jueves, 23 de abril de 2009

LOS LIBROS


El joven que aún no era se detenía ante los escaparates de la librería de su ciudad dormida. Sentía la atracción de los volúmenes cerrados que le enviaban mensajes tal que murmurios de deseo. Leía títulos que le hablaban de viajes, de aventuras, de misterios, de historias trágicas, de historias felices, de amores y desamores, de encuentros y desencuentros, de miradas bien distintas a la suya propia, al resto de miradas que él conocía. Sentía en un surco de sus entrañas que una voz nueva tejía su propio lamento, un quejido que debía aflorar como aflora el agua pura en el manadero, para que no se convirtiera en un pudridero. También paseaba sus dedos por los lomos viejos de los libros añosos de la biblioteca de su ciudad dormida. Cuando se había decidido por uno, vivía horas nuevas sumergido en las palabras antiguas. Descubrió que el tiempo cavaba trincheras de eternidad en los huecos de las palabras, en el escalón de los párrafos, en la explanada del final de un capítulo. Y una mañana supo que alguna vez se cumpliría su sueño.
Aunque el sueño parecía una quimera, se hizo carne, carne temprana...
Una mañana tibia de un invierno, cual brillante diadema de princesa, escarbó en su manantial, pequeño y quieto, claro y silente. El primer verso levantó su vuelo. Tras él cruzó el segundo… y el tercero. Sus ojos escrutaban su latido. Allí palpó la noche clara y triste...; la aurora de sonrisas infantiles...; lágrimas asesinas de ilusiones...; dudas cual campanadas de conciencia…; plegarias y susurros al Dios vivo...; balas que matan versos peligrosos...; piel que se pierde en el silencio oscuro... Fluían, fluyen, hilos intangibles, un regato que aspira a ser arroyo, donde abreve la sed del paseante…
Al concluir su trabajo, con las uñas aún húmedas por la arcilla, comprendió que había labrado la primera trinchera de su vida.
Emprendió en silencio su laboreo de zapador de nubes, de espía de conciencias, de investigador de lágrimas, de encuestador de hormigas, de escrutador de aromas de colores, de cazador de sueños, de eco de otros llantos.
Cuando tuvo suficientes trincheras, se arrodilló incrédulo. Tras musitar una oración de acción de gracias, las tomó entre sus manos. las acarició, besó su aliento y depositó su esencia sobre hojas que se unieron en una gavilla de páginas que alzaron su vuelo corto, pero vuelo, al cabo…
Y descubrió que su felicidad era construir trincheras para que el tiempo duerma sosegado...

9 comentarios:

Pepe Gonce dijo...

Estimado amigo Amando,

Cuantas veces he sentido lo mismo que el joven de tu relato. Cuantas trincheras hemos construido a lo largo de nuestra vida. Mi suerte es que desde hace 35 años tengo junto a mí una zapadora extraordinaria, Mary mi compañera del alma.

Salud.

Amando Carabias María dijo...

GONCE: Es una suerte, efectivamente, contar con una zapadora extraordinaria. Quien gozamos de su presencia a nuestra vera, sabemos bien lo que decimos.
Un saludo a Mary desde estas páginas, aquí festivas.

Maria Sanguesa dijo...

Creas unas imágenes francamente buenas y con las que, quienes amamos la poesía, podemos conectar plenamente:"zapadores de nubes, espía de conciencias, investigador de lágrimas..."
Sigamos con las trincheras de los libros y las alas de la imaginación desplegadas.
Gracias por tus palabras.

Amando Carabias María dijo...

MARÍA: Agradecidísimo por tus palabras. La verdad es que me siento de este modo. Creo que el trabajo del escritor es ése. No quedarse en la superficie de lo evidente. Y la mayoría de las veces no lo consigo.
Ejemplos como los de tus palabras y tus textos me ayudan mucho.
Un beso.

Anónimo dijo...

Un texto muy lírico. Me ha emocionado.

Adrian Dorado dijo...

Me gustó mucho el relato, sensible, poético, eso: construyamos, construyamos todo lo que sea necesario.
Un abrazo

Amando Carabias María dijo...

ANÓNIMO: Un saludo agradecido.

ADRIÁN: A veces la ilusión es el major material de construcción, y los sueños.

Pepe Gonce dijo...

Amando, Marián es tu zapadora extraordinaria, ¿no?

Besitos para ella de parte de Mary y mía.

Amando Carabias María dijo...

PEPE GONCE: Será un placer.