martes, 7 de abril de 2009

SEMANA SANTA DE SEGOVIA


Al fondo la Catedral de Segovia iluminada.
Foto tomada de la página web del Ayuntamiento de Segovia.

Esta entrada resume un artículo que se escribió para una publicación de carácter turístico que no se editó nunca. Será el primer texto relacionado con la Semana Santa de este blog. Quien avisa...

La moderna Semana Santa de Segovia no nace por generación espontánea, sino fruto de la historia que comienza en el siglo XVI José Luis Huertas San Frutos lo escribió así en el programa para la de 2000:

las celebraciones semana santeras nacieron de la religiosidad de un pueblo que no se conformaba con celebrar en el Templo el Misterio Pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Deseaba verlos en la calle, sentir su mirada en ellos, aglutinar en los Pasos sus sentimientos religiosos, estremecerse con las músicas, experimentar sensaciones desde el gentío, rezar desde la multitud.
Este mismo deseo, quinientos años después, parece su nutriente fundamental, aunque no el único. Por eso pervive y encandila su fuerza y eclecticismo, su austeridad y belleza. Autenticidad, recogimiento, fervor, silencio, imbricación de lo popular y lo culto. Lo divino y lo humano se alcanzan en la muerte de Jesús (Dios y hombre) en espera de la resurrección. Eclecticismo artístico y cultural que recorre, desde el románico hasta el siglo XX, pasando por el barroco, por las escuelas castellana, catalana, andaluza, por el naturalismo de principios del XX. Y todo, en uno de los mejores escenarios imaginables: la mística Segovia.

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Atardece el Jueves...
Desde las zonas más alejadas de la catedral, comienza el ronco sonar de tambores que llena de ecos fúnebres la ciudad. Por pinas callejuelas, o por anchas avenidas, salen el dolor del Hijo y el de la Madre. De las filas de los espectadores, brota un murmullo que acalla el seseo de cientos de pasos tenues, el redoble de los tambores, el lamento de las cornetas, el llanto de las dulzainas. Los colores de las cofradías morados, negros, carmesíes, cerúleos, blancos, verdes flotan un poco fantasmales. Las expresiones doloridas de las vírgenes golpean el cerebro. El verismo contundente de la anatomía del crucificado, o del yacente, hace correr un frío estremecimiento por el centro de la espalda. En suma, el dolor y el desgarro, la soledad y la muerte trocados en arte, y peligrosa cercanía, exaltados a la categoría de emoción y belleza. La pasión en la mirada, en los sentidos todos: las cruces de los penitentes, la elegancia de las señoras ataviadas con la mantilla de riguroso luto, como si multiplicaran el dolor de la Madre, el ritmo reiterativo y funesto de los tambores, la belleza inusitada de Segovia al atardecer, acariciada por el dorado sol, o en la noche, contemplada por la primera luna llena de Primavera...
Espectacular, por el viaje histórico que ofrece, es el paso de la cofradía de ADEMAR, entrada la noche, bajo el arco del Socorro con Jesús con la Cruz a cuestas seguido de la Virgen de las Angustias, que penentran en el recinto amurallado. Si hay algo parecido al Jerusalén que cruzó el Nazareno cargado con el madero, es este lugar. Quien pueda, que lo vea. Habrá merecido la pena el viaje...
Y los pasos que cruzan el Acueducto, y cuando atraviesan la plaza de San Martín y la entrada en la Plaza arropados por los vuelos del manto de la Catedral, y, en la mañana del Viernes, acompañar al Cristo de San Marcos ascendiendo la cuesta de los Hoyos, seducidos por Segovia que nos incita...

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El viernes, al crepúsculo, desde la Catedral, todas las Cofradías emprenden la procesión de los Pasos, que, como una catequesis, narra los momentos más significativos de la pasión de Jesucristo.
Abre el cortejo La oración en el huerto, de Josep Rius, escuela catalana; Jesús acepta su próxima pasión consolado por un ángel, ambos serenos y confiados.
La Flagelación, de José Quixal, escuela catalana; la rabia y la burla de los sayones contrasta con la tranquilidad dolorida de Jesús.
Del mismo autor, Jesús con la cruz a cuestas, imperturbable, como un rey; lo acompaña el impresionante paso de la Virgen de las Angustias, de la escuela de Juan de Juni tallada a fines del siglo XVI, en la que el sentimiento de angustia (como su nombre indica) toma carne en el rostro de madre rota.
Contemplamos, luego, al Santo Cristo de la Cruz, popularmente llamado de las Enagüillas, del siglo XVII, de escultor anónimo castellano; más que muerto, parece dormido este Cristo tan querido de los segovianos.
El Santo Cristo de San Marcos, siglo XVII, escuela castellana, es de un poderío sobrecogedor por el tamaño del cuerpo, más de metro ochenta, y la majestad tranquila de su rostro muerto.
El Santo Cristo en su última palabra y La Soledad al Pie de la Cruz, ambas del escultor segoviano Aniceto Marinas, son buena muestra del naturalismo del arte de este autor universal: quedar indiferentes a ellas es imposible, pero, más que por la perfección de su trazo, por el sentimiento de dolor y fe que, al mismo tiempo, transmiten ambos rostros.
El Calvario de la escuela de Olot, del siglo XX, se incorporó a esta procesión el año 2007; este paso es empujado sólo por mujeres. María Magdalena junto a Jesús en la cruz, de Sebastián Sanabra, de la escuela catalana, destaca por el dolor de la joven y rubia mujer, ante el musculoso cuerpo del Maestro agonizante. La Piedad con su hijo en brazos, de José Quixal; el cadáver del hijo, recién descendido, reposa en su regazo, y abate el rostro de la madre.
El Santo Cristo de los Gascones nos traslada hasta los momentos pretéritos de las celebraciones semana santeras, pues data del siglo XI, 1090, y consta que en 1628 ya procesionaba; es un Cristo románico de madera policromada articulado, yaciente en una urna de cristal y madera.
En penúltimo lugar, arrobados, demudados acaso, ante nuestras retinas comparece el Cristo yacente “Camino del Sepulcro” de Gregorio Fernández, talla barroca de la segunda época del autor, hacia 1615, donde el sentido religioso del barroco vuela hasta su cenit, donde la muerte del Señor, acaso caliente aún, con los párpados y la boca entreabiertos, es, de algún modo, la muerte de la entera humanidad.
Por último, la madre cierra el cortejo, La Soledad Dolorosa, bajo palio, enlutada y lacrimosa, talla de autor anónimo en la que la devoción popular deposita cariño y pasión a raudales; es la virgen andaluza de nuestra procesión, sin duda, la más querida de los segovianos, por cuanto resume en su blanco rostro el negro dolor de la madre, de cada madre que ha tenido que acompañar el cadáver de su hijo, más cuando la injusticia y la brutalidad humana han sido los autores de esa muerte.
Al fondo de la vertical noche de luna llena, queda el eco del ronco tambor, la sombra del dolor de la muerte, el aroma de la esperanza de la resurrección, y la belleza de la vieja Segovia, que, aún hoy, se estremece por la muerte de Jesús, el nazareno.

4 comentarios:

S.C. dijo...

¿Has ido alguna vez últimamente a La Carrera?
Yo hace unos diez años. Al año que viene voy. Por curiosidad.
Este año estoy muy liado, jajajjaja.

Amando Carabias María dijo...

Pues ni última, ni penúltima, ni primeramente. Ya sabes qué te voy a contar: a mi coche le faltan los frenos, a mi padre le sobraba el trabajo y cuando me quise enterar del asunto...
Bueno que no he ido nunca.
Sniff.

S.V.-B. dijo...

No tendremos en Segovia una Semana Santa espectacular, tampo somos un pueblo demasado expresivo en nuestras manifestaciones. Pero de nuestras procesiones hay que destacar la existencia de varios pasos magníficos: el Cristoo yacente de Gregorio Hernández, conmueve, el Cristo de los Gascones es único, los pasos de San Millán son expresión directa de la religiosida de su autor y así se manifiesta, el paso de Ademar es impecable en todos sus aspectos y la subida a la catedral por las estrechas calles y la Ronda, un auténtico espectáculo. Merece la pena verlo desde que sale del Colegio Marista hasta que llega a la catedral a eso de las 12 de la noche.

Amando Carabias María dijo...

Pues sí S.V.B, no será espectacular, pero sin embargo quien viene de fuera, y yo he tratado y he escuchado a más de uno, se conmueve.
Lo peor, creo es la forma en que tenemos de NO promocionarnos, de no tener la suficiente humildad de salir de nosotros mismos y promocionarnos. En el fondo pensamos que el resto tiene que venir casi como si fuera obligatorio, y tampoco es eso.