miércoles, 15 de diciembre de 2010

Navidad sin Cuento. (Cuento de Navidad) 1 de 7

Imagen tomada de Internet


Dalmacio Allende avizoró el fondo de la calle, y a pesar de la catarata que convertía en nebuloso cualquier paisaje que acariciase su mirada, creyó vislumbrar una sombra que se colaba en el portal de su casa.
No tenía miedo –o eso se decía-, pero a la vista de la oleada de robos que asediaban la ciudad, no convenía actuar a la ligera, porque, según su máxima, una cosa es valentía y otra locura. Lo que leyó en el Diario de Euritmia no dejaba dudas: durante el año, el índice de criminalidad había ascendido un quince por ciento. Por si fuera poco, un detalle agravaba aún más la información: el incremento sustancial se había producido tras el verano. Hasta entonces los números eran similares a las de la década.
Allende sabía que su amigo, el comisario Balmes, no era partidario de revelar detalles a la ciudadanía sobre las investigaciones policiales ni acerca de los mundos oscuros de la delincuencia, aunque en la vieja ciudad tal cuestión se redujese casi siempre al amor de los cacos por lo ajeno y a esporádicas riñas tabernarias que concluían en algún descalabro y destrozos varios en los locales convertidos en campo de batalla. Otros crímenes eran inevitables y dañinos, como las heladas en primavera, pero su número era inapreciable en las correspondientes estadísticas. Aunque recluir en ese término cualquier afrenta contra la vida o la dignidad, era un insulto para las víctimas y sus allegados. En el último lustro, desde el secuestro y asesinato del diputado Isacio Jumilla*, no había habido, por suerte, ningún homicidio en la ciudad. Euritmia se movía en parámetros de normalidad absoluta, hasta que en septiembre comenzó el huracán de robos que disparó las alarmas, incluso en el gobierno de la Nación.
A pesar de lo borroso de su mirada, Dalmacio estaba seguro de haber visto a alguien entrando en su edificio, por lo que se aproximó con suma prudencia. Las doce menos cinco no era la hora más peligrosa para temer un asalto, pero, por lo leído en el periódico, el «modus operandi» de los delincuentes era tan variado que no se podía establecer un patrón que ayudase, tanto a las fuerzas de seguridad en la investigación, como a la ciudadanía en sus cautelas. Cualquier persona –especialmente los residentes del centro- podría ser objeto de robo, cualquier hora servía para perpetrarlos. Sólo había dos características comunes a cada sustracción: cuando robaban, nunca desvalijaban del todo y la vivienda siempre estaba vacía.
En casa de Dalmacio, a causa de su viudez, no había nadie. A medida que sus pasos le acercaban, percibía cómo se aceleraba la velocidad cardiaca, no podía evitarlo. ¿Miedo?
Cuando entró en el portal, supo de dónde procedía el sonido. Cada vez que se abría o cerraba la puerta, la melodía era inevitable. Había sido un capricho infantil de Alicia y desde entonces ni él ni su pobre Anunciación habían sido capaces de quitarlo. Total, a ellos no les molestaba. Algún día que la soledad le pesaba más, Dalmacio abría la ventana de la sala para que la brisa agitase el pequeño carillón de tubos metálicos. Su música le acompañaba, y ejercía sobre su corazón propiedades similares a las de los abrazos.
De inmediato supo que había sido objeto de uno de los robos que, como una plaga, asolaban la ciudad. ¿Pero qué le podrían haber robado, si no tenía nada de valor?
Nadie había hablado hasta ahora de daños personales, y no quiso ostentar el dudoso honor de ser el primero en abrir tan siniestra lista, así que prefirió girar en redondo. No es que tuviera miedo, pero no iba a poder con aquellos desalmados. Salió de nuevo del portal, y subió otra vez la calle hacia la Plaza. Procuraba olvidar las notas del carillón e intentaba recordar algo que se le hubiera olvidado comprar, de ese modo se explicaría a sí mismo la razón por la que se había dado la media vuelta.
De regreso, dos horas más tarde, Dalmacio comprobó que faltaban las joyas favoritas de Anunciación. Era lo más próximo a su piel que le quedaba. Algunas madrugadas en que el insomnio se convertía en fortaleza inexpugnable, las cogía, como si tomase a la propia Nunci, y aún sentía, a través de la superficie de la alhaja, su cálido latido. Sin embargo, la desaparición de unos doscientos euros, no le afectó.
De golpe se le borró todo el apetito que traía.

Continuará mañana...
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* Se refiere al crimen recogido en la novela del mismo autor Muerte en noviembre aún inédita. N. del A.

9 comentarios:

Verónica dijo...

Y a cualquiera se le quitaría el apetito, de tener esa situación.
Muy buena la historia.
Feliz noche
Abrazos amigo

emejota dijo...

Dicen que las joyas son lo primero que se llevan. Quedo a la espera. Un fuerte abrazo extendido.

Flamenco Rojo dijo...

Como cualquier Cuento de Navidad que se precie, el comienzo debe ser algo triste…al leer la última parte de esta entrega se hace el nudo en la garganta. Esperemos las próximas entregas…

Un abrazo.

Leonel dijo...

Se ma ha hecho un nudo en la garganta - hoy voy lleno emociones fuertes - y me siento sobrecogido con el comienzo de la historia. Espero el próximo capítulo con ansia.
Un abrazo y gracias por todo, Amando.
Leo

neko dijo...

Muy adecuado el cuento de Navidad en esta época.

Siempre hay algo de valor, económico o sentimental, que puede ser robado. En este caso le robaron el único trocito de ella que le quedaba, que pena.

Esperando la siguiente parte :)

Paloma Corrales dijo...

Ya sabes que me fascina tu forma de narrar, espero que no tardes con la segunda parte (¿son dos o más?).

Un abrazo grande, grande.

Fernando dijo...

Seguiré leyendo y disfrutando de tus relatos. Espero que en estas navidades arregles pronto los problemas de tus personajes y sean todos felices al final.Así podremos dormir tranquilos. Un fuerte abrazo.

Isolda dijo...

Los cuentos de Navidad, siempre son tristes, pero si no terminaran bien, ¿serían cuentos de Navidad?
Me encanta recuperar al comisario Balmes cumpliendo su cometido.
Besos, muchos por capítulo, Amando, es lo que hay.

Marina Fligueira dijo...

Me lo había perdido... Pero ya está racupero. Amando, muy entretenido e interesante el cuento... ¿Oye que bien pudiera ser verdad? con los tiempos que corren...... Este Dalmacio... Besitos.

Me voy un piso más arriba.