“No pierdas tiempo pensando que podría ser. Inténtalo, casi siempre es posible y en último caso lograrás algo inesperado, que igual te satisface más.” (Francisco Concepción Álvarez).
Esta es la frase con la que se cierra Oscurece en Edimburgo, mejor dicho, no la novela, sino el volumen donde está publicada la primera edición de la novela. Siempre hay alguna sorpresa cuando uno tiene un libro entre las manos, y quizá no debiera haber desvelado ésta, pero no lo he podido evitar, porque resume con precisión todo lo que ha ocurrido con esta novela que nació como nacen los sueños. Fue una semilla que llegó a enraizar, que creció y que se convirtió en fuerte árbol… Tanto que ha saltado de las pantallas de los ordenadores a la materialidad de un libro de 341 páginas de papel levemente ahuesado, encuadernado en rústica.
Esta mañana, al fin, ha llegado hasta mí. Venía bien embalada, tanto que me ha costado un triunfo poder desnudar el disfraz en el que me la ha enviado nuestro editor. Y no me extrañan tantas precauciones, porque si en la aduana o en el aeropuerto o en cualquiera de las oficinas de correos en que ha estado hubieran visto la belleza de esta criatura, alguno la habría secuestrado…
En cuanto la he liberado, el perfume inconfundible de los libros recién salidos de la imprenta ha inundado la oficina. Es un olor que me gusta. Me resulta familiar, querido, el de una dura tarea que se ha concluido con éxito.
Ya lo escribí el otro día cuando me llegó la primera fotografía de la criatura en las manos de nuestro editor-coautor-amigo –menudo papelón-. Pero esta mañana, lo primero que he tenido que hacer, después de desvestirlo, ha sido sentarme. Una emoción intensa me llenaba. La sensación era la misma que sentí con los otros cinco libros, pero multiplicada por mucho. No es mi primer libro publicado. Es el sexto, y creo que por no ser mío en exclusiva, es por lo que esta emoción ha aumentado tanto.
Cuando el autor recibe su criatura, como recién nacida, sin embargo ya sabe que no es suya, que acaba de empezar a salir por la puerta, camino del corazón de los lectores (o esa es nuestra pretensión), pero durante las primeras semanas o meses, todavía no lo alejamos de nuestra mirada. Es como cuando nuestros hijos de carne y hueso, van a jugar al parque por vez primera con sus amiguitos y amiguitas. Ya son autónomos para eso, sí, ya se organizan entre ellos, pero los padres estamos por allí cerca, con un ojo avizor, no vaya a suceder cualquier desgracia. En este caso siento que me cuando me han llegado estos ejemplares para la promoción en esta parte de España, no se trata de la promoción de mi libro, sino que soy el representante de otras seis magníficas personas y estupendos escritores. Y por ello tengo que cuidar todo al máximo. Con los otros libros, si algo fallaba, el perjudicado sólo sería yo, tampoco es tan grave el problema. Ahora no, ahora no soy yo sólo quien juega esta baza, conmigo están siempre Ana, Anabel, Dácil, Francisco, Inma y Marcos. Y a ellos no les puedo fallar y no lo haré.
Subo los ojos al párrafo precedente y me doy cuenta que se me puede malinterpretar… No se trata de un deber oneroso o de una carga que me arrumbe. Al contrario, es un trampolín, un impulso, un empujón para romper cualquier timidez, para vencer cualquier vergüenza, para llamar a todas las puertas con ilusión, con una sonrisa, con insistencia, sin desmayo. No estoy solo en este empeño, hasta donde mis fuerzas y mis recursos puedan, haré posible porque esta novela que ya tengo en mi poder físicamente, tenga una andadura larga y firme.
Llegará un momento en que sólo serán los lectores y los críticos quienes la sitúen en el lugar que le corresponde. A ese veredicto se somete un escritor voluntariamente cada vez que publica. Es el riesgo que tiene esta tarea –como cualquier otra que dependa de la aceptación de los demás-, y por tanto de antemano tenemos que tener asumido el posible fracaso, las críticas negativas, etcétera… Incluso hemos de tener asumido el fracaso absoluto.
Cuando un escritor publica es porque alguien (empezando por él mismo, claro) confía en la obra. Pero nunca se puede tener la seguridad absoluta. Y cuando llega este instante en el que el libro aún huele a tinta fresca, el vértigo se hace un hueco en la mirada. El buitre de la pregunta carroñera llega sin haberla convocado, como si ya hubiera vislumbrado un cadáver en el camino. Pero esa pregunta, en este caso, hay que desterrarla antes que en otros.
Oscurece en Edimburgo tiene el respaldo de muchos lectores que han sido testigos en vivo y en directo de la formación de esta criatura. Esta novedad absoluta en el mundillo de la literatura –aunque no suponga ningún valor añadido a la calidad del texto (¿o sí?)-, es un aval para saber que no habrá fracaso. Habrá más o menos difusión, habrá más o menos lectores, pero fracaso, lo que se dice fracaso, no.
Una vez calmadas, más o menos, estas sensaciones, he salido de la oficina, con un ejemplar de la novela en la mano. Orgulloso, sonriente, ilusionado, feliz.
Y la he mostrado a quienes ya la esperaban. Felicitaciones, besos, sonrisas, intentos de compra inmediata…
He intentado que me fotografiaran allí mismo, en ese momento, pero hoy no era posible. Así que a mi pesar he tenido que esperar a llegar a casa y aquí hemos retratado a la criatura, junto a la pantalla donde una séptima parte de ella se fue gestando, en manos de uno de los siete progenitores, sentado en la silla donde ahora está sentado mientras teclea y escucha una pieza del primer libro del clave bien temperado de Johan Sebastian Bach.
La novela ha saltado de las pantallas al papel
En el rincón donde escribo habitualmente.
Orgulloso de haber colaborado con mis amigos
para llegar hasta aquí... de momento
Por cierto, podría suceder que alguien esté interesado en la compra de la novela. Yendo a esta dirección se puede adquirir mediante el fácil sistema de paypal u otro tipo de tarjetas, las más habituales como Visa, Maestro, Aurora y Master Card.