lunes, 6 de abril de 2015

Avatares para encontrar un texto

Afirmé que publicaría con más frecuencia entradas en este blog que anda un poco anémico. Alguno podrá decir (y quizá no le falte razón) que hago trampa con esta entrada, pero me apetecía compartir con vosotros este fragmento de El Surco de los Días. Ya sé que es sacar de contexto a una criatura acostumbrada a una mirada muy secreta (más secreta aún que la de este blog), pero supongo que aguantará el tirón...:

FRAGMENTO DE MI DIARIO

Hoy es domingo de Pascua. Decir esto, además de una obviedad, es afirmar que, a pesar de todo —a pesar de mí—, sigo tras la estela de una fe o una esperanza, ajena a otras cuestiones relacionadas con organizaciones, liturgias o normativa canónica…

Tenía la intención ayer sábado por la mañana de dejar algo escrito sobre la procesión del viernes santo conocida como de los Pasos, que vi después de algunos años años.

Lo cierto es que no tenía planeado nada de lo que he hecho en estos días, salvo lo del jueves por la noche que estaba más o menos perfilado. Todo ha sucedido como si una borrasca potente, breve y repentina, hubiera, primero, roto el timón de mi embarcación y después la hubiera movido a su antojo por derrotas imprevistas. El caso es que el viernes tenía pensado dedicar más horas de la tarde a dejar algo escrito respecto del jueves, y a seguir la revisión de la vieja novela, o tantear la posibilidad de acarrear algún material de construcción para iniciar un proyecto que ha empezado a rondarme por la cabeza, aunque a primera vista parece algo insensato. Sin embargo, la tarde en casa de mis padres se complicó hasta hacerse horas difíciles, ásperas, dolorosas pues voy comprobando que el laberinto en que se mueve mi madre cada día es un poco más intrincado y viscoso, umbrío y solitario. Conclusión: bajé muy tarde de allí, con el ánimo para escribir agotado, como si el pequeño manantial se hubiera secado en poco más de cuatro horas. Así que decidí ver la Procesión.

Tras tanto cambio de planes, pensé que enlazaría ésta de la capital con la de Chañe. Sin embargo, de pronto, mientras ayer por la mañana regresaba de casa de mis padres (sí, el despertador sonó a su hora), se me ocurrió otra cosa. Recordé como aldabonazo estridente y repentino que escribí en Gorrión de Invierno, esa novela con un par de lustros a sus espaldas, esa novela inédita e impublicable cómo su protagonista, Oliver Berdugo Guisasola, sastre de Euritmia, vivió la de 1999, la última de su vida, pues para entonces ya sabía el tiempo que el tumor cerebral le permitiría vivir.

Entré en casa con el estado febril de quien tiene, por fin, algo que hacer. Si quería seguir con la revisión de Aquel Sábado Lluvioso, o quería empezar con lo nuevo, debía encontrar cuanto antes esas páginas. Recordaba vagamente su contenido, y suponía que podían servirme para el diario y quizá para Pavesas y Cenizas. En teoría sabía en qué parte del relato las situé, en el primer tercio de sus más de cuatrocientos folios. Repasé a grandes trancos. Algún párrafo me llamaba la atención. Sin darme cuenta, ralentizaba el ritmo de lectura. Sabía lo que buscaba y por qué lo buscaba, pero Oliver, Aurora, la yaya Luz, Íñigo, etcétera, iban atrapándome poco a poco. Cuando crucé la mitad, estaba casi seguro de haberme pasado esas páginas, pero seguí adelante.

No lo encontré.

Con la sensación de derrota, dudando incluso si no habría suprimido esta escena por alguna razón, tuve que salir a cumplir con cuestiones de intendencia. No se trataba del capazo para regresar a casa con carbón, lo que me impedía ser sublime sin interrupción, como le ocurría al joven personaje de Umbral, eran otras mercancías poco imprescindibles, pero debía salir.

Casi a la hora de la comida, volví al texto (Soy muy tozudo, la verdad). Y como sucedería en una película detestable, justo sobre la bocina de las dos de la tarde, en el punto donde la imaginaba, allí estaba la escena, más larga incluso de lo que la recordaba. La copié a otro documento, para, por la tarde, hacer lo que estoy haciendo ahora…

A diferencia del viernes, la tarde sabatina fue plácida y sosegada. Así que pude retornar temprano, dispuesto a la tarea, aunque previamente debía cumplir con un deseo de mi padre.

Por fin me puse a la tarea, antes de las siete de la tarde. Pensaba solucionar en un par de párrafos o tres lo relativo a La Carrera, y unirlo a este fragmento…

Después del tercer párrafo, llegaron el cuarto, el quinto, otro y otro… Y sentí —aunque a nadie le interese— que debía relatar con más detalle el vía crucis nocturno. Iba por un camino, y en la última parte, como si me hubiera encontrado con una flor, hallé el tono adecuado, así que retorné al principio…

Más allá de las once de la noche concluí de escribirlo…

Esta mañana he dudado si ya tendría sentido lo que sigue, o abandonar la idea para mejor ocasión, si es que llega. Pero, al final, acaso por justificar las horas de ayer, decido dejar el fragmento en estas páginas del diario, al fin y al cabo, su título para este año A la Velocidad del Corazón, o sea pura intuición, menuda embarcación cuyo timón se ha roto y navega según los dictados de los vientos o las calmas…
Te has levantado, Oliver, en medio de la madrugada del Sábado Santo. Te sorprende el silencio aturdido de la honda noche…
Pero no es así, Oliver, reconócelo, no es la madrugada la que está aturdida, sino tú. En tu cabeza, retumban todavía los ecos roncos de los tambores y las estridencias metálicas de las cornetas. Las procesiones de este año han venido hasta ti con la intención de ser medicina agradable para tu ánimo. ¡Cómo te ha costado entenderlo!
Al lado estaba Aurora, con sus ojos de atardecer de oro puestos, como cada año, en las imágenes que se deslizaban ante vosotros, sobre el adoquinado entre grisáceo y azulado, frío a esas primeras horas de oscuridad. Tenías miedo, reconócelo. No te niegues a ti mismo la evidencia del pavor cósmico que, de pronto, te ha enganchado el alma; sí, todo el miedo del universo se ha concentrado en tu encarnadura. El pánico te ha devastado a medida que se escenificaba ante tu mirada la representación que cada año se desarrolla sobre el escenario inmenso, o quizá convenga decir, sobre el templo inmenso, en que se convierte tu ciudad amada. No, tampoco es exacto.
Antes de que se mostraran a tu mirada turquí las escenas que se repiten cada primera luna llena de primavera, ya las habías repasado en el recuerdo, como si tuvieras una moviola alojada en esa neurona que dices que tiene forma de escenario; te habías anticipado, y antes de que llegara la primera, ya sentías, casi lo palpabas, cómo la glándula suprarrenal expelía cantidades incontables de adrenalina por todo tu venero, de modo que tu organismo estuviera preparado para lo que se le venía encima.
Era tu muerte, Oliver, lo que te imaginabas que veías, porque la muerte inminente te espera a ti también. Saber que se trata del recordatorio de lo que ocurrió en la esquina sudeste del Imperio Romano, en Jerusalén, hace ahora casi dos mil años, no mitiga tu angustia, porque eres consciente de que esa representación no es sólo histórica, no es únicamente la memoria de un hecho que le ocurrió a alguien, sino que es el símbolo de lo que le espera a cada uno. Sabías, en fin, que te enfrentabas a lo que te sucederá y reconoce que no te ha gustado, reconoce que te has rebelado.
En esos minutos en que la angustia se ha hecho una con tus palpitaciones cardíacas, por fin, has sido sincero contigo mismo, ya era hora, Oliver, ya era hora. No eres el Mesías, ni tu vida tiene sentido de redención para nadie, absolutamente para nadie, acaso ni para ti mismo. No sabes si has venido para cumplir la voluntad del Padre o para qué, tú solamente sabes que quieres vivir, quieres seguir respirando. A pesar de que tu cerebro, curtido en los millones de páginas leídas a lo largo de tu existencia, duda de que la vida concluya para siempre cuando esa famosa dama oscura a la que los griegos llamaron Tánatos te bese para ‘deshalitarte’, a pesar de que quieres intuir que a la otra orilla de esta ribera no se tiene por qué estar mal, a pesar de todos los pesares, has sentido el pánico, el vértigo, el vacío, el horror…
Te hubiera gustado gritar que tú no quieres tal cosa. Te hubiera gustado arrojar al aire diáfano de la noche, cuchillada de plata asustada, tu salmodia que fue su salmodia, ¡Que pase de mí este cáliz! ¿Quién te podría entender, Oliver? Nadie conoce lo que te espera, salvo tu sobrina y acaso Rubén. Para todos los que te rodean, empezando por Aurora que estaba como cada año, extasiada en la contemplación de esas tallas, era un Viernes Santo más, una procesión como la que saldrá, si el tiempo no lo impide, la próxima primavera, ésa que no verás a su lado. Entonces, además del pánico por lo que se te avecina en unos meses, tu calvario particular del que probablemente no serás muy consciente (al modo que hoy eres consciente de cualquier cosa), te has sentido infinitamente peor, porque tú has querido, mira que eres cabezota, Oliver, cargar en soledad con esta enfermedad.
Reconoce, Oliver, que sudabas a pesar de la helada brisa de este abril
(¿Cuándo querrá llegar la primavera de una vez a Euritmia, mi última primavera?).
Las calles vibran con el temblor ronco de los tambores y el sonido estridente y metálico de las cornetas. (Ya lo has escrito, Oliver. De acuerdo, no lo quites. Te repites, es lo mismo). Todo continúa como cada año. Es inevitable. El silencio asombrado y, todavía sorprendido por tal acontecimiento que cambió el rumbo de la Historia (y esto es así con independencia del credo de cada cual), envuelve la ciudad. Euritmia adquiere veladuras de dramatismo y belleza.
No ha sido malo ese pensamiento. Por él has llegado a la conclusión de que en estas jornadas, es casi imperdonable no echarse a la calle, convertida en el atrio de un gran templo en el que se escenifica, de nuevo, todo aquello, aunque sabías que te arriesgabas, y de qué forma, a algo parecido a lo que te ha sucedido. En el fondo, barruntabas que hubiera sido mejor una gigantesca jaqueca desproporcionada, desaforada, que te hubiera impedido la salida a las calles…
¿Cuántas veces has dicho que tu padre no era amigo de las manifestaciones y los boatos relacionados con la cuestión religiosa? Sí, es cierto que ese pensamiento te lo transmitió y que te sucede como a él. Pero tu excepción siempre ha sido para las procesiones de Semana Santa. Ya sabes, aquello famoso de la conjunción de historia, belleza algo tremendista, armonía desgarrada, fe sencilla, todo enmarcado por las calles de la urbe, producen un efecto que alivia a las almas y las abona para comprender el sentido último de nuestra existencia. ¿Dónde está, Oliver, el alivio de tu alma?¿Dónde la comprensión del último sentido de tu existencia?
Es cierto que las imágenes que se deslizan sobre el adoquinado grisáceo son, además, un muestrario interesante de algunas de las distintas épocas de la escultura religiosa: románico, gótico, barroco, neoclasicismo, primera parte de esta centuria que concluye. También es verdad que son un resumen de algunas de las distintas sensibilidades geográficas que en España han tratado este tema, y hay tallas de las escuelas castellana, andaluza y catalana o levantina. Además, no es menos cierto, que se aúnan en un todo milagrosamente homogéneo obras anónimas (transidas de la ingenuidad estremecedora de la fe popular), trabajos salidos de talleres de artesanos dedicados en exclusiva a la creación de escultura religiosa y creaciones prodigiosas de algunos escultores barrocos y contemporáneos.
Por fin, has conseguido sujetar el caballo del miedo. No está mal un poco de lógica, no hay nada como repasar conocimientos históricos y artísticos, para que todo vuelva a su lugar. Ya no sientes pánico, has cambiado el sentido de tus latidos, pues contemplar el paso de estas imágenes en la situación en la que te encuentras ha supuesto una honda emoción para tu espíritu, como un terremoto que te ha removido de arriba abajo, ha sido como contemplar tu muerte en el espejo, pero con un grado más de aceptación.
Todo lo que te rodeaba, otra vez, adquiría sus justas proporciones, esa dimensión humana en la que te sientes cómodo, en la que te mueves con cierta soltura…
…Y por la esquina de la calle la has visto. Era ella, era la madre, ¿tu madre?, que venía sola, apoyada apenas sobre el madero desnudo, en cuyo travesaño pendía el lienzo blanco del que se sirvieron para descenderle. Más que nunca te ha parecido a punto del desmayo, casi inane (como tú mismo hace unos minutos apenas) con las manos inertes e inermes a los costados, con su cabeza inclinada hacia la derecha, con los ojos entrecerrados, con millones de lágrimas invisibles surcándole el exangüe rostro céreo, que parecía más albeado al contraste de la noche y de su vestido índigo.
¿A quién le extraña tal demolición del espíritu, si el último estertor del hijo la precede? Un estertor de enteco torso alzado, de mirada confiada, sin embargo, también izada a la inmensidad del cosmos, y de labios entreabiertos que murmuran, En tus manos encomiendo mi espíritu, o murmuran, Todo está cumplido. Un estertor que quedó levitando en el universo, como postrer caricia de la tarde, y un artista lo convirtió en imagen del sufrimiento asumido, un dolor estilizado que rehúye la sangre, porque, al fin y al cabo, lo que más duele siempre es el alma. Sí, más que nunca, has descubierto que esa talla de la madre es la viva imagen de la soledad dolorosa.
Y has llorado, Oliver, por ella, todas la lágrimas del mundo. No has podido evitarlo. Ha sido un río salobre pero tranquilo, sin convulsiones delatantes. Se ha roto toda la tensión acumulada y te has desahogado, en su sentido más literal o etimológico. Pero ¿cómo es posible que ni Aurora se haya dado cuenta? Quizá sea un pequeño regalo que alguien te ha otorgado. Pero tú sabes que has llorado, que toda la amalgama de sentimientos que te han atravesado en esa hora se ha desbordado por tus lagrimales. Aunque tampoco tu barba se ha humedecido, cosa bien extraña, por cierto…
Y cuando el cadáver del hijo, apoyada la cabeza sobre una almohada que simulaba un anacrónico e imposible bordado, ha pasado ante tus ojos, como el resumen de los despojos (hermosos y muy musculosos despojos, convendría matizar) en que la muerte reduce a la humanidad completa, te has visto en ese cuerpo perfecto, donde cada músculo tallado en madera parece carne apenas fría, y te has visto más tranquilo, con el sentimiento inexplicable de que aquella muerte de hace casi dos mil años, también recogió la tuya y la de tu madre y la de tu padre y la de tus abuelos y la de aquel primer hijo que no fue, la de todos, Oliver, y como no lo puedes explicar, pues no lo explicas, pero la confianza ha vuelto, como aquellas golondrinas del poeta, también por primavera; pero intuyes que su vocación será de permanencia.
El problema, Oliver, es que tanto excitante disperso por tu sangre te ha sacado de la cama, y mañana, o sea hoy, puede ser un día garrafal; pero tampoco es mala idea que aproveches y avances.
Avanza, Oliver, avanza…
Volvamos a ese tiempo que, según Proust, está perdido. ¡Ay, vieja niñez, cómo te añoro…!
Y quizá como regalo pascual, después de tanto tiempo lamentándome porque nada se me ocurría, entre manos se me vienen tres tareas, a las que debo escuchar, sin que me inunden.



miércoles, 25 de marzo de 2015

Sus Labios (R)

Queridos lectores, queridos amigos:
Este poema fue publicado en el blog el 18 de noviembre de 2012, el día de su cuarto aniversario. Mi deseo, al volverlo a publicar, es establecer una declaración de principios y anunciar a los cuatro vientos el propósito de desempolvar el blog. Sus entradas no serán tan frecuentes como otrora (eso seguro), pero intentaré que no pase tanto tiempo entre una y otra.
En todo caso, gracias por vuestra fidelidad, gracias por vuestra generosidad y gracias, sobre todo, por leerme a pesar de tantísimas lagunas...



Ahora que la albada está tan lejos,
y la noche parece emperatriz
de todos los latidos
—el mío, el de la especie, el del futuro
y hasta el de las semillas de los sueños—,
camino inerme y ciego, recorro un laberinto,
atravieso cadáveres sin nombre
y pinto mi bandera con sus labios,
nación para los besos,
donde me olvido
durante eternidades o segundos
de este dolor que arrastro
como una piedra inútil que desgarra arterias
por donde escapa el horizonte
y el fuego de la luz va agonizando.
Lo sé:
es mi verbo clamor de una derrota:
ni puedo vencer al dolor,
ni puedo derrotar al sufrimiento,
ni puedo cercenar a la injusticia.
Sin embargo me empuja un verso
inútil aunque inapelable.
Si no soy ciego sordomudo:
¿cómo cantar ocasos,
caricias, pétalos o aromas,
mientras crece el galope de la sangre
y los cuatro jinetes destruyen el planeta?
Lo sé:
mis versos son palabras féretro,
pólvora sin perfume,
pétalos sin metralla…
Mi voz quisiera
subir a los andamios o a los barcos
y bajar a los túneles mineros,
a pesar de mi vértigo y mi claustrofobia;
diseminarse en surcos cereales
y crecer junto al torno y al martillo,
a pesar de lo endeble de mis manos;
mecerse entre chupetes y pañales
y volar entre tizas y recreos,
a pesar de la atrofia de mis sueños;
zambullirse en las lágrimas y el luto
y respirar el pus de las heridas,
a pesar de las prisas de la vida…
Pero a pesar de todo,
ni entrego mi esperanza,
ni apago mi linterna,
ni termino mis sueños
                                porque debéis saber
que al acabar vencido la jornada
—siempre vencido— ,
vestido del hedor de la derrota
—diario el fracaso de la especie
y mi fracaso, diario —,
su labio alivia mi dolencia.

domingo, 21 de diciembre de 2014

"Alas rotas" editada por "La Esfera Cultural"


De nuevo la amistad se hace presente en estos días que estamos a punto de comenzar. De nuevo puedo presumir de ser protagonista inmerecido de un relato navideño. ¿Por qué cómo interpretar que en la víspera de Navidad, a un escritor que casi no escribe, le editen una novela cuya primera versión viene de 2003...?

Pero vayamos al grano.


Francisco Concepción Álvarez es alguien muy difícil de definir, porque es imposible encasillarlo en ninguna parte. Si dijera que se trata de un editor ajeno a los moldes habituales, no sería cierto, aunque tampoco mentiría. Si dijera que es un promotor cultural, tampoco se me podría acusar de falsear la realidad, pero podrían acusarme de poco tiento en mis valoraciones.

Quizá con decir que es un espíritu inquieto, intranquilo, insatisfecho, y, además un apasionado de la literatura en todas sus vertientes, probablemente me amoldaría mucho mejor a la realidad. Nada le es ajeno de cuanto tiene que ver con lo literario: ni la escritura, ni la tipografía, ni la composición, ni la impresión, ni la edición, ni la venta... A todo se arriesga y con todo disfruta, aunque sepa en la mayoría de casos que otros conceptos como negocio, rentabilidad, beneficios, etcétera, se han quedado fuera de sí.

Y, además, cuando algo le gusta no para hasta conseguir sus propósitos.

Mirad si no, lo que, entre otras cosas dice en la entrevista a la que os remitía anteriormente:

Antonio, si tu me confiesas una cosa, yo te voy a confesar otra: habitualmente y en cualquier situación, durmiendo, caminando, en la ducha... me vienen a visitar unos seres muy extraños que me meten en la cabeza ideas extrañas y proyectos a realizar y hasta que no los veo materializados no descanso. ¡Estoy muy preocupado! -aquí, Francisco, se parte de risa, destila ironía- Ahora en serio, lo que te cuento podría ser muy similar a lo que me sucede, no tengo una explicación. Se me ocurre o me lo proponen y lo concreto.

Aquí entro en juego.

Desde que Francisco leyó Alas rotas empezó a sugerirme que él podría hacerse cargo de su edición.

Alas Rotas
Portada de "Alas Rotas"
Edita: La Esfera Cultual
Tenerife diciembre 2014
Esta novela es muy especial para mí, y cada tanto tiempo reaparece en mi existencia. Y este año, por si hasta ahora hubiera sido poco, "La Esfera Cultural" ha decidido editármela en papel.

Así que ya puedo añadir, gracias a esta joven editorial y gracias a la amistad, el octavo título de mi bibliografía que crece de modo extraño... Pero eso es harina de otro costal.

Os dejo el texto de la contraportada de la novela, y si os interesa adquirirla, podéis hacerlo en esta dirección... Ah, y como oferta especial de estos días navideños, sin gastos de envío.

De todos modos, visitad la dirección que acabo de dejaros, si no os interesa Alas rotas, cosa comprensible, en la misma página podréis elegir algún otro libro de los diez que, de momento, forman el catálogo de esta pequeña editorial, cuyo trabajo es artesanal, humilde y digno, pero imparable y repleto de ilusión y entrega hacia la literatura.

Alas Rotas, reflexiona sobre el camino de deterioro de una parte del ser humano que el autor no sabe muy bien situar ni acaso definir, un sutil lienzo que se aloja entre el cerebro, el alma, la psiqué. Esta novela, a través de un diálogo entre el protagonista y su propia conciencia —que se convierte en la voz narrativa de la historia—, recuerda y casi revive el proceso de la enfermedad de su mujer que ha concluido con el entierro de ella en un pequeño cementerio de un pueblo de Castilla.

Alas Rotas es fruto de una serie de vivencias del autor que una buena noche entrechocaron en su cerebro y produjeron esta especie de paso previo al monólogo interior. Una novela dolorosa y densa que, sin embargo —y a pesar de conocer desde la primera línea su desenlace—, acaba por atrapar al lector. Una relato en el que su autor ha buscado también —influido por su tendencia hacia la poesía— cuidar especialmente el ritmo de la frase.

miércoles, 29 de octubre de 2014

I Premio internacional de novela corta "La Esfera Cultural"

Ha habido muchas razones para que este blog enmudeciera durante tantos meses, todo el verano, y el primer mes de otoño, nada menos. Quizá las que más han pesado tienen que ver con cierta dispersión interior y cierta sensación de que la creatividad se aleja de mí por momentos. Después de reseñar el libro de Alena Collar, ese maravilloso Chico de la chaqueta roja, sentí que las reseñas en público no eran mi tarea ni mi camino (quizá algunas presiones me influyeron en la decisión), y no tenía ánimos ni para un microrrelato. En estos meses, como algunos sabéis, he seguido fiel al diario, a EL surco de los días y poco más.
De hecho he llegado a pensar en dejar que este Pavesas y cenizas girase por la red como uno de esos satélites artificiales que una vez acabada su misión orbitan alrededor de la tierra sin objeto, dan y dan más vueltas para nada: basura interestelar.
Pero como no he decidido nada, simplemente he dejado que el tiempo fuera pasando, no tengo la sensación absurda de la contradicción.
En fin, que intentaré volver a publicar con algo más de frecuencia en este blog, pero tampoco lo prometo…
Portada de la obra galardonada
En realidad el motivo de este post, no es para lo anterior. Lo de más arriba es una mera introducción, lo que quería dejar aquí es constancia de que ha sido fallado el primer premio internacional de novela corta “La Esfera Cultural”, como podéis ver aquí, que la novela, La felicidad de la polilla de Francisco Corrales ya está a vuestra disposición y aquí podéis adquirirla, y que desde el mes de abril tuve el honor de formar parte del jurado junto con otras nueve personas. Gracias a Francisco Concepción, por haber contado con mi aportación en esta apasionante tarea.
En este texto, a modo de relato (publicado inicialmente, como no podía ser de otro modo en "La Esfera Cultural", mi segunda casa), describo parte de mis impresiones y parte de mis experiencias:

CORRÍA EL MES de abril —aún la primavera era retoño en el piedemonte castellano—, a vuelta de correo electrónico, sin dudarlo, el escribidor dijo sí a la propuesta del amigo: sería jurado del I CONCURSO INTERNACIONAL DE NOVELA CORTA DE LA ESFERA CULTURAL. Apenas aceptó, percibió el abrazo de la sombra o del eco de cuanto se venía encima. Unas semanas después sintió con nitidez de bronce el alcance de su decisión. Hubo días en que se recriminó en silencio no haber pensado, haber actuado sin reflexionar; pero algo en su interior le decía que el primer impulso era bueno, debía seguir la corazonada. Decidió esperar a llegar a la meta, al horizonte ubicado seis meses después, tan lejos que ni se columbraba, cegado por una montaña de altas dimensiones.
Tenía la sospecha extraña de que, a pesar de su animadversión a los concursos, cada vez era llamado con más frecuencia para estos menesteres. ¿Cómo negarse a la amistad? ¿Cómo no asumir las consecuencias de formar parte de la sala máquinas del blog que cada día consideraba más su casa, más incluso que los suyos propios? ¿Cómo oponerse a la tentación de conocer buena parte del mundo, de visitar lugares y situaciones a los que nunca tendría acceso, aunque su vida entera se dedicara a viajar?
Pronto empezó el escribidor, que sobre todo era lector, a recordar sensaciones tan viejas como sus latidos. Alguna vez fue joven y sintió el impulso irrefrenable de vomitar un relato (apenas un disfraz de sus vivencias, una trama que escondía amores frustrados) y pensar que la narración era la mejor que se había escrito en español, acaso sólo superada por tres o cuatro novelas de las que le mandaban leer los profesores. Y mientras leía un buen número de historias que eran la primera incursión en esto de novelar, sonreía y pugnaba por arribar al final, aunque supiera que aquel texto no alcanzaría la meta. Pero el esfuerzo, la ilusión y la pasión puestos por la escritora o el escritor en su tarea, merecían todo su respeto, y la única manera de demostrarlo era llegar hasta el último punto a pesar de precipitaciones, errores de sintaxis, erratas, lo endeble o manido de la historia… Y pensaba, que muchos alcanzarían lo que soñaban, pero que deberían leer y leer, no parar de leer, porque la lectura reflexiva es el mejor taller de escritura, es al escritor lo que el aceite de oliva a la dieta mediterránea.
La vida del jurado, desde hacía tiempo, era itinerario de sobresaltos que quizá algún día merecieran convertirse en algo más que veladuras de recuerdos, y por suerte la lectura casi compulsiva de novelas de acá y de allá, era un bálsamo, una bombona de oxígeno para su ánimo. Otro premio ganado por el jurado, salud sin gasto de botica.
Apenas tras un puñado de novelas, percibió una de las virtudes del certamen y uno de los premios mayores que ganaría como jurado: asistir a una interpretación de la sinfonía del idioma. Su experiencia como jurado no había pasado de relatos cortos, y en tal extensión es difícil percibir tales detalles. Ante él se desplegaban, con la naturalidad con que respira el sol o luce la brisa, los matices del español, la pluralidad que expresa realidad, sentimientos, reflexiones, dolor, miedo, soledad, violencia, abandono, guerra; la flexibilidad para que ninguna arista de una idea quede en la sombra; la capacidad para sugerir con una imagen un concepto que apenas se revela, pero explota en la mente del lector, acaso como un guiño. Variaciones incontables del idioma común. Tonos que, sin embargo, en cada caso, se asumían por la conciencia lectora, pues lo múltiple es sinónimo de riqueza, no de división.
Pasaban las semanas, aumentaban las entregas, y buena parte del ocio del escribidor se tornaba buceo en historias tan distintas como diversos son los rostros: aventuras futuras, soledad, regresos a la infancia de recuerdo feliz o dolorosa memoria, viaje al pasado de la historia, amores, sexo glorioso, amistad, sexo infernal, odio, traiciones, crímenes, miserias y grandezas de los humanos, tantos horizontes, como horizontes tienen las pupilas de quienes escriben. Pasaban las semanas, y aumentaba la responsabilidad. El escribidor supo que lo peor no era errar en las elegidas, sino desterrar alguna que debiera haber llegado la fase definitiva. Por suerte la tarea no era labor solitaria, junto a él, codo con codo, sentía la presencia de los colegas. Era afortunado pues la visión de otros fue luz cuando él no acertaba a desvelar.
Pasó la primavera, concluyó el verano, casi cuatrocientas novelas acudieron a la llamada. Al inicio del otoño, afrontaban el tramo postrero. Se rozaba con los dedos la línea del horizonte. El camino parecía expedito, llano y ancho, lo peor había pasado… El escribidor se dio cuenta del espejismo, llegaba lo peor. ¿Cómo desterrar esta historia o esta otra o aquella o la de más allá? La responsabilidad se hizo pesada roca que algunas noches se adentraba en los túneles del sueño. Fueron semanas en que el escribidor no eligió, descartó, a veces dolorosamente.
El día en que emitió su voto, vio por la tele las imágenes glamorosas de la entrada de los miembros del jurado del premio mejor dotado económicamente en español. Lo más probable es que juzgase mal, pero en la particular alfombra roja de un hotel de lujo barcelonés, no descubrió ningún rostro con la tensión de tener que decidir el futuro de un autor o una obra, no supo ver la melancolía de haber eliminado la tarea e ilusiones de la inmensa mayoría de los concursantes. Meneó la cabeza y siguió pegado al ordenador. Sentía la necesidad de saber si su voto era errático, acaso equivocado, si su sensibilidad como lector era similar a la de los tarugos de madera, o, por el contrario, había conectado con el sentir general de los otros diez compañeros…
Pero no fue aquel día, aún pasaron un par de jornadas hasta que todos los jurados conocieron el desenlace. Respiró aliviado. Más allá de algún detalle, caminaba cómodamente dentro de aquel calzado, salvo que todos hubieran sufrido una alucinación colectiva…

miércoles, 11 de junio de 2014

Alena Collar: "El chico de la chaqueta roja" (2)

Nuestra amiga Alena Collar ha publicado en la editorial Baile del Sol su novela El chico de la chaqueta roja.

Portada de El chicho de la chaqueta roja

Tanto es así que antes, casi, de saberlo, el pasado sábado cuatro de junio ya ha firmado ejemplares de la obra en la feria del libro madrileña, concretamente en la caseta de la librería Rafael Alberti..., nada menos.

De pronto todo ha tomado velocidad, como si el extremo izquierdo del equipo hubiera cogido el balón dispuesto a llegar hasta la línea de fondo. 

Mañana jueves a las 8 de la tarde en El dinosaurio todavía estaba allí (C/ Lavapiés 8, Madrid) se presentará la novela junto con el resto de novedades con que Baile del Sol desembarca desde Tegueste (Tenerife), para iluminar el final de curso de cara a un verano repleto de buena literatura. Se trata de una iniciativa del sello canario que pretende ampliar su presencia en la Península. ¿Qué mejor que hacerlo de mano de sus autoras y autores, de las últimas apuestas? Algunos nombres bastarán para afirmar que el envite va en serio, que no se andan por las ramas y que tienen claro por dónde ha de ir su catálago, ya bastante sólido. Junto a Alena (o Alena junto a ellas y ellos), presentarán su obra Roxana Popella, Marisol Torres, Noja Polman, Javier Morales, Marina Llorente, María Cabrera, Miguel Martínez López, Adriana G. García, Gsús Bonilla, Ramón J. Soria, David Pérez Vega e Inma Luna. 

Como es bien sabido por todos los que por aquí acudís, he sido uno de los privilegiados a la hora de seguir parte del proceso que ha culminado aquí, en esta obra que podrá engalanar nuestras librerías.

No me da ningún rubor recordar que fue este blog, tan frágil como una pavesa, tan efímero como una ceniza, el primero que reseñó esta novela hace prácticamente un año.

Justo estaba pensando, mientras lo escribía, cerrar la entrada enlazando este párrafo con aquel comentario..., pero qué narices, El chico de la chaqueta roja (que leí antes de que nadie supiera que sería editado, ni siquiera Alena), se merece  volver a poner aquí mis palabras, evitándoos el trabajo de un clic, ahorrando el tiempo que tarde en cargarse en vuestros equipos aquella carta abierta que dirigí a Alena Collar:

El chico de la chaqueta roja (reseña publicada el 28 de junio de 2013)


ALENA, te escribo esta carta, no en la superficie de un correo electrónico, porque sé lo que pasaría, porque sé que estaría en Internet y porque allí, en Internet, me distraería y pensaría que tengo no sé cuántos correos que contestar.

Y no quiero. No quiero distraerme, no que no quiera contestarlos, no me malinterpretes.
Más aún, estoy pensando que esta carta la convertiré en carta abierta y la publicaré en Pavesas y cenizas, en este blog que tengo un poco abandonado, como si me hubiera cansado de él, pero no me he cansado del blog, es que… Bueno, es que nada.

Acabo de fumarme un cigarrillo para ponerme a la altura de los personajes de tu novela, y porque después de acabar la lectura de El chico de la chaqueta roja me hacía falta. Un modo de celebrar esta lectura.

Ahora llega lo difícil: decir que es una novela muy grande y que no suene a que hago la pelota a una amiga. Y llenarme de dudas. Porque, si publico mi opinión como una reseña, pensarán que escribo así porque, qué voy a decir de una amiga, que además tiene las agallas de aguantarme todos los meses un artículo intrascendente en una revista que cada mes aumenta su número de lectores. Pero no va a suceder esto, quien me conoce sabe cómo soy, y quien no me conoce decidirá en todo caso lo que estime conveniente con la libertad que corresponde.

Sí, ya sé que te da lo mismo. Ya sé que hemos hablado de la novela y que incluso he comentado lo que me ha parecido la historia. Pero me parece poco, aunque también sé que lo que uno diga se escucha menos que la caída de la ceniza de un cigarrillo sobre la acera.

El chico de la chaqueta roja, me parece una apuesta por el lector, una apuesta para que el lector deje de ser dos ojos y un cerebroesponja que reciben los datos suministrados por el escritor, con la misma pasividad con que la tierra recibe la lluvia, sin hacer nada. Tú no te conformas con eso. Quizá porque has leído tanto —y no vas a dejar de hacerlo—, estás hasta la aureola del moño de la pasividad y quieres que el lector sea al menos una planta —iba a escribir flor, escribo, pero lo mismo resulta cursi—, es decir, o sea, alguien que tiene que poner en marcha la atención y descubrir que el libro —electrónico de momento— necesita un poco de esfuerzo, un poco más de atención de lo habitual para entrar en el juego que propones: el autor que mientras escribe la historia, reflexiona sobre el modo en que la escribe o la podría escribir y, además, o de paso, propone toda una teoría sobre la narrativa…, y sobre la propia vida, sobre la propia relatividad de la vida, por precisar algo más.

¿Somos parte de una muñeca rusa? El autor que escribe sobre un autor que escribe sobre un autor que quiere enseñar su novela primeriza al autor que está escribiendo una novela sobre cómo vencer a los tiburones. Y al final, El chico de la chaqueta roja es la novela de los tiburones, la novela con la que el autor —a través de las técnicas narrativas— se enfrenta a la persona que pretende ocultar bajo el disfraz de escritor, ese disfraz que, acaso, coja cada mañana, cuando se quita el pijama y sale del dormitorio para desayunar.

Has demostrado —como ya demostraron otros, pero esto no termina de convencer a los lectores— que muchos escribimos obviedad tras obviedad repitiendo hasta el hartazgo las mismas fórmulas que de tan usadas se desgastan; sin embargo son las fórmulas que venden, que dan réditos y convierten en negocio más que rentable a algunas editoriales.

Es curioso que en pintura o escultura haya poca discusión sobre lo anticuado que ha quedado el realismo. Aunque la mayoría de espectadores no entendamos nada del arte abstracto —acaso porque muchos artistas hayan escamoteado el verdadero abstracto convirtiéndolo en mera frivolidad—, tenemos asumidas ciertas vanguardias. Pero no tanto en literatura, salvo, quizá, en poesía, porque la mayoría se encoge de hombros y condesciende con las aventuras de los poetas, porque, al fin y al cabo, ya se sabe, son poetas, y qué se va a esperar de los poetas, y quién va a leer a los poetas.

Pero dicho todo esto, conviene recalcar con contundencia que esta historia la puede entender cualquiera, a poco que entre con los ojos limpios y la mente atenta durante las primeras páginas, es decir, que se acostumbre al ambiente. A veces nos ocurre con los museos, con los bares, con los bosques, con las iglesias, con las discotecas (¿quedan discotecas?)…, cuando entramos en ellos la luz, el aroma, las perspectivas, la decoración, el sonido, nos chocan, no se corresponden con las coordenadas habituales, pero enseguida nos acostumbramos a ellas. Pues así con El chico de la chaqueta roja. No se trata —por poner malos ejemplos— de una dificultad como tiene la lectura de Ulises de Joyce; ni siquiera son necesarias las cabriolas que a veces parece necesitar comprender Rayuela, ni mucho menos, San Camilo 1936. Como ya te he dicho hace poco, el ambiente, el entorno, el tono, la atmósfera, se asemejan más a Seis personajes en busca de autor de Pirandello, pero, sobre todo a la teoría sobre la ‘nivola’ que Unamuno plasma en Niebla.

Quiero decir que la historia se lee con el mismo sosiego con que se puede leer cualquier otro relato: no hay saltos temporales, si acaso recuerdos que no confunden el entendimiento del lector. Tampoco se rompe la unidad espacial, aunque varíen mínimamente las localizaciones: un pueblo de la Sierra, Madrid, el Pantano. Sobre todo se oye a los personajes, las voces se unen, se enlazan del mismo modo en que se unen y enlazan las conversaciones normales con los pensamientos de unos y otros. Y la única dificultad —si esto es una dificultad— es la ausencia de las acotaciones que el narrador inserta a modo de andariveles, frenos las más de las veces para el relato, para que el lector transite cómodamente por el texto.

A mi modo de ver, El chico de la chaqueta roja es una narración de personajes que hablan o piensan, y a través de su expresión y de lo que dicen, el lector los va conociendo. Y los conoce sin necesidad de saber si miden tantos centímetros, los cabellos son de este color, o los ojos de tal otro, o el gesto, o el… Y sin embargo quien lee sabe de cada uno aquello que tiene que saber, y el resto —que para eso es lector, y por eso tanto lo respetas— lo pone su imaginación, como yo he puesto cara, fisonomía timbre de voz, gestualidad, a Carlos, Pablo, Nuria, Nati, Etelvino, incluso, si me apuras, a Lolita. Clara y don Augusto. Y esto sucede porque desde el principio has abierto la puerta al lector, le has propuesto que participe, que también activamente piense en la historia, en sus posibilidades. Pero sobre todo sucede porque —como ya has demostrado suficientemente en otras de tus obras, como Estampaciones o La casa de Alena— consigues convertir tus palabras en transcripciones literales del modo de hablar de la gente. Los personajes de tu novela son verdaderamente humanos en su manera de expresarse, con la misma naturalidad con la que podemos hablar un grupo de amigos mientras tomamos unos vinos o paseamos por la calle.

Si uno fuera uno de esos críticos que tanto ‘quieres y admiras’ empezaría ahora hablar de otras cosas tremendas de la novela como la estructura, la influencia de tal o cual autor a lo largo del texto (alguna tan evidente —Saramago—, que hasta citas a los autores para que no nos queden dudas, e incluso homenajeas a alguno del mejor modo que se podría hacer, de la manera en que si yo fuera el homenajeado me gustaría que hicieran), la ausencia de descripciones al uso y sin embargo cómo no dejas de hacerlas usando de un lirismo hondo —nada cursi— que demuestra tu modo de mirar al mundo, tanto que te atreves a arrancar y cerrar la novela con semejante tono, la presencia constante de tu ironía, a veces sarcasmo.

Pero ellos no hablarían de la mirada tierna que arrojas sobre los seres humanos, quizá se quejarían de que no hay nada tremebundo que ocupe el relato, aunque al fondo la muerte transita despellejando vidas y llenando nuestros sueños de tiburones y pantanos de agua oscura. Eso sólo lo hacemos quienes leemos por placer y decimos lo que pensamos, aunque nos equivoquemos, aunque nuestras palabras sean ajenas al discurso oficial, aunque seamos tan subjetivos como nuestra hipermétrope mirada.

Y, sobre todo, no escribirán que en esta novela suceden las cosas como sucede la vida, sin previsión que valga. Y eso lo recalcas una y otra vez de un modo u otro. No ocurre, sin embargo, nada extraordinario, pero es que en el día a día tampoco suele haber grandes dramas, tragedias o momentos de gloria; son más bien los pequeños imprevistos: un dolor de cabeza, una llamada de teléfono, un correo electrónico de alguien, una mirada nueva, una frase a destiempo…, dan al traste con lo que se pensaba hacer al minuto siguiente; y esta modificación tan sutil y puntual ha convertido en otro el argumento de nuestro día; acaso no sustancialmente, pero sí lo suficiente para que si no hubiera sucedido, o si hubiera acontecido otra cosa, la jornada fuese bien distinta.

Ahora hace falta que algún editor asuma el riesgo. La tarea no es fácil, pero ahí está el envite.

Es curioso, si hoy fuera mañana, a estas horas en Segovia estarían a punto de iniciarse los fuegos artificiales, porque es el día grande de la fiesta. Y tampoco parece que vaya a llover. Lo que no sé es si habrá un Etelvino que procure el encuentro entre Pablo y Carlos, o el entierro de los tiburones.

Alena Collar
Acabo con una pregunta: ¿Por qué escribimos, Alena?

Acaso esta sea la única cuestión a la que debiéramos contestar los escritores. Pero la respuesta es tan corta y contundente que nos asusta, e incluso va en contra de nuestro laboreo. Y es la respuesta que das en la novela. Justo la última palabra, justo la última frase que es eso, una palabra que vale por una declaración de intenciones, una especie de Constitución con único artículo: Escribo.

Por favor, Alena, sigue escribiendo.

Conclusión


Como se desprende de los últimos párrafos, hace apenas un año, aún soñábamos con ver editada en papel esta novela. Hoy está ya entre nosotros, nos espera. Baile del Sol ha sido la editorial que ha apostado por esta novela, que no se nos escape a los lectores.

Los primeros afortunados serán quienes mañana acudan al acto que más arriba he señalado. De paso podréis asomaros a las intenciones y apuestas de una editorial como Baile del Sol.

domingo, 27 de abril de 2014

Mi versión de los hechos: presentación de "Los andamios de los Pájaros"

[NOTA: En el blog "Náufragos en tiempos ágrafos", donde colabora con menos asiduidad de la que desearíamos, Santiago López Navia, se ha publicado el texto que escribió el profesor, cervantista y poeta. Este es el enlace a la entrada en cuestión]

Se puso la tarde con ganas de empapar la tierra. Estaba anunciado, por tanto mejor no sorprenderse. Las cinco y media de la tarde y nada concreto preparado, aunque sí tuviera una idea aproximada de lo que quería decir.

Pocos minutos antes del inicio de la presentación del poemario, se acercó hasta la Diputación Carlos Álvaro, periodista de El Norte de Castilla en Segovia y amigo desde hace años.

Me dijo que antes de empezar el acto quería hacerme una entrevista, que luego se acercaría Antonio de Torre para hacerme una foto y que él aprovecharía para escribir la entrevista. Así fue: Me entrevistó, antes de comenzar la presentación subió Antonio y al día siguiente, o sea el viernes 25, este fue el resultado en la página 10 del periódico.

La página recortada del periódico del 25-04-2014.
Texto Carlos Álvaro foto Antonio de Torre
El Norte de Castilla - Segovia
Si alguien está interesado, además, en leer la entrevista puede hacerlo en el blog Los andamios de los pájaros o AQUÍ .

Acabada la entrevista, seleccioné algunos de los poemas del libro que podrían ser leídos ante los asistentes tras las palabras de Santiago López Navia y las mías. Decidí que no había tiempo para más y que, al fin y al cabo, presentar un libro debe ser eso, un modo de anunciar a los asistentes que una obra está en la calle, y qué mejor modo que los poemas. Los libros, al final, o se defienden por su contenido, o mejor nos olvidamos del asunto.

Una vez hecha la selección, un compañero me dijo que había llegado Santiago. El cálido abrazo dio paso a las fotos que hizo el jefe del gabinete de prensa de la Diputación. Y mientras subíamos las escaleras, iba pensando (a la vista del baciyelmo que Santiago llevaba en la solapa de su americana) que esta semana, justamente podría ser una de las más complicadas para un cervantista de su prestigio. 


Junto a Santiago López Navia. Al fondo a nuestra izquierda
la obra de Aniceto Marinas Hermanitos de leche.
Quizá podría haber subido alguna otra instantánea, pero ahora mismo no dispongo de más. Esta es la que se ha publicado en la cabecera de la página inicial de la web de la Diputación y en otros medios. El lugar es poco habitual, y agradecí la idea de Jesús Martínez, pues la obra de Aniceto Marinas es muy especial para mí. Con ella el escultor segoviano obtuvo la beca convocada por la Diputación y que le permitió formarse en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. La que está en lugar tan preeminente de la Diputación de Segovia (y que por efecto óptico parece pequeña, aunque las figuras son de tamaño natural), es el molde en yeso del original en bronce que se ubica en la Biblioteca Nacional.

Empezaron a llegar los familiares, los compañeros, los amigos. También la Asociación de libreros de Segovia encargada de poner a la venta el libro para quien lo deseara.

Son momentos especialmente complicados. Uno quiere estar en todo y con todos, pero es imposible, porque por suerte aún somos limitados y no tenemos el don de la ubicuidad.

Junto a Santiago López Navia, momentos antes de iniciar el acto
Foto Antonio de Torre (El Norte de Castilla-Segovia)
Casi estábamos a punto de empezar el acto, cuando llegó (como estaba prometido) Antonio de Torre el fotógrafo de El Norte de Castilla. Para mi desgracia, el Presidente de la Diputación no pudo llegar al inicio del acto, debido a imprevistos de ultísima hora, así que según me dijeron, tuve que ocupar el lugar que a él le corresponde.

El jefe del Gabinete de Prensa de la Diputación, ha publicado la reseña del acto en la página web de la Diputación, concretamente aquí, así que quizá sea mejor que os ahorréis el resto de mis palabras y acudáis a las suyas.

El caso es que poco después de las siete de la tarde, como estaba previsto (ni siquiera pasaron los diez típicos minutos de cortesía), iniciamos el acto. A Santiago, además de la presentación que traía preparada, le tocó en suerte realizar la institucional. Justo al concluir estas palabras, el Presidente, Francisco Vázquez Requero, llegó al salón y declinó, a pesar de nuestra insistencia, subir donde estábamos. Permaneció todo el acto entre el público, sin perder detalle de nuestras palabras.

Sobre las palabras de López Navia (que me sonrojaron en más de una ocasión) no apuntaré nada aquí puesto que en unos días serán públicas, una vez que sean editadas en el blog "Náufragos en tiempos ágrafos" donde publica de vez en cuando Santiago.

Sin embargo, quiero dejar testimonio de agradecimiento por su contenido puesto que, además de su calidad literaria, demuestran un conocimiento de mis poemarios más profundo de lo que pensaba, aunque sé que ha leído los tres a su tiempo.


Mientras leo algún poema. (Foto José Antonio Molledo)
Sobrepasado por el contenido del texto de Santiago, tomé la palabra. Expliqué lo mejor que pude algunas entresijos de la escritura del libro. Referí algo de su inicio, la chispa que prendió mi inspiración tras la exposición que Mariano Carabias colgó en la sede del Colegio de Arquietectos de Segovia, en concreto una de las obras la del retrato de mi hija Míriam. Comenté algo sobre el tiempo y las etapas que tuvo la escritura del libro. También hablé del camino de búsqueda infatigable de quien se
Joven. Retrato de mi hija de Mariano Carabias.
Acrílico sobre tabla. Segovia, 2010
considera artista. Desvelé algunos detalles del proceso que ha concluido, casi tres años después de su escritura, en su edición gracias a la total y absoluta confianza que Javier Sánchez Menéndez como editor de La Isla de Siltolá ha puesto en el libro. 

Y por último leí algunos de los poemas del libro, no todos los preseleccionados (hubiera sido un somnífero para el público, que no se merecía tal castigo).

Para rematar la tarde (tras los saludos y parabienes habituales)
Momento de la firma de ejemplares. (Foto de mi móvil)
estuve firmando algunos ejemplares del poemario. A pesar de lo que algún amigo había pronosticado unas horas antes en un correo electrónico, no sufrí ningún tipo de lesión en la muñeca a causa del exceso de firmas. Tampoco estaba previsto, ni siquiera por los libreros de Segovia. Ellos conocen al dedillo los gustos del público lector. 
Como es bien sabido, y dejó dicho Santiago López Navia, las poesía es tan minoritaria que normalmente sólo la leen los poetas. No sé si es cierto del todo, pero sospecho que no va muy desencaminado.

domingo, 6 de abril de 2014

Crónica de la exposición Luz de la luz

Con esta entrada deseo agradecer a mi hermano su tremendo trabajo, y, además es una invitación para que quienes os acerquéis a Segovia, durante estas semanas, visitéis la exposición.

Mariano Carabias junto a Clara Luquero,  nueva Alcaldesa de la ciudad
durante la rueda de prensa celebrada la mañana del viernes 4 de abril
(Foto de zoquejo.com)

Ciento cuarenta y nueve. Bajando de la presentación —mientras hablaba por teléfono con mi padre—, al llegar a las escaleras que dan acceso a la Alhóndiga, he mirado hacia el edificio. Allí, espléndido, junto a su portón, un magnífico arco de medio punto, luce una reproducción inmensa del cartel de la exposición de Mariano, ese Adán que recibe la luz. Acaso ese momento infinitesimal de la historia de la humanidad en que algo cambió para convertirnos en lo que hoy somos, arcilla iluminada.

Ciento cincuenta. Me he adelantado a propósito. Sé que dentro de un rato, apenas veinte minutos, quizá menos aún, empezarán a llegar familiares muy queridos, amigos, conocidos, saludados, y se hará muy difícil poder contemplar detenidamente los cuadros.
Sé, o supongo, que vendré muchas tardes, sé, o supongo, que pasaré muchos ratos delante de estas pinturas, pero me apetecía una visión anticipada, me apetecía colocarme solo ante su propuesta, sabiendo, además, que me encontraría con novedades, a pesar de haber visto muchos de los cuadros en el mes de diciembre.
Pero la sorpresa ha sido aún mayor de la imaginada. Mayúscula podría decirse, sin exagerar.
Llueve desde hace un par de horas. Es una lluvia tranquila, casi de seda, una de esas tardes primaverales en que me apetece pasear bajo su caricia líquida que no sólo limpia el aire, sino también los pensamientos.
Al entrar en la Alhóndiga —edificio que desde hace siglos pertenece al Ayuntamiento y hoy es sede del Archivo Municipal y lugar donde habitualmente se celebran exposiciones y otros actos culturales patrocinados por el Consistorio—, he visto el nuevo retrato de una de mis hijas; bellísimo. Creo que es el tercero que le hace, y si les juntara se vería bien la evolución en su joven carácter.
Cuando he pasado hacia la mayor de las salas, me he encontrado de frente con cuatro enormes cuadros que representan a los cuatro evangelistas, a cuatro hombres inspirados por figuras angélicas, femeninas. 
Sin abandonar la técnica abstracta que se manifiesta en los ropajes, en los fondos, los cuerpos se hacen más sólidos, más rotundos, más próximos a lo escultórico. Detrás de mí, de un tamaño similar, una recreación de Juan de la Cruz… Y en estos cinco cuadros, otra novedad, otro paso en su pintura: la representación de más de un personaje: dos retratos en cada cuadro. Un reto diferente, una inquietud distinta, un sendero menos trillado por su pincel, una vía que indagar: composición, perspectivas, espacios…
San Juan evangelista, acrílico sobre tabla.
Autor Mariano Carabias (fragmento)
[foto de mi móvil]
Ocupa toda la pared de uno de los lados estrechos del rectángulo, su cabecera, como presidiendo el evento, un tríptico que ya conocía y que mostró por vez primera en Santa María la Real de Nieva; esa Parusía que invita a la paz, que no amedrenta, que llama a hacerme luz de la luz. Al lado opuesto, otro cuadro grande, de la Virgen que, más que transmitir paz, la trasfunde en el venero, no a través de una jeringuilla, sino filtrándose por nuestras pupilas. Y junto a estos siete cuadros de gran formato, las series de pequeñas tablas que llenan el resto del espacio: el colegio apostólico, ángeles, figuras veterotestamentarias, y otros dos cuadritos con dos personajes, El beso de Judas (inquietante y brumoso, pintado como con rescoldos de carbón) y La conversión de San Pablo, donde es tan importante es el caballo como el implacable fariseo perseguidor de la secta de los cristianos que aún en ese preciso instante desconoce que será el primer gran anunciador del hombre a quien pretende volver a aniquilar.
En mi mano el pequeño folleto que cualquier visitante puede llevarse a casa. Es un cuadernillo con ocho páginas en que aparecen siete reproducciones de otros tantos de los casi cien cuadros de la exposición, que podrían ser un esquemilla o una leve aproximación a lo que se podrá contemplar. La octava página, no tiene ninguna reproducción de imagen, está ocupada por un puñado de palabras que escribí, y que no sé si estropean la visita al espectador o ayudan a la contemplación:
Imagina una sola jornada sin sol, veinticuatro horas sin poder distinguir colores, sonrisas, lágrimas, apenas volúmenes sombríos. Ahora imagina un día sin noche, iluminado por esa estrella de quien depende la existencia.
Como la esencia de la vida del planeta se explica por la íntima fusión de la luz llegada desde el cosmos con otras sustancias, así nuestra esencia.
El arte podría definirse como plasmación del hallazgo del artista en su incansable rastreo. Mariano nos ofrece los resultados de su última exploración: buscar la explicación de nuestra esencia la luz, la luz de la luz.
En estos cuadros contemplarás humanos y ángeles. Son como estrellas que nos acompañan e iluminan para ver los caminos del mundo, regalándonos la esperanza de que es posible habitar una ciudad sin noche.
Regreso a la sala central, a la que uno accede al entrar al recinto. Me detengo otra vez en el nuevo retrato de mi hija. Avanzo. Un enorme retrato de su musa verdadera, esta vez encarnando una hermosísima sibila, preside esta sala. A mano izquierda, según se entra, la recreación de Andrés Laguna, reencarnado en otro amigo, al que tanto debe Segovia desde hace tantos años, tan amante y conocedor de árboles y plantas como el médico de emperadores y papas. 
Los lemas de las tablas se tornan líricos. Los cuadros se agrupan por series, pero en cada uno, además de la habitual potencia de color y formas, de la capacidad de siempre de establecer con el arcoíris un diálogo repleto de matices e insinuaciones, se añade la sugerencia que el título propone. Esta conjunción invita o empuja al espectador a poner en marcha algunas de las potencias que a veces olvidamos utilizar cuando nos situamos ante una pintura. 
Empiezan a llegar visitantes. Pero creo que no se quedarán a la inauguración. El trío de turistas que hablan en inglés se detiene con parsimonia ante la mayoría de la obra. Dialogan animadamente. Él parece explicarles a ellas algún detalle, o acaso —me figuro— traslada el título a su idioma. Otras personas, por el contrario, pasan rápido ante la sucesión de imágenes, que no sé si contemplan o simplemente deslizan ante sus ojos con menos interés que el que pondrían frente a los escaparates, y continúan su cháchara algo que parece ha revelado alguna televisión respecto del padre de una famosa.
La sala de la derecha, llena de pequeños recovecos, con paredes más reducidas, quizá sea algo menos llamativa: reúne menos tablas y no tiene cuadros de formato grande; pero para quienes estamos tan pegados a la obra de mi hermano, es fácil comprender que aquí laten hondas emociones. Por razones puramente sentimentales, esta sala traspasa mi ánimo. Además parece que algún título tiene que ver con alguno de mis versos.
Regresan mis palabras a su tierra, pues fueron sus pinceles el arado, que preparó el terreno y abonó mi tarea de escribir los andamios de los pájaros.

Ciento cincuenta y uno. Empiezan a llegar personas que no son visitantes de pocos minutos, sino quienes se sienten convocados a la inauguración de la exposición. Familiares y amigos que vienen a arropar y a reconocer —también a reconocerse— la pintura de Mariano.
Según observo por el número y estado de los paraguas que quedan en la entrada, no llueve precisamente poco.
Ahora me alegro mucho más de haber adelantado mi llegada, y no lo digo por el chubasco. Después de haber satisfecho la necesidad de contemplar la exposición, puedo dedicarme a saludar a unos, a besar a otros y a otras, a compartir una conversación, un chascarrillo, una inquietud, una confidencia, al abrazo por el reencuentro que en más de un caso propicia este instante…
Palpo que el trabajo de mi hermano —incesante, valiente y original—, llega a unos y a otros. Aunque a cada uno de forma diferente, a todos alcanza: por la belleza sin otra consideración, por la armonía de los colores, por el parecido de los rostros con el natural que, además, bucea con éxito en el corazón del retratado, por la mezcla de lo abstracto con lo real, por lo desmesurado del trabajo, por la técnica que los más especialistas descubren en cada trazo, por el tema propuesto a nuestra consideración…

Ciento cincuenta y dos. Seremos más de doscientas personas en el momento en que la próxima primera alcaldesa de Segovia nos dirige unas palabras.
[Acabo de darle la enhorabuena por anticipado, puesto que hasta mañana no es el pleno municipal en que se celebra la elección. Desde que Pedro Arahuetes anunció su dimisión y que ella sería su sustituta en el cargo, no la había visto. Se le nota emocionada e ilusionada. No hace falta que lo digan sus labios; su mirada y su gesto lo anuncian a las claras. Está bien que así sea, pues quizá su ilusión y su emoción se transmitan a su tarea. Al fin esta ciudad tiene una alcaldesa. Alcaldesa y socialista en una ciudad como Segovia… A veces convendría revisar viejos clichés].
Tras sus palabras, que demuestran que ha entendido el contenido de la exposición y que glosan la figura y la obra de Mariano, sin olvidar la que se puede ver por la ciudad, y tras otras pocas de Mariano, densas y explicativas de su intención, es el momento de continuar con los abrazos y los saludos, de acercarse a unos para comprobar el crecimiento imparable de los niños, para recibir una enhorabuena, para saber de nuevos proyectos y de nuevos logros, para constatar en cada reacción que el camino que inició mi hermano hace ya unos cuantos años, quizá algo más de un lustro, avanza firme y poderoso.
La columna del Templo. Acrílico sobre tabla.
Autor Mariano Carabias. AQUÍ SU BLOG
Si nuestra encarnadura de siglo XXI sirve para recrear a Adán, Noé, Moisés, Aarón, Gedeón, una sibila, un evangelista, un ángel…, se podría aceptar que la esencia humana apenas ha variado y, por tanto —como demuestran las miradas de los retratos, los andamios de los pájaros—, su misma naturaleza de entonces habita nuestra entraña de ahora. Si aquellas personas de hace miles de años vivieron dudas, certezas, pasiones, odios, alegrías, emociones, anhelos, revelaciones…, podemos concluir sin margen de error que nuestra vida se nutre de iguales condimentos. Si un puñado recibió o encontró lo que Mariano llama luz de la luz, entonces su pintura se eleva como un grito de esperanza, porque viene a proclamar que nosotros, individuos del siglo XXI, también somos arcilla iluminada, aunque apenas nos demos cuenta.