahora vuelve a mirar las laderas de tus manos.
Espera... no. Mejor aún, no mires. Aprieta los párpados como si fueran dos portones, pásales el cerrojo y siente. Sólo siente.
Y llegará, también está aquí, no lo dudes (dispón el funcionamiento de todos los radares de tu piel para evitar un choque brutal), el retumbo de los gritos de los poderosos y el tren cargado de miseria y llanto al que te habrás de subir, salvo que quieras morir a su paso y la risa incongruente de las máquinas de la mentira. Y no podrás contra ellos… Son indestructibles porque en ellos está la destrucción.
Pero no te dejes engañar. No permitas que su estrategia del miedo anule la verdad.
No lo esperes más. Deja de contemplar el horizonte. Olvida el reloj que se anuda a tu muñeca donde laten tus pulsos. No vuelvas tus ojos impacientes al almanaque sin abrir. Ya está aquí. Ha aterrizado como un beso sin labios entre nosotros. Mira, mira las laderas de tus manos. No están vacías.
¿No lo ves…?
Vuelve a mirar..., más despacio. Sosiega el pensamiento. Aquieta el ritmo de tus pasos. Detén tu alocada carrera hacia ninguna parte. Ahora vuelve a mirar las laderas de tus manos.
Espera... no. Mejor aún, no mires. Aprieta los párpados como si fueran dos portones, pásales el cerrojo y siente. Sólo siente.
De ti depende que mañana sea radiante como el pétalo de una margarita
domingo, 6 de diciembre de 2009
TARDE DE OTOÑO
Imagen tomada de Internet 

Contemplo la tarde que se desmaya, despacio, como suspiro de campana. En la parte baja de esta calle veo un hombre que carga una pesada maleta. Es una maleta antigua, de las que sólo se ven en los museos o en los viejos desvanes donde se arrumban los trastos inservibles. El hombre, más que viejo, parece vetusto; diríase que en vez de años, en breve cumplirá siglos; diríase que en vez de andar, lo andan. Sube despacio, con el cansancio de la historia mordisqueándole la planta de los pies que se defienden lijando el pavimento, humedecido por las escasas lágrimas que una nube ha olvidado a su paso sobre nuestras cabezas. El humo de mi cigarrillo, que también parece antiguo y pesado, en vez de trepar hacia las costuras del cielo, se desvanece, como la tarde, en un deliquio extraño, como si todo hubiera cobrado el sentido del sinsentido. Intuyo que en unos pocos segundos, antes de que termine el paso que ha iniciado el hombre que carga con la pesada maleta, abrirán sus ojos de ámbar las farolas. Primero contemplarán nuestros besos y luego serán vigías de la madrugada, para mantener a raya las acometidas de las pesadillas.
Contemplo la tarde que se desmaya…, que se ha desmayado ya.
Contemplo la tarde que se desmaya…, que se ha desmayado ya.
Sé que si giro la cabeza hacia el inicio de la calle, no veré al hombre; habrá desaparecido, como la tarde, como el día, como el desmayo.
Sin embargo en la avenida paralela, el trasiego de la jornada festiva, desmiente la melancolía y confirma la soledad.
Sin embargo en la avenida paralela, el trasiego de la jornada festiva, desmiente la melancolía y confirma la soledad.
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