Pétreas pavesas, sólidas cenizas

Pétreas pavesas, sólidas cenizas
Mi tierra es un sueño: unir corazones

Cómplices

Presentación de ESTAMPACIONES de ALENA COLLAR

Presentación de ESTAMPACIONES de ALENA COLLAR
El 11 de febrero en la Librería Rafael Alberti

miércoles 10 de febrero de 2010

¿DÓNDE ESTABAN LAS LLAVES?

Estuvimos discutiendo el mejor camino para llegar lo antes posible. Si hubiéramos salido unos minutos antes, diez por ejemplo, no habría ocurrido, pero, ¿dónde estaban las llaves...?
No me sucede casi nunca, pero me pasó en el instante en que íbamos más apurados. Sin llaves no podíamos salir, ¿cómo entraríamos luego? Mientras me iba poniendo nervioso, porque no aparecían y porque la hora se nos echaba encima, pensaba en el mejor atajo para llegar puntuales.
Quince minutos después y varios improperios irreproducilbles más tarde, recordé que, cuando abrimos la puerta al llegar del trabajo, en vez de depositarlas en su sitio habitual, las había guardado en el bolsillo de la americana.
[Justo en ese instante llegó un mensaje al móvil (publicidad bancaria para mayor desesperación), y, entre el paraguas que chorreaba, las llaves y coger el móvil, aquéllas fueron a parar donde estaba éste.]
La hora se echaba encima. Y si llegábamos tarde, no podríamos entrar, y ellos no estarían.
Cuando pasamos al lado de Ricky, no le hicimos caso. Pero para mi desgracia el número se me quedó grabado en la retina.

¿Cómo le digo que podríamos tener treinta y cinco mil euros más que ayer?

lunes 8 de febrero de 2010

COMO BUITRES QUE SIGUEN LA AGONÍA DEL LEÓN


Imagen tomada de internet



La palabra de cada día.
El camino que serpea.
Agosto de 2005


Todo parece que marcha más o menos con calma. Todo parece que ha entrado en cierta rutina de tranquilidad quizá anodina, pero desde luego reparadora del alma. De repente, una llamada trastoca todo. De repente, la vida con un impulso un poco dañino golpea a la puerta de la preocupación feroz y aterradora.

El caso es que uno se viene preparando para estas cosas desde hace tiempo. Desde hace muchos años, al menos algunos, procuro despegarme más de las cosas, y tengo claro que apegarme a ellas es más contraproducente que un baño desnudo en medio del Antártico. Tengo claro que las cosas se acaban (y las situaciones y las personas), tengo claro que nuestra carrera es una carrera de fondo hacia el atardecer. Después, no sé qué ha de pasar. Tengo mis esperanzas, incluso podría decir que son casi evidencias que se podrían demostrar matemáticamente, lo que ocurre es que uno es tan malo en las Matemáticas, que mejor no intentarlo. Pero no iba a hablar de la inmortalidad o no inmortalidad.

Al igual que creo a pies juntillas en esta probabilidad, también tengo cada día más claro que no podemos vivir preocupados por ella, sino que hemos de vivir sabiendo, simplemente, que los instantes de aquí concluyen, van concluyendo cada día, y que lo más pernicioso para nuestra salud es precisamente aferrarnos a ellas como si este fuera nuestro destino.

Pues bien, y dicho todo lo anterior, sin embargo, hay una especie de gancho del que uno no se puede deshacer del todo que te mantiene totalmente unido a las cosas y a las personas de acá abajo. Y cuando se oye el lejano runrún de que algo podría ocurrir antes de que ni siquiera podamos darnos cuenta de que está sucediendo, entra una tiritera de corazón de grandes dimensiones, casi apreciable por los sismógrafos. Y todo ello a pesar de que uno intenta con todas sus fuerzas que estos golpes duelan menos. Cada día un poco menos. Pero ahí están los lazos afectivos, que como digo en la novela, mejor dicho como dice Oliver en la novela, cuando se rompen causan más desgarros que las gruesas cadenas de hierro. Probablemente no se puedan hacer las cosas de otro modo y manera. El ser humano tiene esta condición. Quizá por ello es humano, pues de otro modo no podría serlo.

De todos modos los truenos están lejos. Y la intensidad de la tormenta que se puede avecinar más o menos pronto, también parece que no ha de ser destructiva del todo. Pudiera ser que todos los vaticinios sean erróneos. También podría ser que no todo lo que se dice sea exacto y se nos está ocultando alguna cosa que, ahora mismo, parece que no es así. De todos modos ya se verá.

Las nubes avanzan en el horizonte. Las primeras que vienen parecen grises y dañinas, pero, de momento no parecen suficientes.

El miedo, sin embargo, va tomando posiciones, como los buitres, que están siguiendo la agonía del león.

viernes 5 de febrero de 2010

LA CARTA. Parte Tercera



Si quieres leer la primera parte, aquí
Para la lectura de la segunda parte, aquí

Habían pasado muchos años desde entonces, pero a veces aún percibía la impresión que le produjo el amanecer del día siguiente: algunas reacciones físicas, sobre todo en el cielo del paladar, en la lengua y en el estómago después de una madrugada en que no había pegado ojo. Similares sensaciones le molestaban en esos momentos al contemplar la carta sobre la mesa. Tenía la certeza absoluta de que detrás o dentro de las abigarradas palabras escritas con tinta negra, había una noticia que le haría daño, acaso un dolor retrospectivo, acaso una llaga en el mismo punto donde yacía la cicatriz que parecía olvidada.
Sospechaba que era imposible que le ocasionara la misma herida que las palabras de su madre aquella otra mañana. Ella llegó temprano, o eso supuso Luisito, pues no había pasado mucho tiempo desde que había visto el primer claror del dia filtrándose a través del cristal de la ventana, como gotas de zumo. Pero a diferencia de la espléndida luz matinal que jugaba a ser novia del verano, su madre traía toda la muerte del invierno con su presencia. Sabía que era inevitable, y a pesar de su corta edad, o por ello mismo, ciertas cosas no podían evitarse. No pudo cambiar la pregunta que se había colado en su conciencia como un murciélago devastador. Quizá fuera la mejor de todas las posibles, o quizá no, pero después de la noche de insomnio ni quiso ni pudo cambiarla.
— ¿Mamá, por qué no ha venido papá a verme?

De nuevo la profusión de llanto en el rostro materno abrió una sima de silencio, que parecía un acantilado desde el que se contemplaba la esencia del dolor. Quizá no hubiera hecho falta mucho más para hallar la razón que explicara la abundancia de la sangría del alma materna, pero era necesario que las palabras cumplieran con la difícil misión de comunicar el contenido y los vacíos de la vida. Después de unos minutos su madre se tranquilizó lo suficiente para que sus palabras no se confundieran con jirones de quejidos. Pero no abordó la cuestión de modo directo o abrupto. Su madre, a pesar de ese dolor que había enlutado el brillo de su mirada, volvió a ser su madre, toda dulzura y paciencia (salvo a la hora de la comida), aunque se trataba de una ternura diferente, una ternura triste, una ternura melancólica, una ternura un punto alejada y fría.
Antes de nada Laura Enciso quiso saber hasta dónde sabía o intuía Luisito.
— ¿Recuerdas cómo fue el accidente?

El niño de entonces cerró los ojos. Quizá abandonó la infancia en ese momento. Siempre que había rememorado ese instante preciso, y habían sido muchas veces a lo largo de más de treinta y cinco años, recordaba un reventón de cristales en su interior. Una fractura en miles de esquirlas que clavaban sus límites aserrados y puntiagudos en lugares ignorados de su organismo que no provocaban borbotones de sangre sobre su piel, pero sí en un interior indefinido. De nuevo la impotencia le consumía. No obstante, le contó a su madre todo lo que se había grabado a fuego intenso en la memoria durante la madrugada y su relato concluía en el mismo punto, en esa décima de segundo en que un bulto blanco impactó con su cuerpecín. Allí se fundía en negro la pantalla de aquella película, allí dejaba tendidas al viento sus palabras, con una clara percepción: después de su olvido, se habían escrito los sucesos que concluyeron en el luto funesto de su madre…
— ¿Y eso es todo, Luis?

Fue la primera vez que su madre le llamó con el nombre que pertenecía a su padre. Así que, en un primer momento, quien luego fue ayudante del fiscal no sintió que aquella pregunta le inquiría a él. Laura Enciso suspiró y procedió a contarle, como si arrastrara cadenas en su voz, que su padre era el conductor del coche blanco familiar y que no le había dado tiempo casi ni a bajar de él. Cuando el vehículo embistió al niño, todos suponen, pues nadie pudo comprobarlo nunca, que se dio cuenta de quién era el niño atropellado. Según explicaron o supusieron los médicos, cuando Luis Prieto comprendió que aquel cuerpo arrojado sobre el adoquinado era el de su propio hijo mayor, le dio un ataque al corazón fulminante. Añadieron más: aunque hubiera habido un médico a su lado con todo el material necesario para semejantes operaciones en estado de uso inmediato, hubiera sido imposible su recuperación. Fue tan destructor el infarto, que nadie hubiera podido hacer nada.
— Tu padre murió en el acto, quizá porque pensó que te había matado.

Así fue la primera vez que se lo contó, aquella mañana vecina del verano en la cama del hospital. Recuerda que no reaccionó, pero, a pesar de la revelación, sintió que todas las cosas tenían un cierto equilibrio. En su percepción infantil de la realidad, más confusión causaba la ausencia sin justificar, que esa explicación definitiva. Pero ese equilibrio dio paso, casi de inmediato, al dolor más intenso, a un dolor del que aún no se ha aliviado del todo. Y todo por correr detrás de la pelota. En realidad no hizo falta que su madre se lo repitiera más veces con el añadido habitual a la frase colofón de la historia. Aquel estrambote trágico, en realidad, ella lo hizo sonoro, pero el niño ya lo pensó en silencio pocos minutos después de conocer el desenlace brutal: y todo por perseguir una pelota.

Así que, cada vez que doña Laura Enciso contaba la historia, estuviese el niño delante o incluso se la recordase a él mismo, concluía del mismo modo.
— Tu padre murió e el acto, quizá porque pensó que te había matado, y todo por perseguir una pelota.

Pero era más cómoda la amnesia y acusar a su madre de haberle inoculado la sensación de culpabilidad de la muerte del padre, que reconocer que él mismo, por la lógica absurda de las cosas, había llegado a idéntica conclusión.

Fue un poco más tarde, para entonces era ya imposible extirpar aquel tumor llamado culpa que había arraigado en su interior, cuando alguien preguntó si es que había ido a la tienda de doña Tesita con la pelota en las manos, y ésta se le había caído. La pregunta nació con aire casual, quizá por evitar una nueva sesión de lágrimas, quizá por evitar que el silencio se convirtiera en cuchillo que saja un encuentro y lo convierte en fugaz, pero al ser escuchada se percataron de que hubo algo en aquel atropello que había dislocado el orden lógico de las cosas.
Fue la primera vez que el niño cayó en la cuenta de que en persecución de su pelota de colores, justo antes de girar hacia la derecha, y poner los pies en la calzada tapizada por adoquines que parecían de luz, vio de refilón, por la comisura izquierda del ojo de ese lado la silueta inconfundible de Eladio.
Que Eladio Roquedal Torrequebrada estuviese en ese lugar era lógico, pues allí vivía, al menos durante el curso escolar, ya que a la llegada de las vacaciones toda la familia se instalaba en el chalet familiar que, como un castillo de ostentación, se habían construido en la finca aledaña a la de la fábrica de la que era propietaria la familia, en donde trabajaba su padre. Por tanto intentar pensar que Eladio tuvo algo que ver de modo directo con aquel accidente era una locura sin sentido. Más aún, desde donde estaba, Eladio no podía ver la calle, por tanto no podía saber si subían o bajaban coches. La única conclusión un poco fiable es que había sido a él a quien se le había escapado la pelota, justo en el momento en que su anterior propietario pasaba ante la puerta.
Una casualidad macabra.

El caso es que ante aquella pregunta, Luisito pudo contar por primera vez lo que había sucedido con su pelota de colores.
— No, yo no llevaba la pelota cuando bajaba a por el pan. Por la mañana me la había quitado Eladio, y cuando estaba a punto de llegar a la panadería, la vi botando en la acera y salí corriendo detrás de ella.
— Pues ya fue mala suerte —, comentó a modo de colofón el interlocutor que preguntó por alargar la conversación.

miércoles 3 de febrero de 2010

VÉRTIGO

Vértigo, de Salvador Dalí

Me acechan los colmillos de las dudas y de los miedos babeantes de pus y sangre, esos afanes que atormentan la placidez del horizonte. Remejen mis poros las pisadas que oigo dentro del corazón mientras expulso el aire retenido tras las puertas de los alvéolos ateridos. Pisadas que me persiguen con aullidos que sólo se aventan en los callejones de mis arterias, donde nadie más escucha el eco de sus miradas acusadoras…
Sé que son pocas cosas las que hago bien, pero ahí afuera, detrás de las nubes de humo y ruido, peleo contra la docena de bloques que componen cada almanaque sobre el que se derriten mis ilusiones y crecen las dudas y los miedos, hasta que se convierten en colmillos que babean pus y sangre.
Cuando se acerca el instante en que no hay sombras que me espíen ni hay espacio para el asedio de tal presencia imprecisa, pero tan concreta como el arrullo lejano de las fuentes de la infancia, ese canto de aire y agua que conduce a la nada donde cada músculo se mece en la amnesia de sí mismo, las flores emergen como joyas de la mirada, y se asoman en silencio y sonríen como un padre sonríe ante la pataleta del niño caprichoso.
Por más que lleguen los dedos de la noche tibios de caricias de estrellas, queda una hienda que me asoma al abismo y el vértigo azuza la mirada, pero lo soporto antes de caer en el vacío de la oscuridad, donde todos terminamos por caer…cada jornada.

lunes 1 de febrero de 2010

BLANCANIEVES EN EL BOSQUE

Blancanieves, detalle. obra de María López-Gallego


Mientras Blancanieves pasea por el bosque, no deja de tocarse el pecho, después del susto no tiene claro que su corazón siga donde le corresponde. Le atormenta el pensamiento, porque duda que el cazador engañe a la reina con un corazón de un cervatillo.
‘¿Y si reconoce la trampa?’ se pregunta.
No se imagina a la reina caminando por este mismo bosque. Será difícil que toda una reina decida caer tan bajo. Perderse entre estos andurriales, tropezar con los dedos de las raíces que sobresalen de la tierra, pincharse con las púas de algunas plantas, sentir el bufido de los murciélagos.  Además cualquiera la reconocería.. Y tampoco enviará a un ejército para que busque a una pobre princesa...
A medida que se pierde entre los vericuetos del bosque su corazón se calma, aunque se siente cansada…
Pero eso es otro cuento.

viernes 29 de enero de 2010

LA CARTA. Segunda parte.




Primera parte, aquí

Porque lo primero que vieron sus ojos, una vez que se acostumbraron a la claridad del día de primavera, fue el color negro, no sólo de las ropas de su madre, sino de su mirada, lo que le impactó más que otra cosa, porque hasta ese día su madre había repartido luz de esmeraldas desde sus ojos. A pesar de los muchos gritos con que adornaba las órdenes que dictaba tanto a él, como a su hermano Miguel, lo normal es que la sonrisa materna presidiera cada gesto, cada frase, cada mirada, cada silencio. Sin embargo, como si siempre hubiera sabido que algo horrible ocurriría alguna vez en ese momento de la jornada, a la hora de la comida del mediodía solía ponerse nerviosa. Siempre había alguna circunstancia imprevista que mordía su impaciencia con afilados incisivos y despertaba en ella esa ansiedad o nerviosismo al que se habían habituado, pues sabían que era algo pasajero, como una tormenta de verano que igual que surge se acaba, casi de improviso. Así ella, en cuanto que estaban todos a la mesa, los cuatro, se tranquilizaba y volvía a repartir luz de pradera a su alrededor.
Quizá la culpa de aquella tensión desmedida en el ánimo de Laura Enciso, pensó el ayudante del fiscal, la tenía el trabajo de su padre. Mientras recordaba, no se decidía a desdoblar la carta, que no parecía muy extensa, escrita por una caligrafía abigarrada y poco atractiva a primera vista. Si don Luis, como le llamaban todos en el pueblo, no hubiera tenido que volver cada tarde a su puesto de trabajo, casi con la boca disfrutando del último bocado, lo más probable es que su madre no hubiera sido tan rigurosa con que estuviera dispuesta la mesa antes de que él asomara por la puerta. Esa exigencia suya, que sólo desaparecía los domingos y fiestas de guardar, era la que provocaba la explosión tormentosa en el carácter materno.
Pero al descubrir a la séptima mañana después del accidente, aunque cuando Luisito despertó no podía precisar el tiempo transcurrido desde que su cabeza se golpeó contra los adoquines, que la mirada de luz verde transmitía la misma frialdad que la hiedra o el musgo, comprendió que algo muy serio había pasado. A sus ochos años era imposible que determinara con alguna precisión por qué tuvo aquella intuición. Acaso el miedo. Un miedo que se emparentaba con la desolación. A pesar de que aquel rostro que veía era inconfundible, ni más ni menos que el de su madre, le resultaba una cara desconocida, como una máscara de hielo… No lo supo decir en aquel momento, pero llegó a la conclusión de que se trataba de la efigie de su madre a la que le habían extirpado de cuajo la vida. Se movían sus labios, pero lo hacían como dirigidos desde un lejano control remoto. Procuró sonreírle cuando sus ojos, por fin, descerrajaron el portón pesadísimo en que se habían tornado sus párpados durante tantos días y tantas noches, pero aquella mueca le asustó más que le reconfortó. Y pensó vagamente en aquellos seres que había visto en alguna película de la televisión que emergían de las tumbas y caminaban por desérticas ciudades aterrorizadas. Y sin poderlo explicar tampoco, la mañana en que abrió los ojos comprendió que su vuelta al presente, no aliviaba el tremendo dolor que había tornado la luz de esmeralda en sombra de hiedra.
Dejó la carta sobre la mesa del salón. Se encontraba un poco aturdido. Demasiados recuerdos agolpados sobre sus pensamientos sobrecargados, demasiado pasado cayendo con todo su peso de odio y tristeza sobre su ánimo. Se desanudó la corbata de rayas diagonales rosas, malvas, plateadas y negras que combinaba con la camisa rosa, y fue a por un vaso al que introdujo un par de hielos. Abrió el mueble bar y sirvió una generosa dosis del güisqui que sólo reservaba para ciertos momentos. Necesitaba por todos los medios espantar, sino los recuerdos, al menos el halo de tristeza y dolor con el que estaban envueltos y que tenían cierta condición de sustancia líquida, al menos fluida o viscosa, pues acababan por cruzar el tiempo, aquellos treinta y tantos años, y habían aflorado en el presente y empapándole el ánimo de hoy con esa aroma fétido de la tristeza y la podredumbre.
El rostro de su madre se abalanzó sobre el suyo y más que besarlo lo empapó con el llanto de unas lágrimas desaforadas que no eran de alegría. No supo qué preguntar, tampoco hubiera podido pues con la cabeza de su madre aplastándole la suya difícilmente podría articular palabra, pero ya sabía que algo tremendo había pasado. Instintivamente movió las piernas. Por alguna razón, quizá cierta intuición, supuso que el accidente podría haberle dejado paralítico, pero al darse cuenta de que no era así, empezó a sentir en el estómago el horror a lo desconocido. Con tan pocos años era difícil matizar, pero se dio cuenta de que él estaba bien, o no estaba muy mal y de que su madre, aunque se alegraba de verle al fin despierto, sufría por algo, y ese algo era más fuerte que su recuperación. Por tanto, y esto Luisito lo adivinó con absoluta certeza, lo que había ocurrido era tan grave como su propia muerte. Y no supo qué pensar, pero tampoco supo qué preguntar. O sí lo supo, pero la pregunta le asustaba tanto como tirarse por un precipicio, así que decidió esperar.
Mientras movía el güisqui y escuchaba el tintineo del hielo sobre el vidrio del vaso, miraba la carta que le gritaba sobre la mesa de metacrilato del salón. Y sintió que aquella mirada era muy parecida a la que le lanzó a su madre cuando, por fin, despegó su rostro enlagrimado* de su cara.
— No, cariño, tú no tuviste nada que ver.
Luis recuerda que esa frase fue la que le abrió el portón de la culpa. Desde entonces supo que su madre lo acusaba (y probablemente lo acusaría durante toda la eternidad) de ser el causante de algo terrible. No hacía falta ser muy inteligente para saber que se refería al accidente que no recordaba. Con ocho años era difícil enfrentarse a un adulto que lloraba sin pausa y decía aquello. Mucho más si ese adulto era la propia madre. Así que permaneció en silencio, incapaz de preguntar qué había pasado, o por qué no se alegraba mucho de que despertara, o por qué decía aquellas cosas, y sobre todo, por qué lloraba de ese modo, por qué de sus ojos sólo brotaban lágrimas oscuras.
Aquella noche Luisito no durmió. Los médicos no dieron importancia al asunto, puesto que después de una semana de inconsciencia puede ser explicable la falta de sueño, o una alteración en su ritmo habitual, pero a ellos tampoco les dijo que, en realidad, estaba muy asustado con lo que le había dicho su madre y necesitaba desentrañar la madeja de sus recuerdos para ver si recordaba alguna circunstancia de aquel golpe que le había llevado al hospital. Se pasó toda la madrugada intentando reconstruir la escena, buscando con desesperación obsesiva aquello de lo que, según su madre, era inocente, y que, sin embargo, le producía semejante dolor a Laura Enciso.
Al cabo de unas horas, con una cefalea terrible, resumió sus conclusiones en una pregunta. En realidad fue una distracción de sus pensamientos que se acababan irremediablemente en el bote artero de la pelota de colores y en una especie de sombra blanca que ascendía por la calle. Las imágenes en su memoria eran incapaces de avanzar de ese instante, como si la cinta de la película se hubiera atorado en ese momento. Y en un descuido del cerebro se le coló la pregunta, como un vendaval de aire congelado que mata las flores, como una respuesta que en realidad es el filo de una espada.
— ¿Por qué no ha venido papá?
Sabía que no había nadie en la habitación, pero tuvo que escuchárselo decir a sí mismo en voz alta, para que la pregunta no fuera un cañonazo interior que le reventara los oídos y las ganas de vivir. Aunque su padre salía tarde del trabajo como secretario y contable en la fábrica de don Samuel Roquedal y Villafresno, nunca lo hacía después de la puesta del sol. Luisito no sabía a la hora en que se había despertado, y por tanto no sabía si su padre estaría en el trabajo. Pero cuando su madre se tuvo que marchar, ya era de noche, y su padre no había ido a verlo ni un sólo minuto.
___________________
Enlagrimar... Esta palabra no existe en el diccionario. Se me apareció durante la redacción de Gorrión de invierno, una de mis novelas inéditas, y me parece tan expresiva que por ello la uso. Digamos que sería un vocablo análogo otros como empedrar, enladrillar, encalar, enlucir, etcétera. Por tanto, ‘enlagrimar’ podría definirse, más o menos de este modo: Acción o efecto de cubrirse el rostro con abundancia de lágrimas.

miércoles 27 de enero de 2010

EN TIEMPO REAL

Cortan tus manos la esencia de la tarde, mientras prenden de tus dedos, como anillos de rubíes, los últimos rebrillos de este crepúsculo de invierno. El principio del ocaso, como un lirio prematuro, se desgaja del cielo que ya casi no es azul de puro cansado y aterido. Mis ojos devoran el último matiz de la luz que se desmaya, para resucitar de su ceguera, mis ojos, cansados, se tumban sobre una línea quebrada como radiografía de piedra, y un zumo de rosas acaricia la efigie de la mansión donde yace el cuerpo agonizante de la tarde. Mientras el incendio crepita en el corazón, un abanico helado esparce el último destello de una perla de aguamarina.

No puedo acceder al recinto de tus sueños, a la cripta mágica y caliente donde se desborda la ilusión, donde nace el llanto, donde tiembla el miedo, donde hiela la soledad, donde la noche ausculta a las estrellas sin bufandas, donde tus labios se convierten en comba para que salten felices mis dedos como niños de la infancia.

Detrás de la espalda de tu nombre, esa luz de fragua agónica, entreteje la túnica de luz que envuelve el territorio de tus latidos, y espero, como un guerrero sin coraza, que el último latido de la tarde convoque el premio de la paz y del silencio del planeta para que tu voz resuene con la vocación con la que el ungüento sana las heridas de la guerra.

lunes 25 de enero de 2010

UP IN THE AIR

Fotograma de la película



Hay personas cuya principal cualidad es la de hacer atractiva cualquier profesión. Quizá haya otros que convierten en odioso hasta pasear por la calle, pero existe el caso contrario
Ryan Bingham trabaja en una empresa cuya misión es la de viajar por todos los Estados Unidos de Norteamérica visitando empresas en muchas dificultades económicas y que deciden despedir a muchos empleados (esto en España lo llamamos ERE) y no tienen valor para comunicarlo por sí mismos. Ryan Bingham  vive en los aeropuertos, como él dice. Es un maestro haciendo equipajes y pasando por los controles de seguridad. Ryan Bingham pasa cuarenta y tres desgraciados días al año en su impersonal apartamento. Ryan Bingham está soltero. Ryan Bingham no tiene hijos.Ryan Bingham tiene dos hermanas a quien no ve, sólo discute con ellas por teléfono. Ryan Bingham está convencido de que su trabajo es el mejor del mundo, porque no anuncia despidos, sino que en realidad ofrece nuevas oportunidades para quien es despedido. Ryan Bingham viaja por los Estados Unidos con un equipaje ligero y sin ninguna atadura, ni material, ni personal.
Ryan Bingham es el protagonista de Up in the air interpretado por George Clooney.
Durante un buen rato de la película, aunque sabe que no es así, que no puede ser así, uno piensa que quizá no le falte algo de razón. Y estoy seguro de que esto se debe a que Ryan Bingham  es un tipo estupendo, con una sonrisa convincente, una mirada cálida y una capacidad para convertir en blanco lo que es negro admirable.
Hasta que de pronto uno se da cuenta de que Antonio Machado escribió, viajar ligero de equipaje, no sin equipaje. Y entonces Ryan Bingham empieza a tambalearse, porque empieza a evolucionar.
Y en la evolución uno descubre la mano de un buen novelista, Walter Kirn, y de un buen director de cine, Jason Reitman (autor de Juno y Gracias por no fumar). Y cuando todo se pone patas arriba, Ryan Bingham sigue siendo encantador.
Absolutamente encantador.

viernes 22 de enero de 2010

LA CARTA. Primera parte

IMAGEN TOMADA DE INTERNET




La carta llegó mezclada con la correspondencia bancaria, con la propaganda basura que infecta los buzones, y con la factura de la compañía eléctrica.
¿Cuánto tiempo hacía que no recibía una carta manuscrita? ¿Quién podría necesitar comunicarse con él de este modo? ¿Quién perdía su tiempo en escribir a mano, pudiendo llamar por teléfono, pudiendo mandar un correo electrónico…?
Antes de introducir la llave en la cerradura, ya sabía quién era el remitente.
Y la tarde empezó a girar en otro sentido. Como si retrocediera, como si se hiciera un espejo de sí misma, un espejo dirigido hacia el pasado.
Nunca había pensado que aquel nombre podría volver a lastimar sus recuerdos.
Fue una aparición demasiado brusca, una granada de mano arrojada desde alguna parte imposible del pasado y que partió en dos el tiempo.
Eladio Roquedal Torrequebrada era un nombre que su vida se había encargado de arrojar al profundo mar del olvido, envuelto en una argolla de hormigón y con la orden de quemarlo en cal viva.
Pero algo había fallado.
O alguien que le conocía demasiado bien sabía cómo podría hacerle daño, mucho daño.
Mientras rasgaba con impaciencia el sobre, el recuerdo del cristal cortante de la voz de su madre también reapareció sobre el oleaje de los recuerdos que amenazaban con anegarlo en el pasado.
— ¡Luisito, Luisito, baja a por una hogaza de pan, que a tu hermano se le ha olvidado…! ¡Y date prisa que está a punto de llegar tu padre del trabajo!
La voz había llegado con nitidez y envuelta en un halo inconfundible de ansiedad. En realidad no había ninguna interpretación posible. Pero no le apetecía bajar hasta la panadería de doña Tesita, y menos a esa hora. Seguro que se encontraba con Eladio y después de lo que había ocurrido en el patio del colegio tampoco es que fuera el mejor momento para reencontrarse con ese bruto.
— Pero, mamá, si seguro que doña Tesita ya ha cerrado.
— ¡Qué bajes, he dicho!
Mejor arriesgarse a un mal encuentro con Eladio que a un sonoro sopapo de mamá.
El sol del mediodía le acompañó durante su carrera veloz, acera abajo hacia la panadería de doña Tesita.
Ya estaba a punto de alcanzar la puerta de la vieja, cuando, antes que a su dueño, vio su pelota de colores.
Fue un solo instante, un momento de duda.
Quizá, si hubiera seguido adelante, hacia el viejo comercio del pueblo, le hubiera dado tiempo a esquivar el encuentro con Eladio. Pero el atractivo de la pelota era excesivamente grande. Era su pelota. La que le había robado con tan malas artes durante el recreo. Casi fue una reacción instintiva. Giró a su derecha y fue tras la pelota, mientras el grito de Eladio rompió el silencio de la calle.
— Luisito, como toques la pelota te vuelvo a machacar, ¿o es que no has tenido bastante, esta mañana?
No, no iba a ser esta vez víctima de la fuerza de Eladio. Esta vez no le pillaba por la espalda, ni de sorpresa. Y él, por ser más pequeño y más delgado, era más ágil y más veloz. Seguro que no le alcanzaba.
Con toda la fuerza que fue capaz de imprimir a sus piernas, continuó tras el bote un poco artero de la pelota de colores, la que esta mañana había pasado a ser propiedad de Eladio Roquedal Torrequebrada, después de una pelea desigual e injusta.
De pronto el silencio se vistió de blanco en su mirada.
No recordaba nada más.
Iba obcecado por alcanzar la pelota, su pelota, y, al mismo tiempo, iba perseguido por aquella voz autoritaria, de quien se sabe dueño de haciendas, voluntades y vidas, aunque sólo tuviera ocho años. El auto que subía por la calle, fue una aparición innecesaria. ¿De dónde había salido? El aullido de la frenada llegó unas décimas de segundo más tarde de que hubiera perdido el sentido, tras el golpe con el parachoques metálico que le arrojó contra los adoquines brillantes de sol y primavera.
Ni siquiera reconoció a su padre que, con la cara desencajada, intentaba abrir la portezuela del vehículo, para ayudar a su hijo, a quien acababa de mandar al cielo, o eso pensó confusamente, mientras el corazón le estallaba dentro del pecho…
Claro que de eso se enteró unos días más tarde, cuando recobró el conocimiento. Aquella última imagen de su padre se confundía en su mente con un vago recuerdo que el tiempo anestesia, y al mismo tiempo con cierto aire de retrato falsificado, pues en su fuero interno estaba seguro que él no había visto ni al coche ni a su conductor. Sus ojos, y su corazón completo, estaba pendiente de la pelota que botaba como si la felicidad fuera eterna.
Salvo el abrigo, que arrojó de cualquier manera sobre uno de los sofás, no se desprendió de nada más. Necesitaba leer aquella carta, porque necesitaba poder volver a respirar. Aquel nombre había tenido casi el mismo efecto que el golpe contra el pavimento adoquinado. Eladio Roquedal Torrequebrada era un puñetazo en el mismo centro del plexo solar. Definitivo en la mayoría de los casos. Es verdad que habían pasado más de treinta años, y Luisito ya no era Luisito, sino Luis Prieto Enciso ayudante del Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial, pero ciertas cosas son inevitables, como temblar después leer el nombre de Eladio Roquedal Torrequebrada.
Era un viejo temblor casi olvidado. Pero quizá sea conveniente aclarar que no había ningún tipo de miedo en aquella reacción de su organismo. Se trataba de la ansiedad que desde aquella mañana, siete días después del accidente se alimentaba como una parte más de su cuerpo. Si hubiera podido, se habría levantado de la cama del hospital donde había yacido inconsciente más de ciento sesenta horas, pero con las constantes vitales en perfecto funcionamiento, y habría vuelto a la casa de Eladio, no para cogerle la pelota de colores. La maldita pelota azul y amarilla y roja ya no le importaba un bledo. Habría ido hasta allí para intentar arrancarle la cabeza. Y esa primera reacción, la que tuvo nada más despertar después de aquel mal golpe, fue espontánea, aún antes de conocer con exactitud las consecuencias del accidente.
Las más graves no habían sido sus costillas rotas y el golpe en la cabeza (lo que más preocupó a los médicos durante mucho tiempo, pues aquel hematoma que no sangró podría tener complicaciones en un futuro). La más grave fue contemplar cada día desde entonces el eterno luto de su madre. La eterna rabia que desde ese momento consumió a Laura Enciso y que le transmitió a él, desde que abrió los ojos, a la séptima mañana después del accidente, hasta que murió muchos años después, de pura consunción y odio.