Etiquetas, enlaces y otras informaciones al pie de la página del blog. Estos son mis otros 2 blogs: Euritmia en la red y El Surco de los días
Además participo en estos otros blogs que considero parte de mi casa La Esfera Cultural, Alenarte Revista, 7 plumas (donde hemos escrito la novela colectiva Oscurece en Edimburgo), y Literatura Nova donde tengo subidos para su descarga mi poemario Eterna luz sonora y un relato. Este mes, en el número 80 de Alenarte Revista podéis leer ESTE ARTÍCULO.

Cómplices

domingo 12 de febrero de 2012

Muy dentro de su lágrima




Debería fundirme en el silencio,
muy dentro de su lágrima,
en su invisible médula
y acallar este estruendo de navajas
que me impide escuchar
cómo crecen los pétalos futuros,
o cómo me susurran tantos muertos
a través de senderos embarrados.
Debería fundirme en el silencio,
muy dentro de su lágrima,
beberme sus esencias,
y acallar las espinas que transitan
sobre la piel del aire
y me ciegan la línea del mañana,
y me enturbian la sombra del recuerdo
pretendiendo que olvide tanta sangre.
Debería fundirme en el silencio,
muy dentro de su lágrima,
sintiendo su latido,
ese pulso invisible del planeta
eco de los redobles
de todas las miradas con mordaza
las que hoy nacen heladas por el pánico,
las que entonces mataron sin piedad.
Debería fundirme en el silencio,
muy dentro de su lágrima,
y que toda su lluvia
de memoria fecunde mi argamasa
cubriendo mi presente…
No quiero ser la sombra del vacío,
ni quiero ser un surco de cizaña,
ni quiero ser un páramo de olvido…

viernes 10 de febrero de 2012

Nada, absolutamente nada, es por casualidad



Nada, absolutamente nada, es casual.
Leer las noticias que se han ido desgranando este día, una tras otra como pedradas contra la libertad y la justicia, me vienen a confirmar una vez más todos mis temores más pesimistas, sobre este sistema, sobre este país, sobre este Continente, sobre el Mundo.
Nada, absolutamente nada, es casual.
El camino está trazado. Es cierto: en dos días se puede destruir el trabajo de muchos años, el sacrificio de muchas personas que se desvelaron y dieron con sus huesos en la cárcel o en las fosas, por conseguir un mundo más justo, por lograr que cualquier ser humano tenga las mismas oportunidades con independencia de su posición, de su economía, de su ideología, de sus creencias, pero aún así, hasta los muertos acabarán por levantarse de las cunetas y alzar su voz inextinguible.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Alguien ha decidido que la igualdad, la justicia, la democracia son inminentes peligros para sus intereses. Somos todos iguales, pero uno son más iguales que otros, parecen afirmar. Ya está bien de cualquiera pueda aspirar a señalar con su dedo a culpables de corrupciones, delitos, o mentiras. Mantener el rito y la fórmula es lo único que les interesa, el contenido mejor derrumbarlo desde los cimientos, socavarlo para que no se pueda levantar.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Quizá en las próximas generaciones consigan sus metas, pero con nosotros no lo van a conseguir. O no lo van a conseguir plenamente, a pesar del adocenamiento en el que vivimos. No es posible que piensen, por más que sus palabras se disfracen de sacrosantos pilares de los estados de derecho, que nos han podido convencer, o engañar. Nadie se puede creer tanta torpeza cometidas por persona de demostrada inteligencia y conocimiento.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Y lo de hoy es sólo el primer aviso. Lo sabemos. Sabemos que la verdadera pretensión es otra. Pero los muertos clamarán desde nuestros surcos, y el robo del bien común por parte de uno pocos no ha de quedar impune.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Intentan que lo público se pudra, se cercene, se esquilme de tal modo que sólo la gestión privada satisfaga a unos pocos privilegiados, para así mantener puras e intactas sus castas. Y van dando pasos, quizá aún con nuestro silencio cómplice e hipnotizado por el miedo y el espectáculo de vísceras expuestas en los altares coloreados de nuestras salas de estar.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Pero la historia del ser humano es imparable. Por más que se empeñen, la escalada hacia la cima de la libertad y de la justicia no ha cesado desde siempre. Y continuará. El progreso es imparable. Quedarán cadáveres exangües en los senderos, caerán los mejores por los más altos precipicios, pero aún así, seguiremos avanzando. Muchos moriremos antes de alcanzar a contemplar la tierra de promisión.
Nada, absolutamente nada, es casual.
Los dinosaurios eran invencibles. La formidable construcción de su arquitectura los hacía inexpugnables. Hasta que desaparecieron y dieron paso a otras criaturas. Tienen miedo. Su carrera conduce hacia el abismo, y lo saben, salvo que consigan convertirnos en bueyes uncidos a su yugo. Pero no lo van a lograr, porque la historia es imparable, porque somos más, porque la verdad está de nuestra parte, porque la fuerza de la verdad y de la solidaridad acabará por derrotar su arrogancia.
Nada, absolutamente nada, es casual.

lunes 6 de febrero de 2012

Fueron tan importantes





Fueron tan importantes los pájaros de la niñez,
sus plumas de colores imposibles,
ceñidas a la cresta de las neuronas virginales,
y a la confusa alfombra de los oídos,
cuando el futuro era la única posibilidad
de seguir con vida
y todas las preguntas, telescopio buscando estrellas.
Fueron tan importantes los soldados de la niñez,
dispersos por la mesa césped de la cocina,
la mayoría muertos de muerte inexplicable,
pues nunca eran capaces de permanecer en pie,
salvo instantes fugaces de resurrección,
cuando mis dedos
eran la voluntad de un dios dubitativo e impaciente.
Fueron tan importantes las lágrimas de la niñez,
su sabor como un eco del mar desconocido y lejano,
color de aire engarzado en espejos cálidos,
cuando algunos presentes porteaban en su filo
los jirones de piel muerta, como una sombra
desgarrada y tendida
sobre algunas agujas de los primeros minutos a mi espalda.
Fueron tan importantes los libros de la niñez,
sus ritmos de veleros o de globos rumbo a los adentros
hacia extraños lugares esparcidos en tiempos y espacios,
y rumbo a recovecos sombríos o luminosos
de mi interior pequeño, donde hallaba territorios inéditos,
viajes en que el tiempo
cambiaba su sustancia por una eternidad invulnerable.
Fueron tan importantes las heridas de la niñez,
su barboteo oscuro y ácido, a veces incansable,
como lengua de fuego sin brillo donde palpitaba el final,
como un sendero rojo por el que algo importante huía y
donde el dolor se hacía tan concreto como un beso,
y donde aleaba
el pulso de una sombra que yo creía ajena a mi esencia.
Fueron tan importantes las enfermedades de la niñez,
su ensayo de agonía y vértigo interminable
aupado en los pináculos de un abismo sin fondo,
y la carne aplastada contra el desánimo incoloro,
como un surco baldío, envenenado de sudor y miedo
donde se desgranaban
losas inexpugnables sobre párpados y piel, toda la piel.
Fueron tan importantes los besos de la niñez,
su esencia de argamasa palpitante y luminosa
incansables dovelas sobre las que apoyar
el incipiente vuelo de mis días y mis noches,
en el hostil espacio del deseo como cordillera,
donde se alimentaba
el sueño de un futuro cimentado en luz de besos.

viernes 3 de febrero de 2012

Oscurece en Edimburgo en Televisión Segovia


Me acaba de llegar el enlace de la entrevista que se ha emitido en estos días en TeleSegovia, me gustaría compartirla con todos vosotros. Y antes dar las gracias a Pepe, propietario de la Libería Entre Libros, que lleva el programa de libros de la cadena, así como a la propia cadena por mantener este tipo de programa.



 

lunes 30 de enero de 2012

Fulgencio Argüelles: "A la sombra de los abedules", ecos de una lectura

Portada del libro   

Título: A la sombra de los abedules
Autor: Fulgencio Argüelles
Editorial: Trea, 2011
ISBN: 978-84-9704-551-3
Páginas: 252


He leído A la sombra de los abedules, novela escrita por Fulgencio Argüelles  y editada en 2011 por Trea, que me ha provocado íntimas satisfacciones lectoras y que no voy a reseñar, porque nuestra amiga bloguera Lammermoor ya lo hizo en su momento en La Esfera Cultural. Justamente AQUÍ podéis leer su comentario, que os recomiendo vivamente, más allá de mis propias palabras que sólo pretenden ser, y no sé si lo conseguirán, un eco de los latidos que en mi corazón provocó su lectura.
Antes de nada, decir que la novela fue un regalo inesperado que me hizo la propia Lammermoor y que recibí como uno de los obsequios realizados por los magos de Oriente.
A la sombra de los abedules me ha reconciliado con mi modo de entender la literatura que, por otra parte, y vaya por delante, no es el modo al uso, más bien es un modo contracorriente, como remar surco arriba una río de aguas bravas, es decir, la manera que mejor escinde al autor de posibles editores. Uno intuye, pero esto es una hipótesis indemostrable, que la novela vio la luz precisamente por estar ubicada en el tiempo y lugares históricos en que lo está. Más allá del modo en que Fulgencio Argüelles decidió darle forma, algo así como un miniaturista de las palabras y del ritmo y de las imágenes.
A medida que mis ojos avanzaban por la tersa y transparente superficie de los renglones que trenzan la historia de Melendo, Niria, Magilo, Flanio, Lena, etcétera, era como si me limpiara la sangre, como si bebiera del agua cristalina y limpia que quita la sed, como si ecos de Gabriel Miró, por ejemplo, reverberasen en mi torrente sanguíneo transportándome a mis diecisiete años. La prosa del autor asturiano en multitud de ocasiones prefería ser como los atardeceres de mayo o junio, casi infinitos, con tantos matices como si fuera capaz de descomponer ilimitadamente el espectro del arcoíris. Sus palabras son como la paleta de un pintor que usa todos los colores en cualquiera de sus matices, sin olvidar ni uno solo. Pero más allá de esa riqueza, está la poesía y la morosidad con la que disfruta y paladea los momentos, ese ritmo redondo y cadencioso. No le importa a Fulgencio Argüelles la premura con la que los lectores contemporáneos nos enfrentamos a los textos. Él, muy consciente de la esencia de su tarea, prefiere tallar o moldear con precisión lo que desea contar, sin que le tiemble el pulso, ni le trastabille el ritmo a la hora de extender una frase durante más de una página. Su fraseo es amplio, como son amplias esas puestas del final de la primavera o de los inicios del verano a que me he referido, y, sin embargo, esa extensión no se hace intrincada para el lector, no está basada en recovecos de oraciones que se subordinan unas a otras pudiendo confundir, sino que su cimiento es la conjunción, la adición en igualdad de condiciones de una oración a otra. Y el ritmo. Esa cadencia suya que, probablemente, haya conseguido tras muchos años de trabajo silencioso y duro y arduo.
Además está esa capacidad para la observación, para temblar emocionado con la contemplación de la naturaleza, con ese devenir del río, con las lluvias, las ventiscas, el rielar de la luna, el paso de las estaciones y la huella que van dejando en el aspecto de las luces, las sombras, los animales, las hojas de los árboles, y el propio ritmo de los hombres y mujeres que hacia el año 1000 nacían, vivían, amaban, se reproducían y morían por el territorio asturiano próximo a lo que hoy conocemos por los valles mineros. Ese principio de milenio en que todavía las viejas y ancestrales creencias pervivían e iban siendo subsumidas dentro de las creencias y prácticas de la Religión oficial, impuesta casi por la fuerza…
Leyendo, diez siglos más tarde, sobre aquellas creencias que despectivamente nos enseñaron a denominar precristianas, uno se da cuenta de que, con independencia de su certeza o no, están llenas de sabiduría y de sensatez, aunque en muchos casos los avances científicos, tecnológicos y técnicos las postrarían al nivel de ritos poco menos que decorativos. Sin embargo, poniéndonos, como hace Fulgencio Argüelles y como debe hacer cualquier escritor, en la piel de los protagonistas (en especial me refiero ahora a Magilo, sin duda el personaje más trabajado y querido por el autor aunque no sea el personaje principal de la historia), aquellos hombres y mujeres que habitaron Asturias, la Iberia, Europa, el mundo entero, eran tan sabios como lo somos nosotros mismos, puesto que ellos aprovechaban al máximo los conocimientos que tenían y se preguntaban cosas y en la capacidad de preguntar y en la búsqueda de la respuesta desde siempre ha anidado el mecanismo mediante el cual ha evolucionado la humanidad, y cualquier civilización ha crecido elevándose sobre el cimiento de las preguntas a las que se buscan y se encuentran respuestas. Y esta es, probablemente, la razón por la que las culturas o pueblos de antaño veneraban a sus ancianos, pues en ellos se atesoraba la sabiduría que se había ido transmitiendo de generación en generación.
Uno, desprendido de prejuicios, mejor dicho con el aval de la reseña de Lammermoor, ha sentido que se puede disfrutar de un texto narrativo que a la vez linda con la lírica en muchos momentos, un texto sin enredos especiales en el argumento, un texto en que importa la palabra –su cuidado, su moldeado, su pulimentado continuo-, un texto en que el ritmo de zancada amplia y ritmo sosegado nos lleva lejos, porque nos lleva, como las raíces de los árboles, a las honduras del corazón humano. Ésa es la verdadera historia, el verdadero quid de la narración. En realidad el núcleo de la novela es enfrentar dentro del corazón de un joven que ha de dirigir los destinos de muchas personas, el cristianismo del año 1000 (pujante y avasallador y ávido de poder) a los últimos restos de los cimientos religiosos o filosóficos o culturales o de costumbres de los primitivos pueblos astures que pervivieron incluso tras la romanización de aquellas tierras. Que el lector vea a través de los ojos de Melendo el mundo y reflexione sobre sus realidades perennes, aquellas que aún mil años después perduran, es el logro de Fulgencio Argüelles. De algún modo una novela de iniciación, porque el protagonista es un joven, casi un adolescente en el momento en que la vida se muestra a su ser en todo su esplendor, y con todos sus posibles riesgos.
Y digo, y no quiero engañar a nadie, que sólo se trata de mi opinión, que se trata de una reconciliación con un modo de escribir alejado de todos los presupuestos que se dan por asentados en las editoriales.
Y no hay nada que decir a ello. El lector en su sacrosanta libertad, lee aquello que quiere (esto es un poco utópico, pues no se puede escoger lo que se desconoce, pero eso forma parte de otra historia), el lector con su tiempo hace lo que estime menester. El escritor decide, si es que puede o sabe.
No hay premio, no hay castigo, simplemente hay consecuencias. Pero a veces uno se encuentra con perlas de esta magnitud, al menos para mí, al menos para el modo en que me allegué a la literatura, al menos cuando descubrí que las historias que más me gustaban eran las que tallaban a personajes hondos, con mil matices, utilizando las palabras y su sintaxis como los pintores usan los colores, los músicos los sonidos, los escultores la arcilla o el mármol…