lunes, 5 de abril de 2010

LA CARTA. Parte undécima.



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Cuando Luis Prieto Enciso llegó a Madrid, la desmesura de la urbe fagocitó el poco ánimo que le quedaba para tejer una vida que discurriese fuera del cascarón de la facultad o del apartamento sombrío donde uno de los empleados del despacho le buscó acomodo con asombrosa rapidez.
Luis nunca supo que tal prontitud o tanto interés se debía a que el habitáculo donde fueron a parar sus huesos pertenecía a la mujer que compartía su vida con este compañero de trabajo, llamado Ernesto. Un pequeño detalle del que nunca fue informado. Hubiese dado lo mismo que conociera semejante dato, puesto que el precio que tenía que abonar mensualmente mediante transferencia bancaria, no era disparatado respecto de los alquileres que se cobraban en aquella parte de Madrid, próxima a Plaza de Castilla, muy cerca de la estación de Chamartín. Gracias a que Ernesto ocultaba con eficacia su relación con la casera, le evitó tener que explicar por qué las dos zonas en que se habían dividido los escasos treinta metros cuadrados no disponían de ventilación natural. Se trataba de una parte de un piso más amplio que ante la avalancha del mercado inmobiliario había sido subdividido en tres apartamentos, sin que se contara con los permisos preceptivos que la administración exige para este tipo de viviendas. Nadie pregunta, nadie investiga, todos pagan, todos callan. Para mayor abundamiento, el apartamento se ubicaba en el entresuelo del edificio, por lo que la sensación de madriguera se cernía sobre la lobreguez de su espacio que no permitía la ausencia de luz eléctrica en ningún momento del día, ya fuera éste el más soleado de toda la historia.
Pero tal circunstancia, como comprobó pronto con alivio Ernesto, no sólo no desanimó a Luis, sino que parecía ser uno de los atractivos para aquel euritmitense extraño y callado que trabajaba a destajo todas las tardes. No le faltaba razón a Ernesto. En realidad si algo le gustaba a Luis de aquel cuchitril, poco más que un mechinal para almacén, era la sensación de invisibilidad que producía. Es como si el mundo exterior no pudiera acecharle, y menos aún atacarle, viviendo en tal lugar al que pronto tomó cariño, pues allí pasó unos cuantos años de su juventud.
La distancia a la facultad se salvaba cada mañana en un trayecto en metro ni muy largo ni muy corto. Bajaba hasta el metro de Plaza de Castilla (aún no existía línea de suburbano en la estación de Chamartín, lo que hubiera sido mejor para él) que tomaba hasta Cuatro Caminos donde hacía trasbordo para llegar a Moncloa. Viajar en el subterráneo mezclado con la multitud de usuarios que a esa hora se apretujaban en el interior de los vagones, aunque a primera vista pudiera incomodarle dada su tendencia a la soledad, le gustaba, pues siempre había pensado que entre la multitud se pasa igual de desapercibido que en medio de la nada. Era muy improbable que nadie se fijase en su figura anodina y absolutamente vulgar en todo. Su gusto por los grises, azules marinos, y colores sin estridencias aumentaban su capacidad para el mimetismo.
Recordaba estas cosas con cierta melancolía, mientras empezaba a desechar en su mente la idea de salir de casa. No le apetecía. La carta de Eladio había terminado por eliminar las pocas ganas que tenía de salir con sus compañeros algún viernes por la tarde. Se acercó a la estantería donde descansaban los DVD con sus películas favoritas y empezó a leer títulos, por ver si alguno le gritaba como el mejor reclamo para terminar de pasar la tarde. En el fondo le hubiera gustado continuar del mismo modo. Si no opositaba a una de las plazas de fiscal jefe para cubrir alguna de las vacantes de los tribunales españoles era porque, entre sus misiones estaría la de aparecer en público en muchas más ocasiones de lo deseable. Ya le parecían excesivas, a pesar de los años transcurridos, las ocasiones en que tenía que hacerlo en razón de su trabajo en Euritmia.
Por la misma razón por la que le gustaba el trayecto en metro por la mañana, le gustaban las clases en la facultad. Allí era un total y absoluto desconocido. Por fin se pudo quitar de encima el mote que había viajado con él durante toda su adolescencia y la primera parte de la juventud. Allí no era nadie en realidad, si acaso un tal Prieto, un alumno del último curso que había recalado en Madrid procedente de Euritmia gracias a las influencias de un profesor, que alertó a algunos de sus compañeros sobre la brillantez del expediente académico de su protegido. Lo que fue una suerte para él, pues de no haber mediado ese aviso, su historial no hubiera tenido el mismo valor. Si en Euritmia su trayectoria universitaria descollaba, en la capital no pasaba de ser interesante.
Después de las clases, y hasta la hora en que comenzaba su trabajo en un despacho de la calle Princesa, tan próximo a la facultad, comía en cualquier bar que le pillase de camino, o si no tenía mucho apetito (algo bastante habitual). entraba en alguna de las salas del cine Renoir. Durante este periodo descubrió su gran afición, además de la del estudio.
El cine se convirtió en una de sus pasiones secretas y casi desconocida por todos. No le llamaban la atención las películas de estreno, las que arrastraban masas de espectadores semana tras semana, a él, prefería las películas europeas en versión original con subtítulos en castellano y algunas de las viejas películas de Hollywood. Con esta afición empezó a comprender algunas pasiones que inundan más a menudo de lo que parece el alma humana, y también empezó a sentir que el mundo era algo más que los libros, los expedientes, los contratos, los recursos contra multas de tráfico, los exhortos dirigidos a este o aquél juzgado, los legajos en los que buceaba tarde tras tarde con constancia, pero sin ilusión.
El trabajo en el despacho de abogados le pareció bastante rutinario y aburrido. Sabía que por ahí tenía que empezar, pero también sabía que no se tenía que quedar en mero pasante de lo que otros hacían. Él no se estaba dejando las cejas y los codos para eso.
Concluida la carrera, continuó en el mismo despacho, aunque acariciando la posibilidad de prepararse una tesis doctoral, previo paso por la correspondiente tesina. Tenía dos o tres posibles temas dándole vueltas a la cabeza, pero no se decidía por ninguno.
Cada fin de semana, salvo en las épocas de exámenes, volvía a casa. Durante el primer trimestre aquel viaje lo hacía con el alma en vilo, pues temía que cualquier sábado (los viernes por la tarde tenía que trabajar) se encontraría con su madre en lamentable estado, pero al comprobar que lejos de eso, su madre iba mejorando cada día, se sintió aliviado, y llegó a pensar que su ausencia había sido un beneficio para ella.
Esta vez lo dijo en tono casual, no como en otras ocasiones. Había sido durante las navidades, mientras cenaban en silencio…
— Veo, mamá, que sin mí estás mucho mejor.
Ella le miró de hito en hito, como si aquellas palabras hubieran sido una especie de bofetada a destiempo, como un alud imprevisible… Y él, por suerte, se dio cuenta de lo malinterpretadas que habían sido las intenciones que revestían su frase…
— No, mamá, no pienses nada raro. Si no me parece mal, ni te lo echo en cara. Más bien es un alivio para mí. Me parece fenomenal que tu vida mejore. Es lo que siempre he querido, que terminaras por olvidar todo aquello… Y si no lo olvidas, por lo menos que no te mate, como estuvo haciendo…
Fue entonces cuando ella se decidió a hablarle de don Lucas, el nuevo párroco.
— Verás, Luis, es que desde que ha venido un nuevo cura a la parroquia, estoy mejor. Este hombre me comprende y me está ayudando mucho.
El ayudante del fiscal nunca había sido muy exigente en materia religiosa, y le sorprendió esta nueva postura de su madre, después de todo lo que había pasado con el anterior sacerdote de la parroquia. No es que se fuera a escandalizar porque su madre rehiciera su vida, aunque intuía que tal cosa era imposible, pero sí se alertó, ante las posibles consecuencias de una relación de este tipo… Pero prefirió mantener un silencio expectante, sabía que su madre diría más…
— No te puedes ni figurar lo que me ayuda cada semana. Aunque tampoco te puedes ni figurar lo imbécil que es la gente. Lo que le gusta el chismorreo, lo que goza con hacer daño. Empieza a correr el rumor de que don Lucas y yo estamos liados. Figúrate, a nuestros años. Como si yo pudiera dejar de querer a tu padre…
Por un momento, colgada sobre el quicio de la última frase, apareció el recuerdo del único hombre de quien estuvo enamorada, y Luis creyó a pies juntillas lo que le decía su madre. Llegó a la conclusión de que aquel hombre ejercía de psicólogo con ella, y eso no le pareció mal. Aunque barruntó cierto peligro en el escándalo, supuso que el tiempo acabaría por demostrar lo torticero de la maledicencia.
Desde ese momento, dilató más sus vueltas a casa, hasta que se convirtieron casi en esporádicas.
Cada día le absorbía más el trabajo. Sus jefes se dieron cuenta de la capacidad de hurón insaciable que tenía aquel joven abogado. Era uno de los mejores en interpretar y desentrañar el contenido, a veces enrevesado, de algunos de los expedientes que manejaban.
Sin embargo su llegada al ámbito penal fue casual. Otro compañero, Ernesto, le pasó por error un expediente. Luis, con su curiosidad insaciable, antes de devolvérselo hojeó los documentos que lo formaban, hasta que le pudo la curiosidad y le pidió al compañero que le dejara estudiar el caso. Ernesto le miró un poco extrañado y se encogió de hombros; a él le sobraba el trabajo y le faltaban ganas. Luis se zambulló en un caso de un homicidio por imprudencia (un accidente laboral) y en pocos días llegó a la conclusión de que el cliente del despacho, efectivamente, podría ser acusado de homicidio involuntario como pretendía la familia del fallecido a poco que el fiscal anduviese espabilado.
Así lo dijo a sus jefes y estos le miraron asustados y extrañados, puesto que nunca ningún inexperto pasante que hubiera habido en el despacho se había atrevido a poner en entredicho una línea de defensa. Pero tampoco era costumbre del despacho perder un juicio de estas características, pues en la resolución satisfactoria de estos asuntos para los intereses de sus clientes habían cimentado buena parte de su fama. Todos habían pensado que se podría demostrar que fue un accidente laboral con un fatal desenlace.
— ¿Tú que harías?
A Luis se le nublaron los colores, aunque respondió sin dudas.
— Pactaría una indemnización, si es posible, y rezaría para que el fiscal se conforme, no actúe de oficio y no coteje con detalle esta declaración con esta otra.
Leyeron ambos documentos y de inmediato reaccionaron. La lectura continua como si fuera un solo texto, lo cambiaba todo. No perdieron el juicio, pues no se llegó a celebrar y el fiscal no cotejó aquellas declaraciones.

22 comentarios:

Mercedes dijo...

Aquí estoy, Amando, disfrutanto de "La carta" de nuevo. Luis parece seguir en su línea, su vida, aparentemente, sigue siendo anodina y solitaria, a pesar de estar viviendo en una gran ciudad como Madrid. A terminado la carrera con un expediente y ahora está como pasante en un despacho de abogados, parece ser que con renombre. Su madre, gracias a sus encuentros con el nuevo cura, don Lucas. Acaba de demostrar su gran habilidad para resolver casos casi por casualidad, y me imagino que a partir de ahora se ganará el respeto y la admiración de sus compañeros de trabajo y podrá llevar casos de más relevancia.
Sobre la carta, hoy no hemos sabido nada, así que habrá que esperar próximas entregas.
Como siempre, un placer leerte y disfrutar aprendiendo de tu buena redacción.
Un fuerte abrazo.

Paloma Corrales dijo...

Me he puesto al día del tirón, había leído las entregas cinco y seis, y hoy he consumido sin pestañear el resto. Me ratifico en que es una historia que atrapa, la narración es brillante, y la carta además de ser el hilo conductor mantiene la expectación al límite, dicho de otra manera; me muero de ganas de saber el contenido de la misma después de todo el tiempo transcurrido...

Un placer leerte Armando, de verdad.

Un abrazo.

Flamenco Rojo dijo...

Mérito el de este Luis…estudiaba por la mañana y trabajaba por la tarde. Me recuerda a un aprendiz de óptico muy cercano a mí y que anda por Madrid.

Un abrazo.

Isolda dijo...

Nunca una carta tardó tanto en desvelarse. Y aquí seguimos enganchados a la vida de este pasante, que me dá que entre Ernesto y su casera, la madre y Don Lucas, las malas prácticas que descubrirá, sin duda, en el bufete, le van a enseñar en muy poquito tiempo, lo que debía haber aprendido años atrás. (Quizá su parte oscura).
En fin, escribidor, lo intento, ya lo sabes, pero es que nos tienes, como decía aquel "con el alma en un hilo"
Catherine, esta última frase no la has leído.
Flamenco, un ole muy grande por los que han trabajado y estudiado al mismo tiempo, que en este sitio abundan.
Besos, Amando.

jordim dijo...

las mejores cartas son las de final dificil... Siempre.

Amando Carabias María dijo...

Mercedes:
Efectivamente una vida anodina y solitaria, una vida que sigue igual a pesar del cambio de ciudad, de comenzar en el mundo laboral...
Los cambios, probablemente sean más bien cosas del interior que del exterior.

Amando Carabias María dijo...

Paloma Corrales:
Es una suerte que te hayas sumado a la lectura y que además te haya atrapado.
A diferencia de los habituales, tu impaciencia será satisfecha, antes, puesto que en menos tiempo te has puesto al día.

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo:
Así es. No es fácil, como sabemos los que hemos afrontado semejante modo de actuar (aunque en mi caso fue algo más bien simbólico -un par de horas todas las tardes en una empresa de limpieza-), compaginar todo, pero a veces es la única manera o bien de salir adelante con la profesión escogida (caso de Luis y de quien citas) o bien es una alternativa para no ser muy gravoso en casa (caso de quien escribe y ¿de quien citas?).

Amando Carabias María dijo...

Isolda:
Todo llegará. Simplemente recuerdo que se trata de algo que ha desencadenado los recuerdos de una vida.
Iba a decir algo más, pero mejor lo dejo para el final del serial, si es que me acuerdo que esa es otra.

Amando Carabias María dijo...

jordim:
Y que lo digas. Por cierto, sé que te debo algo. Voy a ello en un rato.

Flamenco Rojo dijo...

Cuando el aprendiz de óptico planteó irse a la capital del reino lo hizo con la idea de costearse sus estudios, quería valerse por sí mismo…Así lo está haciendo y en casa se le agradece porque tampoco estamos para tirar cohetes…Ya sabes que tenemos a un arquitecto técnico "más parao que el barco l'arró"

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo:
No sé por qué me lo imaginaba, porque de casta le viene al galgo...
(¿el barco l'arró?)

Maria Sanguesa dijo...

Ayer lo leí, con mis prisas habituales, y aquí estoy de nuevo. Buena descripción de la vida madrileña y sus trayectos para un joven estudiante que puede dar lecciones, desde su modesta posición de pasante, a los jefes del despacho. Seguro que ya tiene más opciones, además de su oposición... Pero... ¿y la carta? Venga, que llegue pronto la próxima entrega. Un abrazo.

Flamenco Rojo dijo...

“Está más parao que el barco l'arró”…Se lo escuchaba a mi madre, ella es muy dada a referir refranes y este es uno de los muchos que le he escuchado. Dice la leyenda que por los años cincuenta del siglo pasado llegó a las costas de Cádiz un barco cargado de arroz. El barco sufrió lo que llaman una vía de agua y se hundió… Como el arroz se esponja con el agua, no se pudo recuperar nada del cargamento. Desde entonces se utiliza habitualmente la expresión "está más parao que el barco l'arró". Los restos de este barco se pueden ver desde Chipiona, Sanlucar de Barrameda y desde Doñana.

catherine dijo...

¿o sea "parado en el arroz"? De tanto mirar giralda tv lo había adivinado,Pepe, y tu historia es muy graciosa.
¡Qué vida muy seria la de este estudiante! Y le sale bien.

María A. dijo...

Estudiar y trabajar... trabajar para poder estudiar. Ambas cosas forman parte de mi vida... ¡Han sido tantas noches sin dormir! ¡Tantas fiestas estudiantiles perdidas! A veces me costaba un poco aceptarlo, ¡era joven! Al graduarme por primera vez, si había existido alguna duda sobre mi opción, pronto se pasó. Resulta difícil de explicar qué se siente cuando has llegado a conseguir lo que tanto esfuerzo te ha costado. Te sientes tan satisfecho, casi orgulloso/a de tí mismo, que compensa, vaya que compensa. Y te dan ganas de volver a empezar de nuevo. Eso es lo que hice yo, dos veces más y siempre conseguí llegar a obtener la titulación que pretendía... Nunca me he arrepentido de ello, vamos que casi me dan ganas de hacerlo una 4ª vez... pero no, ahora no toca ni procede ya...
Ya tengo ganas de saber de qué va la carta...
Abrazos africanos en un día, de nuevo invernal...

Amando Carabias María dijo...

María Sangüesa:
La próxima entrada es el viernes.
Con las prisas estamos todos por igual.
Llevo un día de locos. Y mañana más.
En fin, la vida....

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo:
Me imaginaba que te referías al arroz, pero no tenia ni idea de la historia del barco.
Gracias por las aclaraciones.

Amando Carabias María dijo...

Catherine:
Es una vida seria, sí. Y le sale bien. ¿Le sale bien?

Amando Carabias María dijo...

María A:
Qué bien entiendo esa sensación.
La carta va...
bueno en unos cuantos capítulos más se sabrá.

Marina Fligueira dijo...

Hola Amando: Y a todos los contertulios... Buenos días a todos. Hoy tenemos aquí en Pontevdra un día primaveral- ya era hora! Por lo que leo, Luis Inciso, sigue siendo un sujeto individual, pero un hombre de provecho. Trabajando y estudiando! Uno de mis hijos, también estudió y trabajó al mismo tiempo y es licenciado en Informática y profesor en un estituto, donde es muy apreciado y querido. Bueno, la madre de Luis, va curando su tristeza con el cura... ay dios mío...pero las malas lenguas!... Pero que malos somos!... Un beso. Ser felices.

Amando Carabias María dijo...

Marina Fligueira:
En Segovia el día primaveral fue ayer. Hoy andamos con vueltas a tonos invernizos, lluviosos, frescos, sin sol...
Las malas lenguas, como suelo decir, son un arma de destrucción masiva que nadie puede parar, ni los gobiernos... O estos menos que nadie.