viernes, 16 de octubre de 2009

EL PERDEDOR. ENTREGA 2ª




Primero fue la llamada telefónica.
Una noche del principio del verano, tras una dura jornada de trabajo, ella pretendió que salieran. Él estaba enfrascado en algún programa televisivo. No recordaba cuál, acaso alguna serie española, de esas que estaban tan de moda en los últimos años. Fue suficiente excusa. Ella, sin aparentar enfado, le dijo que llamaría por teléfono al matrimonio amigo con quien supuestamente habían quedado para ir a tomar unas copas, diciendo que no acudirían. Él, acarició la posibilidad de disfrutar de un par de horas más de soledad, por lo que le contestó que no anulara la cita, que saliera sin él.
Ella fugazmente sonrió.
Le conocía muy bien. Esa fue la primera pista. Y, en breves décimas de segundo, como si la escuálida mueca hubiera sido la señal que activó todos los resortes, sonó el teléfono. Su tono de voz se hizo, de pronto, cálido, denso, táctil, envolvente, repleto de suaves contornos esféricos, felino. En menos de un minuto, tuvo a su disposición las dos primeras pistas. La conversación fue intrascendente, concisa y breve, toda ella presidida como de un aire casual. Volvió (con terrible jaqueca) a las dos de la madrugada; o eso le dijo, pues él dormía tranquilo y profundamente.
Después, a las dos semanas, empezó a trabajar de un modo extraño. De pronto, sus horarios comenzaron a trastocarse por motivos a cual más extraño e insólito. Pero él se los creyó siempre. Por lo demás, nada cambiaba en su rutina, ni las disensiones, ni las discusiones, ni la incomunicación, ni la sensación de estorbo mutuo que se tenían. Casi como la caspa con la que uno convive por razón de su destino personal: molesta, pero intrascendente.
Un par de meses después (casi sin comenzar el otoño), un ascenso inesperado. Oficialmente (versión que escuchaba prácticamente a diario), una carga más que un premio, pues, en proporción, suponía muchas más obligaciones que la compensación económica que representaba. Comenzaron los viajes de fin de semana, los seminarios en lugares paradisíacos, las reuniones maratonianas a horas intempestivas. Es cierto que, cuando regresaba de los supuestamente aburridos viajes, traía las pruebas evidentes de la existencia de tales cursos, seminarios o simposios internacionales; pero, también era cierto que, en mitad del fondo de su mirada traía atravesado (colgado como un trofeo de caza) el espléndido brillo de un nuevo deseo que a él lo excluía. Y esa fue otra evidente pista, ¿la tercera, la cuarta?
Pero no se dio por aludido.
Tampoco lo hizo cuando, casi de modo imperceptible (aunque constante), ella renovaba el vestuario (incluso la ropa interior). Cada día se arreglaba con mayor esmero. Una mañana, mientras él se anudaba su aburrida corbata, y ella se abrochaba un hermoso sujetador transparente de encaje negro, le comentó jocosamente que si, porque era jefa, debía utilizar sujetadores tan eróticos para ir al trabajo. No pretendía nada. Fue un comentario espontáneo, casi sin pensar, sin más interés que el de resultar amable, al menos aquel día. Acaso, y como mucho, que ella supiera que se había dado cuenta de los cambios.
Ella enrojeció levemente. De nuevo, no quiso enterarse. Supuso que había reaccionado así por el eterno pudor que presidía sus relaciones. Un pudor que las había matado, o al menos así lo coligió.
Sin embargo, en su fuero interno, aquella fue la última prueba. Mejor dicho, la prueba definitiva. No necesitó ninguna más. De hecho, no recordaba ninguna más. Desde aquella mañana, sólo esperó el desenlace, por lo demás, conocido de antemano. Había asistido impávido al proceso de enamoramiento de otro por parte de su mujer. Y, mientras tanto, se escondió de la realidad creyendo cada una de las disculpas que ella le iba poniendo ante la mirada, como quien pone señuelos sin ánimos de disimular. Mentalmente (a veces, físicamente también), se repanchigó durante aquellos meses en primera fila del patio de butacas y asistió, entre divertido e incrédulo, a la representación que le ofrecían su esposa y el invisible amante.
La representación de su propio abandono. Nunca lo llamó traición.
Nunca lo sintió como tal.

15 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Quizá mañana aparezca más bien tarde a responder vuestros comentarios y participar en la tertulia si es que ésta se produce, pero es que no voy a estar conectado a la red preveo que hasta la noche.
Sé que no hay por qué decirlo, pero lo apunto sólo para que nadie se preocupe.

Gaspard dijo...

La mujer ve cómo las salidas de su marido a Londres se hacen cada vez más habituales, supuestamente para estudiar en el Museo Británico las Antiguas Civilizaciones. Ella sospecha que se trata de su última amante. Cuando una noche él vuelve a casa más entusiasmado que nunca por los indios desaparecidos, con gran despliegue retórico durante la cena, Rachel ya no tiene dudas: Sydney sigue poniéndole los cuernos. Es 'Contrapunto', menos conocida que 'Un mundo feliz', pero esta escena es ingeniosa.

Marian Raméntol Serratosa dijo...

Situaciones más que comunes, Amando. La incomunicación puede ser un veneno mortal, de echo lo es en la mayoría de ocasiones, en este caso es casi como un alivio, como la resolución definitiva de un dolor de estómago...

Un abrazote
Marian

Pilar dijo...

Dedicado a:
Los amantes enamorados, los matrimonios enamorados, los niños enamorados, las jirafas enamoradas, los elefantes enamorados de hormigas, las chicas enamoradas de chicas, las chicas enamoradas de osos, los toros enamorados de lunas, los árboles enamorados de flores, las flores enamoradas de estrellas, las lunas enamoradas de sueños, los Amantes de Teruel, Capuletos y Montescos, Calixto y Melibea, Cyrano de Bergerac, Gonzalo de Berceo, Corín Tellado, Ovidio, Eric Fromm, Bequer, Machado, Amando Carabias...

...y a todos aquellos que alguna vez en su vida han pensado que valía la pena luchar por un amor.

Y perdona Javier, me pierde el romanticismo y los boleros (te prometo una cañera en la próxima)

http://www.youtube.com/watch?v=d2xpONmCOEo

Besos abisales de una sirenita enamorada.
Pilar en su Pecera.

Pd.- Marián Raméntol, contra ese veneno hay un antídoto, ¿no crees?

Pepe Gonce dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Amando Carabias María dijo...

Gaspard:
Es que la vida misma dota de estas escenas a los guionistas, escritores, y este tipo de gente de mal vivir :).
Veo que la recuperación continúa y me alegro un montón.
Abrazos fuertes.

Amando Carabias María dijo...

De parte de Pilar
¿Cómo será en japonés?

Amando Carabias María dijo...

Marían Ramentol
A mi modo de ver, la incomunicación es el mayor de los venenos. No el único, pero sí uno de los más poderosos. Y además, a toda su perversión, le añade la lentitud. Y después de avanzado un trecho, cuando se llega a un pnto de no retorno, se vuelve la vista atrás y es casi imposible saber en qué punto comenzaron a separarse los caminos.
Esto claro, sin necesidad de que haya coronas que lucir en la testa.
Un besote.
A ver si esta noche me da tiempo a leerte que tengo pendiente el capítulo de tu novela y el artículo de La Náusea.
Un beso

Amando Carabias María dijo...

Pilar
¿Sabes...? Lo de la media naranja es uno de los deseos más arraigados en el ser humano. Creo que todos hemos luchado no una, cientos de veces por ese amor, pero a veces las batallas se pierden. Sin embargo, al final, las guerras se vencen. Algunas veces por mantener lo que se entendía por amor, uno ha dejado escapar el amor de su vida.
Por eso es una bendición encontar a esa persona que da sentido a tus días.
En fin, que muchas gracias por la dedicatoria y por la canción.

Amando Carabias María dijo...

Pepe Gonce
El tal Picapiedra, no entendió a Mármol... Claro que alguien le tendría que haber hablado de que en los armarios pasan cosas.
¿Por qué no se leerán lo de las camisas?

Amando Carabias María dijo...

Nuestra contertulia Alena Collar, como ya sabéis, publicará próximamente en el sello editorial POLICARBONADOS su tercera obra: "Estampaciones".
Ya se puede hacer la reserva del libro directamente a la editorial:
Desde aquí a La Clandestina

Isolda dijo...

Me gusta el relato, me gustó ya el primero.
Son situaciones muy comunes, cierto; sin embargo no concibo cómo se llega a ellas sin poner remedio. Si se ama profudamente, no se dan, pase lo que pase y si llega la rutina, para qué seguir.
Sin amor ya sea en pasado, presente o futuro, no se puede vivir. El amor es alimento para nuestras almas, sin él morimos por dentro.

Pilar eres una romántica, como yo.
Hoy me voy a esmerar y os dejo otra de los Panchos a todos.

http://www.youtube.com/watch?v=-_X07NVY3-A
BBB (besos bailando boleros)

Amando Carabias María dijo...

De parte de Isolda

Amando Carabias María dijo...

Isolda:
El asunto es que esta cuestión es de dos. Quiero decir que a veces los ritmos y las causas no son los mismos... Ni quizá a veces la fuerza del amor, o del supuesto amor. Y muchísimas veces la rutina es más poderosa que la razón. Quiero decir que es cierto eso que afirmas: cuando llega la rutina para qué seguir... Pues el problema es que muchos no se dan cuenta y siguen, porque a lo mejor los cambios asustan... O más que los cambios la perspectiva de la soledad. Aunque muchas compañías sean soledades compartidas, al menos tienes alguien con quien hablar del tiempo.

isabel sacristan dijo...

Cuando de forma abstracta se analiza la rutina en una pareja uno piensa:"A mí no me pasaría esto, lucharía por mi relación". Pero es que la lucha ha de ser de dos, y cuando la rutina está establecida, es muy dificil encontrar adversario para luchar contra ella.
El protagonista parece ser sólo espectador de su vida, lo cual me tiene un poco trasconejada(expresión cinegética, no asustarse). Estoy esperando con mucho interés la siguiente entrega. Un abrazo para todos.