domingo, 6 de abril de 2014

Crónica de la exposición Luz de la luz

Con esta entrada deseo agradecer a mi hermano su tremendo trabajo, y, además es una invitación para que quienes os acerquéis a Segovia, durante estas semanas, visitéis la exposición.

Mariano Carabias junto a Clara Luquero,  nueva Alcaldesa de la ciudad
durante la rueda de prensa celebrada la mañana del viernes 4 de abril
(Foto de zoquejo.com)

Ciento cuarenta y nueve. Bajando de la presentación —mientras hablaba por teléfono con mi padre—, al llegar a las escaleras que dan acceso a la Alhóndiga, he mirado hacia el edificio. Allí, espléndido, junto a su portón, un magnífico arco de medio punto, luce una reproducción inmensa del cartel de la exposición de Mariano, ese Adán que recibe la luz. Acaso ese momento infinitesimal de la historia de la humanidad en que algo cambió para convertirnos en lo que hoy somos, arcilla iluminada.

Ciento cincuenta. Me he adelantado a propósito. Sé que dentro de un rato, apenas veinte minutos, quizá menos aún, empezarán a llegar familiares muy queridos, amigos, conocidos, saludados, y se hará muy difícil poder contemplar detenidamente los cuadros.
Sé, o supongo, que vendré muchas tardes, sé, o supongo, que pasaré muchos ratos delante de estas pinturas, pero me apetecía una visión anticipada, me apetecía colocarme solo ante su propuesta, sabiendo, además, que me encontraría con novedades, a pesar de haber visto muchos de los cuadros en el mes de diciembre.
Pero la sorpresa ha sido aún mayor de la imaginada. Mayúscula podría decirse, sin exagerar.
Llueve desde hace un par de horas. Es una lluvia tranquila, casi de seda, una de esas tardes primaverales en que me apetece pasear bajo su caricia líquida que no sólo limpia el aire, sino también los pensamientos.
Al entrar en la Alhóndiga —edificio que desde hace siglos pertenece al Ayuntamiento y hoy es sede del Archivo Municipal y lugar donde habitualmente se celebran exposiciones y otros actos culturales patrocinados por el Consistorio—, he visto el nuevo retrato de una de mis hijas; bellísimo. Creo que es el tercero que le hace, y si les juntara se vería bien la evolución en su joven carácter.
Cuando he pasado hacia la mayor de las salas, me he encontrado de frente con cuatro enormes cuadros que representan a los cuatro evangelistas, a cuatro hombres inspirados por figuras angélicas, femeninas. 
Sin abandonar la técnica abstracta que se manifiesta en los ropajes, en los fondos, los cuerpos se hacen más sólidos, más rotundos, más próximos a lo escultórico. Detrás de mí, de un tamaño similar, una recreación de Juan de la Cruz… Y en estos cinco cuadros, otra novedad, otro paso en su pintura: la representación de más de un personaje: dos retratos en cada cuadro. Un reto diferente, una inquietud distinta, un sendero menos trillado por su pincel, una vía que indagar: composición, perspectivas, espacios…
San Juan evangelista, acrílico sobre tabla.
Autor Mariano Carabias (fragmento)
[foto de mi móvil]
Ocupa toda la pared de uno de los lados estrechos del rectángulo, su cabecera, como presidiendo el evento, un tríptico que ya conocía y que mostró por vez primera en Santa María la Real de Nieva; esa Parusía que invita a la paz, que no amedrenta, que llama a hacerme luz de la luz. Al lado opuesto, otro cuadro grande, de la Virgen que, más que transmitir paz, la trasfunde en el venero, no a través de una jeringuilla, sino filtrándose por nuestras pupilas. Y junto a estos siete cuadros de gran formato, las series de pequeñas tablas que llenan el resto del espacio: el colegio apostólico, ángeles, figuras veterotestamentarias, y otros dos cuadritos con dos personajes, El beso de Judas (inquietante y brumoso, pintado como con rescoldos de carbón) y La conversión de San Pablo, donde es tan importante es el caballo como el implacable fariseo perseguidor de la secta de los cristianos que aún en ese preciso instante desconoce que será el primer gran anunciador del hombre a quien pretende volver a aniquilar.
En mi mano el pequeño folleto que cualquier visitante puede llevarse a casa. Es un cuadernillo con ocho páginas en que aparecen siete reproducciones de otros tantos de los casi cien cuadros de la exposición, que podrían ser un esquemilla o una leve aproximación a lo que se podrá contemplar. La octava página, no tiene ninguna reproducción de imagen, está ocupada por un puñado de palabras que escribí, y que no sé si estropean la visita al espectador o ayudan a la contemplación:
Imagina una sola jornada sin sol, veinticuatro horas sin poder distinguir colores, sonrisas, lágrimas, apenas volúmenes sombríos. Ahora imagina un día sin noche, iluminado por esa estrella de quien depende la existencia.
Como la esencia de la vida del planeta se explica por la íntima fusión de la luz llegada desde el cosmos con otras sustancias, así nuestra esencia.
El arte podría definirse como plasmación del hallazgo del artista en su incansable rastreo. Mariano nos ofrece los resultados de su última exploración: buscar la explicación de nuestra esencia la luz, la luz de la luz.
En estos cuadros contemplarás humanos y ángeles. Son como estrellas que nos acompañan e iluminan para ver los caminos del mundo, regalándonos la esperanza de que es posible habitar una ciudad sin noche.
Regreso a la sala central, a la que uno accede al entrar al recinto. Me detengo otra vez en el nuevo retrato de mi hija. Avanzo. Un enorme retrato de su musa verdadera, esta vez encarnando una hermosísima sibila, preside esta sala. A mano izquierda, según se entra, la recreación de Andrés Laguna, reencarnado en otro amigo, al que tanto debe Segovia desde hace tantos años, tan amante y conocedor de árboles y plantas como el médico de emperadores y papas. 
Los lemas de las tablas se tornan líricos. Los cuadros se agrupan por series, pero en cada uno, además de la habitual potencia de color y formas, de la capacidad de siempre de establecer con el arcoíris un diálogo repleto de matices e insinuaciones, se añade la sugerencia que el título propone. Esta conjunción invita o empuja al espectador a poner en marcha algunas de las potencias que a veces olvidamos utilizar cuando nos situamos ante una pintura. 
Empiezan a llegar visitantes. Pero creo que no se quedarán a la inauguración. El trío de turistas que hablan en inglés se detiene con parsimonia ante la mayoría de la obra. Dialogan animadamente. Él parece explicarles a ellas algún detalle, o acaso —me figuro— traslada el título a su idioma. Otras personas, por el contrario, pasan rápido ante la sucesión de imágenes, que no sé si contemplan o simplemente deslizan ante sus ojos con menos interés que el que pondrían frente a los escaparates, y continúan su cháchara algo que parece ha revelado alguna televisión respecto del padre de una famosa.
La sala de la derecha, llena de pequeños recovecos, con paredes más reducidas, quizá sea algo menos llamativa: reúne menos tablas y no tiene cuadros de formato grande; pero para quienes estamos tan pegados a la obra de mi hermano, es fácil comprender que aquí laten hondas emociones. Por razones puramente sentimentales, esta sala traspasa mi ánimo. Además parece que algún título tiene que ver con alguno de mis versos.
Regresan mis palabras a su tierra, pues fueron sus pinceles el arado, que preparó el terreno y abonó mi tarea de escribir los andamios de los pájaros.

Ciento cincuenta y uno. Empiezan a llegar personas que no son visitantes de pocos minutos, sino quienes se sienten convocados a la inauguración de la exposición. Familiares y amigos que vienen a arropar y a reconocer —también a reconocerse— la pintura de Mariano.
Según observo por el número y estado de los paraguas que quedan en la entrada, no llueve precisamente poco.
Ahora me alegro mucho más de haber adelantado mi llegada, y no lo digo por el chubasco. Después de haber satisfecho la necesidad de contemplar la exposición, puedo dedicarme a saludar a unos, a besar a otros y a otras, a compartir una conversación, un chascarrillo, una inquietud, una confidencia, al abrazo por el reencuentro que en más de un caso propicia este instante…
Palpo que el trabajo de mi hermano —incesante, valiente y original—, llega a unos y a otros. Aunque a cada uno de forma diferente, a todos alcanza: por la belleza sin otra consideración, por la armonía de los colores, por el parecido de los rostros con el natural que, además, bucea con éxito en el corazón del retratado, por la mezcla de lo abstracto con lo real, por lo desmesurado del trabajo, por la técnica que los más especialistas descubren en cada trazo, por el tema propuesto a nuestra consideración…

Ciento cincuenta y dos. Seremos más de doscientas personas en el momento en que la próxima primera alcaldesa de Segovia nos dirige unas palabras.
[Acabo de darle la enhorabuena por anticipado, puesto que hasta mañana no es el pleno municipal en que se celebra la elección. Desde que Pedro Arahuetes anunció su dimisión y que ella sería su sustituta en el cargo, no la había visto. Se le nota emocionada e ilusionada. No hace falta que lo digan sus labios; su mirada y su gesto lo anuncian a las claras. Está bien que así sea, pues quizá su ilusión y su emoción se transmitan a su tarea. Al fin esta ciudad tiene una alcaldesa. Alcaldesa y socialista en una ciudad como Segovia… A veces convendría revisar viejos clichés].
Tras sus palabras, que demuestran que ha entendido el contenido de la exposición y que glosan la figura y la obra de Mariano, sin olvidar la que se puede ver por la ciudad, y tras otras pocas de Mariano, densas y explicativas de su intención, es el momento de continuar con los abrazos y los saludos, de acercarse a unos para comprobar el crecimiento imparable de los niños, para recibir una enhorabuena, para saber de nuevos proyectos y de nuevos logros, para constatar en cada reacción que el camino que inició mi hermano hace ya unos cuantos años, quizá algo más de un lustro, avanza firme y poderoso.
La columna del Templo. Acrílico sobre tabla.
Autor Mariano Carabias. AQUÍ SU BLOG
Si nuestra encarnadura de siglo XXI sirve para recrear a Adán, Noé, Moisés, Aarón, Gedeón, una sibila, un evangelista, un ángel…, se podría aceptar que la esencia humana apenas ha variado y, por tanto —como demuestran las miradas de los retratos, los andamios de los pájaros—, su misma naturaleza de entonces habita nuestra entraña de ahora. Si aquellas personas de hace miles de años vivieron dudas, certezas, pasiones, odios, alegrías, emociones, anhelos, revelaciones…, podemos concluir sin margen de error que nuestra vida se nutre de iguales condimentos. Si un puñado recibió o encontró lo que Mariano llama luz de la luz, entonces su pintura se eleva como un grito de esperanza, porque viene a proclamar que nosotros, individuos del siglo XXI, también somos arcilla iluminada, aunque apenas nos demos cuenta. 

lunes, 31 de marzo de 2014

Mariano Carabias: Nueva exposición, Luz de la luz

La semana pasada, entre otras cosas escribí en mi diario:

Ciento cuarenta. Ya está el cartel de la exposición, también están las invitaciones. Sólo falta el folleto.
Ayer me acerqué hasta la concejalía de Cultura del Ayuntamiento a recoger la porción que necesita mi hermano para sus envíos.
 
No conocía los recovecos del edificio de la concejalía. En realidad sigo sin conocerlos, pues una visita de apenas diez minutos no lo permite. Pero sí me volvió a admirar lo intrincado de los edificios diseñados y construidos durante el Renacimiento, o antes.
Uno pasea por las callejuelas de la judería, y las fachadas se suceden. Casi nada llama la atención, pero si por una razón u otra, se adentra en su interior descubre espacios casi imposibles, algunos milagrosos.Aún faltan unos días para que abril se inicie. Pero la llegada del libro, la recogida de estos carteles, es como el anuncio de sus heraldos. 
En abril de 2014 Mariano inaugura otra exposición, y antes de que concluya, presento un poemario. Y sé que hay dos corazones, además de los nuestros, que laten satisfechos, contemplando desde la distancia de los años como los sueños de dos de sus hijos se concretan.

Pues bien, ya se debe anunciar que la exposición de Mariano Carabias se inaugura el viernes próximo, cuatro de abril, en la Alhóndiga de Segovia. La dirección oficial es Plaza de la Alhóndiga s/n; pero mejor no liarnos. En plena Calle Real, hacia su mitad, allí encontraréis la exposición, que ha titulado La luz de la luz.
Durante un mes podréis visitarla en este horario:
De martes a viernes: De 6 a 9 de la tarde.
Sábados: Mañanas 12 a 2.       Tardes: 6 a 9.
Domingos: De 12 a 2 por las mañanas.

De momento no desvelaré más. Sólo os animo a que acudáis, de nuevo la pintura de Mariano hará que viajemos hacia los balcones que se asoman a los horizontes más luminosos del ser humano.

Fotografía del Cartel anunciador de la exposición

lunes, 24 de marzo de 2014

V DÍA INTERNACIONAL DE LA POESÍA EN SEGOVIA. CRÓNICA PARTICULAR

Foto junto a la Estatua de Machado de los poetas seleccionados en esta edición
del V Día de la Poesía en Segovia. (Foto tomada del blog con el mismo título que
administra y gestiona Norberto García Herranz. Este es el enlace para acceder a él)

Ciento veintiuno. Bajamos, los tres, a su encuentro. Y a los pocos pasos, vemos a Norberto acompañado por un buen número de personas.
Cada año el encuentro en Segovia con motivo del día de la Poesía, añade un detalle que va redondeando su originalidad.
Como le sucede a mi amiga Mª. J., la distancia entre su hogar y Segovia obliga a que tenga que hacer noche la víspera de la jornada. Parece ser, según me cuentan, que uno de los participantes sugirió o propuso un encuentro entre aquellos del grupo de seleccionados que hicieran noche en la ciudad. quienes lleguen mañana de Madrid, Valladolid, Salamanca… se habrán perdido estas horas, en que ellos —los seleccionados— tienen tiempo de comentar los detalles de este tiempo previo, sobre todo desde que su poema fue seleccionado, hasta ahora, y quienes les acompañamos empezamos a disfrutar de éste o aquél detalle, o, como en mi caso, me reencuentro con alguno de los participantes de otras ediciones que regresan este año.
Anécdota va, anécdota viene, reflexión por aquí o por allí, sugerencias que se escuchan o se sobreentienden… Ilusión.
Entre tanto, me llama M. Ya ha leído algo del ejemplar de Los andamios de los pájaros que le he dado hace un rato, cuando ha traído a Mª J. y C. Dice que le ha encantado lo que ha leído. Intuyo emoción tras sus palabras.
Acaso era la opinión que más me interesaba, una vez que JSM decidió editarlo. Al fin y al cabo es su obra la que me ha inspirado. Al fin y al cabo es el resultado de su tarea el que se tornó inspiración para mis versos.
Sí, la palabra es ilusión. Ilusión de los que han venido desde lejos y también mi ilusión.
Nos recogemos, hasta mañana, en que he quedado encargado de acompañar a una fracción del grupo, los que se hospeden en la zona alta de la ciudad, hasta el puente de la Alameda del Parral, que está junto a la Casa de la Moneda.

Ciento veintidós. Mª. J. y C. han descansado bien, según me dicen. Es larga la jornada que nos espera. Para Mª J., además, intensa.
Esta mañana bien temprano, he visto e impreso las palabras que Ll. envía por correo, las que diré en su nombre antes de leer, lo mejor que sepa, el poema que, si las cosas hubieran sido justas, debería ella habernos recitado.
Ahora empiezo a dudar si debo contar en público el verdadero relato que obliga a su ausencia, tal y como lo conozco. Ella no hace referencia al asunto, tan discreta como siempre.
A nosotros tres se han unido siete personas más entre poetas, acompañantes. Entre ellos mi tocayo AGN que ya ha llegado a Segovia dispuesto a disfrutar del día. Aunque había pensado en un margen suficiente —media hora es más que de sobra desde la Plaza hasta la Casa de la Moneda, bajando por Escuderos, el Paseo de San Juan de la Cruz y el arco de Santiago—, desde el primer minuto intuyo que no va a ser fácil, porque la ilusión y la belleza y los reencuentros y quizá las nuevas amistades, son paradas obligatorias, necesidad de aquietar el paso, imperativo para resumir aún más una explicación de mi parte.
A veces a los poetas nos llaman la atención detalles que, en apariencia, nada tienen que ver con lo habitual. Hemos pasado más minutos extasiados contemplando los almendros en flor del jardín de los poetas, o rumiando los versos de Juan de la Cruz transcritos en un par de placas, o escudriñando el horizonte…
Con cinco minutos de demora respecto de lo previsto, llegamos hasta el punto de encuentro. Pero es algo irremediable, porque la belleza de esta ciudad brinca como corzo sonriente y asalta las pupilas sin remedio.
Antes de enfilar y subir la pendiente que nos lleva al Parral, otras presentaciones y otros reencuentros. Rostros que en dos años se hacen familiares y más queridos. Algunas miradas escudriñan, acaso un poco extrañadas, la camaradería que hay entre algunos.
En pocos minutos la extrañeza se habrá olvidado. Sé, porque siempre pasa, que quienes no hayan podido acudir a la primera parte de la jornada y se incorporen a partir de la comida, sufrirán el mismo proceso, y aún será más intenso en quienes lleguen sólo al recital. Al final uno va experimentando cada día y en carne propia que es el roce de la persona, compartir un tiempo, cruzar unas conversaciones, el cimiento que evita otro tipo de roces, no precisamente agradables, y que sirven más para confundir y separar que para lo contrario.
Sé, y me acusan muchas veces de ello, que soy demasiado idealista, que parezco ingenuo, que aspiro a cosas no sólo imposibles, sino impensables salvo locura.

Ciento veintitrés. Le cuesta trabajo al grupo alcanzar la meta, esa cima de la ladera donde el Monasterio del Parral contempla una de las vistas más especiales y hermosas de la ciudad. Desde aquí el caserío parece fortaleza donde se entremezclan poder religioso y político. Las torres del Alcázar o los torreones defensivos, donde la nobleza más poderosa llegó a tener pequeña —o no tanto— guarnición militar, se mezclan con las torres de las iglesias románicas y la esbeltez de la catedral. Desde lo hondo del valle, lamido por el Eresma de bronce, qué pensarían los frailes jerónimos ajenos —al menos en teoría— a los tejemanejes del mundo, a las contingencias del presente, siempre contemplando —al menos en teoría— lo que en verdad importa de la vida…
Pero la solidez de estos muros, la contundencia y calidad de su fábrica, la belleza tan notable de todo el conjunto, especialmente de su primoroso retablo del altar mayor, dan perfecta cuenta de que, en el fondo ni podrían ni querrían ser tan ajenos a todo cuanto sucedía enfrente de sus ojos, a pesar de la distancia entre la ciudad murada y el convento, que acaso en el siglo XV pareciera mayor que la de hoy, a pesar de ser idéntica…
Y sin embargo…
Sin embargo en cuanto uno entra en las naves del templo, además de sentir el frío de una nevera en pleno funcionamiento y a máxima potencia, a poca sensibilidad que tenga, a poco que sus poros estén pendientes de lo que sucede a su alrededor, siente algo especial. Acaso ese silencio, acaso la hermosura contundente del último gótico, del primer atisbo de renacimiento, transmiten o invitan a repensar los afanes ocultos de todo ser humano a lo largo de la historia. Esta atmósfera propone un interrogante en los corazones, un asombro en las neuronas más racionales e inquisitivas.
Compartimos visita con un grupo de turistas franceses y con una visita organizada por el Patrimonio de Turismo. Dentro de la iglesia seremos unas cien personas, más o menos.
Una vez escuchadas las explicaciones históricas, artísticas, en las que se cuela una reflexión abreviada sobre lo fugaz, frágil y efímero de la vida, y por tanto, y se presenta la conciencia de la muerte como ocasión para disfrutar más del presente y como el hecho más democrático de la humanidad, pues esta circunstancia a todos nos iguala, pasamos al claustro, donde la impresión de la ciudad deja en los gestos, y en el recuerdo de cuantos lo contemplan una imagen que provoca el silencio del asombro, y la búsqueda del ángulo imposible e inédito, donde fotografiar esa postal inigualable.

Ciento veinticuatro. Conozco de vista a la guía que nos va a mostrar la Casa de la Moneda. Es su primera visita guiada a este edificio —o conjunto de edificios— tan singular.
Desde que abrieron el complejo, tras su restauración, he estado una o dos veces, pero siempre por fuera, sin recorrer sus instalaciones con detalle. Reconozco la importancia histórica e incluso artística que puede tener para esta ciudad, o para cualquiera, haber tenido una Fábrica de Moneda. Pero el asunto me interesa más bien poco, casi nada. El dinero es un mal necesario, porque sin dinero es imposible vivir, bien lo sé. Pero me atrae más una panificadora o una huerta…
Lo que hoy he conocido, gracias entre otras cosas, a la pasión, la ilusión y el entusiasmo de nuestra guía, no mejora en mucho las cosas. Lo que acaso más me hubiera interesado —que tiene que ver con lo más humano de este asunto de la fabricación de monedas—, me ha demostrado nuevamente la mezquindad humana; cuanto más poderoso más cicatero. Y me ha subrayado el convencimiento personal de que todo cuanto tiene que ver con el dinero, al final envilece y origina recelos, enemistades y guerras.
El dinero, ese imprescindible veneno que necesita la humanidad para no extinguirse a los pocos días… O eso llevan diciendo tantos siglos que parece ser cierto.
Supongo.

Ciento veinticinco. Como el año pasado, el poema que ha resultado elegido ganador por el grupo de los poetas, ha sorprendido a su autor. No estoy seguro, pero diría que Daniel es el más joven de los poetas. También como el año pasado ha coincidido que compartía mesa con él. Lo cual ha provocado más de una broma y una risa.
Cuando se ha acercado Norberto a entregar el libro, cámara en ristre, he adivinado la razón. Mientras el autor hojeaba el libro, aún ajeno a la página donde figura su nombre con la mención a ese reconocimiento, el resto de la mesa ha confirmado la sospecha. Al fin ha comprendido el asunto y se ha ruborizado y se ha sorprendido y se ha emocionado.
Leo rápidamente sus versos, y sin poder profundizar en ellos lo suficiente, me sorprende su tema en alguien tan joven, esa nostalgia que transmite. Pero en la segunda lectura, intuyo que la excusa, ese nostalgia que siente por su amada, el amor aparente del que habla no se refiere sólo al de ella, sino a la poesía o quizá a la inspiración a esa musa de tirabuzón divino e incorregible.
Este reconocimiento es la guinda del pastel del certamen. Y es también una originalidad desconocida en el resto de certámenes que uno conoce. Una vez seleccionados los poemas, todos los integrantes de la antología, en este caso veintidós, desconociendo aún la identidad de los autores, eligen sus preferidos, y de la suma de tales preferencias sale el poema ganador.
No es esencial al certamen este detalle, pero le otorga un plus de limpieza y transparencia. Y mantener hasta este instante el secreto de la decisión colectiva, regala a la jornada un punto de juego y de misterio, una pizca de picante.

Ciento veintiséis. Una vez pasado el momento de alborozo tras conocer el poema y poeta distinguido por sus compañeros, he podido echar un vistazo general al librito.
Sólo conocía los poemas de Mª J. y de Ll. En conjunto me parece una antología de calidad, acaso la mejor de todas las ediciones, aunque sea un tanto arriesgada esta opinión.
La pluralidad de los estilos, del modo de decir, no esconde lo importante, la esencia, lo común que late en cualquier poema que merezca tal nombre.

Ciento veintisiete. Mientra abren o no el Palacio de Quintanar, donde será el acto público en que se recitarán todos los poemas, charlo unos momentos con SLN., que también se ha acercado hasta aquí, como representante del jurado.
Ya ha hecho una cala —ha dicho— en Los andamios de los pájaros, y me ha emocionado lo que ha comentado sobre el resultado de la prueba.

Ciento veintiocho. He conocido, por fin, a las hijas de Mª J. No es exactamente a lo que uno aspiraba en el primer encuentro, porque esperaba más calma, un diálogo más amplio, no sé, más tranquilo; sin embargo son momentos estos que se tocan con cofia de confusión y premura, saludos y nervios. Ya falta poco para que ella haga su primera lectura pública de un poema suyo. Y se le nota no sólo los nervios normales, sino la emoción que le produce haber llegado hasta aquí.
Durante unos segundos me pasan por el cerebro todos estos años desde que nos conocimos gracias a Internet, gracias a los blog. Y me doy por bendecido, por haber sido capaz de encontrar a un puñado de personas que, como ella, nos hemos ido acompañando sin interferir en nuestras vidas, pero formando parte de ellas, sumando, siempre sumando, ayudándome a crecer, a mirar, a aprender, a aprender siempre.

Ciento veintinueve. Es verdad que quizá nos hayamos precipitado al querer entrar en la sala. Iba con la intención de echar una mano, aunque sólo fuera en para colocar algunas sillas. Pero se pueden decir las cosas de una manera o de otra o de la de más allá… incluso se pueden decir bien, con educación o un poco de cortesía.
Será que algunos de los asistentes tenemos cara de posibles vándalos o parásitos indeseables.
Pero como todo tiene sus consecuencias, en este caso este desaire ha servido para poder contemplar durante algunos momentos algunas de las salas donde se exhiben fotografías de una muestra que se celebra por estos días. Y también ha valido para intercambiar algunas frases con algunas de las poetas, con quien apenas he departido durante lo que llevamos de día. Y con más conocimiento de causa, porque ya tenía la huella de sus versos en mi recuerdo.

Ciento treinta. Creo que este año es el que más disfruto del recital. Me ha venido bien haber leído los poemas antes de empezar. Tampoco me duele la cabeza como me sucedió dos años, claro que como intuía que podía pasar, he tomado el correspondiente ibuprofeno que ha cumplido con su misión.
Mª. J. ha recitado con sobriedad y claridad. No parecía nerviosa. A diferencia de la mayoría, no ha explicado nada del poema, lo ha leído y han sonado sus versos al suave deslizar del patinador sobre el hielo con esa fluidez de la musicalidad que le ha impreso a la idea que ha sido capaz de hacer poema y que en el fondo habla de la humildad que siente alguien que toma prestado unas vestiduras que no le corresponden…
Eso opina ella, claro; pero no es verdad del todo, pues en ella, como la gran lectora de poesía que es, late —cada vez menos oculto— el corazón de una poeta que, además, escribe.
Por mi parte, al final, me he limitado a insinuar sin decir, y a leer las pocas líneas que me ha enviado Lluïsa justificando su ausencia, agradeciendo la selección, pero sobre todo, dando gracias a quienes le han ido trayendo al mundo de la poesía: Amelia Díaz Benlliuere, María Luisa Mora Alameda y María Ramos, a quienes llama, sus doulas me ha escrito, es decir esas mujeres encargadas de traer a la vida a un nuevo ser. ¡Qué hermoso piropo!
Y luego he leído del mejor modo que he sabido los versos del poema. Sólo espero no haberlo traicionado, no haber hecho trizas las intenciones de Lluïsa…
Me llevo dos penas de esta jornada. La primera no haber conocido en persona a Lluïsa, que era algo que me ilusionaba mucho, además de otras muchas ilusiones. La segunda es la ausencia de M. que ha viajado a Asturias en estos días. Por lo demás, es verdad que la mayoría de las expectativas se han cumplido. Es verdad que he conocido a más personas. Pero se me ha quedado esa espina clavada.

Ciento treinta y uno. No sé si Norberto ha reducido el número de poemas de cada bloque, intercalando más intermedios musicales a cargo de Pablo Zamarrón y Miguel Abad, que han interpretado una hermosa música que mezclaba tradición popular y temas renacentistas. Si es así, ha acertado, porque permite a la atención no decaer del todo.
He observado un denominador común, como un hilo que traba toda la antología de este año: el ser humano que no desaparece nunca de los versos. Cualquier estilo, cualquier tono, alumbra una experiencia personal o una reflexión individual que colmó en los poemas: una estrategia para mantener el amor como perenne llama, el recuerdo en forma de sentida elegía de quien nos arrebataron con mentira e injusticia, el deseo convertido en fuego por encontrar la poesía —cuántos de estos poemas, cuántos—, el recuerdo del amado, las huellas de quienes fueron en un tiempo plasmadas en la sombra de la historia, lo frágil de la identidad, la añoranza del futuro, tantas reflexiones sobre la vida, el deseo de vestirse de poeta, la memoria, el miedo a la ausencia del amado, el cuerpo como templo de la verdadera esencia, la poesía que otorga sentido a la vida, el amor apasionado frente a la falso y edulcorado, la añoranza del paraíso de la infancia, el clamor por la injusticia, el horizonte del futuro anclado en nuestra esencia del pasado, la asunción de la realidad frente a los sueños, el amor como único norte de la vida, el amor frente a las normas, la poesía para fijar el recuerdo de lo que ha de permanecer, el canto a una ciudad que nos convirtió, quizá, en lo que somos, el grito por la injusticia de estos tiempos que nos convierte en parias de la noche a la mañana.
Pero uno de los poemas, uno de ellos, me ha tocado de un modo muy especial. No sé si es el mejor, tampoco me importa, aunque casi es el elegido, según se ha dicho. Y me llega y me golpea, porque rima con mi vida, porque se cose como una sombra a mi cotidianidad, porque hilvana con ese dolor que perdura durante estos años, este dolor que ya se ha hecho amigo, este dolor inevitable y asumido, por tanto no desesperado, pero no por ello menor doloroso.
Sé que cometo injusticia al citarlo aquí, sin haber personalizado el resto, pero cómo no dar las gracias a Vicente Rodríguez Manchado, como no solidarizarme con su emoción y las vaharadas de los ojos de su esposa, si son mis vaharadas, si es mi emoción, si es su Canción de cuna para una madre, la misma nana que entono cada día.

Ciento treinta y dos. Nos ha costado a la mayoría más de veinte minutos terminar de salir del Palacio de Quintanar. Firmas de poemas en los ejemplares de la antología entre compañeros y quizá nuevos amigos, abrazos y besos de despedidas, intercambios de mails, comentarios con unos o con otros.
En mi caso, además, saludos a algunos conocidos que han asistido al recital como público y salen encantados de lo que han visto y han oído.
He salido al patio a fumar un cigarrillo y he contemplado la hermosura del almendro sobre el que cae la luz ambarina de una farola dándole una expresividad fascinante, casi surrealista. Como decía R. que ha acompañado Mª. S. al recital, contemplando la torre circular del Palacio de las Cadenas que desde aquí se ve, la unión de la naturaleza y de la historia en un instante. Y al señalarle la cigüeña posada sobre la esquina del tejadillo de otra torre, la pequeña dicha ha sido total…
La pena es que algunos debían retornar a sus hogares, que otros necesitaban algún descanso.
Pasa siempre, llega el final del recital y cierta sensación de melancolía y de bajón se apodera de las papilas de mi lengua…
Aunque este año, en nuestro caso, hemos prolongado la jornada. C, Mª J., Mª S, R y yo hemos ido a tomar algo calentito, mientras llegaba el momento en que Ana llegase desde la Granja, para rematar el día.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Un blog para el nuevo poemario

Os dejo aquí la entrada que he publicado en el blog que acabo de inaugurar que se titula como el poemario, Los andamios de los pájaros. 
Podéis enlazar con él justo desde la parte superior donde están las diferentes páginas o bien pulsando en este enlace 


En pocos días llegará a las librerías Los andamios de los pájaros, editado por Siltolá Probablemente muchos de quienes leáis estas líneas ya lo sepáis, pero de algún modo conviene empezar a contar las cosas.

Este libro, fue inspirado tras la exposición que colgó en el Patio de Colegio de Arquitectos de Segovia en octubre de 2010 mi hermano Mariano Carabias. Unos meses después concluí la primera versión. Después de aquel verano, envié un ejemplar al editor y poeta gaditano Javier Sánchez Menéndez, quien, sin concretar fecha, me confirmó su edición.

Ha pasado un tiempo que a alguien podría parecer excesivo y a mí, sin embargo, me parece un tiempo necesario, mejor dicho, imprescindible. Quizá haya sido la decantación precisa para que los versos cuajaran, para que perdieran adherencias extrañas. 

Pero sobre todo ha pasado un tiempo fundamental para mi vida, un tiempo en que (y copio al poeta que me edita) estoy aprendiendo que vivir no es estar, y que, no obstante, muchas veces (algunas con razón y otras sin motivo) se vive simplemente para estar, olvidando lo que importa.

Creo que me desvío.

Comencemos la andadura de este blog. Obviamente, y a priori, será de corto recorrido y quizá pocas entradas, pero en este caso es lo que menos importa.



Como sucedió con Quizá un martes de otoño, he decidido crear un cuaderno específico para este nuevo poemario, Los andamios de los pájaros. Aquí encontraréis toda la información que pueda obtener sobre este poemario. Además de servirme como archivo virtual sobre todo lo que rodee al libro, lo compartiré para quien de vosotros lo desee y será un lugar de encuentro específico para el mismo.

Pero no sólo daré eco a aquello que me llegue y salga publicado. También es mi deseo abrir este cuadernillo con portada de cuadritos a los lectores del libro, siempre y cuando lo deseen. Quiero decir que también formarán parte del contenido de este espacio aquellas reseñas o comentarios sobre el poemario que aunque no se publiquen en otros medios o páginas, deseéis compartir con los demás. El mecanismo será muy simple: con un envío a través del correo electrónico, será suficiente. Lo más rápido que me sea posible, me comprometo a dar publicidad a vuestro texto.

Y mientras se cumple el sueño de todo escritor, es decir que aparezca algún lector con sus ojos sobre las líneas del libro, publicaré en los próximos días, algo de la intrahistoria de este libro.

sábado, 8 de marzo de 2014

Los andamios de los pájaros en la Isla de Siltolá

Hablaré en los próximas semanas más despacio sobre esta aventura que toma cuerpo y se concreta en un nuevo libro editado por la sevillana Isla de Siltolá

El poemario se titula Los andamios de los pájaros, y lo inspiró la exposición de retratos de mi hermano Mariano Carabias, celebrada en el Colegio de Arquitectos de Segovia. En este enlace podéis ver una reproducción del cuadro que inspiró el poema que da título a todo el libro.

Más información puede leerse aquí o pinchando en la imagen.

Portada del libro. 
Sólo me resta, por el momento, dar las gracias más efusivas y cordiales a Javier Sánchez Menéndez, el poeta y editor gaditano que ha confiado en Los andamios de los pájaros para que abandonase mi casa y a partir de unos días empiece a volar (nunca mejor dicho) hasta los lectores que así lo deseen. 

Si pulsáis este enlace, llegáis al blog donde va escribiendo su personalísima bitácora.

sábado, 22 de febrero de 2014

Escribo en este día de febrero



Serán mis versos tumbas, palabras olvidadas,
como ciudad sin calles, sin aves y sin gentes,
asumo su destino igual que asumo
el final de mi sangre y de mi sombra,
con el mismo semblante del ocaso.
Pero no callarán por conocer su meta,
ni olvidarán el centro de su lava,
ni el fuego que crepita entre sus pulsos,
ni el horizonte azul de su mirada,
ni el hilván con que tejen sus ropajes,
ni la materia prima de su ritmo.
Y no hablo del aroma de las flores,
ni de la melodía de los besos,
ni de la sinfonía de la albada,
ni de nuestro arcoíris de caricias.
Escribo en este día de febrero
mientras recuerdo el rostro moribundo
y me asomo a la fuente que me riega:
el dolor de quien sufre y se pelea
por llevar a sus hijos calor y pan y sueños…;
el dolor de quien busca cada día
evitar corazones helados de ignorancia;
el dolor de quien llora cada tarde
en mitad de la estepa del miedo a los infiernos;
el dolor de quien vive con el hambre
como piel injertada, como amanecer muerto;
el dolor de quien muere en la frontera
sin maldecir la estirpe de Caín,
sino haciendo presente en la partida,
un pétalo guardado en el abrigo,
estos días azules, este sol de la infancia.

domingo, 19 de enero de 2014

Carta abierta a Jesús Sastre Sastre, que vive ya junto al Padre

Ahora mismo, las nueve de la mañana de este domingo de enero, nieva copiosamente sobre Segovia. Ahora mismo, después de repasar algunas notas de estos días de atrás, abro Internet y veo que con toda prontitud, nuestro periódico Local, El Adelantado de Segovia, publica un texto de mi autoría que lleva el título de esta misma entrada, que deseo compartir también con los lectores de Pavesas y cenizas..
Pero quizá esta publicación necesite una aclaración, puesto que la mayoría no vivís en Segovia y, por tanto, desconocéis el asunto.
Jesús Sastre fue amigo mío. A Jesús Sastre lo conocí hace treinta años, más o menos, cuando llegó como párroco a San Millán, mi parroquia. Desde entonces y durante una década, más o menos, y con otros muchos amigos, trabajé a su lado.
El viernes a mediodía murió.
A pesar de que los años me llevaron por caminos diferentes (un trabajo, otros quehaceres, otras rutinas...), mantuvimos la amistad y el afecto, y por eso y por tantas otras cosas es por lo que decidí el pasado viernes por la noche escribir esta carta que hoy, tan amablemente, El Adelantado publica.

Jesús Sastre. Foto tomada de El Adelantado de Segovia

COLABORACION
Carta abierta a Jesús Sastre Sastre, que vive ya junto al Padre
Tribuna
Amando Carabias María

Querido Jesús, acabas de dejarnos para gozar definitivamente de la luz y del amor del Padre de la misericordia, el Dios de la vida que predicabas en público y privado sin fatiga, con el fuego de la pasión y la alegría del amor prendidos de tus ojos chispeantes, ese Dios que rompía y rompe -cuando es preciso- muros, normas y fronteras. Mientras escribo, me adentro en la melodía del canto gregoriano, tu música, para que su cadencia me envuelva y me conduzca.

No estoy triste por tu partida, pues habrás alcanzado la meta por la que suspirabas, ya que para ti la muerte nunca fue final: "¿Dónde está muerte tu victoria?" cantabas muy a menudo con la misma sencillez y alegría con que respirabas o con que compartías un pedazo de chorizo la Nochebuena o la noche de Pascua, tras las vigilias que celebran los pivotes sobre los que gira la fe. Ahora estás más alto que las cumbres más altas de las montañas a las que te retirabas cada martes con el afán de apaciguar la tensión y la fatiga que los asuntos inmediatos y urgentes te exigían. Ya disfrutas del otro lado de la vida, por eso no puedo estar triste esta noche fría de enero.

Sabía desde hacía unos días de tu empeoramiento, de tu inminente parto camino del Padre, y cuando esta tarde de viernes me han dado la noticia, los recuerdos se han abalanzado en mi memoria como imparable avalancha de luz.

Podría recordar tantas cosas de aquellos años en los que, codo con codo y junto con tantos otros buenos amigos, dimos los primeros pasos para intentar que la parroquia de San Millán fuera mejor espejo de la misericordia divina, es decir, diera cabida dentro de sus muros casi milenarios a todos, empezando por los más necesitados (enfermos, pobres, ancianos, cuantos sufrieran), para que cualquiera pudiera sentir la mirada y el abrazo del Señor, esa misma mirada y ese mismo abrazo que sintió el hijo pródigo cuando su padre salió al camino para acogerlo, perdonando y olvidando toda afrenta. Y es que, desde el principio, no cesabas de recordarnos que el único sendero posible para encontrar las huellas del nazareno era poner el corazón en la miseria humana, pero no de modo abstracto o teórico, sino a través de gestos concretos, cotidianos, cercanos. 

Podría seguir llenando páginas y páginas, pero no hay espacio; por ello, si entre tantas tuviera que destacar una sola virtud, hablaría de tu capacidad para escuchar. En estos tiempos tan difíciles y adustos, me parece una facultad imprescindible. Tantas veces contemplé la eficacia de este acto, tan infrecuente, que llegué a la conclusión de que si aplicáramos tan sólo la tercera parte de la intensidad con que tú escuchabas, se acabaría cualquier atisbo de violencia, de envidia, de odio… Como ya publiqué en este mismo medio tras tu jubilación, no solo ponías en juego el sentido del oído, sino que tus ojos bebían las palabras, tu piel absorbía los sonidos, tu espíritu se afanaba en penetrar hasta en el significado más hondo de los silencios. Pocos te habrán visto, como yo te veía, agotado después de haber hablado en la Sacristía, o en la Casa de Piedra con unos cuantos de tus feligreses. Gracias a tu ejemplo descubrí que escuchando de corazón, y con el corazón, nace la caridad, es decir, ese modo de arrojarse a la existencia del otro para desvivirnos con él o por él. Desde entonces -¿treinta años?-, supe que la verdadera escucha no es acto pasivo, sino frenética diligencia interior que excava estancias en nuestra entraña donde se acomode el otro, ese alguien que habla, y que tantas veces te hablaba con el afán de arrojar fuera de sí el lastre que había dejado en su existencia el dolor o la enfermedad o el sufrimiento o el miedo o la soledad o la duda o….

Descansa en paz, junto al Padre Bueno, a la luz del Señor, mientras respiras la brisa del Espíritu de Amor, sí, Jesús, estoy seguro de que al fin no contemplas el hermosísimo icono que representa a la Trinidad, ante el que solías meditar cada albada apenas recién nacida, sino que ya lo gozas en plenitud. Gracias por tanto como diste durante tantos años, gracias por cuanto aprendí junto a ti, gracias porque demostraste con tu vida cotidiana, que las palabras del Maestro no son simples buenos propósitos, sino que, por el contrario -más allá de muros, normas y fronteras-, pueden hacerse carne viva en cualquier tiempo y lugar.

viernes, 3 de enero de 2014

Verbo (des)nudo

Empieza el año y lo hace de manera hermosa para mí...


En realidad fue al final del pasado, pero yo me enteré ayer mismo, y por ello para mí es el inicio de este 2014.

Gracias al esfuerzo y dedicación de los escritores chilenos Gino Ginoris (director y editor de la publicación) y Mafalda Migliario, así como a la labor del ilustrador y maquetador Sergio Melo, periódicamente se edita la revista literaria "Verbo (des)nudo", no sólo de modo digital, sino también en papel, según he comprobado el mes pasado.

Acaba de salir el número 3 de la misma, y en él, gracias a los citados y a la medición de nuestra amiga Isolda Wagner, aparecen cuatro poemas y dos microrrelatos míos.

Aquí os dejo la revista en su versión digital en la que además podéis disfrutar de los poemas de Ricardo Jhalet -poeta colombiano-, nuestra amiga Anna Jorba Ricart, un relato de Mafalda Migliario, poemas de la escritora chilena Daniela Gallegos Valenzuela y del poeta cubano Francisco Alemán de las Casas y un artículo acerca de la fotografía de Gino Ginoris escrito por Mafalda Migliari. La revista concluye con un decálogo (de doce normas) para los escritores debido a la pluma maestra y llena de ironía inteligente de Augusto Monterroso.

Espero que la disfrutéis y, de paso, a todos cuantos os pasáis por este rinconcillo de la Red y a quienes más queréis os deseo


¡¡¡ Feliz, venturoso y literario 2014!!!







Por si hubiera algún problema de visión de la revista desde esta ventana, pulsando AQUÍ enlazáis con ella

martes, 24 de diciembre de 2013

Mirad la arcilla blanca (Oniliria XXII)

MIRAD la arcilla blanca, cómo alea, cómo se eleva cálido el latido de su pulso, sus ojos son abrazos y caricias, desprotegidos pétalos en llanto.
Donde ruge la envidia, donde avanza la ira, donde campea la ambición, donde los egoísmos se hacen trono sucede este milagro del silencio: ejército de sueños como ángeles, muchedumbre de cantos de pastores, guirnalda de futuro entre los lobos.
Mirad la arcilla blanca, cómo alea, cómo se eleva cálido el latido de su pulso. Mirad cómo jalbega nuestra noche y encala corazones mutilados. Mirad cómo una estrella busca su pesebre, mirad cómo los hombres se equivocan buscando resplandor en los palacios y no en aquella cueva maloliente donde el estiércol fue antes que la mirra.

Con mis más fervientes deseos de que la Navidad de este año sea un espacio y un tiempo para encontrar la senda de la felicidad que todos y cada uno os merecéis. Considerad esta oniliria, un abrazo cordial, además de la felicitación que este año, tampoco ha podido ser en forma de cuento.


¡¡Feliz Navidad!!
Foto del autor. María con el niño, del belén de
esta casa.

viernes, 6 de diciembre de 2013

La niebla (Oniliria XXI)

La niebla de diciembre, collar de hielo y perla en su garganta, es bufanda que cuida los sueños de los ángeles junto a la madrugada.
Los protege del frío con su escarcha, evita que sus ojos descubran a los cisnes negros de la noche rompiendo con sus picos como azadas la arcilla donde laten los relojes que calientan la arcilla y sus retinas.
Porque si sus pupilas, luz de estrellas, vieran nuestro cadalso y nuestra ruina, se inundaría el mar con tanto llanto, y los cisnes de sombra y cieno no tendrían lugar para el descanso, ni siquiera en la entraña más lejana del último centímetro del viento.