domingo, 26 de abril de 2009

PÁJARO NOCTURNO

Carbonero común. Foto tomada de Internet

El humo del último cigarrillo, de una jornada que se hace pavesas entre los brazos del famoso Morfeo, no me desconcentra. Por el contrario, parece como si me ayudara a que el misterio del sonido tuviese el mismo tono que el de una novela de detectives.
Y no es para tanto.
Se oyen los trinos de plata, cristales que tintinean, melodías compuestas hace milenios, supongo, que se repiten sin cansancio. A mí me sorprenden, no porque no haya escuchado más veces la pieza de virtuosismo excelso, sino por el decorado.
Este mismo canto en medio de un bosque, o de un jardín recién amanecido, o con el crepúsculo que ha vestido de gris perla la tarde me llama menos la atención, a pesar de su belleza.
Pero a mis ojos les golpea la negritud de una noche, que se acentúa más por culpa de los gajos de pomelo que gotean bajo el paraguas de la farola.
Hasta las luces que maquillan los monumentos de la ciudad se han retirado hacia el descanso, con lo que la silueta de torres, espadañas, arcos y almenas es de fantasmas oscuros e inciertos.
Ni siquiera el tráfago interrumpe al silencio, si acaso los escasos vehículos que pasan lo subrayan, como si fueran rotuladores fluorescentes y auditivos.
Si durante unos segundos se calla este pájaro, el que sea, incluso el leve murmurio de la fuente de enfrente me llega.
En medio del silencio, pues, mientras el cigarrillo se me consume, mientras el cerebro exuda versos que se me olvidarán, como cada noche, el pájaro coloca un collar de aguamarinas en medio de la noche, que se convierte en princesa enamorada.
Y no dejo de pensar que alguien me recibe con alegría o no dejo de pensar que este pájaro canta una hermosa romanza para atraer a quien corresponda...
*
Como de tantas cosas, desconozco casi absolutamente todo lo relacionado con la ornitología. Y una de los apartados que más desconozco es el canoro. Y ya es desconocer. Por tanto, por los melodiosos trinos que llegan hasta mis oídos, no sé si trata de un mirlo, de un jilguero, de un ruiseñor, o de un canario encerrado en su jaula y que a pesar de las horas se encuentra en alguna de ventana. Por lo que recuerdo de mi infancia y mi primera juventud, diría que no se trata de un canario, pero mi inutilidad auditiva tiene pocos competidores.
*
Y este misterio no quiero que se desvele. Porque la voz revela más del pájaro que su silueta, que el color de sus plumas, que el tamaño de su cuerpecillo. Ese sonido es su único retrato. Y es un retrato tan hermoso.
Quiero continuar escuchando ese canto que me llega, como si fuera un canto independiente, un canto que no tiene cuerpo, por así decir. Canto puro, sonidos sin cuerpo.
Y en ese absoluto desconocimiento reside buena parte de la fascinación.
Porque el misterio añade belleza al trino de este pájaro...

sábado, 25 de abril de 2009

ES TU HOMBRO.


Es tu hombro redondez lunar, marfil
que nutre mi mirada.
Tu hombro es perfil exacto,
curva precisa del amanecer
que albea mi mirada sorprendida
como el alba ilumina el horizonte,
como el amanecer confiere vida
al mundo adormilado.
Es tu hombro la arquivolta de un milagro
que sostiene la solidez ligera
de tu amable estructura deseada.

Sobre esa nitidez blanca de esfera
percuto mis dos ojos tan sedientos
y ávidos de ternura,
huésped que nunca visitó mis poros.
Sobre esa superficie clara y limpia,
descansa, amada, el Valle de los Besos,
donde dirijo raudo mis dos alas
que sobrevuelan tu sedosa piel.
En su curvo quicial hoy me detengo,
porque esta tarde oscura se adormece
cansada del afán inútil vacuo
de una vida que corre en pos de nada.

Mis dedos te acarician
cual astronautas que bailaran valses
sobre la blanca arena de la luna…
Mis dedos se demoran en la zona
al percibir este temblor de piel
que es la señal precisa,
el hito inconfundible,
que señala el sendero a tus entrañas.
Me siento explorador que inicia nuevas
rutas desconocidas,
soy el cartógrafo definitivo
que dibujará el mapa transparente
de tu nívea orografía…

En esta tarde adormecida y gris,
de un anodino sábado lluvioso,
he transitado por el curvo límite
de tu hombro evanescente.
Cual astronautas que bailaran valses,
has sentido caricias de mis dedos:
exploradores que abren nuevas rutas
ávidos del tesoro más recóndito:
esa sonrisa tuya sudorosa…

Es tu hombro redondez lunar, marfil
que nutre mi mirada.

viernes, 24 de abril de 2009

MENSAJE PARA JOYCE. 2

Para recordar la primera entrega: este es el camino
Por favor, que alguien me ayude.
La frase le bloqueaba. Encendió otro pitillo. El humo acre, pero deseado, recorría su garganta y se deslizaba, como amante cálida, hasta sus pulmones. Saboreó con fruición el elemento gaseoso. Sabía que perjudicaba su salud, pero era incapaz de intentar dejarlo. Se estiró los dedos delgados y ágiles, traslúcidos y fríos, como libélulas sin alas, y los dispuso sobre el teclado. Lo primero, se dijo, era averiguar de quién se trataba. No quería caer en alguna broma que se gastan por la red. Antes, miró al reloj de la pantalla del ordenador. Las veintiuno cincuenta y dos. No era buena hora. Había enchufado temprano. Usualmente los contertulios se conectaban entre diez y media u once. Se trataba de una tertulia nocturna. Como las buenas tertulias, decía. El grito parpadeaba en la pantalla. El anonimato y la hora paralizaron el impulso. Esperaría un rato.
Por favor, que alguien me ayude.
El Larghetto del concierto titilaba en la habitación, como un jardín de lirios melancólicos. Se centró en el lamento, oración, súplica, caricia, que había escrito el alemán sordo. De vez en cuando, escrutaba la pantalla, como si la frase estuviese en lengua indescifrable (sánscrito, tagalés, vietnamita, esquimal o arameo prebíblico). Salvo la frase, no encontró nada, pues nada había.
Por favor, que alguien me ayude.
Miró al reloj. Las veintidós cero seis. La visión del seis fue cual pistoletazo de salida y escribió.
Soy Joyce. ¿Qué te ocurre? ¿Quién eres? ¿Qué puedo hacer?
Esperó con ansia a que la respuesta fuera recibida por el angustiado o angustiada.
Silencio en la pantalla. La música de violín modelaba con dúctil arcilla los sonidos que adquirían cualidades táctiles. La respuesta tardaba. Por fin, el cursor cambió de línea.
Ayúdame, Joyce.

jueves, 23 de abril de 2009

LOS LIBROS


El joven que aún no era se detenía ante los escaparates de la librería de su ciudad dormida. Sentía la atracción de los volúmenes cerrados que le enviaban mensajes tal que murmurios de deseo. Leía títulos que le hablaban de viajes, de aventuras, de misterios, de historias trágicas, de historias felices, de amores y desamores, de encuentros y desencuentros, de miradas bien distintas a la suya propia, al resto de miradas que él conocía. Sentía en un surco de sus entrañas que una voz nueva tejía su propio lamento, un quejido que debía aflorar como aflora el agua pura en el manadero, para que no se convirtiera en un pudridero. También paseaba sus dedos por los lomos viejos de los libros añosos de la biblioteca de su ciudad dormida. Cuando se había decidido por uno, vivía horas nuevas sumergido en las palabras antiguas. Descubrió que el tiempo cavaba trincheras de eternidad en los huecos de las palabras, en el escalón de los párrafos, en la explanada del final de un capítulo. Y una mañana supo que alguna vez se cumpliría su sueño.
Aunque el sueño parecía una quimera, se hizo carne, carne temprana...
Una mañana tibia de un invierno, cual brillante diadema de princesa, escarbó en su manantial, pequeño y quieto, claro y silente. El primer verso levantó su vuelo. Tras él cruzó el segundo… y el tercero. Sus ojos escrutaban su latido. Allí palpó la noche clara y triste...; la aurora de sonrisas infantiles...; lágrimas asesinas de ilusiones...; dudas cual campanadas de conciencia…; plegarias y susurros al Dios vivo...; balas que matan versos peligrosos...; piel que se pierde en el silencio oscuro... Fluían, fluyen, hilos intangibles, un regato que aspira a ser arroyo, donde abreve la sed del paseante…
Al concluir su trabajo, con las uñas aún húmedas por la arcilla, comprendió que había labrado la primera trinchera de su vida.
Emprendió en silencio su laboreo de zapador de nubes, de espía de conciencias, de investigador de lágrimas, de encuestador de hormigas, de escrutador de aromas de colores, de cazador de sueños, de eco de otros llantos.
Cuando tuvo suficientes trincheras, se arrodilló incrédulo. Tras musitar una oración de acción de gracias, las tomó entre sus manos. las acarició, besó su aliento y depositó su esencia sobre hojas que se unieron en una gavilla de páginas que alzaron su vuelo corto, pero vuelo, al cabo…
Y descubrió que su felicidad era construir trincheras para que el tiempo duerma sosegado...

miércoles, 22 de abril de 2009

DE PRIMAVERA

La palabra de cada día. Diario de un opositor.
Abril de 2004
*
Cuando he bajado de comer, la tenue brisa de la espléndida tarde primaveral que por fin hemos tenido, me ha traído hasta la pituitaria el frescor del aroma del césped recién segado. Y a la par que esas moléculas de la fragancia entraban en mi cerebro, actuaban como las palabras de un experto hechicero para convocar a este presente un tanto anodino, el joven que fui, el adolescente que se marchó una tarde en que descubrió que dentro del corazón humano anidan la crueldad, el odio y la mentira como repertorio fundamental. Es uno de los perfumes naturales que más me agrada. Junto con el del ozono justo en el momento previo de la tormenta, o el de las primeras gotas de lluvia al caer sobre la arena reseca. Son olores nítidos, intensos, pero no agraden. Son olores que refrescan, casi oxigenan el cerebro en todos los sentidos. Es como si a uno lo cubrieran de la paz que necesita, tras tantas horas de lucha prosaica, metido entre los alambres de espino con que la vida me acecha. O quizá no sea la vida, más bien se trate de que no sabemos vivirla con naturalidad, simpleza y desprendimiento.
Digo que semejante aroma, ha rescatado el recuerdo que ha aterrizado sobre mi cerebro con la potencia de un bombardeo, o como si fuera una pesadilla inesperada. Quizá las comparaciones son demasiado torpes, porque pueden dejar la idea de que ha sido un recuerdo triste. Todo lo contrario. Cambiaré la comparación. Ha sido como si me hubieran comunicado que me toca la lotería, aunque fuera la pedrea, o que he ganado un concurso de cuentos que organizaban los vecinos de mi casa. (Quizá si alguna vez le organizaran de verdad, tampoco le ganaría, pero eso es otra historia). Concretaré.
Esta fragancia de césped recién rasurado, como perfumado por una loción después del afeitado, me ha traído hasta la memoria otras tardes similares, otros momentos maravillosos, otras horas en las que la juventud se me escapaba por todos los poros de la piel y delante de mí sólo veía la vida que se me henchía sin que hubiera una sola traba que la hiciese complicada, o enemiga de la mía propia. Esas tardes de la primera juventud, o la última adolescencia, que tampoco sé muy bien qué edad es esa. Esas tardes en las que uno, por fin, a pesar de creer que ya sabe todo lo importante que tiene que saber para vivir la vida, va descubriendo, que, en realidad, no sabe absolutamente nada. Y precisamente de aquello que cree saber más, es de lo que más ignora.
Cuando los rayos del sol de la incipiente primavera ya llegaban hasta nosotros con toda su potencia, cuando estar encerrado en una clase oliendo los sudores de otros cuerpos, tan mal olientes como el nuestro, oliendo a tiza, oliendo a libros desgastados por casi todo el curso, a la tinta de los bolígrafos sobre el papel cuadriculado de los cuadernos, oliendo a cosas muertas, a cadáveres del pasado, a cadáveres inalcanzables y aburridos, se hacía insoportable nos lanzábamos a los jardines del parque del cementerio, nos escabullíamos como podíamos de la vigilancia (no muy férrea, para qué engañarnos) de los profesores y pasábamos la tarde sintiendo el olor de la vida que entraba en nosotros en primer lugar con las vaharadas de hierba recién segada agolpándose por nuestro cuerpo, como si quisiera abrazar nuestro corazón, como si quisieran llenar de fuerza genésica los impulsos incontrolados de nuestro espíritu. También me ha traído a la memoria esas otras tardes, en las que, ya después de la clase, y, por tanto sin la carga de los novillos a nuestras espaldas, pero con la carga de un próximo examen, dejábamos correr el tiempo. Con el deber esperándonos en nuestras casas, pero al que no atendíamos. No podíamos atender. Éramos pequeños animalillos a los que la sangre les bullía con fuerza, y no podían plantearse, ni siquiera por casualidad, pasar aquellas hermosas e interminables horas aplastados por la rotundidad hosca de las cuatro paredes de nuestra casa. En aquel entonces, prefería que las tardes primaverales fueran lluviosas, frías, encapotadas, como un recuerdo del invierno recién abandonado. Pero la tozudez del clima solía ser implacable. Había que luchar denodadamente contra aquel sol, contra aquel aroma, contra aquellos latidos del corazón que parecían barbotar, contra el deseo casi incontrolado de zambullirse en el rescoldo de la tarde. ¿Qué nos podían importar a nosotros los libros? ¿Qué nos iba a preocupar algún trabajo sin realizar, o hecho con la desgana de un aprendiz? Pero a nuestro alrededor, los mayores no lo entendían. Nos miraban y nos exigían que cumpliéramos con nuestro deber. Recuerdo que les miraba, o miraba el cuadrado de cielo azul que se veía tras el ventanuco de la cocina donde estudiaba (o pasaba la tarde, vaya usted a saber), y me preguntaba si es que uno cuando se hace mayor, cuando le entran los años, le sale la vida desde dentro y se desgasta. Si eso sería crecer, hacerse mayor, perder las ganas de vivir, o cumplir de forma estricta con el deber que se tiene encomendado. No sé, de una forma un tanto confusa y amorfa, me suponía que ir creciendo era ir perdiendo parte del aliento. Por eso, en el fondo, no quería crecer. O por lo menos no quería crecer mucho, lo justo. Llegar hasta los veintipocos donde todavía parecía que todo era vida, y tenías muchas más ventajas que a los quince o dieciséis, ¡dónde iba a parar!
Pero ahora me doy cuenta que nada de eso es del todo cierto. Que, en verdad, nuestros adultos, como nosotros hacemos con nuestros jóvenes, nos engañaban. Ellos en su corazón seguían sintiendo esa fuerza salvaje y vital que crece imparable, ese maremoto que rebosa a la primera de cambio. Hoy lo sé porque sigo mirando a través de una ventana (es otra ventana, pero, a pesar de Heráclito, es el mismo cielo) y sigo viendo las tardes plenas de ese azul único de esta Castilla abandonada. Sigo escuchando el canto delirante de los pájaros (gorriones, mirlos, estorninos, petirrojos, tórtolas, urracas, algún jilguero, sí algún jilguerillo, quizá algún ruiseñor, verdecillos, verderones, los primeros vencejos que llegan hambrientos como siempre). Sigo empapándome del frescor de este verde recién nacido que ocupa las enmudecidas ramas hasta ayer, casi, y pocos días (u horas, o minutos) se adensan en un estallido de vida. Sigo, sobre todo, sintiendo que mi sitio no es escrutando el significado difuso y un poco cadavérico de ciertas leyes que no sé de qué modo voy a poder meter dentro de este cerebro, que para algunas cosas ha perdido facultades, pero para otras, como el barboteo del corazón henchido, sigue igual que aquel joven, que en tardes como la de hoy no podía aguantar la claustrofobia de una clase con treinta y tantos compañeros aburridos escuchando cosas que quizá, por qué no, debían ser importantes, y, sin embargo, sólo eran un suplicio, un funeral, un encarcelamiento brutal, a veces.
Por eso, esta tarde he pensado con pellizco de melancolía, y bastante egoísmo, que esta primavera podía ser lluviosa, así me costaría menos esfuerzo pasar las tardes pegado a los temas…

martes, 21 de abril de 2009

JUEGO RUIN

Los jugadores del Real Madrid festejan el gol de Marcelo del pasado sábado en el Estado Colombino de Huelva. Recretativo de Huelva, O. Real Madrid, 1 Foto tomada de El País digital



Sé que provocaré algunas estampidas, sobre todo en alguna de mis lectoras, pero si aguantaran un poco, quizá... Bueno, no, supongo que no. En fin, otra vez será.

Este año el Real Madrid demuestra (y no es la primera vez en su reciente historia) que con tal de vencer es capaz de cualquier cosa, incluso es capaz de la nada.
Esto no sólo pasa en el fútbol, por desgracia hay demasiados ámbitos de la vida en los que parece que el triunfo a costa de lo que sea es la única opción. Quedar por encima de los demás, aunque se racanee, aunque se busquen artimañas para justificar lo injustificable.
El Real Madrid, este Real Madrid, puede hacer mucho daño al fútbol, porque aún no es imposible, aunque poco probable y nada deseable, que consiga el torneo de la liga española, una de las más importantes en Europa.
El juego de este equipo del que no puedo renegar (esto de los afectos a veces es canallesco, uno contempla con estupor que los que él prefiere lo hacen mal, se equivocan, enredan, incluso trampean, pero es imposible que los odie, es imposible que se elijan a otros), roza la mezquindad, una racanería propia de quien se sabe inferior, de quien contempla la botella medio vacía y no quiere que se la vacíen del todo. En fin, un juego ruin, ramplón, aburrido. Eso sí un juego corajudo y eficaz.
Un juego que más que juego es estadística. Pura y dura estadística.
El Real Madrid es la manifestación de la máxima moderna sobre la eficacia, sobre todo en los negocios. Sólo importa el triunfo y el alto rendimiento: baja inversión, mucha rentabilidad; para ello hay que ser eficaz, por tanto, la eficacia es buena.
En fútbol, efectivamente, se trata de vencer al adversario. No cambiaré las directrices seculares de este juego. Ni llega mi romanticismo al territorio bucólico del quien sólo pretende la esencia del regate sublime, del desmarque veloz, del pase sutil, de la presión armónica, de la velocidad con sentido, de la combinación cual danza geométrica... No, no llego a tanto, pero hay maneras de vencer y maneras de vencer.
Siempre me he opuesto y me he manifestado contrario a quienes defienden que este deporte consiste en evitar la derrota.
Según mi concepto de este juego, sostener tal principio es similar a esta afirmación: la vida es que no me muera.
Por su puesto, cuando uno enferma, se trata de evitar la muerte, pero con la conciencia precisa de que la convalecencia no es la vida en plenitud, sino un trayecto necesario para alcanzarla.
Vivir es disfrutar de lo que cada día nos regala: luz, brisa, agua, lluvias, sol, plantas, sonido de cientos de pájaros, animales, infinitas sonrisas infantiles, ilusión juvenil, cariño de los seres que nos quieren y a quienes queremos, compañeros de trabajo, amor, sexo, comida, bebida, siesta junto a la piel amada o en soledad, literatura, pintura, música, fútbol, baloncesto, paseos solitarios o en compañía, viajes, sueños...
A estas alturas nadie me convencerá que jugar al fútbol es no perder. Ni siquiera lo conseguiría la improbable victoria final del Real Madrid. Jugar al fútbol es disfrutar con el juego, combinar, atacar, meter goles, a ser posible uno más que el equipo que tienes enfrente. Y si encima consigues cierta belleza (esto sólo lo entendemos los que nos gusta este juego), entonces es que has visto el juego del F.C. Barcelona o de la selección de España.
Por desgracia, hay demasiado tecnócrata en esto del fútbol, y muchos directivos que piensan que el triunfo es lo único que prestigia a un club.
Lo peor del asunto es que lo mismo tienen razón, porque a las pruebas de sus cuentas de resultados se remitirán.

lunes, 20 de abril de 2009

LA POBREZA PASEA EN NUESTRAS CALLES


Mujer descalza pide limosna a la puerta de la Catedral de Segovia. Foto de Antonio Tanarro publicada en la edición digital de El Norte de Castilla.

Supongo que algunos lo habréis leído ya, pero me parece que es de estas cosas que conviene que se resalten, porque si no parece que vivimos en los mundos ingenuos. Siempre he creído que el ser humano es el verdadero horizonte de todo artista (o un humilde aspirante a ello), y que si nuestra mirada no escudriña en lo que nos circunda vamos muy mal, por muy mal camino.

En fin, que resumiré el artículo escrito por César Blanco para la edición digital de El Norte de Castilla en su sección de Segovia.
Los datos son contundentes y no ofrecen demasiado margen para la duda. Unos trescientos cincuenta, 350, rostros nuevos han acudido a solicitar ayuda por vez primera a Cáritas. Y esta cifra sólo se refiere a lo que va de año.
Se trata de una cifra que engrosa la de los habituales, incluso la de aquellos que durante la época de bonanza dejaron de acudir a alguna organización de espíritu solidario y que ahora vuelven.
Según las estimaciones realizadas por oenegés como Cáritas, San Vicente de Paúl o el Banco de Alimentos, se llega a la conclusión de que aproximadamente un cinco por ciento, 5%, de los segovianos ha recibido ayuda de alguna de ellas. Entorno a ocho mil, 8.000. personas que conviven junto a nosotros, en nuestra provincia, rozan o tocan la miseria con sus dedos, es decir, que los tienen literalmente vacíos y han de extenderlos para que alguien se los llene. Y cuando los extienden seguro que se avergüenzan, bajan la cabeza y sienten un temblor en alguna parte de su conciencia, un temblor que probablemente tiene más que ver con la rabia, que con otra cosa.
A mí me pasaría.
Hay palabras que debieran asustar cuando se dicen, pero se han manoseado tanto que acaban por no significar nada, o casi nada.
Pobreza es una de ellas.
¿Qué es pobreza?
Quizá muchos penséis que buena parte de estas personas que requieren la ayuda de Cáritas o de alguna otra organización de fines similares, serán inmigrantes que se han quedado sin trabajo, o personas ya marginadas de antemano. En buena parte, según Rosario Díez, directora de Cáritas Segovia tal idea es cierta; pero según Rufo Sanz, Presidente del Banco de Alimentos, constata el incremento de las solicitudes de ayuda hechas por españoles. Él mismo señala que la organización que preside pudo repartir más de ciento cincuenta, 150, toneladas de alimentos.
Las causa que en general origina esta situación, como es fácil de imaginar, nace de la pérdida del empleo y la imposibilidad de hacer frente a la hipoteca o al alquiler de la vivienda, a lo que hay que añadir la vital necesidad de comer.
La pobreza está cerca de nosotros.
Es algo muy sabido, pero pareciera que nos pilla un tanto lejos. Y sin embargo parece que crece parece que se acerca.
Me cuesta trabajo imaginar a alguien teniendo que acercarse a uno de estas organizaciones citadas u otras similares.
Pienso en mí mismo. No me puedo considerar rico. Sin embargo con la que cae, soy privilegiado. Pero digo que me pienso a mí mismo en una situación similar: sin trabajo, con dos hijas que alimentar, dirigiéndome a Cáritas, pongamos por caso... No sé, se me hace un terrible nudo en la garganta, en el estómago, en el alma.
Gracias al cielo existen estas organizaciones no gubernamentales (seré políticamente correcto), y gracias a ellas se puede paliar en parte esta miseria; pero, es muy triste que tengan que existir. Que a pesar de formar parte del primer mundo europeo que goza de las economías más boyantes, no hayamos dado con el quid de la cuestión que haga innecesaria su existencia.
Hemos avanzado mucho, pero la pobreza continúa a nuestra vera. Hay épocas en que crece y otras en que mengua. Pero no nos abandona. Parece una sombra indestructible y odiosa.
Algo hacemos mal, algo.

domingo, 19 de abril de 2009

MOMENTO FRONTERIZO.



¿Acaba la tarde...? ¿Empieza la noche...?


El color de plata se oscurece y mis ojos son espectadores de ese proceso por el que una mano invisible cubre, poco a poco, bien despacio, a las criaturas que pueblan este pedacito de planeta. Frente a mí, las luces, como leves candelas, maquillan el rostro de torres renacentistas y chapiteles barrocos, de arcos romanos y torres góticas. Es esa hora incierta y breve en que la noche es promesa y la tarde recuerdo, una frontera imperceptible para quien no mire, para quien no tenga entornados los postigos del alma.


Y si la espesura de las nubes no fuera tan cierta y tan rotunda y tan precisa, este instante, ya tan avanzada la primavera, no sería tan efímero. Daría tiempo a sentir su transcurso como un cálido beso largo. Pero el invierno ha asomado sus galones en este ocaso de abril y ha querido imponer su dictadura oscura, con lo que el crepúsculo vespertino parecía la fugaz sonrisa de un niño travieso, pillado en su travesura.


Siento detrás de mí el aliento tibio de quien me ama. Es hora de apurar las palabras.


Vale.

sábado, 18 de abril de 2009

ADAGIO FÚNEBRE

(Foto tomada de http://arteyfotografia.com.arg/ )
(Tras la escucha del primer movimiento de la quinta sinfonía de Gustav Mahler. Espero que haciendo click con el cursor accedáis a una reproducción de esta música
http://www.youtube.com/watch?v=d7cwbGBFyEQ&feature=related)

La noche es un ovillo de timbales,
cascabeleo funerario, oscuro,
negra carroza, por caballos negros
conducida a la cárcava infinita.
El tiempo se detiene, reflexivo
recoge el sufrimiento en incontables,
interminables, aquietados, densos,
sepulcrales segundos estancados.
Segundos que parecen hojas huecas
ilimitadas, infinitas horas
transversales espacios invisibles.
Manantiales de oscuras remembranzas
umbrías de deseos opalinos.
Nuestro dolor es flébil melodía
que ocupa el universo enmudecido
cubriéndolo de rutas inasibles
compuestas por pedazos de sonidos
hurtados a aquel alba, a aquel ocaso,
a aquella madrugada tenebrosa,
a la tormenta, al huracán, al llanto,
al instante de la última visita,
del último ángel que nos acompaña.
Pasión: inmenso espacio casi plano.
Plenitud: sentimiento sin aludes
un rutilante soplo, viento, brisa
caricia vespertina que sonríe.
La conclusión es horizonte abierto:
puesta de sol inmensa, gigantesca
que envuelve todo, que ilumina todo
desde la perspectiva de lo eterno
la sonrisa que se abre, leve intensa.
El quiebro que recorta el sino triste
Mahler con su paso holla el mismo filo
en sombras de la muerte insospechada
Asoma su mirada quevedesca
traspasa el límite que explica arcanos

y envía flechas con respuesta impresa:
resurrección, resurrección palabra
camino, senda, clave explicativa
de tantos sufrimientos y agonías.
Invoca al cosmos cotidiano, simple
y acude al universo raudo entero
se ovilla el tiempo nocturnal silente.

viernes, 17 de abril de 2009

MENSAJE PARA JOYCE. 1


Por favor, que alguien me ayude.
El cursor temblaba impasible, ajeno, como el viento a los árboles, a lo que había dejado detrás. Abelardo Botícher miraba atónito y paralizado la pantalla, por lo demás vacía. La frase permanecía muda, y, a la vez, gritaba o golpeaba al entendimiento.
Por favor, que alguien me ayude.
Afuera, la lluvia tabaleaba con insistencia, quería entrar en la casa fracturando los cristales con sus besos de hielo presentido. Supuso que el frío arreciaba sobre la urbe, como cruel cobrador de impuestos.
A su derecha, el cenicero humeaba a causa de la última colilla mal estrangulada, aún agonizante. Más allá, al alcance de su mano estrecha y fina, se templaba una lata de cerveza aburrida. La música de Beethoven (El concierto para violín y orquesta en re mayor interpretado por Zukerman) rociaba el espacio oblongo del cuarto, iluminado por una bombilla de sesenta vatios con síntomas de bronquitis en sus filamentos.
Abelardo Botícher acababa de conectarse a Internet con la sonrisa que produce la espera del placer. Una sesión de conversaciones tejidas por la densidad del silencio y tramadas en urdimbre invisible, como si las ideas atravesaran el espacio cibernético. Una singladura por el proceloso mar oscuro de la red. Una navegación tranquila en compañía apacible. Lo más parecido a la telepatía: ideas que pasan, a través de los dedos, a otras neuronas.
Por favor, que alguien me ayude.
Como si fuera a estallar la tempestad, las seis palabras dañaban su paz y rompían el esquema, frágil cristal de Murano, trazado para las horas de periplo telemático. El sonido del violín era voz suplicante.
Por favor, que alguien me ayude.
Con miedo subrayado, se preguntó si alguien más habría recibido el mensaje.
Participaba en el chat desde hacía dos años con la pasión de un converso. Se hablaba de lo humano y de lo divino. Casi más de lo divino o de lo diabólico, que venía ser lo mismo.
Ermitaño, más fiel y constante que él, monopolizaba espacio y tiempo. Más de una noche, el eremita internauta (perdón por la contradicción) quedó solo (más cenobita que nunca) en medio de un farragoso y excéntrico discurso. Abelardo Botícher se presentó al grupo como Joyce. Otros miembros de aquella especie de club eran Ovidio, Larra, Laoconte, Rosalía, Asterisco, Parsifal, Sherlock Holmes, Dulcinea, Jimena, Mozart y Penélope, la última contertulia con vocación de permanencia. Al ser un foro abierto, recibían visitas, meras aves de paso.
Era una tranquila tertulia de café de provincias recoleto y recogido y solitario y escondido y monótono. Los nombres eran veletas que apuntaban a sus espíritus, o brújulas que marcaban una dirección, nombres que ocultaban afán de encarnación en horas nocturnas: una definición, una declaración de principios, un destino, un retrato con palabras.

jueves, 16 de abril de 2009

RECUERDO DE ABRIL DE 2004

La palabra de cada día. Diario de un opositor.
Fragmento correspondiente a abril de 2004
Sobre el discurso de investidura de José Luis Rodríguez Zapatero
*
(...)
Lo que más me ha gustado del discurso, ha sido el final.
Las últimas dos páginas de su intervención las ha utilizado para hablar de cultura. Creo que es significativo ese puesto en el discurso. Empezó su intervención con la obligada referencia al terrorismo y a la política internacional, y lo cierra con la cultura. La cultura, además, entendida como el valor más importante que tenemos para vender todo lo demás que es este país.
Ha hecho referencias explícitas a la condición de los creadores y ha afirmado que la cultura y, por tanto el mismo hecho de su creación, no es equiparable a cualquier otro bien de consumo.
Según mi traducción: un poema o cuadro o película o composición o novela o escultura u obra de teatro, no es lo mismo que una lata de sardinas, de refresco, o un descapotable último modelo, ni siquiera lo mismo que una vivienda.
Ha sido agradable leerlo, porque a uno le quedaba la duda de si esta actividad no es más que otra clase de mercancía, un bien de consumo, poco más que algo de usar y tirar. Me parece que el Presidente proclama que la creación artística ni puede ni debe estar mediatizada por la rentabilidad económica de sus productos. Y estoy de acuerdo, porque estoy hasta el moño de que el verdadero criterio que establece la frontera entre la bueno y lo nefando en materia de arte sea venta, rentabilidad, cantidad... La creación, la expresión nacida como manifestación de un interior poderoso, libre e imaginativo, no puede estar presionada por nada que venga desde las afueras de la piel del artista. Ni por ideologías, ni por modas, ni por rentabilidad. La calidad es otra cosa. Por otro lado la decisión sobre la calidad es una cuestión cambiante en muchas ocasiones, por tanto el tiempo es un actor principalísismo. Las generaciones contemporáneas al creador, sobre todo en el caso de algunos autores geniales, suelen ser las menos adecuadas para valorar con tino el valor de su obra. Como mucho, expresarán si les gusta o no lo que tienen frente a sí, y este derecho es inalienable y nadie -ni siquiera el autor- puede privar a otro de ejercerlo; pero será el futuro, quizá cada futuro, quien con su juicio, acaso con adecuada perspectiva, emita el verdadero veredicto.
Sin embargo, la guinda del discurso ha sido la referencia al Quijote y a Cervantes. Y esa cita, que abrocha todo el discurso, es un compromiso que le va a obligar más que las promesas electorales, porque, al fin y al cabo, las resume y está dicho de forma y en lugar solemnísimo:
“Un gobierno de meollo, un gobierno que mire por el bienestar de los más humildes”.
Esta frase, como credo, como finalidad, como lema de un gobierno socialista es mucha frase.
No sé si se me nota ilusionado, pero lo estoy. Él lo ha conseguido. Espero no tener que desdecirme de todo esto que acabo de escribir.
Así que a este vallisoletano de nacimiento, leonés de adopción, culé (qué se le va a hacer, nadie es perfecto) en lo futbolístico, socialista en lo ideológico, español de alma, pero nada centralista, parece ser, y cervantino en el concepto de la vida, le esperan unos duros años de trabajo. Espero que esa sonrisa angelical que ilumina sus intensos ojos celestes no se le agrie demasiado en estos años.
Y que sea un bien para todos.

miércoles, 15 de abril de 2009

14 DE ABRIL DE 1931 EN SEGOVIA

Mitin en el teatro Juan Bravo de Segovia el día 14 de febrero de 1931. Presentación nacional de la Agrupación al Servicio de la República, fundada por intelectuales a favor del cambio de régimen. Al mitin acudieron Antonio Machado, Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala (de izquierda a derecha). El fotógrafo Alfonso inmortalizó el momento. / El Norte

Me es completamente imposible hablar de política en estas páginas. No nacieron para esto.
Ocurre que la política cotidiana, tal y como se entiende en su empobrecedor concepto de lucha por el poder de los partidos políticos, me hastía, mejor dicho, sólo me apasiona para hablar de ella en algunos ratos muertos, mientras se toma uno un café con un amigo, o cuando hablar del tiempo, o del último partido de fútbol no es recurso y aburre hasta a la ovejas). Por el contrario, la política en su acepción más elevada, es decir, en cuanto a modo de servir a la mejora de la vida de los ciudadanos me interesa, y me interesa mucho.
En algunas ocasiones, las palabras nos juegan muy malas pasadas, o por ser un poco más precisos, su contenido semántico, el que anida en los corazones de las personas normales y corrientes, yo por ejemplo.
Hablar en España en 2009 de República es sinónimo de cierta izquierda. No de toda la izquierda, desde luego, ni siquiera la misma izquierda de los años treinta ya que, oficialmente al menos, el PSOE admite, por constitucional, la Monarquía Parlamentaria como forma de gobierno del Estado. Se excluye que desde la facción conservadora del espectro político haya republicanos, porque cuando la II República desembocó en la Guerra (In)civil, fue precisamente la derecha, excepto el PNV, la que se alió o se plegó a los dictados de los insurrectos militares, aún antes de que Franco fuese el único director de orquesta.
Esto lo subrayo, porque el 14 de abril de 1931, las cosas no eran así.
El concepto de Monarquía se parece en poco al actual. Por suerte para nosotros. Ni siquiera el concepto de izquierda es homologable en las dos épocas. Baste con señalar que el PSOE era un partido marxista, del que se acababa de escindir el PCE.
Dicho esto, pensar que Azaña, Lerroux, Melquíades Álvarez, Marañón, Ortega y Gasset, etcétera, fueran de izquierda (de la izquierda marxista) es pura entelequia. Y sin embargo, no desvelo ningún secreto si digo que todos los citados eran republicanos.
Machado desribió el 14 de abril de 1931 en Segovia en un articulito publicado en 1937 en La Voz de España:

"Fue un día profundamente alegre muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños. Mi amigo Antonio Ballesteros y yo izamos en el Ayuntamiento la bandera tricolor. Se cantó La Marsellesa; sonaron los compases del Himno de Riego. La Internacional no había sonado todavía. Era muy legítimo nuestro regocijo. La República había venido por sus cabales, de un modo perfecto, como resultado de unas elecciones. Todo un régimen caía sin sangre, para asombro del mundo. Ni siquiera el crimen profético de un loco, que hubiera eliminado a un traidor [se refiere a Lerroux], turbó la paz de aquellas horas. La República salía de las urnas acabada y perfecta, como Minerva de la cabeza de Júpiter.

Así recuerdo yo el 14 de abril de 1931."

Con motivo del ciento cincuenta aniversario de El Norte de Castilla, en 2006 este periódico preparó un especial con artículos que recorren su siglo y medio de existencia. Entre otros hay uno titulado Segovia en rojo, gualda y dorado, este es el enlace que os lleva hasta él: http://canales.nortecastilla.es/150aniversario2/republica/republica_04.htm. Tras resumir el suelto que acabo de transcribir de D. Antonio, sintetiza lo fundamental de aquella jornada vivido en esta ciudad.
No copiaré lo que dice sobre la manifestación que se organizó espontáneamente, ni las referencias al importante mítin que el Teatro Juan Bravo albergó el 14 de febrero de 1931 (momento que se recoge en la foto que ilustra esta entrada y el artículo al que me refiero), ni la concreción de los resultados electorales que se produjeron durante la jornada electoral del 13 de abril. Ya digo que el texto es accesible con el enlace y muy breve...
Pero no me puedo sustraer a su final. Una vez que la manifestación ha llegado a La Plaza Mayor, que ha sonado la Marsellesa y que se ha cantado el himno de Riego, los concejales electos entran en el Ayuntamiento y

"(...) el alcalde provisional, el pintor Lope Tablada Maeso, dictaba su primer bando: «A todos se nos demanda abnegación y sacrificio. El pueblo supo cumplir con su sacrosanto deber; nosotros os prometemos seguir constantemente a vuestro lado, aprestándonos a cumplir con vuestro mandato. Ciudadanos de Segovia: ¡Viva la República!»"

No me es difícil imaginar las pupilas cargadas de ilusión y esperanza de aquellos once concejales que formaban la mayoría del Ayuntamiento (ocho republicanos y tres socialistas). Se abría una nueva era, una ilusión, un sueño que desembocó abruptamente en una pesadilla larguísima y llena de sangre y odio, horror y vilezas. Cuando Lope Tablada, años después aúm pintaba sus cuadros, quizá recordara aún sus primeras palabras como alcalde republicano de la ciudad de Segovia.

Hoy, con la mirada perdida, bañada por la lluvia de esta jornada revestida de plata y melancolía, miro al recuerdo de aquellos hombres y mujeres y me pregunto si, con independencia de la forma de gobierno del estado español, por fin, habremos hecho realidad su sueño, aunque haya sido después de que aquella ilusión desbordante se trocara en una horrenda pesadilla.

martes, 14 de abril de 2009

EL HIJO

*
El hombre tiene cincuenta y siete años. La mujer veintiséis.
Con esta diferencia de edad mantuvieron una relación sentimental con derecho a roce, a mucho roce. No es habitual, de acuerdo, pero tampoco es imposible o impensable. Se podrían dar nombres.
Que el hombre prometiera dejar su pasado y casarse con ella, suena a folletín decimonónico.
Que hace dos años, fruto de esa relación, naciera un hijo, quiza indique algo... o nada. Depende.
Que ella haya dicho que se enamoró de él hace diez años, con dieciséis, por sus "bellas palabras", le da a esta historia un toque de romanticismo propio de una novela de Stendhal. Lo que, para qué engañarnos, demuestra la fuerza que aún posee la palabra.
Que ella le demandase para que él asuma sus obligaciones derivadas de la paternidad, además de rebajar peligrosamente el grado de romanticismo, enseña que, por muy joven que sea nuestra protagonista, sabe qué se trae entre manos, por ejemplo, que un hijo no es un sueño, aunque haya nacido fruto de uno... Sin embargo negar, como negó, la presentación de la querella, enturbia el argumento que, a estas alturas ya se parece al de una de las telenovelas latinoamericanas que tanto gustan en el mundo, en el mundo entero.
Que él sea político en activo y ella no, dota al asunto de una publicidad que al principio parecía innecesaria.
Que el político sea Presidente de República eleva el guión a categoría de noticia que cruza las fronteras.
¿Que si él estaba divorciado o continuaba casado...? ¿Vamos, que si hubo adulterio...?
Perdón, hablaba de Fernando Lugo, Presidente de la República del Paraguay y ex obispo de la Iglesia Católica.
Que él haya reconocido públicamente todo, que asuma sus responsabilidades, que el hijo se concibiera cuando aún era obispo, que había solicitado su secularización al Vaticano y que éste no la había otorgado, y que el lugar donde ejercía su ministerio fuera San Pedro, uno de los departamentos más pobres de su nación, completan, y acaso embrollan más la historia que debiera ser la de dos seres humanos que se amaron, y que acaba siendo tema de Estado.
Dejo el enlace a la noticia redactada por Soledad Gallego Díez en El País Digital...
Vuestros comentarios un poco más abajo. Gracias.
Os doy el mío: La vida se parece peligrosamente a una telenovela latinoamericana de las que tanto gustan en todo el mundo, en el mundo entero.

lunes, 13 de abril de 2009

EL PROFESOR

*
En el barrio le conocían por el profesor. Su aspecto austero, casi siempre de antiguo endomingado, su porte erguido, su mirada de neblinoso páramo abierto, su gesto circunspecto, la negra cartera vieja y desgastada...
Cada mañana, salía temprano, tanto que los vecinos sólo oían el ruido de sus pisadas de goma.
Retornaba cada jornada poco después de la hora en que habían regresado de clase los últimos chavales.
A esa hora crepuscular, eran más las miradas que comprobaban las escasas huellas que el día había depositado en su atuendo. De vez en cuando, alguien cruzaba breves frases, casi tan cortas como monosílabos. Pero en tal instante de la tarde, sus ojos, aunque mantuvieran el neblinoso horizonte de páramo, parecían llagas, como si hubieran deglutido el abandono ajeno.
Nunca nadie supo la causa de tales heridas.
A la marquesina del autobús llegaba poco antes del amanecer; allí tomaba el que le dejaba en la estación de tren; una vez que la locomotora había atravesado la gran ciudad, tras un viaje veloz y silencioso, donde el sueño de los otros viajeros era su mejor aliado, bajaba en el andén de la segunda parada: un apeadero batido por el viento. Se cruzaba con individuos que aún parecían alienígenas o robots con aspecto humanoide.
Avanzaba raudo, sin detenerse.
En un rincón del vestuario gris, se vestía el uniforme de trabajo: una camisola de rombos blancos, verdes, azules y amarillos, unos pantalones decorados con la misma geometría, una peluca de rizos dorados y una bola roja convertía su nariz en satélite de la luna.
Sus ojos buscaban, ávidos, las caritas demacradas. Cuando alguna, ya familiar a su mirada de neblinoso páramo abierto faltaba, una cuchilla cortaba un poco más el latido de su corazón, pero eso nunca se supo.
El resto de niños gritaba, reía, palmoteaba, en la medida que sus fuerzas se lo permitían.
¡¡¡¡ Buenos días, amiguitos!!!
Algunas enfermeras sonreían aliviadas.

domingo, 12 de abril de 2009

EL PRIMER DÍA DE LAS SEMANA

( Está a punto de amanecer el primer día de la semana y la novela se acaba, como se acaba el sufrimiento)


Cuando llegué hasta el patio, observé, también con sorpresa, que había avanzado mucho la noche. Calculé, por la posición de las estrellas y la luna llena que, probablemente, estuviese mediada la cuarta vigilia, o sea, que quedaría poco más de una hora para que amaneciese el primer día de la semana... El alba me iba a sorprender levantado. Este era un momento del día que, desde siempre, casi desde niño, me encantaba y que, cuando podía, me gustaba disfrutar. Allá, junto al Genesaret, en muchas ocasiones madrugaba, sin necesidad, para ser testigo de ese instante sin igual. Me emocioné, únicamente con pensar que contemplaría el nacimiento del sol a través del horizonte: observaría, primero, cómo sus finos y rosados dedos descorrían con vértigo, frenesí y carcajadas polícromas, las negras y tristes cortinas nocturnas; luego, podría observar, extasiado, y sujetando el respirar, cómo este coralino daría paso a un ígneo anaranjado, que como en una fragua, se tornaría en oro que todo lo alumbraría y todo lo calentaría.
Cada vez me sorprendía más a mí mismo con tales divagaciones. El sufrimiento y la agonía habían desaparecido. ¿O estaba soñando todavía? Me pellizqué levemente el brazo y me dolió... Escuché con nitidez la brisa y el aroma de las plantas nocturnas me llegó con la intensidad propia de la primavera. Por tanto, estaba bien despierto, supuse. Y no sentía sufrimiento, ni miedo, ni cansancio... A pesar de que mi cerebro continuaba embotado...

Un ruido de pisadas felinas llegó a mis oídos y me distrajo de mis pensamientos. Me giré sobresaltado. Era Magdalena, que venía presurosa, y sigilosa a la vez. De nuevo me encontraba Magdalena en aquel lugar. Cuando me vio, su rostro mudó de color, pues no esperaba encontrar a nadie a aquellas horas de la madrugada en aquel lugar...
- Ah, eres tú.
- ¿Dónde vas a estas horas, mujer?
- La ansiedad me consume... No puedo dormir, no puedo esperar a que amanezca y a que las otras despierten... Me voy a prisa hasta el sepulcro. Supongo que allí seguirán los soldados romanos, ellos me abrirán la losa... Pensarás que es una tontería, una necedad de mujer melancólica, pero ardo en deseos de volverlo a ver, aunque sea muerto... Si ves a las otras, para que no pierdan tiempo en buscarme, les dices que he ido por delante, al sepulcro.

Y salió, corriendo, como llevada por la ligera brisa que acababa de comenzar...

Me quedé estático, a la espera de que amaneciese..., de que me amaneciese...

Un sonido, como de arpas celestiales y divinas, llegó, desde lo más hondo del invisible alba, que cabalgaba a lomos de la luz, hasta lo más profundo de mi corazón. Y la leve brisa del próximo amanecer transportó hasta mí, hasta lo más hondo de mis entrañas, aún con cicatrices, un agradable perfume de vida y de paz...

Suspiré...
Lloré...
Reí...
Después, también sigilosa, bajó la madre de Jesús...
Me miró hondamente a los ojos. Sonreía, pero callaba...
Le sonreí y, mirándole a sus hermosos ojos sin fondo, también callé...