sábado, 11 de abril de 2009

SOLEDAD.

La Soledad Dolorosa al pie de la Cruz.
Foto Franciso Javier Valle Martín
A esta imagen, Amando Carabias Pascual
le hizo otra foto que me impresionó desde que la vi
e inspiró la escena que ahora relato. Forma parte de la portada
de la novela diseñada por Mariano Carabias
y aquí tenéis un fragmento. Impresiona o me impresiona

(Ahora el discípulo amado nos narra lo que sucedió durante la mañana de aquel sábado lluvioso. Nicodemo acaba de contar al grupo todo lo que sucedió y que ellos desconocían. La madre, rota por el dolor abandona la casa del padre de Marcos y el discípulo amado, angusitado, después de una agria conversación, la ha podido acompañar... Leed).
Enfrentamos la puerta de Efraín, me asusté de veras, pues supuse que aquella salida estaría conveniente y fuertemente vigilada, pero mantuve la distancia, pensé que todavía estábamos alejados de la sepultura y, por tanto, el peligro no era tan inminente. A pesar de todos mis razonamientos, mi corazón parecía un tambor tocando a rebato, decenas y decenas de caballos en estampida, el mar bramando a causa de la tempestad, ya que, como había sospechado, la salida estaba vigilada, mas, para mi alivio, no tuvimos ningún problema en cruzarla; por lo que se veía, no había órdenes especiales sobre nosotros para el común de la soldadesca romana, parecía que las instrucciones, si las hubo como nos contó Nicodemo, sólo se habrían referido al lugar de su sepulcro. Estaba en aquellos pensamientos, tranquilizadores a medias, cuando la madre de Jesús se detuvo de súbito, por poco no me choco con ella y me la llevo por delante. Habíamos recorrido la suave pendiente que el día anterior bajáramos también.. Pero tras el maestro... Todavía vivo.

La madre de Jesús elevó los ojos y al hacerlo ella, miméticamente, repetí el gesto: frente a nosotros, agitada apenas por la brisa, pendía de la cruz el lienzo albo que habíamos utilizado para descender el cuerpo, el cadáver, del maestro... Ella quedó parada... Su mirada de carbón se clavó en la cruz... Los brazos vencidos a lo largo de sus costados, casi suspendidos... Los hombros también inclinados, derrotados, no supe muy bien si por causa del dolor, de la edad, de la lluvia, o de todo en su conjunto... Inertes, casi inanimadas, las blancas y pálidas manos... Toda ella, en definitiva, exangüe.
Me acerqué, dubitativo y trémulo, cabe su costado, mas, al percibir mi presencia junto a sí, su mano volvió a alejarme mediante un gesto que, esta vez, no fue desdeñoso o hiriente, pero sí inflexible. En los brevísimos momentos que pude columbrar su rostro, me percaté de la hondísima desolación que lo inundaba: por sus mejillas rodaban, mezcladas, sus lágrimas, perlas saladas, y las gotas de lluvia, llanto divino, que por instantes arreciaban, inmisericordes de nuevo. Una punzada, una cuchillada, dañó mi corazón. Temí (sólo tenía sensaciones medrosas aquella mañana) que su entendimiento se fragmentase en mil pedazos irreparables para siempre. Permanecimos en aquel punto durante demasiado tiempo. El temporal se robustecía sobre nosotros, ya de nada nos servían nuestras empapadas ropas, pues en aquel mortal descampado, tras los momentos que estuvimos bajo el agua, fríos y punzantes cristales se clavaban en el rostro para después escurrir por nuestros cuerpos. Como la situación se alargase, presumí que cogeríamos una pulmonía, o algo peor; mas, mi ánimo no se detuvo en tales consideraciones, sino que más bien se dirigía, silenciosa, sigilosamente, a intentar arropar su flébil espíritu que era acosado por la más terrible, dolorosa y punzante melancolía... Me retorcía las manos, reflejo de la impotencia que me inundaba, todavía más que el agua: asistir como simple espectador al sufrimiento de alguien querido sin poder hacer nada, ni acariciar, siquiera, las acuosas y ajadas y afiladas mejillas, es la mayor sensación de frustración que se puede padecer, o una de ellas. Únicamente podía contemplar las esporádicas convulsiones de su espalda, o los hondos suspiros, o las leves inclinaciones de su cabeza. Mis pies, como independientes del resto de mi organismo, intentaban acercarse a ella, pero mi cabeza, en contra del corazón, que sollozaba, las retenía con enormes esfuerzos.
Se movió y avanzó hacia el madero... Se situó junto a él... Pensé (temí) que lo llegaría a abrazar, pero no lo hizo, sino que sus finos dedos se alzaron, con tremenda lentitud y dificultad, y con las delicadas yemas parecía buscar o acariciar algún resto que quedase de la sangre del hijo (circunstancia bastante improbable dado que no había parado de llover desde la tarde anterior). Recorrió todo el tronco y, tras darse la vuelta completa, quedó frente a mí, ahora sí, completamente derrotada, hundida. Pensé que me hacía algún gesto, pero fue un espejismo mío motivado por la ansiedad y la aflicción. No me veía, como pude comprobar, pues no pude soportar más la situación y decidí acercarme. Quedó en pie, casi yerta, suspendida, recostada levemente sobre el lecho de madera que había servido de último acomodo para su hijo; las manos (aquellas manos que lo acariciaron, que peinaron sus cabellos, que prepararon su alimento, que comprobaron sus calenturas..., ay, que sintieron su carne muerta y gélida) estaban, otra vez, vencidas, derrotadas, empalidecidas, vacías de todo su contenido, impotentes. La cabeza, ligeramente inclinada hacia la derecha, se alzaba apenas hacia el cielo, a pesar del chubasco que todo lo agrisaba. La cara se le había afilado y había envejecido en pocas horas; sin embargo, seguía siendo un hermoso rostro de dulce hebrea, a pesar de que el suplicio dejaba profunda huella en aquella adorada faz: una arruga transversal cruzaba la frente, los párpados aparecían brevemente hinchados y enrojecidos, semi-cerrados, los finos labios, entreabiertos, como anhelantes, como buscando un poco de aire ausente; toda ella se me apareció como difuminada a causa del intenso chubasco, por momentos, se me desenfocaba el gesto, parecía desfigurado, era la desolación absoluta y total; incluso, las ojeras de una noche imposible conferían a aquella cara un tono grisazulado, lívido, que concordaba con la túnica añil y con el día plúmbeo. Por unos momentos pareció que podía caer desmayada, pero no fue así, sino que su endeble, en apariencia, organismo permaneció erguido. El semblante, definitivamente exangüe, llevaba las marcas invisibles, pero indelebles, del inmenso duelo producido al desgajarse del propio ser el único hijo de sus entrañas. Parecía que sus labios musitaban algo, o eso pensé, por cuanto percibí en ellos un ligero movimiento... El único de su ser.

Durante unos instantes dejé de mirar a la madre de Jesús, contemplé el entorno de muerte y desolación que nos rodeaba, que nos albergaba: tras de mí, la muralla, la puerta de Efraín, en la que, refugiado como podía de la lluvia, un soldado romano nos miraba curioso y extrañado; enfrente, el pequeño otero del Gólgota en el que estaban izados desafiantes varios maderos que habían acogido o acogerían en su día, aciago también, a otros israelitas, en sus entrañas nudosas y sin desbastar; más al fondo, ligeramente a mi izquierda, el pequeño jardín donde estaba la tumba del rabí, imaginaba que vigilada por un fiero destacamento de romanos; aún más a la izquierda, otros huertos y jardines verdeaban ligeramente la brumosa visión; a la derecha, apenas columbrado, a causa de la neblina, el camino hacia Galilea, el camino por el que nunca debimos entrar, el camino que desembocaba en la puerta de los Peces; por encima de nosotros, plomo, grisura, (¿Llanto divino o lluvia?); y, a nuestro alrededor, el viento desabrido y húmedo que era capaz de agitar nuestros pesados ropajes: devastación, soledad, muerte, llanto, vacío, desolación, por doquier.

Cuando volví mis ojos hacia ella, la encontré, más o menos, en la misma posición y en la misma actitud. No supe qué hacer. Seguía recibiendo todo el torrente de agua que escapaba del cielo, continuaba inmóvil y a cierta distancia de ella, dubitativo en cuanto a acercarme o esperar más aún. Para resolver mis cavilaciones, la madre de Jesús entró en movimiento... Volvió a dar otra vuelta completa a la cruz... Cuando acabó, la volvió a acariciar y, ante mi sorpresa, la besó amarga, dolorosamente... Luego, se dirigió a donde yo estaba, con cansino, más aún, y torpe paso, la cabeza nuevamente abatida... Tras de un penoso camino, llegó a mí, y, ya sin fuerzas para nada más, sus frías manos se aferraron a mi empapado cuello y rompió a llorar, sin cauce, sin orilla... Con más desolación, si es posible; con más impotencia, si pudiera ser; con más dolor, si cabe. Mis sollozos también se confundirían con la lluvia, y con su llanto... Si el soldado romano seguía observándonos, seguramente un escalofrío de emoción recorrió su espalda.
- Deberíamos volver, estamos empapados, helados, vamos a acabar enfermos.
Me encaró con mirada nebulosa y quejumbrosa.
- ¿Y eso importa?
Continuó atravesándome con sus ojos a los que sentí repletos de un hondo vacío que parecía imposible ocupar, porque, de pronto, la profundidad de aquellos ojos oscuros se había hecho casi infinita, no se veía su fondo, parecían túneles negros e ilimitados. Sentí que lo mejor de todo era callar, pues sus respuestas a mis preguntas o a mis sugerencias, podrían ser del mismo calibre, así que decidí que fuese ella quien continuase tomando la iniciativa.

viernes, 10 de abril de 2009

A LA HORA DE NONA

El Calvario. Fotografía de Francisco Javier Valle Martín

(El discípulo amado, continúa relatando, con la ayuda de algunos de sus amigos, lo que sucedió el viernes, después de que prendieran a Jesús. Ahora, escucharemos lo que ocurrió desde que la condena a muerte se hizo oficial...)

"Por lo que vengo en condenar, y condeno a morir clavado en una cruz, en el lugar denominado del Gólgota, al llamado Jesús de Nazaret, hijo de un tal José y de una tal María, por alta traición a Roma, sedición e incitación a la revuelta, haciéndose pasar por rey de los judíos, sentencia inapelable y firme, la cual doy en nombre del Emperador de Roma en Jerusalén siendo la hora sexta del decimotercer día del mes judío de Nisán del año...”.
La madre de Jesús se abrazó a mí derrotada, definitivamente, por el dolor, supongo que, casi infinito. Su llanto desgarró el silencio que se había producido tras la lectura de la sentencia. Todo aquello se refería a nuestro Jesús; sin embargo, parecía que flotábamos, parecía que no iba con nosotros. No podía ser tamaña injusticia. Algún soldado reclamó silencio ante el grito de la madre, pero fue imposible. La confusión de las voces fue en aumento, así que se llevaron a Jesús nuevamente adentro y empezaron, con empujones, a disolvernos.

A partir de ese instante el relato fue casi, en exclusiva, mío.
- Cogí como pude a la madre de Jesús y opté por llevármela de allí, no se fuera a complicar más todo. Algunas nubes oscuras comenzaron a dibujarse en el horizonte. Por fin salimos a las estrechas, reviradas, pinas, calles de Jerusalén.
El Gólgota se sitúa al poniente de la Torre Antonia a las afueras de las murallas, como a un estadio de la puerta de Efraín. A aquellas horas, todo Jerusalén sabía de lo acontecido, por lo que el recorrido que tenía que hacer Jesús estaba poblado por la multitud (no sé si cientos o miles) de peregrinos que no quería perderse nada de lo que acontecía. Era un espectáculo gratuito añadido a la fiesta de la Pascua, por lo que la mayoría, en su fuero interno, lo agradecía. (En aquellos momentos no lo hice pero muchas veces he reflexionado acerca del significado de todo aquello. En territorio gentil, pero junto a los muros del Templo, del Templo de Iahveh, Jesús tenía que encaminarse a su suplicio, sin posibilidad real de defensa. En apenas media milla romana, se ubicaban el opresor de nuestro pueblo, el centro de nuestra religión, y el patíbulo donde había de entregar su espíritu el maestro condenado por ambos poderes. Nuestras lágrimas, nuestros pocos gritos, fueron inútiles... Había que crucificarlo, y se le crucificó).
Mi primera intención fue alejarme lo más posible de esos lugares, protegerme a mí y a la madre de Jesús de probables complicaciones de última hora. Era necesario que regresásemos a casa de Marcos y esperar acontecimientos. Mi cabeza no daba para más. Pero fue la propia madre de Jesús la que me rogó que fuésemos hasta el Calvario. “No puede ser que abandonemos a Jesús en estos momentos, los últimos de su vida”. Me fue completamente imposible hacerle variar de idea, me lo impidieron sus ojos suplicantes, negros, profundos y llorosos.
La muralla accedía al Gólgota a través de la puerta de Efraín, como ya he dicho. Así que hacia allí encaminamos nuestros pasos. El miedo había anidado definitivamente en mi corazón. De pronto, en una zona de estrecheces, justo a mitad del camino, se organizó un pequeño tumulto. Tras nosotros, un concierto de voces destempladas atenazó nuestros pasos. A muy poca distancia, venía el cortejo de Jesús escoltado por un par de malhechores y por un grupo de soldados encargados de que se cumpliera la sentencia con la eficacia propia de los romanos.
A muy lento ritmo Jesús se encorvaba. Arrastraba su cuerpo maltrecho. Sobre sus hombros pendía el pesado patíbulum. [1] A su paso, una delgada, pero firme, orla de silencio lo envolvía. Los soldados nos empujaron contra una pared. Fue en ese momento: la mirada de Jesús se cruzó con la nuestra, en ella percibí dolor y abandono, pero a la vez cierta serenidad, bastante más que la mía. Muchas mujeres lloraban, otros las insultaban e insultaban a Jesús, otros se mofaban de él. Jesús debió tropezar con alguna piedra suelta y, tras tambalearse como un muñeco, cayó estrepitosamente aplastado por el peso del madero. Era imposible que se pudiese levantar, ni siquiera un palmo, aunque lo intentó. El centurión que mandaba a los soldados maldijo su suerte y al mismo Jesús.
- ¡A ver si este mal nacido judío se nos muere por el camino!
Ordenó malhumoradamente que desataran el patíbulum de sus hombros. Jesús resollaba con aparatosidad. El centurión le ordenó que se izara, en la mano empuñaba el látigo como para golpear a Jesús, pero no pudo sostener su mirada y decidió cambiar su propósito, así que fue él mismo quien lo levantó como pudo. Observó en torno con mirada fiera y sanguinaria; con perfecto conocimiento de su oficio, echó mano de uno que estaba por allí. Era Simón de Cirene, el padre de Alejandro y Rufo, al que hizo cargar con el pesado leño hasta la cumbre del Gólgota.
Una vez puesto en pie Jesús, se reinició la marcha; observamos con pesadumbre que, aunque le habían quitado el peso del madero, Jesús se tambaleaba. Cuando llegamos a la puerta de Efraín un par de soldados la taponaron para evitar que la turba la atravesase. Me sentí aliviado ante aquella maniobra, pues supuse que aquello haría desistir a la madre de Jesús de sus pretensiones. Sin embargo, ella me susurró, repitiendo, casi las palabras de antes: “Diles que soy su madre y que me dejen pasar; ¿cómo se va a quedar solo en la hora de la muerte?”
Así que, temblando de pies a cabeza, como una florecilla silvestre, me dirigí a ellos y se lo dije, tal cual. Uno dio la voz a otro de sus compañeros, para que diese aviso al centurión. Éste, para mi sorpresa y aumento de mis muchos miedos y temores, nos dejó pasar.
El Gólgota es una pequeña elevación del terreno, junto a las murallas de Jerusalén, que estaba sembrada por decenas de cruces que los romanos habían utilizado para ejecutar a multitud de hermanos nuestros. Cuando la madre del maestro y yo llegamos, Jesús ya había sido desnudado de su túnica y colocado sobre el palo vertical de la cruz, que todavía estaba tumbado en el suelo. Los operarios habían unido previamente el patíbulum sobre tal soporte. Tres sayones tenían inmovilizado al maestro sujetándole los brazos y las piernas, que habían cruzado una sobre otra, mientras un cuarto, con frialdad y precisión, preparaba los clavos escogiéndolos minuciosamente de una bolsa herrumbrosa. Apenas percibí tales elementos, un nuevo escalofrío me recorrió; incluso, he de confesar que un pequeño vahído nubló mi vista y que mi estómago sufrió la correspondiente arcada. No fue necesario utilizar la imaginación para conocer su destino: en breves momentos se pudieron escuchar, nítidamente, los impactos de la maza sobre los clavos que cruzaron las muñecas y los tobillos de Jesús con un terrible sonido de carne atravesada y crujido en la madera, acompañado por un angustioso y terrible grito de dolor salido de la garganta del rabí. Una vez comprobada la exactitud y corrección de la operación elevaron la cruz sobre el terreno sujetándola al suelo con dos gruesas cuñas de oscura madera, ya estaba clavado y levantado, alzado sobre nuestras angustias. Los sayones marcharon a su lugar, a repartirse las vestiduras de los condenados. El centurión que mandaba el grupo despidió, a empujones, a algunos curiosos que andaban por allí, mientras que a nosotros nos miró largamente, dudó, al final se encogió de hombros, ladeó la cabeza y se giró a sus hombres para ordenarles alguna cosa, dejándonos en paz. Entonces se nos unió María, la de Cleofás, sin embargo, no pudo resistir mucho tiempo la visión de aquel espectáculo. Fue impresionante verlo de esa manera. Lo flanqueaban los dos malhechores. Jesús callaba. Bajo la cruz había mucho movimiento, inusitado movimiento, me pareció, a pesar de que el centurión había desalojado a unos cuantos.
De pronto se escuchó su voz, potente aún, aunque ya un poco temblorosa.
- Padre, perdónalos pues no saben lo que hacen.
Luego el silencio durante un largo rato. Bajo la cruz, los soldados, una vez que se habían distribuido las ropas de los ajusticiados, jugaban tranquila y distraídamente a los dados.
Todo callaba, excepto el creciente ulular de la brisa que ya casi era viento. Jesús se movía lo justo para inhalar el aire mínimo, aunque suficiente. No hablaba. Era como si se concentrase tan solo en respirar. A veces notaba que sus labios musitaban algo. No sé si eran quejidos por el dolor, o simplemente se trataba de oraciones que él estaba rezando. Uno de los ladrones gritaba y maldecía su suerte.
- ¡Tú, profeta, rey de los judíos, Mesías! ¿Por qué no haces uno de tus famosos milagros y nos sacas de aquí de una maldita vez? ¡Tú, Jesús, a ti te estoy hablando!. Pide a tu maldito Dios que se apiade de nosotros y nos baje de aquí de una condenada vez.
Jesús callaba como si no fuera con él la cosa. El otro, que se llamaba Dimas, intervino.
- ¿Por qué no te callas? ¿No ves que él está sufriendo una terrible injusticia, mientras que tú y yo nos hemos ganado este castigo?- Tomó aliento pues la posición del ajusticiado asfixiaba sus pulmones -. Jesús, ten compasión de mí cuando llegues a tu reino.
Jesús giró levemente la cabeza y lo miró, diría que con un punto de admiración y de cariño. Hizo un terrible esfuerzo.
- En verdad te digo, que antes de que acabe el día estarás conmigo... En el paraíso.
Las nubes se aproximaban oscuras y amenazantes y densas. Un viento áspero y desabrido hizo acto de presencia, como si fueran bofetadas remitidas desde el más allá. La madre de Jesús, pajarillo abandonado, se acurrucaba en mí. Cada vez estábamos más próximos a la cruz... No sé ni cómo, ni cuándo, pero nos acercamos tanto que llegamos a rozar los pies del maestro.
A cierta distancia de las cruces, evitando problemas con el centurión, un grupo de sacerdotes controlaba todo aquello, supongo que intentaban asegurarse de que Jesús moría. Entre tanto llegaba ese momento, se burlaban del rabí; alguno osó lanzarle una piedra que no llegó a impactar en el maltrecho cuerpo de Jesús por muy poco.
De pronto, como si fuera el primer trueno de la tormenta que se iba a desencadenar poco después, la voz de Jesús salió nítida de su boca, aunque bastante enronquecida a causa de la sequedad de su garganta.
- Elí, Elí, lama Sabacthani.
Luego continuó murmurando el salmo[2]. Pero, entre los de atrás, debía de haber muchos judíos no israelitas que no entendieron el significado de las palabras contenidas en aquel grito del rabí y aumentaron sus burlas, acentuándolas con risotadas y gritos guturales.
- Mirad, ya ha enloquecido del todo. ¿Pues no llama ahora a Elías? Veamos si llega el profeta en su carro de fuego y lo libera.
Al poco Jesús nos miró. Por fin, se dio cuenta de nuestra presencia, mejor, por fin supe que él era consciente de nuestra presencia. Lo sanguinolento de su rostro no le había hecho perder la serenidad ni el equilibrio de sus facciones. Se incorporó brevemente sobre sus pies. Cada vez era más suplicio el respirar. Pero, por fin, entrecortadamente, pudo articular su voz.
- Madre, ahí está tu hijo.
Volvió a caer derrotado sobre la cruz, golpeándose la malherida espalda en sus nudos y rugosidades, ya que al palo estaba muy mal desbastado. A los pocos instantes se incorporó nuevamente y se dirigió a mí:
- Ahí tienes a tu madre.
Nada más pudo decirme. Desde ese momento sé que ella ha sido mi responsabilidad, aunque, en verdad, yo he sido la suya... Pero eso es otra historia.
Jesús perdía mucha sangre. Para ser más exacto, desde primera hora del día, no hacía otra cosa que derramar sangre. Noté cómo se pasaba la lengua por los labios. Por fin, tras otro terrible esfuerzo por incorporarse sobre sus pies, que le permitiera ser oído, exclamó en poco más que un susurro:
- Tengo sed.
Al percibir aquello, el centurión romano dio las pertinentes órdenes para que le acercaran la mezcla que solían dar a los condenados. En una esponja, o hisopo, empapaban una mixtura cuyo principal componente era el vinagre y que tenía algún efecto sedante. Uno de los mayores suplicios que padecen los ajusticiados que mueren, tras un constante y lento desangramiento, es la sed que se clava en sus entrañas cual garras de fiera. Un soldado, con dicho hisopo situado en la punta de su lanza, se lo acercó a los labios de Jesús. No sé por qué, pero Jesús, apenas sintió el contacto húmedo de aquel líquido, giró levemente la cabeza, quizá fue suficiente, o quizá, pensó que nada tenía remedio.
(O más bien, y eso lo pienso ahora, no entonces, ni siquiera en los instantes en los que contaba estas cosas a los miembros del grupo, Jesús se refería a otra sed. Acaso se trataba de una clase de deseo, pero de otro tipo. En fin, quizá el Paráclito nos dé poco a poco razones de aquello.)
El caso, digo, es que el soldado romano se retiró de allí meneando la cabeza. Parecía decirse que algo no funcionaba excesivamente bien dentro de aquel hombre, que primero decía que tenía sed, pero luego no dejaba que el líquido empapase siquiera sus labios.
Quedó todo el cielo plomizo, casi negro. Por el denso y bajo horizonte, los rayos cortaban el espacio cargado. Un ronco bramido cruzaba el aire cada vez que esto sucedía. La tormenta se aproximaba. Tanto es así, que bastantes de los que presenciaban aquel espectáculo fueron abandonando las inmediaciones con prisa.
(Ver a un crucificado morir es muy aburrido, pues, pasado el primer instante de dolor y de retorcimiento y de angustia, en general, el proceso es lento. Es una muerte horrible, por cuanto el ajusticiado fallece por asfixia. Esto, lógicamente, lo desconocíamos aquel día, pero poco a poco nos hemos ido enterando, sobre todo gracias a los hermanos médicos que han sido regalados por la gracia de la fe y caminan junto a nosotros. Según ellos, la angustia de los crucificados es terrible, pues se dan cuenta con exactitud de todo; este proceso, supone un dolor casi insoportable en los diferentes músculos. Es decir, que a medida que pasa el tiempo, el dolor aumenta, falta el aire, la angustia todo lo invade: son despojos de dolor e impotencia.)
Pero para un espectador este proceso es aburrido. Hay crucificados que pueden durar hasta varios días en lenta, constante y progresiva agonía. No podía ser éste el caso de Jesús, pues estaba excesivamente débil y había perdido demasiada sangre durante todo el suplicio previo al que había sido sometido, más toda la que perdía por culpa de los clavos y de las espinas. Sin embargo, nadie esperaba aquella rapidez.
Poco después Jesús volvió a susurrar, en esta ocasión, el tono de su voz denotaba calma.
- Todo está cumplido.
Me estremeció aquella frase, pero más que por la frase en sí misma, por la actitud de su cuerpo pues, justo cuando la decía, elevaba la cabeza hacia el cielo y su mirada volvía a ser dulce y a la vez confiada. Parecía, a pesar del tormento y del dolor, que unos instantes de serenidad reafirmaban su fe en aquel Abba que se había esforzado en presentarnos. Sus costados se movían violentamente empujando hacia arriba el pecho para que los pulmones subieran lo más posible. Había sido un esfuerzo terrible... Nada más acabar de hablar, vimos cómo inclinaba la cabeza apoyándola en su pecho... A la vez, comenzaba a caer la lluvia, la misma que, tantas horas después, seguía empapando Jerusalén... En esos primeros instantes, en realidad, fueron gruesos goterones de tierra. Ella pensó que había muerto y se estremeció en una convulsión, sin embargo, percibí un lento y leve sube y baja de su tórax. Efectivamente, todavía pudimos oír su último susurro.
- Abba, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Y entonces sí, tras un hondo trueno, que me impresionó por su potencia, cercanía y duración, desplomándose todo su organismo, Jesús respiró por última vez.
Sería la hora de nona.
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[1] Es decir, el tablón horizontal de la cruz, donde luego le clavarían las manos.
[2] Salmo 22.

jueves, 9 de abril de 2009

GETSEMANÍ

Escalinata en Getsemaní. Foto tomada del blog
El vuelo de Hécata de María Sangüesa

(La escena se desarrolla a primeras horas del sábado (que sería nuestra noche de viernes, para entendernos). El grupo acaba de celebrar malamente la cena pascual que prescribe la tradición judía y las mujeres (Salomé, Magdalena, María la de Cleofás, Isabel...) han pedido a los discípulos que les expliquen cómo es que la víspera celebraron una cena especial, y por qué apresaron a Jesús en Getsemaní. Es decir, por qué no estaban en casa del padre de Marcos, lugar donde la tradición desde siempre ubica lo que nosotros conocemos como Última Cena. Ahora los lectores llegamos en este instante, al momento en el que el discípulo amado toma la palabra y entre él y alguno más, cuentan lo que sucedió en el llamado Huerto de los Olivos).

Miré en torno, pero, sobre todo, a la madre de Jesús que fue ajena a aquellas horas de la noche; tuve una cierta agitación pues temí que este nuevo sufrimiento fuese demasiado si se acumulaba con el del resto del día, pero observé sus ojos serenos y atentos a la historia (hoy sé que aquella mirada significaba, sobre todo, que escarbaba en cada instante para encontrar el rostro de Iahveh en todo lo que había pasado). Relevé a Cefas.
- Nos quedamos silenciosos, mirándonos unos a otros. Al principio quisimos acompañar al rabí en su oración, pero se nos acababan los argumentos. Me dediqué a contemplarle. Si hubiese sido noche cerrada, como la de hoy, no hubiese podido; sin embargo, el disco de la luna brillaba en su esplendor y, a esa distancia, su figura y sus gestos se percibían con nitidez, aunque no así los rasgos de su rostro...
Habría que decir a los hermanos que no estuvieron allá nunca, que Getsemaní es un fértil huerto dentro de la Ladera de los Olivos, al oriente y al norte del Torrente Cedrón, que seguro que a aquellas horas intempestivas de la media noche formaría una enorme avenida: era una ladera cubierta de olivos, sumamente fértil. Allí mismo había bastantes almazaras. Sin embargo aquella noche se distinguía cada uno de los árboles pues la plateada luz de la luna hacia que la claridad, aunque un poco fantasmal, todo lo inundase. La visión que desde allí se obtenía del Templo era magnífica, pues la luna hacía posible que también brillaran, como iluminados, los pináculos dorados del Templo y el blanco de sus paredes y columnas destacaba más aún... Getsemaní, además, era un cruce de caminos en el oriente de la ciudad. Allí mismo estaba el camino que llevaba a la puerta Dorada, el de Betania, el de Jericó...
Seguimos contando las cosas que sucedieron; hablé más que los otros, pues a Cefas y a Iago les pudo el agotamiento del día y la pesadez que en sus párpados causaron las copas de vino, probablemente más abundantes de lo estrictamente necesario, y cayeron dormidos antes, y durante más tiempo, que yo.
Jesús situó su cabeza sobre una roca plana, quizá resto de algún pequeño molino... De pronto, comenzó a gemir queda y lastimeramente... Me había dormido plenamente, pero desperté sobresaltado al escuchar el lamento del rabí. No hubo gritos, ni hubo lágrimas; lo que sí percibí desde aquella distancia, además de los dolorido suspiros, fueron terribles convulsiones en su fuerte tórax. Al poco se tranquilizó, normalizó su respiración y volvió a Getsemaní el silencio de noche de luna llena... Intenté observarlo por más tiempo, pero fue imposible, de nuevo me venció el sueño... No sé cuánto tiempo después, fui espabilado por el propio Jesús con un suave zarandeo en el hombro, que me produjo un despertar sobresaltado que se acentuó más al ver su rostro... Quedé paralizado por la impresión y el terror. Era la primera vez, en los casi tres años en que había estado con él, en que lo encontré tan desencajado. Parecía el reflejo encarnado del dolor y la angustia. No sería la última, por desgracia...
Guardo aquella reacción de mi espíritu con temor, incluso; os he de confesar, que más de una noche, aquel rostro ojeroso, perlado de sudor y orlado de pardas manchas sanguinolentas se me aparece en lo más oscuro y no puedo volver a conciliar el sueño; pero, sobre todo, me lo impide la mirada de terror del maestro. Creo, estoy seguro, que en todo el resto del proceso e, incluso, del suplicio, no volvió a mostrar aquel pánico; es más, estoy persuadido de que aquel miedo lo motivó, más que suponer lo que le esperaba, imaginarse lo que le sucedería en caso de no aceptarlo. Quizá en esos instantes estaba barajando muy seriamente la posibilidad de huir... De ahí las palabras con que nos insistió acerca de que debíamos orar, pues, aunque el espíritu esté pronto, la carne es débil.
Por desgracia, a partir de entonces, vería muchas veces el rostro del rabí tumefacto, golpeado, ensangrentado, vejado... En aquel momento, me fue dada la dicha de observarlo más cerca que nadie y no supe reaccionar como hubiese debido. El aturdimiento del sueño me impedía actuar con agilidad.
Cefas tomó la palabra una vez más.
- Hubo una primera vez en que Jesús nos despertó y nos invitó a que siguiésemos su ejemplo. Pero no pude. Los ojos se me cerraban, me pesaban, él me advertía nuevamente - De pronto, sus palabras se tornaron más profundas y cavernosas. Parecían el preludio de un nuevo llanto -. En realidad, se pasó toda la noche reconviniéndome, primero con lo del agua, antes de cenar; después con lo de la traición antes de que cantase el gallo; más tarde, con lo de que siguiera orando; y yo, tan bruto como siempre, sin hacerle caso - Acabó con un hilo de voz -. Luego pasó lo que pasó.
Tal y como supuse, Pedro volvió a caer en el desánimo. Un hilo de lágrimas volvía a surcar su intrincado rostro. Iago volvió a hablar.
- Pero no os creáis que fue sólo una vez. Hubo otras dos en las que Jesús tuvo que ir a despertarnos; se le veía inquieto y nervioso. La última, ya nos zarandeó con violencia, pues nos advertía de la llegada del traidor.
Sus puños se crisparon una vez más. Los nudillos de sus manos se tornaron de color blanco ante el recuerdo pavoroso del instante en el que el propio Jesús nos dijo que se acercaban a prenderlo.
Un rumor acompasado de pasos se acercaba desde el mismo centro de la honda noche, procedente, sin duda del Templo, de la puerta Dorada. Jesús se sobrepuso a aquellos momentos de angustia que lo habían atenazado y se alzó sobre su dolor. Avanzó hacia la cohorte de soldados del Templo que se acercaban. Supongo que fue la última, o la penúltima vez, que las huestes del Maligno, encabezadas por el dragón de las siete cabezas y las siete colas, se habían acercado tanto al corazón, al oído del maestro, para susurrarle que desobedeciese a Iahveh.
Nosotros, entre tanto, íbamos detrás de él, medio dormidos todavía, incluso tropecé con alguna de las raíces de los olivos que sobresalían más que el resto. Jesús se dirigió al grupo y les preguntó, como si no fuera con él la cosa, “¿A quién buscáis?”. Del seno de aquella tropilla, fuertemente armada, salió una voz que quería ser firme, pero en el fondo transmitía bastante miedo, “A Jesús de Nazaret”. Y, él, con cierta majestad, respondió “Yo soy”.Por fin, llegamos junto a Jesús, al tiempo que pedía que nos dejase libres al resto del grupo.

miércoles, 8 de abril de 2009

AVISO

Imagen del Santo Entierro de la Real Cofradía de la Santa y Venerable Esclavitud del Cristo de los Gascones. Talla del siglo XI. Foto de Francisco Javier Valle Martín
No se trata de nada importante, simplemente voy a explicar las razones por las cuales publicaré en los próximos días lo que publicaré.


Cuando regresé a la escritura como un proyecto que ocupara buena parte de mi ocio (ya sabéis que no me gano el pan con esta tarea), lo primero que hice, fue escribir una novela que me venía bordoneando el alma desde hacía unos años, concretamente desde el Sábado Santo de 1994. Tras varios años, en 2001 si no me equivoco, La Diputación Provincial de Segovia me publicó Aquel sábado lluvioso. En esta novela narro las horas que transcurrieron entre el entierro de Jesús de Nazaret y su resurrección. Por ser más preciso, cómo vivieron tales horas, los miembros del grupo que había llegado con él hasta Jerusalén: su madre, el resto de mujeres que les acompañaban, los discípulos, y algún otro de los próximos a él.

La escritura de esta novela, además de otras cuestiones, fue como una exigencia moral, como si algo dentro de mi conciencia no me permitiera reiniciar mi actividad 'literaria' sin pasar previamente por este peaje.

Después llegaría lo que tuviera que llegar, pero entonces lo tenía que hacer y lo hice.

Aprovechando estos días de Semana Santa, como advertí ayer, os explico que las próximas entradas van a ser cuatro fragmentos de esta novela.

Estos retazos de Aquel sábado lluvioso, tendrán relación con el hecho relatado en el evangelio y que se conmemora cada uno de los días de la semana santa.

Que os gusten. Lo deseo fervientemente.

Como anticipo os dejo aquí el arranque de la novela, sus primero párrafos:


*

(...) José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fue también Nicodemo - aquél que anteriormente había ido a verle de noche- con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.[i]

La lluvia caía monótona. A veces era imperceptible, casi invisible, otras lo hacía con furia, hiriente. Casi siempre era un fluir incansable, continuo, lento. El anochecer se había adelantado debido a la densidad negra, opaca, azabachada, de las nubes que, a partir del inicio de la tarde, cubrieron el celaje (y nuestro espíritu), hasta entonces celeste. El silencio de las estrechas calles, que contrastaba con el bullicio de los últimos días, hacía más estridente a los oídos el sonido de ritmo reiterativo y machacón de las gotas de agua sobre las losas del pavimento gris, sombrío.

Supe, desde que lo vi en el balcón del Gobernador Pilato vejado, tumefacto, herido, deforme, casi desecho humano, que aquella noche no dormiría. (Sería la segunda). El dolor, que comenzaba a traspasarme las entrañas, me mantendría atenazado al discurrir de las horas, acaso el resto de mi vida. ¿Era posible tal desgarro en el corazón y no sentir cómo se desgajaba por medio? ; ¿cómo podría seguir viviendo, respirando siquiera, después de lo que veía y lo que me imaginaba? ; ¿todavía quedaban lágrimas en mis ojos?

En el recuerdo permanecía anclado, como lo estaba en los días tormentosos la barquichuela en el lago de Genesaret, el momento en el que el ruido seco, bronco y profundo de aquella losa blanca cerraba para siempre el sepulcro. Aquel retumbo aleteaba en el interior de mi cerebro golpeándolo inmisericorde. En mi cabeza sólo resonaban los estruendos opacos de los goterones y de la losa, de la losa y de los goterones: agua que fluye eternamente, piedra que eternamente permanece...

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[i] Evangelio de san Juan, capítulo 19, versículos del 38 al 42.

martes, 7 de abril de 2009

SEMANA SANTA DE SEGOVIA


Al fondo la Catedral de Segovia iluminada.
Foto tomada de la página web del Ayuntamiento de Segovia.

Esta entrada resume un artículo que se escribió para una publicación de carácter turístico que no se editó nunca. Será el primer texto relacionado con la Semana Santa de este blog. Quien avisa...

La moderna Semana Santa de Segovia no nace por generación espontánea, sino fruto de la historia que comienza en el siglo XVI José Luis Huertas San Frutos lo escribió así en el programa para la de 2000:

las celebraciones semana santeras nacieron de la religiosidad de un pueblo que no se conformaba con celebrar en el Templo el Misterio Pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Deseaba verlos en la calle, sentir su mirada en ellos, aglutinar en los Pasos sus sentimientos religiosos, estremecerse con las músicas, experimentar sensaciones desde el gentío, rezar desde la multitud.
Este mismo deseo, quinientos años después, parece su nutriente fundamental, aunque no el único. Por eso pervive y encandila su fuerza y eclecticismo, su austeridad y belleza. Autenticidad, recogimiento, fervor, silencio, imbricación de lo popular y lo culto. Lo divino y lo humano se alcanzan en la muerte de Jesús (Dios y hombre) en espera de la resurrección. Eclecticismo artístico y cultural que recorre, desde el románico hasta el siglo XX, pasando por el barroco, por las escuelas castellana, catalana, andaluza, por el naturalismo de principios del XX. Y todo, en uno de los mejores escenarios imaginables: la mística Segovia.

*
Atardece el Jueves...
Desde las zonas más alejadas de la catedral, comienza el ronco sonar de tambores que llena de ecos fúnebres la ciudad. Por pinas callejuelas, o por anchas avenidas, salen el dolor del Hijo y el de la Madre. De las filas de los espectadores, brota un murmullo que acalla el seseo de cientos de pasos tenues, el redoble de los tambores, el lamento de las cornetas, el llanto de las dulzainas. Los colores de las cofradías morados, negros, carmesíes, cerúleos, blancos, verdes flotan un poco fantasmales. Las expresiones doloridas de las vírgenes golpean el cerebro. El verismo contundente de la anatomía del crucificado, o del yacente, hace correr un frío estremecimiento por el centro de la espalda. En suma, el dolor y el desgarro, la soledad y la muerte trocados en arte, y peligrosa cercanía, exaltados a la categoría de emoción y belleza. La pasión en la mirada, en los sentidos todos: las cruces de los penitentes, la elegancia de las señoras ataviadas con la mantilla de riguroso luto, como si multiplicaran el dolor de la Madre, el ritmo reiterativo y funesto de los tambores, la belleza inusitada de Segovia al atardecer, acariciada por el dorado sol, o en la noche, contemplada por la primera luna llena de Primavera...
Espectacular, por el viaje histórico que ofrece, es el paso de la cofradía de ADEMAR, entrada la noche, bajo el arco del Socorro con Jesús con la Cruz a cuestas seguido de la Virgen de las Angustias, que penentran en el recinto amurallado. Si hay algo parecido al Jerusalén que cruzó el Nazareno cargado con el madero, es este lugar. Quien pueda, que lo vea. Habrá merecido la pena el viaje...
Y los pasos que cruzan el Acueducto, y cuando atraviesan la plaza de San Martín y la entrada en la Plaza arropados por los vuelos del manto de la Catedral, y, en la mañana del Viernes, acompañar al Cristo de San Marcos ascendiendo la cuesta de los Hoyos, seducidos por Segovia que nos incita...

*
El viernes, al crepúsculo, desde la Catedral, todas las Cofradías emprenden la procesión de los Pasos, que, como una catequesis, narra los momentos más significativos de la pasión de Jesucristo.
Abre el cortejo La oración en el huerto, de Josep Rius, escuela catalana; Jesús acepta su próxima pasión consolado por un ángel, ambos serenos y confiados.
La Flagelación, de José Quixal, escuela catalana; la rabia y la burla de los sayones contrasta con la tranquilidad dolorida de Jesús.
Del mismo autor, Jesús con la cruz a cuestas, imperturbable, como un rey; lo acompaña el impresionante paso de la Virgen de las Angustias, de la escuela de Juan de Juni tallada a fines del siglo XVI, en la que el sentimiento de angustia (como su nombre indica) toma carne en el rostro de madre rota.
Contemplamos, luego, al Santo Cristo de la Cruz, popularmente llamado de las Enagüillas, del siglo XVII, de escultor anónimo castellano; más que muerto, parece dormido este Cristo tan querido de los segovianos.
El Santo Cristo de San Marcos, siglo XVII, escuela castellana, es de un poderío sobrecogedor por el tamaño del cuerpo, más de metro ochenta, y la majestad tranquila de su rostro muerto.
El Santo Cristo en su última palabra y La Soledad al Pie de la Cruz, ambas del escultor segoviano Aniceto Marinas, son buena muestra del naturalismo del arte de este autor universal: quedar indiferentes a ellas es imposible, pero, más que por la perfección de su trazo, por el sentimiento de dolor y fe que, al mismo tiempo, transmiten ambos rostros.
El Calvario de la escuela de Olot, del siglo XX, se incorporó a esta procesión el año 2007; este paso es empujado sólo por mujeres. María Magdalena junto a Jesús en la cruz, de Sebastián Sanabra, de la escuela catalana, destaca por el dolor de la joven y rubia mujer, ante el musculoso cuerpo del Maestro agonizante. La Piedad con su hijo en brazos, de José Quixal; el cadáver del hijo, recién descendido, reposa en su regazo, y abate el rostro de la madre.
El Santo Cristo de los Gascones nos traslada hasta los momentos pretéritos de las celebraciones semana santeras, pues data del siglo XI, 1090, y consta que en 1628 ya procesionaba; es un Cristo románico de madera policromada articulado, yaciente en una urna de cristal y madera.
En penúltimo lugar, arrobados, demudados acaso, ante nuestras retinas comparece el Cristo yacente “Camino del Sepulcro” de Gregorio Fernández, talla barroca de la segunda época del autor, hacia 1615, donde el sentido religioso del barroco vuela hasta su cenit, donde la muerte del Señor, acaso caliente aún, con los párpados y la boca entreabiertos, es, de algún modo, la muerte de la entera humanidad.
Por último, la madre cierra el cortejo, La Soledad Dolorosa, bajo palio, enlutada y lacrimosa, talla de autor anónimo en la que la devoción popular deposita cariño y pasión a raudales; es la virgen andaluza de nuestra procesión, sin duda, la más querida de los segovianos, por cuanto resume en su blanco rostro el negro dolor de la madre, de cada madre que ha tenido que acompañar el cadáver de su hijo, más cuando la injusticia y la brutalidad humana han sido los autores de esa muerte.
Al fondo de la vertical noche de luna llena, queda el eco del ronco tambor, la sombra del dolor de la muerte, el aroma de la esperanza de la resurrección, y la belleza de la vieja Segovia, que, aún hoy, se estremece por la muerte de Jesús, el nazareno.

lunes, 6 de abril de 2009

MÁS QUE EL BURKA


Es la noche un pedazo de esperanza, que se abre con la luz de una luna que camina hacia su plenitud en pocos días. Es la noche una sonrisa complacida, mas silenciosa, en donde anida el futuro, el mejor futuro.
Quizá tengamos que transitar por lugares aún oscuros y famélicos, incluso es probable que tengamos que verter muchas lágrimas anudados a la soledad y al dolor, pero ahí no está la definitiva meta, ni siquiera un área de descanso.
Por eso, porque el final será un grito de libertad, leer ciertas informaciones como la que acabo de leer en El País Digital es como retroceder a unas cavernas de las que uno nunca debió formar parte.
Parece ser que las necesidades de pactos políticos para llegar a la presidencia del gobierno han obligado al presidente afgano a claudicar ante los chiíes más integristas, la aprobación de una ley basada en sus ancestrales tradiciones. Según la diputada Fawzia Koofi, partes de esta ley atentan contra los derechos humanos.
Ya sé que se trata de otra cultura bien distinta, incluso de otra religión diferente, pero me imagino que desde alguna parte, alguien tendrá que hacer algo.
Transcribo un párrafo de la información del periódico, para evitarnos problemas de interpretación:

La lectura de la ley que hace Koofi, como la del resto de los activistas, es demoledora. El nuevo código niega la necesidad de consentimiento para las relaciones sexuales dentro del matrimonio, aprueba implícitamente las bodas infantiles y establece que las mujeres necesitan permiso de sus padres o maridos para estudiar, trabajar o acudir al médico. A las afganas, les suena familiar: aún no han olvidado las restricciones que sufrieron durante el régimen talibán (1996-2001), cuando no podían salir a la calle sin la compañía de un hombre de la familia.
En todo caso creo que es perfectamente recomendable la lectura completa del artículo que no es muy largo. Aquí os dejo el enlace
En tiempos como estos, donde una parte del mundo invierte capitales ingentes para proteger a determinadas especies animales (lo cual es muy necesario y muy loable), hay ciertos individuos que proclaman desde la religión la utilización de la mujer de ese modo tan abyecto.
Marián, por casualidad, está leyendo ahora, y contándome, Mil soles espléndidos, una novela del escritor y médico afagano Khaled Hosseini que precisamente habla de la convulsa historia de su país desde mediados de la década de los setenta del siglo pasado. También escribió Cometas en el cielo en la que se basó la película del mismo título que tuvo relativo éxito en España, sobre todo porque su banda sonora, compuesta por Alberto Iglesias, fue candidata a obtener un Óscar.
En esa parte del mundo, y quizá en otras, de modo oficial las mujeres son tenidas en poco más que animales de carga, buenas en exclusiva para la procreación y crianza de los niños pequeños.
¿El resto del mundo tendrá que mirar a otro lado?
El camino que desemboca en el futuro, en el mejor futuro pasa por complicados desfiladeros. Esos también hay que atravesarlos.

domingo, 5 de abril de 2009

SUEÑOS

*
He soñado con líquenes húmedos de lluvia tibia,
con esquirlas de viento pugnando
por huir de una telaraña azul,
con briznas de tiempo escapando
por el quicial de la existencia,
o de la sombra.


**
He soñado con manos arcillosas
de excavar en la tumba del recuerdo atroz,
con suspiros de noche que el eco
ha llevado hasta la madrugada,
con lágrimas escarlatas ensangrentando
al unicornio transparente.


***
He soñado con gatos enlodados
en medio de la tempestad,
con brunos fantasmas invisibles
y fríos,
como de escarcha negra,
con cicatrices que supuran sal
para que el dolor entumezca al alma.


****
He soñado con glutinosas
semillas de rocío,
adheridas al asfalto estéril,
con bacterias diamantinas
agotadas
de surcar la nada,
con ácaros sinuosos,
acróbatas de la entraña del silencio.

*****
He soñado con tibios tintieneos
sobre la piel que canta sin son,
con litros de esencia que se
derrama en ígneas llamaradas blancas,
con la sinfonía invertebrada
del infinito
de incesante ritornello.

sábado, 4 de abril de 2009

AL AMANECER

*
Se ha levantado con los músculos todavía cansados, tras la agotadora jornada de la víspera, en la que no se recuperó de la anterior, ni de la otra, ni de la del otro día.
El sol todavía no ha asomado, aunque percibo su jadeo que empuja la oscuridad hacia el rincón del oeste.
Tendría que levantarme y calentarle un cuenco de leche para su desayuno, pero hoy tampoco hay leche. Mis lágrimas llenan mi rostro, una mañana más, por eso no me levanto.
Me imagino sus pasos, aún tan pequeños, veloces sobre el camino para no llegar tarde. ¿Cuántos kilómetros hasta alcanzar la puerta...?
Cuando el sol se haya desmayado de nuevo, volverá cansado y me entregará un par de monedas. Le miraré las piernas, cada día más delgadas, y los dedos llenos de las grietas que nunca se cierran.
Antes de que se siente a comer un poco de arroz, que no podré tomar en todo el día, arrimaré su cabeza a mi regazo, como cuando era pequeño, hace tan pocos años; acariciaré su cabello y callaré, porque las lágrimas rodarán aún por mi arrugado y reseco rostro...
Sssh, que él no vea este llanto... Sssh, cantadle una nana, que no oiga este llanto... ni el de ahora, ni el de luego: ¿cómo llegarían sus doce años a la fábrica donde se afana cada día por esas monedas, si escucha este llanto...?
__________________
Os ofrezco este enlace. Se trata de un vídeo cuya duración es de unos veinte minutos. En él se habla de algo que todos, en teoría sabemos: el consumismo es una lacra.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=68474&titular=la-historia-de-las-cosas
No soy ningún experto conocedor de los secretos de la Red. Este enlace nos lo proporcionó ayer, una colaboradora habitual del blog de Juan Cruz, Mira que te lo tengo dicho. Esta colaboradora firma con el seudónimo de Una Lectora de Poesía, y además de su delicadeza y la hermosura de su prosa, tantas veces tan poética, muestra un interés profundo por denunciar la injusticia y sus causas.

viernes, 3 de abril de 2009

MAÑANA SIN HISTORIA y 3

¿Ataque de pánico momentáneo y pasajero?
¿Una anemia, que le debilitaba, y le impedía realizar su trabajo?
¿El mal que padecían los escritores que durante fases, más o menos largas, eran incapaces de escribir...?
*
Decidió no dar pábulo a ninguna teoría. Respiró con calma y profundidad, únicamente concentrado en los procesos físicos de la inspiración y de la expiración.
Apelotanadas, detrás de las neuronas concentradas en el lento movimiento rítmico de su aparato respiratorio, sentía un batallón de otras tantas que se ahogaban en el pánico de un enorme lodazal que las engullía: carecer de historia.
Al mismo tiempo, otro ejército, que crecía deprisa, pugnaba por lanzar su feroz ataque de preguntas hirientes, preguntas que eran susurros de serpientes insidiosas e incansables o venablos envenedados: '¿Es un accidente?', gritaban; '¿Contarás más historias en el futuro?' golpeaban; '¿Padeces el mal del escritor?', herían; '¿Te han secuestrado la inspiración?', escarnecían; '¿Castigo divino? ¿Aviso para que dejes de escribir? ¿Señal para que hagas cosas útiles a la comunidad, como cuidar enfermos o arreglar coches?', remataban.
Hizo el esfuerzo, casi sobrehumano, de que no cruzasen las barricadas y permaneciesen encalladas en el horizonte de sus terminaciones nerviosas, en el quicial de los finísimos cables que unen el impulso eléctrico con el núcleo de la célula cerebral; un forcejeo que consistió, primero, en continuar con la concentración absoluta en sus movimientos inhaladores y exhaladores; cuando estos no ofrecían interés, y la atención en tales acciones reiteradas, constituyó débil defensa para el peligroso ataque de interrogantes y miedos que rebrincaban y piafaban inquietos en la lejanía de su conciencia, cambió de estrategia: concentró su artillería defensiva en buscar elementos que le impidieran enfrentarse a enemigos tan poderosos y destructivos.
Volvió su vista al cuaderno, retomó el bolígrafo y anotó con digna frialdad, ‘Aunque hoy no tengo ninguna historia que escribir, no estoy preocupado’. Iba a fecharlo, concluyendo la jornada, pero se arrepintió y añadió, ‘Me tomaré unas vacaciones, cualquier persona tiene derecho a un descanso, incluso yo’. A continuación, más seguro de lo que hacía, inscribió la fecha del día al pie de la frase.
*
Consecuente con sus decisiones, avizorando las peligrosas cuestiones que amenazaban con destruirle, salió.
La calle le ayudaría.
Aunque no encontrara historia, despistaría a las huestes que acechaban. Rezaba para que los hábiles zapadores enemigos no encontraran resquicio en los diques de contención y no penetraran a saco, con orden de fuego a discreción. Temía su abordaje, pues no podría defender su nave, y se hundiría en el océano del vacío, prisionero del miedo paralizante.
Se dedicó con fruición a devorar con la mirada: calles, mendigos, árboles, coches, contenedores de basura... Arriates, pescaderías, viviendas, militares, cabinas, contenedores de envases... Cines, niños, iglesias, perros, persianas, estudiantes, flores, policías, escaparates, gitanos, plazuelas, nubes, contenedores de vidrios... Librerías, motocicletas, ancianos, carnicerías, sombras, camiones, colillas, bolsas, bicicletas, gatos, mercerías, palacios, arbustos, heces, limpiadores, restaurantes, empleados, conventos, lencerías, hojas, contenedores de pilas... Bares, mujeres, luces, papeles, cafeterías, pizzerías, teatros, vendedores, plazas, colores, contenedores de papel...
¿Dónde los contenedores de historias...?
Tal barahúnda de personas, animales, sonidos, formas, olores, vegetales, aunque fue buena maniobra de distracción, le sirvió durante poco tiempo; el enemigo no se amilanó por la salva de fuegos artificiales arrojados sin puntería.
Preguntas y pensamientos dañinos escalaban las frágiles empalizadas: perdiste la capacidad de fabular, no escribirás otra historia, el folio en blanco es un precipicio por donde te desnucarás, el almacén de tus historias se vació, la de ayer ha sido la última. Cuajó, como nevada en enero, la peor de las insidias: tenías un cupo asignado, y se ha agotado. Pensó que, del mismo modo, tenía contabilizadas las respiraciones, los latidos, las miradas, y que llegaba a los postreros.
Ante un ataque tan artero, intentó otras defensas. Si no le llegaban historias de su interior, las capturaría de lo que pasaba ante sus ojos. (La ambulancia volaba con todas las señales luminosas y acústicas en funcionamiento; no vislumbró un sueño luchaba contra la muerte). Miraba anhelante a su alrededor. (El niño de cuatro años lloraba desesperado; no reconoció la angustia porque se había perdido... La verdad, ni siquiera escuchó su infantil llanto). Aunque escudriñaba el horizonte, no encontraba la historia maravillosa, la aventura portentosa, el misterio imposible de resolver. (La pareja se besaba con pasión, con hambre, mientras las lágrimas de ella humedecían las mejillas; ni los vio; no adivinó la contrición tras la puñalada). Estaba cada vez más nervioso, le temblaban las manos, sudaba copiosamente, sus ojos se obnubilaban, veía borroso, su corazón era manada de caballos en estampida. (La mano del anciano acariciaba la de la anciana, mientras, avaros, absorbían el sol del mediodía; no intuyó que aquél era el mayor don tras una vida de sufrimientos; ni se apercibió de sus ojos chispeantes como dos jóvenes). No sentía hambre. (En el restaurante, como noticia preocupante, comentaban su ausencia, la primera sin aviso en cinco años). (El cachorro de pastor alemán se acurrucaba, con terror, abandonado a su suerte; no distinguió su peluda mancha parda; no escuchó su débil gemido lastimero).
Sus pasos eran de autómata. Por un momento, decidió regresar a casa, pues quizá allí encontraría la calma. Casi sintió el pellizco del apetito. Pero ambas ideas se evaporaron, como si el fuego del fragor de la batalla interior las derritiera. Compulsivamente continuó buscando la historia. (El joven corría apresuradamente y volvía la cabeza, como si le persiguiesen; no pensó que huyera de una pesadilla)… (El hombre que pasó a su lado, le miró, se acercó a preguntarle; no lo vio). Llegó a la peor de todas las conclusiones: no quedaban historias. Nada tenía sentido. (Otro hombre caminaba por la acera, arriba y abajo, sin cruzar. Más de media hora el mismo itinerario; no adivinó la losa de dolor que lo aplastaba). Comenzó a correr desesperadamente, como hacía muchos años que no hacía y no vio el coche que venía lanzado a toda velocidad, cuando iba a atravesar la avenida, casi vacía...
Se detuvo a tiempo, como fulminado.
Al contemplar el destello del automóvil, al percibir los latidos desenfrenados de su corazón, al escuchar el griterío de la batalla, encontró la historia, aunque la escribiría al día siguiente, pues estaba cansado, hambriento y mareado. Ya sabía el comienzo:
*
Escribía con la misma naturalidad con que se respira, con que se ve, con que se oye, sin expresa intención volitiva. Sabía que el acto de la escritura era parte esencial de su ser. No podía, aunque tampoco quería, hacer nada para evitarlo. Como no podía impedir que sus ojos oscuros parecieran inexpresivos, de pez asustado, o que su liso cabello escaseara cada vez más, o que su estructura ósea diese la impresión de frágil vulgaridad, semejante a la loza ordinaria que se utiliza en las cocinas, o que su poco desarrollada musculatura invitase a pensar en endeblez inconsistente, aunque tras ella se percibiera la flexibilidad de los dúctiles gimnastas más que el anquilosamiento de los seres sedentarios. De igual modo, tampoco podía evitar aquella actividad que lo definía más que nada en el mundo.
*
Después, prepararía las maletas y haría un largo viaje.

jueves, 2 de abril de 2009

LONDRES

No he escogido la fotografía de El País Digital, por azar. Lula Da Silva y Nicolás Sarkozy, abrazdos en París, más que mandatarios son símbolos de dos modos de entender la política.
Escribo mientras las manecillas del reloj acarician la media noche española.
¿Cuántos hambrientos quizá duerman mal porque su estómago les reclame un alimento que son incapaces de enviar hasta allí? ¿Cuántos padres y madres de familia tendrán que ocupar u ocupan una fila a las puertas de las distintas oficinas del Paro de Europa y de América y de Asia a la búsqueda de un empleo? ¿Cuántos tendrán que variar la ruta de su camino, por no pasar por delante de la tienda donde ya les han fiado? ¿Cuántos niños y niñas rebuscan en los montones de basura de los vertederos de las megápolis del mundo? ¿Cuántos trabajadores van a perder o están perdiendo su puesto de trabajo? ¿Cuántos medicamentos se dejarán de fabricar? ¿Cuántos niños que mueran de hambre sabrán que la causa de su agonía angustiosa ha sido provocada por la estafa de los fondos de alto riesgo? ¿Por qué una crisis que originaron los comportamientos inmorales de quienes manejan el dinero, provoca el aumento exponencial de la pobreza en quienes ya eran pobres y no detrae casi nada de quien era y sigue siendo rico y poderoso? ¿Por qué para arreglar un problema se premia a quien lo ocasionó? ¿Por qué el veneno del miedo se ha colado en nuestro pensamiento? ¿La esperanza empedrará el tortuoso camino de la recuperacion?
..., ..., ..., y ...
¿Ha llegado la hora de modificar el sistema económico que rige el mundo?
*
En algún punto de Londres debieran resonar estas preguntas u otras... Mejor dicho, debieran resonar las respuestas que solucionen las incógnitas, éstas y otras. En las calles londinenses habrá muchos gritos que empuñen interrogantes similares, porque allí tendría que pasar algo.
Sin embargo, a estas horas, no soy optimista, a pesar de mi beligerancia a favor del futuro.

miércoles, 1 de abril de 2009

¿Y AHORA QUÉ...?

*
¿Y ahora qué...? Piensa, Leo, pensó.
La mañana, através del ventanuco de cristales esmerilados, sonreía con labios dorados y ojos azules. Miró a su alrededor, despacio, creía que si lo hacía deprisa el ruido producido por sus músculos y por sus huesos, sobre todo las vértebras, sería descomunal y tras él se desencadenaría el estrépito de todas las alarmas del universo, incluso las desconectadas.
Nadie te ha visto, Leo, pensó.
Y sin embargo, tenía la sensación precisa y contundente, nítida e indeleble de que todos conocían ya, en ese preciso momento de la aurora, lo acontecido unos segundos antes. Nunca creyó del todo en Dios, pero tuvo la impresión de que, si existía, su presencia pesaría en su conciencia del modo en que sentía ese fardo invisible, inasible, pero perfectamente presente.
No hay marcha atrás, Leo, pensó.
De las palmas de sus manos brotó un manantial tibio y salobre. Su lengua se hizo guijarro de camino. Cimbreó el cuello. Lo sabía. Los chasquidos de la tercera y de la cuarta vértebra fueron como dos sonoras detonaciones. Volvió a detenerse. Sólo escuchó la estampida de su corazón. Se giró. El sombrío pasillo estrecho era una larga pesadilla solitaria.
Tranquilo, Leo, están aquí, pensó.
Los billetes ocupaban el lugar adecuado. La cámara había sido convenientemente desactivada. Todavía era temprano. Nadie sabía nada aún. Tenía tiempo para la huida tranquila.
¿Y ahora qué...? Piensa, Leo, pensó.

martes, 31 de marzo de 2009

LA MEDIA MARATÓN.

Diferentes instantáneas de la prueba, publicadas por
El Adelantado de Segovia en su edición digital.

Surgió el domingo como una caricia congelada, nuevamente.
La ciudad, esta ciudad a la que me tendría que referir más a menudo en este cuaderno cibernético, estaba preparada para recibir sobre su piel vieja las pisadas veloces de unos cuatro mil setecientos atletas. Ya durante la víspera las viejas calles barridas por grises vientos sonreían la abundancia de visitantes que venía a pasar su día de asueto. Me imagino alguna conversación sobre el asunto: '¿Mañana? No, mañana como en Segovia, primero me haré una carrera de veintiún kilómetros y luego me quedo a comer'. Los atuendos deportivos proliferaban por todas partes. Pero los atletas no llegaron solos. Con ellos, con muchos de ellos, se acercaron sus familias, sus mujeres o maridos, sus hijos e hijas, sus padres, sus novias o novios y amigos, incluso algún otro familiar.
Por suerte no hubo campo de batalla a veintiún kilómetros de Segovia, y no fue necesario que ningún soldado extenuara su corazón para comunicar a la ciudad la victoria sobre las tropas enemigas.
Supongo que, salvo media docena de participantes en cada categoría -quizá menos aún-, nadie aspiraba a ganar la prueba, sino a vencerse a sí mismo.
Esta especialidad de la maratón o la media maratón, tiene más de prueba de superación personal que de competición. Es tan desmesurada la distancia, que es imposible plantear ninguna estrategia, puesto que las variables que pueden incidir son tantas, que toda táctica previa es inútil, salvo la de conocerse a la perfección y saber, por tanto, hasta dónde se puede forzar el propio cuerpo. Cada participante conoce su marca, y, si acaso, ése es el gran objetivo, el verdadero gran premio, rebajar en algunos segundos el tiempo tardado en recorrer esa misma distancia en otras ocasiones. Pero en la mayoría de los casos, el primer objetivo es secreto, aunque compartido por la mayoría: alcanzar la meta. A pesar de los entrenamientos, a pesar de la ilusión, a pesar de cada detalle esté estudiado, el verdadero objetivo de la inmensa mayoría es el de ultimar todo el recorrido. Aunque sea llegando en el puesto 2016, que, por cierto, en este caso y por razones obvias tenía premio.
Desde la ventana de esta casa, pudimos contemplar cómo la cuesta de la Avenida de Ezequiel González se tornaba poco a poco en un calvario. Ante mis ojos la calle se tornaba niña bien traviesa y se empinaba sorbo a sorbo, tal que si jugara al escondite inglés. Las zancadas cada vez se acortaban más, los troncos cada vez se inclinaban más, las cabezas mostraban una peligrosa tendencia a movimientos laterales. Pero el sonido de las zapatillas sobre el asfalto continuaba en lento rosario que interminable. Del modo que fuese, todos continuaban.
Las declaraciones posteriores de los atletas coinciden en muchos casos: esta media maratón es hermosísima.
Vale, es cierto.
Pero para un corredor más que hermosa es durísima, pues los desniveles que tiene que afrontar durante los veintiún kilómetros son tremendos. Y mi duda, la gran duda, es saber cómo pueden afrontar lo abrupto de este recorrido tantas personas que, evidentemente, no 'disfrutan' en sus localidades de circuitos similares.
Después de haber leído lo fundamental de la prueba, lo noticiable, a uno le queda la sensación de que esta ciudad tiene un embrujo especial, que sus calles, sus panorámicas, sus monumentos y sus gentes, cuando se organizan bien las cosas, tienen una extraña capacidad para imantar los corazones.
Ocurre, por desgracia, pocas veces, pero cuando sucede, algo especial se apodera del ambiente, una sensación que se parece mucho a la sensación que dejan en la piel las caricias o los besos de los niños.

lunes, 30 de marzo de 2009

GRAN TORINO

Un hombre, fuerte como un roble, y anciano como un roble, y enhiesto como un roble, mira de frente y por derecho a la cámara. El gesto es el mismo, es la misma su mirada, pero las arrugas, son verdaderos surcos que el tiempo ha trazado con la hondura de un arado romano.
Han pasado pocos años, relativamente, desde que vi Million dollar baby y es como si le hubieran caído encima al actor todos los años del mundo. De pronto, Clint Eastwood ya no es solamente la arrogante figura que jamás era afectado por ningún sentimiento humano. Un hombre frío, osado, despiadado, invulnerable, de mirada gélida y agresiva. Alguien que en Harry el Sucio y el resto de sus secuelas cinematográficas, se elevó como guardián del bien utilizando las mismas armas que los representantes del mal. Todo muy violento, todo muy simple, en la misma línea de los spaguettiwestern que gracias a Sergio Leone popularizaron a este actor y convirtieron a Almería en un gran plató hollywoodiense.
El proceso que comenzó con En la línea de fuego, aunque en Los puentes de Madison ya asoma un hombre sensible, ha culminado con este Gran Torino. En aquélla, el talludito y arrogante guardaespaldas del presidente de los EE.UU que aparentaba poco más de sesenta años (los mismos que tenía el actor por entonces), ya empezaba a ser un tipo vulnerable. Y ya el sentimiento de la culpa pesaba en el personaje, como una planta que crecía, quiero decir, que la semilla estaba perfectamente arraigada en su corazón y que sólo era cuestión de tiempo el que llegara hasta donde ha llegado.
Por suerte para todos, Clint Eastwood ha alcanzado setenta y ocho años en plenas facultades mentales y con todo su vigor creativo e interpretativo. También por suerte para todos, su inteligencia ha sido suficiente como para saber que era el tiempo de que diera paso a un hombre atormentado por su pasado, aunque dicho tormento se oculte, o se pretenda ocultar, tras esa arrogancia física que aún ostenta, tras esa mirada acerada y dura, casi siniestra y muchas veces sin piedad.
Pero pronto se ve que todo es pura pose, escudo protector de un hombre que se sabe, en realidad, desprotegido, solo y despreciado, salvo por su memoria y por los habitantes del pasado, entre los que no figuran los jóvenes. Da igual que sean 'rollitos de primavera', sacerdotes irlandeses, morenos o chicanos.
Esta película, como acontece en las buenas obras de arte, y las que dirige Eastwood no son malas, tiene, al menos, dos niveles de lectura. Por la superficie galopa con ritmo y tino cinematográfico el argumento de una cinta que contrapone las dificultades que tiene un antiguo excombatiente de la guerra de Corea para comprender a las generaciones que le han sucedido. Si ya no se entiende con sus hijos, a sus nietos los ve como extraterrestres dignos de un reformatorio al más puro estilo, la letra con sangre entra. Para aderezo completo del ambiente en el que vive, el barrio se ha convertido en lugar de residencia de los 'amarillos', aunque pronto descubrimos que se trata de Hmong, es decir, una etnia vietnamita que apoyó al ejército norteamericano durante la guerra de Vietnam y que tuvo que huir de su país, una vez que el Vietcong se hizo con las riendas de la situación y el ejército estadounidense regresó a casa. Se contraponen los valores del esfuerzo, el tesón, el trabajo, el respeto a los mayores, la hospitalidad, el contacto humano, con el nuevo estilo juvenil de las bandas compuestas por jóvenes de la misma raza (hmong, negros, chicanos...) cuyo único fin es delinquir o eso parece.
Pero bajo este argumento (del que no contaré más por respeto a quien no la haya visto aún) habita la verdadera historia de la película, que no es otra que la historia de purificación de la culpa del protagonista Walt Kowalski, Clint Eastwood, que durante las casi dos horas de proyección evoluciona de un modo que no deja indiferente a nadie. Desde el primer fotograma del filme, en que escuchamos el gruñido de un temible perro guardián enfadado tras la boca cerrada de Walt Kowalski que preside el funeral de su esposa (fotografía que ilustra este comentario), hasta el final de la película, además de la historia que se nos cuenta, contemplamos el cambio de una personalidad que pasa de la intolerancia a la entrega. Un hombre que, a pesar de la animadversión que siente por la iglesia católica (otra de las constantes de los personajes del ultimo Eastwood, la crítica a la iglesia católica, sobre todo al sacramento de la penitencia), siente el peso de la culpa como una losa que le aplasta la vida; un hombre que durante ese periplo interior encuentra, en medio del dolor absurdo causado a un inocente, el modo en que ha de aplacar su remordimiento, una vieja culpa que le ha atormentado toda la vida.

domingo, 29 de marzo de 2009

SILENCIO TURBIO

El Atlántico en A Coruña. Foto de Marián

Tarde de acentos circunflejos, turbios,
imposibles tejados que se ciernen
sobre una página por escribir.
Silencio tenso, escamoteado
a la alegría en la contemplación,
de la infantil sonrisa:
puro diamante tibio de ternura
hoy recién estrenada…
Callar que es cual zumbido en cementerio
lleno de mudos muertos.
Callar que aprieta sístoles, diástoles,
que ennegrece, que opila
el río de la vida, marchitando
sus aromas inquietos.
Es un callar maligno que amedrenta,
que oscurece el volar de golondrinas,
que aclara la sonrisa
de calaveras calcinadas, frías.
Silencio que se atasca en el ocaso
y asfixia la sonrisa del crepúsculo…
Es un callar premonitorio, tenso,
de ceniciento cenagal, carnívoro.

sábado, 28 de marzo de 2009

DESDE LA PIEDRA (CUADRO DE ADRIÁN DORADO)

Desde la Piedra. Autor, Adrián Dorado. Técnicas mixtas y collage.
Horrorosa reproducción fotográfica realizada por Amando Carabias María.


El cartero cruzó la mañana de la ciudad con el paquete largo y ancho, liviano y delgado. Cuando llegó a la casa del escribidor castellano, éste no estaba en su domicilio. Cosas que suceden. El cartero y el escribidor trabajan a las mismas horas.
Cuando el escribidor retornó al hogar, sólo el aviso era el testimonio de la llegada desde Argentina de aquel objeto.
En su cabeza, en la del escribidor, se empezaba a fraguar la idea un tanto misteriosa de lo que podría contener aquel paquete.
Lo más probable es que Adrián Dorado con su ironía desmedida, hubiera sobornado a la oficina de correos española en pleno, porque el aviso que el escribidor descubrió en su casa tenía marcada un aspa en la casilla correspondiente a carta. Es decir que, aunque el escribidor no se esperaba nada en concreto, se imaginó algo de un tamaño poco mayor que un folio.
Pero ayer por la mañana, al tomar el paquete y comprobar sus dimensiones (que calculó serían de medio metro de largo, por unos treinta y cinco centímetros de ancho), así como la liviandad de su peso, intuyó que se trataría de un buen cuadro de su amigo.
Contuvo el escribidor las ansias en la oficina, más que nada para que el posterior transporte hasta su casa no generará algún daño en la obra de arte, que supuso delicada y de materialidad endeble. Y después de comer, sin esperar a más, rompió la cartulina convertida en sobre, despegó la cinta aislante que sujetaba dos cartones de embalaje de un refrigerador y destapó la blanca cubierta que cumplía con la misión de ser la última protección de la pintura realizada sobre papel en técnicas mixtas y collage, datada en el año 2000 y cuyo título es Desde la Piedra.
De inmediato se le vino al escribidor una sonrisa a la boca. ¿Cómo algo tan pesado y tan denso como una piedra, pesaba tan poco? Y luego se percibió el peso de esa preposición, que a lo mejor era más importante de lo que suelen ser las preposiciones: desde...
No se trataba de la reproducción de una piedra, a pesar del fondo grisáceo y blanquizco que le asemejaba con el granito, sino de lo que allí se había gestado y desde allí emergía y desde allí se mostraba. Esa vida, esa lanzadera hacia el infinito.
Y le vinieron cosas inconexas a la cabeza, como aquella vez que Juan Cruz, en su blog habló de una roca y que sugirió a Adrián una experiencia infantil o adolescente en Castro Urdiales, o la piedra de Sísifo, con el mensaje de su eterno comienzo, de su tenacidad inquebrantable, o las Cuevas de Altamira, o quizá otras cuevas prehistóricas, y le recordó la intensidad y la rotundidad y la fuerza de sus trabajos... Y se fijó en la fecha de la obra, justo el año del cambio de milenio, a alguien se le ocurría reflexionar sobre las piedras, mejor dicho, desde las piedras.
Y el escribidor se alegró desmedidamente de tener que buscar un lugar para exponer este cuadro que también compartirá un hueco con los cuadros de su hermano Mariano, esos cuadros que enaltecen las paredes de su salón.