Tomado de Banco de imágenes gratuito
Nunca le había gustado ni su mirada, ni su gesto, ni sus palabras, ni sus silencios. Pero lo de aquella mañana había superado cualquier crueldad.
¿Hasta dónde llegaría el reino?
Sabía que tenía que ser prudente, pues el bienestar de los suyos, al menos su tranquilidad, estaba en cumplir las órdenes sin rechistar, ocultar sus pensamientos, sus sentimientos, sus ideas como si no los tuviera, comportarse como los perros fieles. Pero...
Tenía miedo, pero, al mismo tiempo...
Sí, era un insignificante cazador, y precisamente por ello, la engañaría. Bien sabía él lo fácil que es engañar con una víscera en las manos. Lo difícil era conocer el corazón de las personas.
Sí, era un insignificante cazador, y precisamente por ello, la engañaría. Bien sabía él lo fácil que es engañar con una víscera en las manos. Lo difícil era conocer el corazón de las personas.
Mientras retornaba, escuchaba el eco de las conversaciones con su esposa. A ella no se lo contaría. Mejor tener la fiesta en paz. Estaba harto de sus sermones.
-Por muy mal que te caiga, es la reina, y a ella te debes –decía, cuando salía el tema. Daba igual que él protestara.
-No, querida, la reina murió cuando nació la niña… Esta es…, sólo es su madrastra.
Sí, tenía miedo, para qué negarlo, pero qué feliz se sentía al haber desobedecido palabras tan claras, concisas y contundentes.



