jueves, 15 de enero de 2009

LA SOMBRA (Capítulo quinto)

Me despertó la fría respiración de mi sombra, la que envejecía al ritmo de mis latidos. Se había subido a la cama y temblaba, no precisamente por causa del frío. Había amanecido hacía un rato y era el momento de levantarse para repetir el cometido diario, ése según el cual hemos de cumplir con una misión de la que es difícil precisar su último sentido en la mayoría de los casos, al menos en el mío.
Pero aquella mañana no estaba yo para disquisiciones filosóficas de altos vuelos. Ni siquiera para vuelos rasantes o alicortos. El temblor de mi sombra provocó un escalofrío en mi cuerpo, bastante resentido por el escaso descanso nocturno.
No logré que ese tintineo medroso desapareciera de su configuración oscura, a pesar de los intentos reparadores que procuré: saludable ducha, copioso desayuno perfectamente homologado por cualquier dietista contemporáneo (fruta, zumo, pan, aceite de oliva, un café con leche desnatada) y buen perfume (el que guardo para las grandes ocasiones normalmente relacionadas con escarceos poco confesables a pesar de mi soltería empedernida).
Antes de abrir la puerta (algo imprescindible para salir a la calle y llegar a mi lugar de trabajo: una anodina oficina pública), volví a escrutar a través de la mirilla, adminículo que en las últimas horas se había convertido en el único horizonte de mi existencia. En realidad sabía lo que me encontraría, lo hice por si se había producido el milagro de la deserción de la sombra vigilante ante mi falta de interés.
No, no había milagro. Allí estaba.
La escalera de este edificio de la calle Arcipreste de Hita, es una escalera minimalista: si dos personas de complexión normal se cruzan en ella, no podrán pasar al mismo tiempo, ni siquiera poniéndose de perfil, tendrán que cederse el paso obligatoriamente. Además es oscura, lo que, ciertos días a ciertas horas, le confiere el calificativo de tenebrosa. (Más de una vez he pensado la posibilidad de alquilársela a algún productor de cine de terror y así ganar unos eurillos extra, pero aún no me he decidido). Sin embargo aquella mañana, la luz pálida del sol que acariciaba Euritmia era suficiente para que las sombras, cualquier sombra cumpliera de modo eficaz con su misión de realzar el volumen de los objetos, animales o cosas a los que estaban asignados. Por tanto, descubrí sin dificultades su presencia. Estaba en pie. Por cómo se acariciaba la melena (quiero decir, el espacio que supuestamente ocuparía el cabello), parecía impaciente, como si supiera que una mañana más llegaría tarde a mi mesa de trabajo, donde los papeles acumulaban sabiamente el polvo, en un equilibrio perfecto que les dotaba de esa suave pátina detrás de la que se intuía que no habían sido abandonados del todo, sino que eran revisados con cierta frecuencia, pero que, por razones sólo explicables por su custodio (o sea yo), no podían salir aún del corral en el que pastaban (o sea la mesa). Quizá también dedujese ella, la sombra, que el retraso concreto de esa mañana no era sólo debido a la consuetudinaria costumbre que me confería el apodo de Zanguango entre mis compañeros, sino que había un añadido más, una causa que incrementaba el retraso en la salida del hogar.
Pero hasta yo tenía que salir. No era cuestión de telefonear a la oficina fingiendo algún mal que me impidiera la asistencia. Un mal lo suficientemente grave como para exculpar mi ausencia por un día, pero no tan grave como para que me impidiera retornar a mi querida mesa a la mañana siguiente, como mucho la posterior. Pensé en una indisposición gástrica, o en un esguince de tobillo, o en una lumbalgia repentina, o en una conjuntivitis fulminante, o en un secuestro exprés (quizá esto último era más cierto de lo que parecía). Pero no tuve valor, porque sospeché que al siguiente amanecer o al otro, la situación sería similar. Suponiendo que no hubiera empeorado y aquella sombra hubiera terminado por invadir mi piso de soltero.
Abrí, pues, la puerta, crucé su umbral, la cerré, me di la vuelta, respiré hondo y salí como si tal cosa, como si no hubiera visto a aquella sombra con vocación de funcionaria de prisiones, como si no sintiera el movimiento cada vez más frenético de mi propia sombra que amenazaba con descoserse de mis talones y desintegrarse y desaparecer y dejarme en una situación ridícula: sin sombra propia y con sombra ajena al acecho. Supuse (un pensamiento absurdo, sin más) que la sombra expectante era capaz de escuchar los latidos de mi corazón y di por hecho que comprendería mi miedo, pero ella actuó sin mostrar que había detectado esa ansiedad que comenzaba a ocupar la corriente de mi torrente sanguíneo.
Durante unas décimas de segundo pensé despistarla, pero el recuerdo de la noche anterior, acudió a mí como un freno poderoso. No merecía la pena emprender una carrera alocada, ella se deslizaría sin dificultad y siempre me tendría al acecho. Por no hablar de que mi condición física me dejaría tirado sobre el pavimento unos doscientos metros más abajo, en el mejor de los casos. Además sabía a dónde iba, salvo que, efectivamente, no acudiera a mi puesto de trabajo. Pero no era plan, ya digo, de una nueva ausencia.
Me sentí más Zanguango que nunca cuando comprobé que los escolares, los más pequeños infantes de la ciudad que ya habían entrado en la vorágine de la organización social, caminaban hacia la escuela de las manos de sus hermanos mayores o de sus madres, cuando comprobé que más de un comercio ya estaba abierto al público. El retraso se había prolongado en exceso. Así que apreté el paso, cosa bien extraña en mí.
Miraba de reojo y ella siempre estaba allí, sin embargo invisible para todos. Sólo un perro callejero, chucho de raza imposible, gozquillo acostumbrado a sobrevivir de cualquier manera, adivinador incansable de los peligros antes de que se materializaran, pareció intuirla y se apartó de ella, escondiendo el rabo y agachando las orejillas. Mi sombra espía se ahilaba a los coches que enmarcaban el bordillo de la acera de la calle Arcipreste de Hita, o se hacía sustancia de las piedras de los edificios de la Avenida Gonzalo Fernández de Córdoba, o saltaba, como las antiguas ardillas, de farola en farola mientras ascendíamos el Paseo de las Olmas y, al final, cuando llegué a la oficina, escondida, casi invisible en la calle de Tulipanes, propincua a la Solana, estaba tranquilamente acomodada en mi asiento. Sin saber yo cómo, se me había adelantado, la muy ladina.
Tuve miedo de sentarme, pero la mirada de don Evencio (con semejante nombre no se puede ser otra cosa que jefe) fue, más que un empujón, un lanzamiento en toda regla que me catapultaba hacia mi destino inexorable. Tampoco las miradas de mis compañeros permitieron que pensara una estrategia adecuada para dar tiempo a la sombra a que abandonara mi asiento, o, en su defecto, una idea que me permitiera permanecer en pie durante unos minutos. Cualquiera repetía la típica pregunta matinal, mi saludo cotidiano, ‘¿A alguien le hace un cafelito?’
No había otra solución: tenía que sentarme sobre la sombra. Mi sombra de siempre y la sombra ajena y mi cuerpo, formarían, por primera vez, un trío indisoluble.
Lo último que pensé, justo antes de que mis nalgas tomaran contacto con el asiento que ocupaba la sombra acechante fue que tendría que haber anunciado por teléfono a mis compañeros que había sido movilizado por el ejército, tras un cataclismo internacional que obligaba a disponer de todos los hombres en edad de portar armas y, añadir, además, que mi destino era una misión de paz en el interior de un submarino que zarpaba hacia Nueva Caledonia del Sur.
Efectivamente, es fácil llegar a la misma conclusión que están llegando todos ustedes: el pánico había sustituido a mi sangre.

7 comentarios:

Adrian Dorado dijo...

Sigo con la intriga, lo cual dice que está bien mantenida la trama y expectativa de los cautivos lectores.Me gustó "vocación de funcionaria de prisiones" 3 vocablos silábicamente larguitos que me resonaron en el imaginario a las sargentos nazis de las peliculas de la Lina Weihtmüller (nunca sé donde va la h)como "Pascualino siete bellezas"...
Zanguango (pero dicho con S sabes que los argentinos nos parecemos en eso a los andaluces) me decía mi abuela de chico cuando me mandaba alguna de las mías. Término que no se usa para nada en estos lares.Sólo lo escuché en boca de ella que, por cierto era bastante culta,y ahora rememoro contigo así que me remitiste a la infancia.Y otra que me parece genial es el nombre Evencio, lo has inventado o existe?
Aquí na nai no se usa para nada.
Bueno, sabes que uno de mis favoritos es la serie inconclusa y en capítulos de la sombra, así que tu lector culimundino surero agradecido.
¿Andas bien?

Amando Carabias María dijo...

Como las rosas, Adrián.
Evencio existe, es nombre antiguo y que ya nadie, salvo escritores desesperados y viejitos seculares usa. Zanguango es palabra también en desuso, aunque el diccionario de la RAE lo contempla con tres acepciones; sin embargo la tercera, precisamente la que más me interesa en este contexto, se la cargan en la próxima edición. Ahí va el rollo:

zanguango, ga.(De zangón).

1. Indolente, embrutecido por la pereza. U. m. c. s.
2. Desmañado, torpe. U. t. c. s.
3. Ficción de una enfermedad o impedimento, para no trabajar. Hacer la zanguanga
4. lagotería.

Lo mejor de todo es que este texto te haya remitido a la infancia, aunque haya sido por una sola palabra.
Perdón por la pedantería

Amando Carabias María dijo...

Como las rosas, Adrián.
Evencio existe, es nombre antiguo y que ya nadie, salvo escritores desesperados y viejitos seculares usa. Zanguango es palabra también en desuso, aunque el diccionario de la RAE lo contempla con tres acepciones; sin embargo la tercera, precisamente la que más me interesa en este contexto, se la cargan en la próxima edición. Ahí va el rollo:

zanguango, ga.(De zangón).

1. Indolente, embrutecido por la pereza. U. m. c. s.
2. Desmañado, torpe. U. t. c. s.
3. Ficción de una enfermedad o impedimento, para no trabajar. Hacer la zanguanga
4. lagotería.

Lo mejor de todo es que este texto te haya remitido a la infancia, aunque haya sido por una sola palabra.
Perdón por la pedantería

javier dijo...

Amando, me parece que tienes cuerda para rato, de lo cual me alegro, pues espero las siguientes entregas con interés. Con la descripción que has hecho del itinerario seguido hasta el curro, dificil perderse por las calles de ésta nuestra Euritmia.

PORFIRIO CRUZ dijo...

¿Euritmia?
Alguien de los supuestos seguidores podría explicarnos algo.
Un poco de respeto a los lectores.

javier dijo...

PORFIRIO, por casualidad he vuelto a leer los comentarios de esta entrada y he leido el tuyo, espero sacarte de la duda, ya que lo solicitas de un seguidor de este blog y yo soy asiduo lector del mismo y autor del comentario anterior al tuyo.
La explicación la tienes en el margen derecho, según miras la pantalla, en el apartado que Amando titula "LO QUE SÉ DE MÍ", justo debajo de su foto. Una de sus obras la tituló "Cuentos de Euritmia", los acontecimientos e historias que se relatan en este libro se desarrollan en una ciudad "imaginaria" llamada Euritmia; resulta que además ésta tiene un sorprendente parecido con Segovia, una pequeña y bellísima ciudad castellana con muchísima historia y que ha servido de inspiración a multitud de artistas que pasaron o vivieron en ella y que afortunadamente sigue cautivando a los que hoy la habitan. Los nombres de lugares y personajes han cambiado, Amando como buen "Escribidor" se ha encargado de éllo.
A tí Porfirio y a todos los que leais este comentario os animo a leer este libro y espero que disfruteis de él como lo hice yo.

Espero haberte servido de ayuda.

Un saludo

PORFIRIO CRUZ dijo...

Muchas gracia, Javier, por la información.
Yo también he llegado por casualidad a los comentarios de ayer y veo que el autor no ha contestado, que lo has hecho, tú.