domingo, 6 de abril de 2014

Crónica de la exposición Luz de la luz

Con esta entrada deseo agradecer a mi hermano su tremendo trabajo, y, además es una invitación para que quienes os acerquéis a Segovia, durante estas semanas, visitéis la exposición.

Mariano Carabias junto a Clara Luquero,  nueva Alcaldesa de la ciudad
durante la rueda de prensa celebrada la mañana del viernes 4 de abril
(Foto de zoquejo.com)

Ciento cuarenta y nueve. Bajando de la presentación —mientras hablaba por teléfono con mi padre—, al llegar a las escaleras que dan acceso a la Alhóndiga, he mirado hacia el edificio. Allí, espléndido, junto a su portón, un magnífico arco de medio punto, luce una reproducción inmensa del cartel de la exposición de Mariano, ese Adán que recibe la luz. Acaso ese momento infinitesimal de la historia de la humanidad en que algo cambió para convertirnos en lo que hoy somos, arcilla iluminada.

Ciento cincuenta. Me he adelantado a propósito. Sé que dentro de un rato, apenas veinte minutos, quizá menos aún, empezarán a llegar familiares muy queridos, amigos, conocidos, saludados, y se hará muy difícil poder contemplar detenidamente los cuadros.
Sé, o supongo, que vendré muchas tardes, sé, o supongo, que pasaré muchos ratos delante de estas pinturas, pero me apetecía una visión anticipada, me apetecía colocarme solo ante su propuesta, sabiendo, además, que me encontraría con novedades, a pesar de haber visto muchos de los cuadros en el mes de diciembre.
Pero la sorpresa ha sido aún mayor de la imaginada. Mayúscula podría decirse, sin exagerar.
Llueve desde hace un par de horas. Es una lluvia tranquila, casi de seda, una de esas tardes primaverales en que me apetece pasear bajo su caricia líquida que no sólo limpia el aire, sino también los pensamientos.
Al entrar en la Alhóndiga —edificio que desde hace siglos pertenece al Ayuntamiento y hoy es sede del Archivo Municipal y lugar donde habitualmente se celebran exposiciones y otros actos culturales patrocinados por el Consistorio—, he visto el nuevo retrato de una de mis hijas; bellísimo. Creo que es el tercero que le hace, y si les juntara se vería bien la evolución en su joven carácter.
Cuando he pasado hacia la mayor de las salas, me he encontrado de frente con cuatro enormes cuadros que representan a los cuatro evangelistas, a cuatro hombres inspirados por figuras angélicas, femeninas. 
Sin abandonar la técnica abstracta que se manifiesta en los ropajes, en los fondos, los cuerpos se hacen más sólidos, más rotundos, más próximos a lo escultórico. Detrás de mí, de un tamaño similar, una recreación de Juan de la Cruz… Y en estos cinco cuadros, otra novedad, otro paso en su pintura: la representación de más de un personaje: dos retratos en cada cuadro. Un reto diferente, una inquietud distinta, un sendero menos trillado por su pincel, una vía que indagar: composición, perspectivas, espacios…
San Juan evangelista, acrílico sobre tabla.
Autor Mariano Carabias (fragmento)
[foto de mi móvil]
Ocupa toda la pared de uno de los lados estrechos del rectángulo, su cabecera, como presidiendo el evento, un tríptico que ya conocía y que mostró por vez primera en Santa María la Real de Nieva; esa Parusía que invita a la paz, que no amedrenta, que llama a hacerme luz de la luz. Al lado opuesto, otro cuadro grande, de la Virgen que, más que transmitir paz, la trasfunde en el venero, no a través de una jeringuilla, sino filtrándose por nuestras pupilas. Y junto a estos siete cuadros de gran formato, las series de pequeñas tablas que llenan el resto del espacio: el colegio apostólico, ángeles, figuras veterotestamentarias, y otros dos cuadritos con dos personajes, El beso de Judas (inquietante y brumoso, pintado como con rescoldos de carbón) y La conversión de San Pablo, donde es tan importante es el caballo como el implacable fariseo perseguidor de la secta de los cristianos que aún en ese preciso instante desconoce que será el primer gran anunciador del hombre a quien pretende volver a aniquilar.
En mi mano el pequeño folleto que cualquier visitante puede llevarse a casa. Es un cuadernillo con ocho páginas en que aparecen siete reproducciones de otros tantos de los casi cien cuadros de la exposición, que podrían ser un esquemilla o una leve aproximación a lo que se podrá contemplar. La octava página, no tiene ninguna reproducción de imagen, está ocupada por un puñado de palabras que escribí, y que no sé si estropean la visita al espectador o ayudan a la contemplación:
Imagina una sola jornada sin sol, veinticuatro horas sin poder distinguir colores, sonrisas, lágrimas, apenas volúmenes sombríos. Ahora imagina un día sin noche, iluminado por esa estrella de quien depende la existencia.
Como la esencia de la vida del planeta se explica por la íntima fusión de la luz llegada desde el cosmos con otras sustancias, así nuestra esencia.
El arte podría definirse como plasmación del hallazgo del artista en su incansable rastreo. Mariano nos ofrece los resultados de su última exploración: buscar la explicación de nuestra esencia la luz, la luz de la luz.
En estos cuadros contemplarás humanos y ángeles. Son como estrellas que nos acompañan e iluminan para ver los caminos del mundo, regalándonos la esperanza de que es posible habitar una ciudad sin noche.
Regreso a la sala central, a la que uno accede al entrar al recinto. Me detengo otra vez en el nuevo retrato de mi hija. Avanzo. Un enorme retrato de su musa verdadera, esta vez encarnando una hermosísima sibila, preside esta sala. A mano izquierda, según se entra, la recreación de Andrés Laguna, reencarnado en otro amigo, al que tanto debe Segovia desde hace tantos años, tan amante y conocedor de árboles y plantas como el médico de emperadores y papas. 
Los lemas de las tablas se tornan líricos. Los cuadros se agrupan por series, pero en cada uno, además de la habitual potencia de color y formas, de la capacidad de siempre de establecer con el arcoíris un diálogo repleto de matices e insinuaciones, se añade la sugerencia que el título propone. Esta conjunción invita o empuja al espectador a poner en marcha algunas de las potencias que a veces olvidamos utilizar cuando nos situamos ante una pintura. 
Empiezan a llegar visitantes. Pero creo que no se quedarán a la inauguración. El trío de turistas que hablan en inglés se detiene con parsimonia ante la mayoría de la obra. Dialogan animadamente. Él parece explicarles a ellas algún detalle, o acaso —me figuro— traslada el título a su idioma. Otras personas, por el contrario, pasan rápido ante la sucesión de imágenes, que no sé si contemplan o simplemente deslizan ante sus ojos con menos interés que el que pondrían frente a los escaparates, y continúan su cháchara algo que parece ha revelado alguna televisión respecto del padre de una famosa.
La sala de la derecha, llena de pequeños recovecos, con paredes más reducidas, quizá sea algo menos llamativa: reúne menos tablas y no tiene cuadros de formato grande; pero para quienes estamos tan pegados a la obra de mi hermano, es fácil comprender que aquí laten hondas emociones. Por razones puramente sentimentales, esta sala traspasa mi ánimo. Además parece que algún título tiene que ver con alguno de mis versos.
Regresan mis palabras a su tierra, pues fueron sus pinceles el arado, que preparó el terreno y abonó mi tarea de escribir los andamios de los pájaros.

Ciento cincuenta y uno. Empiezan a llegar personas que no son visitantes de pocos minutos, sino quienes se sienten convocados a la inauguración de la exposición. Familiares y amigos que vienen a arropar y a reconocer —también a reconocerse— la pintura de Mariano.
Según observo por el número y estado de los paraguas que quedan en la entrada, no llueve precisamente poco.
Ahora me alegro mucho más de haber adelantado mi llegada, y no lo digo por el chubasco. Después de haber satisfecho la necesidad de contemplar la exposición, puedo dedicarme a saludar a unos, a besar a otros y a otras, a compartir una conversación, un chascarrillo, una inquietud, una confidencia, al abrazo por el reencuentro que en más de un caso propicia este instante…
Palpo que el trabajo de mi hermano —incesante, valiente y original—, llega a unos y a otros. Aunque a cada uno de forma diferente, a todos alcanza: por la belleza sin otra consideración, por la armonía de los colores, por el parecido de los rostros con el natural que, además, bucea con éxito en el corazón del retratado, por la mezcla de lo abstracto con lo real, por lo desmesurado del trabajo, por la técnica que los más especialistas descubren en cada trazo, por el tema propuesto a nuestra consideración…

Ciento cincuenta y dos. Seremos más de doscientas personas en el momento en que la próxima primera alcaldesa de Segovia nos dirige unas palabras.
[Acabo de darle la enhorabuena por anticipado, puesto que hasta mañana no es el pleno municipal en que se celebra la elección. Desde que Pedro Arahuetes anunció su dimisión y que ella sería su sustituta en el cargo, no la había visto. Se le nota emocionada e ilusionada. No hace falta que lo digan sus labios; su mirada y su gesto lo anuncian a las claras. Está bien que así sea, pues quizá su ilusión y su emoción se transmitan a su tarea. Al fin esta ciudad tiene una alcaldesa. Alcaldesa y socialista en una ciudad como Segovia… A veces convendría revisar viejos clichés].
Tras sus palabras, que demuestran que ha entendido el contenido de la exposición y que glosan la figura y la obra de Mariano, sin olvidar la que se puede ver por la ciudad, y tras otras pocas de Mariano, densas y explicativas de su intención, es el momento de continuar con los abrazos y los saludos, de acercarse a unos para comprobar el crecimiento imparable de los niños, para recibir una enhorabuena, para saber de nuevos proyectos y de nuevos logros, para constatar en cada reacción que el camino que inició mi hermano hace ya unos cuantos años, quizá algo más de un lustro, avanza firme y poderoso.
La columna del Templo. Acrílico sobre tabla.
Autor Mariano Carabias. AQUÍ SU BLOG
Si nuestra encarnadura de siglo XXI sirve para recrear a Adán, Noé, Moisés, Aarón, Gedeón, una sibila, un evangelista, un ángel…, se podría aceptar que la esencia humana apenas ha variado y, por tanto —como demuestran las miradas de los retratos, los andamios de los pájaros—, su misma naturaleza de entonces habita nuestra entraña de ahora. Si aquellas personas de hace miles de años vivieron dudas, certezas, pasiones, odios, alegrías, emociones, anhelos, revelaciones…, podemos concluir sin margen de error que nuestra vida se nutre de iguales condimentos. Si un puñado recibió o encontró lo que Mariano llama luz de la luz, entonces su pintura se eleva como un grito de esperanza, porque viene a proclamar que nosotros, individuos del siglo XXI, también somos arcilla iluminada, aunque apenas nos demos cuenta. 

4 comentarios:

MARÍA LUISA ARNAIZ dijo...

Inusual reseña, dado el paseo virtual por las salas de esa Alhóndiga. Enhorabuena al pincel y a la pluma.

Flamenco Rojo dijo...

La reseña es una pasada, pero la exposición debe ser la leche...Mis felicitaciones a los Hnos. Carabias María, incluyendo al músico.

Abrazos para todos.

catherine dijo...

Tu reseña y lo que se puede ver en el blog de Mariano es un consuelo para los ausentes.

Marina Fligueira dijo...

¡Hola, Amando!!!

¡Estoy enamorada de este exquisito texto!!! Se extiende sobre el una capa púrpura de bellísima prosa poética; eso es lo yo percibo lo que yo siento.
No todos somos tierra iluminada, no.
¡La iluminación pertenece a unas pocas mentes privilegiadas! Y, dos están ahí en Segovia! ¡Por cierto! También lugar Privilegiado.

Yo estoy en Pontevedra lejos de vosotros, por lo tanto, mi visita queda descartada, pero ya vibra mi corazón con esta completa y y brillante reseña.
Eres mágico Poeta Grande: Y tu hermano también, pues las pinturas nos hablan como la poesía.
Mi humilde enhorabuena a los dos.

No me llega tu libro, hasta pasar Semana Santa. Según mi sobrina.
Os dejo mil bendiciones y mi admiración siempre.
Un abrazo y ser muy muy felices