lunes, 24 de marzo de 2014

V DÍA INTERNACIONAL DE LA POESÍA EN SEGOVIA. CRÓNICA PARTICULAR

Foto junto a la Estatua de Machado de los poetas seleccionados en esta edición
del V Día de la Poesía en Segovia. (Foto tomada del blog con el mismo título que
administra y gestiona Norberto García Herranz. Este es el enlace para acceder a él)

Ciento veintiuno. Bajamos, los tres, a su encuentro. Y a los pocos pasos, vemos a Norberto acompañado por un buen número de personas.
Cada año el encuentro en Segovia con motivo del día de la Poesía, añade un detalle que va redondeando su originalidad.
Como le sucede a mi amiga Mª. J., la distancia entre su hogar y Segovia obliga a que tenga que hacer noche la víspera de la jornada. Parece ser, según me cuentan, que uno de los participantes sugirió o propuso un encuentro entre aquellos del grupo de seleccionados que hicieran noche en la ciudad. quienes lleguen mañana de Madrid, Valladolid, Salamanca… se habrán perdido estas horas, en que ellos —los seleccionados— tienen tiempo de comentar los detalles de este tiempo previo, sobre todo desde que su poema fue seleccionado, hasta ahora, y quienes les acompañamos empezamos a disfrutar de éste o aquél detalle, o, como en mi caso, me reencuentro con alguno de los participantes de otras ediciones que regresan este año.
Anécdota va, anécdota viene, reflexión por aquí o por allí, sugerencias que se escuchan o se sobreentienden… Ilusión.
Entre tanto, me llama M. Ya ha leído algo del ejemplar de Los andamios de los pájaros que le he dado hace un rato, cuando ha traído a Mª J. y C. Dice que le ha encantado lo que ha leído. Intuyo emoción tras sus palabras.
Acaso era la opinión que más me interesaba, una vez que JSM decidió editarlo. Al fin y al cabo es su obra la que me ha inspirado. Al fin y al cabo es el resultado de su tarea el que se tornó inspiración para mis versos.
Sí, la palabra es ilusión. Ilusión de los que han venido desde lejos y también mi ilusión.
Nos recogemos, hasta mañana, en que he quedado encargado de acompañar a una fracción del grupo, los que se hospeden en la zona alta de la ciudad, hasta el puente de la Alameda del Parral, que está junto a la Casa de la Moneda.

Ciento veintidós. Mª. J. y C. han descansado bien, según me dicen. Es larga la jornada que nos espera. Para Mª J., además, intensa.
Esta mañana bien temprano, he visto e impreso las palabras que Ll. envía por correo, las que diré en su nombre antes de leer, lo mejor que sepa, el poema que, si las cosas hubieran sido justas, debería ella habernos recitado.
Ahora empiezo a dudar si debo contar en público el verdadero relato que obliga a su ausencia, tal y como lo conozco. Ella no hace referencia al asunto, tan discreta como siempre.
A nosotros tres se han unido siete personas más entre poetas, acompañantes. Entre ellos mi tocayo AGN que ya ha llegado a Segovia dispuesto a disfrutar del día. Aunque había pensado en un margen suficiente —media hora es más que de sobra desde la Plaza hasta la Casa de la Moneda, bajando por Escuderos, el Paseo de San Juan de la Cruz y el arco de Santiago—, desde el primer minuto intuyo que no va a ser fácil, porque la ilusión y la belleza y los reencuentros y quizá las nuevas amistades, son paradas obligatorias, necesidad de aquietar el paso, imperativo para resumir aún más una explicación de mi parte.
A veces a los poetas nos llaman la atención detalles que, en apariencia, nada tienen que ver con lo habitual. Hemos pasado más minutos extasiados contemplando los almendros en flor del jardín de los poetas, o rumiando los versos de Juan de la Cruz transcritos en un par de placas, o escudriñando el horizonte…
Con cinco minutos de demora respecto de lo previsto, llegamos hasta el punto de encuentro. Pero es algo irremediable, porque la belleza de esta ciudad brinca como corzo sonriente y asalta las pupilas sin remedio.
Antes de enfilar y subir la pendiente que nos lleva al Parral, otras presentaciones y otros reencuentros. Rostros que en dos años se hacen familiares y más queridos. Algunas miradas escudriñan, acaso un poco extrañadas, la camaradería que hay entre algunos.
En pocos minutos la extrañeza se habrá olvidado. Sé, porque siempre pasa, que quienes no hayan podido acudir a la primera parte de la jornada y se incorporen a partir de la comida, sufrirán el mismo proceso, y aún será más intenso en quienes lleguen sólo al recital. Al final uno va experimentando cada día y en carne propia que es el roce de la persona, compartir un tiempo, cruzar unas conversaciones, el cimiento que evita otro tipo de roces, no precisamente agradables, y que sirven más para confundir y separar que para lo contrario.
Sé, y me acusan muchas veces de ello, que soy demasiado idealista, que parezco ingenuo, que aspiro a cosas no sólo imposibles, sino impensables salvo locura.

Ciento veintitrés. Le cuesta trabajo al grupo alcanzar la meta, esa cima de la ladera donde el Monasterio del Parral contempla una de las vistas más especiales y hermosas de la ciudad. Desde aquí el caserío parece fortaleza donde se entremezclan poder religioso y político. Las torres del Alcázar o los torreones defensivos, donde la nobleza más poderosa llegó a tener pequeña —o no tanto— guarnición militar, se mezclan con las torres de las iglesias románicas y la esbeltez de la catedral. Desde lo hondo del valle, lamido por el Eresma de bronce, qué pensarían los frailes jerónimos ajenos —al menos en teoría— a los tejemanejes del mundo, a las contingencias del presente, siempre contemplando —al menos en teoría— lo que en verdad importa de la vida…
Pero la solidez de estos muros, la contundencia y calidad de su fábrica, la belleza tan notable de todo el conjunto, especialmente de su primoroso retablo del altar mayor, dan perfecta cuenta de que, en el fondo ni podrían ni querrían ser tan ajenos a todo cuanto sucedía enfrente de sus ojos, a pesar de la distancia entre la ciudad murada y el convento, que acaso en el siglo XV pareciera mayor que la de hoy, a pesar de ser idéntica…
Y sin embargo…
Sin embargo en cuanto uno entra en las naves del templo, además de sentir el frío de una nevera en pleno funcionamiento y a máxima potencia, a poca sensibilidad que tenga, a poco que sus poros estén pendientes de lo que sucede a su alrededor, siente algo especial. Acaso ese silencio, acaso la hermosura contundente del último gótico, del primer atisbo de renacimiento, transmiten o invitan a repensar los afanes ocultos de todo ser humano a lo largo de la historia. Esta atmósfera propone un interrogante en los corazones, un asombro en las neuronas más racionales e inquisitivas.
Compartimos visita con un grupo de turistas franceses y con una visita organizada por el Patrimonio de Turismo. Dentro de la iglesia seremos unas cien personas, más o menos.
Una vez escuchadas las explicaciones históricas, artísticas, en las que se cuela una reflexión abreviada sobre lo fugaz, frágil y efímero de la vida, y por tanto, y se presenta la conciencia de la muerte como ocasión para disfrutar más del presente y como el hecho más democrático de la humanidad, pues esta circunstancia a todos nos iguala, pasamos al claustro, donde la impresión de la ciudad deja en los gestos, y en el recuerdo de cuantos lo contemplan una imagen que provoca el silencio del asombro, y la búsqueda del ángulo imposible e inédito, donde fotografiar esa postal inigualable.

Ciento veinticuatro. Conozco de vista a la guía que nos va a mostrar la Casa de la Moneda. Es su primera visita guiada a este edificio —o conjunto de edificios— tan singular.
Desde que abrieron el complejo, tras su restauración, he estado una o dos veces, pero siempre por fuera, sin recorrer sus instalaciones con detalle. Reconozco la importancia histórica e incluso artística que puede tener para esta ciudad, o para cualquiera, haber tenido una Fábrica de Moneda. Pero el asunto me interesa más bien poco, casi nada. El dinero es un mal necesario, porque sin dinero es imposible vivir, bien lo sé. Pero me atrae más una panificadora o una huerta…
Lo que hoy he conocido, gracias entre otras cosas, a la pasión, la ilusión y el entusiasmo de nuestra guía, no mejora en mucho las cosas. Lo que acaso más me hubiera interesado —que tiene que ver con lo más humano de este asunto de la fabricación de monedas—, me ha demostrado nuevamente la mezquindad humana; cuanto más poderoso más cicatero. Y me ha subrayado el convencimiento personal de que todo cuanto tiene que ver con el dinero, al final envilece y origina recelos, enemistades y guerras.
El dinero, ese imprescindible veneno que necesita la humanidad para no extinguirse a los pocos días… O eso llevan diciendo tantos siglos que parece ser cierto.
Supongo.

Ciento veinticinco. Como el año pasado, el poema que ha resultado elegido ganador por el grupo de los poetas, ha sorprendido a su autor. No estoy seguro, pero diría que Daniel es el más joven de los poetas. También como el año pasado ha coincidido que compartía mesa con él. Lo cual ha provocado más de una broma y una risa.
Cuando se ha acercado Norberto a entregar el libro, cámara en ristre, he adivinado la razón. Mientras el autor hojeaba el libro, aún ajeno a la página donde figura su nombre con la mención a ese reconocimiento, el resto de la mesa ha confirmado la sospecha. Al fin ha comprendido el asunto y se ha ruborizado y se ha sorprendido y se ha emocionado.
Leo rápidamente sus versos, y sin poder profundizar en ellos lo suficiente, me sorprende su tema en alguien tan joven, esa nostalgia que transmite. Pero en la segunda lectura, intuyo que la excusa, ese nostalgia que siente por su amada, el amor aparente del que habla no se refiere sólo al de ella, sino a la poesía o quizá a la inspiración a esa musa de tirabuzón divino e incorregible.
Este reconocimiento es la guinda del pastel del certamen. Y es también una originalidad desconocida en el resto de certámenes que uno conoce. Una vez seleccionados los poemas, todos los integrantes de la antología, en este caso veintidós, desconociendo aún la identidad de los autores, eligen sus preferidos, y de la suma de tales preferencias sale el poema ganador.
No es esencial al certamen este detalle, pero le otorga un plus de limpieza y transparencia. Y mantener hasta este instante el secreto de la decisión colectiva, regala a la jornada un punto de juego y de misterio, una pizca de picante.

Ciento veintiséis. Una vez pasado el momento de alborozo tras conocer el poema y poeta distinguido por sus compañeros, he podido echar un vistazo general al librito.
Sólo conocía los poemas de Mª J. y de Ll. En conjunto me parece una antología de calidad, acaso la mejor de todas las ediciones, aunque sea un tanto arriesgada esta opinión.
La pluralidad de los estilos, del modo de decir, no esconde lo importante, la esencia, lo común que late en cualquier poema que merezca tal nombre.

Ciento veintisiete. Mientra abren o no el Palacio de Quintanar, donde será el acto público en que se recitarán todos los poemas, charlo unos momentos con SLN., que también se ha acercado hasta aquí, como representante del jurado.
Ya ha hecho una cala —ha dicho— en Los andamios de los pájaros, y me ha emocionado lo que ha comentado sobre el resultado de la prueba.

Ciento veintiocho. He conocido, por fin, a las hijas de Mª J. No es exactamente a lo que uno aspiraba en el primer encuentro, porque esperaba más calma, un diálogo más amplio, no sé, más tranquilo; sin embargo son momentos estos que se tocan con cofia de confusión y premura, saludos y nervios. Ya falta poco para que ella haga su primera lectura pública de un poema suyo. Y se le nota no sólo los nervios normales, sino la emoción que le produce haber llegado hasta aquí.
Durante unos segundos me pasan por el cerebro todos estos años desde que nos conocimos gracias a Internet, gracias a los blog. Y me doy por bendecido, por haber sido capaz de encontrar a un puñado de personas que, como ella, nos hemos ido acompañando sin interferir en nuestras vidas, pero formando parte de ellas, sumando, siempre sumando, ayudándome a crecer, a mirar, a aprender, a aprender siempre.

Ciento veintinueve. Es verdad que quizá nos hayamos precipitado al querer entrar en la sala. Iba con la intención de echar una mano, aunque sólo fuera en para colocar algunas sillas. Pero se pueden decir las cosas de una manera o de otra o de la de más allá… incluso se pueden decir bien, con educación o un poco de cortesía.
Será que algunos de los asistentes tenemos cara de posibles vándalos o parásitos indeseables.
Pero como todo tiene sus consecuencias, en este caso este desaire ha servido para poder contemplar durante algunos momentos algunas de las salas donde se exhiben fotografías de una muestra que se celebra por estos días. Y también ha valido para intercambiar algunas frases con algunas de las poetas, con quien apenas he departido durante lo que llevamos de día. Y con más conocimiento de causa, porque ya tenía la huella de sus versos en mi recuerdo.

Ciento treinta. Creo que este año es el que más disfruto del recital. Me ha venido bien haber leído los poemas antes de empezar. Tampoco me duele la cabeza como me sucedió dos años, claro que como intuía que podía pasar, he tomado el correspondiente ibuprofeno que ha cumplido con su misión.
Mª. J. ha recitado con sobriedad y claridad. No parecía nerviosa. A diferencia de la mayoría, no ha explicado nada del poema, lo ha leído y han sonado sus versos al suave deslizar del patinador sobre el hielo con esa fluidez de la musicalidad que le ha impreso a la idea que ha sido capaz de hacer poema y que en el fondo habla de la humildad que siente alguien que toma prestado unas vestiduras que no le corresponden…
Eso opina ella, claro; pero no es verdad del todo, pues en ella, como la gran lectora de poesía que es, late —cada vez menos oculto— el corazón de una poeta que, además, escribe.
Por mi parte, al final, me he limitado a insinuar sin decir, y a leer las pocas líneas que me ha enviado Lluïsa justificando su ausencia, agradeciendo la selección, pero sobre todo, dando gracias a quienes le han ido trayendo al mundo de la poesía: Amelia Díaz Benlliuere, María Luisa Mora Alameda y María Ramos, a quienes llama, sus doulas me ha escrito, es decir esas mujeres encargadas de traer a la vida a un nuevo ser. ¡Qué hermoso piropo!
Y luego he leído del mejor modo que he sabido los versos del poema. Sólo espero no haberlo traicionado, no haber hecho trizas las intenciones de Lluïsa…
Me llevo dos penas de esta jornada. La primera no haber conocido en persona a Lluïsa, que era algo que me ilusionaba mucho, además de otras muchas ilusiones. La segunda es la ausencia de M. que ha viajado a Asturias en estos días. Por lo demás, es verdad que la mayoría de las expectativas se han cumplido. Es verdad que he conocido a más personas. Pero se me ha quedado esa espina clavada.

Ciento treinta y uno. No sé si Norberto ha reducido el número de poemas de cada bloque, intercalando más intermedios musicales a cargo de Pablo Zamarrón y Miguel Abad, que han interpretado una hermosa música que mezclaba tradición popular y temas renacentistas. Si es así, ha acertado, porque permite a la atención no decaer del todo.
He observado un denominador común, como un hilo que traba toda la antología de este año: el ser humano que no desaparece nunca de los versos. Cualquier estilo, cualquier tono, alumbra una experiencia personal o una reflexión individual que colmó en los poemas: una estrategia para mantener el amor como perenne llama, el recuerdo en forma de sentida elegía de quien nos arrebataron con mentira e injusticia, el deseo convertido en fuego por encontrar la poesía —cuántos de estos poemas, cuántos—, el recuerdo del amado, las huellas de quienes fueron en un tiempo plasmadas en la sombra de la historia, lo frágil de la identidad, la añoranza del futuro, tantas reflexiones sobre la vida, el deseo de vestirse de poeta, la memoria, el miedo a la ausencia del amado, el cuerpo como templo de la verdadera esencia, la poesía que otorga sentido a la vida, el amor apasionado frente a la falso y edulcorado, la añoranza del paraíso de la infancia, el clamor por la injusticia, el horizonte del futuro anclado en nuestra esencia del pasado, la asunción de la realidad frente a los sueños, el amor como único norte de la vida, el amor frente a las normas, la poesía para fijar el recuerdo de lo que ha de permanecer, el canto a una ciudad que nos convirtió, quizá, en lo que somos, el grito por la injusticia de estos tiempos que nos convierte en parias de la noche a la mañana.
Pero uno de los poemas, uno de ellos, me ha tocado de un modo muy especial. No sé si es el mejor, tampoco me importa, aunque casi es el elegido, según se ha dicho. Y me llega y me golpea, porque rima con mi vida, porque se cose como una sombra a mi cotidianidad, porque hilvana con ese dolor que perdura durante estos años, este dolor que ya se ha hecho amigo, este dolor inevitable y asumido, por tanto no desesperado, pero no por ello menor doloroso.
Sé que cometo injusticia al citarlo aquí, sin haber personalizado el resto, pero cómo no dar las gracias a Vicente Rodríguez Manchado, como no solidarizarme con su emoción y las vaharadas de los ojos de su esposa, si son mis vaharadas, si es mi emoción, si es su Canción de cuna para una madre, la misma nana que entono cada día.

Ciento treinta y dos. Nos ha costado a la mayoría más de veinte minutos terminar de salir del Palacio de Quintanar. Firmas de poemas en los ejemplares de la antología entre compañeros y quizá nuevos amigos, abrazos y besos de despedidas, intercambios de mails, comentarios con unos o con otros.
En mi caso, además, saludos a algunos conocidos que han asistido al recital como público y salen encantados de lo que han visto y han oído.
He salido al patio a fumar un cigarrillo y he contemplado la hermosura del almendro sobre el que cae la luz ambarina de una farola dándole una expresividad fascinante, casi surrealista. Como decía R. que ha acompañado Mª. S. al recital, contemplando la torre circular del Palacio de las Cadenas que desde aquí se ve, la unión de la naturaleza y de la historia en un instante. Y al señalarle la cigüeña posada sobre la esquina del tejadillo de otra torre, la pequeña dicha ha sido total…
La pena es que algunos debían retornar a sus hogares, que otros necesitaban algún descanso.
Pasa siempre, llega el final del recital y cierta sensación de melancolía y de bajón se apodera de las papilas de mi lengua…
Aunque este año, en nuestro caso, hemos prolongado la jornada. C, Mª J., Mª S, R y yo hemos ido a tomar algo calentito, mientras llegaba el momento en que Ana llegase desde la Granja, para rematar el día.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Un blog para el nuevo poemario

Os dejo aquí la entrada que he publicado en el blog que acabo de inaugurar que se titula como el poemario, Los andamios de los pájaros. 
Podéis enlazar con él justo desde la parte superior donde están las diferentes páginas o bien pulsando en este enlace 


En pocos días llegará a las librerías Los andamios de los pájaros, editado por Siltolá Probablemente muchos de quienes leáis estas líneas ya lo sepáis, pero de algún modo conviene empezar a contar las cosas.

Este libro, fue inspirado tras la exposición que colgó en el Patio de Colegio de Arquitectos de Segovia en octubre de 2010 mi hermano Mariano Carabias. Unos meses después concluí la primera versión. Después de aquel verano, envié un ejemplar al editor y poeta gaditano Javier Sánchez Menéndez, quien, sin concretar fecha, me confirmó su edición.

Ha pasado un tiempo que a alguien podría parecer excesivo y a mí, sin embargo, me parece un tiempo necesario, mejor dicho, imprescindible. Quizá haya sido la decantación precisa para que los versos cuajaran, para que perdieran adherencias extrañas. 

Pero sobre todo ha pasado un tiempo fundamental para mi vida, un tiempo en que (y copio al poeta que me edita) estoy aprendiendo que vivir no es estar, y que, no obstante, muchas veces (algunas con razón y otras sin motivo) se vive simplemente para estar, olvidando lo que importa.

Creo que me desvío.

Comencemos la andadura de este blog. Obviamente, y a priori, será de corto recorrido y quizá pocas entradas, pero en este caso es lo que menos importa.



Como sucedió con Quizá un martes de otoño, he decidido crear un cuaderno específico para este nuevo poemario, Los andamios de los pájaros. Aquí encontraréis toda la información que pueda obtener sobre este poemario. Además de servirme como archivo virtual sobre todo lo que rodee al libro, lo compartiré para quien de vosotros lo desee y será un lugar de encuentro específico para el mismo.

Pero no sólo daré eco a aquello que me llegue y salga publicado. También es mi deseo abrir este cuadernillo con portada de cuadritos a los lectores del libro, siempre y cuando lo deseen. Quiero decir que también formarán parte del contenido de este espacio aquellas reseñas o comentarios sobre el poemario que aunque no se publiquen en otros medios o páginas, deseéis compartir con los demás. El mecanismo será muy simple: con un envío a través del correo electrónico, será suficiente. Lo más rápido que me sea posible, me comprometo a dar publicidad a vuestro texto.

Y mientras se cumple el sueño de todo escritor, es decir que aparezca algún lector con sus ojos sobre las líneas del libro, publicaré en los próximos días, algo de la intrahistoria de este libro.

sábado, 8 de marzo de 2014

Los andamios de los pájaros en la Isla de Siltolá

Hablaré en los próximas semanas más despacio sobre esta aventura que toma cuerpo y se concreta en un nuevo libro editado por la sevillana Isla de Siltolá

El poemario se titula Los andamios de los pájaros, y lo inspiró la exposición de retratos de mi hermano Mariano Carabias, celebrada en el Colegio de Arquitectos de Segovia. En este enlace podéis ver una reproducción del cuadro que inspiró el poema que da título a todo el libro.

Más información puede leerse aquí o pinchando en la imagen.

Portada del libro. 
Sólo me resta, por el momento, dar las gracias más efusivas y cordiales a Javier Sánchez Menéndez, el poeta y editor gaditano que ha confiado en Los andamios de los pájaros para que abandonase mi casa y a partir de unos días empiece a volar (nunca mejor dicho) hasta los lectores que así lo deseen. 

Si pulsáis este enlace, llegáis al blog donde va escribiendo su personalísima bitácora.

sábado, 22 de febrero de 2014

Escribo en este día de febrero



Serán mis versos tumbas, palabras olvidadas,
como ciudad sin calles, sin aves y sin gentes,
asumo su destino igual que asumo
el final de mi sangre y de mi sombra,
con el mismo semblante del ocaso.
Pero no callarán por conocer su meta,
ni olvidarán el centro de su lava,
ni el fuego que crepita entre sus pulsos,
ni el horizonte azul de su mirada,
ni el hilván con que tejen sus ropajes,
ni la materia prima de su ritmo.
Y no hablo del aroma de las flores,
ni de la melodía de los besos,
ni de la sinfonía de la albada,
ni de nuestro arcoíris de caricias.
Escribo en este día de febrero
mientras recuerdo el rostro moribundo
y me asomo a la fuente que me riega:
el dolor de quien sufre y se pelea
por llevar a sus hijos calor y pan y sueños…;
el dolor de quien busca cada día
evitar corazones helados de ignorancia;
el dolor de quien llora cada tarde
en mitad de la estepa del miedo a los infiernos;
el dolor de quien vive con el hambre
como piel injertada, como amanecer muerto;
el dolor de quien muere en la frontera
sin maldecir la estirpe de Caín,
sino haciendo presente en la partida,
un pétalo guardado en el abrigo,
estos días azules, este sol de la infancia.

domingo, 19 de enero de 2014

Carta abierta a Jesús Sastre Sastre, que vive ya junto al Padre

Ahora mismo, las nueve de la mañana de este domingo de enero, nieva copiosamente sobre Segovia. Ahora mismo, después de repasar algunas notas de estos días de atrás, abro Internet y veo que con toda prontitud, nuestro periódico Local, El Adelantado de Segovia, publica un texto de mi autoría que lleva el título de esta misma entrada, que deseo compartir también con los lectores de Pavesas y cenizas..
Pero quizá esta publicación necesite una aclaración, puesto que la mayoría no vivís en Segovia y, por tanto, desconocéis el asunto.
Jesús Sastre fue amigo mío. A Jesús Sastre lo conocí hace treinta años, más o menos, cuando llegó como párroco a San Millán, mi parroquia. Desde entonces y durante una década, más o menos, y con otros muchos amigos, trabajé a su lado.
El viernes a mediodía murió.
A pesar de que los años me llevaron por caminos diferentes (un trabajo, otros quehaceres, otras rutinas...), mantuvimos la amistad y el afecto, y por eso y por tantas otras cosas es por lo que decidí el pasado viernes por la noche escribir esta carta que hoy, tan amablemente, El Adelantado publica.

Jesús Sastre. Foto tomada de El Adelantado de Segovia

COLABORACION
Carta abierta a Jesús Sastre Sastre, que vive ya junto al Padre
Tribuna
Amando Carabias María

Querido Jesús, acabas de dejarnos para gozar definitivamente de la luz y del amor del Padre de la misericordia, el Dios de la vida que predicabas en público y privado sin fatiga, con el fuego de la pasión y la alegría del amor prendidos de tus ojos chispeantes, ese Dios que rompía y rompe -cuando es preciso- muros, normas y fronteras. Mientras escribo, me adentro en la melodía del canto gregoriano, tu música, para que su cadencia me envuelva y me conduzca.

No estoy triste por tu partida, pues habrás alcanzado la meta por la que suspirabas, ya que para ti la muerte nunca fue final: "¿Dónde está muerte tu victoria?" cantabas muy a menudo con la misma sencillez y alegría con que respirabas o con que compartías un pedazo de chorizo la Nochebuena o la noche de Pascua, tras las vigilias que celebran los pivotes sobre los que gira la fe. Ahora estás más alto que las cumbres más altas de las montañas a las que te retirabas cada martes con el afán de apaciguar la tensión y la fatiga que los asuntos inmediatos y urgentes te exigían. Ya disfrutas del otro lado de la vida, por eso no puedo estar triste esta noche fría de enero.

Sabía desde hacía unos días de tu empeoramiento, de tu inminente parto camino del Padre, y cuando esta tarde de viernes me han dado la noticia, los recuerdos se han abalanzado en mi memoria como imparable avalancha de luz.

Podría recordar tantas cosas de aquellos años en los que, codo con codo y junto con tantos otros buenos amigos, dimos los primeros pasos para intentar que la parroquia de San Millán fuera mejor espejo de la misericordia divina, es decir, diera cabida dentro de sus muros casi milenarios a todos, empezando por los más necesitados (enfermos, pobres, ancianos, cuantos sufrieran), para que cualquiera pudiera sentir la mirada y el abrazo del Señor, esa misma mirada y ese mismo abrazo que sintió el hijo pródigo cuando su padre salió al camino para acogerlo, perdonando y olvidando toda afrenta. Y es que, desde el principio, no cesabas de recordarnos que el único sendero posible para encontrar las huellas del nazareno era poner el corazón en la miseria humana, pero no de modo abstracto o teórico, sino a través de gestos concretos, cotidianos, cercanos. 

Podría seguir llenando páginas y páginas, pero no hay espacio; por ello, si entre tantas tuviera que destacar una sola virtud, hablaría de tu capacidad para escuchar. En estos tiempos tan difíciles y adustos, me parece una facultad imprescindible. Tantas veces contemplé la eficacia de este acto, tan infrecuente, que llegué a la conclusión de que si aplicáramos tan sólo la tercera parte de la intensidad con que tú escuchabas, se acabaría cualquier atisbo de violencia, de envidia, de odio… Como ya publiqué en este mismo medio tras tu jubilación, no solo ponías en juego el sentido del oído, sino que tus ojos bebían las palabras, tu piel absorbía los sonidos, tu espíritu se afanaba en penetrar hasta en el significado más hondo de los silencios. Pocos te habrán visto, como yo te veía, agotado después de haber hablado en la Sacristía, o en la Casa de Piedra con unos cuantos de tus feligreses. Gracias a tu ejemplo descubrí que escuchando de corazón, y con el corazón, nace la caridad, es decir, ese modo de arrojarse a la existencia del otro para desvivirnos con él o por él. Desde entonces -¿treinta años?-, supe que la verdadera escucha no es acto pasivo, sino frenética diligencia interior que excava estancias en nuestra entraña donde se acomode el otro, ese alguien que habla, y que tantas veces te hablaba con el afán de arrojar fuera de sí el lastre que había dejado en su existencia el dolor o la enfermedad o el sufrimiento o el miedo o la soledad o la duda o….

Descansa en paz, junto al Padre Bueno, a la luz del Señor, mientras respiras la brisa del Espíritu de Amor, sí, Jesús, estoy seguro de que al fin no contemplas el hermosísimo icono que representa a la Trinidad, ante el que solías meditar cada albada apenas recién nacida, sino que ya lo gozas en plenitud. Gracias por tanto como diste durante tantos años, gracias por cuanto aprendí junto a ti, gracias porque demostraste con tu vida cotidiana, que las palabras del Maestro no son simples buenos propósitos, sino que, por el contrario -más allá de muros, normas y fronteras-, pueden hacerse carne viva en cualquier tiempo y lugar.

viernes, 3 de enero de 2014

Verbo (des)nudo

Empieza el año y lo hace de manera hermosa para mí...


En realidad fue al final del pasado, pero yo me enteré ayer mismo, y por ello para mí es el inicio de este 2014.

Gracias al esfuerzo y dedicación de los escritores chilenos Gino Ginoris (director y editor de la publicación) y Mafalda Migliario, así como a la labor del ilustrador y maquetador Sergio Melo, periódicamente se edita la revista literaria "Verbo (des)nudo", no sólo de modo digital, sino también en papel, según he comprobado el mes pasado.

Acaba de salir el número 3 de la misma, y en él, gracias a los citados y a la medición de nuestra amiga Isolda Wagner, aparecen cuatro poemas y dos microrrelatos míos.

Aquí os dejo la revista en su versión digital en la que además podéis disfrutar de los poemas de Ricardo Jhalet -poeta colombiano-, nuestra amiga Anna Jorba Ricart, un relato de Mafalda Migliario, poemas de la escritora chilena Daniela Gallegos Valenzuela y del poeta cubano Francisco Alemán de las Casas y un artículo acerca de la fotografía de Gino Ginoris escrito por Mafalda Migliari. La revista concluye con un decálogo (de doce normas) para los escritores debido a la pluma maestra y llena de ironía inteligente de Augusto Monterroso.

Espero que la disfrutéis y, de paso, a todos cuantos os pasáis por este rinconcillo de la Red y a quienes más queréis os deseo


¡¡¡ Feliz, venturoso y literario 2014!!!







Por si hubiera algún problema de visión de la revista desde esta ventana, pulsando AQUÍ enlazáis con ella

martes, 24 de diciembre de 2013

Mirad la arcilla blanca (Oniliria XXII)

MIRAD la arcilla blanca, cómo alea, cómo se eleva cálido el latido de su pulso, sus ojos son abrazos y caricias, desprotegidos pétalos en llanto.
Donde ruge la envidia, donde avanza la ira, donde campea la ambición, donde los egoísmos se hacen trono sucede este milagro del silencio: ejército de sueños como ángeles, muchedumbre de cantos de pastores, guirnalda de futuro entre los lobos.
Mirad la arcilla blanca, cómo alea, cómo se eleva cálido el latido de su pulso. Mirad cómo jalbega nuestra noche y encala corazones mutilados. Mirad cómo una estrella busca su pesebre, mirad cómo los hombres se equivocan buscando resplandor en los palacios y no en aquella cueva maloliente donde el estiércol fue antes que la mirra.

Con mis más fervientes deseos de que la Navidad de este año sea un espacio y un tiempo para encontrar la senda de la felicidad que todos y cada uno os merecéis. Considerad esta oniliria, un abrazo cordial, además de la felicitación que este año, tampoco ha podido ser en forma de cuento.


¡¡Feliz Navidad!!
Foto del autor. María con el niño, del belén de
esta casa.

viernes, 6 de diciembre de 2013

La niebla (Oniliria XXI)

La niebla de diciembre, collar de hielo y perla en su garganta, es bufanda que cuida los sueños de los ángeles junto a la madrugada.
Los protege del frío con su escarcha, evita que sus ojos descubran a los cisnes negros de la noche rompiendo con sus picos como azadas la arcilla donde laten los relojes que calientan la arcilla y sus retinas.
Porque si sus pupilas, luz de estrellas, vieran nuestro cadalso y nuestra ruina, se inundaría el mar con tanto llanto, y los cisnes de sombra y cieno no tendrían lugar para el descanso, ni siquiera en la entraña más lejana del último centímetro del viento.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Santiago López Navia, "Arte nuevo"

(TEXTO LEÍDO EL PASADO MARTES 19 DE NOVIEMBRE DURANTE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO EN LA DIPUTACIÓN DE SEGOVIA)

Inicio

Momentos antes de iniciar el acto. De izquierda a derecha:
Pablo Méndez (editor de Vitrubio) José Carlos Monsalve
(Diputado del Área de Cultura) Santiago López Navia,
Apuleyo Soto y servidor. (Foto Diputación de Segovia)
Antes de exponer unos apuntes sobre el libro y la persona que nos convoca, querría agradecer de modo muy especial a su autor, Santiago López Navia, que se acordara de mí para un acto tan especial como presentar en sociedad un nuevo libro, que es algo así como declarar su mayoría de edad, ese momento en que definitivamente el autor ya no es su único conocedor, ni siquiera el único capaz de explicar qué dice o qué quiso decir en tal o cual página, en tal o cual verso.
La pasada semana anoté esto en mi diario, y voy entrando en materia:

«Al recoger la correspondencia del buzón, me esperaba el poemario de Santiago López Navia, Arte nuevo (Entre tantas asperezas) editado por Vitrubio con el que obtuvo el premio Ciudad de Sonseca. Voy a tener la fortuna de participar en el acto de su presentación en Segovia el próximo martes en la Diputación, precisamente.

»No es que me guste mucho figurar en estos asuntos, prefiero ser público. Siempre temo no estar a la altura, pero ante la amistad soy un tanto aventurado, acaso, pienso, mis limitaciones serán mejor perdonadas. Además todo sucederá aquí, apenas a veinte minutos a pie de alguna eventualidad.

»Escoltados mis oídos por la música de Bach, a estas horas, casi medianoche, he acabado la primera lectura del poemario, al mismo tiempo breve y hondo, tan íntimo que casi me da miedo tocarlo no vaya a hacerse añicos como un delicado cristal. Falta un semana para que llegue la hora, y creo que tendré tiempo de pergeñar mis palabras. Y ya he encontrado en su interior unos versos, donde mirarme como en un espejo, ¿acaso se le puede pedir más a un libro?:
No entregues tu criterio a las celadas
que tienden el aplauso o las insidias.
Que el canto de sirenas pueda hallarte
encadenado al mástil, pero sordo.… »
Sin saber muy bien cómo, ya ha pasado esta semana a la que me refería, ya estamos aquí, ya he alcanzado el punto en que me toca decir algo, ese instante en que espero no hacer añicos este delicado y lúcido poemario, no por que sea frágil, ni mucho menos, sino por ser tan íntimo.

Su esencia

Desde su título, Arte nuevo de la lucidez, el poema que acabo de señalar, podría considerarse uno de los arbotantes sobre los que se apoya el poemario. No en vano su título nos da la pista, pues la lucidez debería ser una de las actitudes capitales a la hora de solventar con buena calificación esta asignatura de indeterminada duración llamada vida.
Como sin duda se habrá apreciado, en estos cuatro versos es evidente la alusión a Ulises, a la Odisea, en definitiva al viaje. ¿Existe otro viaje más apasionante y duradero que el de vivir? ¿Existe algún viaje que nos deje más recuerdos y aprendizaje que aquella travesía llena de singladuras dolorosas?
Arte nuevo es un libro viajero, y no es necesario esperar al poema antedicho para alcanzar esta conclusión. Ya en el primero, el poeta propone al ‘tú a quien dirige los versos un viaje interior, desnudo, tras haber quemado las propias naves, y adentrándose el mar a nado y sin nada, es decir con los propios medios, afrontar lo esencial de la existencia. A partir de aquí el poeta decide tomar la mochila y lanzarse a una de las más arduas expediciones: recorrer el interior de uno mismo. No se conformará con un recorrido turístico por su alma, ni siquiera cartográfico, al objeto de dejarnos el mapa de los paisajes y territorios que la componen. Creo que a Santiago tal cosa no le interesa, o apenas le interesa. El objeto de esta gira es casi de carácter terapéutico, pues como bien dice su título, subrayado en cada poema, trata de encontrar y aplicar un arte nuevo, casi siempre —como apunta el subtítulo— entre tantas asperazas…
Antes de avanzar, convendría primero que nos pusiéramos de acuerdo en el significado de lo que se pretende decir, pues, si no, no nos entenderíamos. ¿Qué es ‘arte’ o, mejor dicho, en qué sentido debemos usar la palabra ‘arte’ para poder interpretar rectamente lo que el poeta quiere decirnos.
Nada más sencillo que acudir al diccionario de la RAE.
‘Arte’ es palabra que aparece definida con nueve acepciones y varias locuciones registradas en la entrada correspondiente. Salvadas las últimas que se refieren a cuestiones o profesiones muy concretas, aún disponemos de cinco posibles significados. El primero que la discreta Academia le asigna es: “virtud, disposición y habilidad para hacer algo”. La segunda se refiere a la “manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. En tercer lugar propone: “conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo”. A continuación nos recuerda que arte también es “maña o astucia”. Y por último afirma: “Disposición personal de alguien. Buen, mal arte”.
Pues bien, nuestro autor usa arte en su tercera acepción, es decir, “conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo”, aunque se le podrían aplicar sin temor a errar, tanto la primera —virtud, disposición y habilidad para hacer algo—, como la última —disposición personal de alguien. Buen, mal arte—.
En el entorno del humanismo, tan querido y tan conocido por Santiago, sobre todo a través de su indagación sin fatiga en la obra y el mundo de Cervantes, no era extraña la aparición de libros compendio de normas sobre las más diversas cuestiones encabezados por la palabra arte, tradición que viene desde los clásicos latinos, comenzando acaso por el más famoso, el ovidiano Ars Amandi.
¿Sobre qué asunto o asuntos, establece su ‘nuevo arte’? Demos otro paso, pues. Todos y cada uno de los títulos se inician del mismo modo, como un estribillo, arte nuevo de. Y aquí es donde desde el primer momento nos encontramos con el itinerario hacia las simas más hondas de nuestro ser. Por este orden aparecen en el libro: Desarraigo, guerra, encajar los golpes, lamerse las heridas, venganza, no ir a ninguna parte, despedida, no mirar atrás, decepción, amargura, error, no darse cuenta, constancia, lucidez, empezar el año, contestar a ‘cómo’ y no a ‘por qué’, paciencia, perder el tiempo, revelación, esperar días mejores. Es decir, el poeta propone un “conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo” en este caso enfrentarse a los asuntos que más afectan a la vida. El orden del poemario no es aleatorio. Como se deducirá de los títulos enumerados, el poeta parte de las situaciones más dolorosas que puedan afectar a nuestras vidas, para concluir en el sendero de la esperanza, de un futuro que será mejor, aunque no fácil de alcanzar.
Hace un par de años Santiago nos regaló el antepenúltimo de sus poemarios Ensueño y mediodía. Tras leerlo, escribí una reseña publicada en la revista digital Alenarte revista, artículo que concluí de este modo:
«Ensueño y mediodía, también o además, es un poemario tamizado por la melancolía. En la mitad del libro, y barrunto que tal colación ni es casual ni es arbitraria, está el poema (…) “Casi al mediodía” [que] termina con estos versos que (…) definen como un retrato hiperrealista —en este caso autorretrato— el alma del poeta, que pelea por ser un solitario solidario, porque es en la soledad donde el poeta puede indagar y comprender la existencia humana:
Resulta también que hoy tengo miedo
del mundo, de la calle, de la gente,
de bajar a mi infierno privado,
ese que corre en las carreteras grises,
delante de mí.
Y no sé cuál es la verdad que se me pierde,
pero desearía que la soledad se me marchase
para quedarme solo, como antes.
»
Si traigo ahora estos versos, es porque percibo en ellos, sobre todo en los tres finales, una puerta entornada, por la que ya se cuela, como luz que atravesara su rendija, la melodía del libro que estamos presentando, aunque esta afirmación mía no es más que la conclusión subjetiva de un lector, quiero decir que el autor acaso me desmienta a continuación. Y bien haría en ello.
He dicho hasta ahora que Arte nuevo es un viaje hacia lo hondo del individuo y que se trata de un compendio, al modo clásico, para enfrentarnos a cuestiones tales como el desarraigo, la guerra, el dolor… Ahora añado que, además, se trata de un viaje que sólo se puede hacer en la más honda de las soledades.
Alguien podría pensar que es contradictoria la soledad con un compendio que proponga al resto un conjunto de normas para hacer algo bien. En principio no tiene porque serlo, pues se trataría de, concluido el viaje, compartirlo con los lectores, acaso para invitarlos a que —cada uno en su propia soledad— se oriente en una travesía semejante. El Arte nuevo de Santiago no ordena en sentido imperativo, ni regula en sentido normativo, ni cataloga en sentido doctoral. Es un diálogo o una propuesta hecha con sencillez al lector.

Cómo lo dice

Nunca conviene en una presentación agotar el contenido del libro, pues entonces se corre el riesgo de impedir que algún lector se acerque a él que, a fin de cuentas, es de lo que se trata cuando un editor considera que un libro debe atravesar el umbral de la casa del escritor para intentar recorrer el mundo.
Así pues no diré más acerca de su contenido, acerca de las indagaciones y experiencias que el poeta ha trasladado a estas páginas. Acaso ya haya dicho demasiado. Sin embargo, antes de concluir mi intervención, aun a modo de someras pinceladas, destacaré algunas cuestiones formales que confieren al libro su aspecto definitivo.
En primer lugar el tono que suele ser determinante en cualquier poemario. En este caso nos encontramos con un decir reflexivo, íntimo, dialogante, como en voz baja, como una conversación tranquila y sin prisas entre amigos que se adentra en la madrugada. A pesar de los temas sobre los que reflexiona: desarraigo, guerra, venganza, heridas…, se aleja del grito melodramático tan propio del romanticismo, por ejemplo. Es un tono que bebe de fuentes tranquilas, de esa actitud estoica que desde Séneca abunda en nuestras mejores letras, y que nos lleva a ese mundo del Renacimiento tan querido y tan estudiado profesionalmente por nuestro autor. Alguien que admite la vida como le va llegando. Ajeno a la indiferencia, sí, pero igualmente ajeno a la lamentación que tiende al inmovilismo y a la autocomplacencia. Por el contrario, se trata de aprender, se trata de admitir, de asumir, y continuar, avanzar, crecer en la búsqueda de lo esencial.
Otro aspecto es el de su brevedad. Como sucede a menudo, la brevedad de un poemario no quiere decir que sea corto. Ya sé que parece un juego palabras vacío lo que acabo de decir, pero no es tal. Depende de cada lector la duración de la lectura de un libro.
Leer poesía —al menos el tipo de poesía que nos ocupa— no es lo mismo que leer prosa, como no es lo mismo escribir en prosa que escribir un poema. De algún modo el poema es como destilar la vida, o alguno de sus fragmentos. Cuando llega al lector, éste puede quedarse en el resultado último, el verso que el poeta le entrega, o bien, dejar que ese verso se abra en su interior y permita una zambullida en los sentimientos, no del poeta —eso sucedió mientras escribía—, sino del lector quien, al adentrarse en su interior, será interpelado por el verso de una manera nueva y habrá recreado el poema y lo habrá incorporado a sí mismo. No todos los poemas ni todos los versos tienen el mismo alcance, no todos llegan tan hondo, no todos provocan que el lector se detenga varios minutos y relea y vuelva a leer y sienta que aterrizan en su corazón empujándole hacia la evocación de otros momentos vividos, o hacia la reflexión. De hecho no es lo más frecuente.
Arte nuevo, en línea con lo que es habitual en la poesía de López Navia, sí puede provocar estas reacciones. Por tanto este es uno de esos libros que califico de iceberg, pues es en lo profundo donde reside su mayor densidad. Pero no sólo en lo profundo del autor, sino en lo profundo de cada lector. Y este es el milagro de los buenos poemarios —al menos de los poemarios que más me interesan— que son capaces de trascender la experiencia personal e intransferible y la presentan de tal modo que cualquiera podría saberse reflejado en sus latidos.
Prácticamente todos los versos del poemario son endecasílabos, pero escritos con la sencillez habitual de nuestro poeta que huye de recursos retóricos excesivos. A pesar de no estar de moda, escribe dos sonetos, cuya impecable factura, sobre todo en los tercetos del primero, trae ecos del conceptismo, no del más retorcido y casi inextricable, sino del que hizo grande a algunos, como Quevedo. Digo esto porque en ocasiones, el lector no lee poesía, porque tiene miedo a no entender la oscuridad de algunos versos, o perderse en su penumbra. No voy a entrar ahora en asunto tan controvertido, simplemente diré que quien lea Arte nuevo entrará en un mundo claro, conciso, comprensivo, sin barroquismos sintácticos, sin irracionalismos o surrealismos semánticos. Se encontrará con el decir directo del castellano que hablamos todos, circunscrito, eso sí, al ritmo del endecasílabo, a bellas imágenes comprensibles por cualquiera, todo ello con un solo objetivo: provocar que el lector pueda pensar sobre el asunto que se le propone.
Y ello desde el título de cada poema.
Normalmente los títulos de los poemas, no forman parte per se del contenido del poemario. Sin embargo, en este caso, al menos formalmente, funcionan como un estribillo que ayuda a recordar siempre que estamos ante un arte nuevo, una propuesta para hacer —o no hacer— algo. Y esto lo señalo, porque en la mayoría de los casos, las propuestas son sorprendentes, ajenas a lo común. Este estribillo, pues, logra que el lector recuerde que se trata de una posibilidad de afrontar la vida. O sea, un aspecto formal, al servicio del contenido del libro.
Decía más arriba que este es un libro que denomino en mi particular clasificación, iceberg. También podría calificarlo como esférico o circular, pues el final se une a su inicio, de tal modo que al acabar su lectura, al lector casi está obligado a volver a su inicio, aunque sólo sea para recordarlo. En nuestro acaso así concluye el primer poema:
«Es tiempo de sembrar a dentelladas / y en los surcos del barro / (si lo permite el hielo y no hay sequía) / regar con las cuchillas de la escarcha / la flor del desarraigo».
Y de este modo finaliza el libro:
«Vendrán días mejores. Mientras tanto / cumple morder el tiempo a dentelladas / y hacer mella en su carne escurridiza / que deja en nuestra piel sus cicatrices.»

Conclusión

En fin, y ya concluyo, si alguno de ustedes, se decide a leer este poemario —a lo que invito sinceramente— se encontrará con un libro breve, sí, pero hondo, un libro de tono reflexivo y meditativo, muy próximo a cierta línea de la poesía contemporánea que bebe desde los clásicos y tiene uno de sus afluentes más actuales en la poesía británica —tan querida por SLN— del siglo pasado, escrito sin los vanos oropeles vacíos de falsas retóricas, sino en un castellano limpio —aunque no exento de cultura— y directo, un castellano que suena con la melodía propia del endecasílabo, ese ritmo que acaba por mecer el sentimiento.
Muchas gracias a todos por escucharme, pero sobre todo, muchas gracias, nuevamente, Santiago, por haberme pedido mi participación en el acto; pero no por participar en él, sino porque sabiendo que lo debía hacer, creo que he tenido la impagable fortuna de poder pensar más y mejor sobre este poemario que compartes hoy con nosotros.
Si he conseguido no destrozarlo con mis palabras, y he logrado que alguien se interese en él, no habrá sido vana mi presencia, en caso contrario, espero que sepas disculparme.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Artículo de Norberto García Hernanz. "Valor de la poesía. Poesía en valor."


Foto de Norberto tomada de Internet
Me hago eco y transcribo aquí, la carta que nuestro amigo NORBERTO GARCÍA HERNANZ publica hoy mismo en la sección de OPINIÓN del periódico local El Adelantado de Segovia

Me permito, incluso, querido Norberto, la libertad de titular esta entrada del mismo modo en que lo haces tú en el diario.

Norberto, como organizador del "V día Internacional de la Poesía en Segovia" (pulsando AQUÍ, podéis ver las bases), escribe una carta para conseguir una mayor implicación de algún sector más de la sociedad segoviana.
Uno no puede llegar a tanto, y menos desde este rincón, tan pequeño, no obstante y con toda humildad, me sumo una vez más a este día y os invito también a que participéis en él.

CARTA AL DIRECTOR
Valor de la poesía. Poesía en valor
Norberto García Hernanz (*)
No hay en Segovia exceso de acontecimientos poéticos. De hecho son escasos y normalmente están insertados en jornadas literarias como aderezo, colofón o complemento, pero no como eventos independientes con identidad propia. En esos casos, la dificultad de mantenerse en años sucesivos, viene supeditada a la celebración de los propios eventos dichos, en los que están insertados, pudiendo sufrir modificaciones o supresiones, al no ser elementos indispensables de dichas jornadas. Caso aparte son los recitales y concursos de exclusiva dedicación poética, que necesitan cada año reinventarse y recabar de entidades altruistas los recursos y apoyos que hagan posible su continuidad. Mi deseo es -como ahora es habitual definirlo-, “poner en valor” la poesía en nuestra ciudad y concretamente, en este caso, resaltar la contribución de acontecimientos como el Día Internacional de la Poesía en Segovia, al mejor conocimiento y divulgación de nuestro patrimonio.

El Día Internacional de la Poesía en Segovia, que por quinta vez consecutiva se celebrará el próximo 22 de marzo de 2014, está precedido por una convocatoria-concurso, en la que suelen participar alrededor de doscientos poetas y poetisas, a los que se les transmite la idea de Segovia, como idílico lugar donde poder venir a recitar al empezar la primavera. Al valor intrínseco de una fase concurso de asepsia contrastada, le sucede la selección de entre veinte y veinticinco finalistas con los que se mantiene contacto permanente por Internet y que no dudan en venir a vernos desde el resto de España (y el extranjero en ocasiones), pagarse su viaje, alojamiento y comida de hermandad poética correspondiente, lo cual supone un beneficio para nuestro turismo. Lo hacen porque saben que aquí les tratamos bien, porque aquí disfrutan del recitado de sus poemas, porque se les ofrece una visita guiada de algún monumento reseñable, porque se les obsequia con el libro-antología de los poemas finalistas y porque conocen el prestigio que ha alcanzado después de cinco años esta cita, por la cual ya han pasado promesas que hoy día están consolidadas.

Creo que esta modalidad poética (concurso, recitado y antología) que de momento es única en nuestro país, debe ser valorada y potenciada por aquellas entidades que con visión de futuro, entiendan la cultura, además de como un enriquecimiento del espíritu, como vehículo que contribuya, a la mejora gastronómica, editorial y hotelera de nuestra capital. Esta jornada de poesía ya tiene algunos patrocinadores y colaboradores, a los que desde aquí agradezco su entusiasmo y apoyo, pero las múltiples posibilidades de mejora, están supeditadas a nuevas incorporaciones. Por sí sola, la poesía ya tiene valor, pero espera aún que la ayudéis a “ponerse en valor”, es decir: en el lugar que merece. Muchas gracias.

——

(*) Organizador del V Día Internacional de la Poesía en Segovia.




Cartel de la V edición del
Día Internacional de la Poesía en Segovia



miércoles, 13 de noviembre de 2013

Lágrimas vencidas (Oniliria XX)

Fuente del Jardín Botánico de Segovia de
Mariano Carabias. (Detalle)
Foto de Amando Carabias


Para María Jesús Llorens
Hay días de horizontes que se ensanchan, como un mar de sonrisas y jilgueros, días como  de orfebres que regalan carruseles de allegros ma non troppo y jardines de besos que aniquilan las nieblas del latido del ocaso y alean en el oro de las hojas que alfombran las pisadas sin aliento.
Son días como lágrimas vencidas, un vuelo de unicornios y delfines, días almidonados de futuro, cocinadas de sueños y nostalgias donde las alambradas de injusticia son apenas la sombra del otoño, casi el punto final de la novela,  casi la espalda muerta de la muerte.
Hay días para el sueño y la fragancia de una albada sin frío, sin relente, cuando la luz del sol caliente aun menos que el roce y las caricias sin fronteras quizá ebrias de utopías, pero firmes. 
Son días del otoño que parecen escritas por Vivaldi en primavera.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Mercedes Pinto: "El fotógrafo de paisajes"

El fotógrafo de paisajes. Mercedes Pinto Maldonado

1ª edición libro electrónico (epub): junio de 2013
Ed. Taugus (Espasa Calpe) ISBN: 978-84-15623-29-8


Portada de la novela

 «¿Cuántos sentidos necesita un hombre para comprender a otro? Solo uno: el de la misericordia» (El fotógrafo de paisajes. Mercedes Pinto).


Al leer esta frase de El fotógrafo de paisajes, quedé colgado de la emoción y durante algunos minutos detuve la lectura. Es de esas frases que explica, mejor que cualquier reseña o comentario, la esencia de una obra, acaso la semilla de la que ha fructificado buena parte del relato.
No es la primera novela que leo de mi amiga Mercedes Pinto (dos fueron reseñadas en el blog : La última vuelta del scaife y Pretérito imperfecto).y, como en las anteriores, al acabar el libro, tengo la sensación de que un mundo mejor es posible, a pesar de lo que las apariencias indiquen. Si los humanos fuéramos capaces de poner por encima del mal las potencias que nos empujan hacia el bien, éste acabaría triunfando.
Me doy cuenta que, una vez leído lo anteriormente escrito, podría llegarse a la errónea conclusión de que estamos ante una historia de pretensiones moralistas, sin matices.
Todo lo contrario.
El fotógrafo de paisajes es una novela densa y llena de tonos variados, de hondas reflexiones sobre la condición humana, siempre más allá de las apariencias.


El argumento


El argumento del libro —su clasificación por la editorial o por la plataforma que lo vende parece confirmarlo— lo sitúa en la órbita de la novela negra y policiaca, aunque a mi modo de ver tal calificación sólo contempla un aspecto de la obra.
Gonzalo, un joven fotógrafo recibe la invitación de su mejor amigo, Juanma —profesor de Gimnasia en un instituto—, para ir a vivir con él a Houeillès, pueblecito de la Aquitania francesa. Invitación que acepta de inmediato pues desea huir de su realidad madrileña. El don de leer las mentes de cuantos están a su lado —que se revela desde los primeros párrafos de la novela— se ha convertido en una tortura para la vida de Gonzalo. La casa resulta un lugar idílico para el protagonista pues es silenciosa, aislada y muy próxima a una zona boscosa. Sin embargo, en dicha vivienda hace no muchos meses se ha producido la misteriosa desaparición de una joven sordociega y su hijo. Por causas que no debería revelar mi reseña, ambos amigos y una muchacha del lugar especialmente interesada en el asunto, tienen la necesidad de indagar en la extraña desaparición de la joven sordociega, lo que les lleva hasta París. A partir de este momento, no debo decir más de una acción trepidante y que deja al lector sin ánimo para otra cosa distinta que no sea continuar con la lectura de la novela, que concluye de modo emocionante.


La esencia


Este argumento de novela policiaca, por así decir, es la presentación formal en que Mercedes aborda la cuestión que realmente le preocupa: la misericordia como máxima expresión de los afectos más puros del ser humano, la misericordia —probablemente frente a la ambición, las miradas superficiales, el abuso sobre los más débiles— como vía de salida ante el abismo en que ahora mismo se asoma la humanidad. Si La última vuelta del scaife es un canto a la amistad entonado dentro del molde de una novela de aventuras, Maldita una reflexión sobre la intensidad del amor hecha sobre una historia de la España profunda y rural, Pretérito imperfecto una indagación sobre el sentimiento de culpa a través de un drama resuelto a medias, El fotógrafo de paisajes propone la misericordia y la verdad como vías de salida a la crisis moral de la especie en el ámbito de un thriller con tintes de novela negra y policiaca.
No se trata, como quizá alguien haya podido pensar, de una cuestión religiosa. Más bien lo contrario: las religiones, conocedoras de los entresijos de los sentimientos humanos, usan de algunos valores o potencias que son comunes a toda la especie. Dicho de otro modo, cuando hablo de misericordia no me circunscribo a la virtud cristiana, sino que dicha potencia de nuestra alma es común a cuantos seres humanos habitaron, habitan y habitarán este Planeta —precisamente por ser universal es por lo que puede ser cristiana—.
Volviendo a la frase que abre esta reseña, a mi humilde modo de ver clave en la novela, la pregunta se refiere a la comprensión entre humanos. Es decir, la respuesta a la pregunta, o sea la misericordia, no es un sentimiento de lástima ante los males ajenos —hasta este punto se ha degradado el significado de tal actitud—, ni una ayuda más o menos generosa y puntual para tapar una necesidad concreta y apremiante, sino que es algo muchísimo más profundo, se trata de comprender al otro, y no olvidemos que según el proverbio, lo primero en el camino del amor es la comprensión, sin ésta es imposible.
Otra de las patas sobre las que se sujeta la novela es el razonamiento sobre la calificación de esta característica del protagonista. Es decir, si el poder de la telepatía que implica la total empatía con quien tiene a su lado, incluso en el dolor físico, es un don o más bien es una especie de castigo.
A lo largo del relato el lector —cada vez más atado a la silla, con la imposibilidad casi física de levantarse, por no perder el avance de la historia— siente que el argumento avanza hacia un territorio que no sospechaba inicialmente, aunque ninguno acabará por sentirse engañado, pues con la sabiduría de los narradores que saben dosificar la información que suministran a sus lectores, la autora ha dado pistas más que sobradas para que todo resulte verosímil y lógico.


Concluyendo, que me alargo


No puedo ni debo adelantar más, pero sí decir que la conclusión de la novela, plantea al lector cuestiones —algunas de las cuales se han ido planteando desde muchas páginas atrás— que no le pueden dejar indiferente.
¿Será la propuesta de Mercedes algo más que ciencia ficción? ¿Será el camino de la verdad absoluta el único que nos pueda salvar de la caída por el abismo del que cada vez estamos más próximos? ¿Se pueden romper determinados tabúes milenarios en según qué circunstancias?
Hace pocas fechas, Mercedes escribió en su blog una entrada —podéis echarle un vistazo pulsando aquí— en que, en cuanto que lectora, demanda de las novelas que tengan 4E, algo así como las estrellas de un hotel, los tenedores de un restaurante o las B de una bar… Estas en concreto: Entretenimiento, Emoción, Enseñanza, Enganche con el lector. Creo que El fotógrafo de paisajes cumple con las cuatro. Como suele decirse el escritor a veces escribe aquello que le gustaría leer, y los lectores que pretendemos disfrutar de una historia, bien que se lo agradecemos, otra vez.

martes, 8 de octubre de 2013

Afanes (Oniliria XIX)

Afanes.
Respirar o eyectar afanes de sangre: río desbocado, afanes de lágrimas como bisturís mellados, afanes de sarcófago como precipicio sin límite.
Afanes.
Tanta herida que emerge, cicatriza y resurge, una y otra vez... Tanta herida que emerge, cicatriza y resurge: el ritmo inagotable de las horas, los días y sus noches.
Afanes.
Gritos como susurros envasados, alaridos disfrazados de murmullos, risas maquilladas tras un escalofrío, carcajadas revestidas de gestos perezosos.
Afanes.
Gustoso, pues no duele, pues no provoca cansancio en los músculos del alma. Pasaría sin ver la vida, sin contemplar en cada latido: esa batalla desaforada por la supervivencia, en que las fauces del poderoso desgarran la carne desprotegida del débil.
Afanes.
Ya sé que mi mirada se asemeja a la del murciélago enceguecido y nocturno; sin embargo, la existencia me la desgaja a cada paso, me la abre en canal, me la descuartiza y arremete su despojo con la fiereza hambrienta del buitre sobre la carroña inerme, inerte, exangüe.
Afanes.
¿Cómo callar entonces? Aunque sé que mi lamento es menos que el susurro de una flor sin nombre y escondida, menos que el rumor de un río seco, cómo aquietar su sonido.
Afanes.
Llegaría a la asfixia; la herida se me pudriría dentro, gangrena repulsiva. Quisiera evitar la llaga, quisiera demorarme en atardeceres como auroras o en alboradas como ocasos, en caricias como peces de cristal, en pétalos como lluvia de besos.
Afanes.
Me dice quien me quiere noche y día, que no desespere, que no aproxime mi delirio al abismo. Me dice pues tanto me quiere, que el horizonte esplende y que conseguiremos allegar indemnes al útero de esa luz.
Afanes.
¿Dónde están nuestros pies, dónde nuestras manos? ¿Quién cargará con nuestros deseos por arribar a la entraña de la luz, si nos hemos quedado sin piernas, si los brazos apenas sirven para sujetar una jeringuilla siempre cargada con su narcótico adecuado?
Afanes.
Acepto, pues la intuye mi ceguera, que la luz esplende en el horizonte: como eco de campanas, como otoñada melancólica; pero, ¿cómo acariciarla, si somos carne inerme, inerte y exangüe? ¿Cómo acariciarla si son ya nuestros buitres quienes desgarran con la parsimonia de hábito adquirido día a día, noche a noche, la carroña que se extiende anodina: esos pies sin prisa, esos brazos sin fuerza salvo para acunar el peso de una jeringuilla con su cotidiana dosis de narcótico?
Afanes.
Heridas que emergen, cicatrizan y resurgen, una y otra vez, heridas que emergen, cicatrizan y resurgen, el ritmo inagotable de las horas, los días y sus noches.
Afanes.