miércoles, 27 de octubre de 2010

¿Los habéis visto...?

Imagen tomada de internet

Me gustaría vivir con el mismo gesto que dibujan en su rostro los niños cuando están dibujando.
¿Los habéis visto?
¿Os habéis fijado en sus caras…?
Casi pegan su cabecita al papel, procurando que el límite del mundo coincida con la arista norte del folio. Aprietan los labios, para que no se les escape la idea por la boca, o, por el contrario, sacan la lengua como si paladearan esa misma idea. Agarran los colorines como si pensaran que al perderlos se les evaporaría el sueño. Y se cierran al mundo exterior, porque lo único que cuenta es el sonido del engranaje de su interior y la manera en que éste impulso decidido y firme aterriza sobre la superficie de su paisaje.

Y cuando acaban, se yerguen, contemplan unos segundos el resultado del esfuerzo y te buscan. Buscan al adulto con su mirada. Cuando lo encuentran, con velocidad de vendavales antiguos, empuñan el papel y vuelan hacia ti.
— Mira, mira… — gritan sin más.

Y te entregan su obra. No explican nada. Te la dan. Algunas veces esperan tu opinión o tu pregunta, pero en otras ocasiones, simplemente espían tu mirada. Con eso les basta.

Y se van corriendo, a sus juegos, lo que verdaderamente importa.

19 comentarios:

Flamenco Rojo dijo...

Lo fácil que es hacer sonreír a un niño con cosquillas y juegos, y a veces parece como si los padres nos olvidamos que los niños necesitan sentirse importantes, y que requieren toda la atención del mundo...

Un abrazo.

Mercedes Pinto dijo...

A mí también me gusta vivir de esa manera tan ingenua, sincera y espontánea. La primera parte, la de la creación, sí que la vivo así, como un niño que estuviera dibujando, pero cuando toca enseñar el dibujo... entonces me lleno de miedo, porque los años que me distancian de aquella niña me enseñaron que cuando creces ya no te permiten salirte cuando coloreas.
Bello texto.
Un abrazo.

Isolda dijo...

¿Cómo no verlos Amando? Qué bien interpretas la intensidad que ponen, cuando colorean un dibujo. Cierto que hacen coincidir el límite del mundo con la arista norte del folio. Tan cierto que lo sabemos todos, pero nadie sabría decribirlo como tú y el poeta que llevas dentro. Es un texto delicioso y emocionante, como lo son los niños.
Un beso por tu dibujo.

emejota dijo...

Niños, tanta belleza, espontaneidad, lo mejor de la vida se encuentra dentro de esos pequeños y tiernos cuerpecitos.
Una entrada tan tierna. Un fuerte abrazo.

Alena.Collar dijo...

Crear es jugar.
Al menos para mí. Cuando creo algo, juego. Juego, invento, me olvido de lo que existe salvo de mi juego. Me lo paso en grande. Me importa un bledo lo que se opine, yo me divierto. Vivir así es un júbilo: en el momento en que perdemos ese sentido del divertirnos creando -un cuadro, un texto, una música- perdemos la magia.
Besos.

Leonel dijo...

Mientras leía, he quedado ensimismado imaginando el niño, como lo describes, en la ternura que desprende tu narración, como dice Isolda, es imposible no verlo a través de tus palabras y he llegado a la misma conclusión de Flamenco, cuanto es importante hacerlos sentir, valga la redundancia, importantes.
Ese modo de vivir que tienen los niños, creo que es el mejor modo de vivir cada día, querido Amando, sin los convencionalismo que nos impone la vida social cuando crecemos. A veces pienso que deberíamos volver a ser niños.

fiaris dijo...

Esos locos bajitos son soñados los amo!

Miguel Mora dijo...

Debo ser un tipo raro, en general no me entusiasman los niños. Producen ternura en lo que tienen de desvalidos, como la pueden producir los adultos o los perros. Tenemos la obligación de extremar los cuidados con ellos durante el tiempo en que no podrían vivir sin nuestra ayuda: además no nos han pedido permiso para nacer. Entiendo que algunos, según les vaya después, puedan reprochárnoslo. No todo es bonito en la infancia (temo no ser fiel en la evocación pero me parece recordar que Truffaut hace una dedicatoria en sus “Cuatrocientos golpes” a aquellos que piensan que la infancia es un tiempo feliz). No hay tiempos felices (duraderos) en la vida, en la infancia tampoco, sólo hay momentos felices. Suelen ser cortos. Detesto ser aguafiestas pero los miles de niños que se mueren diariamente como consecuencia del hambre y del subdesarrollo, o que viven míseramente, no tienen miradas alegres y si nos inquieren no es pidiendo aprobación para lo que hacen sino pidiendo explicaciones. Sus juegos consisten en procurarse comida. A veces las carantoñas físicas o estos elogios tiernos sobre los más pequeños nos ayudan a sentirnos mejores, a veces los instrumentamos.
Ya sé que me estoy saliendo de la belleza de un texto y de la descripción de un momento de creación artística infantil, en gran medida inocente, pero me gustaría añadir y no para “epatar” que pienso que los niños no deberían ser propiedad de sus padres, que muchos aspectos educativos no deberían depender sólo de la ideología o religión de los mismos, que nadie debería de ser bautizado de niño (ni incorporado, por lo tanto, a ninguna religión). En el mismo sentido toda la formación de los colegios debería ser laica.
En nuestro ámbito (burguesía media de sociedad occidental desarrollada) tendemos a educar a los niños en la competitividad exagerada, por encima de la inevitable para no “dejarse pisar” les animamos a que sean ellos los que pisen. Al mismo tiempo ciertos aspectos importantes de la sociedad se infantilizan: delegación en los demás, jefes, instituciones, estado… de responsabilidades propias que producen una importante fuente de frustración.
Empezaba este rollo diciendo que no me entusiasmaban los niños, como no me entusiasman los ancianos, ni los adultos de edad media, ni los blanco o los negros, los católicos o los protestantes. No me gustan las aplicaciones de etiquetas que nos colocan uniformes: no todos los niños son encantadores ni todos los brasileños juegan bien al fútbol.

neko dijo...

No los he visto... pero a pesar de mi edad siento estar todavía al otro lado, poner un trocito de corazón al dibujar o crear nos mantiene jóvenes para siempre.

Beatriz Ruiz dijo...

Me gustan los niños, y me gustan los adultos que siguen llevando un corazón de niño...

Y más me gusta la ternura que desprendes en este relato...

Jorge Torres Daudet dijo...

Pequeños-grandes artistas, que no dan ninguna importancia a su obra.
Un abrazo.

ARO dijo...

Y ejecutan verdaderas obras de arte, si no escúchalos cuando te explican lo que han pintado: cuentan fantasías que los adultos no somos capaces de ver.

catherine dijo...

Imaginar, estar entieramente en lo hecho en el momento cuando se hace la obra ( dibujo, juego,)son propios de los niños y de algunos adultos.
Lo vemos por tus ojos, no hace falta más que un trozo de papel y un lapiz, o una caja, hojas, una cuerdita, piedritas, cualquier cosa y si tienes suerte te invitan en su mundo.

Alena. Collar dijo...

En el sentir general estoy bastante de acuerdo con Miguel Mora. Pero tengo un problema y me explico; veamos, a mí no me gustan los niños. De hecho ni soy maternal ni me dedico a los "gu-gu qué niño tan guapo", no lo he hecho nunca. A los niños los he tratado con el respeto al adulto que algún día serán y punto.
Pero, me sucede algo cuando leo a Miguel; siendo cierto lo que dice y también siendo sincera al leerle he pensado "qué pereza", y me explico: claro que se mueren los niños del mundo, ahora bien, ¿ me quieren decir que no se morirían si yo en mis condiciones concretas, reales y nada metafóricas decidiera que me voy al Perú, pongo por caso, a cuidar niños?...me suena a lo de "no te comas el bocadillo que hay niños que no tienen para comer"; mire usted, la que tenía hambre en el recreo en el colegio era yo y siempre me comí el bocadillo, porque si no la que tenía la bajada de tensión era yo. No se si me explico. Añado, antes de que me digan que "puedes ayudar de otro modo", que tengo dos críos apadrinados en PLAN, por ejemplo. Pero eso no me oculta que yo en mi caso concreto me podré condoler de la infancia maltratada pero desde luego en ningún caso meterme a salvarla. No se si me estoy explicando y no quisiera que se me malinterprete. Y puede sonar a egoismo, puede; y lo será, pero también es verdad.
Un abrazo largo. Tan largo como el rollo que he soltado.

Beatriz Ruiz dijo...

Una cosa me llama mucho la atención de los niños africanos... sabeís???... No tienen la cara de infelicidad de muchos niños de Europa...

Quizás nunca tuvieron las suficientes dependencias... quizás sea eso...

Marina Fligueira dijo...

Que extraño ¿no? Y a mí que me encantan los niños, ¿será por haber traído al mundo cinco? !Y me gusta la gente joven, la no tan joven, los mayores y los viejecitos! Simplemente soy amante de la humanida. Y benditos sean los niños! Garacia Amando, por ese relato- recordatorio de la divina inocencia. Son los quita peniñas, como decimos los gallegos. Un abrazo grande. Se muy feliz.

Ángeles Hernández dijo...

Como a algunos de vosotros me gusta la humanidad, los niños o ancianos, y los adolescentes -esos que nos desesperan- y los de edad inindentificada -como yo-, aunque a veces no me gusta nadie, sobre todo cuando no me gusto a mí misma.

La ternura del niño con su pintura, con todos los sentidos concentrados en crear y sin complejos por exhibir a quien sabe que le va a apreciar y se va a emocionar, (se siente amado sin condiones ), es la de un niño feliz: con papel, pinturas, la barriguita llena, en un lugar tranquilo, sin golpes y con una figura referencial que le contemple. Por eso no siente vergüenza en mostrar su obra, porque el niño amado, sabe que lo que él hace es lo más hermoso para quien está a su lado.

Hay otros niños, pero siempre es hermoso saber donde está colocado el ideal, y que ese ideal es posible.

UN abrazo y gracias por tan bello cuadro (ya retornaremos a él cuando nuestros niños, ya grandes, cumpan con la especie ) Á.

Abuela Ciber dijo...

Hermosa observacion.

Mis nietitas esperan mi beneplacito que se lo doy colocando lu, luego, sus obras de arte en un lugar destacado, durante unos días y luego pomposmente son guardadas .

Cariños!!!!!!

Anabel dijo...

Ellos sí que saben lo que es verdaderamente importante.

Delicado.

Un beso,

Anabel