miércoles, 28 de marzo de 2012

Reseña crítica sobre la exposición de Mariano Carabias





Sigo disfrutando de la exposición de mi hermano, "Los hombres que miran al sol". Continúo comprobando que su buen hacer pictórico llega en gran medida a quienes se aproximan hasta el Torreón de Lozoya de Segovia para acercarse a su propuesta. En algunos, incluso, se generan conversaciones y encuentros realmente enriquecedores.

Ahora simplemente os dejo el enlace de El Adelantado de Segovia de hoy mismo, en que aparece la reseña de la exposición, firmada por Rodrigo González Martín, crítico de arte del periódico. Podéis pinchar AQUÍ Y AQUÍ enlazáis con su blog.


Hasta el día 8 de abril permanece en abierta esta muestra. Os esperamos.



El pintor y el bloguero ante el retrato de nuestro
padre (Foto María Jesús Llorens el pasado viernes 23 de marzo)

domingo, 25 de marzo de 2012

III Día Mundial de la Poesía en Segovia. (Crónica atítpica)


Imagen del ciprés plantado por San Juan de la Cruz


Imagen © María Jesús Llorens (24/03/2012)





Y luego el sol de la tarde, a lo lejos, detrás de los muros de las viejas casas, de los viejos edificios, de la vieja iglesia que, como un imán calizo es el vértice del viejo barrio, uno de los más antiguos de la ciudad, próximo quizá a cumplir mil años de nada. Momento de las despedidas, los abrazos, los intercambios de direcciones o de nombres o de letras son el colofón de un día que, como las muñecas rusas, podría tener muchos perfiles sobrepuestos hasta que se alcanza ese núcleo sólido, de hierro, imbatible por el tiempo y las distancias y que, al final, a todos nos une y, acaso, nos explica o, al menos, nos ordena.
El recital ha sido ameno, un éxito. El entorno, la iglesia románica de San Quirce —hoy sede la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, criatura cuyo embrión, la Universidad Popular, plantaron, entre otros, Zambrano, Quintanilla, Machado…—, ayuda en su belleza de líneas puras, en su espacio adecuado. Los poemas han sido leídos más que correctamente (casi todos). Variedad en todo (acentos, voces, ropa, temas, estilos, tonos, metros…). Ilusión, intensidad e incluso emoción. Los interludios musicales de temas renacentistas a cargo de Pablo Zamarrón y Miguel Abad lo justo para oxigenar la atención sin romper la continuidad del acto, como una ilustración sonora que no pretende ser la protagonista y al no pretenderlo acaba siendo un elemento inseparable del recuerdo de los asistentes a un acto que, me parece, ha sido el mejor de los tres hasta ahora celebrados. Es probable que asistir como mero espectador me haya permitido gozar mucho mejor de las dos horas, y es que al no tener que pensar en leer mis pobres versos, podía paladear sin nervios o distracciones los del resto, los de los treinta y ocho poemas seleccionados.
Pero antes, han pasado tantas cosas: tantos versos, tantas sonrisas y risas, tantas conversaciones que se han perdido en un ascenso envuelto de volutas de humo, en la única sala pública que existe para el gremio de fumadores, tantas emociones, tanto sol, tanto asombro…
A pesar del cinismo de este mundo en que vivimos donde la mirada autista es uno de los riesgos más evidentes que nos lleva hacia el precipicio, hay determinados acontecimientos que terminan por enderezar nuestra cabeza y consiguen que nuestra mirada, al fin, se fije en la inmensidad y nos haga comprender (y disfrutar), aunque sólo sea por unas horas, que somos hormiguitas un poco despistadas.
La celebración del III Día de Mundial de la Poesía en Segovia, ha sido una jornada que uno definiría como depurativa, una jornada para encontrar la perspectiva, para recordar dónde estamos, sí, pero para intuir al menos que nuestra gota de poesía es una más (nada menos) de un océano indescifrable, infinito, inabarcable.
El año pasado recorrer el hogar de Antonio Machado en estas tierras, esa humilde pensión de la calle Desamparados, donde tuvo habitación durante doce o trece años, creo que nos ubicó en un punto similar de la geografía. Este año recorrer y escuchar, el territorio hollado por los pequeños pies de Juan de Yepes, también conocido por san Juan de la Cruz, y contemplar el paisaje que sus ojos vieron, pero su alma convirtió en esos versos que a todos nos reviven, ahonda en esa idea: somos una gota, poco más. Sólo eso, nada menos que eso…

Imagen © María Jesús Llorens (24/03/2012)

El sol del mediodía, la brisa cálida, el eco de las campanas de la hora del ángelus, la sierra de sábanas blancas, la ciudad próxima y ajena, junto al esqueleto del ciprés que el plantó, en lo alto del roquedal que hace de espalda a las propiedades conventuales, algunos versos como semillas de infinito… Y entretanto, mis ojos han descubierto las veloces carreras de las hormigas como desorientadas o aturdidas por la visita de tantas personas. Acuclillado nada cambia: el sol, la brisa, el eco, la sierra, la ciudad, el ciprés, el roquedal, los versos… Sólo estoy más cerca de las hormigas que siguen desorientadas, que se mueven entre asustadas o ansiosas o despistadas, quizá hambrientas, quizá buscando el alimento preciso después de la invernada, porque acaso hoy sea el día en que han abierto el túnel de su hormiguero, acaso hoy sea la primera mañana de luz después de tantos días enterradas.
El sol, la brisa, el eco de campanas, la sierra, la ciudad, el esqueleto del ciprés, el roquedal, la semilla de sus versos, las hormigas…

jueves, 22 de marzo de 2012

El Cuadro (Entrada de mi diario del 6 de noviembre de 2011)


Yo estoy con vosotros


Acrílico sobre lienzo. 200 x 110 cm. Octubre 2011
El cuadro se puede contemplar en la exposición
que hasta el 8 de abril se celebra en el Torreón de Lozoya de Segovia


Ya nos íbamos, como quien dice, cuando se acordó Mariano de que no me había enseñado el Cuadro.
Nada más llegar habíamos visto, aunque fuera por encima, cómo había avanzado el trabajo de los últimos meses. Desde mediados de julio, antes de la exposición en Tenerife, no habíamos vuelto a ir por su estudio. Habíamos comprobado que el tamaño pequeño de sus tablas, ha dado paso a un formato mayor, quizá de dos metros por uno, o por uno veinte. No sé calcular con precisión. Un formato que le ha provocado obras dispuestas en vertical, a modo de puertas. Avanza mucho, intensamente, sin ruido, pero con constancia, aprovechando cada hora disponible, cada granito de inspiración.
El cuadro estaba de cara a la pared, oculto a las miradas, tras otro de los tres o cuatro en los que ahora trabaja. Siempre le gusta tener más de uno avanzando o caminando, como si al dejar uno, pudiera pensarlo mejor al ir sobre otro, y viceversa.
Los volúmenes de los rostros y las manos se adensan, adquieren contornos que les acercan a la escultura, a la carne, se apropian de la pesantez propia de los cuerpos que trajinamos nuestros afanes por este planeta. Entretanto, los ropajes se hacen etéreos, leves veladuras de diversos colores que, si acaso, dibujan algunas figuras geométricas más bien caprichosas que invitan o proponen al espectador que piense en el movimiento, en el sutil adorno o estampado que tantas telas tienen. Pero, en realidad, habíamos visto dos o tres lienzos que son aún bocetos, criatura en formación, embrión de lo que ha de ser cuando sea.
Y le dimos de la vuelta. Es ligero, a pesar de sus dimensiones.
El día, como siempre que vamos a Basardilla, se convierte en un viaje al sosiego, un viaje como un brasero para el corazón. La lluvia que parecía caer más cercana a nuestras cabezas, como si las nubes hubieran sido empujadas hacia abajo unos cientos de metros, la luz de fuera siempre fue escasa, una luz cansada, una luz distraída, como con jaqueca, que no impidió, sin embargo, apreciar el trabajo de platero que el otoño está haciendo sobre los fresnos del jardín y de orfebre sobre el resto de los árboles y arbustos. (Realmente la jaqueca era la mía, que se acercó poco a poco, a medida que el vino del Penedés y el cava se pusieron a echar carreras por el circuito de mi venero).
[... / ...]
Y el cuadro me acogía, me llamaba, me invitaba a entrar en su regazo.
Este cuadro tiene muchas referencias a la tradición de la pintura europea desde los tiempos románicos en que el pantocrátor presidía los ábsides de los templos. Y referencias a Velázquez en la luz que nace al fondo de la escena, por la izquierda del espectador, o a Tiziano en la parte del celaje de la derecha, o todo el Renacimiento y lo que vino después –culminado en Velázquez-, con esa perspectiva, que hace mucho tiempo Mariano no utilizaba en sus lienzos, dotándole a éste de un fondo que habitualmente no existe…
Este cuadro, aunque pintará otros mejores, es el que más me ha llegado de su obra, y muchos lo han hecho. Es un cuadro resumen de la teología más humana, de la mística más pura, un cuadro en el que las iglesias –cualquier iglesia- puede comprender que su misión es baldía, salvo para justificar el afán de poseer voluntades y acrecer poder y miserias. Una misión que más tiene que ver con prostituir la verdad que con proponerla.
Si el resucitado que expuso en octubre pasado en Segovia, me impactó y me invitó a pensar en la luz, en la eternidad, éste me ha emocionado hasta la conmoción. Un cuadro ante el que uno puede pasarse horas contemplando la esencia del misterio de la salvación, porque están unidas la luz y la cruz, sin que se vea por ninguna parte ese patíbulo romano, sino sólo algunas de sus consecuencias, como una referencia al pasado ya superada, ya casi anecdótica. Un cuadro en el que uno ve y siente quietud y movimiento al mismo tiempo, en el que uno se siente invitado a entrar, a recorrer ese camino de luz azul que ocupa todo su centro y que desemboca en un horizonte apenas esbozado, un horizonte casi velazqueño de verdes, blancos, amarillos, cárdenos, que a mí me recordaron la entrada a un maravilloso lugar, un lugar del que no querré regresar, casi seguro, suponiendo que a él llegue. Y esas manos, abiertas como las abre un padre al invitar a su hijo pequeño para que acuda a él riendo y saltando, esas manos que son uno de los mejores estudios anatómicos que le recuerdo a Mariano, esas manos donde la señal de los clavos, casi ocultas entre la sombra y el borde de una manga que roza las muñecas, esas manos poderosas y tiernas, firmes y acogedoras… ¡Cuántas veces habré escrito sobre mi deseo de no ser arrojado de esas palmas, o de ser sostenido por ellas! Y ahora están ahí, en ese lienzo, en el que, a pesar de mis hechuras, quepo entero.
Pero mentiría si no dijera que es el rostro quien vence todas mis resistencias, esa cara es la que me llamó desde el fuego de sus ojos negros e intensos y, al mismo tiempo, serenos. Un gesto que es la pura propuesta, la paz y la ternura que sabe a pan o fruta madura recién arrancada del árbol, no al dulzor empalagoso de algunos pasteles que acaba por repugnar. Quizá la palabra sea serenidad absoluta, absoluto equilibrio. No hay contrapartida, quiero decir, no hay amenaza o sufrimiento por ningún lado, no se lee en ningún sitio del cuadro algo así como, 'Si no vienes a mí serás condenado'. No, no hay nada similar. Es pura propuesta, repito.
“Mírame. Ven. Te quiero, así, como tú eres. Acércate que no te pregunto, sólo voy a apuntar el peso de tu sufrimiento. Si estás ahí y lo quieres, ven. Mira, asómate, detrás de mí encontrarás lo que en verdad estás buscando”.

lunes, 19 de marzo de 2012

Los andamios de los pájaros



                              "Míriam"
© Mariano Carabias María, Acrílico sobre tabla. 68 x 60 cm. Principios de 2010

   
             
                 — I —
Su gesto firme, anclado en la retina,
no nació en la ribera de este tiempo,
lleno de contracturas y osamentas,
sino que es singladura inabarcable,
alejada frontera de un abismo.

Brotó nuestro ademán desde las aguas,
el rostro encontró al gesto como un parto de luz,
y por fin esa mueca, rompiendo mil cadenas,
nos convirtió en humanos.

Sobre la juventud de su piel vuela
el perfil de la historia,
rictus firme y sereno de otro siglo,
cuando era prohibición de mitras
sentir la piel volcán en llamas,
cuando era privilegio de orates o poetas
soñar con los amores imposibles,
cuando era peligroso satanás
acariciar las pieles con ternura,
cuando nacer mujer era castigo,
y cuando disentir era el menú preciso
que alimentaba hogueras siempre hambrientas.

Su imagen es icono al desafío,
al sueño de un futuro en que la vida
es presente continuo,
dejando que el pasado
nos tatúe la piel, no la mirada.
Es grave su actitud serena,
un aplomo de siglos decantados
sobre su corta vida,
como un amanecer por estrenar.

                         —II—
Es y no es la criatura que otorgó
a mis brazos su mejor sentido.
Es y no es la muñeca a quien cantaba
romances extraviados en estrellas.
Es y no es esa nuca que tornaba
muelle almohada mi codo.
Es y no es ese llanto torturado,
pesadilla en la mente de la noche.

No me cuesta pensarla
mandando fortalezas de ilusiones,
o palacios de sueños,
o a lomos de caballos de charol
disparando las flechas de la luz.
Incluso la imagino
en mitad de oleajes, sobre la piel del agua,
contemplando los surcos de vidas en el mar,
y también los andamios de los pájaros
sobrevolando anhelos de justicia.
Ya nadie aventará su decisión
difundida en el gesto firme.
Arrostrará la vida y sus galernas,
navegará buscando su destino:
seguir al corazón es lo que importa.

Me detengo en el vuelo del pincel,
descubro como un eco su sonrisa
que en la infancia nutría mis afanes.
Quizá sea de niebla mi mirada,
vencida por el miedo,
o tal vez necesite sajar mis cataratas
que impiden a mi espíritu
mirar con placidez su sonrisa, su cariño.

Sus ojos ya han volado, acaso para siempre,
y se han encaramado al brocal del futuro,
como elevan los pájaros andamios
sobre brisas y vientos y tormentas.

martes, 6 de marzo de 2012

Domingo, 4 de marzo de 2012


Baraquiel. La bendición del amor. 210 x 105 cm Acrílico sobre tabla 2011
(Imagen tomada del catálogo de la exposición 


Exposición en el Torreón de Lozoya de Segovia 

del 2 de marzo al 8 de abril, ambos inclusive)






Amanece el domingo con ganas de lluvia, y sería bueno, incluso hermoso, que estas gotas cansinas que ahora humedecen a trechos el pavimento, no se quedaran solas en su paseo, y fueran acompañadas por muchas de sus hermanas.
Y dado que surge así el primer párrafo podría hablar de la miopía urbanita, aunque se trate de una urbe tan pequeña como Segovia, que con frecuencia pierde la perspectiva de lo que importa… Pero se trataría de una divagación que poco tiene que ver con las emociones que aún palpitan con avidez dentro de mí.
¿O no tanto?
Y es que las últimas dos jornadas, han sido como una recarga de baterías que ya iba siendo necesaria. En realidad la semana completa ha sido algo así, una ingestión de vitaminas para el alma, quizá —como un miope urbanita— se había perdido en sus propio anodino ritmo, olvidándose de los ciclos importantes… Es como si me hubiera faltado algo de lluvia, como si mi embalse ya anduviese bastante escaso y aún no me hubiese percatado, aunque alguna señal ya había percibido uno.
De los días de la semana pasada he dejado rastro en estas páginas, esos encuentros en torno a la amistad y los versos (incluso los míos —cada vez que recuerdo mi lectura en casa de Elvira Daudet con su atenta escucha y la de Paloma—, me pregunto por las razones de mi suerte, por qué este privilegio).
Por ello ahora me centro en estos dos últimos días, cuando la intensidad de la emoción ha encontrado un diapasón más tranquilo, una zancada que ya no es galope, sino trote tranquilo que me ha de llevar lejos, o eso espero.
La exposición de Mariano está siendo en sus primeros días un gozoso momento de reencuentros, de los que me estoy aprovechando con avidez para recargar los acuíferos de mi interior.
Hace seis estaciones, en el principio del otoño de 2010, cuando mi hermano colgó en los muros del Colegio de Arquitectos su anterior exposición segoviana (luego ha habido otra en Tenerife que no pude ver, aunque conozca parte de la obra expuesta), ya pasó algo similar; pero no fue tan intenso, quizá porque mi propia situación personal era diferente, y no había tanta sequía.
Sin embargo en este final del invierno de 2012, la cosa es bien distinta…
¿Influirá en algo el uso de las redes sociales, de la informática en general?
Es incuestionable. Sin ellas quizá algunas de estas personas no habrían llegado del mismo modo. O sí. No lo sé, lo que sé, y puedo constatar, es que ellas lo están facilitando, y están consiguiendo trazar una especie de autopista que consiste en acortar la distancia física. Cada uno vive su trato con Internet como quiere, es evidente, pero a mí me sirve (o quiero que me sirva) para que se puedan mantener amistades, como se mantienen con quienes habitan tu propio entorno.
¿Influirá en algo el tema genérico, y el modo potente de exponerlo, que recorre toda la exposición, como un hilo que sirve de hilván a cada uno de los cuadros y pequeños objetos que llenan sus salas?
Estoy seguro. Es más, creo que es la razón más importante, la razón sin la cual el resto de condiciones no pueden desembocar en lo que están desembocando. La razón que viene a completar el punto de arranque.
Uno cuando accede a la sala de las Caballerizas del Torreón y comienza a contemplar la obra que viene trabajando desde octubre del año pasado, se topa con muchas cosas, pero todas ellas —a poco sensible que se sea, y a poca vida que se haya vivido— conducen a desnudarnos de vanas etiquetas, a plantearnos las cuestiones que realmente importan, aquellas que tienen poco o nada que ver con el ritmo cotidiano que es tan necesario, pero a la vez tan absorbente… Y al sentirse interpelado por estas obras uno comprende dónde está lo importante, dónde está lo esencial; y, a continuación, sucede el prodigio, está sucediendo el prodigio, se desanudan los marasmos, se diluyen los grumos de tierra, y fluye el agua, de pronto, las conversaciones tienen que ver con algo que habitualmente no transita a través de nuestros labios, pero a todos de un modo u otro nos ocupa el corazón.
A mí me emociona mucho recorrer la exposición. Ya lo he hecho cuatro o cinco veces, y van a ser muchas más. El impacto que me produjo la primera, casi en soledad, será irrepetible, pero cada uno de los recorridos me ha hecho descubrir algo nuevo, un matiz que, como un regalo, procuro atesorar.
Sin duda el más importante es hacerlo junto a otros ojos. En este caso los de mis primos, y pronto han de ser los de los amigos que ya espero. Y el encuentro con nuestros primos (el viernes por la tarde, ayer sábado) ha sido esa lluvia tranquila, densa, fina, la que llena despacio los manantiales, la que se cuela profunda y tranquilamente por los surcos de los días, la que terminará enriquecida llegando a mi embalse.
Y también sucede que asistir a este paseo junto a alguien que es —y repito sus palabras— una página en blanco respecto de la obra de mi hermano, ya que la desconocía totalmente, sirve para comprender hasta qué punto todas estas intuiciones o sensaciones antedichas, no son fruto sólo del cariño, que es el grado más alto de subjetividad, ya que es la perspectiva menos objetiva que existe.
No se trata aquí de desvelar lo que a mí no me compete, pero ante determinadas obras casi unánimemente se producen reacciones ajenas a la indiferencia, y limítrofes a la honda emoción. Y quizá sea éste el baremo básico para establecer la calidad artística de una obra.
Y después, como recién salidos de un baño purificador, o saciada la sed de dentro, surge la fiesta, esa alegría que produce el encuentro, el reencuentro y las horas pasan sin sentir, espléndidas.
Recorrer algunas calles de la ciudad, abrazar con los pies los senderos de la Alameda camino del Monasterio donde tantos recuerdos sobrevuelan y se ciernen entre los hermosísimos recovecos de las estatuas de alabastro o las de madera policromada, sirve para rematar una jornada especial, muy especial, densa, muy densa.
No va a ser la única. Y al igual que vivo con intensidad los momentos delicados y complejos, dejadme que viva con el mismo vigor estos días... y espero que no os aburra mucho que os lo siga contando...

sábado, 3 de marzo de 2012

Sendero




Hacerme aurora 
por ser sonrisa.
Hacerme tarde
por ser hoguera.
Hacerme ocaso 
por ser espejo.
Hacerme noche
por ser silencio.
Hacerme tierra 
por ser entraña.




viernes, 24 de febrero de 2012

Nueva exposición Mariano Carabias: "Los hombres que miran al sol"




Foto del cartel de la Exposición

Así es, nuevamente mi hermano Mariano Carabias vuelve a ofrecernos una muestra de su incesante obra, de ese proceso que le lleva día a día a tomar el pincel con el afán de compartir con nosotros una obra en constante marcha.

LUGAR DE LA EXPOSICIÓN: Torreón de Lozoya (Obra social de Caja Segovia) Plaza de San Martín nº5
INAUGURACIÓN: 2 de marzo de 2012 a las 20,00 horas.
CLAUSURA: 8 de abril de 2012
HORARIO: Laborables de 18,00 a 21,00 horas.
                    Sábados y festivos de 12,00 a 14,00 horas y de 18,00 a 21,00 horas.
                    Lunes cerrado.
Esta vez, como novedad, también hay que señalar que la exposición gracias a la obra social de Caja Segovia se convierte en itinerante.
Del 20 de abril al 20 de mayo se podrá contemplar en el Centro Cultural "Cronista Herrera" de Cuéllar.
Del 1 de junio al 1 de julio viajará hasta el Centro Cultural de Santa María de Nieva

Os dejo el hermosísimo texto que el escritor y cineasta Raúl Rodríguez ha escrito para el catálago de la exposición.
Os esperamos a todos

Un día
Mariano salió al encuentro con algo
y al volver nos habló de los hombres que miran al sol.
Puede sonar extraño, pero así es. Aunque no es fácil poder describir este
recorrido, se puede decir que quizás eso sea una elevación de su alma,
quizás un encuentro profundo con el amor, o quizás se trate de un
vuelo sobre los días y las noches, un vuelo sin tiempo.
Sin duda es una toma de conciencia, comprender algo de una vez para siempre.
Pero lejos de haberse dejado atrapar por la soberbia y el apartamiento,
ha sucedido todo lo contrario, y es que en su humildad,
a través de sus cálidas manos de pintor forjado en soledad,
ha dejado que el cáliz de la vida derrame esta extraordinaria genealogía
donde están descritas con formas y color las propias raíces del cielo.
Hoy, día de nieve en Segovia, he encontrado a Mariano en su estudio
poniendo marco a todos los cuadros de esta exposición,
con su mono de trabajo, en zapatillas.
Contento. Sonriendo.

Raúl Rodríguez

miércoles, 22 de febrero de 2012

Hoy voy a llegar tarde a mi cita con la vida



Ni soy demonio ni ángel moribundo.
Soy relato incompleto cuyo fin ya está escrito,
aunque aún desconozca su argumento.
Soy frágil y soy fiera.
Soy barro y fuego en sangre alimentado.
El espejo no entrega sus mensajes,
o son como la niebla: tan densa que me oculta
la luz que necesita mi mirada de túnel
llena aún del gusano de mi nicho.
Cuando era territorio de inocencia
murieron las semillas que esparciste
pero no me hice grano con que
otros aliviaran su cansancio
enterrando el dolor y su miseria,
haciendo de mi puerto su refugio.
Creí ser cordillera que roza las estrellas,
sin embargo mi fuerza y mi estatura
eran las de un gusano subterráneo.
Cómo evitar, Dios mío,
este peso que aplasta mi mirada
hacia los alacranes,
a la ciudad osario donde cabalga el odio,
donde tantas caricias se convierten
en viscosos fangales para farsas,
donde la espada nace en la sonrisa
y la muerte camina por las calles.
¿Basta mirar la luz de la alborada
que todo lo embellece como un sueño,
sin poner las pupilas y los dedos
en la herida siniestra
por donde se desangra el ser humano…?
¿Basta mirar la luz de la alborada
para olvidar el miedo y la ignorancia,
para olvidar cegueras o egoísmos…?
¿Basta mirar la luz de la alborada y
cerrar el ventanal de la conciencia
que evita el sufrimiento?
Hoy voy a llegar tarde a mi cita con la vida,
pero sólo me importa
la lectura correcta del azogue
y constatar mi ausencia en esta página,
porque la biografía que esfuminan
los renglones de piel
que asoman tras la bruma,
es la caricatura del miedo o del olvido
y no me reconozco,
y me alcanza este miedo inexplicable,
como un temible alud de mi pasado…
A pesar del susurro adormecido,
hoy voy a llegar tarde a mi cita con la vida. 

domingo, 19 de febrero de 2012

Lugares con Historia: El Monasterio del Parral. Segovia



Vista del Monasterio de El Parral.

HAY EN SEGOVIA un dicho popular que afirma: “de los huertos al Parral, paraíso terrenal”. Probablemente quien no haya visitado el enclave al que hoy me referiré, o no sea segoviano no entenderá su significado. Hace referencia a uno de los espacios más frondosos de la ciudad, extramuros de la misma, junto a la ribera del Eresma y que arranca junto a la iglesia de San Marcos y concluye en el Monasterio y alameda de El Parral.

Elevado sobre el lado derecho del Eresma, junto a la alameda que lleva su mismo nombre, muy próximo a la recién rehabilitada Casa de la Moneda (de la que algo escribiré en otro artículo de la serie), nos encontramos con una construcción monacal edificada por orden de Enrique IV cuando aún era príncipe.

(Para leer el resto del artículo pulsa sobre este ENLACE)

domingo, 12 de febrero de 2012

Muy dentro de su lágrima




Debería fundirme en el silencio,
muy dentro de su lágrima,
en su invisible médula
y acallar este estruendo de navajas
que me impide escuchar
cómo crecen los pétalos futuros,
o cómo me susurran tantos muertos
a través de senderos embarrados.
Debería fundirme en el silencio,
muy dentro de su lágrima,
beberme sus esencias,
y acallar las espinas que transitan
sobre la piel del aire
y me ciegan la línea del mañana,
y me enturbian la sombra del recuerdo
pretendiendo que olvide tanta sangre.
Debería fundirme en el silencio,
muy dentro de su lágrima,
sintiendo su latido,
ese pulso invisible del planeta
eco de los redobles
de todas las miradas con mordaza
las que hoy nacen heladas por el pánico,
las que entonces mataron sin piedad.
Debería fundirme en el silencio,
muy dentro de su lágrima,
y que toda su lluvia
de memoria fecunde mi argamasa
cubriendo mi presente…
No quiero ser la sombra del vacío,
ni quiero ser un surco de cizaña,
ni quiero ser un páramo de olvido…

viernes, 10 de febrero de 2012

Nada, absolutamente nada, es por casualidad



Nada, absolutamente nada, es casual.
Leer las noticias que se han ido desgranando este día, una tras otra como pedradas contra la libertad y la justicia, me vienen a confirmar una vez más todos mis temores más pesimistas, sobre este sistema, sobre este país, sobre este Continente, sobre el Mundo.
Nada, absolutamente nada, es casual.
El camino está trazado. Es cierto: en dos días se puede destruir el trabajo de muchos años, el sacrificio de muchas personas que se desvelaron y dieron con sus huesos en la cárcel o en las fosas, por conseguir un mundo más justo, por lograr que cualquier ser humano tenga las mismas oportunidades con independencia de su posición, de su economía, de su ideología, de sus creencias, pero aún así, hasta los muertos acabarán por levantarse de las cunetas y alzar su voz inextinguible.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Alguien ha decidido que la igualdad, la justicia, la democracia son inminentes peligros para sus intereses. Somos todos iguales, pero uno son más iguales que otros, parecen afirmar. Ya está bien de cualquiera pueda aspirar a señalar con su dedo a culpables de corrupciones, delitos, o mentiras. Mantener el rito y la fórmula es lo único que les interesa, el contenido mejor derrumbarlo desde los cimientos, socavarlo para que no se pueda levantar.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Quizá en las próximas generaciones consigan sus metas, pero con nosotros no lo van a conseguir. O no lo van a conseguir plenamente, a pesar del adocenamiento en el que vivimos. No es posible que piensen, por más que sus palabras se disfracen de sacrosantos pilares de los estados de derecho, que nos han podido convencer, o engañar. Nadie se puede creer tanta torpeza cometidas por persona de demostrada inteligencia y conocimiento.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Y lo de hoy es sólo el primer aviso. Lo sabemos. Sabemos que la verdadera pretensión es otra. Pero los muertos clamarán desde nuestros surcos, y el robo del bien común por parte de uno pocos no ha de quedar impune.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Intentan que lo público se pudra, se cercene, se esquilme de tal modo que sólo la gestión privada satisfaga a unos pocos privilegiados, para así mantener puras e intactas sus castas. Y van dando pasos, quizá aún con nuestro silencio cómplice e hipnotizado por el miedo y el espectáculo de vísceras expuestas en los altares coloreados de nuestras salas de estar.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Pero la historia del ser humano es imparable. Por más que se empeñen, la escalada hacia la cima de la libertad y de la justicia no ha cesado desde siempre. Y continuará. El progreso es imparable. Quedarán cadáveres exangües en los senderos, caerán los mejores por los más altos precipicios, pero aún así, seguiremos avanzando. Muchos moriremos antes de alcanzar a contemplar la tierra de promisión.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Los dinosaurios eran invencibles. La formidable construcción de su arquitectura los hacía inexpugnables. Hasta que desaparecieron y dieron paso a otras criaturas. Tienen miedo. Su carrera conduce hacia el abismo, y lo saben, salvo que consigan convertirnos en bueyes uncidos a su yugo. Pero no lo van a lograr, porque la historia es imparable, porque somos más, porque la verdad está de nuestra parte, porque la fuerza de la verdad y de la solidaridad acabará por derrotar su arrogancia.
Nada, absolutamente nada, es casual.

lunes, 6 de febrero de 2012

Fueron tan importantes





Fueron tan importantes los pájaros de la niñez,
sus plumas de colores imposibles,
ceñidas a la cresta de las neuronas virginales,
y a la confusa alfombra de los oídos,
cuando el futuro era la única posibilidad
de seguir con vida
y todas las preguntas, telescopio buscando estrellas.
Fueron tan importantes los soldados de la niñez,
dispersos por la mesa césped de la cocina,
la mayoría muertos de muerte inexplicable,
pues nunca eran capaces de permanecer en pie,
salvo instantes fugaces de resurrección,
cuando mis dedos
eran la voluntad de un dios dubitativo e impaciente.
Fueron tan importantes las lágrimas de la niñez,
su sabor como un eco del mar desconocido y lejano,
color de aire engarzado en espejos cálidos,
cuando algunos presentes porteaban en su filo
los jirones de piel muerta, como una sombra
desgarrada y tendida
sobre algunas agujas de los primeros minutos a mi espalda.
Fueron tan importantes los libros de la niñez,
sus ritmos de veleros o de globos rumbo a los adentros
hacia extraños lugares esparcidos en tiempos y espacios,
y rumbo a recovecos sombríos o luminosos
de mi interior pequeño, donde hallaba territorios inéditos,
viajes en que el tiempo
cambiaba su sustancia por una eternidad invulnerable.
Fueron tan importantes las heridas de la niñez,
su barboteo oscuro y ácido, a veces incansable,
como lengua de fuego sin brillo donde palpitaba el final,
como un sendero rojo por el que algo importante huía y
donde el dolor se hacía tan concreto como un beso,
y donde aleaba
el pulso de una sombra que yo creía ajena a mi esencia.
Fueron tan importantes las enfermedades de la niñez,
su ensayo de agonía y vértigo interminable
aupado en los pináculos de un abismo sin fondo,
y la carne aplastada contra el desánimo incoloro,
como un surco baldío, envenenado de sudor y miedo
donde se desgranaban
losas inexpugnables sobre párpados y piel, toda la piel.
Fueron tan importantes los besos de la niñez,
su esencia de argamasa palpitante y luminosa
incansables dovelas sobre las que apoyar
el incipiente vuelo de mis días y mis noches,
en el hostil espacio del deseo como cordillera,
donde se alimentaba
el sueño de un futuro cimentado en luz de besos.

viernes, 3 de febrero de 2012

Oscurece en Edimburgo en Televisión Segovia


Me acaba de llegar el enlace de la entrevista que se ha emitido en estos días en TeleSegovia, me gustaría compartirla con todos vosotros. Y antes dar las gracias a Pepe, propietario de la Libería Entre Libros, que lleva el programa de libros de la cadena, así como a la propia cadena por mantener este tipo de programa.



 

lunes, 30 de enero de 2012

Fulgencio Argüelles: "A la sombra de los abedules", ecos de una lectura

Portada del libro   

Título: A la sombra de los abedules

Autor: Fulgencio Argüelles
Editorial: Trea, 2011
ISBN: 978-84-9704-551-3
Páginas: 252


He leído A la sombra de los abedules, novela escrita por Fulgencio Argüelles  y editada en 2011 por Trea, que me ha provocado íntimas satisfacciones lectoras y que no voy a reseñar, porque nuestra amiga bloguera Lammermoor ya lo hizo en su momento en La Esfera Cultural. Justamente AQUÍ podéis leer su comentario, que os recomiendo vivamente, más allá de mis propias palabras que sólo pretenden ser, y no sé si lo conseguirán, un eco de los latidos que en mi corazón provocó su lectura.
Antes de nada, decir que la novela fue un regalo inesperado que me hizo la propia Lammermoor y que recibí como uno de los obsequios realizados por los magos de Oriente.
A la sombra de los abedules me ha reconciliado con mi modo de entender la literatura que, por otra parte, y vaya por delante, no es el modo al uso, más bien es un modo contracorriente, como remar surco arriba una río de aguas bravas, es decir, la manera que mejor escinde al autor de posibles editores. Uno intuye, pero esto es una hipótesis indemostrable, que la novela vio la luz precisamente por estar ubicada en el tiempo y lugares históricos en que lo está. Más allá del modo en que Fulgencio Argüelles decidió darle forma, algo así como un miniaturista de las palabras y del ritmo y de las imágenes.
A medida que mis ojos avanzaban por la tersa y transparente superficie de los renglones que trenzan la historia de Melendo, Niria, Magilo, Flanio, Lena, etcétera, era como si me limpiara la sangre, como si bebiera del agua cristalina y limpia que quita la sed, como si ecos de Gabriel Miró, por ejemplo, reverberasen en mi torrente sanguíneo transportándome a mis diecisiete años. La prosa del autor asturiano en multitud de ocasiones prefería ser como los atardeceres de mayo o junio, casi infinitos, con tantos matices como si fuera capaz de descomponer ilimitadamente el espectro del arcoíris. Sus palabras son como la paleta de un pintor que usa todos los colores en cualquiera de sus matices, sin olvidar ni uno solo. Pero más allá de esa riqueza, está la poesía y la morosidad con la que disfruta y paladea los momentos, ese ritmo redondo y cadencioso. No le importa a Fulgencio Argüelles la premura con la que los lectores contemporáneos nos enfrentamos a los textos. Él, muy consciente de la esencia de su tarea, prefiere tallar o moldear con precisión lo que desea contar, sin que le tiemble el pulso, ni le trastabille el ritmo a la hora de extender una frase durante más de una página. Su fraseo es amplio, como son amplias esas puestas del final de la primavera o de los inicios del verano a que me he referido, y, sin embargo, esa extensión no se hace intrincada para el lector, no está basada en recovecos de oraciones que se subordinan unas a otras pudiendo confundir, sino que su cimiento es la conjunción, la adición en igualdad de condiciones de una oración a otra. Y el ritmo. Esa cadencia suya que, probablemente, haya conseguido tras muchos años de trabajo silencioso y duro y arduo.
Además está esa capacidad para la observación, para temblar emocionado con la contemplación de la naturaleza, con ese devenir del río, con las lluvias, las ventiscas, el rielar de la luna, el paso de las estaciones y la huella que van dejando en el aspecto de las luces, las sombras, los animales, las hojas de los árboles, y el propio ritmo de los hombres y mujeres que hacia el año 1000 nacían, vivían, amaban, se reproducían y morían por el territorio asturiano próximo a lo que hoy conocemos por los valles mineros. Ese principio de milenio en que todavía las viejas y ancestrales creencias pervivían e iban siendo subsumidas dentro de las creencias y prácticas de la Religión oficial, impuesta casi por la fuerza…
Leyendo, diez siglos más tarde, sobre aquellas creencias que despectivamente nos enseñaron a denominar precristianas, uno se da cuenta de que, con independencia de su certeza o no, están llenas de sabiduría y de sensatez, aunque en muchos casos los avances científicos, tecnológicos y técnicos las postrarían al nivel de ritos poco menos que decorativos. Sin embargo, poniéndonos, como hace Fulgencio Argüelles y como debe hacer cualquier escritor, en la piel de los protagonistas (en especial me refiero ahora a Magilo, sin duda el personaje más trabajado y querido por el autor aunque no sea el personaje principal de la historia), aquellos hombres y mujeres que habitaron Asturias, la Iberia, Europa, el mundo entero, eran tan sabios como lo somos nosotros mismos, puesto que ellos aprovechaban al máximo los conocimientos que tenían y se preguntaban cosas y en la capacidad de preguntar y en la búsqueda de la respuesta desde siempre ha anidado el mecanismo mediante el cual ha evolucionado la humanidad, y cualquier civilización ha crecido elevándose sobre el cimiento de las preguntas a las que se buscan y se encuentran respuestas. Y esta es, probablemente, la razón por la que las culturas o pueblos de antaño veneraban a sus ancianos, pues en ellos se atesoraba la sabiduría que se había ido transmitiendo de generación en generación.
Uno, desprendido de prejuicios, mejor dicho con el aval de la reseña de Lammermoor, ha sentido que se puede disfrutar de un texto narrativo que a la vez linda con la lírica en muchos momentos, un texto sin enredos especiales en el argumento, un texto en que importa la palabra –su cuidado, su moldeado, su pulimentado continuo-, un texto en que el ritmo de zancada amplia y ritmo sosegado nos lleva lejos, porque nos lleva, como las raíces de los árboles, a las honduras del corazón humano. Ésa es la verdadera historia, el verdadero quid de la narración. En realidad el núcleo de la novela es enfrentar dentro del corazón de un joven que ha de dirigir los destinos de muchas personas, el cristianismo del año 1000 (pujante y avasallador y ávido de poder) a los últimos restos de los cimientos religiosos o filosóficos o culturales o de costumbres de los primitivos pueblos astures que pervivieron incluso tras la romanización de aquellas tierras. Que el lector vea a través de los ojos de Melendo el mundo y reflexione sobre sus realidades perennes, aquellas que aún mil años después perduran, es el logro de Fulgencio Argüelles. De algún modo una novela de iniciación, porque el protagonista es un joven, casi un adolescente en el momento en que la vida se muestra a su ser en todo su esplendor, y con todos sus posibles riesgos.
Y digo, y no quiero engañar a nadie, que sólo se trata de mi opinión, que se trata de una reconciliación con un modo de escribir alejado de todos los presupuestos que se dan por asentados en las editoriales.
Y no hay nada que decir a ello. El lector en su sacrosanta libertad, lee aquello que quiere (esto es un poco utópico, pues no se puede escoger lo que se desconoce, pero eso forma parte de otra historia), el lector con su tiempo hace lo que estime menester. El escritor decide, si es que puede o sabe.
No hay premio, no hay castigo, simplemente hay consecuencias. Pero a veces uno se encuentra con perlas de esta magnitud, al menos para mí, al menos para el modo en que me allegué a la literatura, al menos cuando descubrí que las historias que más me gustaban eran las que tallaban a personajes hondos, con mil matices, utilizando las palabras y su sintaxis como los pintores usan los colores, los músicos los sonidos, los escultores la arcilla o el mármol…

miércoles, 25 de enero de 2012

III Día internacional de la Poesía en Segovia.

Ayer, en Madrid, ha sido fallado el concurso organizado para celebrar el "III día internacional de la Poesía en Segovia", el próximo día  24 de marzo.
Al inmenso esfuerzo organizativo de Norberto Gracía Hernanz, en esta ocasión se han sumado, como miembros del jurado de selección Santiago López Navia, Jesús Jiménez Reinaldo y José Manuel Lucía Mejía.
Enhorabuena a quienes hayan sido seleccionados, y a los que en esta ocasión hemos quedado fuera, pues nada, a seguir trabajando sin perder las ganas ni la ilusión.
Os esperamos en Segovia, para ese día 24 de marzo, seguro que lo pasamos genial.
El resultado del fallo del jurado, así como toda la información sobre los actos los podréis encontrar AQUÍ