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lunes, 10 de enero de 2011

El cazador

Tomado de Banco de imágenes gratuito



Nunca le había gustado ni su mirada, ni su gesto, ni sus palabras, ni sus silencios. Pero lo de aquella mañana había superado cualquier crueldad.
¿Hasta dónde llegaría el reino?
Sabía que tenía que ser prudente, pues el bienestar de los suyos, al menos su tranquilidad, estaba en cumplir las órdenes sin rechistar, ocultar sus pensamientos, sus sentimientos, sus ideas como si no los tuviera, comportarse como los perros fieles. Pero...
Tenía miedo, pero, al mismo tiempo...
Sí, era un insignificante cazador, y precisamente por ello, la engañaría. Bien sabía él lo fácil que es engañar con una víscera en las manos. Lo difícil era conocer el corazón de las personas.
Mientras retornaba, escuchaba el eco de las conversaciones con su esposa. A ella no se lo contaría. Mejor tener la fiesta en paz. Estaba harto de sus sermones.
-Por muy mal que te caiga, es la reina, y a ella te debes –decía, cuando salía el tema. Daba igual que él protestara.
-No, querida, la reina murió cuando nació la niña… Esta es…, sólo es su madrastra.
Sí, tenía miedo, para qué negarlo, pero qué feliz se sentía al haber desobedecido palabras tan claras, concisas y contundentes.

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miércoles, 2 de junio de 2010

Blancanieves al anochecer.

Imagen tomada de la página Banco de imágenes gratuitas



Atardecía sobre el bosque vestido de niebla. Ya había acabado de ordenar todo el espacio. Era como si jugara con alguna de sus casitas de muñecas.
Era feliz.
Allí vivían seres que parecían niños por el tamaño de sus ropitas, pero trabajaban como debían trabajar los adultos. Alguna cosa le había contado su padre antes de morir, pero ella no le había prestado mucha atención.
Casi seguro que aquellos seres diminutos se alegrarían de su presencia. Todo estaba limpio: hasta las ventanas. Había encendido el fuego que daba el calor de hogar. Se atrevió a preparar la cena con lo que había encontrado por la despensa.
Le gustaba la paz que se respiraba alrededor, a pesar de la niebla.
Pero no sabía si llegarían, o no, aquella noche, u otra. Por los detalles, como retales desperdigados en la casa, suponía que dormían allí y que cada mañana volvían a salir a un trabajo que parecía desarrollarse en un lugar polvoriento, a juzgar por el lamentable estado de la ropa.
Agazapados tras un árbol, siete individuos de aspecto sucio y siniestro, discutían entre susurros el modo de sorprender a quien había invadido su espacio vital, sin más, sin avisar, usurpando su casa, su territorio, su vida.
El miedo se reflejaba en catorce ojos iracundos.

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miércoles, 7 de abril de 2010

POR LA NOCHE, BLANCANIEVES


Después de que la voz del cazador le obligara a salir corriendo, oyó el zumbido de la flecha que se clavó con precisión en el pecho del corzo que observaba el atardecer. El miedo empujó sus pasos a una carrera precipitada y quizá la larga falda se había rasgado en la zona del volante por culpa de una raíz que al anochecer se asomó sin previo aviso. Quizá sus manos de luna presentaban el leve rastro de un reguero de amapolas, porque después de tropezar su piel decidió adornar la espina de una rosa nocturna. Quizá en sus ojos todavía danzaba el primer vuelo de la lechuza. Quizá algún murciélago despeinó sus cabellos de joven rescatada.
Sin embargo nada era comparable con aquello. Una puerta por la que a penas pudo entrar. Tres o cuatro ventanas en las que sólo una de sus pupilas podía asomarse a través del cristal. Quince peldaños que subió en tres trancos no muy alargados. Cacerolas, sartenes, platos, vasos, cubiertos, del tamaño que siempre soñó para sus juegos y que nunca le permitió aquella mujer tan hermosa por fuera, como monstruosa por dentro…
Pero olió el intenso aroma del hogar, y supo, encorvada para no pegar contra el techo, que en adaptarse a aquella realidad residía su salvación.
Al menos la inmediata.

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lunes, 1 de febrero de 2010

BLANCANIEVES EN EL BOSQUE

Blancanieves, detalle. obra de María López-Gallego


Mientras Blancanieves pasea por el bosque, no deja de tocarse el pecho, después del susto no tiene claro que su corazón siga donde le corresponde. Le atormenta el pensamiento, porque duda que el cazador engañe a la reina con un corazón de un cervatillo.
‘¿Y si reconoce la trampa?’ se pregunta.
No se imagina a la reina caminando por este mismo bosque. Será difícil que toda una reina decida caer tan bajo. Perderse entre estos andurriales, tropezar con los dedos de las raíces que sobresalen de la tierra, pincharse con las púas de algunas plantas, sentir el bufido de los murciélagos.  Además cualquiera la reconocería.. Y tampoco enviará a un ejército para que busque a una pobre princesa...
A medida que se pierde entre los vericuetos del bosque su corazón se calma, aunque se siente cansada…
Pero eso es otro cuento.

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