sábado, 2 de abril de 2011

Soledad

(Este relato fue publicado por vez primera el martes 19 de febrero de 1980 en “La página literaria” de El Adelantado de Segovia)


(Imagen tomada de Internet:
“Él y la Soledad” de Joaquín Rodríguez Martín, Nabuco)).


Estaba allí, completamente solo. Solo, como lo había estado en el resto de su vida. La habitación, pequeña como los suspiros de su agonía. Nadie le había tratado de comprender en su existencia, era esa clase de personas por las que nadie se preocupa. De vez en cuando, haciendo un esfuerzo, le preguntaban, ‘¿cómo te encuentras?’. Pero la conversación acababa pronto, ahogada en disculpas, prisas, urgentes quehaceres.
Sí, siempre había estado solo…
Siempre no.
Una vez, alguien, su único amor, que luego lo abandonó por el dinero de otro, compartió su vida. Fueron varios meses inolvidables, meses que a él le hubiera gustado que duraran toda la vida; sí, toda la vida. Se quisieron como se debieron desear esos amantes que ocuparon las páginas de los libros. Su vida pareció sonreír, como si hubiera cambiado el rostro, pero la sonrisa fue breve como la brisa y amarga como la pena.
Sólo fueron unos meses.
Mereció la pena.
La agonía lo iba convirtiendo en una piltrafa de ser humano. Su carne amarilla parecía de pergamino viejo y a punto de desintegrarse con la fuerza de un suspiro. Lo que tenía vida en él eran esos ojos atenuados en su resplandor, pero sensibles al dolor del cuerpo que se apaga mientras la muerte se acerca en silencio, pero a todas horas, y con la misma llamada de dolor y angustia. La muerte en la que tantas veces había pensado y con la que tantas veces había conversado de tú a tú, se vengaba de la falta de temor de su víctima haciéndole sufrir agotadoramente: el dolor de la propia enfermedad que le hacía estar lúcido, lo que aumentaba su flagelación y, por otra parte, el dolor de sufrir en soledad los designios de su propia vida. Vivir sin nade es muy triste, ¿pero morir?
¿Cuántas veces había llorado?
Muchas.
Más de lo que creéis vosotros que no le habéis conocido. Cada noche, varios llantos. Cada llanto, una fuerza para seguir viviendo en su estado de soledad sempiterna que le había acompañado, como nos acompaña la sombra.
Era un perpetuo solitario.
No se quejaba.
De sus labios jamás salió una palabra de protesta: nunca fue a pedir que le admitieran en ningún lugar. Jamás quiso parecer un mendicante de granos de amistad, aunque necesitaba un campo repleto. Nadie se lo propuso, todos pensaban que era feliz así. En el fondo quizá lo fuera, pero un poco de amor y de amistad no hubiera venido mal a su corazón ahíto de la nada.
Llegó la hora de morir.
Un trance más.
Otro trance de la vida que tenía que pasar en soledad; ya estaba acostumbrado. Vio aparecer a la muerte por una esquina de la habitación, pequeña como un suspiro. La saludó afablemente, como de costumbre, y la invitó a charlar sobre cualquier cosa: hacía tanto tiempo que sólo veía a la cocinera, que nunca supo quien le había enviado, porque él no la pagaba y ella no pedía nada. La muerte sonrió cadavéricamente y de un susurro apagó la vida de su amigo.
Al día siguiente lo encontró la cocinera, obviamente.
Nadie había oído un grito.
Lo enterraron en una fosa común.

15 comentarios:

Odiseo de Saturnalia dijo...

Hace unos días también hablábamos de soledad. Me ha gustado el relatos, pero lamentablemente esas soledades son muy reales. En ocasiones son impuestas, no podemos hacer nada, pero otras, la soledad es culpa nuestra.

Beatriz Ruiz dijo...

Pienso que Odiseo tiene mucha razón. En algunas ocasiones somos nosotros los únicos causantes de esas soledades que te tiñen el corazón... Todas las relaciones deben tener la suficiente reciprocidad y nuestra parte nos corresponde, claro...

La soledad no deseada tiene que ser tremenda...

Charcos dijo...

Durísimo y real, has pintado certero esa soledad a veces impuesta otras elegida y probablemente a nadie le guste aunque nunca se confiese y se disfrace con odas a la independencia feroz. Cuando nos duele algo necesitamos unos ojos, una mano al menos una voz real cerca. Precisamente es una de las labores que la madre Teresa hacía, acompañar al que ya está despojado de todo, y no hay que irse a la India para encontrar esas soledades.

(perdón por el rollo )

Un abrazo

emejota dijo...

Esta narración me ha encandilado y mira que la muerte no es precisamente santo de la devoción de la vida. Pero describe a la perfección un estado de entrega perfecta. Un fuerte abrazo extendido.

emejota dijo...

Esta narración me ha encandilado y mira que la muerte no es precisamente santo de la devoción de la vida. Pero describe a la perfección un estado de entrega perfecta. Un fuerte abrazo extendido.

Isolda dijo...

¡Un relato de hace más de treinta años! No ha pasado el tiempo por él. Duele esa soledad del protagonista, especialmente en el trance de la muerte. Nadie debiera morir solo, es lo más terrible que puedo imaginar. Por cierto, qué pintura tan explícita!
Besos, Amando.

catherine dijo...

Acabo de descubrir la entrevista a Elvira Daudet por Paloma Corrales. Escuché 10 minutos y seguiré. La casualidad es que hablan de una poetisa que publicò a sus 17 años,y habla Elvira de la muerte.
Nuestro escribidor sabìa o adivinaba mucho sobre la soledad hace 30 años.

Flamenco Rojo dijo...

La clave está en lo que dice Beatriz...Qué dura tiene que ser la soledad no deseada.

Un abrazo serrano.

Pd.- Se me olvidaba, que para estar mal acompañado (en el caso del texto, por la parca) mejor solo...digo yo.

J.Lorente dijo...

La Soledad es un refugio de Silencio y Libertad para soñar... Pero hay que abandonar el refugio de vez en cuando para compartir los Sueños. ¿De qué sirve lo que no se comparte?

Hoy buscaré un poco de Soledad para adentrarme en esos Versos como Carne que ya he recibido ;)

MIL GRACIAS, Amando.

¿Ves?... La Soledad también puede ser sumamente agradable.

Un Beso Solitario, Amando.

Anabel dijo...

¿Será que la soledad no tiene edad?

Será.

Besos,

Anabel

Verónica dijo...

Muy triste, el no importar a nadie.
Por desgracia, esto pasa mucho.
Debe ser muy triste vivir en soledad, enfermar y morir solo.
Buen fin de semana
Abrazos amigo

Leonel Licea dijo...

Este cuento, Amando, es de esos que se van calando dentro, y hacen sentir en el lector cada sensación del protagonista. Puedo decirte que a un cierto punto he sentido el frío de la soledad y el miedo de no poder decir palabras, como un grito que se ahoga en la garganta. Triste, sì, pero maravillosamente escrito.
Un abrazo fuerte.
Leo

Marina Fligueira dijo...

Hola Amando! Muy bueno el relato nos habla de la soledad, de esa soledad forzosa... ¡No buscadada! Que es muy triste! Este texto da para meditar para pensar.
Cuando aparece la muerte, aunque uno esté rodeado de gente, esta no se marcha! A la hora de la muerte, no importa tanto estar solo o acompañado, el asunto es que antes, te cuiden te den amor- te den cariño.
Lo otro es lo de menos! Es muy triste ver agonizar a un ser querido y verte impotente sin poder hacer nada, solo esperar la muerte.
Sería maravillosa una muerte dulce,
como muchas como muchas que hay, sin dejar el recuerdo de la agonía.
Un abrazo del color de la vida. Ser felices

Abuela Ciber dijo...

Tristeza infinita llega con tus palabras, soledad doliente.

Cariños

Rafael dijo...

Se lee sin poder parar. Transmite una emoción que quda. Te hace pensar. No creo que se pueda pedir más a un relato. Me ha gustado mucho.