martes, 14 de mayo de 2019

José Antonio Abella. "La llanura celeste"

Después de leer La llanura celeste (editado por el sello vallisoletano Páramo) siento que debo venir de inmediato al blog. Es como el aldabonazo inaplazable que necesitaba para buscar las llaves de este desván tanto tiempo ya cerrado.

Para centrar el asunto transcribo de la contra del libro:

(...) José Antonio Abella nos presenta en La Llanura Celeste la tierra que le vio nacer, y lo hace a través de los ojos de un niño inocente y despierto, lanzado a caminos ignorados y llenos de aventuras, donde irá creciendo en conocimiento y en amor hacia las tierras de Castilla y de León, convertidas en protagonistas de esta novela apasionante.
Gonzalillo, pastor huérfano acogido en el monasterio de San Pedro de Arlanza, y Luna, su fiel mastín, pertenecen a otra época —años finales del siglo XII— mas por azares y encantamientos se verán de pronto en nuestros días, obligados a seguir un rumbo que les marcan las estrellas y que les llevará a recorrer las nueve provincias castellanas y leonesas con una sola meta: salvar la vida de su rey, Alfonso VIII. (...)

El autor posa con un ejemplar de su obra.
(Foto de EM diariodevalladolid.es)
Acompañados de un café, antes de haberme leído el libro, tuve la suerte -privilegios de la amistad- de que José Antonio nos dedicase el volumen a Marián y a mí y, obviamente, charlar algo sobre esta novela.
Me comentó aquella tarde -ya lo había dicho en alguna entrevista- que este libro, en realidad, aparece después de estar unos veinte años guardado en el cajón. Hubiera sido su segunda novela, la que hubiese continuado a su memorable Yuda, pero otros proyectos, otras urgencias fueron demorando su publicación.
¿Por qué, entonces, tras cuatro largos lustros se decide a su publicación ahora?
Más de una razón personal y laboral responden la cuestión, pero tras la lectura de sus páginas, uno se da cuenta de que algunos libros no deben aparecer en su primera versión, por mucho que el autor los considere terminados. A veces los libros precisan del reposo, incluso del alejamiento de su autor. No me refiero al estilo o la estructura o amplitud de la novela, pues desconozco en qué ha variado la primera redacción de la que ahora nos presenta, aunque sé que cada párrafo ha sido pulido y repulido. Se trata, más bien, de una cuestión de sabiduría. Probablemente el conocimiento no le faltaba entonces, como ahora no le falta, pero acaso esa sabiduría que sólo se adquiere con la experiencia ha sido sustancia esencial de la tinta con que ha reescrito La llanura celeste.
El lector tiene en sus manos un libro inclasificable, porque pertenece a muchos géneros y, por tanto, a ninguno pertenece. Es un libro de viaje, una road movie en toda regla, con proceso de aprendizaje y maduración inherente a este tipo de literatura tan querida por el autor. Pero este periplo tiene muchos elementos de fantasía, suspense, novela negra, de aventuras, incluso con una guía turística entre literaria y buscadora de rincones menos conocidos y sin embargo trascendentes para entender nuestra sustancia, sobre todo espiritual.
Dice Abella en una entrevista publicada en el diariodevalladolid.es que «el origen [de la novela] está en un libro de Selma Lagerlöf que marcó mi infancia: Viaje de Nils Holgersson a través de Suecia. Llevaba muchos años queriendo hacer un recorrido por Castilla y León que lo recordara. Ya sé que los libros no se parecen, pero la idea nace ahí» 
Así pues, la razón inicial de la novela es mostrar parte de esta tierra castellanoleonesa, no sólo como homenaje, sino también como incentivo para que el lector busque y guste los lugares donde las andanzas de Gonzalillo nos van llevando. Que la mirada de un niño del siglo XII sea el punto de vista que el lector necesariamente adopta no es baladí, pues supone un vislumbre limpio e inocente de las cosas, carente de la polución que el tiempo y la edad depositan en las pupilas adultas.
Pero no se trata de un viaje al albur. A diferencia de don Quijote cuando deposita en al voluntad de Rocinante el itinerario de sus caballerescas andanzas, en La llanura celeste este tránsito viene marcado previamente por un mapa del cielo -muy esquemático en su inicio- cuyo reflejo especular está en la llanura de Castilla. No estoy descubriendo nada, el segundo párrafo de la contra, ya transcrito más arriba, nos lo dice.
¿Es sólo esto el libro?
Acaso fuera bastante, pero no es así. A mi modo de ver, este es el andamiaje sobre el que se sustenta la obra. José Antonio, ambicioso como es cuando de escribir novelas se trata, va mucho más allá.
Lo primero que resalta -y él mismo lo hace en un prologuillo- es el amor al idioma, a nuestro idioma, a este castellano que nos construye, nos da forma en cuanto a seres pensantes, pues, como él mismo afirma en tal prólogo, si es posible sentir sin palabras, es imposible pensar sin ellas. Nuestra verdadera patria, ésa que une corazones y mentes, acaso sea el idioma y, por ello, el trasunto del viaje físico por la geografía castellanoleonesa, es el viaje a través del idioma y con el idioma. Con unas leves licencias explicadas ahí, el lector se encontrará con jugosísimos diálogos compuestos por la vieja y hermosa sonoridad del castellano medieval y el nuestro de siglo XXI, acaso para demostrarnos que surcamos el mismo río, por más que pueda variar su grafía y haya cambiado parte de su sintaxis.
¿Es sólo esto el libro? De nuevo, no. 
Quizá Abella haya sentido un repelús en la hora definitiva de enviar al editor su novela, pues su obra nunca había caminado por el género de la fantasía y ésta se adentra en él. Ni siquiera en uno de sus últimos libros, El hombre pez, por más que resulte tan fantástico en apariencia el asunto, abandona el realismo, pues, a la postre, hecho histórico fue. Quizá alguno de los relatos que componen Trampas de niebla, donde crea un territorio mítico, asome cierto realismo mágico, pero nada más. Sin embargo en La llanura celeste la fantasía aparece desde su inicio con una máquina del tiempo: la laguna custodiada por ninfas donde se contempla Gonzalillo y cae para aparecer en nuestros días. Pero es precisamente en esta 'fantasía' donde radica una de las potencias de la novela, pues el escritor usa con destreza la mirada infantil de hace más de ochocientos años como bisturí crítico a nuestra sociedad, a ciertos modos de ser y actuar. Bien es cierto que no entra a degüello, y acaso podría haberlo hecho, pero deja suficientes rastros aquí y allá para que el lector también haga parte de su trabajo. Fantasía no sólo en esa cuestión -por lo demás esencial en la obra-, sino en unas cuantas más como ese hada segoviana que ahora encarna en la esposa del quijotesco escritor o esa escena en el cementerio de Salamanca o el final burgalés o...
¿Es sólo esto el libro? Otra vez, respuesta negativa.
He afirmado que es un libro de aventuras, de misterio, con trazos de novela negra. Por tanto, y ateniéndonos a los 'preceptos' de cada uno de los subgéneros, el lector se enfrentará a un tesoro que buscar, un enemigo a quien derrotar, y un investigador que ayude a resolver el misterio. En realidad, dos. Un comisario de policía abulense, y un segoviano escritor, alfarero, viajero incansable de las tierras de Castilla... ¿Ignacio Sanz, me preguntarán los segovianos lectores del blog? Ignacio Sanz afirmo, quien cruza -como él mismo avisa en nota preliminar- el umbral de la realidad a la ficción, para hacerse ficción y quién sabe si quizá así pasar más a la posteridad que por su propia obra literaria y ceramista, por más que ambas merezcan recuerdo y admiración de las posteriores generaciones.
¿Es sólo esto el libro? Sigo meneando la cabeza en sentido horizontal.
También es un libro metaliterario. Las alusiones a nuestra literatura tradicional y a nuestros escritores son constantes. Pero eso sería lo de menor importancia, pues en estas páginas encontramos verdaderos cantos de alabanza a quienes han construido parte de nuestro patrimonio espiritual a través de la literatura. Cómo no recordar los viejos cantares de gesta o los romances populares que llenan la fuente siempre viva del Cancionero; cómo olvidarse de San Juan, de Santa Teresa, del viejo Arcipestre... En este sentido, memorable es la escena en el cementerio de Salamanca, donde a la sombra de la austera lápida de Unamuno, Abella cuenta una historia más propia de aquella nivola de don Miguel donde los personajes pedían cuentas a su creador. Pero fundamentalmente el gran homenaje literario que recorre sus páginas es al Quijote, transformado por arte de algún encantador de estos tiempos en Ignacio Sanz, quien es capaz de embarcarse en tamaña aventura de recorrer Castilla sin temor a los contratiempos y a punto de perder la vida en el empeño con el fin de encontrar las flores que sirvan para elaborar el remedio que salve a Alfonso VIII.
¿Es sólo esto el libro? Ahora es la última vez que niego, aunque aún lo haga.
Este libro -como cuanto escribe su autor- está transido por una honda emoción, por la entrega apasionada, porque, en definitiva, quiere erigirse en un canto de amor. Un amor poco dado a manifestaciones melifluas y almibaradas a las que somos tan dados en estos tiempos de invasiones hollywoodienses que confunden ternura con el más empalagoso dulce. Un amor que se manifiesta en la amistad entre pastorcillo y escritor-ceramista-viajero-detective, entre escritor y esposa-hada, entre pastorcillo y mastín (acaso metáfora de un pueblo noble, paciente y resistente, quizá demasiado dócil a veces, aunque ha de tornarse fiero, lo hace sin esfuerzo). Un amor al Padre Duero que vertebra y se nutre y nutre estas tierras. Un amor a nuestro paisaje casi siempre enjuto de una belleza austera que la inmensidad de su luz resalta y en sus palabras tiembla. Un amor a la obra perdurable -en algún caso apenas huella desmoronada- de los hombres que habitamos antaño y hogaño estas tierras. Un amor a la espiritualidad -más allá de lo litúrgico- que emana de cada centímetro de tierra y en cada centímetro de cielo contemplado en las altas noches, cimbreante de estrellas el cielo. Un amor, en fin y sobre todo, a este idioma que nació apenas riachuelo y es ancho mar.
Y ahora no lo niego, quizá sea aún más cosas La llanura celeste, pero mejor que cada lector lo averigüe por sí mismo

sábado, 16 de diciembre de 2017

Cristina Guerra. "La solitaria luz de las estrellas".


La solitaria luz de las estrellas. Cristina Guerra
1ª edición Círculo Rojo, 2017
426 páginas

A veces, uno cree que las cosas dignas de ser contadas les suceden a otros, que lo cotidiano de la existencia no merece mayor atención de nadie, ni de uno mismo. Lo malo es que esta percepción se extiende, no se limita a la propia vida e influye sobre lo que se piensa acerca de quienes nos rodean, cuyo transitar a nuestro lado no difiere en exceso del nuestro. Imaginemos, por ejemplo, una tarde veraniega cerca del ocaso en cualquier calle de cualquier ciudad. Paseamos y nos llega, al pasar al lado de una terraza, el rumor de una conversación de un grupo de mujeres y hombres jóvenes tomándose cualquier consumición. Quizá hablen de cine, o de la guardia de un hospital, o planeen un viaje a una casa rural de otro amigo… Nada trascendente. Nada fuera de la tranquilidad aburrida de un día cualquiera…
Evitemos tan ingenuo pensamiento. Como se encarga de demostrar desde las primeras páginas Cristina Guerra en La solitaria luz de las estrellas, la aparente y anodina cotidianidad atesora novelas dignas de contarse, por tanto dignas de ser leídas.
Pero las historias que se narran en el libro —hay más de una—, no llegarían al corazón del lector del modo en que lo han hecho, si la autora las hubiera escrito de otro modo, pues la novela de cualquier vida, no puede ser contada de cualquier manera. Para que el lector se vea atrapado e intrigado, conmovido e interesado por cuanto se le narra, no vale hacerlo de cualquier manera. Como tantas veces digo, apropiándome de la idea de otros, la literatura no es sólo lo que se cuenta, sino cómo se cuenta, de ahí la razón de ser de los escritores. No todos estamos capacitados para tal misión, como bien sabe la humanidad desde sus balbuceos. Cristina, como podían sospechar muchos desde hace años, pertenece a la raza de los escritores que tienen muchas vidas que contar y tiene la capacidad de hacerlo. Sabe trasladar al papel escrito los diferentes modos de hablar; sabe mirar y descubrir lo esencial de lo que le rodea; sabe que, tras la mayoría de biografías, como poco, hay magníficos retales para confeccionar buenas historias; le ayuda —y lo demuestra ajena a la pedantería— su formación y cultura cinematográfica, musical, pictórica, teatral, viajera, etcétera; su mirada sobre el género humano distingue los infinitos matices de las personas, ajenas casi siempre el negro y al blanco; su amor a la literatura es desbordante y contagioso como hemos experimentado la mayoría de sus miles de exalumnos quienes hemos escuchado fascinados sus clases. Semejante bagaje hasta ahora no se había fundido en el crisol de una novela editada, pero es tan amplio, hondo y poderoso, que el primer fruto público está en pura sazón. Para quienes ya habíamos leído algunas otras de sus novelas cortas, no hay sorpresa. Hemos confirmado de nuevo que sólo la enseñanza de la lengua y literatura le ha apasionado más que escribir… Lo que nos ha hurtado el placer de su lectura.
La solitaria luz de las estrellas, en cierto sentido, es una novela coral, pues, aunque la protagonista indiscutible sea Camino —joven periodista nacida en una capital de provincias que ejerce su profesión en Madrid—, no está sola y cuantos comparten con ella la vida (familiares, amigos, novio…) tienen mayor trascendencia que la de meros comparsas. Camino no es un altísimo monte en medio de un valle sin límite; forma parte de una cordillera donde descuellan junto a ella Alfredo, Gonzalo, Pepe, Maripi, tía Enriqueta, Almudena, Francisco, Santiago, Teresa… Es decir, Camino crece a la vista del lector en la medida en que cuantos aparecen junto a ella son más de carne y hueso y esto sólo se puede conseguir si tienen importancia y espacio en el texto. Además, la vida de Camino es un relato de amistad, de cómo la verdadera amistad se convierte en el arma más eficaz y poderosa para salvar del abismo al ser humano…, casi siempre al menos.
La novela se estructura a través de tres voces narrativas, que aportan al lector tres perspectivas distintas, y tres modos diversos de avanzar en el relato. La voz que narra en tercera persona, con la neutralidad y capacidad infinita propias del narrador omnisciente, desvela el pasado de Camino, su vida en su pequeña ciudad de nacimiento, los primeros tiempos de estudiante universitaria, el amor con Alfredo, sus primeros empleos tan inestables y mal pagados como es bien sabido, sus miedos, sus deseos, sus pensamientos más escondidos… La voz que habla en primera persona, es el relato de Gonzalo sobre Camino y el grupo de amigos, sobre el tiempo más inmediato, el tiempo, por así decir, en que transcurren los hechos que desencadenan la necesidad de convertir en novela aquello que sucedió. Y la tercera voz, aún más íntima —también en primera persona— que se corresponde a un monólogo interior y a una especie de memorias angustiosas que Cristina Guerra dosifica al lector. Los capítulos se suceden alternando los recuerdos de Gonzalo —el último en llegar al grupo de amigos de la mano de Camino y de forma casual—, con el relato en tercera persona y de vez en cuando —la novela arranca con uno de estos fragmentos— con la aparición del texto cada vez más desgarrado de las memorias que se inician en la infancia y a medida que pasan las páginas muestran al lector un espíritu atormentado.
Cristina Guerra. Foto Antonio de la Torre. Norte de Castilla
El estilo de Cristina es de fraseo corto y fluido. Quiero decir que no se trata de superposición de frases que producen el efecto de hachazos sobre las ideas, sino que prefiere la sintaxis sencilla, que facilita al lector la comprensión de la idea. (¿Azorín, Baroja, Delibes… al fondo?). La desenvoltura y equilibrio entre narración, descripción y diálogo es admirable y también aporta amenidad a la lectura, un cambio de paisaje que hace menos monótono el viaje. Acaso —y esto es sólo una suspicacia de quien esto escribe—, este estilo delate a la lectora defraudada por tanto libro escrito sin pensar en el pobre lector, tantas veces sometido a tortura en vez de a placer. Si la literatura es el cómo más que el qué, tampoco conviene olvidar que el cómo sin un qué de entidad se quedaría en fuegos artificiales, esteticismo vacuo, el famoso coro de grillos que cantan a la luna, denostado por el poeta.
La solitaria luz de las estrellas —título que apunta a la melancolía—, se inspira en unos versos de Vicente Aleixandre. Este título en sí mismo es la clave y la llave que explica a la perfección el sentido de la novela. Son tan importantes que hasta en dos ocasiones, al menos, se trascriben: «No quiero que vivas en mí como vive la luz, / con ese aislamiento de estrella que se une con su luz, / a quien el amor niega a través del espacio / duro y azul que separa y no une / donde cada lucero inaccesible / es una soledad que, generalmente, envía su tristeza». La solitaria luz de las estrellas es una novela en cierto modo paradójica pues es una himno a la verdadera y profunda amistad, pero, al mismo tiempo, no deja de ser un himno un poco elegíaco, pues viene a decir que, en el fondo, la soledad es implacable o invencible.
Y no sólo la soledad.
En esta novela —tan pegada a la esencia de lo cotidiano para demostrar que en lo cotidiano anida la literatura— aparecen con crudeza —pero sin regodeos ni desmesuras— el dolor, la enfermedad, el sufrimiento en todas sus variables, la muerte; incluso el horror más ajeno a lo habitual, ese horror que ocupa tantos minutos de los telediarios, salpica el relato. La novela de Cristina Guerra ni huye ni goza con ellos, simplemente los registra, porque suceden, porque nos llegan, porque hay épocas en que nos atoran el alma hasta hacerla respirar en fango.
Pero por suerte, y de esto también se saca cumplida conclusión tras la lectura de La solitaria luz de las estrellas, los seres que nos rodean de modo cotidiano no son viles. Quiero decir que en esta novela no hay buenos ni malos, en el sentido más peyorativo del término. En esta novela hay seres humanos, con sus matices, con sus luces y sombras, con más luces que sombras casi siempre.
Lo malo es que la luz de las estrellas es solitaria. Eso parece que no tiene solución. Y, sin embargo, como la misma vida, la de cada uno, la que no es tan anodina como en apariencia se intuye, la novela no deja un regusto amargo o triste o melancólico. Es la vida. Tiene sentido.

Merecen la pena (la vida y la novela).

lunes, 5 de junio de 2017

Novedades en el rumbo

Desde hace unos meses, se ha producido un viraje en mi vida que, como cualquier alteración en el rumbo, tendrá sus consecuencias.

En fin, no me enrollaré con preámbulos absurdos. La editorial segoviana "Isla del Náufrago" pasa a tenerme como timonel, para entendernos. Desde hace siete años esta Asociación Cultural sin ánimo de lucro estaba dirigida por el médico, escultor y escritor José Antonio Abella. A partir del 15 junio paso a dirigirla.


Con esta imagen tomada hace unos días en uno de los jardines más hermosos de Segovia, hemos ilustrado esta novedad en el blog de la editorial que se acompaña, además de una pequeña nota explicativa. AQUÍ, la podéis leer.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

CELEBRACIÓN DE LAS CARICIAS (Reedición. A Faustina María García, mi madre, in memoriam)

¿Desde hace cuántos meses o años, no publico nada aquí...? A la vista queda, es muy sencillo, un poco más abajo descubriréis que desde el 16 de julio de 2015 este blog entró en un silencio que hoy por fin se rompe. 
Todo tiene su explicación, pero sería tan largo, sería tan tedioso. 
Hace más de siete años (el 2 de diciembre de 2009) publiqué esta entrada que ahora reedito.
Entonces aún todo era posible y todo estaba muy lejos, casi al otro lado de la vida.
Pero justo un par de años más tarde -poco más o menos- empezó el camino del dolor y la enfermedad, ése que antes o después cada humano sigue.
No me siento especial. Ni el luto de mi corazón difiere en mucho del resto de mujeres y hombres que perdieron un día a uno de los seres más queridos. En este sentido soy como el cien por cien de individuos de la especie.
Su enfermedad que -¿casualmente?- concluyó con su muerte el pasado 2 de diciembre de 2016 -y juro que hasta ahora no he descubierto la coincidencia- me obliga a este sencillo homenaje de amor y gratitud eterna.
Quizá regrese poco a poco a este rincón de la Red. Quizá no. Aún es pronto para saberlo, pero eso es lo de menos. Lo que en verdad importa es que en vísperas de las navidades, deseo felicitaros a todos, si es que alguien aún queda por ahí, con la reedición de esta entrada, como una doble tarjeta navideña: el retrato que de ella pintó mi hermano y el texto que entonces me sugirió y que hoy, una vez leído, sigue siendo igual de válido... O quizá cobra aún más fuerza.


Retrato de nuestra madre,
pintado en estas últimas semanas por Mariano Carabias María



El tiempo pasa, pero hoy queda detenido. Esa sonrisa aún ilumina la memoria de mi infancia, la astucia de sus ojos y esa habilidad mágica de sus dedos nunca quietos para tener todo listo a tiempo: casa, ropa, comida... caricias.
Envuelta por la luz es más ella de lo que se figura.
Cuando los dedos toman los pinceles, emprenden un baile inexplicable para el resto de los mortales. Sólo quien ha sido testigo de este milagro entiende que sus pinceladas sean capaces de reventar sobre la inanimada superficie de la tabla o del lienzo o del papel y que por ello algunos de sus trazos, más que pinceladas, sean caricias.
Y a veces sucede que el tiempo detenido fondea en el alma para llenar una de sus oquedades con el recuerdo de caricias y de pinceladas... Pinceladas sobre piel y caricias sobre lienzo... Dedos que dibujaban afecto sobre la infancia y pinceles que trazaban caricias con todas las formas y todos los colores.

jueves, 16 de julio de 2015

Inma Vinuesa: "El olor de los ausentes"

El olor de los ausentes. Inma Vinuesa
Escritura entre las nubes. Santa Cruz de Tenerife, 2015.
168 páginas

Tengo la costumbre —con la que no todos están de acuerdo— de leerme la contratapa y las solapas de los libros antes de abordar sus páginas. No iba a ser diferente en el caso de esta primera novela individual de mi amiga InmaVinuesa —gaditana de nacimiento y tinerfeña, no sé si de adopción, pero sí en ejercicio—, una de las 7 plumas coautoras de Oscurece en Edimburgo, que en su caso fue su debut literario. Al concluir la absorbente lectura de “El olor de los ausentes”, he tenido la impresión de que lo escrito en la contraportada, es como los buenos trailers de las películas: centran al espectador, le suministran el andamiaje de la historia, pero, al mismo tiempo, y sin engaño, no desvelan casi nada de lo que en verdad importa.
La historia —y no descubro nada que la autora no quiera que se revele, pues resumo la contracubierta, no me asomo aún a su interior— es una novela de amor incondicional, cuyo pilar, alrededor del que pivotan los acontecimientos, es el olor. Sucede el relato en nuestra contemporaneidad, entre dos jóvenes que habitan la marginalidad por diferentes motivos (Juan, hijo del sepulturero de Lanzarote; Rosa huérfana desde el parto, hija de joven alcohólica, amante de Juan), quienes se van enamorando a medida que acrece el peso de la posibilidad de que sean hermanos.
Y dicho esto (podría añadir más detalles sin penetrar aún en el portal de esta casa llamada “El olor de los ausentes”, que omito por no alargarme), nadie se puede llamar a engaño, pues el esqueleto de la novela es el desarrollo de este argumento apenas bosquejado más arriba, sin embargo uno no alcanza a imaginar todo cuanto se esconde tras esas pocas líneas.
Arranca la obra con la escena del nacimiento de Rosa —verdadera protagonista de la obra—, pintada ante los ojos del lector con un vigor y una plasticidad que atrapa la voluntad de quien lo contempla, pues más que leer se ve, se huele, se siente toda la escena desgarradora, pero, a la vez, salpimentada de ternura. Con este primer capítulo la pluma de Inma Vinuesa evita que el lector abandone la narración hasta alcanzar su último latido.
La novela —escrita en tercera persona, desde el punto de vista del autor omnisciente—, en realidad, y a mi modo de ver, aprovecha la trama para indagar en el alma de las personas. No es, ni aspira nunca a serlo, un tratado de ética, sin embargo plantea al lector un puñado de asuntos relacionados con la ética de lo más cotidiano. No es, ni aspira nunca a serlo, un tratado sobre genética, sin embargo indaga en la influencia genética sobre determinadas enfermedades y tendencias de la personalidad. No es, ni aspira nunca a serlo, un tratado de moral, sin embargo pone sobre el tapete al menos dos cuestiones que siempre han perseguido al ser humano: ¿Se puede hablar en términos absolutos del libre albedrío o estamos limitados por múltiples circunstancias ajenas a nuestra voluntad? ¿El amor de la pareja humana es aceptable en cualquier circunstancia? Mejor dicho: ¿Es lícito asesinar al amor si, a posteriori de invadirnos, se conoce que se trata de un incesto, uno de los pocos tabúes universales de la especie humana?
Pero no se me malinterprete. El olor de los ausentes no es un tratado de ética o moral o psicología o genética, sino una novela, por tanto el lector no asiste en ningún caso a ninguna explicación teórica sobre alguno de estos asuntos. Desde la primera palabra hasta la última, se lee un relato con todos los alicientes de una historia. Una novela en toda la extensión de la palabra, depositaria de las herramientas del oficio: amor por el lenguaje, sensibilidad para el matiz, mirada objetiva para contar sin opinar, viveza de las descripciones, respeto a sus personajes: seres complejos, nada planos, portadores de luz y sombras, de aromas y pestilencias, como cualquiera. Desde la contraportada se afirma que “el olor es el pilar alrededor del cual pivotan los acontecimientos”, y es cierto, y por eso se hace difícil no apuntar la positiva y asimilada influencia que El perfume ha tenido en la zona del arranque de la segunda parte del relato, cuando ya la pasión se ha desbocado y ha hecho presa en el alma y cuerpo de Juan.
Inma Vinuesa.
Foto tomada del blog "La vida en sorbos"de
Miguel Ángel Brito
La arquitectura de El olor de los ausentes es, a primera vista, tradicional; sin embargo ofrece algunas sorpresas que hablan del interés y la capacidad de indagación de Inma con el objeto de aportar su personal sello, consciente de que la tarea del escritor también tiene algo (o mucho) de buscar novedad. En este sentido destaco el final. Si en la primera mitad nos zambullimos en una historia al modo tradicional, y la fuerza del argumento seduce al lector paulatinamente, a partir de un momento determinado, digamos cuando el presente es más presente (no referiré nada que dañe el oficio lector, algunas de cuyas herramientas básicas son indagación y sorpresa), la escritura vira hacia cierta esencia poética, en el sentido de renunciar a lo accesorio, como si el foco se centrase en los personajes, difuminando el fondo, que, sin desaparecer, se estiliza, se simplifica, se minimaliza.
Afirma Joan Margarit —no una, sino muchas veces— que el lector de poesía tiene más que ver con el intérprete que con el espectador del concierto. Pues bien, El olor de los ausentes, siendo prosa, propone eso mismo al lector, como si le dijera: dé usted un paso más, interprete, inmiscúyase en el texto, hágalo suyo. Tanto que escribe y propone dos conclusiones diferentes, con lo que no es que la novela sea de final abierto, sino que su final más se asemeja a una encrucijada, sobre la que el lector ha de decidir. Y tengo la impresión de que ella publica dos opciones, porque tiene más y porque solicita al lector que proponga la suya que puede ser o no coincidente con alguna de las que figuran en esta edición.
Acabo proclamando un profundo deseo: que El olor de los ausentes, sea el primero de muchos otros libros con que podamos leer una prosa con voz y tono propios, con mirada personal e intransferible, es decir que podamos seguir enriqueciéndonos con su literatura de mujer despierta y atenta a cuanto sucede a su alrededor, de mujer que pone su mirada allí donde el dolor anega las bondades esenciales de lo humano.

martes, 7 de julio de 2015

Marcos Alonso, " Historias de microtintas y otros cuentos"

Portada del libro
Uno llega hasta donde llega (que últimamente no es mucho). Una de las satisfacciones mayores de los últimos meses ha sido poder prologar "Historias de microtintas y otros cuentos" de Marcos Alonso.
He tardado más de lo previsto en subir este micro, por una sola razón: quedé con Marcos en hacerme una foto con su libro ante un monumento de Segovia. Y aún no lo he hecho... No será porque falten lugares en la ciudad donde hacerlo, sino porque los días en que he podido hacerlo, se me ha olvidado salir con el libro de casa... Pero todo llegará.
O eso espero.
Y éste ha sido el prólogo que abre un libro, cuyos textos creo que son de lo más apetecible para cualquier lector, sobre todo si quien lee es de los que cree que el ser humano, aún en los casos más complicados, siempre merece una oportunidad, al menos la de explicarse:

Una cierta mirada
(Microrrelato a modo de introducción)
Tras apagar el ordenador, estirar los brazos y frotarse con índice y pulgar los párpados de sus ojos azules, pues el cansancio era tierra colada en ellos —creyó la arena que eran retazos de mar—, dio por concluida la tarea.
Esta vez no era un poema ni era la enésima corrección de “Andamana…”. No, en esta ocasión, y después de mucho discutir consigo mismo, sus recuerdos y unos cuantos de sus personajes, al fin había dejado zanjada la cuestión.
El libro de relatos estaba listo.
Y pensó.
Pensó en el tiempo transcurrido desde que se le ocurriera abrir aquel blog en que iba dejando retazos de sus letras que viajaban como mensajes lanzadas al espacio en naves siderales invisibles a la espera de que en alguna isla solitaria, algún náufrago diera con tales historias.
Luego, antes de ir a la cama, asomado a la ventana dispuesto a empaparse de estrellas —relajante eficacísimo para el espíritu—, pensó en que el mundo está lleno de tantas gentes cuya historia necesita ser contada porque sí, porque no es peor ni menos atractiva que otras que pululan en tantos y tantos libros. Concluyó con una sonrisa tenue: He cumplido con una porción de esta infinita tarea.
A los dos o tres minutos, mientras procuraba no hacer ruido para no despertar a su compañera, se reiteró por enésima vez que el mundo está dirigido por hacen de las apariencias combustible para que funcione. El día en que se demuestre que la mejor gasolina es la voz y no los ecos, se les habrá acabado el chiringuito, afirmó para sí y no se dio cuenta que los pantalones se habían caído al suelo. Quizá, se dijo —la pelea con una manga del pijama era encarnizada—, la única batalla legítima de los escritores es desenmascarar la mentira de la apariencia. Acaso, murmuró sintiendo la pleamar de una sábana en su torso, quien escribe un relato o un poema —debería volver a escribirlos— deba auscultar el rumor de la vida como el médico escruta el corazón dañado.
Mientras era derribado por el sueño, los personajes de los cincuenta relatos y minicuentos de “Microtintas y otros cuentos” debatían entre sí con susurros sólo perceptibles por los elfos y algunos insomnes especialmente adiestrados para analizar radiografías en la brisa. Hubo una conclusión general, casi unánime —acaso Peggy decidió abstenerse…, era demasiado coqueta para aceptar cierto matiz en una de las frases en que Marcos Alonso la había descrito—: todos, como mínimo, reconocían que el autor canario les había despojado de las máscaras con delicadeza y había desvelado su auténtico rostro. Hasta Jose comprendía que era verdad cuanto se decía sobre la verdadera naturaleza de su ser en apenas dos pinceladas, precisas como resonancia magnética; eso sí, malhumorado se dirigió a la mazmorra de los castigados, y entró en un mutismo incombustible.
A miles de kilómetros, días más tarde, un escribidor de Castilla que había conocido su blog antes que a su autor, y que años después vivió junto con el canario y otros cinco plumigos (afortunado neologismo debido a la sutil y bondadosa ironía de Marcos Alonso), descubría que lo importante de “Microtintas y otros cuentos” era esa cierta mirada azulina del escritor que arrojaba tanta misericordia sobre los seres humanos y que con mucha ironía y mucha delicadeza pretendía que el lector descubriera que la verdad de cada individuo poco o nada tiene que ver con las apariencias.
Marcos Alonso
Aquel segoviano, invitado por su amigo a escribir el prólogo para un libro con tantas cosas buenas, pensó que sus palabras serían breves, para que fueran concordantes con los relatos, y, de paso, evitar enojosas dilaciones y vanas palabras al lector. Pero, sobre todo, pensó que le encantaría ser uno más de cuantos habitan “Microtintas y otros cuentos”. Desde entonces, gracias a la osadía que otorga la amistad, se mezcla con los personajes y junto a ellos y a Marcos Alonso (nuevo actor del texto), disfruta de conversaciones y murmurios sólo audibles para elfos, gnomos y poetas durante ciertas noches de insomnio y melancolía.


*
Tras la 'amenaza' del autor vertida en su comentario, no me ha quedado más remedio que salir corriendo y hacerme la fotografía. Aquí os dejo la prueba

domingo, 28 de junio de 2015

Sea imposible tanto infierno




(Mari Luz Baticón, Berta Martín, Jesús Pastor -alma del evento-, David Benedicte, Estuardo Álvarez José Manuel García González y yo mismo participamos en el recital del 20 de junio de 2015 en el Colegio de Arquitectos de Segovia en el marco del Mercadillo de Artesanía Solidaria que organiza cada año la "Asociación de amigos del Pueblo Saharaui de Segovia", donde leí cuatro poemas, éste entre ellos. Mi último poema hasta el día de la fecha.
Con mi agradecimiento a Jesús Pastor, por haberse acordado de mí para esta ocasión, y porque eso mismo me ha empujado a estar trabajando en estas dos últimas semanas sobre esta idea).

Mi deneí afirma que en junio de 2015
son cincuenta y tres las veces
que he dado la vuelta sol:
la edad roja, según Joan Margarit.
De ellos, cuarenta son veneno y pasmo
cada vez que me asomo al mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo
donde la libertad merodea
aunque sea un caballo cojitranco
de lento caminar y corta alzada.
¿Por qué se nos olvida cada día
que occidente no es el mundo,
que esta bola de sílice que gira
sin voluntad en un rincón del cosmos
es un viejo tranvía de muerte e injusticias?
Ya sé, lo escribió Gil de Biedma,
que el único argumento de la obra
es envejecer y morir;
y también sé que soy apenas un paréntesis
entre dos decisiones que no me pertenecen,
pues alguien me nació y alguien me morirá…
Pero no hablo de ese destino inapelable.
Hablo de la agonía de esta casa común,
del estruendo que ciega el agua,
de las grietas que hieren nuestro cielo,
del beso avaricioso que lo asfixia.
Hablo de explotación, de homicidio hablo;
hablo de tantas guerras y de tanta hambre hablo;
y de la libertad encadenada
entre barrotes de miseria.
Y hablo de las mujeres secuestradas,
taladas para ser fosas de sierpes
recipientes de semen y de golpes,
de lágrimas y heridas.
Y hablo de tanta infancia arrebatada,
tantas niñas y niños convertidos
en menguado paréntesis, sin juegos y sin letras,
y que aún así sonríen.
Y hablo también de pueblos sojuzgados,
encadenados a su tierra encarcelada,
o aquellos expulsados de su cuna,
sajado su horizonte.
Y ahora que he cumplido los cincuenta y tres
—recordad, la frontera, la edad roja—,
mi venero enarbola su impotencia
como cuando, sin alcanzar los veinte,
me asomaba al balcón del mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo,
y con un estupor como el de hoy
contemplaba este mismo infierno:
tanta ruina en los muros transparentes del planeta,
tanto dolor y tanta guerra,
tantas tiranías y exilios,
tanta injusticia y tanta hambre,
tantos destierros y cadenas,
tanto pueblo atrapado y olvidado.
Soñaba entonces que mis versos jóvenes
podrían ser semillas,
pequeñas catapultas de vida y libertad,
para pensar, para soñar, para decir:
sea imposible tanto infierno.
Hoy, pasados ya tantos años,
mi esperanza es adagio, marcha fúnebre,
mas como antes, mi sangre se encabrita
y enarbola su inútil impotencia
cada vez que me asomo al mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo
y compruebo que el mundo sigue siendo
ese viejo tranvía de muertes e injusticias…
Como un mastín, tozudo y convencido,
con mis años y mi tristeza a cuestas,
con mi ritmo de adagio o marcha fúnebre,
no cejo en el empeño
y arrojo algunos versos como quien siembra trigo
soñando que mañana serán pan,
y arrojo algunos versos como quien reza un salmo:
sea imposible tanto infierno



sábado, 20 de junio de 2015

Recital poético Amigos del pueblo Saharaui

Vengo con el calor aún prendido en la piel. No he podido quedarme, como hubiera querido, a tomarme unas cervezas con quienes hemos leído en el recital de poesía organizado por la “Asociación de amigos del Pueblo Saharuai de Segovia”.
Cartel de la feria
Empiezan ahora mismo las fiestas de la ciudad. A los pies del acueducto, como cada año, se presentarán a la reina y a las damas, se leerá el pregón, se declararán inauguradas las fiestas y Luz Casal hará que la noche de esta ciudad se meza con la melodía de sus letras que abrazan el amor y empujan también por caminos de libertad.
Tampoco iré.
El reloj, implacable, avanzará y el despertador cumplirá con su misión a las cinco y media, cuando la primera yema del dedo del amanecer asome detrás de la ventana.
La poesía no es acontecimiento multitudinario, y menos un sábado caluroso —el último de la primavera—en que se inauguran las fiestas de la ciudad y, además, apenas se ha promocionado en los medios; para más inri, los poemas serían ‘aparaguados’ por la sombra de la solidaridad con el pueblo saharaui que, reconozcámoslo, es una cuestión que se parece más bien a una vergüenza colectiva de la que quisiéramos zafarnos, frente a la que actuamos como si no existiera, pero que, de vez en cuando, surge y genera una sensación de mala conciencia que se pretende disimular con poco o nulo éxito.
Desde hace más de veinte años, para los segovianos escuchar Sahara, es familiar, gracias a esta asociación que, entre otras cosas, consigue cada verano traer un puñado de niños y niñas para que disfruten durante unas semanas de un verano diferente, para que puedan olvidar su realidad de personas casi encarceladas en su propia tierra, o, peor aún, en esos campamentos de refugiados que ofenden cualquier sensibilidad por muy escasa que se tenga.
Otra de las actividades de esta asociación es la subasta de obras de arte que ceden gratuitamente los artistas segovianos, y que luego se subastan. Desde hace un par de años se celebra, además, un mercadillo de artesanía en el que los artesanos de nuestra ciudad también ceden parte de su tarea y, además, se pone a la venta una muestra de la artesanía saharaui. Pues bien, en este marco, se ha celebrado por primera vez un recital de poesía.
El alma del acto, desde su organización, ha sido Jesús Pastor como nos consta a muchos, es un enamorado de la literatura, la enseña con pasión de fuego, escribe sus poemas y sus libros sobre Segovia. Por si fuera poco, junto a su mujer Carmen, y sus hijos, ha sido familia de acogida durante dos años de una niña saharaui; pero es que, además, digo, admira la poesía escrita en esa parte del planeta a la que hemos abandonado a su suerte, olvidando nuestra obligación en tanto que España fue antigua metrópoli. Él ha comenzado el recital leyendo tres poemas de su autoría, en los que directamente se refería a la tierra saharaui, a sus gentes, a ese dolor y a esa dignidad que les son propios.
Estuardo Álvarez, poeta guatemalteco residente en Segovia, poseedor de una sensibilidad desbordante que se concreta también en sus creaciones pictóricas e ilustradoras, ha leído un poema —que además llevaba ilustrado por él mismo— de una belleza y una sensibilidad exquisitas. Un poema lleno de la magia que tantas veces ilumina los versos que nos regalan y comparten los poetas sudamericanos. Un poema que hablaba de la solidaridad que siempre es posible y que —a pesar de todos los pesares— siempre, y en cualquier parte, aparece.
José Manuel García González ha leído tres poemas, uno suyo, otro de Félix Grande y otro de Ángel Fernández que aparecen en una antología poética editada en Madrid y que tiene como telón de fondo estos momentos de crisis en que aún nos encontramos y que van a ser difíciles de superar, por más que algunos se empeñen en afirmar lo contrario. Es decir, tienen como fondo la crítica a quienes han permitido tanto daño y tanto dolor
Berta Martín, la más joven del elenco, ha leído tres microrrelatos de su autoría, en los que su mirada se fija en los no triunfadores, sino en los que caminan en pos de la esencia y de lo que importa.
Mari Luz Baticón nos ha leído varios poemas cortos, ensartados como perlas de collar, en donde la protagonista era la mujer, esa mujer en tantas ocasiones devorada por un mundo que está mal, entre otras cosas, porque no se ha dado verdadera voz a la hembra de esta especie. El macho, encargado de dirigir el timón desde hace tantos siglos que ya hemos perdido la cuenta, normalmente sustituye su voluntad por un exceso de testosterona y todo lo soluciona de un modo similar desde hace miles y miles de años: matando a su hermano por envidia o por avaricia o por orgullo o por miedo… En el Sahara —la necesidad obliga— se vive casi en un matriarcado, acaso que algo deberíamos aprender.
David Benedicte, como siempre, ha usado de esa poesía repleta de sarcasmo y acidez, un humor corrosivo, para poner el dedo en la llaga provocando algunas sonrisas. A lo mejor, el lector —oyente en este caso— poco avisado, se puede quedar en la superficie de la primera lectura —audición—, en la primera evidencia que surge del texto; pero una lectura —escucha— más atenta descubre de inmediato los juegos de palabras, esa capacidad suya para jugar con el sonido de la palabra que empuja a una significado muy distinto, el que se vale de la similitud con el vocablo al que realmente alude.
Yo he leído cuatro poemas, y el último, escrito especialmente para la ocasión, lo publicaré un día de estos.
El acto ha concluido con la lectura por parte de Jesús de dos poemas de la poeta saharaui residente en Bilbao, Fatma Galia Mohamed incluidos en su último poemario.
Y uno tiene la impresión, ahora que la noche ha caído y Luz Casal está a puntito de iniciar su actuación, que la poesía sigue siendo como una floresta, como una inmensa arboleda en que comparten territorio el ciprés, el pino, el olmo, el tilo, el sauce, la encina, el cerezo, el almendro, el abeto, la secuoya, la palmera… Todos son árboles, todos son necesarios, todos cumplen su misión, todos nos ofrecen su sombra, su fruto, el cobijo necesario para las aves, para sus trinos, para su amor, para edificar sus nidos…


lunes, 15 de junio de 2015

Marian Raméntol, "Primaria decisiva e inaprensible" (poemario)

A la sombra ardiente de la sangre
Primaria, decisiva e inaprensible.
Marian Raméntol, Serratosa.
Poesía. editorial Alkaid, Valladolid 2015

Portada del libro
«Primaria, decisiva e inaprensible» es un paso más en la fluvial escritura de Marian Raméntol, quien, a lo largo del último lustro o más, nos deslumbra con su poesía al ritmo de una respiración de ser humano fieramente herido (o malherido) por un sentimiento de deseo, de vacío y dolor en lo más profundo del abismo personal, que sólo se puede aliviar con la más honda y quirúrgica de las alquimias inventadas por la humanidad: la palabra poética.
Como siempre, al menos hasta donde alcanza mi lectura de sus poemarios, sus versos riman con el subconsciente herido y solitario, amedrentado e insatisfecho, dubitativo y sediento, como si brotaran o destilaran de ese magma ardiente e imparable, aunque quizá invisible para muchos, pero esto es otro tema.
Alguien dijo (con revolucionaria exactitud) que lo más profundo del ser humano es su piel. Marian Raméntol excavó en la frase y la tornó disparo certero, un diez sobre el centro de la diana: la piel es cuanto llamamos cuerpo u organismo. Todo (nos) sucede sobre él o dentro de él o en sus márgenes o, como muy lejos, en el horizonte de la mirada, quizá de un sueño. Todo sucede, digo, en esa selva de huesos, arterias, venas, vísceras, músculos, tendones, nervios, neuronas… Todo sucede, reitero, en esta selva tan hermosa y precisa, armónica y exuberante, donde la vida —como océano o como huracán o como arpegio de vacío y soledad— nos zarandea y donde transcurre la agonía de existir.
En este poemario subyace un dolor que tiene que ver —creo— con un vacío, con una ausencia irreparable y que cruza en vertical los versos, puesto que el ‘relato’ del poemario, más que avanzar se zambulle, bucea hacia la fosa abisal del corazón a través de las arterias, de las miradas, del pensamiento, de las caricias, del sexo deseado.
Si siempre el lector culmina con su lectura la escritura de un libro, en el caso de la poesía es algo, además de indudable, determinante. Pues bien, en la poesía de M. R. (espeleóloga, por no decir habitante, del subconsciente, de lo onírico, de lo sub-real —acaso lo más real, aunque también lo más irracional y hermético, lo que provoca dificultades para el lector medio, apenas entrenado para algo diferente del cartesianismo racional que impera en occidente—) tal cualidad se eleva a la enésima potencia. Para leer su poesía es necesaria una sobredosis de participación del lector en la ‘re-creación’ del poema, porque el sentido evocativo del lenguaje poético adquiere su máximo esplendor y si, además —como sucede siempre con la poesía de Marian— asistimos con mirada de amanecer a las imágenes, sinestesias, metáforas, alegorías, continuas y cada vez más arriesgadas e inconformistas (como vencejos esquivando los dedos del aire), llegamos al paroxismo absoluto, casi a la ‘re-escritura’ incesante del poema. ¿Cómo encontrar unánime o mayoritaria interpretación en imágenes que tienen la virtud de hacer flexible hasta extremos de horizontes marítimos la semántica de las palabras  más sencillas y cotidianas? 
Creo que nadie podrá tacharme de excesivo si afirmo que en el caso de «Primaria, decisiva e inaprensible» hay tantas versiones, no como lectores, sino como lecturas, como si Marian hubiera escrito un inimitable poemario que, al mismo tiempo, tiene la virtud de ser un andamiaje para que cada mirada  y cada experiencia, cada vacío y cada dolor, cada miedo y cada deseo construya —mientras lee— el edificio necesario con su diseño personal, con los materiales a su alcance, propios e intransferibles.
Marian Raméntol recitando, una de sus pasiones
(Foto tomada de su blog)
Y así, entre el dolor esencial de la especie —insustituible, incurable, acaso nutricio mal que nos pese, pues el deseo, en el fondo, es prueba evidente de carencia— y la reflexión continua sobre la esencia de su poética, discurre, a mi modo de ver, este poemario que concluye con un cegador fogonazo, con un iluminador relámpago de esperanza y eternidad emparentado —así lo ha sentido mi escalofrío— con el famoso soneto de Quevedo. Escribió el poeta del siglo XVII: «serán ceniza, mas tendrán sentido / polvo serán mas polvo enamorado». Dice nuestra poeta del siglo XXI: «y brotaré primaria, decisiva, inaprensible / sobre la sombra de mi muerte».
Uno no sabe si se refiere a sí misma o a la poesía (que, intuyo, ha personificado durante buena parte del poemario) o, lo más probable, a ambas; pero desde ya me lo apunto en el fardel de mis deseos y esperanzas, desde ya lo acumulo a mi respiro y mi horizonte.


jueves, 4 de junio de 2015

Ana Joyanes y Francisco Concepción "El caso de la Pensión Padrón"

Ayer me llegó el último poemario de Marian Ramentol, Primaria, decisiva e inaprensible, del que daré cumplida cuenta en su momento. Sólo con la dedicatoria tan sugestiva —“Todo cuanto he escrito no existe todavía”— merecerá la pena zambullirse de nuevo en su poesía surreal, intensa, precisa, insobornable a modas, gustos de la galería.
Pero hoy me debo a otro libro.
Portada de "El caso de la Pensión Padrón"

Al regresar de la oficina, en casa me esperaba El caso de la Pensión Padrón, escrito a escote, a cuatro manos, por mis amigos Ana Joyanes y Francisco Concepción. De esta novela, sin leer el ejemplar que me acompaña, ya puedo hablar, ya quiero hablar, ya necesito hablar.
A lo largo de este tiempo, unos dos años si no me equivoco, ¿cuántas veces he deseado hacerme eco de su contenido, de su proceso de escritura incluyendo la pasión, el deseo, las dudas que han ido jalonando este tiempo?
Podría buscar, pero no me apetece hacerlo ahora, los primeros rastros, los balbuceos iniciales que dieron pie a la obra que ha visto la luz, allá en Santa Cruz de Tenerife los últimos días del mes de mayo.
Ahora la ilusión me desborda, pues bien sé la cantidad de tiempo que ha llevado a sus autores arribar en buen puerto esta tremenda historia.
Me llegan ecos de las reacciones (algunas no las comprendo muy bien) que se están produciendo en la isla respecto del libro, puesto que está basado en un hecho real que conmocionó la vida santacrucera durante unos meses. En el fondo no me extraña el revuelo. Era de esperar. Transcribo el arranque de la novela, o sea que no desvelo nada del texto:
Un cadáver entre colchones
Crónica: Samuel Nava
Agentes de la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife han encontrado un esqueleto humano debajo de los colchones sobre los que durante los últimos dos años ha estado durmiendo una pareja, en la tercera planta de la Pensión Padrón de la capital tinerfeña.
Nadie ha podido dar una explicación a este macabro suceso, ni siquiera la propietaria del inmueble, de avanzada edad.
Efectivamente, se trata de un hecho tan macabro y tan real como recogen estos párrafos publicados en prensa, párrafos que sirvieron de inspiración o espoleta para que Ana y Francisco, años más tarde del suceso, empezaran a edificar su relato. Es decir, ellos, simplemente se han limitado a rescatar un hecho casi olvidado y sobre unos mimbres de realidad han creado una ficción bastante plausible.
Conozco con suficiente profundidad el texto como para hacer una reseña del mismo. Podría resaltar la facilidad con que se han imbricado dos estilos de autores tan distintos como Ana y Francisco. Podría hacer hincapié en la fluidez lograda por el texto. Podría enfatizar la originalidad de mezclar dos puntos de vista para narrar la novela: por una parte el objetivismo casi absoluto, emparentado con documentales o con ese tipo de cine en que el director se ‘limita’ a poner en funcionamiento la cámara para que ésta recoja lo que sucede ante su foco; y por otro lado el subjetivismo del autor omnisciente que penetra en los más profundos pensamientos de uno de los grupos de protagonistas, el del periodista y la investigadora que se empeñan en intentar descubrir la verdad. Podría ahondar en un tema casi filosófico que crece poco a poco, a medida que el argumento avanza y que desemboca en una pregunta que el lector atento se hará tras alcanzar el punto y final: ¿Qué es la verdad? Y por último, debería referirme inexorablemente a la valentía de Francisco Concepción y Ana Joyanes por asomarse a uno de los aposentos del infierno y habérnoslo trasladado con la mirada transparente de quien no juzga, de quien simplemente se da cuenta de que el averno no está tan lejos de nosotros, acaso a nuestro lado y que el sufrimiento de quien allí habita alcanza proporciones casi imposibles de digerir para la inmensa mayoría. Por suerte, añado. Y a colación de esto último, quizá debería reflexionar sobre la verdadera dimensión ética del escritor, que no debiera ser juzgar los hechos, sino intentar presentarlos al lector con la mayor objetividad posible y con el mayor número de puntos de vista a su alcance para que el lector pueda decidir por su cuenta, con suficiente conocimiento de causa. Determinar que algo sea bueno o malo, admirable o reprobable, admisible o inadmisible, no es misión de quien escribe, sino de quien lee; pero para que su juicio sea recto debe contar con todos los elementos o con la mayoría de ellos. A veces de un matiz, uno solo, depende llegar a una conclusión o a su contraria.
Pero todo esto lo dejo a otros, lo cito como quien prende un par de candelabros para apenas iluminar un camino, el sendero por donde se adentre el lector.
Porque, con ser importante cuanto vengo diciendo, a mí me importa más la pasión y la ilusión que durante dos años han puesto Ana y Francisco. Sin esa dosis de amor ilimitado y loco por este oficio, hubiera sido imposible culminar el proyecto. Ese ánimo se transparenta en muchas páginas del texto, pero yo diría que, de modo especial, en el respeto y cariño con que retratan a los personajes, sobre todo algunos de los más repulsivos a priori, pues forman parte de los parias desalojados de nuestra sociedad, unas veces por voluntad propia, otras porque la vida los ha arrojado al rincón más hediondo del estercolero.
Han sido varias decenas de correos electrónicos, tres o cuatro relecturas, algún pobre consejo, alguna mínima corrección y muchas horas de reflexión compartida como para no sentirme implicado de modo tan especial en El caso de la Pensión Padrón. Sé que no soy el único, sé que otros buenos amigos (Miguel Ángel Brito, Iván González Barrios, Inma Vinuesa, José Antonio Perales, Alexia Sálamo y Sara Sálamo) han estado muy presentes aconsejando, iluminando y animando —mucho más y mejor que yo—, pero también sé que he sido honrado con su confianza y que, al fin, todo el esfuerzo ha merecido la pena.
Además he tenido la bendición, gracias a que me implicaron en el proyecto, de aprender que incluso en medio de la realidad más repulsiva, cabe un resquicio para cierta luz, para un relámpago de amistad, aunque todo concluya del modo en que el lector conoce desde el primer párrafo de la novela.
Como recoge la nota introductoria, Jacques H. Bernardin de Saint Pierre dejó escrito: “El hombre es el único ser sensible que se destruye a sí mismo en estado de libertad”. Nada que objetar. De hecho añadiría que el hombre es esa parte de la creación capaz de hacer del infierno un territorio habitable en esta vida, sin necesidad de esperar a otra. Pero también añadiría que es ese ser capaz de asomarse a sus estancias y arrojar sobre ellas una mirada de misericordia.
Concluyo con un aviso: la novela puede herir determinadas sensibilidades, pero también puede abrir muchos ojos, y ojalá que unos cuantos corazones. De lo que estoy seguro es de que El caso dela Pensión Padrón no dejará indiferente a nadie, pues al fondo del relato, el lector sabe desde el principio que, tanto horror no fue ficción.