El dolor, Oswaldo Guayasamín. Imagen tomada de Internet

La vida es llama que abrasa. Cuando percibimos que el tiempo fluye, como río imparable, sólo restan recuerdos: pavesas y cenizas. Así pues, anotaré algunos de los pensamientos que la vida me traiga y los compartiré con los viajeros que aquí detengan su paso: un poema, una lectura, un cuentecillo, una película, un partido, un suceso, una conversación con un amigo, la vida..., antes de que el olvido los engulla para siempre, en su eterno torbellino.
El dolor, Oswaldo Guayasamín. Imagen tomada de Internet

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Mi primera intención fue alejarme lo más posible de esos lugares, protegerme a mí y a la madre de Jesús de probables complicaciones de última hora. Era necesario que regresáramos a casa de Marcos y esperar acontecimientos. Mi cabeza no daba para más. Pero fue la propia madre de Jesús quien me rogó que fuéramos hasta el Calvario. "No podemos abandonar a Jesús ahora, al final su vida". Me fue imposible hacerle variar de idea, me lo impidieron sus ojos suplicantes, negros y ardientes, profundos y llorosos.
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¿Y si mi mano acariciara el rostro del pasado,
cercenara el tiempo
con el mismo gesto con el que la hierba
emprende el vuelo,
o el viento desnuda los brazos de los árboles?
¿Y si mi mano atisbara con sus ojos sin mirada
aquella sonrisa de entonces
cuando me columpiaba sobre el cielo inventado
de un parque azul,
esa sonrisa que ni los puñales han borrado de su rostro?
¿Y si mi mano empequeñeciera
y retornara al diminuto tamaño de ayer,
cuando posarla, como desmayo de ángel,
sobre la poderosa cueva de la mano de mi padre
era alcanzar las fragancias del Edén?
¿Y si mi mano pintara la luz
del rayo que engalanó de oro las hojas del castaño
que abrazaba al jardín entero
mientras el recreo era una sucesión de gritos
diminutos, como el eco del olvido?
¿Y si mi mano, navegando río arriba,
bebiese el tiempo que aún espera
y hundiera su carne fustigada de hoy,
en el agua núbil de ayer
para recorrer el camino del mañana?
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El canto del ruiseñor a medianoche y la lluvia matinal.
Joan Miró. Imagen tomada de Internet

Cualquier noche de noviembre de 2005...
Acodado en el quicial de un nuevo día contemplo el devenir de los segundos, los que se marchan, fúnebre cortejo de una jornada transcurrida, los que llegan balbuciendo respiraciones nuevas, nuevas ilusiones, llantos y risas presumidos y futuros. El humo blanco y pesado de un pallmall no remonta el vuelo, cae, en perezoso deliquio, unos cuantos metros abajo, se deshilacha en el charol transparente de la medianoche. Las campanadas de medianoche suenan a dos voces, como un canon desparejado. El reloj de la catedral y el reloj del ayuntamiento no se ponen de acuerdo, cada uno marca la hora a dispar ritmo, pero se subrayan mutuamente. Acodado al quicial de un nuevo día, siento el cansancio en forma de leve presión sobre mi sien izquierda, como si todos los latidos preocupados del día se hubiesen almacenado en ese estrecho mechinal de mi cráneo. El frío de la helada arrastra, hacia cierto sumidero ignoto, los besos de las parejas que quizá se estén amando ahora. El festival silencioso de los gatos y sus familias hace sonreír al embudo de esta calle que contempla al poniente ahora frío y negro. Acodado al quicial de un nuevo día, intuyo que la vida viene y va al ritmo de un nocturno de Chopin que tengo almacenado en mi memoria, y la única conclusión realmente inteligente es la de dejarse acunar por los dedos del chileno que interpreta, el viejo Arrau, siempre vivo en mis cedés, ahora, en el quicial de un nuevo día, enmudecidos, quizá soñando…
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Se bañan mis manos vacías en la entraña de la luz sin piel de la tarde, zumo de limón ardiente destilándose como un cuchillo sediento sobre la ciénaga de asfalto.
Persigo el manantial de un sueño donde la arcilla del silencio reconstruya el leve vuelo de una mariposa, aquel lugar donde un viejo daguerrotipo con su sonrisa sea la piel que destruya el dolor de su mirada... esa mirada que aún supura llanto.
Pero es el ocaso un revoco de algodón empapado en sangre de homicidios cuyo corolario fue una tumba sin nombre y sin lápida y sin flores llorando los colores del arco iris, una tumba sin cementerio, un ceremonial de olvido, un obituario de silencio.
Persigo el manantial de un sueño para que beban sus lágrimas imperecederas, para que sane su dolor remoto, pero es mi dolor quien anhela su alivio, mi herida su cicatriz..., mi rabia un grito.
Somos mis ojos, mi recuerdo, mi gesto, mis sueños y yo quienes necesitamos aquel viejo daguerrotipo donde aún albea su sonrisa, porque mis ojos, mi recuerdo, mi gesto, mis sueños y yo no soportamos la luz sin piel de esta tarde, ni el revoco de algodón empapado en sangre de homicidas de este ocaso, ni sus lágrimas imperecederas, ni su dolor remoto, ni el recuerdo de una tumba sin nombre y sin lápida y sin flores... y sin cementerio.
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Nada en apariencia les unía.
De hecho, ni el personal del casino les identificaba como compañeros de juego. Eran inteligentes y discretos. Muy discretos, laboriosos y concienzudos. Parecían hormigas. Sus actuaciones no eran llamativas. Salvo viernes y sábados, algunos días faltaba uno de ellos, otros el otro. Desaparecían por temporadas. Se alternaban en las mesas. Sus ganancias constantes pasaban desapercibidas, porque nunca, o casi nunca, eran desorbitadas. Incluso las combinaban, muy sabiamente, con noches de leves pérdidas. Este caso sólo se producía en uno de los dos jugadores, nunca en ambos al tiempo. Aparecían a horas distintas, uno en coche, otro caminando. Vestían muy distinto. Hablaban muy distinto. Eran muy distintos.
Tras la mirada muda, cada uno ocupó sitios diferentes y distantes de la mesa. Ni siquiera se sentaron al mismo tiempo. Tenían los papeles bien divididos; uno actuaba como el provocador, y su misión consistía en poner nervioso al inexperto jugador; el otro, a su debido tiempo, haría de prestamista generoso, de salvador in extremis, de aliado ante el fanfarrón voceras. No recurrían a la trampa, salvo alguna seña secreta, pero sí, a su experiencia. No apostaban con desmesura. No permanecían mucho tiempo sentados en la misma partida, salvo excepciones que a nadie extrañaban, pues hay partidas que se enconan y hasta admiten espectadores ávidos con apuestas ajenas a la propia partida, pero cuyo único sentido es la partida en sí misma. Existen rachas de suerte que cualquier buen jugador siente venir y ha de aprovechar... Sobre todo los profesionales.
Las cosas comenzaron a torcérsele cuando, a pesar de que una voz interna clara y nítida le aconsejó prudencia, no pasar los cien euros aquella mano, arriesgó más de la cuenta. Después de dos descartes tenía entre sus dedos dobles parejas de damas y cincos. Hasta ese momento, todo había ido muy bien. Nunca había perdido en exceso, y, cuando iba de farol, siempre había ganado. De hecho, llevaba embolsados más de setecientos euros, casi ochocientos. Se hizo la promesa de que a los mil se retiraría.
El nuevo jugador, vestido con el traje oscuro y la camisa tan hortera, era un bocazas. Le estaba poniendo nervioso. La tomó con él desde que se había sentado. Decía que iba de farol, que tenía la suerte del principiante, que no jugaba como los hombres... Esta vez, achacó al miedo la voz que escuchaba aconsejándole prudencia. Se decidió por arriesgar doscientos euros. Era la única forma de callar a aquel impertinente, y, si tenía suerte, se levantaría de la partida y dejaría de escuchar su voz estridente, como de chirrido de tren. Pero, con taimada sonrisa, el profesional cubrió la apuesta y la hizo subir otros trescientos euros. No le quedaba opción, o se jugaba quinientos de golpe -nada menos-, o el imbécil aquel se llevaba sus doscientos sin mirar las cartas. Un furor ciego -el que no había sentido en toda la noche, y había tenido motivos objetivos para ello- ascendió bermejo por su rostro. En un ataque de irracionalidad, decidió cubrir la apuesta. Los demás jugadores arrojaron desanimados sus cartas, pero nadie dejó de observar los movimientos que se sucedieron en unos pocos segundos. Un trío de ases apareció sobre el tapete, acompañado de una risa excesivamente estridente, tan hortera y poco delicada como su camisa. Uno de los participantes en la partida pensó que alguien debía enseñar al imbécil a ganar. Pero sabía a lo que jugaba, tuvo que reconocerse, y se prometió prudencia a partir de entonces.
Ésa debió haber sido la señal, pero se había obcecado en los mil euros y era imposible que nadie se lo sacara de la cabeza. Ni su voz que le pedía que se levantara con insistencia, con esa insistencia con la que la conciencia se pone a trabajar en determinadas ocasiones. Si se levantaba en ese momento llegaría a casa con unos doscientos treinta euros más de los que había salido, que tampoco estaba mal. Pero siguió impertérrito el juego. Insensiblemente, pues, por ejemplo, ganaba dos manos, pero, en la tercera, perdía lo que había ganado y algo más, fue descendiendo la cantidad que contaba en su poder. De forma rápida, transcurrieron las horas. Más que avanzada la madrugada, no tenía ni un euro. Casi todos -y no se lo explicaba muy bien- habían pasado a manos de aquel hombre que no paraba de meterse con él y vestía como si fuera a presentar un espectáculo circense.
En aquel momento, otro jugador, que le había pasado casi inadvertido a lo largo de la partida, le llamó a su lado con un elegante y leve gesto. Le propuso un préstamo, para ver si entre ambos podían deshacerse del bocazas. Le pareció bien. No advirtió la carga de profundidad, la trampa en la propuesta. No descubrió el lado oscuro y maquiavélico de la oferta. No vislumbró el terreno pantanoso en el que se metía. No percibió las señas. Se sintió, de pronto y sin sentido, fuerte, ganador. La jornada, casi al amanecer, concluyó con la deuda de mil euros. No le importó. Su cartilla de ahorros estaba saneada.
Había sido el final justo para aquel día. Y un día es un día, se dijo.
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ANTONIO MACHADO