Foto tomada de imágenes Google
La palabra de cada día 2004.
Diario de un opositor. Mes de mayo
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(En realidad este texto debería haberse publicado el 1º de mayo, pero dado que era comienzo de un largo puente, he preferido dejarlo para el primer día laborable tras la fiesta).
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Cuando este mes arranca, mi primer pensamiento va dedicado al mundo entero, con el ferviente anhelo de que sea un mes (iré poco a poco en mis deseos) en el que los males que tanto nos dañan, al menos, se atenúen.
Cuando el primer día del mes ha sacado a la calle a los que con su trabajo hacen posible que los pueblos y las naciones crezcan, hoy que es el día de fiesta más universal, pues en todo el planeta se celebra, hoy, digo, deseo que mi bandera sea de leve gasa transparente, que no lleve ninguna idea prefigurada, ni ninguna preferencia divisora o partidaria. O mejor aún, que reúna todos los colores del universo, del arco iris. Porque en el fondo, creo que las ideas, cuando son eso ideas, no puñales invisibles lanzados por las neuronas, son patrimonio de todos, de cualquiera de nosotros.
Quizá no sea bandera, más bien, ingenuidad infantil e irredenta. Quizá sea sueño utópico. Pero es mi sueño:
Me encantaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que nadie tuviera que huir de la tierra que le vio nacer, porque pasa hambre, porque sus ideas no tienen una silla donde descansar, porque el color de su piel resalta sobre el fondo del paisaje, porque su opción sexual es diferente al de la mayoría, porque su libertad es el sueño roto a causa de los opulentos, porque su inteligencia ha sido rechazada, porque sus ideas son como vagabundos erráticos, porque su mano, me da igual la izquierda o la derecha, sólo tiene una posibilidad: agarrar a la otra, pues la pala, el pico, el martillo, el arado, el teclado, las redes de pesca, se deshicieron en un sueño ancestral, en una pesadilla cósmica de guerra, caos, injusticia, pobreza, hambre, enfermedad, ambición de las multinacionales y corrupción de los poderosos.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que ser mujer no fuera sinónimo de ser hembra, sólo hembra y en muy pocas partes del mundo ser humano. En que ser mujer no signifique trabajar el doble, o el triple, o el quíntuplo que un varón y cobrar la mitad, la tercera parte o no cobrar. En que ser mujer no equivalga a sufrir, ignorar, engendrar, parir y morir. En un mundo en el que su vida femenina sea un periplo de estatura humana: hija, nieta, estudiante, amiga, compañera, amante, artista, deportista, pensadora, política, profesora, madre, abuela…, persona, en fin, persona inalienable, libre y plena. Pero ante todo, en un mundo en el que por todo eso, y por muchas más cosas que me dejo, ser mujer signifique, como poco, no ser menos que los varones.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que cada aldea, pueblo, villa, ciudad, metrópoli, megápolis esté llena de su gente, hombres y mujeres, que van o vienen de trabajar, van o vienen de ocupar su tiempo ganando el pan, la leche, la carne, las verduras, el pescado, el vestido, el coche nuevo, los libros, los discos, las entradas para el cine o el teatro y la hacienda, sirviendo a las necesidades de los demás, no pasando el tiempo, sino llenando sus horas de aquello que soñaron entregar a sus vecinos, aquello para lo que están más dotados.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que, un poco después de amanecido, los niños, TODOS LOS NIÑOS Y NIÑAS, vestidos con los colores del arco iris, corrieran calle arriba, o calle abajo (por mi calle, por tu calle, por cualquier calle de este planeta llamado Tierra), con sus bolsas, sus carteras, sus mochilas, sus carpetas, sus bandoleras, repletas de libros y bocadillos e ilusiones y caramelos y sueños y chocolatinas y felicidad y muchas chucherías y salud rebosante y sonrisas manchadas de cacao y juguetes...
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que cada joven, previo aprendizaje con el amable maestro, fuera capaz de mostrar con orgullo y satisfacción aquello para lo que se preparó, aquello con lo que ha de disfrutar y nos hará la vida un poquito mejor, aquello con lo que ha de enriquecer a toda la humanidad, empezando por aquel amable maestro que le enseñó cuanto sabía, y que, ahora, ha aprendido, con una sonrisa leve, lo que le ha enseñado su discípulo.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo donde la diferencia entre los más ricos y los más pobres fuera una casa, un yate, un aeroplano, un coche, un pantalón, dos camisas, alguna corbata, quizá un sombrero (o una pamela) y un paquete de cigarrillos… Si acaso, en alguna extrema excepción de opulencia o de miseria (según se mire), y siempre bajo prescripción facultativa, una botella de güisqui. Todo ello teniendo en cuenta que el más pobre tiene derecho a cambiar de camisa cada día, pues también suda; o si quiere, y el calor no aprieta, se puede poner la corbata (o las medias) que combine, a su criterio, con la americana o con la camisa (o con la falda), y esté a la última moda de París, pues los pobres son elegantes y tienen sentido de la estética; o si quiere, y le hace falta (en estos casos los gobiernos podrían intervenir, por cuestiones de contaminación), puede cambiar de coche cada cinco años, o de yate cada quince, pues el mar Mediterráneo, o el del Caribe, o el que sea, son hermosos y acogedores..., también para los pobres.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo, en el que al respirar el humo de las fábricas, los coches, etc., no destroce mis pulmones, ni agujeree la famosa capa de ozono (que no es una capa con polillas, aunque debe parecerlo); en un mundo en el que comer no sea nutrirse con extraños elementos químicos que corroen y destrozan el organismo; en un mundo en el que el agua fuera H2O, y no la misteriosa amalgama química que nos transportan purines, insecticidas, nitratos, nitritos, metales pesados, arsénico, mercurio, y otros venenos producidos en multinacionales legales y no encarceladas.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que las cárceles, los campos de concentración, los campamentos de refugiados, los manicomios, los correccionales, los reformatorios, los acuartelamientos, los calabozos, fueran sólo una tramoya desvaída de algunas películas de terror o de violencia, sólo recomendadas para adultos.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo, en el que los fusiles fueran tubos de telescopios, los carros de combate material reciclado para izar puentes sobre ríos, las bombas se fundieran para construir baldes donde acarrear los frutos de los campos y alguna metralla sobrante, perdigones para las escopetas de feria.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que la opinión de cada uno fuera tan reverenciada como la propia opinión. En el que escucháramos las palabras de los demás, con la misma fruición con la que escuchamos el latido de nuestro corazón. Un mundo regido por una Constitución Universal, cuyo preámbulo fuera un hermoso soneto de amor de Shakespeare, o mejor aún de Quevedo como el que termina así: “(…) serán ceniza, mas tendrán sentido/ polvo serán, mas polvo enamorado”.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que las emisoras de radio, los periódicos y las televisiones sólo dieran como noticias: avances científicos, últimos libros publicados, debates entre los filósofos, la última sinfonía compuesta, los nacimientos habidos en nuestra calle, los resultados de los partidos de fútbol, los resultados de los partidos de cualquier cosa, y el parte meteorológico.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que los niños, o los ancianos, pudieran pasear a las tres de la madrugada en una calle oscura sin tener miedo a nada, ni a nadie, salvo al saludo cortés de otro ciudadano.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que trabajar sea crecer, y estudiar sea crecer, y compartir la vida sea crecer.
Me gustaría despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que cada entierro que hubiera que hacer, fuera el de un viejecito, o una viejecita, que dejó de respirar, sin más, en su cama, acompañado del dulce aliento de los suyos, de todos ellos.
Me gustaría, en fin, despertarme, por qué no mañana, en un mundo en el que rezar a Dios, a cualquiera, o no rezar a ninguno, no sea motivo para que una bomba estalle a nuestro lado y nos saje una pierna o nos dinamite el corazón, sino motivo de respeto, el mayor motivo de respeto…
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