jueves, 12 de marzo de 2009

IN MEMORIAM

Este texto lo escribí como homenaje dolorido alas víctimas del atentado de Atocha del 11 de marzo de 2004. Aquí publico una nueva versión que trabajé durante el día de ayer, fue mi pequeño homenaje a las víctimas, y por tanto, es diferente al que se leyó en sudía en Radio Segovia, y al que ayer dejé en el blog de Juan Cruz, de el diario El País
1. Aún no..., Aún...
La aurora aún no ha desperazado sus pestañas para alejar del horizonte a la madrugada fría y encogida, aún está lejos la hora del amanecer, tan lejos que no llegará hasta vuestras pupilas su luz de libélula. La casa mantiene aún vivos los rescoldos de la noche, pero no escudriñáis sus rojas brasas alimentadas de sueños y caricias y besos y deseos y respiraciones sosegadas (salvo la de los bebés, que aún sonríen), pues la mano incansable del tiempo os empuja en el centro de la espalda, sobre las vértebras impacientes para que miréis adelante: la mano apremia o aprieta o estruja: la ducha demasiado rápida y demasiado gélida, el desayuno demasiado escaso y demasiado frío, la camisa y la corbata, y un traje raído, acaso, la blusa y la falda, quizá, una vieja gabardina, la camiseta estampada y el jersey y el pantalón de siempre, el chándal del hermano y la cazadora desgastada, los zapatos, las botas, las deportivas…, y las carteras y las bandoleras y las carpetas y la humilde bolsa del supermercado con el frugal almuerzo, y las mochilas (las vuestras, digo, no las que contienen el tictac obituario), en fin lo que preparabais con minuciosa desgana, con detallada apatía, con dedicada distracción, mientras los sueños (últimos sueños) se desperezaban en alguna recóndita circunvolución del cerebro ilusionado.
2. En la calle.
El asfalto está húmedo, húmedo y oscuro, ensalivado de rocío, barnizado por lágrimas anticipadas, lacado por gotas de lluvia próximas, como el recuerdo de los sueños que aún os aletean; acaso esté regado por operarios sonámbulos de la madrugada, pues vuestro recuerdo no atesora el dato de que lloviera, menos aún que quizá orvallara; más bien vuestro recuerdo perezoso es una mixtura henchida de goles blancos, caricias descuidadas por la costumbre, y besos postreros, robados o perdidos, pero besos al fin. Las luces cítricas arrojan esencia oblicua de zumo de pomelo sobre los charcos sucios, temblorosos, titilantes y dubitativos de las aceras y de la calzada y de los andenes y de las vías. Los pasos se apresuran con autónoma voluntad de percusiones o fricciones diversas, ante el sonido presentido o adivinado o intuido del tren que llega, que llegará, en unos instantes y que no se debe perder, no se debe demorar unos minutos. Hay tantas razones para llegar a tiempo, para precipitarse en las entrañas de ese tren inevitable: acaso porque la espera del siguiente sea incómoda y fría, acaso porque en cierto asiento que se acerca otro cuerpo espere vuestra presencia, acaso porque el examen sea vital, acaso porque el frío os parezca intenso, acaso porque al final del trayecto aguarde la razón que justifica la vida, o mejor, acaso porque al final del breve trayecto cotidiano anide la razón que permita poseer los rescoldos de los sueños aún vivos de la noche, aunque no escudriñéis sus rojas brasas alimentadas de sueños y caricias y besos y deseos y respiraciones sosegadas.
3. El primer silencio
Vosotros, nuestros llorados ausentes, no sabéis, ¿o sí?, que tras la hecatombe de vuestros cuerpos irreconocibles, pedazos de carne abrasada y mancillada y descuartizada y destruida y despedazada y carbonizada, hubo un silencio cósmico en los corazones, en cada corazón, en todos los corazones. Quedamos desnudos, al borde de la derrota, ante el pánico, inermes ante el odio que reparte venganza y terror cual ciclón asesino o volcán iracundo o terremoto homicida, por tanto, inexplicable, como el llanto de los niños, o la desaparición del sol. Vosotros, nuestros llorados ausentes, no sabéis, ¿o sí?, que cada corazón sintió que pudo ser él el reventado o el de la esposa, o el del esposo, o el del padre, o el de la madre, o el de la hija, o el del hijo, o el del hermano, o el de la hermana, incluso el de la nieta, o el del nieto, que por un azar no iba montado en aquel tren convertido en ataúd metálico retorcido, siniestramente agujereado, descuajado su corazón para siempre. Vosotros, nuestros llorados ausentes, no sabéis, ¿o sí?, que el efluvio a carne carbonizada llegó a cada pituitaria aunque la distancia fueran cientos o miles de kilómetros y que aquel olor será para siempre el aroma del horror, ese terror que anuda, o atenaza o estrangula los corazones, todos los corazones, cada corazón.
4. Ellos
Escondido tras vuestras miradas oscuras y mates anida el pájaro bruno de la venganza, grazna ávido de la carnaza derramada, hasta ayer pétalos hermosos que dejaron de respirar, cuarteados en miríadas de pedazos irreconocibles. Es vuestra sonrisa, esta mañana fría, una sonrisa cadavérica, homicida de ilusiones y miradas al más allá del horizonte, homicida de caricias que quedarán rotas, homicida de besos que no encontrarán otros labios, homicida de sueños que no rodarán bajo las cálidas almohadas, homicida de trabajos redentores del hambre allende el océano inabarcable, homicida de risas infantiles que abrazan muñecos en cunas revueltas soñando, quizá,
con los maternales labios combados en juguetonas sonrisas, ahora partidas como un espejo inútil. No sé si tanta carne lacerada os habrá acorralado hacia el dolor, no sé si habéis sentido alivio por las cuentas del ábaco que cuenta las muertes que se equilibran, o por el sufrimiento que se nivela aquí y allá, pero hedéis como cadáveres en el infierno y no hay salvación para vosotros, pues ningún dios, salvo los falsos dioses humanos, pide sangre derramada, pues ningún dios, salvo los falsos dioses humanos, fagocita a sus criaturas, porque cualquier dios, salvo los falsos dioses humanos, repugna la muerte a manos del hermano, porque cuando Caín mató a Abel y huyó, encontró, sino misericordia, al menos protección, pues cualquier dios, salvo los falsos dioses humanos, es siempre, el dios de la vida.

2 comentarios:

Flamenco Rojo dijo...

Excelente. Cuanta sensibilidad...
Yo lo incluiría sin duda en una antología.

Un abrazo.
Pepe Gonce

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo:
Avisado y agradecido por tus palabras.
Este es, aunque no lo parezca, uno de los dudosos.