martes, 12 de abril de 2011

Ana Joyanes Romo: "Sangre y fuego"

Título: Sangre y fuego
Autor: Ana Joyanes Romo
Editorial: Idea
1ª edición Santa Cruz de Tenerife, España, año 2011
535 páginas
Me cuesta desde niño adentrarme en libros o películas cuyos protagonistas sean monstruos. Cualquier monstruo me desazona, me asusta, me aboca al vértigo del dolor, el sufrimiento, el miedo, la crueldad… Aunque he de reconocer que estas criaturas forman parte de los sustratos culturales de todos los pueblos. A poco que uno haya leído algo sobre tradiciones literarias orales, descubrirá seres fantásticos y monstruosos en cualquier civilización humana: mediterránea, centroeuropea, africana, egipcia, azteca, maya, india… Lo más probable es que esas criaturas representen el miedo que el hombre ha sentido, y siente, a la muerte y a todo lo que nos lleve a ella, de ahí su pervivencia en esta época de tantos avances científicos, médicos, técnicos y tecnológicos. Los monstruos pueden ser la explicación de muertes y sucesos que no se entienden de modo racional; también pueden ser maquinaciones de los poderosos que funcionen como frenos a determinados deseos y, por qué no, pueden ser fabulaciones acrecentadas sobre determinados individuos que tenían alguna característica o defecto que causaba el pánico, la destrucción y el horror allá por donde pasaban… Lo que está claro es que todos estamos seguros de que no existen vampiros, brujas, zombies, devoradores de almas, malos espíritus, ánimas en pena, almas del purgatorio, médiums… ¿O no está tan claro…?
Esto es lo primero que quería especificar, para que se entienda en sus justos términos todo lo que a continuación diré sobre este libro de Ana Joyanes Romo, que, como debe saberse, es amiga mía –este dato ni me apetece ni quiero ocultarlo-, seguidora de este espacio, lectora de algunos de mis libros y compañera de autoría –junto con otros cinco amigos escritores- en la experiencia colectiva que ha dado como primer fruto la novela Oscurece en Edimburgo.
Quien haya leído la obra de Ana Joyanes Romo tendrá plena conciencia de que su literatura es movimiento, incluso cuando narra momentos de quietud. En la escritora jienense predomina el verbo en todos sus modos, formas y tiempos, para dotar a sus historias de una acción que nunca se detiene. Este dinamismo termina por atrapar la atención del lector que no suele encontrar en sus textos las descripciones de quien contempla un paisaje estático y aquietado. Su modo de trasladarnos –incluso esos horizontes en apariencia inmóviles- tiene que ver con los cineastas que toman la cámara al hombro y, cuando el objeto de su contemplación permanece quieto, son ellos quienes se mueven acercándose o alejándose, rodeándolo o adentrándose en él. Así se podía comprobar ya en Lágrimas mágicas, o en su relato largo publicado en seis entregas en La Esfera Cultural En la cueva de hielo, quizá la extensión de ambos, no permitía saborear del mismo modo esta característica de su prosa.
Otra de las peculiaridades de la forma de narrar de esta tinerfeña de adopción, es su atracción por el mundo de lo fantástico, aunque, a mi modo de ver, yo diría que más que gusto por lo fantástico, sería gusto por introducir lo fantástico en el ámbito de nuestra realidad humana, simplemente tridimensional. En su literatura, el mundo humano no es el único posible, mejor dicho, lo humano está acechado y se comparte –a pesar de que, según su universo literario, normalmente no seamos conscientes de ello- con criaturas que hemos dado en llamar imaginarias: trolls, gnomos, duendes, hadas, ninfas, magos, unicornios… eran los seres que aparecían en los relatos citados. En Sangre y fuego son los monstruos, sobre todo los vampiros, quienes protagonizan (o co-protagonizan) esta historia que transcurre desde el año 175 d. C. en un castro romano situado en un inhóspito lugar de centro Europa y concluye en Barcelona un anochecer cualquiera de octubre de 2009. Aunque en realidad el epicentro de toda la historia acontece a principios del siglo XVI en Sevilla y tiene su réplica (o su premonición, según se mire) en Alejandría, durante la primera parte del siglo quinto de nuestra era. Y ya estoy aludiendo a uno de los logros formales de esta historia: su arquitectura.
La construcción de esta novela se nos revela ambiciosa y, en cierto sentido, compleja, y sin embargo no repercute en la comprensión del lector. Los constantes saltos espacio-temporales (sólo he citado cuatro, hay más, que sin duda han de sorprender al lector), no son meros alardes, todos ellos tienen su razón de ser y sirven para alcanzar la comprensión de la novela. En este sentido no quería dejarme en el tintero la recreación que Ana consigue de parte de la vida de Sevilla durante los primeros tres lustros del siglo XVI y, sobre todo, cómo se ha documentado para hablarnos y mostrarnos sin tapujos la brutalidad hipócrita del poder de la Inquisición. Una documentación que, con gran clase literaria, no se transcribe al texto como quien elabora un resumen histórico, sino que es el sustrato necesario para narrar lo que está sucediendo.
Además de por lo dicho, una novela se graba en los lectores por la fuerza de sus personajes. Mucho más que la peripecia que se nos cuenta –y no desvelaré casi nada de ella-, o cómo se nos cuenta –ya he señalado sus aspectos más evidentes, aunque podría detenerme en otros: la fuerza de los diálogos, su sensibilidad para utilizar todos los sentidos y así zambullir al lector en los ambientes hasta parecer que uno está allí mismo contemplando cuanto ella escribe, el manejo certero del monólogo interior esparcido en sus dosis justas a lo largo de la novela-. Digo que una novela perdura en la conciencia del lector, por sus personajes, por la verosimilitud y fuerza que logre en ellos, como Ana ha conseguido con los suyos, incluso los que podrían catalogarse como figurantes, si de una película u obra de teatro hablásemos. Y esto, me parece, se logra de muy diversos modos, pero sobre todo poniendo mucho cariño en cada uno de ellos, y dotando de personalidad propia a todos, aunque aparezcan poco, aunque aparezcan menos. Cuanto más creíbles, cercanos y plausibles nos parezca un secundario, más fuerza se otorga a los principales.
A mi modo de ver, en esta novela hay cinco personajes fundamentales, pero no los únicos. Como aquí no se realiza un estudio pormenorizado de la obra, sino una reseña (eso sí, más amplia de lo habitual y quizá de lo deseable, porque para eso soy el editor de esta página y es lo que más me apetece en estos momentos), sólo citaré a los cinco, dejando de lado a personajes tan entrañables o tan detestables como Teodoro, don Fernando, Agnés, un soldado español… Los protagonistas humanos más importantes son tres mujeres: Hipatia (la filósofa que vivió y murió en Alejandría a caballo de los siglos IV y V de nuestra era) Blanca (la protagonista femenina absoluta del relato) y su criada Goyita, toda una joya de personaje secundario. Los protagonistas masculinos, Marco Tuccio Mancino y Appio Claudio Rutilo, son dos monstruos a los que uno acaba por admirar y, en cierto sentido, compadecer. O sea que uno acaba tomándolos cierto cariño. No creo que esta distribución sea casual, y mucho menos al comprobar que entre las mujeres citadas figura la sabia alejandrina Hipatia. (Conviene aclarar de inmediato, como se hizo en la presentación y como yo ya sabía de antes, que la Hipatia de Sangre y fuego ya estaba escrita antes de que Alejandro Amenábar filmara su película. De hecho, la aparición del film se convirtió en una terrible duda en el ánimo de la autora a la hora de decidirse a publicar la historia, por suerte esta duda se resolvió a favor de los lectores. Que Hipatia aparezca tanto en la novela como en la obra cinematográfica, es una prueba de que se están consiguiendo redescubrir personas reales que la oficialidad se encargó de intentar eliminar. En el caso que nos ocupa por dos poderosísimas razones; primero por tratarse de una mujer que sobresale en un mundo en el que la mujer sólo tiene que servir para dar placer a los varones, para procrear y educar a la prole; y, segundo, porque, además, difunde ideas que hablan de libertad, tolerancia, racionalidad, respeto, diálogo, en un lugar en que el integrismo religioso del cristianismo oficialista, a partir del maldito decreto de Constantino, se dedicó a laminar la libertad, la ciencia y el pensamiento libre, nada menos que en Alejandría). De todos modos, los protagonistas masculinos, a pesar de su condición de monstruos, son humanos atormentados, apabullados por el dolor y, en el fondo, por su propia fragilidad, pues lo que nosotros aborrecemos de ellos, lo que les otorga el poder sobre los débiles seres humanos, es precisamente lo que a ellos les impide alcanzar lo que tanto ansían. Pero para que un personaje cuaje en el ánimo del lector hasta convertirlo en alguien cercano y de algún modo querido, hay que situarlo en una peripecia determinada y dejar que nos conduzca a lo largo de ella.
Como la mayoría de las grandes novelas, es difícil escoger el tema central de Sangre y fuego, porque son varios los que funcionan como si fueran los cimientos o pilares sobre los que se sustenta. Yo destacaría cuatro: el amor, el destino, la lucha por la libertad y la intolerancia. Y sobre estos, el último. La intolerancia humana, el modo en que el poderoso cercena de raíz y con impune crueldad cualquier intento de romper con lo que desde su posición de superioridad se llama verdad. A sabiendas de que esa verdad no es más que una excusa para mantener el estatus quo, o consolidarlo. Al lector se le plantea el dilema moral de evaluar sobre dos crueldades. La una absolutamente inevitable y la otra como pérfida obra de destrucción donde la voluntad de destruir priva respecto de cualquier otra consideración.
No desvelo nada si transcribo el modo en que se inicia la novela, como una cita:
No soy vicioso. Como no es viciosa el águila que acecha a su presa desde las alturas o el lobo que despedaza una oveja separada del rebaño. No soy vicioso: solo tengo hambre.
Y en otro instante se hace explícito el sentimiento que me crecía mientras lo leía con ansiedad: "¿Puede un león dejar de matar?", se pregunta el propio Marco Tuccio. ¿No está en su propia esencia de león alimentarse de otros animales?, me pregunto a mí mismo. Tendemos a pensar –yo el primero- que los vampiros y otros monstruos al uso y al desuso son especímenes crueles y caprichosos a los que hay que exterminar. Obviamente hay que exterminarlos, en tanto en cuanto son nuestros enemigos, pero pensar que son crueles o que son siempre crueles, cuando está en su esencia alimentarse de sangre humana, es introducir una estimación moral, donde sólo hay fuerza instintiva, donde sólo hay destino, donde la voluntad tiene poco que hacer. Así, estos seres a priori repugnantes, cumplen con su existencia, como cuando nosotros al alimentarnos no entramos en consideraciones morales sobre el dolor que habremos generado a otro ser vivo. Sin embargo, en un momento determinado se chocan con el entramado humano de crueldad sin sentido, violencia gratuita, intolerancia asfixiante. Tanto Marco como Appio en diferentes momentos de su existencia inevitablemente imperecedera, se mezclan en exceso con la estirpe humana. Tampoco lo pueden evitar, pues somos su alimento, ambos nacieron al mundo como seres humanos, en concreto militares romanos, y por tanto conocen bien nuestros sentimientos que en parte aún albergan. Esta convivencia con los humanos deviene en el choque con la intolerancia que causa el integrismo religioso. Es en este punto en el que el lector se ve abocado a tomar una postura, o, al menos, reflexionar sobre el asunto.
Nos asustan (me asustan) nos repugnan (me repugnan), los monstruos y el abismo que representan, esos miedos ancestrales que se esculpen en nuestra conciencia de humanos. Pero a mi modo de ver, es más repugnante y dañino el sentido profundo de exterminio que siempre ha tenido y sigue teniendo nuestra especie. Una determinación animal y atávica que tiende a la destrucción de lo que no se comprenda, de lo que sea diferente a nuestros pensamientos y creencias y de lo que amenace la supremacía de unos grupos o creencias, sobre todo cuando se trata de erradicar yugos que oprimen la libertad del individuo en cualquier ámbito: intelectual, espiritual y corporal.
No puedo ni debo decir mucho más, porque decir cualquier cosa, sería decir demasiado sobre la peripecia concreta de la novela, y cualquier lector podría acusarme de haberle destripado la obra. La novela está aún caliente. Su presentación se produjo en Tenerife el pasado día 30 de marzo, por tanto es probable que haya sido leída por muy pocos lectores, y en su consecuencia, desde aquí sólo puedo esperar que mis palabras sirvan para despertar la curiosidad del lector. Un lector que se encontrará con una historia en que se mezclan todos los sentimientos y pulsiones humanas, una historia en que la vigorosa, ágil y decidida pluma de Ana Joyanes Romo no tiembla al describir un asesinato, una muerte, un encuentro erótico, una escena de ternura, una escena de nigromancia, una puesta de sol, un amanecer, un sentimiento de angustia, la desolación profunda de las almas, un momento de destrucción, unos angustiosos instantes de tortura, una narración donde no hay descanso, donde lo que se cuenta tiene poco o nada de accesorio. Una historia, en fin, en que el lector revive la potencia de esas historias que desde siempre atrapan e hipnotizan porque en ellas se transplanta lo fundamental de la existencia: muerte, odio, venganza, dolor, miedo, ambición, traición, pasión, magia, ternura, y amor…, sobre todo amor, un amor desmedido y desgarrado, un amor que la portada avanza.

domingo, 10 de abril de 2011

Presente encadenado




Admito que este día es anodino:
ni un cuento que llevarse a los estómagos,
ni fruta que narrar a los jilgueros,
ni siquiera unos versos que afeitar
con esta maquinilla de escribir,
ni barbas que zurcir sobre un papel...
Y sin embargo,
hoy es tan importante como aquellas
jornadas escondidas en los libros
de historia y en memoria de estudiantes,
pues todos viajaremos alrededor del sol
con la luna esperando en el bolsillo,
sin coste adicional en el billete
(por cierto de ida y vuelta),
salvo un leve desgaste en la mirada
y alguna nueva arruga en los latidos.
Hoy almidonaremos los zapatos
con los blancos arpegios del deseo,
quizá nuestras palabras se columpien
en el parque que el viento desmelena.
Quizá también suceda que algún beso
fertilice mis ojos al oír
la lluvia del rocío de sus labios.
Y lo más importante que hoy sucede:
hoy es la sembradura del mañana
que se revestirá con la luz del hoy,
porque cuando mañana se llame hoy,
aunque vista el disfraz de lo anodino,
será el más importante de los días.

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sábado, 9 de abril de 2011

Una imagen vale más

Me ha llegado desde Cataluña, desde Tortosa, un vídeo, mejor dicho, el enlace a un vídeo especial. Especial por lo cotidiano y doloroso de la situación que nos plantea. Si no he entendido mal el deseo de quien lo remite, se trata de un reconocimiento genérico. No hay nombres, como dice Joan, porque todos estamos representados, porque los valores que se ponen en juego los tenemos todos y ninguno de ellos cuesta dinero.
Además de esto, sirva este vídeo como homenaje a todas las personas que han pasado o están pasando por esta situación que es muchísimo más extendida de lo que pudiera parecer.
Muchas gracias por haberme enviado este testimonio, Joan. Y como suele afirmarse, aunque tantas veces uno no esté de acuerdo, esta vez sí, una imagen vale más que mil palabras.


Como se habrá visto, este hombre era un amante del balompié. Llegó a ser entrenador de fútbol profesional. Durante este periodo solía escribir lo mismo a sus jugadores en un texto manuscrito titulado Enséñeme. Debajo está la foto. Esto es lo que dice, por si alguien no lo puede ampliar:

"Enséñeme a ser obediente a las reglas del juego.
Enséñeme a no proferir ni referir elogio inmerecido.
Enséñeme a ganar si me fuera posible
Pero si yo no pudiera, enséñeme sobre todo a perder"

jueves, 7 de abril de 2011

Pedazo de justicia


Imagen tomada de Internet




Hay miradas que son un pedazo de justicia, o quizá de misericordia, pues son capaces de poner su corazón en la miseria humana. No hay tantas, lo normal es que el dolor aturda las retinas y queden golpeadas, noqueadas, o, peor aún, que pasemos por encima del sufrimiento ajeno como pasamos por encima de una cáscara de plátano para no resbalarnos y caer. Por alguna razón que no entiendo muy bien, se piensa que el sufrimiento es contagioso.
Y también sucede, algunas veces sucede, que las miradas, además, son el resultado del impulso que mueve el corazón y que no son el único gesto que acompaña a esas personas. Estos casos son todavía mucho más escasos. Porque las miradas, para ser efectivas y no un catálogo de buenas intenciones, necesitan de manos, de esas manos que se afanan y concretan sentimientos, manos capaces de hurgar en la herida, manos que no se conforman con entregar una limosna alejada, manos que acarician la mirada de un niño en Senegal, o se manifiestan contra tantas injusticias, o asisten a presentaciones de libros o empuñan un libro de poemas, o danzan alumbradas por la luz del mediodía.
Hay muy pocas personas de esta índole…, por desgracia para el latido del planeta y el sufrimiento de los desheredados. Pero algunas existen. Y gozar de su presencia cotidiana, aunque tantos miles de kilómetros nos separen, es una de esas bendiciones que esta vida me ha otorgado. Porque ella es capaz de entregarnos el mundo entero en una mirada, haciéndonos partícipe del dolor que lo enerva y, al mismo tiempo, abriendo un horizonte para la esperanza. Y en ese instante en que proclama su radical fe en el ser humano, algunas veces se ríe, y el universo revolotea entero en su risa. Y uno cree que hasta la peor de las situaciones tiene solución.

lunes, 4 de abril de 2011

He aterrizado el último en tu casa. A José Luis Zúñiga (In memóriam)


Acabo de saber que se nos ha ido José Luiz Zúñiga. Un gran poeta, un gran cantautor, pero sobre todo un gran hombre y gran amigo, que también era, para mi honor, seguidor de este blog. Este poema lo escribí el otro día, porque nuestra amiga Paloma Corrales había comenzado una iniciativa que no sé en qué parará. Como me dice Leo (quien me ha dado primero la noticia), ha muerto como quería dormido, a pierna suelta. Aquí le podéis ver recitando su último poema, escuece y anima, ambas cosas.



Este es mi humilde homenaje a su recuerdo. Al menos nos quedarán sus versos.




El cielo azul anuncia primaveras
José Luis Zúñiga




He aterrizado el último en tu casa,
como una golondrina que ha llegado
tarde a la primavera;
pero he encontrado el nido en su lugar,
dispuesto, limpio y lleno de sonrisas,
desnudo de prejuicios,
con las luces del ático olorosas
y amapolas prendidas en su quicio.

Y no herirán las balas mi plumaje
cansado de otras guerras tan inútiles,
pues es seguro el nido de esta casa
para cuajar tortillas de ilusiones
mientras suena la música de Bach,
porque es acogedor este nidal
donde brillan sonrisas,
donde la carne late apasionada
envuelta en barro limpio de existencia,
y en lágrimas de bares nocturnales.

Oyendo una guitarra melancólica,
que llora el abandono de una tierra,
intuyo tus cantares trocándose en abrazos
como agua perfumada en besos,
como raíces en el viento.

Y aunque yo sea el último invitado,
en esta casa siento que tu voz,
profunda como el mar,
no es ajena a mi vuelo,
y en su eco encuentro el borde de mi viaje,
para subir al monte de las brisas
las palabras que besen a los tristes,
las palabras que quemen en la hoguera
a los inquisidores de sonrisas,
las palabras que eleven a los hombres
hasta alcanzar estrellas y justicia.

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José Luis Zúñiga en un momento de la presentación de su libro.
Foto tomada del blog A quemarropa de Nares Montero

sábado, 2 de abril de 2011

Soledad

(Este relato fue publicado por vez primera el martes 19 de febrero de 1980 en “La página literaria” de El Adelantado de Segovia)


(Imagen tomada de Internet:
“Él y la Soledad” de Joaquín Rodríguez Martín, Nabuco)).


Estaba allí, completamente solo. Solo, como lo había estado en el resto de su vida. La habitación, pequeña como los suspiros de su agonía. Nadie le había tratado de comprender en su existencia, era esa clase de personas por las que nadie se preocupa. De vez en cuando, haciendo un esfuerzo, le preguntaban, ‘¿cómo te encuentras?’. Pero la conversación acababa pronto, ahogada en disculpas, prisas, urgentes quehaceres.
Sí, siempre había estado solo…
Siempre no.
Una vez, alguien, su único amor, que luego lo abandonó por el dinero de otro, compartió su vida. Fueron varios meses inolvidables, meses que a él le hubiera gustado que duraran toda la vida; sí, toda la vida. Se quisieron como se debieron desear esos amantes que ocuparon las páginas de los libros. Su vida pareció sonreír, como si hubiera cambiado el rostro, pero la sonrisa fue breve como la brisa y amarga como la pena.
Sólo fueron unos meses.
Mereció la pena.
La agonía lo iba convirtiendo en una piltrafa de ser humano. Su carne amarilla parecía de pergamino viejo y a punto de desintegrarse con la fuerza de un suspiro. Lo que tenía vida en él eran esos ojos atenuados en su resplandor, pero sensibles al dolor del cuerpo que se apaga mientras la muerte se acerca en silencio, pero a todas horas, y con la misma llamada de dolor y angustia. La muerte en la que tantas veces había pensado y con la que tantas veces había conversado de tú a tú, se vengaba de la falta de temor de su víctima haciéndole sufrir agotadoramente: el dolor de la propia enfermedad que le hacía estar lúcido, lo que aumentaba su flagelación y, por otra parte, el dolor de sufrir en soledad los designios de su propia vida. Vivir sin nade es muy triste, ¿pero morir?
¿Cuántas veces había llorado?
Muchas.
Más de lo que creéis vosotros que no le habéis conocido. Cada noche, varios llantos. Cada llanto, una fuerza para seguir viviendo en su estado de soledad sempiterna que le había acompañado, como nos acompaña la sombra.
Era un perpetuo solitario.
No se quejaba.
De sus labios jamás salió una palabra de protesta: nunca fue a pedir que le admitieran en ningún lugar. Jamás quiso parecer un mendicante de granos de amistad, aunque necesitaba un campo repleto. Nadie se lo propuso, todos pensaban que era feliz así. En el fondo quizá lo fuera, pero un poco de amor y de amistad no hubiera venido mal a su corazón ahíto de la nada.
Llegó la hora de morir.
Un trance más.
Otro trance de la vida que tenía que pasar en soledad; ya estaba acostumbrado. Vio aparecer a la muerte por una esquina de la habitación, pequeña como un suspiro. La saludó afablemente, como de costumbre, y la invitó a charlar sobre cualquier cosa: hacía tanto tiempo que sólo veía a la cocinera, que nunca supo quien le había enviado, porque él no la pagaba y ella no pedía nada. La muerte sonrió cadavéricamente y de un susurro apagó la vida de su amigo.
Al día siguiente lo encontró la cocinera, obviamente.
Nadie había oído un grito.
Lo enterraron en una fosa común.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Más vale...


Por no perderlo, porque no se me escapara, porque no sufriera los embates del frío, del viento, de la lluvia, de la escarcha o del hielo, ahora sólo hay noventa y nueve pájaros volando, el otro se me murió de tristeza, preso en mi mano, y no sé dónde enterrarlo.

domingo, 27 de marzo de 2011

II Día Internacional de la Poesía en Segovia. (Crónica)



A pesar de ser tan temprano para un sábado, estoy fundido. Empleando la terminología de una amiga, obviamente canaria, diría que estoy hecho gofio, pero estoy contento.

La jornada que hemos pasado para conmemorar el II Día Internacional de la Poesía de Segovia, ha sido maravillosa. He madrugado muchísimo para aprovechar el día y para continuar el empuje que ayer, como un vendaval, me animó a rematar lo que ahora me traigo entre manos.

Sólo conocer a otros poetas (y sus familias) que vienen de otras partes de España e incluso del extranjero (este año el venezolando residente en Nueva York Miguel Ángel Agostini) y reencontrarse con otros que conocimos el año pasado, merece la pena. Y así ha sido. Y ha sido, como muy bien ha dicho al final de la tarde Pedro Sevylla de Juana, porque en Segovia tenemos a Norberto García, y quizá fuera necesario que en cada ciudad, en cada localidad exista una persona así, tan trabajadora, generosa en el esfuerzo y sacrificada. Con individuos así todo es posible, y si no lo es, lo parece.

El día ha comenzado con el encuentro en plena Plaza Mayor de Segovia, a la una menos cuarto de la tarde. La idea era citarnos allí para descender hacia la próxima Casa-Museo de Antonio Machado. Y la primera noticia gozosa ha sido conocer a uno de los benjamines del acto, un chaval de Segovia, Gonzalo García Arahuetes, que estudia en Madrid (tímido como un jilguero, alto como una torre y educado como un príncipe). Junto con Laura Vázquez (que sólo ha venido al recital, ya que también actúa en el grupo Tempus), repito, eran los más jóvenes del día. Pero ha habido también otros poetas jóvenes venidos de Madrid, Valladolid, Murcia… Y esto quiere decir que hay savia siempre que viene detrás de nosotros, los que somos humildes gotas en un cauce de milenaria extensión.

La jornada, ventosa como casi todos los días de esta semana, sin embargo, ha sido muy luminosa y de temperatura agradable (no como ahora mismo en que está jarreando con energía y determinación, como si fuera necesario lavar urgentemente las culpas o las penas).

El tamaño de la Casa Museo de lo que fue pensión del poeta sevillano durante doce años en esta ciudad, no permite muchos alardes, así que la visita se ha dividido en dos grupos. Quienes hemos decidido entrar en el segundo, nos hemos ido de paseo camino del Alcázar distrayéndonos en esquinas, recovecos, paisajes, placas… Guía improvisado ha sido Jesús Pastor que con su habitual buen humor y vitalidad, así como su verbo bien fluido, nos ha desvelado unos cuantos detalles de las calles que pisábamos. La mayoría, no todos, relacionados con la literatura. Hemos admirado la torre románico-bizantina de San Esteban, parte de la fachada renacentista del Palacio Episcopal. Hemos escuchado sobre los paseos de San Juan de la Cruz, nos hemos asomado al balcón que se abre en los jardines de Fromkes para contemplar El Parral, Zamarramala, parte del convento de los carmelitas, hemos aprendido por qué las puertas de las canonjías se cerraban por las noches y cómo las mujeres lo suficientemente feas podían atravesar sus puertas una vez oscurecido –y ello a juicio del centinela que hacía de cancerbero-, hemos visto la placa que sitúa la casa donde estuvo la primera imprenta de España, la que imprimió el primer libro en nuestro país, El Sinodal de Aguilafuente (pueblo de esta Provincia), hemos visto casi de lejos el barco del Alcázar y hemos subido nuevamente hacia la calle Desamparados, justo a punto para nuestra visita.

Siempre que voy a la Casa Museo de Antonio Machado me emociono. No lo puedo evitar. Hoy también. En poco tiempo (y gracias a circunstancias literarias todas ellas) he estado en ella tres veces muy seguido, pero da lo mismo. Siempre me emociono.

Es inevitable.

Sólo pisar los desgastados escalones de madera (quizá me traen recuerdos de las escaleras que había de subir todos los días para entrar en casa después de salir del colegio), supone una vibración especial para mi ánimo. Muy positiva.

La guía que nos ha explicado este lugar es una joven encantadora, educadísima y que hace su trabajo con entrega y dedicación. Con un criterio realmente encomiable la Academia de Historia y Arte de San Quirce (heredera de la Universidad Popular que, entre otros, formó el propio Machado durante su estancia en la ciudad) ha optado por mantener la pensión tal y como debió vivirla don Antonio. Los mismos techos bajísimos, alguno de los poetas tenía que encogerse un poco, la misma cocina, la misma distribución…

A medida que nos adentramos por sus pasillos y nos acercamos al corazón de la vivienda que no es otro (al menos para mí) que la habitación del poeta, siento que esa emoción a la que me refería aumentaba y se intensificaba. Como siempre.

Después de la visita y de la comida (agradable, distendida, amena como no podía ser de otro modo teniendo por contertulios a Santiago López Navia, Norberto, María Jesús (su esposa) y por otro lado a Benito y Carlos (Gonzalo y Alberto me pillaban más lejos), nos hemos acercado hasta el Teatro Juan Bravo, donde se ha celebrado el recital.

Cuando durante la comida, Norberto hablaba de que podría asistir mucho público, aunque me he callado, he pensado que era muy optimista, pero al ver la cola que se había formado a la puerta, me he quedado un poco asustado, la verdad. No es que se haya llenado el teatro hasta la bandera, como es lógico, pero el patio de butacas sí lo ha hecho y aunque nuestro teatro es pequeño, es un número interesante.

Foto del grupo de poetas que recitamos en el acto.
Tomada del blog de Norberto



Después de hecha la foto junto a la estatua de Antonio Machado, y ocupado nuestro lugar, con puntualidad casi británica ha comenzado el acto, con un número especial de ilusionismo a cargo de Iván Asenjo, jovencísimo mago segoviano que tiene unas cualidades indudables para llenar el escenario. Él sólo ha llevado a un número importante de seguidores, que han seguido todo el acto con atención, diría yo, por lo que he observado, aunque de no ser por Iván, quizá no habrían ido al teatro. Al concluir la actuación de pocos minutos, ha empezado el recital propiamente dicho.

Creo que con acierto, Norberto había dispuesto a los poetas en tres tandas de once cada una de ellas (al final han fallado algunos de los seleccionados por razones muy justificadas y de última hora), y entre tanda y tanda ha habido alguna actuación que sirviera de relax para la atención. Hay que reconocer que treinta y tres poemas seguidos, aunque no sean muy largos, pueden indigestarse a cualquiera. En la primera tanda estaba mi lectura. Cuestión puramente alfabética. Podría hablar de cada poema, de los treinta y tres, de cada poeta, pero me eternizaría. Sólo sé que la calidad ha sido buena y, en algunos casos, especialmente sobresaliente, al menos para mi gusto; pero como sobre gustos todo es opinable, me la ahorraré por obvias razones. Sólo comentaré que es una pena que –en algunos pocos casos- los nervios hayan atenazado tanto al poeta que la lectura de sus versos haya perdido parte de la fuerza que tiene su lectura en el libro conmemorativo que se ha editado como recuerdo de este acto. Entre tanda y tanda se han sucedido las actuaciones. Después del primer grupo, ha actuado el grupo Tempus. Este quinteto femenino de estudiantes del Conservatorio, formado por piano, flauta travesera, violín, contrabajo y guitarra, ha ofrecido una versión de parte de la Banda sonora de El pianista y de algunos temas de los Beatles, mejor dicho, han enlazado al grupo de Liverpool después de haber hecho una magnífica y entrañable versión de Imagine de John Lennon. Tras el segundo grupo, ha habido un número de ballet, otra breve actuación de Iván Asenjo (que se ha atrevido con el tradicional truco –para mí siempre imposible- de meter en una caja que se hace diminuta a una chica a la que ha atravesado con dos espadas, para luego aparecer indemne a nuestros ojos) y el cantautor Paco Bravo ha cantado dos canciones cuyas letras eran dos poemas de Norberto, lo que ha debido ser una sorpresa para él. Por fin, después del tercer grupo de lectura poética, el acto se ha cerrado con una nueva actuación de Iván quien acompañado por la música de fondo de Tempus ha leído un poema sobre magia que le ha escrito un amigo suyo llamado Alberto. Todo un detalle por su parte, un detalle que ha rematado con un hermoso número muy visual.

He estado muy a gusto, muy tranquilo, disfrutando del hecho de que la poesía sea el centro por un día. He procurado atender con detalle a todas las lecturas. En todos los poemas he encontrado algo de valor, algo que ha llamado poderosamente mi atención. Unos me han gustado más que otros, como es obvio, pero en general, repito, la calidad ha sido alta y ha habido una buena variedad de estilos, lo que podría definirse como una buena panorámica de la poesía en España.

Han estado muy presentes los blog en este encuentro, pues una parte no pequeña de los participantes tenemos el nuestro y, algunos de ellos, ya les conocía de sus trabajos por la Red.

Si puede servir de alguna clase de indicativo, a quienes he saludado, quienes se han acercado para saludarme (y ahora me refiero a personas ajenas a la creación poética y a los blog), me han manifestado que el acto (después de algo más de dos horas) no se les ha hecho largo y, por el contrario, les ha gustado mucho. Es cierto que si se han acercado es que venían predispuestos, pero aún así los riesgos son evidentes.

Después de las inevitables despedidas, nos ha recibido la calle con el vendaval arreciando, y repleta de personas. Sábado por la tarde noche, centro de la ciudad, multitud de visitantes con motivo de la V Media Maratón Ciudad de Segovia, los poetas desapareciendo, perdidos en la multitud, buscando, acaso, versos en la mirada y en los gestos de quienes se cruzan con nosotros… Al fin y al cabo, como insinuó Vicente Aleixandre, escribimos muchas veces para quienes no nos leen...

(Más reseñas sobre la jornada, hasta este momento:
Blog "El letargo del Paisaje" de Estefanía Rodríguez
Blog "Al silencio de tu sonrisa" de Benito García González
Blog "CACHIYCALACALA" de Carlos Blanco

miércoles, 23 de marzo de 2011

II Día Internacional de la Poesía en Segovia.

Cartel conmemorativo y que anuncia el acto


Parece que no ha pasado el tiempo... Un año... Nada menos. Ya está aquí la II edición del Día Internacional de la Poesía en Segovia. Han pasado los días con todos sus afanes y de nuevo un grupo de locos poetas nos juntaremos, esta vez en el Teatro Juan Bravo, para celebrar la Poesía.
Para más información os remito al blog que lleva Norberto García organizador y alma de este evento. Este año no contaremos con sus versos, ha decidido limitarse a tareas organizativas y de coordinación para mover todos los hilos que son menester mover en este tipo de actos.
Como es de bien nacidos ser agradecidos, desde aquí también quiero agradecer a la Diputación de Segovia, Ayuntamiento y Caja de Ahorros que hayan ayudado y patrocinado el acto facilitando el Teatro, subvencionando la impresión del libro en que figuran nuestros poemas, carteles, etcétera.
La mayoría de participantes en el recital, previamente, hacia la una de la tarde, habremos visitado la Casa de Antonio Machado, posteriormente habremos compartido comida y por último, justo antes de entrar en el Teatro, nos habremos fotografiado ante la estatua que de don Antonio está a la puerta del Juan Bravo.
A las cinco y media de la tarde está previsto el inicio del recital (que también contará con actuaciones musicales a cargo de Paco Bravo y el grupo Tempus y con la actuación del mago segoviano Iván Asenjo).


Foto de la estatua de Antonio Machado junto al Teatro Juan Bravo
de Segovia. Tomada del Blog de Norberto García

Aquí podéis la noticia que publica El Adelantado Digital.
Y en este enlace la que publica El Norte de Castilla que se ilustra con esta fotografía de A. Tanarro.


Aquí dejo las imágenes de la rueda de prensa que se celebró al efecto, rodada integramente gracias al buen hacer de la esposa de Norberto, y que se pueden ver también en el blog de Norberto y en youtube.






En fin, que os esperamos con los brazos abiertos y esperemos que esa tarde se pueda disfrutar de la poesía. Como os podéis imaginar, la entrada es libre hasta completar el aforo.

lunes, 21 de marzo de 2011

Quisiera seguir siendo ese poeta iluso



Un sudario esparcido por el planeta no puede acunar

los gemidos que callan en los cuerpos de los muertos,
y mis manos se pierden en mentiras,
en aciagas peleas baladíes
contra mis otras manos.



Es como si el planeta hubiera iniciado
un rito funeral en que todos los jinetes apocalípticos
decidieron picar espuelas a sus monturas:
y sólo es necesario que echemos las pupilas
sobre cualquier portada de un periódico.

No es mi deseo ser vocero de la muerte,
ni aprendiz de profeta de catástrofes y destrucciones,
quisiera seguir siendo ese poeta iluso
que persigue el acento de la sexta
en mitad de un ocaso insuperable,
pero hoy no me es posible,
ni un sudario esparcido por el planeta puede acunar
los gemidos que callan en los cuerpos de los muertos.


Ante esto, mis metáforas, las que hoy había comprado,
han decidido ahorcarse,
sobre el teclado negro de mi equipo
(y tampoco es metáfora el color citado).


Sólo tengo esqueletos y sufrimiento sobre los dedos
y una mirada turbia por las lágrimas
que no podrán limpiar la carne tumefacta.
Mientras tanto las voces se columpian en discursos

que sólo se preocupan por el nikei y por el petróleo
y sólo importa el PIB
de la Isla aunque sus vivos se suiciden,

y hablan de dictadores
enviando aviones de combate y sangre, mientras

ni un sudario esparcido por el planeta puede acunar
los gemidos que callan en los cuerpos de los muertos.



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sábado, 19 de marzo de 2011

En la Librería Diagonal.

A la puerta de la librería Diagonal con Fuencisla, su propietaria


Ayer por la tarde este escribidor volvió a salir de su rutina y cumpliendo con la invitación que le había hecho tan desinteresada y entusiastamente Fuencisla, la propietaria de Diagonal .
Antes de las siete de la tarde, hora prevista para el comienzo de la lectura, me presenté en la librería, con la ilusión renovada de los jóvenes. Como he escrito en otra parte me hizo recordar, y lo hablaba con Antonio, el marido de Fuencisla y quien introdujo el acto, los tiempos del Grupo Hominis (allá por 1981 y 1982), cuando recitábamos en semanas culturales, algún acto cultural de algún Instituto, Colegio o Asociación.
Previamente a la lectura he estado charlando con dos o tres de los espectadores de cuestiones verdaderamente interesantes, compartiendo experiencias.
Sucede con frecuencia que este tipo de actos dan pie para generar encuentros y situaciones inesperadas y fantásticas que a la vez son puertas para nuevos proyectos.
El acto se ha desarrollado en dos partes. Tras una introducción en la que he explicado la génesis del libro, he recitado una docena de poemas, quizá alguno más del libro. Había llevado seleccionados una quincena o así, pero hubieran sido demasiados...
A medida que pasaban los minutos, lejos de percibir en el semblante de los asistentes cansancio o tedio, me he dado cuenta que el interés aumentaba, así que me he ido sintiendo mucho más cómodo. Hasta tal punto que he llegado a leer Luz sin piel de la tarde, sin duda el poema más doloroso e íntimo de este libro.
Después de unos cuarenta minutos de lectura, hemos estado dialogando sobre variadas cuestiones. En esta semana, como si fuera el estribillo de sus días, he tenido la suerte de reflexionar a menudo sobre la esencia de la poesía, hasta en la Tertulia de los Martes en que se habló con Óscar Esquivias sobre relatos, novelas, etcétera, también se habló sobre la poesía, sobre la diferencia que puede haber entre ésta y los otros géneros.
Se me ha preguntado por esta capacidad que tiene la poesía de pasar del yo más personal, a las experiencias más generales.
Rafael Martin, un poeta y rapsoda de Trescasas -municipio vecino a Segovia- que ha regresado a Segovia después de haber trabajado en Vitoria y Barcelona, me ha preguntado sobre si la poesía es la manifestación más pura, clara y elevada de la literatura.
Creo sinceramente que en esa pregunta hay encerrada muchas otras cuestiones y quizá en su respuesta esté la explicación de por qué la poesía es un género tan poco leído, mejor dicho, leído por tan pocos, que no es lo mismo bajo mi humilde criterio.
También se ha hablado de lo fundamental que debían ser los padres y los profesores para que el niño tuviese acceso a la poesía desde pequeño, para que cuando llegue el momento también se pueda convertir, si es su gusto, en lectores de poesía.
Ha habido, de paso, reencuentros con viejos amigos que hacía años no veía, a pesar de compartir la misma ciudad.
Ha sido una tarde preciosa, pasada en un ambiente propicio para los versos, me parece. Una tarde que ha servido de buen analgésico para otros dolores, porque ni siquiera semejantes cosas podrán con esta ilusión y con estas ganas...
Para finalizar, agradecer públicamente a Fuencisla y a Antonio que hayan tenido esta iniciativa conmigo y con este libro. Realmente, he de reconocer que soy muy afortunado.

viernes, 18 de marzo de 2011

Sólo cuando hay aludes de pestañas





Hay una nube de odio y de tristeza
en el cuenco de luz de la mañana,
nube que amenaza con
resquebrajar el muro de los días,
convertir en esquirlas el revuelo
punzante de la estrella;
no hay nadie que nos salve
de la hostil refracción de aquella luz,
ni de la sombra de un vampiro ahíto
de sangre de nenúfares.
Pero disimulamos como un jersey
que nos sonríe dentro de una horca o,
como si fuéramos el signo abierto
de un paréntesis mal dispuesto dentro
del discurso del alba…
Sólo cuando hay aludes de pestañas,
tras una madrugada sin tu espalda,
protesta la fatiga descosida
sobre mis pantalones de azucenas,
pero he de conformarme con matar
el contorno de sombras sin vestidos
y sufrir el dolor de la locura.

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martes, 15 de marzo de 2011

Un micrófono (Crónica suigéneris de la presentación)

Foto Javier Gil
El hombre que estuvo ayer delante de mí no tiene muchos ánimos para escribir nada de lo que sucedió en este salón que ahora está a oscuras. Hay demasiados acontecimiento gravísimos en el mundo que le impiden concentrarse para hablar de lo suyo, de esos versos y esas palabras que salieron de su boca y de quien lo acompañó.
Hay lugares que parecen muy lejanos de este espacio en que están sufriendo una destrucción que no concluye, más aún, que parece estar llevando a una situación de Apocalipsis a una zona que ha sufrido mucho a lo largo de la historia. Empiezan a sonar palabras terribles en el mundo, y a él le parece que lo de ayer es menos que una brizna de aire…
Pero a mí me parece que, a pesar de todo, no está mal dedicar algunas líneas a este asunto.
En esta sala, que se controla perfectamente desde la altura en que estoy, y desde donde habitualmente recibo la voz del Presidente de la Diputación de Segovia, ayer, antes de las siete de la tarde, el bueno de José Luis encendió las luces. Y me sorprendió, porque no es lo más habitual que a esas horas de un lunes haya nadie incordiando este silencio oscuro y escondido.
Fueron llegando personas. Junto a mí, una mano más bien rechoncha y poco estilizada, dejó unos delgados libros cuya cubierta me pareció muy cálida y atractiva. Pero no se sentó. Tuve tiempo de detenerme en quien se iba aposentando en las diferentes butacas del salón. A algunos ya los conocía, no son extraños aquí, pero a otros es la primera que los veía. O al menos no los recordaba de otras ocasiones. Apareció hasta a una niña de muy pocos años. Aún no sabía lo que ocurriría, pero notaba el ambiente diferente al de otras ocasiones. Un ambiente más relajado, casi festivo. Como si todo el mundo se conociera o conociera a quien ahora se niega a escribir sobre sí, y proyectó sobre mí el aliento de su voz.
Siempre que alguien se sienta por vez primera frente a mí, sucede igual. Y él no iba a ser más inteligente. Quería empezar a hablar y apretó el pequeño interruptor que tengo en mi regazo. (Convendría quizá aclararles que soy un poco diferente a los humanos, soy una cabeza, un cuello estrecho y largo, un regazo redondo y un solo pie en forma de cable que se une a un enchufe que no veo). Digo que pulsó el botón y se encendió la luz roja. Intuyó que algo iba mal, pero no supo qué. Menos mal que se acercó Javier, que conoce bien mi funcionamiento y le explicó que si se me enciende el pilotito rojo estoy obturando la salida de sonido del resto de mis hermanos. Para que la voz que llega a mi cabeza resuene en la sala es necesario que se me encienda el pilotito verde, y para eso hay que apretar el interruptor en el centro, suavemente, hacia arriba, como hizo Javier…
El caso es que la cara de este hombre me sonaba. Yo le he visto más veces en estos años; pero nunca aquí arriba… No, no… Hace diez años ya estuvo en esta parte, presentando una novela. Sí era él, pero entonces estaba más gordo que ahora, y usaba barba completa, y traía corbata y traje…, pero era él, seguro. Seguro que era él… Normalmente, cuando está por aquí, suele estar sentado ahí abajo, como mucho, cuando hay poetas por aquí lo he visto acercándose a saludar a algunos, a pedir firmas… Ayer no. Ayer ha ocupado la presidencia… Pensé, ‘Será osado y atrevido, como se enteren…’ Pero al fondo vi a personas que quizá debieran enfadarse con él, y le sonreían… Me quedé más tranquilo. No había usurpado ningún lugar que no le correspondiera, al menos por un rato…
Pronto empecé a comprender, iban a hablar de ese libro de pastas naranjas, que me llamaba tanto la atención. Y el otro señor que estaba a mi izquierda iba a ser el encargado de empezar. Sí, definitivamente me quedé tranquilo, dio las gracias a la Diputación por haberle facilitado el salón, por haberle comprado algunos libros, porque estaba como en su casa. Los que estaban sentados (los conté poco más de treinta personas) sonreían. Sí le debían conocer. Me di cuenta que podría estar tranquilo. No hablarían de los asuntos que normalmente se suelen escuchar en esta sala. Dijeron que hablarían de poesía. Su voz me llegaba tranquila y segura, como si tuviera muy bien pensado lo que iba a decir, y eso que no vi ningún papel en su poder, salvo el libro. Al principio estaba un poco más serio, pero me pareció que estaba más bien pendiente del fotógrafo que mandaron los del periódico. Creo que observaba con el rabillo del ojo derecho, cómo el fotógrafo manipulaba uno de los ejemplares del libro y lo colocaba de tal modo que se le viera justo delante de su perfil, para construir una foto en que se viera al poeta y a su libro.
Foto El Adelantado
Cuando el otro señor, a quien llamó Luis Javier Moreno, tomó la palabra, me di cuenta que se relajó completamente, y se dedicó a escuchar las palabras que decía este hombre, que había traído, él sí, unas notas escritas en un par de octavillas manuscritas. Me pareció que a medida que Luis Javier hablaba, el autor se estremecía y pensaba que eran un tanto exageradas las palabras que se decían. Comenzó diciendo que le había sorprendido la poesía del escritor, pues conocía su prosa, pero no sus versos. Y que le había sorprendido muy agradablemente, porque esta tierra –según él- era escasa en escritores. Escuché hablar de trabajo, de dedicación, de mucha elaboración, de mucha calidad formal, de una estructura del libro muy pensada y muy acertada. Y que algunos poemas le habían encantado especialmente. Y sí debía ser, porque pude ver desde mi altura que algunos de ellos estaban marcados con aspas, o levemente subrayado.
Al terminar sus palabras, supe que me había llegado la hora de trabajar. El llamado Amando volvió a lanzar su voz sobre mi cabezal y yo, obediente, amplifiqué sus ondas para que todos cuantos estaban tan atentos escuchasen sin problemas. Me sorprendió la tranquilidad con la que habló. Se le notaba preocupado por vocalizar bien, que se le entendiera. Me parece que una señora que había sentada en la primera fila era culpable de tanto cuidado. Quizá no oyera muy bien. A esa señora se le veía especialmente feliz, como si tuviera mucho que ver con él. ¿Sería su madre?
Aprovechando las últimas palabras de Luis Javier, habló primero sobre la importancia de los lectores para cualquier poeta, y cómo él había contado con ellos desde que empezó a publicar los poemas en su blog. Esto me sorprendió. Normalmente no suelo ampliar frases de este tipo. Me pareció raro que se publicaran poemas ya públicos de algún modo, pero seguí a lo mío, sin interferir en el discurso. Habló de los sábados, cuando Internet lanzaba a sus ondas los versos que semanalmente publicaba. Habló de la fidelidad de algunos de sus lectores. Y dijo –seguro que fue un farol suyo, no sé si creérmelo- que había tres personas en la sala que habían venido desde otras ciudades para este acto. Pero pronto tuve que convencerme de la veracidad de sus palabras, porque hubo tres mujeres que sonrieron de modo muy especial. A continuación dijo que durante este tiempo aprendió muchas cosas relacionadas con la poesía, y que los blog se están convirtiendo en buen refugio de los poetas.
Sentí que se empezaba a emocionar. Algo en la vibración de su voz me advirtió del asunto. Comentó que al igual que hace treinta años, fueron personas ajenas las que le empujaron a publicar el libro. Parece que hace treinta años una profesora suya, Cristina Guerra que debía ser esa otra señora que estaba sentada en la segunda fila, fue quien le convenció, y que ahora han sido dos amigas que estaban en la sala una venida desde Málaga y la otra compañera de trabajo. Después de revisar aquellos poemas de los sábados y corregir algunos, los ordenó y formó la estructura del libro.
Cristina Guerra y Amando,al finalizar el acto. Foto Ángeles Hernández
La emoción se acercaba cada vez más a la garganta. Detuvo unos segundos el discurso y bebió agua. Cogió el libro en la mano y comenzó a hablar de él. Del objeto que sujetaba. Alabó el trabajo de su hermano –tal y como miró a cierta parte de la sala, me pareció entender que era aquel señor de americana en tonos verdosos y sonrisa amplia-. Sí estaba emocionado. Creo que a pesar de sus intentos, no lo pudo disimular, y yo me encargué con fidelidad de transmitir hasta el más pequeño recoveco de su voz.

Mariano Carabias, José Antonio Abella, Luis Javier Moreno. Foto Ángeles Hernández
Pero al acabar aquella parte, noté que la calma volvía a él.
Por fin iba a leer algunos de sus poemas…
Creo que me gustaron, pero tengo órdenes estrictas de no emitir mi opinión sobre este asunto. Me di cuenta de que no tenía preparados los poemas. Improvisaba. Empezó por el primero del libro y luego iba pasando páginas. No sé si estoy autorizado a explicar que algunos no los leyó, porque sabía que al recitarlos se entenderían peor, que algunos poemas es mejor leerlos que recitarlos, por su construcción, por el tipo de versificación… Creo que se equivocaba, pero… Luego siguió leyendo de la primera parte. Ésa que según dijo hablaba del mundo, del dolor, del sufrimiento, de las cosas tan terribles que les suceden a algunos seres humanos. Recitaba con calma, pero sin exagerar. No, no es un rapsoda, indudablemente.
Abajo, entre el público, se notaba tranquilidad. Algunos rostros sonreían, casi parecían embelesados, otros empezaban a cargarse de aburrimiento. Casi seguro que no estuvieran tan acostumbrados a la poesía. Más que nervioso, comenzó a impacientarse, pero noté que sobre la marcha había decidido qué poemas iba a leer, y supe que los leería todos…
Cuando llegó a la segunda parte del libro, volví a notar en su voz cierta emoción. Sabía que no podía extenderse aquí, pero no quería dejar de leer los dos poemas que leyó. Y sobre todo el último, los últimos versos del libro que, según él dijo, no están ahí por casualidad.
Al otro lado de su vientre herido,
mi reino es conquistado por tus huestes,
mi ejército se rinde a tu estandarte,
mi pulso muere en una luz de ocaso,
soy ciudadano de tu piel de viento,
mi bandera la tejen tus anhelos,
es mi patria el latido de tus venas
.
Y aquí se equivocó.
Quiso haber acabado en ese momento, pero Luis Javier le advirtió que debían dar oportunidad a los asistentes para que preguntaran o comentaran.
Hubo varias preguntas y algunos comentarios. Comprendí que este hombre sólo había traído a la sala personas que le quieren. Una de las mujeres que había venido desde lejos –creo que dijo Cádiz, y me asusté, y tuve que reconocerme que tenía buenos amigos, si eran capaces de acercarse desde tan lejos como Málaga o Cádiz, o incluso desde Madrid para un acto así- le preguntó por cómo se le ocurrían los poemas, si los escribía del tirón o le llevaban mucho tiempo, y si al escribir el poema Seis de enero había tenido alguna especie de premonición sobre lo que está sucediendo en el Oriente Próximo. Me di cuenta que eso de responder preguntas le gustaba. Se sentía cómodo, como si se supiera las respuestas. También se escucharon a otras personas hablar sobre cuándo les llega la inspiración. Una señora dijo que lo peor era cuando se le ocurría algo mientras conducía, y un señor habló de que cuando él trabajaba como veterinario, mientras iba de pueblo en pueblo, a veces tenía que aparcar la furgoneta y anotar en una libreta la idea o el verso que se le había ocurrido. Se dijeron cosas excesivamente exageradas, o a mí me lo parecieron, pero tal y como se decían ellos lo debían sentir así, sobre todo esa mujer que es también poeta y vino desde Madrid. Y él las encajaba con tranquilidad y agradecimiento, pero pensaba siempre, ojalá, ojalá… Y hablaron de la lectura de la poesía, de que había que perderla miedo y que, aunque es algo más difícil que otros géneros, también puede resultar fascinante...
Cuando dijeron que se acababa el acto, él no se movió de la silla. Me apagó, pero seguí viéndole. Se quedó para firmar algunos libros que le compraron quienes se acercaron por ahí. Allí pude escuchar algunas cosas, pero creo que esas sí me las debo callar, puesto que si me habían apagado es que no querían que se dijeran en voz alta.
Un momento de la firma. Foto Ángeles Hernández
Todavía tardaron un rato en dejarnos en paz, a oscuras, con nuestras cosas. Me hubiera gustado que se hubiera olvidado alguno de los libros, para echarle algún vistazo, pero tuvo buen cuidado de llevarse todos. Será que le hacían falta para algo.
Desde luego es un mal educado. Cuando se fue, ni me dio las gracias, por haber cumplido tan fielmente con mi trabajo…

Ángeles, María Sangüesa, Isolda y Amando, después del acto.

domingo, 13 de marzo de 2011

Circunscripciones de Luis Javier Moreno


Portada del libro Circunscripiciones


Recuerda el propio Luis Javier Moreno (Segovia, 1946) al inicio
de este libro, Circunscripciones (Ed. A.C Isla del Náufrago, 2010), que “cuanto se diga de un libro, es el libro quien debe decirlo”, y a esta máxima clásica procuraré ceñirme en esta reseña sobre él.

Como nos recuerda en la introductoria Nota del autor este libro en realidad es la reunión de tres libros, pero que con el paso del tiempo, han pasado por una nueva visión del poeta. Así y según se nos revela lo que hoy es Circunscripciones tiene partes o poemas publicados y trabajados, previamente, desde 1965, para situarnos un poco mejor.

Cada una de las partes del libro se abre al lector con una nota introductoria preparada por tres escritores diferentes. Así, Salamanca comienza con un texto de José A. Gómez Municio, donde se anuncia que “En Salamanca el poeta es consciente de que su palabra no puede dejar de ser ‘en el tiempo’, en el sentido machadiano, se plantea el sentido que puede tener la literatura en relación con su propia vida. Hay que superar el canto, ir más allá de la celebración; esa es la tarea, más o menos grata, de una cierta actitud poética de nuestro tiempo” (pág. 18, o.c.). Y no engañan las palabras de Gómez Municio. El paseo, por así decir, a que nos invitan los once poemas de esta sección, es una inmersión en el alma de un poeta que repasa aquellas vivencias juveniles en la ciudad castellana, donde el aire es ocre, y donde “Los decorados, a los almacenes; / los maestros ignaros, a la cátedra; / los edecanes a la sacristías / del cómplice cinismo de los clérigos / que administraban sus unciones sobre / el perineo de los monaguillos (…)” pero también son el tiempo en que “Realmente éramos reales, lo asevera / el contraluz de las fotografías / de época en que creímos ser nosotros”, es decir esa etapa de la vida que hoy se descubre con cierta pátina de melancolía. Pero dentro de estos versos, el lector se encontrará –y lo hará también en otras partes del libro- el dolor de los penosos acontecimientos de 1936 y una ironía que nos hará sonreír más de una vez, quizá con unas gotas de tristeza.

La segunda ‘circunscripción’ en realidad es doble Cádiz-Cidaria. Moreno explica que Cidaria es nombre su particular mitología y que no es ficticio. El lugar existe, pero con otro nombre, un lugar donde el poeta vivió algún tiempo, un lugar para él amado. Es Gustavo Martín Garzo el encargado de preparar el terreno, para que los lectores disfrutemos mejor de esta segunda parte dividida en dos secciones. La melancolía de Luis Javier Moreno parece tomar rumbos más hondos en estos veinticuatro poemas doce para cada uno de los lugares. Y a la vez que acrece esa melancolía, se acentúa la ironía suave y comprensiva, y se agudiza la reflexión sobre el tiempo del poeta y su relación con la propia poesía. “A ciertos versos de poemas míos / les golpea una lluvia que se funde / con sus palabras en la oscuridad (…)”, y se percibe un hondo desasosiego por el destino de la propia poesía en memorables versos que ya destaca Martín Garzo: “Nunca preguntan ni contestan nunca / acerca del salario de las flores / por dar aroma a espacios miserables / en donde todo es mugre y percepciones (…)”.

En Cidaria se acentúan las referencias a la escritura como verdadera explicación del propio vivir. En varios versos se advierte sobre esta idea: Mi vida está borrosa entre mis folios. De algún modo, pues, los poemas son algo así como una bitácora de un viaje que se llama existencia. Allí se mezclan las historias, los recuerdos, las vivencias, las lecturas, las conversaciones, las miradas. El poema, en parte, es el sedimento resultante de un proceso de erosión conocido por vida. Con esta perspectiva, a la que nos dirige el propio autor, los poemas se iluminan de forma especial, serían, de algún modo, la cartografía de un alma que durante muchos años, con trabajo minucioso, se va dibujando, y brota –de pronto- en el mar, en las murallas, en el vuelo azul de los pájaros, en una antigua estatua fenicia… o sobre el espectro frío de la piedra amanece ese rostro amado…, en el recuerdo de momentos jocosos…

Juan Varo Zafra introduce la tercera y última ‘circunscripción’, Granada. Y nos advierte de la importancia que tendrán aquí Lorca y, de nuevo, los recuerdos de 1936, y cómo el poeta no huye de los tópicos que explican la ciudad: Lorca y la Alhambra, y sobre ellos construye su particular visión sobre ella, de la que dice: En ella fui feliz un día y medio / y otros tres, desdichado. Y este recuerdo de aquellos días del pasado no le abandona en el presente, y con él revive el regreso, porque, a pesar de la duda del primer poema en que recuerda el asesinato de Lorca, vuelve a la ciudad y a la provincia. Aquí la melancolía se hace más un poso con el que se convive, como si fuera una vieja compañera de la que no queremos separarnos. Con ocasión de una exposición de F. Lloyd Wright, nuestro autor vuelve a dos de sus temas predilectos y recurrentes en toda su obra, tanto en verso como en prosa (sus diarios): la pintura y los recuerdos de sus estancias en USA.

Desde El final de la contemplación (Visor, 1992) y ganador de la primera edición del Premio Gil de Biedma, descubrí un modo personalísimo y tranquilo de escribir el verso. El predominante ritmo del endecasílabo, en Luis Javier Moreno se hace cercano, es un discurrir sereno, como un paseo sosegado. De algún modo –y quizá en esto tenga bastante que ver su formación clásica y su tarea de traductor de Horacio- recuerda su verso, al verso latino elegante y transparente, sin excesivos alardes ornamentales. Pero, al contrario de lo que se pueda figurar por esta afirmación, su capacidad para la metáfora es prodigiosa, y su proximidad a lo contemporáneo intensa, y sin embargo sucede ante nuestra vista de modo natural y sencillo, casi como si fuera una consecuencia lógica.

Probablemente esta sencillez formal sea fruto de un trabajo denodado y lento, reflexivo y tenaz, por alcanzar la esencia, o así, al menos, me lo sugieren los últimos versos de este libro cuyo título es Granada: espejo de la mente:
Agua de surtidor que se consume, / fatiga, incendia… Ser de la ceniza / del ave fénix, propio de esos entes, / rincón amontonado en el estío / y en el invierno (sobre los barbechos) / nieve, hasta blanquear sus osamentas / en la intriga agitada que descubre / el eje transparente, azul, del diamante.

jueves, 10 de marzo de 2011

Presentación


El próximo día 14, lunes, a las siete de la tarde en el Salón de Actos de la Diputación Provincial de Segovia, Luis Javier Moreno, poeta segoviano, presentará mi libro de poemas Versos como carne.

Quedáis todos invitados a este acto, aunque sé que por la distancia muchos no podréis asistir, a pesar de vuestros deseos.