IMAGEN TOMADA DE INTERNET
La carta llegó mezclada con la correspondencia bancaria, con la propaganda basura que infecta los buzones, y con la factura de la compañía eléctrica.
¿Cuánto tiempo hacía que no recibía una carta manuscrita? ¿Quién podría necesitar comunicarse con él de este modo? ¿Quién perdía su tiempo en escribir a mano, pudiendo llamar por teléfono, pudiendo mandar un correo electrónico…?
Antes de introducir la llave en la cerradura, ya sabía quién era el remitente.
Y la tarde empezó a girar en otro sentido. Como si retrocediera, como si se hiciera un espejo de sí misma, un espejo dirigido hacia el pasado.
Nunca había pensado que aquel nombre podría volver a lastimar sus recuerdos.
Fue una aparición demasiado brusca, una granada de mano arrojada desde alguna parte imposible del pasado y que partió en dos el tiempo.
Eladio Roquedal Torrequebrada era un nombre que su vida se había encargado de arrojar al profundo mar del olvido, envuelto en una argolla de hormigón y con la orden de quemarlo en cal viva.
Pero algo había fallado.
O alguien que le conocía demasiado bien sabía cómo podría hacerle daño, mucho daño.
Mientras rasgaba con impaciencia el sobre, el recuerdo del cristal cortante de la voz de su madre también reapareció sobre el oleaje de los recuerdos que amenazaban con anegarlo en el pasado.
— ¡Luisito, Luisito, baja a por una hogaza de pan, que a tu hermano se le ha olvidado…! ¡Y date prisa que está a punto de llegar tu padre del trabajo!
La voz había llegado con nitidez y envuelta en un halo inconfundible de ansiedad. En realidad no había ninguna interpretación posible. Pero no le apetecía bajar hasta la panadería de doña Tesita, y menos a esa hora. Seguro que se encontraba con Eladio y después de lo que había ocurrido en el patio del colegio tampoco es que fuera el mejor momento para reencontrarse con ese bruto.
— Pero, mamá, si seguro que doña Tesita ya ha cerrado.
— ¡Qué bajes, he dicho!
Mejor arriesgarse a un mal encuentro con Eladio que a un sonoro sopapo de mamá.
El sol del mediodía le acompañó durante su carrera veloz, acera abajo hacia la panadería de doña Tesita.
Ya estaba a punto de alcanzar la puerta de la vieja, cuando, antes que a su dueño, vio su pelota de colores.
Fue un solo instante, un momento de duda.
Quizá, si hubiera seguido adelante, hacia el viejo comercio del pueblo, le hubiera dado tiempo a esquivar el encuentro con Eladio. Pero el atractivo de la pelota era excesivamente grande. Era su pelota. La que le había robado con tan malas artes durante el recreo. Casi fue una reacción instintiva. Giró a su derecha y fue tras la pelota, mientras el grito de Eladio rompió el silencio de la calle.
— Luisito, como toques la pelota te vuelvo a machacar, ¿o es que no has tenido bastante, esta mañana?
No, no iba a ser esta vez víctima de la fuerza de Eladio. Esta vez no le pillaba por la espalda, ni de sorpresa. Y él, por ser más pequeño y más delgado, era más ágil y más veloz. Seguro que no le alcanzaba.
Con toda la fuerza que fue capaz de imprimir a sus piernas, continuó tras el bote un poco artero de la pelota de colores, la que esta mañana había pasado a ser propiedad de Eladio Roquedal Torrequebrada, después de una pelea desigual e injusta.
De pronto el silencio se vistió de blanco en su mirada.
No recordaba nada más.
Iba obcecado por alcanzar la pelota, su pelota, y, al mismo tiempo, iba perseguido por aquella voz autoritaria, de quien se sabe dueño de haciendas, voluntades y vidas, aunque sólo tuviera ocho años. El auto que subía por la calle, fue una aparición innecesaria. ¿De dónde había salido? El aullido de la frenada llegó unas décimas de segundo más tarde de que hubiera perdido el sentido, tras el golpe con el parachoques metálico que le arrojó contra los adoquines brillantes de sol y primavera.
Ni siquiera reconoció a su padre que, con la cara desencajada, intentaba abrir la portezuela del vehículo, para ayudar a su hijo, a quien acababa de mandar al cielo, o eso pensó confusamente, mientras el corazón le estallaba dentro del pecho…
Claro que de eso se enteró unos días más tarde, cuando recobró el conocimiento. Aquella última imagen de su padre se confundía en su mente con un vago recuerdo que el tiempo anestesia, y al mismo tiempo con cierto aire de retrato falsificado, pues en su fuero interno estaba seguro que él no había visto ni al coche ni a su conductor. Sus ojos, y su corazón completo, estaba pendiente de la pelota que botaba como si la felicidad fuera eterna.
Salvo el abrigo, que arrojó de cualquier manera sobre uno de los sofás, no se desprendió de nada más. Necesitaba leer aquella carta, porque necesitaba poder volver a respirar. Aquel nombre había tenido casi el mismo efecto que el golpe contra el pavimento adoquinado. Eladio Roquedal Torrequebrada era un puñetazo en el mismo centro del plexo solar. Definitivo en la mayoría de los casos. Es verdad que habían pasado más de treinta años, y Luisito ya no era Luisito, sino Luis Prieto Enciso ayudante del Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial, pero ciertas cosas son inevitables, como temblar después leer el nombre de Eladio Roquedal Torrequebrada.
Era un viejo temblor casi olvidado. Pero quizá sea conveniente aclarar que no había ningún tipo de miedo en aquella reacción de su organismo. Se trataba de la ansiedad que desde aquella mañana, siete días después del accidente se alimentaba como una parte más de su cuerpo. Si hubiera podido, se habría levantado de la cama del hospital donde había yacido inconsciente más de ciento sesenta horas, pero con las constantes vitales en perfecto funcionamiento, y habría vuelto a la casa de Eladio, no para cogerle la pelota de colores. La maldita pelota azul y amarilla y roja ya no le importaba un bledo. Habría ido hasta allí para intentar arrancarle la cabeza. Y esa primera reacción, la que tuvo nada más despertar después de aquel mal golpe, fue espontánea, aún antes de conocer con exactitud las consecuencias del accidente.
Las más graves no habían sido sus costillas rotas y el golpe en la cabeza (lo que más preocupó a los médicos durante mucho tiempo, pues aquel hematoma que no sangró podría tener complicaciones en un futuro). La más grave fue contemplar cada día desde entonces el eterno luto de su madre. La eterna rabia que desde ese momento consumió a Laura Enciso y que le transmitió a él, desde que abrió los ojos, a la séptima mañana después del accidente, hasta que murió muchos años después, de pura consunción y odio.