lunes, 7 de noviembre de 2011

La Quiosquera

A veces amanece por las tardes...
Desde hacía dos años, anhelaba que sucediese este milagro. Al principio, mis sueños no tenían contornos precisos; eran difuminados e inconcretos, como masa lejana cubierta por niebla. Pero se relacionaban con ella, con su aproximación, si de distancias hablamos. Hasta que el afán se convirtió en obsesión, al que respondí del único modo en que sé combatir a mis fantasmas…
Desde que llegué al barrio, me llamó la atención su presencia silenciosa y poco dada a las sonrisas, ni siquiera las mínimas debidas a la cortesía. A primera vista, su rostro oval, que me pareció tan triste y tan hermoso (la belleza de un fresno de otoño, lánguido, casi plateado), parecía estar cubierto por un parapeto inexpugnable; pero intuí que la barricada construida por sus ojos de textura vegetal no tenía por objeto evitar posibles invasores exteriores, sino impedir que sus pensamientos o sus sentimientos, como pájaros indefensos, volasen desde su interior hacia el mundo. Aunque las consecuencias eran las mismas, el matiz era importante para entender que el miedo no le acechaba desde fuera, sino desde dentro.
Cuando pasaron las primeras semanas, y me hice habitual en el barrio, y empecé a ser El Nuevo –categoría perdida a favor de una familia polaca meses más tarde- y trabé las primeras relaciones más allá de los inevitables saludos y despedidas, husmeé como un detective, sobre la mujer que regentaba el quiosco de la esquina. No saqué conclusiones útiles. Casi nadie podía decirme nada. Todo lo que supe, lo conocí en poco menos de una semana, nada más comenzar mis pesquisas. Después no adiviné nada, salvo lo que mi intuición y observación cotidiana me fueron desvelando, con el margen de duda, error y misterio que conlleva semejante método de investigación. Mis datos ocupaban una breve nota a pie de página: África, insaciable lectora de libros, no vivía en esta parte de la ciudad y, cuando llegué al barrio, llevaba cuatro años al frente del pequeño tenderete, tras la jubilación de su anterior propietario.
Ni siquiera al trabar una relación más fluida con mi vecino del sexto (precisamente por coincidir en el quiosco), descubrí nada. Ni a él ni al resto de personas con las que en alguna ocasión comentaba la cuestión, siempre como de puntillas, les llamó la atención su presencia. Simplemente era La Quiosquera. El muro interpuesto entre ella y el mundo –o esa zona del mundo que ocupaba mañana y tarde, con receso al mediodía-, había funcionado espléndidamente. Nadie había sentido curiosidad en preguntar o indagar. Como comprobé pronto, la mayoría de la clientela asidua no sabía su nombre. Para ellos era La Quiosquera, y su tarea se confundía con su persona, hasta hacerse mayúscula en la mente. Conmigo hubiese sucedido igual de no haber mediado una revelación trascendente.
Tengo una manía que no sé vencer –quizá porque no quiera hacerlo-, y que un día me traerá algún disgusto: soy un incurable mirón de libros. Al pasar frente a una librería, siempre me detengo; si hace un tiempo atroz, mi pasatiempo favorito es deambular entre los estantes de la biblioteca pública; cuando veo a alguien con un libro en la mano, intento descubrir qué lee. Repito, sospecho que me causará problemas, pues no todo el mundo entiende este afán y más de uno(a) confunden la dirección de mi mirada o interpretan que semejante gesto es intromisión intolerable en su intimidad.
Con África, el asunto se tornó obsesión, pues dejaba el libro con su tapa sobre el estrechísimo mostrador del puesto, con lo que el título quedaba oculto, lo que, por otra parte, era un gesto perfectamente natural. Creo que aún así, intentaba descifrarlo fijándome en las letras de la contratapa que, además, estaban bocabajo para mis ojos. Supongo que ella se percataría del detalle, pues al mirón siempre se le descubre.
Aunque nunca me había dado oportunidad de saber qué libros leía, pronto descubrí que se trataba de poemarios. Alguna vez distinguí la foto del autor, en otras ocasiones su nombre se formó con suficiente precisión en mi mente –a pesar de leerlo al revés-, la poca grosura de la mayoría de sus libros, la conocidísima edición de la editorial con mayor tirada de libros de poemas… En fin, que leyera poesía fue la verdadera razón de esta obsesión por entablar amistad (o lo que fuera) con África.
Aún así el muro frondoso que había sembrado entre su mirada y el mundo era de tal densidad –por más que fuera invisible- que se hacía imposible trabar una conversación más allá de lo estrictamente comercial. Más de una vez he subido a casa revistas, periódicos, libros, e incluso otras bagatelas, que han ido a la basura del mismo modo que llegaron, pues sólo los compraba por estar unos minutos más a su lado, por ver si en alguna ocasión éramos capaces de decir tres o cuatro palabras, aunque fuese sobre el tiempo, por ver si descubría el color del plumaje de alguno de esos indefensos pájaros…Inútil…
Hasta aquella tarde, cuando descubrí mi poemario en sus manos y mi corazón se desbocó, como el de un adolescente primerizo en estas lides. Por suerte la edición no llevaba mi fotografía, con lo que es imposible que supiera que su autor era el mismo que cada día le compraba el periódico, a veces el tabaco o caramelos mentolados. Si hubiera sido así, quizá no hubiera llevado nunca el libro hasta el quiosco. Aquella tarde, al fin, encontré el modo de abrirme paso a través de su espesura y descubrirle el secreto de la mayoría de mis poemas… “¿Quieres que te lo dedique?”, musité. Y el muro vegetal se convirtió en paseo de alameda, el sol decidió que eran las del alba y volaron hacia mis latidos los pájaros de su mirada, menos indefensos desde entonces.

5 comentarios:

mercedespinto dijo...

Una historia preciosa. Imagino el "subidón" (perdón por lo vulgar de la expresión, pero en esta ocasión me ha parecido perfecta) que te daría (si es que eres el narrador y protagonista) al ver tu poemario en manos de tan enigmática señora quiosquera África.
A mí me pasó hace meses algo parecido, bueno, remotamente parecido: alguien me llamó por teléfono desde Madrid para decirme que había visto a un pasajero en el metro leyendo mi libro. Creí morir de la emoción.
Un texto impecable, además de entrañable y ameno. Lo disfruté mucho.
Feliz semana.

Isolda dijo...

Querido, esta es la suerte de los poetas que pueden atravesar la expresión dura y fría de una quiosquera. Veis más allá y si además el poeta siente la embriaguez del enamoramiento, no hay barreras. Los pobres mortales ligamos con nuestros perros, vosotros con vuestros poemarios. Suponiendo que sea cierto y, aunque no lo fuera, debe ser un placer de dioses reconocer tu libro en otras manos.
Besos poéticos hoy para el escritor.

Leonel Licea dijo...

Lo has contado y te he visto, en ese momento, emocionado y me emocioné contigo.

Un abrazo fuerte.
Leo

Fiaris dijo...

Aqui visitandote amigo,abrazo

mateosantamarta dijo...

Cierto Amando. Yo también me emocioné. Es hermoso. Como una comunión . Abrazos.