martes, 3 de marzo de 2009

AUSTERIDAD

El poeta unos días antes de su muerte en Collioure.
Foto publicada por El País

Dormitorio del poeta en su pensión segoviana.
Foto tomada de la web de la Academia de Historia y arte de San Quirce
Cuando hablé del homenaje que, como cada veintidós de febrero, se hizo a D. Antonio Machado, en la que fue su pensión en Segovia, escribí a vuelapluma la impresión que me produjo la visita a la casa. Por ser precisos esto es lo que aquella noche se me ocurrió:
Los estrechos pasillos, los escalones de tarima y el suelo de losas rojas, la cocina intacta con sus viejos cacharros, con su pequeña bilbaína, con recortes de periódicos de la época. Fotos de D. Antonio, reproducciones de sus retratos, de carteles con su efigie, de manuscritos suyos, de ejemplares de primeras ediciones de sus obras... Los techos tan bajos, un poco opresivos, un poco combados... El aire de austeridad que todos imaginamos en el poeta se puede palpar en el ambiente.
Quizá haber dedicado parte de aquella tarde a la lectura de su obra, impregnó mi alma de esa sustancia precisa que me ayudó a percibir como una ilustración perfecta todo lo que mis ojos vieron... En especial el dormitorio. Ese dormitorio tan austero, tan desnudo, tan despojado, tan pobre. Perfecto retrato de la realidad en la que vivieron en el primer tercio de siglo los intelectuales españoles. No se puede olvidar que D. Antonio era un prestigioso poeta de talla nacional. Pero también es un retrato del modo en que se vivía en general. No sé (ni sé si alguien lo sabe) cómo eran las pensiones de esta ciudad en torno a los años treinta; pero me imagino que el sueldo de un catedrático de instituto daría para escoger una de las mejores. De hecho, y siendo objetivos, ésta era muy céntrica, en el mismo corazón de la ciudad, junto a la Catedral y por tanto es de suponer que sería una de las más dignas.
Y, sin embargo, su austeridad nos entra por la mirada como el aroma del romero o del tomillo lo hacen en nuestra pituitaria: de modo imparable pero delicado. En la habitación, cuyo moblaje consiste en lo indispensable, hay un reverbero visual de la poesía de D. Antonio, esa poesía empeñada en ser esencia, no decorado, voz, no eco.
Da un poco de tristeza contemplar la humildad, casi pobreza, de todo cuanto vi, pero al mismo tiempo enorgullece que tan sólo eso baste para la vida: una cama estrecha, un silla, un mesa más bien pequeña, un aparador, una maleta, una mesita de noche, una estufilla de carbón, una jofaina y una palangana, un orinal. El frío se colaba al contemplar aquella total ausencia de un asomo de lujo, y más cuando en la retina se tiene esa última foto, la que encabeza esta entrada.
Esa última foto del poeta, supongo que en alguna terraza del hotel Bougnol-Quintana de Collioure donde pasó sus últimos días, de pronto anciano, supongo que moribundo. Ahí sí ligero de equipaje, ahí sí desaliñado, y ahí ya herido de muerte, pues su España, una de ellas, le había helado el corazón y ya nadie se lo pudo calentar. ¿Habría escrito su último verso alejandrino en ese momento de su postrer retrato: Estos días azules y este sol de la infancia?.
Aquellos sueños que junto con otros tantos intelectuales le hicieron abrazar la causa de la República, se le habían convertido, entre las manos en puñales que le desangraron el corazón. Su persona nacida para la bondad y el compromiso, había tenido que soportar la vileza de una guerra incivil, tal y como la bautizara su admirado Unamuno. Salió, confundido con la ingente turbamulta de exiliados y derrotados españoles camino de Francia... Algunos, incluso, hablan de si llegó a formar parte del campo de concentración. Una de las pocas cosas que consiguió el derrotado gobierno republicano español de las autoridades francesas fue que D. Antonio Machado no acabara sus días en tan infame lugar, como hicieron la inmensa mayoría de los exiliados.
No es difícil imaginar, contemplando esa cama estrecha, esa jofaina, esa maleta, cómo fueron los últimos días en Collioure. Por suerte su madre pudo acompañarle, por suerte uno de sus hermanos estaba con ellos. La soledad, aunque siempre estamos solos a la hora de la muerte, no fue total.
Y ahora, aunque parezca lo contrario, no me pongo pesimista, sino que pienso en la coherencia tan profunda que revisitió su vida. Esa austeridad que le hizo caminar hacia la esencia fuera afeites, oropeles y adornos.
Por eso contemplar su dormitorio es como sentir que algunos de sus versos se materializan frente a una ventana que, supongo, aunque no estoy seguro, se abre hacia las laderas escarpadas que suben desde el Eresma hacia el norte.

6 comentarios:

Adrian Dorado dijo...

Me parecen formidables esas imágenes históricas donde uno se ubica físicamente en el lugar donde ese corazón y esa mente dijeron lo que dijeron...Lo epocal tiene un valor importantísimo, las formas que nos redea en lo cotidiano, los espacios, el aire las luces...comparemos esas estancias con las nuestras actuales, la invitación a la introspección de aquellas nada tiene que ver con nuestras salas tan ilumindas con la artificiosidad de los rayos catódicos y la verborragia de los aparatos que nos hablan y hablan y hablan de verdaderas boludeces...
¿Son, acaso, más higiénicos nuestros dormitorios porque no tengamos el orinal adentro y bajo la cama?
No estamos mucho más poluidos de basuras cerebralmente?

Bien Amando muy instructivas las descripciones que has hecho.
Gracias

Amando Carabias María dijo...

No sé si instructivas, espero que al menos quien las lea, o nosotros mismos, caigamos en cuenta de nuestras necedades. Ahora que buena parte de nuestros congéneres allá y acá son mordidos por la crisis, está bien que caigamos en la cuenta de nuestros privilegios.

Ferran Gallego dijo...

En casa de mis abuelos, en Rosas, puedo recordar su dormitorio que debía ser el de los primeros muebles que tuvieron. En los días de infancia de verano, que recuerdo como los tres meses de libertad tras la tiranía paterna y escolar barcelonesa (que pasaban a la indolencia de la autoridad de los abuelos, mezclada con la hiperactividad adolescente de salir a la calle, en aquel tiempo en que las casas no se cerraban), podía asomarme, con prudencia respetuosa, a aquel cuarto en el que aún puedo entrever, en la penumbra que urde el tiempo, la cama de aspecto sólido, casi funerario, el crucifijo vigilante y realista, las mesillas con forro de mármol y una cómoda a la que también se encaramaba aquella pieza de mármol desfigurada por un sistema venoso que enmarañaba la palidez de la piedra. Sobre la mesa, la fotografía de boda de mis abuelos, ya lejana en aquellos años sesenta, sin alegría ninguno, como si el enlace hubiera presentido la fatalidad. Una pareja de pescadores del Ampurdán vestidos de domingo, que en poco tiempo llenarían con cuatro hijas y un hijo la casa y agotarían rápidamente los recursos para vivir con comodidad. Nadie puede imaginar la dureza de aquel trabajo en los años 20 y 30, algo que sólo entendí al saber el miedo que mi abuelo siempre tuvo al mar, despreciando la frivolidad de los turistas, marineros aficionados que no respetaban aquella oscuridad reptante, musculosa, la profundidad invisible que había devorado a tantos amigos. Mi abuelo empezó a pescar a los diez años, en barcos de vela, cuando la muerte de su padre en el mar le obligó a trabajar, y mi madre siempre me recuerda cómo lloraba él agarrándose a las faldas de su progenitora, rogándole que no le hiciera salir a surcar aquellas aguas que ya se habían cobrado una víctima en la familia y a las que se enfrentaban con barcos de negligente seguridad.

Después de una guerra atroz, donde a mi abuelo se le requisó la barca por los anarquistas y por los requetés sucesivamente (nada como ser socialista en un pueblo dominado por la FAI o por los fascistas en dos tiempos distintos), llegó un cáncer que mató a mi abuela antes de los cuarenta. Un cáncer de los de los de la posguerra española, sin recursos para calmar el dolor apenas, en una prolongación absurda de la vida que enloqueció a mi abuelo y quebrantó la educación sentimental de sus hijos. Mi abuelo era un hombre de dos metros de altura, que en una ocasión llegó a pelearse, ayudado por su hijo, con el equipo de fútbol del Figueras entero...No era pendenciero, pero su fuerza excesiva le obligaba a la prudencia con los que quería y le permitía la solemnidad de su amenaza con los que despreciaba. Pero lo que no sabía era el miedo oculto tras esa fuerza. Ni siquiera cuando volvió a casarse, años después de la muerte de su esposa, pudo olvidar aquella agonía. Y, cuando llegó la vejez (y la vejez era, en los años sesenta, llegar a los 70 años) todas sus defensas psicológicas fueron reduciéndose a la nada.

Permaneció en aquel dormitorio que yo había visto en escorzo, sin atreverse a salir y reclamando atención a una enfermedad imaginaria, que se le ocultaba y que él siempre creyó que era el cáncer. Perdió peso de forma alarmante, sencillamente porque no comía, aunque él lo atribuyó al tumor que excavaba sus entrañas con la impunidad de unos familiares que no se lo tomaban en serio. Cuando las pruebas médicas indicaron que no había nada, su resistencia a comprender el mundo se aniquiló, como si todo fuera una farsa destinada a engañarle, a realizar el sacrificio aplazado en 1937, cuando una patrulla de la CNT fue de noche a su casa a fusilarlo y sólo huyó por su capacidad de dejar fuera de combate (incluso de ese "combate") a los milicianos de una cobarde retaguardia.

Una mañana, su segunda esposa se despertó muy temprano, sorprendiéndose porque la cama estaba fría a su lado, aunque conservaba la forma más liviana ya del abuelo. Salió a buscarlo por la casa y acabó encontrándolo en el patio trasero. Estaba de rodillas, con el cuello anudado al cordón de la lavadora que había sujetado a la cumbre de una puerta.

Nunca regresé a aquella casa, salvo en el día del entierro, en que comprendí que aquella muerte ponía fin a mi infancia de una forma brutal, con un suicidio propio de los pobres: nada de pastillas y muerte dulce. La muerte lenta y atroz de ni siquiera saber cómo ahorcarse. Era en el año 1966. La casa se vendió, la segunda esposa de mi abuelo murió y, ahora, el pueblo entero es otro lugar, indeseable en comparación con aquel punto de referencia que era Rosas antes de su entrega a la destrucción de las costas. Sólo habré estado dos o tres veces desde entonces en el pueblo y, claro está, nunca en aquella casa. El dormitorio austero sólo está en mi imaginación, siempre enroscado en la placidez amenazadora que presagiaba la muerte de quienes lo ocuparon.

Amando Carabias María dijo...

FERRAN: Por suerte he bajado con el cursor hasta aquí, y te he encontrado.
No sé si he podido acabar de leer lo que has dejado. Ferran, todavía tengo un nudo en el estómago y tengo los ojos empañados en lágrimas.
Este testimonio es absolutamente impagable, con nada, absolutamente con nada.

S.V.-B. dijo...

Me alegra volver a leerte, Ferrán. Lo que hoy nos has dejado leer de tu vida es impresionanate. Estoy con Amando, emocionas desde la primera línea.

javier dijo...

Cada vez estoy más agradecido a Amando por haberme invitado a entrar en su Blog, su forma de escribir, siempre lo he dicho, me gusta, pero también me gusta y disfruto con los comentarios que haceis quienes le seguís, así es que muchas gracias a vosotros también. El comentario de Ferrán a esta entrada, buenísimo.