lunes, 5 de junio de 2017

Novedades en el rumbo

Desde hace unos meses, se ha producido un viraje en mi vida que, como cualquier alteración en el rumbo, tendrá sus consecuencias.

En fin, no me enrollaré con preámbulos absurdos. La editorial segoviana "Isla del Náufrago" pasa a tenerme como timonel, para entendernos. Desde hace siete años esta Asociación Cultural sin ánimo de lucro estaba dirigida por el médico, escultor y escritor José Antonio Abella. A partir del 15 junio paso a dirigirla.


Con esta imagen tomada hace unos días en uno de los jardines más hermosos de Segovia, hemos ilustrado esta novedad en el blog de la editorial que se acompaña, además de una pequeña nota explicativa. AQUÍ, la podéis leer.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

CELEBRACIÓN DE LAS CARICIAS (Reedición. A Faustina María García, mi madre, in memoriam)

¿Desde hace cuántos meses o años, no publico nada aquí...? A la vista queda, es muy sencillo, un poco más abajo descubriréis que desde el 16 de julio de 2015 este blog entró en un silencio que hoy por fin se rompe. 
Todo tiene su explicación, pero sería tan largo, sería tan tedioso. 
Hace más de siete años (el 2 de diciembre de 2009) publiqué esta entrada que ahora reedito.
Entonces aún todo era posible y todo estaba muy lejos, casi al otro lado de la vida.
Pero justo un par de años más tarde -poco más o menos- empezó el camino del dolor y la enfermedad, ése que antes o después cada humano sigue.
No me siento especial. Ni el luto de mi corazón difiere en mucho del resto de mujeres y hombres que perdieron un día a uno de los seres más queridos. En este sentido soy como el cien por cien de individuos de la especie.
Su enfermedad que -¿casualmente?- concluyó con su muerte el pasado 2 de diciembre de 2016 -y juro que hasta ahora no he descubierto la coincidencia- me obliga a este sencillo homenaje de amor y gratitud eterna.
Quizá regrese poco a poco a este rincón de la Red. Quizá no. Aún es pronto para saberlo, pero eso es lo de menos. Lo que en verdad importa es que en vísperas de las navidades, deseo felicitaros a todos, si es que alguien aún queda por ahí, con la reedición de esta entrada, como una doble tarjeta navideña: el retrato que de ella pintó mi hermano y el texto que entonces me sugirió y que hoy, una vez leído, sigue siendo igual de válido... O quizá cobra aún más fuerza.


Retrato de nuestra madre,
pintado en estas últimas semanas por Mariano Carabias María



El tiempo pasa, pero hoy queda detenido. Esa sonrisa aún ilumina la memoria de mi infancia, la astucia de sus ojos y esa habilidad mágica de sus dedos nunca quietos para tener todo listo a tiempo: casa, ropa, comida... caricias.
Envuelta por la luz es más ella de lo que se figura.
Cuando los dedos toman los pinceles, emprenden un baile inexplicable para el resto de los mortales. Sólo quien ha sido testigo de este milagro entiende que sus pinceladas sean capaces de reventar sobre la inanimada superficie de la tabla o del lienzo o del papel y que por ello algunos de sus trazos, más que pinceladas, sean caricias.
Y a veces sucede que el tiempo detenido fondea en el alma para llenar una de sus oquedades con el recuerdo de caricias y de pinceladas... Pinceladas sobre piel y caricias sobre lienzo... Dedos que dibujaban afecto sobre la infancia y pinceles que trazaban caricias con todas las formas y todos los colores.

jueves, 16 de julio de 2015

Inma Vinuesa: "El olor de los ausentes"

El olor de los ausentes. Inma Vinuesa
Escritura entre las nubes. Santa Cruz de Tenerife, 2015.
168 páginas

Tengo la costumbre —con la que no todos están de acuerdo— de leerme la contratapa y las solapas de los libros antes de abordar sus páginas. No iba a ser diferente en el caso de esta primera novela individual de mi amiga InmaVinuesa —gaditana de nacimiento y tinerfeña, no sé si de adopción, pero sí en ejercicio—, una de las 7 plumas coautoras de Oscurece en Edimburgo, que en su caso fue su debut literario. Al concluir la absorbente lectura de “El olor de los ausentes”, he tenido la impresión de que lo escrito en la contraportada, es como los buenos trailers de las películas: centran al espectador, le suministran el andamiaje de la historia, pero, al mismo tiempo, y sin engaño, no desvelan casi nada de lo que en verdad importa.
La historia —y no descubro nada que la autora no quiera que se revele, pues resumo la contracubierta, no me asomo aún a su interior— es una novela de amor incondicional, cuyo pilar, alrededor del que pivotan los acontecimientos, es el olor. Sucede el relato en nuestra contemporaneidad, entre dos jóvenes que habitan la marginalidad por diferentes motivos (Juan, hijo del sepulturero de Lanzarote; Rosa huérfana desde el parto, hija de joven alcohólica, amante de Juan), quienes se van enamorando a medida que acrece el peso de la posibilidad de que sean hermanos.
Y dicho esto (podría añadir más detalles sin penetrar aún en el portal de esta casa llamada “El olor de los ausentes”, que omito por no alargarme), nadie se puede llamar a engaño, pues el esqueleto de la novela es el desarrollo de este argumento apenas bosquejado más arriba, sin embargo uno no alcanza a imaginar todo cuanto se esconde tras esas pocas líneas.
Arranca la obra con la escena del nacimiento de Rosa —verdadera protagonista de la obra—, pintada ante los ojos del lector con un vigor y una plasticidad que atrapa la voluntad de quien lo contempla, pues más que leer se ve, se huele, se siente toda la escena desgarradora, pero, a la vez, salpimentada de ternura. Con este primer capítulo la pluma de Inma Vinuesa evita que el lector abandone la narración hasta alcanzar su último latido.
La novela —escrita en tercera persona, desde el punto de vista del autor omnisciente—, en realidad, y a mi modo de ver, aprovecha la trama para indagar en el alma de las personas. No es, ni aspira nunca a serlo, un tratado de ética, sin embargo plantea al lector un puñado de asuntos relacionados con la ética de lo más cotidiano. No es, ni aspira nunca a serlo, un tratado sobre genética, sin embargo indaga en la influencia genética sobre determinadas enfermedades y tendencias de la personalidad. No es, ni aspira nunca a serlo, un tratado de moral, sin embargo pone sobre el tapete al menos dos cuestiones que siempre han perseguido al ser humano: ¿Se puede hablar en términos absolutos del libre albedrío o estamos limitados por múltiples circunstancias ajenas a nuestra voluntad? ¿El amor de la pareja humana es aceptable en cualquier circunstancia? Mejor dicho: ¿Es lícito asesinar al amor si, a posteriori de invadirnos, se conoce que se trata de un incesto, uno de los pocos tabúes universales de la especie humana?
Pero no se me malinterprete. El olor de los ausentes no es un tratado de ética o moral o psicología o genética, sino una novela, por tanto el lector no asiste en ningún caso a ninguna explicación teórica sobre alguno de estos asuntos. Desde la primera palabra hasta la última, se lee un relato con todos los alicientes de una historia. Una novela en toda la extensión de la palabra, depositaria de las herramientas del oficio: amor por el lenguaje, sensibilidad para el matiz, mirada objetiva para contar sin opinar, viveza de las descripciones, respeto a sus personajes: seres complejos, nada planos, portadores de luz y sombras, de aromas y pestilencias, como cualquiera. Desde la contraportada se afirma que “el olor es el pilar alrededor del cual pivotan los acontecimientos”, y es cierto, y por eso se hace difícil no apuntar la positiva y asimilada influencia que El perfume ha tenido en la zona del arranque de la segunda parte del relato, cuando ya la pasión se ha desbocado y ha hecho presa en el alma y cuerpo de Juan.
Inma Vinuesa.
Foto tomada del blog "La vida en sorbos"de
Miguel Ángel Brito
La arquitectura de El olor de los ausentes es, a primera vista, tradicional; sin embargo ofrece algunas sorpresas que hablan del interés y la capacidad de indagación de Inma con el objeto de aportar su personal sello, consciente de que la tarea del escritor también tiene algo (o mucho) de buscar novedad. En este sentido destaco el final. Si en la primera mitad nos zambullimos en una historia al modo tradicional, y la fuerza del argumento seduce al lector paulatinamente, a partir de un momento determinado, digamos cuando el presente es más presente (no referiré nada que dañe el oficio lector, algunas de cuyas herramientas básicas son indagación y sorpresa), la escritura vira hacia cierta esencia poética, en el sentido de renunciar a lo accesorio, como si el foco se centrase en los personajes, difuminando el fondo, que, sin desaparecer, se estiliza, se simplifica, se minimaliza.
Afirma Joan Margarit —no una, sino muchas veces— que el lector de poesía tiene más que ver con el intérprete que con el espectador del concierto. Pues bien, El olor de los ausentes, siendo prosa, propone eso mismo al lector, como si le dijera: dé usted un paso más, interprete, inmiscúyase en el texto, hágalo suyo. Tanto que escribe y propone dos conclusiones diferentes, con lo que no es que la novela sea de final abierto, sino que su final más se asemeja a una encrucijada, sobre la que el lector ha de decidir. Y tengo la impresión de que ella publica dos opciones, porque tiene más y porque solicita al lector que proponga la suya que puede ser o no coincidente con alguna de las que figuran en esta edición.
Acabo proclamando un profundo deseo: que El olor de los ausentes, sea el primero de muchos otros libros con que podamos leer una prosa con voz y tono propios, con mirada personal e intransferible, es decir que podamos seguir enriqueciéndonos con su literatura de mujer despierta y atenta a cuanto sucede a su alrededor, de mujer que pone su mirada allí donde el dolor anega las bondades esenciales de lo humano.

martes, 7 de julio de 2015

Marcos Alonso, " Historias de microtintas y otros cuentos"

Portada del libro
Uno llega hasta donde llega (que últimamente no es mucho). Una de las satisfacciones mayores de los últimos meses ha sido poder prologar "Historias de microtintas y otros cuentos" de Marcos Alonso.
He tardado más de lo previsto en subir este micro, por una sola razón: quedé con Marcos en hacerme una foto con su libro ante un monumento de Segovia. Y aún no lo he hecho... No será porque falten lugares en la ciudad donde hacerlo, sino porque los días en que he podido hacerlo, se me ha olvidado salir con el libro de casa... Pero todo llegará.
O eso espero.
Y éste ha sido el prólogo que abre un libro, cuyos textos creo que son de lo más apetecible para cualquier lector, sobre todo si quien lee es de los que cree que el ser humano, aún en los casos más complicados, siempre merece una oportunidad, al menos la de explicarse:

Una cierta mirada
(Microrrelato a modo de introducción)
Tras apagar el ordenador, estirar los brazos y frotarse con índice y pulgar los párpados de sus ojos azules, pues el cansancio era tierra colada en ellos —creyó la arena que eran retazos de mar—, dio por concluida la tarea.
Esta vez no era un poema ni era la enésima corrección de “Andamana…”. No, en esta ocasión, y después de mucho discutir consigo mismo, sus recuerdos y unos cuantos de sus personajes, al fin había dejado zanjada la cuestión.
El libro de relatos estaba listo.
Y pensó.
Pensó en el tiempo transcurrido desde que se le ocurriera abrir aquel blog en que iba dejando retazos de sus letras que viajaban como mensajes lanzadas al espacio en naves siderales invisibles a la espera de que en alguna isla solitaria, algún náufrago diera con tales historias.
Luego, antes de ir a la cama, asomado a la ventana dispuesto a empaparse de estrellas —relajante eficacísimo para el espíritu—, pensó en que el mundo está lleno de tantas gentes cuya historia necesita ser contada porque sí, porque no es peor ni menos atractiva que otras que pululan en tantos y tantos libros. Concluyó con una sonrisa tenue: He cumplido con una porción de esta infinita tarea.
A los dos o tres minutos, mientras procuraba no hacer ruido para no despertar a su compañera, se reiteró por enésima vez que el mundo está dirigido por hacen de las apariencias combustible para que funcione. El día en que se demuestre que la mejor gasolina es la voz y no los ecos, se les habrá acabado el chiringuito, afirmó para sí y no se dio cuenta que los pantalones se habían caído al suelo. Quizá, se dijo —la pelea con una manga del pijama era encarnizada—, la única batalla legítima de los escritores es desenmascarar la mentira de la apariencia. Acaso, murmuró sintiendo la pleamar de una sábana en su torso, quien escribe un relato o un poema —debería volver a escribirlos— deba auscultar el rumor de la vida como el médico escruta el corazón dañado.
Mientras era derribado por el sueño, los personajes de los cincuenta relatos y minicuentos de “Microtintas y otros cuentos” debatían entre sí con susurros sólo perceptibles por los elfos y algunos insomnes especialmente adiestrados para analizar radiografías en la brisa. Hubo una conclusión general, casi unánime —acaso Peggy decidió abstenerse…, era demasiado coqueta para aceptar cierto matiz en una de las frases en que Marcos Alonso la había descrito—: todos, como mínimo, reconocían que el autor canario les había despojado de las máscaras con delicadeza y había desvelado su auténtico rostro. Hasta Jose comprendía que era verdad cuanto se decía sobre la verdadera naturaleza de su ser en apenas dos pinceladas, precisas como resonancia magnética; eso sí, malhumorado se dirigió a la mazmorra de los castigados, y entró en un mutismo incombustible.
A miles de kilómetros, días más tarde, un escribidor de Castilla que había conocido su blog antes que a su autor, y que años después vivió junto con el canario y otros cinco plumigos (afortunado neologismo debido a la sutil y bondadosa ironía de Marcos Alonso), descubría que lo importante de “Microtintas y otros cuentos” era esa cierta mirada azulina del escritor que arrojaba tanta misericordia sobre los seres humanos y que con mucha ironía y mucha delicadeza pretendía que el lector descubriera que la verdad de cada individuo poco o nada tiene que ver con las apariencias.
Marcos Alonso
Aquel segoviano, invitado por su amigo a escribir el prólogo para un libro con tantas cosas buenas, pensó que sus palabras serían breves, para que fueran concordantes con los relatos, y, de paso, evitar enojosas dilaciones y vanas palabras al lector. Pero, sobre todo, pensó que le encantaría ser uno más de cuantos habitan “Microtintas y otros cuentos”. Desde entonces, gracias a la osadía que otorga la amistad, se mezcla con los personajes y junto a ellos y a Marcos Alonso (nuevo actor del texto), disfruta de conversaciones y murmurios sólo audibles para elfos, gnomos y poetas durante ciertas noches de insomnio y melancolía.


*
Tras la 'amenaza' del autor vertida en su comentario, no me ha quedado más remedio que salir corriendo y hacerme la fotografía. Aquí os dejo la prueba

domingo, 28 de junio de 2015

Sea imposible tanto infierno




(Mari Luz Baticón, Berta Martín, Jesús Pastor -alma del evento-, David Benedicte, Estuardo Álvarez José Manuel García González y yo mismo participamos en el recital del 20 de junio de 2015 en el Colegio de Arquitectos de Segovia en el marco del Mercadillo de Artesanía Solidaria que organiza cada año la "Asociación de amigos del Pueblo Saharaui de Segovia", donde leí cuatro poemas, éste entre ellos. Mi último poema hasta el día de la fecha.
Con mi agradecimiento a Jesús Pastor, por haberse acordado de mí para esta ocasión, y porque eso mismo me ha empujado a estar trabajando en estas dos últimas semanas sobre esta idea).

Mi deneí afirma que en junio de 2015
son cincuenta y tres las veces
que he dado la vuelta sol:
la edad roja, según Joan Margarit.
De ellos, cuarenta son veneno y pasmo
cada vez que me asomo al mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo
donde la libertad merodea
aunque sea un caballo cojitranco
de lento caminar y corta alzada.
¿Por qué se nos olvida cada día
que occidente no es el mundo,
que esta bola de sílice que gira
sin voluntad en un rincón del cosmos
es un viejo tranvía de muerte e injusticias?
Ya sé, lo escribió Gil de Biedma,
que el único argumento de la obra
es envejecer y morir;
y también sé que soy apenas un paréntesis
entre dos decisiones que no me pertenecen,
pues alguien me nació y alguien me morirá…
Pero no hablo de ese destino inapelable.
Hablo de la agonía de esta casa común,
del estruendo que ciega el agua,
de las grietas que hieren nuestro cielo,
del beso avaricioso que lo asfixia.
Hablo de explotación, de homicidio hablo;
hablo de tantas guerras y de tanta hambre hablo;
y de la libertad encadenada
entre barrotes de miseria.
Y hablo de las mujeres secuestradas,
taladas para ser fosas de sierpes
recipientes de semen y de golpes,
de lágrimas y heridas.
Y hablo de tanta infancia arrebatada,
tantas niñas y niños convertidos
en menguado paréntesis, sin juegos y sin letras,
y que aún así sonríen.
Y hablo también de pueblos sojuzgados,
encadenados a su tierra encarcelada,
o aquellos expulsados de su cuna,
sajado su horizonte.
Y ahora que he cumplido los cincuenta y tres
—recordad, la frontera, la edad roja—,
mi venero enarbola su impotencia
como cuando, sin alcanzar los veinte,
me asomaba al balcón del mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo,
y con un estupor como el de hoy
contemplaba este mismo infierno:
tanta ruina en los muros transparentes del planeta,
tanto dolor y tanta guerra,
tantas tiranías y exilios,
tanta injusticia y tanta hambre,
tantos destierros y cadenas,
tanto pueblo atrapado y olvidado.
Soñaba entonces que mis versos jóvenes
podrían ser semillas,
pequeñas catapultas de vida y libertad,
para pensar, para soñar, para decir:
sea imposible tanto infierno.
Hoy, pasados ya tantos años,
mi esperanza es adagio, marcha fúnebre,
mas como antes, mi sangre se encabrita
y enarbola su inútil impotencia
cada vez que me asomo al mundo
un poco más allá de mis miserias,
un poco más allá de nuestro ombligo
y compruebo que el mundo sigue siendo
ese viejo tranvía de muertes e injusticias…
Como un mastín, tozudo y convencido,
con mis años y mi tristeza a cuestas,
con mi ritmo de adagio o marcha fúnebre,
no cejo en el empeño
y arrojo algunos versos como quien siembra trigo
soñando que mañana serán pan,
y arrojo algunos versos como quien reza un salmo:
sea imposible tanto infierno



sábado, 20 de junio de 2015

Recital poético Amigos del pueblo Saharaui

Vengo con el calor aún prendido en la piel. No he podido quedarme, como hubiera querido, a tomarme unas cervezas con quienes hemos leído en el recital de poesía organizado por la “Asociación de amigos del Pueblo Saharuai de Segovia”.
Cartel de la feria
Empiezan ahora mismo las fiestas de la ciudad. A los pies del acueducto, como cada año, se presentarán a la reina y a las damas, se leerá el pregón, se declararán inauguradas las fiestas y Luz Casal hará que la noche de esta ciudad se meza con la melodía de sus letras que abrazan el amor y empujan también por caminos de libertad.
Tampoco iré.
El reloj, implacable, avanzará y el despertador cumplirá con su misión a las cinco y media, cuando la primera yema del dedo del amanecer asome detrás de la ventana.
La poesía no es acontecimiento multitudinario, y menos un sábado caluroso —el último de la primavera—en que se inauguran las fiestas de la ciudad y, además, apenas se ha promocionado en los medios; para más inri, los poemas serían ‘aparaguados’ por la sombra de la solidaridad con el pueblo saharaui que, reconozcámoslo, es una cuestión que se parece más bien a una vergüenza colectiva de la que quisiéramos zafarnos, frente a la que actuamos como si no existiera, pero que, de vez en cuando, surge y genera una sensación de mala conciencia que se pretende disimular con poco o nulo éxito.
Desde hace más de veinte años, para los segovianos escuchar Sahara, es familiar, gracias a esta asociación que, entre otras cosas, consigue cada verano traer un puñado de niños y niñas para que disfruten durante unas semanas de un verano diferente, para que puedan olvidar su realidad de personas casi encarceladas en su propia tierra, o, peor aún, en esos campamentos de refugiados que ofenden cualquier sensibilidad por muy escasa que se tenga.
Otra de las actividades de esta asociación es la subasta de obras de arte que ceden gratuitamente los artistas segovianos, y que luego se subastan. Desde hace un par de años se celebra, además, un mercadillo de artesanía en el que los artesanos de nuestra ciudad también ceden parte de su tarea y, además, se pone a la venta una muestra de la artesanía saharaui. Pues bien, en este marco, se ha celebrado por primera vez un recital de poesía.
El alma del acto, desde su organización, ha sido Jesús Pastor como nos consta a muchos, es un enamorado de la literatura, la enseña con pasión de fuego, escribe sus poemas y sus libros sobre Segovia. Por si fuera poco, junto a su mujer Carmen, y sus hijos, ha sido familia de acogida durante dos años de una niña saharaui; pero es que, además, digo, admira la poesía escrita en esa parte del planeta a la que hemos abandonado a su suerte, olvidando nuestra obligación en tanto que España fue antigua metrópoli. Él ha comenzado el recital leyendo tres poemas de su autoría, en los que directamente se refería a la tierra saharaui, a sus gentes, a ese dolor y a esa dignidad que les son propios.
Estuardo Álvarez, poeta guatemalteco residente en Segovia, poseedor de una sensibilidad desbordante que se concreta también en sus creaciones pictóricas e ilustradoras, ha leído un poema —que además llevaba ilustrado por él mismo— de una belleza y una sensibilidad exquisitas. Un poema lleno de la magia que tantas veces ilumina los versos que nos regalan y comparten los poetas sudamericanos. Un poema que hablaba de la solidaridad que siempre es posible y que —a pesar de todos los pesares— siempre, y en cualquier parte, aparece.
José Manuel García González ha leído tres poemas, uno suyo, otro de Félix Grande y otro de Ángel Fernández que aparecen en una antología poética editada en Madrid y que tiene como telón de fondo estos momentos de crisis en que aún nos encontramos y que van a ser difíciles de superar, por más que algunos se empeñen en afirmar lo contrario. Es decir, tienen como fondo la crítica a quienes han permitido tanto daño y tanto dolor
Berta Martín, la más joven del elenco, ha leído tres microrrelatos de su autoría, en los que su mirada se fija en los no triunfadores, sino en los que caminan en pos de la esencia y de lo que importa.
Mari Luz Baticón nos ha leído varios poemas cortos, ensartados como perlas de collar, en donde la protagonista era la mujer, esa mujer en tantas ocasiones devorada por un mundo que está mal, entre otras cosas, porque no se ha dado verdadera voz a la hembra de esta especie. El macho, encargado de dirigir el timón desde hace tantos siglos que ya hemos perdido la cuenta, normalmente sustituye su voluntad por un exceso de testosterona y todo lo soluciona de un modo similar desde hace miles y miles de años: matando a su hermano por envidia o por avaricia o por orgullo o por miedo… En el Sahara —la necesidad obliga— se vive casi en un matriarcado, acaso que algo deberíamos aprender.
David Benedicte, como siempre, ha usado de esa poesía repleta de sarcasmo y acidez, un humor corrosivo, para poner el dedo en la llaga provocando algunas sonrisas. A lo mejor, el lector —oyente en este caso— poco avisado, se puede quedar en la superficie de la primera lectura —audición—, en la primera evidencia que surge del texto; pero una lectura —escucha— más atenta descubre de inmediato los juegos de palabras, esa capacidad suya para jugar con el sonido de la palabra que empuja a una significado muy distinto, el que se vale de la similitud con el vocablo al que realmente alude.
Yo he leído cuatro poemas, y el último, escrito especialmente para la ocasión, lo publicaré un día de estos.
El acto ha concluido con la lectura por parte de Jesús de dos poemas de la poeta saharaui residente en Bilbao, Fatma Galia Mohamed incluidos en su último poemario.
Y uno tiene la impresión, ahora que la noche ha caído y Luz Casal está a puntito de iniciar su actuación, que la poesía sigue siendo como una floresta, como una inmensa arboleda en que comparten territorio el ciprés, el pino, el olmo, el tilo, el sauce, la encina, el cerezo, el almendro, el abeto, la secuoya, la palmera… Todos son árboles, todos son necesarios, todos cumplen su misión, todos nos ofrecen su sombra, su fruto, el cobijo necesario para las aves, para sus trinos, para su amor, para edificar sus nidos…


lunes, 15 de junio de 2015

Marian Raméntol, "Primaria decisiva e inaprensible" (poemario)

A la sombra ardiente de la sangre
Primaria, decisiva e inaprensible.
Marian Raméntol, Serratosa.
Poesía. editorial Alkaid, Valladolid 2015

Portada del libro
«Primaria, decisiva e inaprensible» es un paso más en la fluvial escritura de Marian Raméntol, quien, a lo largo del último lustro o más, nos deslumbra con su poesía al ritmo de una respiración de ser humano fieramente herido (o malherido) por un sentimiento de deseo, de vacío y dolor en lo más profundo del abismo personal, que sólo se puede aliviar con la más honda y quirúrgica de las alquimias inventadas por la humanidad: la palabra poética.
Como siempre, al menos hasta donde alcanza mi lectura de sus poemarios, sus versos riman con el subconsciente herido y solitario, amedrentado e insatisfecho, dubitativo y sediento, como si brotaran o destilaran de ese magma ardiente e imparable, aunque quizá invisible para muchos, pero esto es otro tema.
Alguien dijo (con revolucionaria exactitud) que lo más profundo del ser humano es su piel. Marian Raméntol excavó en la frase y la tornó disparo certero, un diez sobre el centro de la diana: la piel es cuanto llamamos cuerpo u organismo. Todo (nos) sucede sobre él o dentro de él o en sus márgenes o, como muy lejos, en el horizonte de la mirada, quizá de un sueño. Todo sucede, digo, en esa selva de huesos, arterias, venas, vísceras, músculos, tendones, nervios, neuronas… Todo sucede, reitero, en esta selva tan hermosa y precisa, armónica y exuberante, donde la vida —como océano o como huracán o como arpegio de vacío y soledad— nos zarandea y donde transcurre la agonía de existir.
En este poemario subyace un dolor que tiene que ver —creo— con un vacío, con una ausencia irreparable y que cruza en vertical los versos, puesto que el ‘relato’ del poemario, más que avanzar se zambulle, bucea hacia la fosa abisal del corazón a través de las arterias, de las miradas, del pensamiento, de las caricias, del sexo deseado.
Si siempre el lector culmina con su lectura la escritura de un libro, en el caso de la poesía es algo, además de indudable, determinante. Pues bien, en la poesía de M. R. (espeleóloga, por no decir habitante, del subconsciente, de lo onírico, de lo sub-real —acaso lo más real, aunque también lo más irracional y hermético, lo que provoca dificultades para el lector medio, apenas entrenado para algo diferente del cartesianismo racional que impera en occidente—) tal cualidad se eleva a la enésima potencia. Para leer su poesía es necesaria una sobredosis de participación del lector en la ‘re-creación’ del poema, porque el sentido evocativo del lenguaje poético adquiere su máximo esplendor y si, además —como sucede siempre con la poesía de Marian— asistimos con mirada de amanecer a las imágenes, sinestesias, metáforas, alegorías, continuas y cada vez más arriesgadas e inconformistas (como vencejos esquivando los dedos del aire), llegamos al paroxismo absoluto, casi a la ‘re-escritura’ incesante del poema. ¿Cómo encontrar unánime o mayoritaria interpretación en imágenes que tienen la virtud de hacer flexible hasta extremos de horizontes marítimos la semántica de las palabras  más sencillas y cotidianas? 
Creo que nadie podrá tacharme de excesivo si afirmo que en el caso de «Primaria, decisiva e inaprensible» hay tantas versiones, no como lectores, sino como lecturas, como si Marian hubiera escrito un inimitable poemario que, al mismo tiempo, tiene la virtud de ser un andamiaje para que cada mirada  y cada experiencia, cada vacío y cada dolor, cada miedo y cada deseo construya —mientras lee— el edificio necesario con su diseño personal, con los materiales a su alcance, propios e intransferibles.
Marian Raméntol recitando, una de sus pasiones
(Foto tomada de su blog)
Y así, entre el dolor esencial de la especie —insustituible, incurable, acaso nutricio mal que nos pese, pues el deseo, en el fondo, es prueba evidente de carencia— y la reflexión continua sobre la esencia de su poética, discurre, a mi modo de ver, este poemario que concluye con un cegador fogonazo, con un iluminador relámpago de esperanza y eternidad emparentado —así lo ha sentido mi escalofrío— con el famoso soneto de Quevedo. Escribió el poeta del siglo XVII: «serán ceniza, mas tendrán sentido / polvo serán mas polvo enamorado». Dice nuestra poeta del siglo XXI: «y brotaré primaria, decisiva, inaprensible / sobre la sombra de mi muerte».
Uno no sabe si se refiere a sí misma o a la poesía (que, intuyo, ha personificado durante buena parte del poemario) o, lo más probable, a ambas; pero desde ya me lo apunto en el fardel de mis deseos y esperanzas, desde ya lo acumulo a mi respiro y mi horizonte.


jueves, 4 de junio de 2015

Ana Joyanes y Francisco Concepción "El caso de la Pensión Padrón"

Ayer me llegó el último poemario de Marian Ramentol, Primaria, decisiva e inaprensible, del que daré cumplida cuenta en su momento. Sólo con la dedicatoria tan sugestiva —“Todo cuanto he escrito no existe todavía”— merecerá la pena zambullirse de nuevo en su poesía surreal, intensa, precisa, insobornable a modas, gustos de la galería.
Pero hoy me debo a otro libro.
Portada de "El caso de la Pensión Padrón"

Al regresar de la oficina, en casa me esperaba El caso de la Pensión Padrón, escrito a escote, a cuatro manos, por mis amigos Ana Joyanes y Francisco Concepción. De esta novela, sin leer el ejemplar que me acompaña, ya puedo hablar, ya quiero hablar, ya necesito hablar.
A lo largo de este tiempo, unos dos años si no me equivoco, ¿cuántas veces he deseado hacerme eco de su contenido, de su proceso de escritura incluyendo la pasión, el deseo, las dudas que han ido jalonando este tiempo?
Podría buscar, pero no me apetece hacerlo ahora, los primeros rastros, los balbuceos iniciales que dieron pie a la obra que ha visto la luz, allá en Santa Cruz de Tenerife los últimos días del mes de mayo.
Ahora la ilusión me desborda, pues bien sé la cantidad de tiempo que ha llevado a sus autores arribar en buen puerto esta tremenda historia.
Me llegan ecos de las reacciones (algunas no las comprendo muy bien) que se están produciendo en la isla respecto del libro, puesto que está basado en un hecho real que conmocionó la vida santacrucera durante unos meses. En el fondo no me extraña el revuelo. Era de esperar. Transcribo el arranque de la novela, o sea que no desvelo nada del texto:
Un cadáver entre colchones
Crónica: Samuel Nava
Agentes de la Policía Local de Santa Cruz de Tenerife han encontrado un esqueleto humano debajo de los colchones sobre los que durante los últimos dos años ha estado durmiendo una pareja, en la tercera planta de la Pensión Padrón de la capital tinerfeña.
Nadie ha podido dar una explicación a este macabro suceso, ni siquiera la propietaria del inmueble, de avanzada edad.
Efectivamente, se trata de un hecho tan macabro y tan real como recogen estos párrafos publicados en prensa, párrafos que sirvieron de inspiración o espoleta para que Ana y Francisco, años más tarde del suceso, empezaran a edificar su relato. Es decir, ellos, simplemente se han limitado a rescatar un hecho casi olvidado y sobre unos mimbres de realidad han creado una ficción bastante plausible.
Conozco con suficiente profundidad el texto como para hacer una reseña del mismo. Podría resaltar la facilidad con que se han imbricado dos estilos de autores tan distintos como Ana y Francisco. Podría hacer hincapié en la fluidez lograda por el texto. Podría enfatizar la originalidad de mezclar dos puntos de vista para narrar la novela: por una parte el objetivismo casi absoluto, emparentado con documentales o con ese tipo de cine en que el director se ‘limita’ a poner en funcionamiento la cámara para que ésta recoja lo que sucede ante su foco; y por otro lado el subjetivismo del autor omnisciente que penetra en los más profundos pensamientos de uno de los grupos de protagonistas, el del periodista y la investigadora que se empeñan en intentar descubrir la verdad. Podría ahondar en un tema casi filosófico que crece poco a poco, a medida que el argumento avanza y que desemboca en una pregunta que el lector atento se hará tras alcanzar el punto y final: ¿Qué es la verdad? Y por último, debería referirme inexorablemente a la valentía de Francisco Concepción y Ana Joyanes por asomarse a uno de los aposentos del infierno y habérnoslo trasladado con la mirada transparente de quien no juzga, de quien simplemente se da cuenta de que el averno no está tan lejos de nosotros, acaso a nuestro lado y que el sufrimiento de quien allí habita alcanza proporciones casi imposibles de digerir para la inmensa mayoría. Por suerte, añado. Y a colación de esto último, quizá debería reflexionar sobre la verdadera dimensión ética del escritor, que no debiera ser juzgar los hechos, sino intentar presentarlos al lector con la mayor objetividad posible y con el mayor número de puntos de vista a su alcance para que el lector pueda decidir por su cuenta, con suficiente conocimiento de causa. Determinar que algo sea bueno o malo, admirable o reprobable, admisible o inadmisible, no es misión de quien escribe, sino de quien lee; pero para que su juicio sea recto debe contar con todos los elementos o con la mayoría de ellos. A veces de un matiz, uno solo, depende llegar a una conclusión o a su contraria.
Pero todo esto lo dejo a otros, lo cito como quien prende un par de candelabros para apenas iluminar un camino, el sendero por donde se adentre el lector.
Porque, con ser importante cuanto vengo diciendo, a mí me importa más la pasión y la ilusión que durante dos años han puesto Ana y Francisco. Sin esa dosis de amor ilimitado y loco por este oficio, hubiera sido imposible culminar el proyecto. Ese ánimo se transparenta en muchas páginas del texto, pero yo diría que, de modo especial, en el respeto y cariño con que retratan a los personajes, sobre todo algunos de los más repulsivos a priori, pues forman parte de los parias desalojados de nuestra sociedad, unas veces por voluntad propia, otras porque la vida los ha arrojado al rincón más hediondo del estercolero.
Han sido varias decenas de correos electrónicos, tres o cuatro relecturas, algún pobre consejo, alguna mínima corrección y muchas horas de reflexión compartida como para no sentirme implicado de modo tan especial en El caso de la Pensión Padrón. Sé que no soy el único, sé que otros buenos amigos (Miguel Ángel Brito, Iván González Barrios, Inma Vinuesa, José Antonio Perales, Alexia Sálamo y Sara Sálamo) han estado muy presentes aconsejando, iluminando y animando —mucho más y mejor que yo—, pero también sé que he sido honrado con su confianza y que, al fin, todo el esfuerzo ha merecido la pena.
Además he tenido la bendición, gracias a que me implicaron en el proyecto, de aprender que incluso en medio de la realidad más repulsiva, cabe un resquicio para cierta luz, para un relámpago de amistad, aunque todo concluya del modo en que el lector conoce desde el primer párrafo de la novela.
Como recoge la nota introductoria, Jacques H. Bernardin de Saint Pierre dejó escrito: “El hombre es el único ser sensible que se destruye a sí mismo en estado de libertad”. Nada que objetar. De hecho añadiría que el hombre es esa parte de la creación capaz de hacer del infierno un territorio habitable en esta vida, sin necesidad de esperar a otra. Pero también añadiría que es ese ser capaz de asomarse a sus estancias y arrojar sobre ellas una mirada de misericordia.
Concluyo con un aviso: la novela puede herir determinadas sensibilidades, pero también puede abrir muchos ojos, y ojalá que unos cuantos corazones. De lo que estoy seguro es de que El caso dela Pensión Padrón no dejará indiferente a nadie, pues al fondo del relato, el lector sabe desde el principio que, tanto horror no fue ficción.



sábado, 18 de abril de 2015

Lluvia de abril (Oniliria XXIII)


Me ha mojado la lluvia, lluviagua, esta tarde de abril, me han llovido poemas, lluviaverso, esta tarde noche de abril, y, como ocurre cada primavera, el ruiseñor es lluviacanto de seda y estrella sobre la tarde noche de abril.

Lluviagua, lluviaverso, lluviacanto…

No pronuncio palabras estatua, no pronuncio palabras monumento funerario que aspira a la vida eterna —curioso tanto afán de la muerte por quedar para la vida eterna, como si el sol clavase sus lanzas o sus besos en la entraña de las madrugadas—, ni siquiera se trata, decía, de palabras como árboles centenarios o como cualquier placa que anuncia el nombre de una calle, no, todo es más sencillo, más efímero, pero, quizá más hondo, quizá más palpitante, hablo, decía —digo—, de la lluviagua de esta tarde noche de los idus de abril, y de la lluviaverso de esta tarde noche los idus de abril, y de la lluviacanto del ruiseñor de esta tarde noche de abril, hablo, pues, de la vida, o, al menos, hablo de su semilla, o, siendo aún más preciso, hablo del río o del canal o del cauce que contiene el alimento para que, quizá, las semillas estallen en flor y en vida, por efímera o frágil u oculta que sea, no hablo, pues, de palabras estatua o palabras monumento funerario o de palabras árbol centenario o de palabras placa donde anida el nombre de una calle, no pronuncio palabras que aspiren a eternidad o palabras destinadas a ser releídas por decenas de generaciones, hablo, decía —digo, repito—, de lluvia, de vida, de semilla, de río, de palabras que brotan y crecen y afloran e irrumpen y desaparecen y mueren o se transforman, hablo de lluviaverso, hablo de lluviagua, hablo de lluviacanto, hablo de lluvia lenta y sosegada, abundante y sonriente… lluviaesperma.

Acodado, asomado a la ventana de la noche, mientras el humo último del cigarrillo se escapa para hacerse latido de la noche, escucho lluviacanto del ruiseñor que empapa mis oídos y se me filtra, como la lluviagua por vetas precisas, hasta alcanzar el surco en mi cerebro, para que lo reciba como la tierra, supongo, recibe la lluviagua y espera tan quieta, y espera tan muda el brote lento y misterioso de la vida.

En la línea de cielo torreada que mis ojos escrutan tantas veces, brota fuego de antorcha sobre un tejado, sé que me engaña el aire —tan hialino como los ojos de un niño—, sé que es un reverbero, un hálito de la luz de una farola urbana; pero veo una antorcha que arde o crepita y canta fuego cruzando su faringe de cristal, y es como si mis ojos recibieran lluvia, la lluvia encadenada al color de aquellas caricias de piel cansada y arrugada, la lluvia que empuja los recuerdos de aquella lluviafuego que crepitaba en la lumbre baja de la cocina amplia y cálida, abrazo de zaguanes intensos y austeros, como surcos labrados y quietos y mudos dejando que la lluviagua empape las semillas para que luego broten y crezcan y afloren e irrumpan y desaparezcan y mueran o se transformen…

Lluviagua, lluviaverso, lluviacanto, lluviafuego me empapan esta tarde noche de los idus de abril

lunes, 6 de abril de 2015

Avatares para encontrar un texto

Afirmé que publicaría con más frecuencia entradas en este blog que anda un poco anémico. Alguno podrá decir (y quizá no le falte razón) que hago trampa con esta entrada, pero me apetecía compartir con vosotros este fragmento de El Surco de los Días. Ya sé que es sacar de contexto a una criatura acostumbrada a una mirada muy secreta (más secreta aún que la de este blog), pero supongo que aguantará el tirón...:

FRAGMENTO DE MI DIARIO

Hoy es domingo de Pascua. Decir esto, además de una obviedad, es afirmar que, a pesar de todo —a pesar de mí—, sigo tras la estela de una fe o una esperanza, ajena a otras cuestiones relacionadas con organizaciones, liturgias o normativa canónica…

Tenía la intención ayer sábado por la mañana de dejar algo escrito sobre la procesión del viernes santo conocida como de los Pasos, que vi después de algunos años años.

Lo cierto es que no tenía planeado nada de lo que he hecho en estos días, salvo lo del jueves por la noche que estaba más o menos perfilado. Todo ha sucedido como si una borrasca potente, breve y repentina, hubiera, primero, roto el timón de mi embarcación y después la hubiera movido a su antojo por derrotas imprevistas. El caso es que el viernes tenía pensado dedicar más horas de la tarde a dejar algo escrito respecto del jueves, y a seguir la revisión de la vieja novela, o tantear la posibilidad de acarrear algún material de construcción para iniciar un proyecto que ha empezado a rondarme por la cabeza, aunque a primera vista parece algo insensato. Sin embargo, la tarde en casa de mis padres se complicó hasta hacerse horas difíciles, ásperas, dolorosas pues voy comprobando que el laberinto en que se mueve mi madre cada día es un poco más intrincado y viscoso, umbrío y solitario. Conclusión: bajé muy tarde de allí, con el ánimo para escribir agotado, como si el pequeño manantial se hubiera secado en poco más de cuatro horas. Así que decidí ver la Procesión.

Tras tanto cambio de planes, pensé que enlazaría ésta de la capital con la de Chañe. Sin embargo, de pronto, mientras ayer por la mañana regresaba de casa de mis padres (sí, el despertador sonó a su hora), se me ocurrió otra cosa. Recordé como aldabonazo estridente y repentino que escribí en Gorrión de Invierno, esa novela con un par de lustros a sus espaldas, esa novela inédita e impublicable cómo su protagonista, Oliver Berdugo Guisasola, sastre de Euritmia, vivió la de 1999, la última de su vida, pues para entonces ya sabía el tiempo que el tumor cerebral le permitiría vivir.

Entré en casa con el estado febril de quien tiene, por fin, algo que hacer. Si quería seguir con la revisión de Aquel Sábado Lluvioso, o quería empezar con lo nuevo, debía encontrar cuanto antes esas páginas. Recordaba vagamente su contenido, y suponía que podían servirme para el diario y quizá para Pavesas y Cenizas. En teoría sabía en qué parte del relato las situé, en el primer tercio de sus más de cuatrocientos folios. Repasé a grandes trancos. Algún párrafo me llamaba la atención. Sin darme cuenta, ralentizaba el ritmo de lectura. Sabía lo que buscaba y por qué lo buscaba, pero Oliver, Aurora, la yaya Luz, Íñigo, etcétera, iban atrapándome poco a poco. Cuando crucé la mitad, estaba casi seguro de haberme pasado esas páginas, pero seguí adelante.

No lo encontré.

Con la sensación de derrota, dudando incluso si no habría suprimido esta escena por alguna razón, tuve que salir a cumplir con cuestiones de intendencia. No se trataba del capazo para regresar a casa con carbón, lo que me impedía ser sublime sin interrupción, como le ocurría al joven personaje de Umbral, eran otras mercancías poco imprescindibles, pero debía salir.

Casi a la hora de la comida, volví al texto (Soy muy tozudo, la verdad). Y como sucedería en una película detestable, justo sobre la bocina de las dos de la tarde, en el punto donde la imaginaba, allí estaba la escena, más larga incluso de lo que la recordaba. La copié a otro documento, para, por la tarde, hacer lo que estoy haciendo ahora…

A diferencia del viernes, la tarde sabatina fue plácida y sosegada. Así que pude retornar temprano, dispuesto a la tarea, aunque previamente debía cumplir con un deseo de mi padre.

Por fin me puse a la tarea, antes de las siete de la tarde. Pensaba solucionar en un par de párrafos o tres lo relativo a La Carrera, y unirlo a este fragmento…

Después del tercer párrafo, llegaron el cuarto, el quinto, otro y otro… Y sentí —aunque a nadie le interese— que debía relatar con más detalle el vía crucis nocturno. Iba por un camino, y en la última parte, como si me hubiera encontrado con una flor, hallé el tono adecuado, así que retorné al principio…

Más allá de las once de la noche concluí de escribirlo…

Esta mañana he dudado si ya tendría sentido lo que sigue, o abandonar la idea para mejor ocasión, si es que llega. Pero, al final, acaso por justificar las horas de ayer, decido dejar el fragmento en estas páginas del diario, al fin y al cabo, su título para este año A la Velocidad del Corazón, o sea pura intuición, menuda embarcación cuyo timón se ha roto y navega según los dictados de los vientos o las calmas…
Te has levantado, Oliver, en medio de la madrugada del Sábado Santo. Te sorprende el silencio aturdido de la honda noche…
Pero no es así, Oliver, reconócelo, no es la madrugada la que está aturdida, sino tú. En tu cabeza, retumban todavía los ecos roncos de los tambores y las estridencias metálicas de las cornetas. Las procesiones de este año han venido hasta ti con la intención de ser medicina agradable para tu ánimo. ¡Cómo te ha costado entenderlo!
Al lado estaba Aurora, con sus ojos de atardecer de oro puestos, como cada año, en las imágenes que se deslizaban ante vosotros, sobre el adoquinado entre grisáceo y azulado, frío a esas primeras horas de oscuridad. Tenías miedo, reconócelo. No te niegues a ti mismo la evidencia del pavor cósmico que, de pronto, te ha enganchado el alma; sí, todo el miedo del universo se ha concentrado en tu encarnadura. El pánico te ha devastado a medida que se escenificaba ante tu mirada la representación que cada año se desarrolla sobre el escenario inmenso, o quizá convenga decir, sobre el templo inmenso, en que se convierte tu ciudad amada. No, tampoco es exacto.
Antes de que se mostraran a tu mirada turquí las escenas que se repiten cada primera luna llena de primavera, ya las habías repasado en el recuerdo, como si tuvieras una moviola alojada en esa neurona que dices que tiene forma de escenario; te habías anticipado, y antes de que llegara la primera, ya sentías, casi lo palpabas, cómo la glándula suprarrenal expelía cantidades incontables de adrenalina por todo tu venero, de modo que tu organismo estuviera preparado para lo que se le venía encima.
Era tu muerte, Oliver, lo que te imaginabas que veías, porque la muerte inminente te espera a ti también. Saber que se trata del recordatorio de lo que ocurrió en la esquina sudeste del Imperio Romano, en Jerusalén, hace ahora casi dos mil años, no mitiga tu angustia, porque eres consciente de que esa representación no es sólo histórica, no es únicamente la memoria de un hecho que le ocurrió a alguien, sino que es el símbolo de lo que le espera a cada uno. Sabías, en fin, que te enfrentabas a lo que te sucederá y reconoce que no te ha gustado, reconoce que te has rebelado.
En esos minutos en que la angustia se ha hecho una con tus palpitaciones cardíacas, por fin, has sido sincero contigo mismo, ya era hora, Oliver, ya era hora. No eres el Mesías, ni tu vida tiene sentido de redención para nadie, absolutamente para nadie, acaso ni para ti mismo. No sabes si has venido para cumplir la voluntad del Padre o para qué, tú solamente sabes que quieres vivir, quieres seguir respirando. A pesar de que tu cerebro, curtido en los millones de páginas leídas a lo largo de tu existencia, duda de que la vida concluya para siempre cuando esa famosa dama oscura a la que los griegos llamaron Tánatos te bese para ‘deshalitarte’, a pesar de que quieres intuir que a la otra orilla de esta ribera no se tiene por qué estar mal, a pesar de todos los pesares, has sentido el pánico, el vértigo, el vacío, el horror…
Te hubiera gustado gritar que tú no quieres tal cosa. Te hubiera gustado arrojar al aire diáfano de la noche, cuchillada de plata asustada, tu salmodia que fue su salmodia, ¡Que pase de mí este cáliz! ¿Quién te podría entender, Oliver? Nadie conoce lo que te espera, salvo tu sobrina y acaso Rubén. Para todos los que te rodean, empezando por Aurora que estaba como cada año, extasiada en la contemplación de esas tallas, era un Viernes Santo más, una procesión como la que saldrá, si el tiempo no lo impide, la próxima primavera, ésa que no verás a su lado. Entonces, además del pánico por lo que se te avecina en unos meses, tu calvario particular del que probablemente no serás muy consciente (al modo que hoy eres consciente de cualquier cosa), te has sentido infinitamente peor, porque tú has querido, mira que eres cabezota, Oliver, cargar en soledad con esta enfermedad.
Reconoce, Oliver, que sudabas a pesar de la helada brisa de este abril
(¿Cuándo querrá llegar la primavera de una vez a Euritmia, mi última primavera?).
Las calles vibran con el temblor ronco de los tambores y el sonido estridente y metálico de las cornetas. (Ya lo has escrito, Oliver. De acuerdo, no lo quites. Te repites, es lo mismo). Todo continúa como cada año. Es inevitable. El silencio asombrado y, todavía sorprendido por tal acontecimiento que cambió el rumbo de la Historia (y esto es así con independencia del credo de cada cual), envuelve la ciudad. Euritmia adquiere veladuras de dramatismo y belleza.
No ha sido malo ese pensamiento. Por él has llegado a la conclusión de que en estas jornadas, es casi imperdonable no echarse a la calle, convertida en el atrio de un gran templo en el que se escenifica, de nuevo, todo aquello, aunque sabías que te arriesgabas, y de qué forma, a algo parecido a lo que te ha sucedido. En el fondo, barruntabas que hubiera sido mejor una gigantesca jaqueca desproporcionada, desaforada, que te hubiera impedido la salida a las calles…
¿Cuántas veces has dicho que tu padre no era amigo de las manifestaciones y los boatos relacionados con la cuestión religiosa? Sí, es cierto que ese pensamiento te lo transmitió y que te sucede como a él. Pero tu excepción siempre ha sido para las procesiones de Semana Santa. Ya sabes, aquello famoso de la conjunción de historia, belleza algo tremendista, armonía desgarrada, fe sencilla, todo enmarcado por las calles de la urbe, producen un efecto que alivia a las almas y las abona para comprender el sentido último de nuestra existencia. ¿Dónde está, Oliver, el alivio de tu alma?¿Dónde la comprensión del último sentido de tu existencia?
Es cierto que las imágenes que se deslizan sobre el adoquinado grisáceo son, además, un muestrario interesante de algunas de las distintas épocas de la escultura religiosa: románico, gótico, barroco, neoclasicismo, primera parte de esta centuria que concluye. También es verdad que son un resumen de algunas de las distintas sensibilidades geográficas que en España han tratado este tema, y hay tallas de las escuelas castellana, andaluza y catalana o levantina. Además, no es menos cierto, que se aúnan en un todo milagrosamente homogéneo obras anónimas (transidas de la ingenuidad estremecedora de la fe popular), trabajos salidos de talleres de artesanos dedicados en exclusiva a la creación de escultura religiosa y creaciones prodigiosas de algunos escultores barrocos y contemporáneos.
Por fin, has conseguido sujetar el caballo del miedo. No está mal un poco de lógica, no hay nada como repasar conocimientos históricos y artísticos, para que todo vuelva a su lugar. Ya no sientes pánico, has cambiado el sentido de tus latidos, pues contemplar el paso de estas imágenes en la situación en la que te encuentras ha supuesto una honda emoción para tu espíritu, como un terremoto que te ha removido de arriba abajo, ha sido como contemplar tu muerte en el espejo, pero con un grado más de aceptación.
Todo lo que te rodeaba, otra vez, adquiría sus justas proporciones, esa dimensión humana en la que te sientes cómodo, en la que te mueves con cierta soltura…
…Y por la esquina de la calle la has visto. Era ella, era la madre, ¿tu madre?, que venía sola, apoyada apenas sobre el madero desnudo, en cuyo travesaño pendía el lienzo blanco del que se sirvieron para descenderle. Más que nunca te ha parecido a punto del desmayo, casi inane (como tú mismo hace unos minutos apenas) con las manos inertes e inermes a los costados, con su cabeza inclinada hacia la derecha, con los ojos entrecerrados, con millones de lágrimas invisibles surcándole el exangüe rostro céreo, que parecía más albeado al contraste de la noche y de su vestido índigo.
¿A quién le extraña tal demolición del espíritu, si el último estertor del hijo la precede? Un estertor de enteco torso alzado, de mirada confiada, sin embargo, también izada a la inmensidad del cosmos, y de labios entreabiertos que murmuran, En tus manos encomiendo mi espíritu, o murmuran, Todo está cumplido. Un estertor que quedó levitando en el universo, como postrer caricia de la tarde, y un artista lo convirtió en imagen del sufrimiento asumido, un dolor estilizado que rehúye la sangre, porque, al fin y al cabo, lo que más duele siempre es el alma. Sí, más que nunca, has descubierto que esa talla de la madre es la viva imagen de la soledad dolorosa.
Y has llorado, Oliver, por ella, todas la lágrimas del mundo. No has podido evitarlo. Ha sido un río salobre pero tranquilo, sin convulsiones delatantes. Se ha roto toda la tensión acumulada y te has desahogado, en su sentido más literal o etimológico. Pero ¿cómo es posible que ni Aurora se haya dado cuenta? Quizá sea un pequeño regalo que alguien te ha otorgado. Pero tú sabes que has llorado, que toda la amalgama de sentimientos que te han atravesado en esa hora se ha desbordado por tus lagrimales. Aunque tampoco tu barba se ha humedecido, cosa bien extraña, por cierto…
Y cuando el cadáver del hijo, apoyada la cabeza sobre una almohada que simulaba un anacrónico e imposible bordado, ha pasado ante tus ojos, como el resumen de los despojos (hermosos y muy musculosos despojos, convendría matizar) en que la muerte reduce a la humanidad completa, te has visto en ese cuerpo perfecto, donde cada músculo tallado en madera parece carne apenas fría, y te has visto más tranquilo, con el sentimiento inexplicable de que aquella muerte de hace casi dos mil años, también recogió la tuya y la de tu madre y la de tu padre y la de tus abuelos y la de aquel primer hijo que no fue, la de todos, Oliver, y como no lo puedes explicar, pues no lo explicas, pero la confianza ha vuelto, como aquellas golondrinas del poeta, también por primavera; pero intuyes que su vocación será de permanencia.
El problema, Oliver, es que tanto excitante disperso por tu sangre te ha sacado de la cama, y mañana, o sea hoy, puede ser un día garrafal; pero tampoco es mala idea que aproveches y avances.
Avanza, Oliver, avanza…
Volvamos a ese tiempo que, según Proust, está perdido. ¡Ay, vieja niñez, cómo te añoro…!
Y quizá como regalo pascual, después de tanto tiempo lamentándome porque nada se me ocurría, entre manos se me vienen tres tareas, a las que debo escuchar, sin que me inunden.