Pétreas pavesas, sólidas cenizas

Pétreas pavesas, sólidas cenizas
Mi tierra es un sueño: unir corazones

martes 10 de noviembre de 2009

LA MIRADA


El dolor, Oswaldo Guayasamín. Imagen tomada de Internet


Una mirada le paró en seco. Pareció que un muro se erigía en un santiamén delante de su rostro…, un muro infranqueable, pero transparente. La caricia se quedó suspensa en el aire, como un calderón excesivo, y cayó como una hoja de otoño, lenta pero imparable. Volvió a su quehacer anodino, pero aquella mirada le pesaba demasiado en las circunvoluciones de su cerebro. Cuando se quiso dar cuenta, no pudo variar la trayectoria de sus pies que se habían quedado sin andamio, al que no se había sujetado con el preceptivo arnés…

lunes 9 de noviembre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR DEL CLUB LETAL (y II)



Recordarán ustedes que en la entrada del miércoles pasado este escribidor dejó medio insinuada la promesa de que mantendría informada a la concurrencia sobre el memorable hecho de su novela compartiendo tabla con otros textos, durante las mañna de los jueves en la Plaza Mayor de la muy noble y muy leal ciudad de Segovia, con motivo del secular mercado que allí se celebra tal día de la semana, salvo festivos, en cuyo caso pasa a celebrarse la víspera.
Como estaba anunciado, amaneció con ganas de gresca, con mucho alboroto de viento y nubes grises de abundosa panza a punto de explotar, pero la mañana no pasó de ser ladrido de perro que, por suerte, en cumplimiento del viejo refrán, no muerde. Quiero decir que la amenazante lluvia que el entoldado cielo nos prometía, no cayó y Rafa y colaboradores, acudieron a su cita con el mundo de los negocios. El viento no fue suficiente para evitar acudir al cumplimiento de su deber.
Nosotros, quiero decir Marián y yo, aprovechamos el rato del desayuno para acercarnos hasta allí. Una vez que calentamos los estómagos con el reconfortante café, y a pesar del viento y de la temperatura que parecía una lechuga recién sacada de la nevera, dimos con nuestros pasos en la mentada plaza batida por un viento de rostro huraño.
Allí estaba el puesto de Rafa, sin Rafa, obviamente.
La primera mala noticia es que ya ni los libros de este singular mercader son el principal género de su negocio. Ahora le ha dado por las telas, no sé dónde habrá encontrado este hombre la tienda o almacén que haya chapado el negocio y haya liquidado tanta pieza de tela de todos los colores, géneros y especies.
Así que, ya recluidos en segunda fila tiritaban los libros.
La segundo mala noticia es que no soy el único escritor vivo que forma parte del club LETAL (Libros entre Endivias, Telas, Aceitunas y Lechugas). Y no es que uno quiera exclusividad, ni mucho menos. Lo que me sienta peor no es eso, no, sino que alguien del CAS (Club de las Almendras Saladas) y además quien ocupa uno de los mejores puestos del CAS, también pretenda presidir el LETAL, y Rafa que no sé yo si habrá leído Arturo Pérez Reverte, por alguna razón especialísima ha puesto El club Dumas un euro más caro que Aquel sábado lluvioso. Y por el peso del libro no ha sido, eso fijo . Y uno sabe que El club Dumas es una grandísima novela, como la mayoría de las escritas por el cartagenero, pero claro que además de ser el escritor más vendido en España y por tanto presidir o casi, el CAS, también pretenda hacerlo con el Club LETAL clama a los cielos. Digo yo.
Y la tercera mala noticia, es que los tres ejemplares de Aquel Sábado lluvioso no estaban juntos. No podían hacerse compañía. Uno había sido desterrado a otra esquina, a otro lugar, como si hubiera sido castigado. Y encima costaba menos, dos euros menos.
Lo tomé en mis manos, le eché un vistazo. Y no entendí por qué su abandono, por qué esa diferencia en el precio. Descubrí que su único lector lo había dejado en la página ciento cincuenta y nueve, pues la esquina inferior de es página estaba doblada, donde su último párrafo dice:
Mi primera intención fue alejarme lo más posible de esos lugares, protegerme a mí y a la madre de Jesús de probables complicaciones de última hora. Era necesario que regresáramos a casa de Marcos y esperar acontecimientos. Mi cabeza no daba para más. Pero fue la propia madre de Jesús quien me rogó que fuéramos hasta el Calvario. "No podemos abandonar a Jesús ahora, al final su vida". Me fue imposible hacerle variar de idea, me lo impidieron sus ojos suplicantes, negros y ardientes, profundos y llorosos.
Luego sonreí. Recordé las palabras de Alena Collar... Quizá el rubio gitano de pelo rizoso y andares vaqueros, estaba esperando a esa joven que apenas tenía los cinco euros para comprarlo...

Javier, nuestro serpa cumplió con su parte y fotografió para la posteridad la prueba documental del acontecimiento. Según su propio testimonio, esta foto no está tomada como vulgar paparazzi que persigue a los famosos y los fotografía de cualquier modo... No, queridos lectores, están ustedes ante un auténtico posado.

domingo 8 de noviembre de 2009

NUEVOS PAISAJES VIEJOS

Imagen tomada de Internet. Google Imágenes


La palabra de cada día.
El camino que serpea.
Junio de 2005


Presumo de conocer Segovia a fondo. Me refiero a su capital. Sin embargo, esta tarde he descubierto parajes por los que nunca había estado. Paisaje agreste, duro, difícil, incluso si no se tiene cuidado de relativo peligro, sobre todo para alguien con mi extraña capacidad para retorcerme los tobillos.
Es un lugar que está ahí mismo, al lado, como quien dice. La parte de atrás de las Lastras que más bien se corresponde con una zona como de cañón, como si un río —y no de los pequeños— hubiera pasado un centenar de metros más abajo. Digamos que las Lastras es uno de los lados de ese profundo cañón. He estado correteando, trotando, paseando, por la cresta de ese lado de la profunda cuchillada. Primero en dirección sudeste, para girar hacia el sur y luego curvear y ascender hacia el Poniente, hasta que he llegado a otros de los extremos, que implicaba un largo, pino y revirado descenso que concluye, al otro lado, probablemente en las proximidades del Hospital o de la Residencia asistida. A esa parte no me he atrevido, por desconocimiento del terreno y por algo de prudencia. Aunque he estado tentado de hacerlo porque cuando he llegado al borde esa altura una corredora se ha tirado por ese descenso vertiginoso como que desciende la C/ Real o algo por el estilo.
(Era una corredora muy musculada, fuerte aunque delgada. Se ve que está acostumbrada a hacer muchos kilómetros en terrenos que serían muy buenos para el cross. Además, el equipamiento deportivo que lucía, se veía que era de calidad, de marca, el adecuado. Vamos el de alguien que se gasta dinero, y no le importa, porque sabe que es un dinero bien invertido).
Uno se piensa que por ese terreno se va a encontrar en total soledad, sin embargo me he cruzado, o he visto en las proximidades, al menos, seis o siete personas. No es que se trate de una turbamulta, claro, pero no me deja de sorprender que allá a donde se vaya aparezca otro ser humano haciendo cosas parecidas a las que uno hace. Los mayores pasean, que es un muy buen ejercicio para ellos, los más jóvenes corren, y yo troto y paseo, incluso me hago algunos cientos de metros en plan de carrera.
Este es otro paisaje que subyuga el ánimo, porque, aunque no sea la octava maravilla del mundo, uno se da cuenta de la pequeñez y de la endeblez del hombre. Somos criaturas ínfimas, no sé si arrojadas sobre el planeta como afirmaba con cierta desesperación Sartre, o puestas para algo más. Pero en estos territorios, uno se puede percatar de que los problemas diarios no son nada, o casi nada.
La quietud inmóvil de la naturaleza, los roquedos, el césped ralo, los caminos estrechos que serpean en un subibaja caprichoso y torturador para las piernas, el viento cálido del principio del ocaso que envuelve el resuello agitado, la inmensidad aquietada de las lomas y las laderas casi verticales, el sonido fugaz de los pájaros que sobrevuelan el cielo, más abajo, en la vertical que corresponde al Tejerín, los agudos relinchos de algunos caballos que se alufran como los caballos de juguete que teníamos cuando niños.
El mundo está muy cerca, es cierto, a penas a unos cientos de metros, y sin embargo, uno se siente absolutamente embargado por la soledad —aunque no sea total—, por el silencio, de nuevo el silencio. Y uno vuelve a pensar, quizá con reiteración machacona, que la mejor catedral construida par alabar al Creador, se la hizo Él mismo, porque ese espacio —y son unas cuantas hectáreas—, sólo invita a centrarse en lo que verdaderamente importa. Y porque ese espacio ayuda, y mucho, a encontrar la adecuada perspectiva que tienen que tener nuestros problemas. Que casi nunca, deberían ser de mucha importancia.
En fin, que aquí mismo, tengo casi un paisaje de montaña, y yo sin haberme enterado en todo este tiempo. Prometo que con sumo cuidado, eso sí, y cuando esté seguro de lo que hago, seguir investigando ese terreno. Creo que puede ser incluso divertido ver por donde llegan los empalmes de unos caminos con otros y hacerme distintas rutas, con distintos atajos, que me ayuden a evitar la monotonía de los mismos escenarios durante mucho tiempo. Porque el ser humano se cansa de todo, cuando se repite muchas veces lo mismo. Hasta se cansa de la inmensidad de la hermosura, aunque sea una inmensidad agreste, casi desértica, lunar casi.

sábado 7 de noviembre de 2009

¿Y SI PUDIERA MI MANO...?



¿Y si mi mano acariciara el rostro del pasado,
cercenara el tiempo
con el mismo gesto con el que la hierba
emprende el vuelo,
o el viento desnuda los brazos de los árboles?

¿Y si mi mano atisbara con sus ojos sin mirada
aquella sonrisa de entonces
cuando me columpiaba sobre el cielo inventado
de un parque azul,
esa sonrisa que ni los puñales han borrado de su rostro?

¿Y si mi mano empequeñeciera
y retornara al diminuto tamaño de ayer,
cuando posarla, como desmayo de ángel,
sobre la poderosa cueva de la mano de mi padre
era alcanzar las fragancias del Edén?

¿Y si mi mano pintara la luz
del rayo que engalanó de oro las hojas del castaño
que abrazaba al jardín entero
mientras el recreo era una sucesión de gritos
diminutos, como el eco del olvido?

¿Y si mi mano, navegando río arriba,
bebiese el tiempo que aún espera
y hundiera su carne fustigada de hoy,
en el agua núbil de ayer
para recorrer el camino del mañana?

viernes 6 de noviembre de 2009

EL PERDEDOR. ENTREGA 5ª



Su primera deuda fue un aguijón venenoso que se infiltró en su sangre.

Desde aquélla, cada noche acudió al casino con la esperanza de recuperar lo perdido... y cada noche perdía más. Teniendo en cuenta su buen sueldo, no habrían sido grandes sumas (entre doscientos y trescientos euros por noche), si no hubieran sido diarias, pero se convirtieron en una sangría imposible de taponar. En cuatro semanas debía unos siete mil euros. Y lo peor fue que, sin darse cuenta, sus días comenzaron a ceñirse al único deseo de que llegara la noche para ir a jugar al casino. Lo tomó como antídoto a sus otros problemas.
El abandono de su mujer estaba en un segundo plano. Era una sensación lejana, como de cierta melancolía, de cierta tristeza porque ya no estaba con él. Era añoranza de su presencia, pero sólo a ratos, pero sólo por la costumbre.
O eso se decía.
Cuando quiso percatarse (en pocos meses), su cuenta corriente estaba en números rojos. No podía hacer frente a las deudas. Vendió acciones, participaciones, canceló un fondo de inversiones... No fue suficiente. Pero no quiso enfrentarse a la realidad: la trampa fundamental en la que se había metido: no quería abandonar el casino. La voz nítida y clara, aunque leve, optó por enmudecer, lo cual fue un alivio para sus pesadillas.
Los trabajadores del casino le miraban con cierta sorna no exenta de lástima. Era el típico perdedor que no se reconocía a sí mismo. Habían visto a muchos.

El par de jugadores profesionales exultaban gozosos cuando se repartían los beneficios de las partidas en la casa del supuesto prestamista, a la que acudían por separado. Todas las precauciones eran pocas. Aquel hombre resultó una mina. Habían hecho uno de sus mejores negocios en los últimos tiempos.
No se preocuparon porque al final de mes el perdedor oscuro no devolviera casi religiosamente la deuda de la víspera. Aquellas cosas podían suceder. Ellos tenían previstas todas las posibilidades.
Absolutamente todas.

Una noche dejó de acudir al casino.

En el banco, tras el tercer préstamo personal solicitado, le informaron que su situación financiera era crítica (palabras textuales). Y añadieron que, a pesar de no ser magro, su sueldo no podía respaldar tanto dispendio. Y también le comentaron que a aquel ritmo habrían de ejecutar sus propiedades. Para concluir la sarta de malas noticias, le espetaron que era el último préstamo personal que podían hacerle. Y como si fuera la puntilla, se negaron a hipotecar su vivienda.
Comenzó a ponerse nervioso. Así que decidió no volver por el casino.

Después de una semana de ausencia, sin que su acreedor diera señales de vida, sonó el teléfono. Fue una advertencia cordial. Parecía una conversación de viejos conocidos en la que, como por casualidad, hubiera salido el tema del dinero. Pidió un plazo de diez días, que su interlocutor concedió sin problemas. A la vez, como si fuera casual, quedaron para una nueva partida. Nunca supo cómo, pero le hizo una perfecta llave de judo en el cuello de su decisión y le inmovilizó la voluntad. No se resistió.

Regresó al casino. Volvió a perder. Otros doscientos euros... solamente
Por fin, estuvo una noche sin dormir. Ajetreado, pesaroso.
Reaparecieron los avisos de la voz que creyó enterrada para siempre; sin embargo aquella madrugada le pareció el eco de la voz materna. Al principio volvió a confundirla con su insana imaginación. En su mente daban vueltas las cartas. Soñaba con el repóquer de ases, con imposibles escaleras de color. Pero eran, más que ensueños, pesadillas que le aletargaban la voluntad.
Se rindió. Tomó la decisión definitiva, inapelable: No volvería.
Esta vez era un propósito firme. Pidió otro plazo que le fue concedido.

Y en su fuero interno decidió que no pagaría. Decisión irrevocable. Pensó que, como no había papeles por medio, las cosas no irían a más, no podían ir a más.
No se atreverían.

Ese fue su último error.

jueves 5 de noviembre de 2009

ALGO EXTRAÑO

* * *
* *
*
Le ocurría algo muy extraño. Desde niño. No lo podía evitar. Algunas veces era una bendición y otras una maldición. Con el tiempo se acostumbró. Se acostumbraron sus padres, sus hermanas, los compañeros del colegio. Cuando lo alegó como defecto para no acudir al servicio militar provocó un debate ante el tribunal médico que solventó no con cierto alboroto entre los médicos encargados de la evaluación. Los que le conocían bien procuraban actuar en consecuencia, pero, ay, quién no tenía el gusto (o el disgusto) de conocerlo… Tuvo varias novias. Sólo una soportó más de un año, pero siempre supo que no se casaría… Y esto sucedía aunque no conociera de nada a la persona, ni sus circunstancias. Ni siquiera era necesario que atendiera a la conversación...Cada vez que alguien mentía en su presencia, provocaba que el color de su piel se tornara azul. Infalible. Siempre.

miércoles 4 de noviembre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR DEL CLUB LETAL


Como ustedes bien saben, no formo parte del CAS que significa, según la denominación utilizada por Andrés Trapiello en sus diarios, Club de las Almendras Selectas, y hace referencia a los Escritores Importantísimos que diría nuestra contertulia Alena Collar... A estas alturas de la película, sé que ni apareceré en los títulos de crédito del final, esos que sirven para que el personal vaya abandonando la sala una vez concluida la proyección.
Ahora bien, quiero que sepan que he dado un paso importante en mi trayectoria como escribidor.
No formo parte del CAS, vale, pero soy miembro de los escritores del club LETAL (Libros entre Endivias, Telas, Aceitunas y Lechugas). No poseo la información, pero es casi seguro que sea el único escribidor vivo que pertenezca a esta organización sin ánimo de lucro.
Uno de mis libros se codea con otros libros que han pasado al momento del desguace, y puede ser visto por cualquiera que se acerque al puesto que tiene Rafa, el gitano, en el mercado de los jueves de Segovia. No he sido aún testigo ocular del acontecimiento, pero las fuentes son de todo crédito. Les informo pues, estimados seguidores o visitantes ocasionales, que comparto tabla con telas al por mayor, libros de variopinta procedencia, enciclopedias viejas, fascículos antiguos, y otras mercancías a las que Rafael intenta dar salida. Muy cerca, enfrente y al lado, se ubican puestos frutas, golosinas, frutos secos, hortalizas, calzados, pantalones, faldas, ajos, ropa interior...
Sé que me repito, pero barrunto que no es mal sitio La Plaza Mayor de Segovia para que algunos ejemplares de Aquel sábado lluvioso salgan a pasear y a orearse un poquito. Cuando me lo comentó nuestro serpa, a él se debe la información, me dio la risa floja y pensé que había empezado el trayecto a la inversa, pero que lo mismo no era mala manera de comenzar. Al fin y al cabo los caminos del Señor son inescrutables.
Esta novela no transitó la habitual senda que recorren los libros, quizá porque su editor, no sea un editor dedicado a la edición de libros, sino una benemérita institución. Lo que que quiero decir es que no ha pasado por los estantes y escaparates glamorosos de las librerías, de donde pudiera haber sido comprado por algún lector que quizá más tarde lo leyó y, tras años, cayó en el olvido y alguien lo rescató de algún desván polvoriento para recuperar parte de lo gastado vendiéndoselo a un librero de viejo.
No, amables lectoras y lectores, no, esta novela, al menos algunos de sus ejemplares, ya están en el final del circuito, sin haber recorrido ninguno de sus tramos previos, pero como todo es tan extraño, quizá sea éste su verdadero inicio.
Bueno, pues eso, que algunos ejemplares de mi primera novela publicada hace ahora ocho años y unos meses por la Excma. Diputación Provincial de Segovia, reposan sobre alguna de las tablas que Rafa y sus colaboradores extienden cada jueves por la mañana cerca de la iglesia de San Miguel.
Alguien, a quien seguramente la Diputación regaló los ejemplares, ha decidido que no tenían lugar en su casa, y se los habrá vendido a este gitano de pelo rubio y rizoso, de andares vaqueros que acentúa con su sombrero al que no envidiaría John Wayne o James Stewart, y éste, digo Rafa, no James Stewart, habrá valorado la mercancía, a ojo de buen cubero, en un puñado de euros, no de dólares. Según me comentan, los vende a siete... Veamos, entonces el kilo de Aquel Sábado lluvioso sale a nueve euros con treinta y cuatro céntimos, lo digo porque cada ejemplar pesa setecientos cincuenta gramos.
A mi modesto entender este acontecimiento es una segunda oportunidad.
¿Me permiten ustedes soñar?
Pues soñaré.
Quizá algún amante de los libros acuda los jueves por la mañana a una hora indeterminada al mercado de los jueves, precisamente a echar un vistazo al puesto al que me refiero, por si descubre algún ejemplar raro de alguna revista, o de algún libro descatalogado. (Quizá vaya a comprar una pieza de tela para que le hagan alguna prenda de vestir, o decida que los ajos que venden al lado son de buena calidad, ese asunto ahora nos interesa menos). Quizá sus ojos se topen con la portada de la novela, que ustedes conocen muy bien, pues está situada en la columna de la derecha de esta bitácora cibernética; a lo mejor toma el libro en sus manos y comprueba la calidad del papel, el peso del libro, la hermosa ilustración de la portada y, acaso encogiéndose de hombros, decida que se lo lleva a casa... Total por siete euros. Quizá una de estas tardes frías que ya nos acompañan, inicie su lectura y lo mismo hasta le gusta y se engancha con hasta el final y ...
Vale, vale, ya les estoy escuchando a ustedes, no se preocupen ya dejo de soñar.
Si siempre me ha parecido un misterio comprender cómo es posible que alguien se fije en el libro de uno teniendo en cuenta los centenares de libros que se almacenan en las estanterías de una librería, ahora el milagro será que alguien de quienes curiosee por el puesto de Rafa sea capaz de llevarse el libro.
¿Y si mañana me acerco al puesto y le pregunto a Rafa algunas cosas sobre el asunto?
Les mantendré informados, supongo.

martes 3 de noviembre de 2009

ACODADO EN EL QUICIAL DE UN NUEVO DÍA

El canto del ruiseñor a medianoche y la lluvia matinal.
Joan Miró. Imagen tomada de Internet



Cualquier noche de noviembre de 2005...

Acodado en el quicial de un nuevo día contemplo el devenir de los segundos, los que se marchan, fúnebre cortejo de una jornada transcurrida, los que llegan balbuciendo respiraciones nuevas, nuevas ilusiones, llantos y risas presumidos y futuros. El humo blanco y pesado de un pallmall no remonta el vuelo, cae, en perezoso deliquio, unos cuantos metros abajo, se deshilacha en el charol transparente de la medianoche. Las campanadas de medianoche suenan a dos voces, como un canon desparejado. El reloj de la catedral y el reloj del ayuntamiento no se ponen de acuerdo, cada uno marca la hora a dispar ritmo, pero se subrayan mutuamente. Acodado al quicial de un nuevo día, siento el cansancio en forma de leve presión sobre mi sien izquierda, como si todos los latidos preocupados del día se hubiesen almacenado en ese estrecho mechinal de mi cráneo. El frío de la helada arrastra, hacia cierto sumidero ignoto, los besos de las parejas que quizá se estén amando ahora. El festival silencioso de los gatos y sus familias hace sonreír al embudo de esta calle que contempla al poniente ahora frío y negro. Acodado al quicial de un nuevo día, intuyo que la vida viene y va al ritmo de un nocturno de Chopin que tengo almacenado en mi memoria, y la única conclusión realmente inteligente es la de dejarse acunar por los dedos del chileno que interpreta, el viejo Arrau, siempre vivo en mis cedés, ahora, en el quicial de un nuevo día, enmudecidos, quizá soñando…


lunes 2 de noviembre de 2009

A INGLATERRA

Cuadrilla de Enanos Toreros. Cuadro de Botero. Imagen tomada de Internet
Me voy a trabajar a la embajada de España en Londres.
Pero si no sabes inglés.
¿Y eso qué importa…? No creo que todos los ingleses sean tan raros que no sepan hablar como Dios manda.
Ya, es que en Inglaterra Dios manda hablar inglés.
No me vengas tú ahora con cosas raras que pareces inglés. ¿A ti te hace falta saber inglés para vivir? ¿No, verdad? Tú sabes español, como yo, como todos los hombres que se precien de serlo, y con eso es suficiente.
¿Y qué vas a hacer en Londres? Que yo sepa, tampoco les gustan los toros.
Como si eso importara un carajo. Si no les gustan, ya les gustarán. Además ya se lo explicaremos nosotros… Oficialmente voy como agregado de prensa.
¿Tú agregado de prensa…? Anda ya, déjate de tanta guasa y al grano que están las cosas que arden.
No, si al grano voy. No te creas que voy allí porque me apetezca, me envía don Ramón.
¿El cuñado…?
En persona, el mismo que viste y calza…
Y, si se puede saber, ¿qué vas a hacer tú en Londres? Porque lo de la prensa no se lo va a tragar nadie.
Es un secreto, la verdad, pero a ti te lo puedo decir, eres un tipo de confianza… Me han encargado que coordine el espionaje español allí. Tenemos mucho qué hacer. No va a ser fácil. Los alemanes han pedido alguien con arrojo y allí alguno de los nuestros está haciendo algo mal. El caso es que han pensado en mí. Muchacho, la suerte de la guerra puede estar en estas manos.
¿De modo, Alejandro, que ahora espía…?
El hijo de mi madre tiene redaños para eso y para mucho más. Se van a enterar esos británicos de lo que vale un torero español.

domingo 1 de noviembre de 2009

ALLÍ HUBO LATIDOS DE CORAZÓN

Imagen tomada de Internet. Google Images.
La palabra de cada día.
El camino que serpea.
Junio de 2005


Algunas veces la vida cae como una sucesión de escombros inútiles bajo nuestros pies. Miramos hacia abajo y notamos con cierto pavor y asombro que esos pedazos mutilados fueron cosas que en una ocasión nos importaron. Normalmente nos importaron mucho, y, sin embargo, yacen inertes, como trastos, junto a nosotros. Lanzar una mirada hacia esos desperdicios, en general, produce una dolorosa punzada en lo más íntimo del corazón. Porque verlos allí despedazados, inservibles, yertos, es una especie de reflejo de lo que se ha convertido nuestra vida.
Quizá los que vienen detrás de nosotros no puedan comprender a fondo qué nos sucede, por qué de pronto se nos ha quedado el rostro exangüe, o las manos inanes. Para ellos observar el cataclismo que se extiende ante nuestra visión vidriosa no es más que contemplar los restos de un naufragio lejano, nebuloso; algo que forma parte del lindero entre el sueño y la realidad. Ellos no pueden comprender —ni acercarse a ello, que es peor aún— por qué este desasosiego que nos invade y nos supera y nos lacera el alma. Ellos sólo ven lo que ven: material de derribo, mejor aún, de escombrera. Material de deshecho. Para sus ojos es imposible columbrar que allí hubo latidos de corazón, o ilusiones extendidas a raudales, o sueños que por caprichos siniestros del destino se tornaron en pesadillas insoportables.
Pero hay algo peor aún: por mucho que intentemos que comprendan todos esos sentimientos que nos arrumban contra la melancolía más fría y destructiva, casi fúnebre, seremos incapaces de explicarnos.
Quizá consigamos que entiendan que estamos abatidos, poco más.

sábado 31 de octubre de 2009

LUZ SIN PIEL DE LA TARDE


Se bañan mis manos vacías en la entraña de la luz sin piel de la tarde, zumo de limón ardiente destilándose como un cuchillo sediento sobre la ciénaga de asfalto.

Persigo el manantial de un sueño donde la arcilla del silencio reconstruya el leve vuelo de una mariposa, aquel lugar donde un viejo daguerrotipo con su sonrisa sea la piel que destruya el dolor de su mirada... esa mirada que aún supura llanto.

Pero es el ocaso un revoco de algodón empapado en sangre de homicidios cuyo corolario fue una tumba sin nombre y sin lápida y sin flores llorando los colores del arco iris, una tumba sin cementerio, un ceremonial de olvido, un obituario de silencio.

Persigo el manantial de un sueño para que beban sus lágrimas imperecederas, para que sane su dolor remoto, pero es mi dolor quien anhela su alivio, mi herida su cicatriz..., mi rabia un grito.

Somos mis ojos, mi recuerdo, mi gesto, mis sueños y yo quienes necesitamos aquel viejo daguerrotipo donde aún albea su sonrisa, porque mis ojos, mi recuerdo, mi gesto, mis sueños y yo no soportamos la luz sin piel de esta tarde, ni el revoco de algodón empapado en sangre de homicidas de este ocaso, ni sus lágrimas imperecederas, ni su dolor remoto, ni el recuerdo de una tumba sin nombre y sin lápida y sin flores... y sin cementerio.

viernes 30 de octubre de 2009

EL PERDEDOR. ENTREGA 4ª



Nunca había estado allí. Hasta ese día no le había atraído el juego, pero aquella noche, sintió una poderosa llamada que parecía proceder de los ojos del casino. Las luces de la entrada fueron reclamo suficiente. Pensó que, como cumplimiento del viejo refrán, su nueva vida debía inaugurarse con una buena racha en el juego.
No lo dudó, se sentó ante la mesa de póquer. No es que fuera un gran jugador de póquer -ni de otros juegos-, pero tenía nociones aventajadas, y dedujo que pasaría un buen rato. En todo caso, prefería ese tipo de juegos que no los de puro azar, como la ruleta. Tuvo suerte durante las primeras horas. La suficiente suerte como para que dos profesionales se fijaran en él.
Era -obviamente-, la primera vez que lo veían en el local. Se miraron. Sin necesidad de cruzar palabra, decidieron que aquel hombre, con el negro tatuaje del fracasado cosido a los ojos, era la víctima adecuada.

Nada en apariencia les unía.
De hecho, ni el personal del casino les identificaba como compañeros de juego. Eran inteligentes y discretos. Muy discretos, laboriosos y concienzudos. Parecían hormigas. Sus actuaciones no eran llamativas. Salvo viernes y sábados, algunos días faltaba uno de ellos, otros el otro. Desaparecían por temporadas. Se alternaban en las mesas. Sus ganancias constantes pasaban desapercibidas, porque nunca, o casi nunca, eran desorbitadas. Incluso las combinaban, muy sabiamente, con noches de leves pérdidas. Este caso sólo se producía en uno de los dos jugadores, nunca en ambos al tiempo. Aparecían a horas distintas, uno en coche, otro caminando. Vestían muy distinto. Hablaban muy distinto. Eran muy distintos.
Tras la mirada muda, cada uno ocupó sitios diferentes y distantes de la mesa. Ni siquiera se sentaron al mismo tiempo. Tenían los papeles bien divididos; uno actuaba como el provocador, y su misión consistía en poner nervioso al inexperto jugador; el otro, a su debido tiempo, haría de prestamista generoso, de salvador in extremis, de aliado ante el fanfarrón voceras. No recurrían a la trampa, salvo alguna seña secreta, pero sí, a su experiencia. No apostaban con desmesura. No permanecían mucho tiempo sentados en la misma partida, salvo excepciones que a nadie extrañaban, pues hay partidas que se enconan y hasta admiten espectadores ávidos con apuestas ajenas a la propia partida, pero cuyo único sentido es la partida en sí misma. Existen rachas de suerte que cualquier buen jugador siente venir y ha de aprovechar... Sobre todo los profesionales.

Las cosas comenzaron a torcérsele cuando, a pesar de que una voz interna clara y nítida le aconsejó prudencia, no pasar los cien euros aquella mano, arriesgó más de la cuenta. Después de dos descartes tenía entre sus dedos dobles parejas de damas y cincos. Hasta ese momento, todo había ido muy bien. Nunca había perdido en exceso, y, cuando iba de farol, siempre había ganado. De hecho, llevaba embolsados más de setecientos euros, casi ochocientos. Se hizo la promesa de que a los mil se retiraría.
El nuevo jugador, vestido con el traje oscuro y la camisa tan hortera, era un bocazas. Le estaba poniendo nervioso. La tomó con él desde que se había sentado. Decía que iba de farol, que tenía la suerte del principiante, que no jugaba como los hombres... Esta vez, achacó al miedo la voz que escuchaba aconsejándole prudencia. Se decidió por arriesgar doscientos euros. Era la única forma de callar a aquel impertinente, y, si tenía suerte, se levantaría de la partida y dejaría de escuchar su voz estridente, como de chirrido de tren. Pero, con taimada sonrisa, el profesional cubrió la apuesta y la hizo subir otros trescientos euros. No le quedaba opción, o se jugaba quinientos de golpe -nada menos-, o el imbécil aquel se llevaba sus doscientos sin mirar las cartas. Un furor ciego -el que no había sentido en toda la noche, y había tenido motivos objetivos para ello- ascendió bermejo por su rostro. En un ataque de irracionalidad, decidió cubrir la apuesta. Los demás jugadores arrojaron desanimados sus cartas, pero nadie dejó de observar los movimientos que se sucedieron en unos pocos segundos. Un trío de ases apareció sobre el tapete, acompañado de una risa excesivamente estridente, tan hortera y poco delicada como su camisa. Uno de los participantes en la partida pensó que alguien debía enseñar al imbécil a ganar. Pero sabía a lo que jugaba, tuvo que reconocerse, y se prometió prudencia a partir de entonces.
Ésa debió haber sido la señal, pero se había obcecado en los mil euros y era imposible que nadie se lo sacara de la cabeza. Ni su voz que le pedía que se levantara con insistencia, con esa insistencia con la que la conciencia se pone a trabajar en determinadas ocasiones. Si se levantaba en ese momento llegaría a casa con unos doscientos treinta euros más de los que había salido, que tampoco estaba mal. Pero siguió impertérrito el juego. Insensiblemente, pues, por ejemplo, ganaba dos manos, pero, en la tercera, perdía lo que había ganado y algo más, fue descendiendo la cantidad que contaba en su poder. De forma rápida, transcurrieron las horas. Más que avanzada la madrugada, no tenía ni un euro. Casi todos -y no se lo explicaba muy bien- habían pasado a manos de aquel hombre que no paraba de meterse con él y vestía como si fuera a presentar un espectáculo circense.
En aquel momento, otro jugador, que le había pasado casi inadvertido a lo largo de la partida, le llamó a su lado con un elegante y leve gesto. Le propuso un préstamo, para ver si entre ambos podían deshacerse del bocazas. Le pareció bien. No advirtió la carga de profundidad, la trampa en la propuesta. No descubrió el lado oscuro y maquiavélico de la oferta. No vislumbró el terreno pantanoso en el que se metía. No percibió las señas. Se sintió, de pronto y sin sentido, fuerte, ganador. La jornada, casi al amanecer, concluyó con la deuda de mil euros. No le importó. Su cartilla de ahorros estaba saneada.

Había sido el final justo para aquel día. Y un día es un día, se dijo.

jueves 29 de octubre de 2009

SILENCIO TIBIO

Imagen tomada de Internet. Google Images

Las luces habían cerrado sus párpados lechosos. El silencio tibio respiraba entre las paredes y los marcos de los cuadros. Como cada medianoche, antes de acostarse, ella abría despacio y con sigilo las puertas de los dos dormitorios donde sus hijos soñaban, recogía los últimos restos de sus juegos, el último calcetín desparejado, el cuaderno arrumbado en bajo una silla, y besaba tenuemente su frente, después de haber alisado con ternura el embozo de la sábana. De vuelta al salón doblaba el periódico que él había dejado abierto por la página de deportes, la única que había leído en el descanso del partido, antes de quedarse dormido, mientras ella relataba el último comentario de la vecina del quinto sobre los jóvenes inquilinos del tercero, vació el cenicero y llevó al fregadero los vasos donde habían compartido la última cerveza.

Se asomó por la ventana, era el último gesto de cada jornada, justo antes de meterse en la cama. Extenuada, contempló la luz de la luna que se tornaba sábana blanquinosa del planeta. Al acostarse junto a él, que ya dormía en brazos de un gol imposible, sus labios se convirtieron en ala de mariposa que rozó su mejilla de lija.

Antes de formar parte del coro de latidos de la noche, como un vaivén de marea, le llegaba el suave oleaje de los recuerdos de su jornada: a las seis de la mañana el vapor de la ducha matinal, el olor del café recién hecho, el ruido de la maquinilla de afeitar, una cucharilla que cayó con estrépito al suelo, ‘Vas a despertar a los niños’, una sonrisa que aún sabía a sueño, ‘¿No se te olvida algo?, el primer beso que siempre sabía a clorofila y café lejano, duermevela matinal dentro de la cama vacía y aún cálida, el primer rayo de sol sobre el párpado izquierdo, gritos y risas infantiles, ‘¡Niños, daos prisa que llegamos tarde!’, una parada en la pescadería, otra en la frutería, luego en la panadería, el periódico en el quiosco, charla con Eladio y Palmira en el portal, esa canción tan vieja, que inopinadamente pusieron los de la radio y se le quedó prendida de la memoria todo el día, los niños protestando porque el pescado y la verdura no les gustan… La llegada de él, acabado el turno de la mañana, agotado, silencioso, con las manos aún olorosas a los tornillos de fábrica, ronquidos de sofá sobre el sonido de las palabras de un libro que no le importa casi nada, ‘Tienes que ir a por los niños’, cambiarse de ropa y salir a mecerse en la última brisa de la tarde, la merienda que, en su recuerdo, aún sabe a mantequilla y azúcar, los dibujos animados, los baños de los peques, 'No me gusta, mamá', '¿Otra vez fútbol?', la película, pues él no se ha enterado de que su equipo aún juega la segunda parte … Al tiempo de alistarse en el ejército de los sueños, atisba que la felicidad quizá se parezca mucho al silencio tibio de una casa que dormita.

miércoles 28 de octubre de 2009

TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR CON LOS DEDOS ATERRORIZADOS


Hay días en que los dedos se paralizan. Acuden a la cita con sus amigas, las teclas, temerosos, como si presintieran un intento de linchamiento, o que sus yemas fueran quemadas por un fuego oculto.
Vamos, que parece que el teclado se convierte en una hiena hambrienta que se relame ante la presencia de la decena de mis dactilares, o eso parece que piensan ellos, pobres.
En fin que hay días en que cualquier idea, cualquier brisa del pensamiento sirve para construir alguna historia, aunque sólo sea un apunte, pero hay otros en que los dedos, repito, no tienen intención de colaborar.
Y si desde fuera disparan con fuego graneado la cosa se complica más aún.
Y hoy, o sea ayer para ustedes, han disparado con fuego graneado desde varios puntos diferentes. Lo que en términos militares se llama batir las líneas enemigas sin mucha piedad.
Me han sacudido, o lo han intentado, por todos los lados. Pero por más que se empeñen trolls indeseables, alianzas inconfesables de máquinas infernales, jugadores de fútbol multimillonarios que sólo piensan en hacer el ridículo, lágrimas adolescentes convertidas en perlas sobre la superficie sedosa de una mejilla, dolores de cabeza inoportunos, películas infumables que se superponen a melodías conocidas, por más que se empeñen éstas y otras circunstancias, repito, me niego a hacer caso al miedo injustificado de mis dedos, y después de convencerles con persuasivas razones, vengo a decirles que la vida es intensísima y que no da tregua, pero que merece la pena fajarse en medio de trolls ridículos, lágrimas de adolescentes, dolores de cabeza y boicots de máquinas que se empeñan en sembrar el pánico entre la única musa prejubilada que aún me queda.
Y que no cunda el pánico, que las alarmas no se disparen, a este escribidor le queda cuerda para rato. Ni sus personajes son él, ni las situaciones de sus personajes tienen que ver con su vida. Porque si su vida fuera como la de sus personajes o sería un personaje o no escribiría.
No hay tiempo para tanto, aunque alguno se empeñe en retrasar relojes y que vivamos por dos veces la misma hora.
La vida de este escribidor es monótona, parece que languidece contemplada por los vecinos que a penas atisban una sombra, pero en realidad es una vida tan repleta que da para mucho; sobre todo para intentar ser feliz y para repartir sonrisas a cuantos le rodean. Y eso a pesar de que sonreír, lo que es sonreír, no se me da muy bien, en fin que se me da muy mal, vamos que si protagonizara un anuncio de dentífrico me rescindían el contrato a los pocos segundos de iniciado el rodaje.
¿Veis, queridos dedos? las teclas no eran los dientes peligrosos de una hiena hambrienta, ni el magma hirviente de un volcán siniestro...
¡¡¡Aggg!!!

martes 27 de octubre de 2009

SI HUBIERA


Si le hubiera preguntado al recuerdo de sus manos, quizá no estaría sumido en semejante melancolía. Si se hubiera dedicado a estudiar con algo más de detalle el rastro que quedaba en sus huellas dactilares, habría descubierto las escamas que dejaron sus labios cuando sonreía mientras los acariciaba. Si hubiera comprobado que entre las simas de esos dibujos restaba aún el calor de sus miradas, habría decidido correr detrás de ella. Si hubiera hecho estas simples cosas, no habría dejado que se marchara con ese aire de falsa dignidad, con esa sonrisa azul que nunca le había visto antes. Si en vez de haberse fijado en sus palabras, hubiera atendido al significado de las miradas y cómo éstas percutían en su corazón.
Pero se quedó en lo evidente. Y después de la ducha ya fue tarde para localizar el rastro de su última lágrima.