sábado, 31 de diciembre de 2011

Sábado, 31 de diciembre de 2011


Faltan pocas horas para despedir este año y empezar a acunar el que comienza. En esta casa, a diferencia de la mayoría, aún el silencio me envuelve. Supongo que dentro de poco será roto por la fuerza y la energía de la juventud.
En esta tarde, Segovia casi entera está en la calle dispuesta correr su San Silvestre o a contemplar cómo más de cuatro mil personas se deciden a ello.
Hoy parece obligatorio hacer balance del año que se despide. El caso es que la vida continúa tal cual, y mañana, aunque hayamos inaugurado el correspondiente almanaque, será la pura continuación de este eterno girar alrededor del sol en un baile de peonza casi infinito.
Hablar de los acontecimientos que a todos nos ocupan y nos preocupan (hasta en las conversaciones telefónicas para desearnos feliz año nuevo), sería casi una obscenidad y un atrevimiento por mi parte. Demasiado sufrimiento hay y se prevé, como para incidir en ello antes de la cuenta.
Creo que este año que concluye será importante para mí por muchas circunstancias, unas felicísimas y otras no tanto, pero, en general, será un año a tener en cuenta.
¿Lo mejor de todo?
Además de seguir enamorado, a pesar de las dificultades y la distancia (y no conviene que me extienda en ciertos asuntos), sin duda de ningún género, la consolidación de las amistades que este medio virtual me ha ido propiciando durante el paso de estos tres años y unos meses. No son muchas –ni podrían serlo- pero son un ramillete de excepcionales seres humanos que se han cruzado en mi vida, probablemente para que ésta madure, para que ésta acrezca en valores. Para que en los momentos de dificultad tener un hombro al que aferrarme. A ellos y a ellas les debo los mejores momentos, y nunca se los podré pagar de ningún modo. Da igual lo que haga. Está sí es una misión imposible, y no la del Agente 007.
También ha sido un año denso en actividades relacionadas con lo literario. Después de un 2010 esforzado para la escritura, el año 2011 ha sido el de la puesta de largo de Versos como carne y de Oscurece en Edimburgo. De mi poemario, mejor no hablaré. Ahí está y ya se ha escrito largo y tendido sobre él.
Pero sobre la novela, sobre Oscurece en Edimburgo, sí quería destacar algunas cosas. La primera de todas, es que podría ser un estupendo regalo con motivo de los Reyes Magos. (Como no tenemos distribuidora ni campañas de publicidad, perdonen que la haga a través de este medio). Es una novela que posee el valor de la osadía, el valor de haber sido escrita del modo en que lo fue, el valor de la sinceridad absoluta y el cumplimiento escrupuloso de las premisas que nos dimos a nosotros mismos y a nuestros lectores virtuales.
Puesta en papel y leída como se suelen leer las novelas, aguanta bien el escrutinio del lector. Aún me siguen parando por la calle para darme la enhorabuena, para mostrar la admiración que suscita a quien no conoce el proceso cómo ha sido posible este encaje de bolillos. Pero lo que no se sabe a ciencia cierta, a pesar de las veces que se ha dicho, es que mis seis compañeros de autoría son seres excepcionales. Son personas que se han volcado en la tarea como si sólo dependiera el éxito o fracaso de la aventura de su afán, respetando al máximo al compañero. Y aquí está el verdadero secreto de nuestra obra. Por más vueltas que le doy, sólo de este modo se puede explicar el milagro que se ha producido.
Además de la creación de este blog*, escribí un poemario que toma como punto de partida o inspiración una parte de los retratos que colgó en su última exposición segoviana (octubre de 2010) mi hermano Mariano. Los andamios de los pájaros (éste es su título), está aún pendiente de decisión editorial. En todo caso, probablemente durante el próximo año se tengan noticias de él de un modo u otro. Ahora mismo me afano en otro proyecto poético, ando por la fase de construir el esqueleto, no quisiera ponerme fechas y no me las pondré, porque al fin y al cabo nadie me mete ninguna prisa.
Otra de las alegrías de este año, me la ha dado este diario. He ido descubriendo lectores anónimos que me siguen y se hacen preguntas, e incluso me las hacen. Son miradas más o menos secretas probablemente un ramillete no muy grande, pero es más que suficiente, sobre todo cuando te dicen que después de haberlo leído un par de días se han enganchado a su lectura.
Una vez traspasado el verano, aunque la cosa viene de más atrás, he sido embaucado por la poesía. La culpa es de varios lectores y amigos; pero probablemente la culpa es de la propia poesía que ya, definitivamente, ha venido a cobrarse la presa que hizo conmigo hace más de treinta años. Me siento como un alumno, aplicado –por cierto-, cuyo único afán es aprender de todos, cuantos más mejor. Quien siga este diario habrá visto como a medida que han pasado los días, cada vez abundan más las referencias poéticas y a poetas que voy descubriendo de un modo u otro. En este apartado señalar la tarea de Paloma Corrales como difusora de poetas en la red a través de su programa de televisión, o de Manuel López Azorín, o de Fernando Sabido Sánchez, o, como editor en papel Javier Sánchez Menéndez, no es decir sino una gran obviedad, por la que debiera ser castigado.
Como decía ayer o antes de ayer, no vivo de la literatura (y quizá sea lo mejor), pero tengo conciencia clara de vivir para la literatura, aunque sea esta mía de andar por casa, sin otras pretensiones, poco más que una literatura ataviada con batín y zapatillas.
En lo estrictamente personal ha sido un año que se despide contaminado por los sucesos del último trimestre. Sucesos que, por otra parte, y como no podía ser menos, trascienden y han trascendido al diario y a muchas otras cosas.
¿Cuál es la conclusión?
Somos tan frágiles, tan sumamente endebles, que lo mejor es vivir el presente como si fuera el último día de nuestra vida. Cada uno es consciente de lo que le gustaría hacer su último día.
Cuando cada tarde subo a casa de mis padres, me topo con la misma pintada en los bajos de un edificio. No es de Batania, pero podría serlo, o quizá sí y yo no lo sepa: No existe el futuro, sólo un presente perpetuo. Probablemente sea el mejor modo de felicitar el año a cuantos me lean o me vayan leyendo: que 2012 sea un presente perpetuo para todas y todos.
__________________
*Me refiero a mi diario El Surco de los días

martes, 27 de diciembre de 2011

Si las palabras...



SI las palabras fueran veladura de lienzo
que no ocultan misterios, y los tornan
hermosa epifanía en las miradas,
mientras miden las nubes;
si fueran como sangre de lágrimas vertidas
junto a la soledad;
o la piel del futuro,
o el idioma en que beso tus entrañas,
o el sendero de eterna llamarada,
y la luz, esa luz…
Si las palabras fueran apenas veladura,
aunque parezcan fábulas,
cantarían la esencia de lo humano,
ajena al Boletín o al valor del dinero,
al discurso político y al crimen,
al listín telefónico, a la publicidad,
a recetarios médicos,
y algunas estadísticas acerca
de la última caricia que precede
al hierro en el costado…
Pero hoy son las palabras procesiones,
como esclavas al plomo encadenadas,
a causa del veneno que se esparce
desde su fuente al delta:
oscuridad, ponzoña y amenaza,
alicaído vuelo de mentiras,
podredumbre y miseria,
empalizada de odio,
indómitas navajas,
osarios en tinieblas…
Alguien adivinó que la verdad,
sencilla como un niño,
                              es surco hacia el amor,
el camino que iguala a los humanos.
Entonces el poder las enlutó
las aferró a la mente,
impidiendo su vuelo al corazón,
aniquiló su fuerza,
ahorcando su vigor a los sentidos,
cambiando la verdad por lo correcto.
Si las palabras fueran apenas veladura
transparente y precisa,
acaso poesía…

sábado, 24 de diciembre de 2011

Haikus para la Navidad

Belén tradicional. Diputación Provincial de Segovia, 2010  (fragmento)
(Foto Javier Gil)

noche de invierno
soliloquio de fuente,
dios en murmullo

propone el ángel,
duda la primavera,
tiemblan los labios
al decir sí
la virgen encendió
nuestra esperanza
cantan los pájaros,
al sol brotan las hojas,
tiempo de espera
dudas y miedo
pesadilla y pelea,
vence el amor
salmos de estrellas
alumbran la tenada
cantan los ángeles
verbo hecho carne
iluminando el barro:
luz en vasijas
balan ovejas
y se acercan pastores
fiesta de pobres
miro al pesebre,
como mira el pastor,
niño dormido
la navidad
es un niño desnudo
hijo de pobres
dios se arcilló
nuestra misma sustancia:
pobreza y barro
recién nacido,
arrullo azul la madre,
oboes y ángeles
mirra, oro, incienso,
la estrella avanza y calla,
palacio y establo
semilla muerta…
cuando llegó su tiempo
perfume y rosa*

Con los mejores deseos propios y de los míos para que estos días seais lo más felices que podáis. Que cada quien encuentre esa felicidad que precisa.
_________________________________________
* Quien haya leído estos haikus en su versión pdf podrá comparar algunas leves variantes que se han producido con el paso de los días. Un par de ellas se me han ocurrido a mí, el resto son propuestas de dos entrañables amigos que con su sagacidad me han regalado esta nueva versión y que desean el anonimato. Como uno de ellos me decía, el primer lector es fundamental.

martes, 20 de diciembre de 2011

El runrún (cuento para Navidad)


Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre
(Evangelio de Lucas, cap. 2, 12)


Aquella madrugada de niebla, Asdrúbal salió de casa con la convicción extraña de que no regresaría a la hora habitual, ni compraría el regalo, tal y como tenía previsto. Sin embargo, esa sensación no era lógica, sólo se basaba en un runrún que correteaba por su plexo solar. Empezó a lamentar las semanas transcurridas sin adquirir el obsequio de Gabriela. Siempre había odiado gastarse el dinero por una costumbre impuesta; pero con ella era diferente. Cualquier excusa, o ninguna, era buena para comprarle algo.
Durante los primeros momentos de trabajo, escobón en mano, mientras la niebla se espesaba, intentó olvidar su pálpito y pensó en el cálido cuerpo de Gabriela que había dejado ovillado y enredado en sus sueños dentro de la cama. Fueron suficientes algunos recuerdos para que el frío lo abandonara y diera paso a una nueva temperatura, quizá excesiva.
Para hacer más llevadero su tarea recorriendo, barriendo y arrastrando un carrito en cuyo cubo dejaba la basura que los apresurados ciudadanos depositaban sobre el empedrado, pues una papelera o un contenedor siempre estaban lejísimos de sus apresurados pasos, solía escuchar música a través del mp3 que unía a su cerebro mediante cascos blancos, que resaltaban más aún sobre la oscuridad de café de su piel. Pero, quizá por culpa del sueño acumulado tras una noche apasionada, los dejó olvidados. Cuando salieron del hangar donde se apilaban los trebejos laborales, el jefe le asignó la zona del polígono, a las afueras de la ciudad. A Asdrúbal no le había gustado nunca limpiar por aquella parte, y menos en el primer turno, el que comenzaba durante la más feroz hora de la madrugada, ese territorio habitado por la soledad y los ladridos amenazantes de perros adiestrados para evitar allanamientos de morada, destrozos y robos. Por eso lamentó más haber olvidado sus cascos en casa. El sonido de las melodías caribeñas le habría evitado tener que escuchar a los perros a su paso junto a las verjas y tapiales de las diferentes naves.
Decidió centrarse en las curvas de Gabriela y en el colgante de oro que había visto en una joyería. En cuanto acabara su turno, antes de regresar a casa, pasaría por allí. Deseaba sorprenderla; por eso había decidido no arriesgarse a que ella encontrara la gargantilla antes de Navidad. Pero ahora intuía que se había equivocado. No se le iba de la cabeza la absurda idea de que llegaría demasiado tarde a casa, que cuando se quisiera dar cuenta, cualquier establecimiento habría cerrado sus puertas. No tenía ni pies ni cabeza su intuición, pero la sentía nítida, aunque pasaran los minutos.
Cuando aún faltaba un rato para el claror del alba, una astilla de llanto se le clavó en el cerebro. Quiso forzar a su entendimiento para creer que se trataba del aullido de uno de los perros que tanto le preocupaban. Pero había sido demasiado nítido y claro… y cercano. Por mucho que se quisiera engañar, no había confusión posible. Su primera intención fue seguir adelante, negando al cerebro el mensaje diáfano que le había llegado a través de sus oídos (maldiciendo volvió a lamentar el olvido de los cascos). Miró a su alrededor y no vio a nadie. Empujó con celeridad su carrito para alejarse pero, como respuesta al gesto, se hizo de cristal el llanto. Se detuvo y volvió a espolvorear de mirada su entorno, ya no para huir, sino para descubrir de dónde procedía el sonido de astilla que se clavaba allá dentro.
A su derecha, el portón de una finca vacía, permanecía entornada. A pesar de la oscuridad, descubrió esa anomalía, pues sus ojos encontraron una tenue luz, como una lagartija nerviosa, procedente del edificio con vocación de ruina rodeado por algunos escombros y por restos de la antigua actividad, un aserradero que había cesado un par de años atrás, según recordaba.
Entre sus pies y su razón se entabló una pelea que no duró ni un minuto. Aquéllos deseaban acercarse al lugar apenas iluminado, como si el hilo de oro, frío y titilante, fuese imán irrechazable. Ésta pretendía lo contrario: seguir su tarea como si nada hubiera visto y oído, como si fuera sorda y ciega. La lógica quiso convencer a sus extremidades sobre peligros, riesgos, la conveniencia de ser prudente y no meterse donde no había sido llamado. La astilla mineral perforó un poco más su entendimiento. Asdrúbal no resistió y se acercó cautelosamente a la entrada del viejo aserradero.
Antes de cruzar la entrada, observó con detenimiento el espacio que le separaba hasta llegar a la gavilla luminosa. No descubrió peligro. Por otra parte era lo lógico, pues, de haber habido perros, sería difícil que alguien hubiera podido entrar. Dejó el carro y cruzó hasta la nave. Al llegar, el sonido se hacía más poderoso y descubrió que también la puerta estaba entornada, por ello la luz, como una niña juguetona, escapaba a través de esa rendija. Temió, al empujar la hoja de madera, que el gañido de los goznes alertara a los moradores del lugar, y que estos no fuesen seres pacíficos. Su imaginación esbozó un cuadro en el que una tribu de desarrapados se ubicaba allí. Pero no hubo ruido, o si lo hubo fue tan inaudible, que ni sus oídos lo registraron. El zaguán de la nave era un espacio desolado donde no había nadie, la iluminación procedía del interior, quizá más cálido o más protegido. Salvo el sollozo, cada vez más intenso, no le llegaban señales de vida. Aún se topó con otra puerta que empujó con más decisión o con menos miedo.
Allí descubrió a ambos.
La madre se asustó y comenzó a gritar, lo que provocó el alarido de la criatura. Pero los gestos tranquilizadores del hombre, la calmaron.
Asdrúbal comprobó que ante sí tenía a una jovencita desesperada y sumamente debilitada, quizá en las últimas. Y comprendió el runrún de la madrugada. Supo, mientras llamaba con el móvil a los servicios de emergencia, que, efectivamente, llegaría muy tarde a casa, pues tendría que dar muchas explicaciones. Pero supo también que, ni a él ni a Gabriela, le importaría no poder comprar el colgante de oro. Emplearía el dinero en otro menester. Pero eso se lo contaría a Gabriela más tarde, cuando amaneciera nochebuena.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Las raíces de un libro: "Ensueño y mediodía" (Santiago López Navia)

Escribía Carmen Conde en versos memorables: “Raíz de siempre, entre los granos / pardos como ahora soy parda. / Pero yendo hacia el ámbito del vuelo, / moverme entre las brisas: ser el puerto de las aves, / la tabla del navío, y que los vasos / se colmen de mi cuerpo y de mi esencia”. O dicho de otro modo, sin duda más pedestre, estar enraizado en la tierra para poder aspirar a lo más alto.

Ensueño y mediodía penúltimo poemario editado de Santiago A. López Navia (Madrid, 1961), es, en cierto sentido, un libro árbol, es decir, un libro que nace de hondas raíces desde las que se eleva hacia el celaje, en busca del celaje.

(Para leer el resto del artículo pinchad AQUÍ)




domingo, 11 de diciembre de 2011

Caminaré despacio


Asumo los peldaños que me resten
por subir o bajar en mi periplo,
aunque no sepa el rumbo de este viaje
pues me enceguece el ruido de la niebla.


Mis ojos esfuminan el perfil
difuso de las cosas, su bosquejo:
la viscosa apariencia de este mundo
que oculta la verdad y vela el rostro.
Caminaré despacio, con cuidado,
y seguiré labrando en este surco,
a pesar de bogar en la penumbra.
Aunque el cansancio os grite mi derrota,
será inútil, pues me alzan vuestras manos,
vuestro aliento me empuja como brisa.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Amanecerá


"Sin exageración, podemos decir que el futuro de nuestro planeta está en juego (…) Vosotros nos podéis sacar del borde del precipicio".
Ban Ki-Moon, Secretario General de la ONU. Cumbre contra el cambio climático en Durban (6 de diciembre de 2011).
Amanecerá, sí, también mañana,
pero no habrá miradas que respiren
ese aroma de luz,
salvo nuestros cadáveres que viajen
a bordo de este sílice espectral,
osario de la asfixia.


Amanecerá, sí, también mañana,
alborada sin pájaros o besos,
tan sólo un velatorio
para todos los muertos del planeta,
cada árbol, cada fiera, cada flor,
y el mar envenenado.


Amanecerá, sí, también mañana,
y nadie anotará la hora exacta,
tampoco los banqueros,
ni el dueño de la industria imprescindible,
ni los gobiernos, cómplices activos
de nuestro genocidio.


Amanecerá, sí, también mañana,
y no habrá ningún verso que se escape
tras el paso del sol,
y no habrá ningún cuerpo que se funda
en otro, con la luz como testigo
del instante de gozo.


Amanecerá, sí, también mañana,
pero nada será esa luz viajera,
salvo un triste epitafio
del crimen de esta especie inteligente,
cuyo instinto asesino es más feroz
que el de la propia muerte.


Amanecerá, sí, también mañana,
el silencio será nuestro concierto,
ajeno a partituras,
salvo para los gases ponzoñosos,
para las cordilleras y los ríos
o para los océanos.


Amanecerá, sí, también mañana,
será un amanecer irrespirable,
sin flores ni utopías…
Cuando llegue la muerte a su tarea,
al comprender su fin, un alarido
recorrerá el planeta.


Amanecerá, sí, también mañana…

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Puesta de sol

Territorio de silencio, la noche. O así se espera, y más durante el final del otoño que ya esparce brillos invernales. Hoy, a pesar de la esplendidez de un día sin una sola nubecilla, el ocaso ha sido una caída a plomo, como un yunque incandescente sobre el horizonte. Estaba arriba, y el panorama era inabarcable para la vista.
Casi sin darnos cuenta, la luz se ha debilitado hasta desaparecer. Poco más que un parpadeo o un escalofrío.
En estos meses del año, como uno no esté atento a las puestas de sol, no se ven, desaparecen, como si huyeran, acaso avergonzadas.
Y leer, aunque sólo sean los titulares de la prensa –cosa que hoy no he hecho, ahora que me doy cuenta, únicamente los he escuchado-, da la razón a esta huida apresurada de la luz.
Da mucha pereza referirse siempre a lo mismo, pero parece que es lo único que quieren que nos interese. Las noticias procedentes del senado brasileño, o la frase lapidaria del Secretario General de la ONU, parecen meros adornos, cuando en realidad es la verdadera esencia de lo que debiera de preocuparnos.
Pero lo van a conseguir, cada día están más cerca: seremos pobres y probablemente hasta cambiemos de nacionalidad, pero importará menos, porque pronto seremos cadáveres sobre el cadáver de un caballo que galopa muerto alrededor de una estrella que seguirá enviando luz sobre este osario.

viernes, 2 de diciembre de 2011

La huella de su frente


Para Míriam
en su cumpleaños.
Ahora que mis versos se despojan
buscando desnudez,
salvo la melodía de la brisa,
dirijo mi mirada a su mirada
y me encuentro su lumbre de horizontes
ardiendo en el misterio de sus ojos.
Intento recordar versos no escritos,
convertidos en nanas de la noche,
cuando mis brazos eran como almohada,
y mi voz el embozo de su piel;
pero aquellos sonidos mal cantados
huyen de este presente que se hilvana
con madejas de miedo y de angustia,
con cuchillos que matan las sonrisas…
Sin embargo en el hueco de mi codo,
late a fuego la huella de su frente,
un tatuaje indemne a los olvidos,
quizá el mejor sendero
que me acerca a la lumbre de sus ojos,
a su horizonte ardiendo en ilusiones
como un amanecer de flor en llama.
No necesita más esta memoria
para quemar el miedo y la tristeza,
para saber los versos que perduran
dentro del manantial de mis latidos,
y son la melodía
sobre la que camina mi existencia y
son la antorcha que alumbra
la oscuridad y el miedo de las horas
evitando el abismo de la muerte.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Como Dios incendió el cosmos


[… Se equivocó la paloma…]
                 Rafael Alberti



A Mariano Carabias María


Dios acarició la pulpa del sol como panadero amasando destierros. Dios nos vistió de latidos como alfarero moldeando arcilla para la sed. Dios musitó el agua como monje acunando silencios. Dios bordó las nubes como zapatero tejiendo el cuero para las huellas del camino. Dios festejó el último día como niños besando risas… Dios incendió el cosmos como la luz y el color renacen de tus ojos y de tus dedos explicando el tiempo, donde nada concluye nunca, salvo las vidas, efímeras como suspiros…
Cabrillea en mi memoria, uña del sol sobre la melena del mar, el gesto de tus manos —cuando la vida aún era asunto de los sueños—, tomando el cuerpo de tus lápices de colores tal que cintura de novia sin presentir. Salta en mi desván, como las gacelas al cruzar el Serengeti —¿recuerdas?—, el modo en que entornabas los párpados y aquietabas el gesto deteniéndolo, felino ante su presa, buscando la policromía del instante, esa exactitud de matemático convirtiendo en magnitud el aroma de las flores, esa precisión de traductor de colores, esa adecuación inamovible del sinónimo tornándose retrato de palabra besada en otro idioma, como brota la hierba en los jardines, en cada jardín. Cazcalea con descuido por mi sala de estar, tu escarbar en el corazón para dejar a la intemperie la veta del tesoro, esa matriz fecunda donde dormitaba la esencia. Con la misma velocidad que pulsa el corazón, y con la misma atención prestada a sus ecos, se nos sucedían las horas: —Sin sentir— decía Madre, —¿recuerdas?—. Y verte trabajar —casi niño— era comprender que el arte era un viejo dios despiadado, a quien acogíamos, porque el mundo debía girar en el orden adecuado, y no en el caos. Como la vida, como la misma vida. No es menester remitir pliego de descargo contra mis recuerdos, pues aún conservas ese gesto, aún aguardas como felino tenso en el Serengeti, —¿recuerdas?—, a descubrir la ubicación perfecta en la cartografía del color, el brillo de una mirada, el tono de un centímetro de sonrisa sobre un labio humedecido por la luz, la espesura de un suspiro aún por llegar, el matiz y la densidad de una lágrima cuya presencia es surco en la mejilla, como un endecasílabo indecible…

Cuando los dedos tornan carne palpitada los pinceles, emprenden un baile inexplicable para quien ignora el misterio de la danza. Sólo quien ha sido testigo de este milagro entiende que los trazos estallen, como beso o como llanto, sobre la superficie hasta entonces inane y que sus rastros, más que pinceladas, sean caricias donde brota el hálito de la vida. Auscultas el mundo con los ojos, reposándolo en tus dedos que mecen los pinceles como se toma el talle de la amada. Te guían las pupilas como brújulas de aire, como cazamariposas de luz… Tu mirar es el mirar de un cazaluces secuestrando porciones de arcoíris. Tus dedos son balanzas de precisión aquilatando la proporción de cada tono, para que suceda otra vez un verso.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La decisión

Necesitaba doblegar el miedo, como quien doma a un león hambriento. No era fácil evitar el pánico que le sacudía y le empujaba con suma violencia hacia la huida. Pero sabía que lo tenía que hacer o las consecuencias podrían ser mucho peores. Se trataba de decidir entre la hipotética felicidad o la posibilidad de repetir un fracaso que a punto estuvo de llevarle al abismo. Aunque no entendía por qué, sabía que si no decía que sí en pocos minutos, ella no volvería jamás a abrir aquella puerta y regresaría a la soledad donde no había opciones para la derrota, pero tampoco para la alegría. Los segundos, entretanto, ajenos a la situación desesperante, disparaban su munición de ansiedad como si hubieran enloquecido.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Ella

Fui joven leñador de versos árboles,
dibujé los perfiles de los pájaros,
y el desgarro esencial
que producía aquella
soledad de ginebra y utopía.
¡Cómo sentí que el mundo detestaba
la hondura que ocultaban mis palabras  
servidas sobre venas de protesta!
De joven padecí el dolor de respirar
la muerte por mis gónadas,
y hastío en mis pestañas,
y errores del ayer
(aquellos versos tumbas del pasado),
y también escupí a tanto hipócrita
que escribía muy lejos de la vida.
Entonces no leía
mis ojos eran llamas destructivas,
mis ojos no buscaban,
mis ojos eran lápidas.
Y cuando me quedé sin versos árboles.
Ella huyó de mis manos
que olvidaron el pulso de sus pechos,
y el perfume iodado de sus muslos
y ese sabor a sol,
y ese tacto de vida que palpita.
Y cuando volví exhausto a su cobijo,
comprendí mi tarea de eslabón,
o quicio en una gota de su océano
donde es ella: palabra que acontece
como grito de luz alumbrando la noche
de tanta soledad irreparable…
Ella, el mejor latido de mis pasos.
Ella, matriz y luz.
Ella, salmo y blasfemia.
Ella, disparo y sátira.
Ella, murmullo y fuego.
Ella, sueño y enigma.
Ella, caricia y burla.
Ella, mano y miseria.
Ella, penumbra y lágrima.
Ella, libre y eterna.
Ella, palabra humana aconteciendo…

viernes, 18 de noviembre de 2011

Urgencia. (Oniliria XII)


Mientras me roza un vértigo que ruge sobre mis pasos ciegos –a pesar de este sol y de esta luz y del otoño lento-, me devora una sombra y me engulle sin pausa, precisa como un gesto de serpiente: esos rostros postrados por el hambre, esos dedos sajados por el miedo, esos labios resecos por mentiras, ese latido muerto en soledad…
Cuando pienso en la tumba que me espera (la vida es un momento hacia la muerte), no arrojo mis pestañas al futuro, no negocio mis lágrimas con el pasado en bruma –a pesar de este sol y de esta luz y del otoño lento-, me asomo a este presente engangrenado donde hieden las pústulas del llanto, donde quiebran su voz los ángeles sin brisa, y el tiempo es alacrán que entierra cada beso en el fangal del odio.
Ya no tengo minutos que esperar. No quiero ser un túmulo cubierto por esta cobardía del milenio ni cobijar el pus de este presente junto a mi carne yerta y cenicienta: quisiera ser fragmento de la brisa, quisiera ser pedazo de algún beso, quisiera ser tan sólo una molécula de alguna cicatriz que cierre heridas.

martes, 15 de noviembre de 2011

Tensión

La tensión que abrumaba el gesto de quienes ocupábamos la estancia era consecuencia del silencio que convertía en plomo el aire. Un silencio que podría significar cualquier cosa… o cualquier nada. Esperábamos alguna palabra o algún sonido que saliera de su boca. En su defecto, algún gesto; pero no movió ni las pestañas. Con la angustia instalada en el pulso de las venas, añorábamos que B., con su oído de radar, nos transmitiese como siempre el denso contenido de alguna de sus palabras, inaudibles para el resto. Pero B no había acudido y aún no sabíamos la verdad. De él dependía nuestro futuro, al completo, cada paso, cada acción…
“Al menos un gesto”, suplicábamos, ya un poco alterados.
Pero aquella mañana la estatua parecía no haber despertado, parecía no tener vida.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Semilla de árbol fuerte


Me gustaría alzar cantos de otoño,
al tiempo que los mirlos impacientes
rompen el muro inútil de la noche
iniciando armonías con tu risa,
amasando sus notas en las tuyas.
Junto al sueño de versos y misterios,
en mitad de una imagen o de un ritmo,
sobre el vuelo de ideas imposibles,
un día la amistad abrió su trazo
sembrando su semilla de árbol fuerte.
Las lluvias de palabras lo regaron
la luz de las sonrisas lo alumbró,
ocasos de consejos lo enraizaron,
rocíos de tristezas y esperanzas
elevaron la altura de su tronco y
nutrieron el espacio con sus ramas,
subyugaron distancias y mentiras.

viernes, 11 de noviembre de 2011

El Monasterio de San Antonio el Real

Vista exterior de la entrada al Monasterio.
Imagen tomada de la red

Segovia, es reconocida en todo el mundo de modo especialísimo por su Acueducto, obra de ingeniaría realizada por los romanos, si hacemos caso a los historiadores y no a las diversas tradiciones y leyendas populares o literarias. Además de él (indiscutible emblema de la Ciudad), otra serie de monumentos traspasan nuestros linderos (pienso en el Alcázar o en la Catedral), e, incluso, otras personas añadirían a esta tríada el conjunto de sus iglesias románicas, así como la conservación –más o menos aceptable- de su casco antiguo con la retícula de palacios y construcciones civiles que dotan a Segovia de un aspecto entre medieval y renacentista. No son pocas razones para perderse un par de días de por sus calles, contemplar su belleza y aproximarse a la historia que propició todo este cúmulo de edificios civiles y religiosos.
Pero aún así –y por si fuera poco- hay edificaciones o complejos arquitectónicos que se quedan fuera de la habitual contemplación de los visitantes, lo que es una verdadera lástima. Podría afirmarse, incluso, que muchos nativos desconocen su valía, e incluso su hermosura. No me refiero ahora a alguno de esos caserones, palacios o iglesias que los ojos de cualquier turista rozan al pasear por nuestro recinto amurallado y zonas más próximas, sino a una serie de construcciones que se diseminan por las afueras de Segovia, y que podríamos catalogar o unir en el grupo de las bellas desconocidas.
Hoy, con su permiso, les invito a que me acompañen a San Antonio el Real…
(Para leer el resto del artículo -AQUÍ-

Detalle de uno de sus artesonados. Imagen tomada de la red

lunes, 7 de noviembre de 2011

La Quiosquera

A veces amanece por las tardes...
Desde hacía dos años, anhelaba que sucediese este milagro. Al principio, mis sueños no tenían contornos precisos; eran difuminados e inconcretos, como masa lejana cubierta por niebla. Pero se relacionaban con ella, con su aproximación, si de distancias hablamos. Hasta que el afán se convirtió en obsesión, al que respondí del único modo en que sé combatir a mis fantasmas…
Desde que llegué al barrio, me llamó la atención su presencia silenciosa y poco dada a las sonrisas, ni siquiera las mínimas debidas a la cortesía. A primera vista, su rostro oval, que me pareció tan triste y tan hermoso (la belleza de un fresno de otoño, lánguido, casi plateado), parecía estar cubierto por un parapeto inexpugnable; pero intuí que la barricada construida por sus ojos de textura vegetal no tenía por objeto evitar posibles invasores exteriores, sino impedir que sus pensamientos o sus sentimientos, como pájaros indefensos, volasen desde su interior hacia el mundo. Aunque las consecuencias eran las mismas, el matiz era importante para entender que el miedo no le acechaba desde fuera, sino desde dentro.
Cuando pasaron las primeras semanas, y me hice habitual en el barrio, y empecé a ser El Nuevo –categoría perdida a favor de una familia polaca meses más tarde- y trabé las primeras relaciones más allá de los inevitables saludos y despedidas, husmeé como un detective, sobre la mujer que regentaba el quiosco de la esquina. No saqué conclusiones útiles. Casi nadie podía decirme nada. Todo lo que supe, lo conocí en poco menos de una semana, nada más comenzar mis pesquisas. Después no adiviné nada, salvo lo que mi intuición y observación cotidiana me fueron desvelando, con el margen de duda, error y misterio que conlleva semejante método de investigación. Mis datos ocupaban una breve nota a pie de página: África, insaciable lectora de libros, no vivía en esta parte de la ciudad y, cuando llegué al barrio, llevaba cuatro años al frente del pequeño tenderete, tras la jubilación de su anterior propietario.
Ni siquiera al trabar una relación más fluida con mi vecino del sexto (precisamente por coincidir en el quiosco), descubrí nada. Ni a él ni al resto de personas con las que en alguna ocasión comentaba la cuestión, siempre como de puntillas, les llamó la atención su presencia. Simplemente era La Quiosquera. El muro interpuesto entre ella y el mundo –o esa zona del mundo que ocupaba mañana y tarde, con receso al mediodía-, había funcionado espléndidamente. Nadie había sentido curiosidad en preguntar o indagar. Como comprobé pronto, la mayoría de la clientela asidua no sabía su nombre. Para ellos era La Quiosquera, y su tarea se confundía con su persona, hasta hacerse mayúscula en la mente. Conmigo hubiese sucedido igual de no haber mediado una revelación trascendente.
Tengo una manía que no sé vencer –quizá porque no quiera hacerlo-, y que un día me traerá algún disgusto: soy un incurable mirón de libros. Al pasar frente a una librería, siempre me detengo; si hace un tiempo atroz, mi pasatiempo favorito es deambular entre los estantes de la biblioteca pública; cuando veo a alguien con un libro en la mano, intento descubrir qué lee. Repito, sospecho que me causará problemas, pues no todo el mundo entiende este afán y más de uno(a) confunden la dirección de mi mirada o interpretan que semejante gesto es intromisión intolerable en su intimidad.
Con África, el asunto se tornó obsesión, pues dejaba el libro con su tapa sobre el estrechísimo mostrador del puesto, con lo que el título quedaba oculto, lo que, por otra parte, era un gesto perfectamente natural. Creo que aún así, intentaba descifrarlo fijándome en las letras de la contratapa que, además, estaban bocabajo para mis ojos. Supongo que ella se percataría del detalle, pues al mirón siempre se le descubre.
Aunque nunca me había dado oportunidad de saber qué libros leía, pronto descubrí que se trataba de poemarios. Alguna vez distinguí la foto del autor, en otras ocasiones su nombre se formó con suficiente precisión en mi mente –a pesar de leerlo al revés-, la poca grosura de la mayoría de sus libros, la conocidísima edición de la editorial con mayor tirada de libros de poemas… En fin, que leyera poesía fue la verdadera razón de esta obsesión por entablar amistad (o lo que fuera) con África.
Aún así el muro frondoso que había sembrado entre su mirada y el mundo era de tal densidad –por más que fuera invisible- que se hacía imposible trabar una conversación más allá de lo estrictamente comercial. Más de una vez he subido a casa revistas, periódicos, libros, e incluso otras bagatelas, que han ido a la basura del mismo modo que llegaron, pues sólo los compraba por estar unos minutos más a su lado, por ver si en alguna ocasión éramos capaces de decir tres o cuatro palabras, aunque fuese sobre el tiempo, por ver si descubría el color del plumaje de alguno de esos indefensos pájaros…Inútil…
Hasta aquella tarde, cuando descubrí mi poemario en sus manos y mi corazón se desbocó, como el de un adolescente primerizo en estas lides. Por suerte la edición no llevaba mi fotografía, con lo que es imposible que supiera que su autor era el mismo que cada día le compraba el periódico, a veces el tabaco o caramelos mentolados. Si hubiera sido así, quizá no hubiera llevado nunca el libro hasta el quiosco. Aquella tarde, al fin, encontré el modo de abrirme paso a través de su espesura y descubrirle el secreto de la mayoría de mis poemas… “¿Quieres que te lo dedique?”, musité. Y el muro vegetal se convirtió en paseo de alameda, el sol decidió que eran las del alba y volaron hacia mis latidos los pájaros de su mirada, menos indefensos desde entonces.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

2 de noviembre

Cuando se ha abierto el día,
como un mantel bordado en plomo y lágrima,
he pensado en romper este retrato
que me sube al andamio del reloj…
No hay tiempo que perder
en maquillar la herrumbre de mi entraña…
Quemaré mi disfraz,
me montaré en el vértigo del péndulo,
procuraré ser rostro y no retrato,
afirmación directa, sin astillas
que vomiten la sangre de otros dedos…
Cuando se ha abierto el día,
como un mantel bordado en luz de llanto,
he pensado en mi río hacia la mar
donde seré pavesas, no esta lava.
No hay tiempo que perder
arrastrando más peso y más cansancio…
Me olvidaré de Sísifo y su piedra,
sólo buscaré el pan que me alimente,
arroparé mi escarcha con tus labios,
y me refugiaré en algunos versos,
hasta saberme un vuelo de cenizas.

sábado, 29 de octubre de 2011

¿Cómo ser trino y pájaro en tus ojos?



Cuando tanto huracán muerde tu sien
y hace sangrar el miedo en tu mirada,
cuando la tempestad funde tu playa
y hace olvidar la risa en los relojes,
cuando tus ojos siembran tantas llagas
y hacen crecer el hielo en la memoria,
cuando tus labios riegan tantas tumbas
y hacen brotar infierno entre la hierba,
cuando tus manos lloran tantos ángeles
y hacen gemir al musgo entre las nubes…

¿Cómo puedo ser borde de tu lágrima,
cómo puedo ser lluvia de tu aliento,
cómo puedo ser brida de tu angustia
cómo puedo ser agua en tu desierto,
cómo puedo ser cepo de esa fiera?



¿Cómo ser la sandalia de tus surcos…
cómo ser el perfil de tus pisadas...,
cómo ser el contorno de tu estrella...
cómo ser el latido de tus besos...
cómo ser trino y pájaro en tus ojos...?

miércoles, 26 de octubre de 2011

Confusión

¡Maldita la hora en que el cisne quiso ser pato! ¡Maldita la hora en que el pato quiso ser trucha! ¡Maldita la hora en que la trucha quiso ser rana! ¡Maldita la hora en que la rana quiso ser abejaruco! ¡Maldita la hora en que el abejaruco quiso ser gato! ¡Maldita la hora en que el gato quiso ser caballo! ¡Maldita la hora en que el caballo quiso ser viento! ¡Maldita la hora en que el viento quiso ser cisne! Al final no hubo ni cisne, ni pato, ni trucha, ni rana, ni abejaruco, ni gato, ni caballo, ni viento…

lunes, 24 de octubre de 2011

Estaba decretada esta derrota


No hay ninguna palabra para el desasosiego,
ni tampoco hay caricias.
Sólo siento tu ausencia:
una montaña rusa
                                     enredada en el viento
que convierte esta tarde en intestino
transformando el recuerdo
                                                     en lodo maloliente.

El otoño construye la memoria,
y la melancolía.
Sus hojas amarillas suspiran cada tarde
como un niño de fiebre y de cristal.

¿Cómo no hacer parada en el recuerdo
de otras tardes, espejos de esta tarde,
o de tantas mañanas disfrazadas de ocaso,
cuando era un gran delito soñar,
o tomar esta pluma para llorar despacio
y en silencio, silencio de mil versos
perdidos en las páginas endebles
de mis neuronas tristes?

También me he levantado
antes de que se hubieran dibujado los labios
los tejados carmín de la ciudad,
ni siquiera los pájaros
habían regresado desde la madrugada,
lejana y ominosa…

                    (Tampoco estabas hoy…
Es la cama un desierto de caricias,
un inmenso ataúd,
donde yacen los besos no nacidos,
y la sábana olvida tus fragancias).

Es difícil que el viento
                                           ordene las palabras,
aunque uno se despierte con premura
y perfume sus dientes
con aromas de bosques milenarios
intentando engañar al roedor nocturno,
y obligue a la bombilla
a resucitar versos trashumantes.

El día no ha evitado convertirse en
necrosado intestino como asfalto
ahíto de miserias y cenizas.
El día no ha evitado convertirse en
cementerio de versos moribundos,
con perfume de lágrima.

Pero no se ha rendido mi trinchera,
aunque la escaramuza era derrota,
por más que se empeñara mi sonrisa.

Antes que la ciudad se engalanara
con el mismo vestido que cuelga cada noche
para que las estrellas lo abrillanten,
he alzado mi estrategia entre las manos,
he perfilado un reto contra la nostalgia;
pero he errado mi cálculo:
tu ausencia
                        ha derrumbado los cimientos
sobre los que apoyaba mi defensa,
el puente no ha aguantado mi sonrisa,
ni ha soportado un verso de esperanza,
estaba decretada esta derrota…
                     (Tampoco estabas hoy…
Es la cama un desierto de caricias,
un inmenso ataúd,
donde yacen los besos no nacidos,
y la sábana olvida tus fragancias).

sábado, 22 de octubre de 2011

Tu ola de espuma es mi silencio







Mientras la noche esconde
una danza de estruendos y caderas insomnes,
acudo a los misterios del recuerdo,
deteniendo el tictac confuso de mis sueños.
No encuentro las piquetas necesarias
en mis pestañas secas, sin auroras,
para horadar las rocas que confiscan
aromas, tiempo y versos.
Necesito beber un vaso de tu esencia
para que se evapore el mineral
que me acecha y confunde.
Necesito sentir cada latido
de tu cuerpo sin piel,
tan libre como el aire y como el sueño,
estrechándose al eco de mis pasos
y a mis plegarias mudas,
porque tu ola de espuma es mi silencio,
caricia de mis noches.
La calle revestida de caireles
sucumbe al precipicio de la hoguera
de nieve y estraperlo.
Nada igual a tus besos,
se yergue sobre el labio de la acera,
orín de perro y pulpa de una lágrima.
A lo lejos, la marcha de los muertos
enfunda las pisadas como seda
de un gato de mil lunas.
Un pájaro nocturno arrulla el miedo
de la especie y sonríe
                                          al fresno del otoño.
Después de tantas horas,
me pesan estas páginas vacías.
Mis manos se ensortijan con tu sangre
y rozan el brocal del tiempo al que me asomo.
Temblar no es la respuesta, pero tiemblo.
Siento mi cicatriz drenando oscura,
como puerta cerrada para siempre.
¿Quién me vende algún dedo de tu esencia?
¿Quién me acariciará con sus esporas?
Necesito la piel de tu pureza,
y envolverme en su embozo y su misterio,
y encontrar el sendero que me acerque
a tu brisa, a tu playa, a tu marea,
a la verdad que aguarda
para quien peregrina hasta tu altar
y se postra desnudo en tu regazo,
porque tu ola de espuma es mi silencio,
caricia de mis noches.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El máuser

En el sótano de mi cerebro, alguna neurona arqueóloga encontró un máuser que primero se adjudicó a un fusilado. Sin embargo, a pesar de las investigaciones supervisadas por la melancolía del entresuelo, tal suposición, intuición o hipótesis no se confirmó, al no hallarse huellas ni restos –ni un poso artificial, ni un mal verso enquistado en viscosos fangales- que dieran pistas sobre el dueño del referido fusil.
Después, en dos despachos del entresuelo (oscuros, sin ventilación y sin horizontes), se ordenó una doble vía de investigación con la resolución taxativa de evitar cualquier comunicación entre ambas oficinas, ni mediante refinados gestos invisibles para un pétalo de mirto. El encargado de mandar y dirigir estos trabajos dictaminó un primer ramal que estudiara de modo pormenorizado, exhaustivo y aséptico, como si se hubiera de escribir un listín telefónico, las características, disposición anímica, actitud, aptitud y color de ojos de los usuarios de tal arma, según un método de análisis comparativo sobre los protagonistas de novelas, películas, anécdotas, noticiarios, reportajes, artículos que lo hubieran empuñado, al menos durante treinta y dos minutos y quince segundos.
-No son necesarios nombres propios… de momento –concluyó el jefe del entresuelo.
En el otro despacho, donde el invierno siempre jugaba al mus, y el funcionario trabajaba con abrigo, dispuso similar estudio, pero, en este caso, sobre este rifle: número de disparos, defectos de fábrica, procedencia, posibles objetivos, análisis de los países o viviendas o armeros o despensas donde había participado en alguna misión, conflicto o juerga.
-Para ello –dijo- podrá aplicar la técnica del carbono 14, o cualquier otro carbono –apostilló, probablemente confundido por algún pensamiento obsceno que vino a sacarle de su férrea concentración intransitiva además de intransigente. Asimismo, sugirió que se indagara la pista de alguno de los proyectiles que brotaron, como esperma asesino, desde su entraña. Esta petición fue anotada entre interrogantes por el probo funcionario. El hecho –inaudito e incomprensible dada la responsabilidad del servidor público- pasó desapercibido para el jefe de planta.
Entretanto, el máuser subió hasta el segundo piso para ser vigilado sin descanso. El encargado de tarea tan delicada, recorría un pasadizo estrecho y blanco, y taconeaba a ritmo sincopado de silva blanca, aunque, a veces, frenaba su paso según un repentino sosiego alejandrino. Después de cuatro días, dieciséis horas cuarenta y tres minutos y un puñado de segundos –entre quince y veinte-, decidió elevar una tajante protesta a su superior, puesto que no encontraba razón de ser en semejante laboreo, ya que el fusil, ensimismado en sueños pálidos, no le hacía ningún caso, ni siquiera apreciaba la cadencia de ese taconeo rítmico: un, dos, tres, cuatro, cinco, tacón, siete, ocho, nueve, diez y once (pausa); un, dos, tres, cuatro, cinco, tacón, siete, ocho, nueve, diez y once (pausa); un, dos, tres, cuatro, cinco, tacón y siete, (pausa); etcétera. Cuando el superior comprendió la raíz de la protesta, sugirió un ritmo asimétrico, sincopado y libre, para evitar que el propio equilibrio de la armonía se convirtiera en almohada donde el arma recostara su pasado. Le necesitaban menos relajado, más fuera de la honda tranquila de aquella vigilancia demasiado previsible. Le costó trabajo al vigilante, pero unas ciento treinta y tres horas y doce minutos después, el máuser ya no podía adentrarse con tanta facilidad en sus silencios. Se diría que comenzaba a respirar.
Cuando el vigilante se percató por vez primera del detalle, anduvo en círculos, y de puntillas, alrededor de aquel arma secular; no volvió a ver ese movimiento de hálito tranquilo y pensó que había sido producto de sus muchas horas de vigilancia ininterrumpida; pero cuando regresaba sobre sus pasos, retornando a su actividad de encontrar ritmos sin ritmo, volvió a percibirlo. Esta vez estaba seguro, lo había visto. Respiraba como si dentro de su frío cañón ardiese aún el deseo de acariciar una nube. Aún no hizo nada y esperó. Un buen vigilante ha de cerciorarse de los acontecimientos, antes de dar parte pormenorizado. Intuyó que gracias a su tarea aparentemente anárquica pero apasionante, la escopeta se había olvidado de su condición inanimada y había pretendido comprender algo de lo que sucedía a su alrededor. Al acercar una de sus extremidades, el artilugio se dobló, se encogió, retrocedió sobre la culata y respiró cuatro veces y media. Tras esa mitad inconclusa, pensó que había muerto, a consecuencia del pánico: un ataque de angustia. Pero no, no había pasado nada especial.
Decidió avisar a su superior que había subido a la tercera planta, donde había sido llamado para discernir sobre la posibilidad de que en el último lance del partido televisado hubiera habido penalti o, por el contrario, el delantero hubiera decidido tirarse como derribado por un disparo, sin que nadie le hubiera empujado, zancadilleado, pateado, placado ni, por supuesto, disparado, y menos con aquella vieja arma que seguía custodiada y tranquila un piso más abajo. La repetición no ofrecía dudas: no había sido penalti, pero no había habido mala fe por parte del delantero, tropezó con la singladura de un gato asustado y cayó sobre el césped. Después de alzar los brazos, el árbitro comenzó a planear sobre el estadio.
Cuando el oficial de la segunda planta ya regresaba, asomó el cabezal su subordinado. Pidió permiso con una mirada de lago tranquilo, y ambos controladores de planta decidieron prestarle atención. Al referir que el máuser respiraba, y en contra de lo que él suponía, ambos jefes de planta no apreciaron en él anomalía, ni locura transitoria, ni intento de engaño, ni siquiera lo acusaron de inventarse nada. Se levantaron de inmediato y descendieron por la barra de emergencia desde un nivel a otro.
Al llegar él, los observó como si mirara una puesta de sol demasiado breve. Allí estaban rodeando al artefacto, sin tocarle, musitándole algo entre dientes, acunándole con besos. Se acercó convertido en eco de una sombra, y escuchó, a modo de salmodia cantada a dos voces:
-¿Quién fue tu dueño? ¿Cómo has llegado hasta mí? ¿Qué pretendes? ¿Mataste a alguien mientras eras empuñado por sus manos…?
El fusil de repetición seguía quieto, mudo, tembloroso, encogido. De vez en cuando respiraba.
-Quizá no deberían asustarle –soltó en endecasílabo perfecto, sin esfuerzo-. Mejor dejar que él solo se decida. Mejor que no le empujen de este modo.
Ambos asintieron y se alejaron sin abandonar la planta.
Él siguió creando paseos en verso libre, unas veces con rimas asonantes, casi difuminadas, y otras, próximas a un versículo. De pronto todos lo oyeron:
-Tú… Nunca me fui… Que recuerdes… No lo sé, pero fueron demasiados.
En pocos minutos, el informe quedó elaborado y se evacuó a la central de datos de la cuarta planta que últimamente funcionaba muy mal. Desde allí, se ordenó el fin del resto de trabajos en las otras oficinas.
El máuser fue archivado en su correspondiente anaquel de la memoria, el de 1918, cuando mi cerebro era joven y pertenecía a un soldado alemán recién indultado de su condena a muerte, tras haber sido hecho prisionero, después de luchar varios meses en el frente francés, en la entraña de una húmeda trinchera.

lunes, 17 de octubre de 2011

Sin sonrisa

Cuando a la mañana siguiente, después de una noche de extraños sueños, y con sabor de tierra en la lengua, llegó a la oficina, ya no sonreía, aunque aún no se había dado cuenta. Sólo había percibido cierta dificultad para elevar la comisura de sus labios. Era como si dos plomadas invisibles le obligaran a apuntar el gesto hacia el centro de la tierra.
Mientras se afeitaba no prestó atención al gesto de su faz. Se tenía muy visto y el sueño aún le abrazaba, como esos pelmas que no saben beber, y con dos copas de más, únicamente sirven para colocar sus brazos por encima de hombros ajenos mientras perpetran canciones a voz en grito.
A esas horas en que uno duda si estarán puestas las calles, no tenía necesidad de sonreír a nadie, pues las paredes de su apartamento no solían responderle de ningún modo, ni siquiera con un vago gesto de desprecio.
Cuando llegó ella a la oficina, y sintió que entonces empezaba a amanecer, notó un peso extraño en las esquinas de la boca. Por más que se esforzaba era imposible que aquellas dos rayas alcanzaran la forma de una barquichuela. Ni siquiera consiguió que quedaran en posición paralela a la de su mesa.
Se asustó.
Salió precipitadamente hacia el baño. Su jefe sonrió maliciosamente, pensando en una diarrea incontrolable. Frente al espejo volvió a intentar el gesto y comprendió que no podía alzar los labios. Llegó a temer que se le produjera un desgarro en la piel. Era como si, para llegar a la posición de sonrisa, la boca tuviera que hacer un tremendo ejercicio de halterofilia.
Intentó tranquilizarse. Respiró hondo. Movió las mejillas, pero cuando ese movimiento era de subida, también era imposible. Llegó a pensar en una parálisis facial.
El miedo dio paso al pánico.
Optó por lavarse la cara, con la vaga esperanza de que el agua, o bien se llevase aquel lastre invisible, o bien acelerase la circulación sanguínea reactivando aquellos músculos anquilosados o postrados.
También fue inútil.
Al volver a su puesto de trabajo, decidió olvidarse de aquel incidente, esperando que, igual que había llegado de improviso, se marchase sin otro tipo de formalidad. Pero fue un intento vano. En realidad era lo único que tenía dentro de su cabeza. Cada poco tiempo lo intentaba, pero cada vez era más doloroso.
Ella pensó que se había enfadado. Se acercó a él discretamente, con una excusa absurda y le preguntó sin preámbulos, “¿Te he hecho algo?” Él miró alarmado aquel rostro pecoso, y no supo qué responder. Ella insistió. Él, en un supremo esfuerzo, intentó una sonrisa, pero el dolor le atravesó el gesto. Entonces ella empezó a sospechar que algo ocurría. Él decidió que era mejor confiarle el secreto. “No puedo sonreír”, musitó. Ella no entendió, pero el miedo de su mirada se atemperó. “¿Cómo que no puedes sonreír?” “Sí, que no puedo sonreír… Que lo intento, y mis labios no responden… Siento que algo de la cara se me va a desgarrar…”.
El jefe se impacientaba. “Señores, ya está bien de cháchara. Estamos trabajando, no en la hora del almuerzo”. No hizo falta más para que cada uno se enfrascase en sus respectivas tareas; pero de vez en cuando, alzaban la cabeza y se miraban. El gesto de él, cada vez se parecía más al de un condenado.
Aunque aparentaba su habitual concentración, en realidad no sabía lo que hacía. Al emitir aquellas pocas palabras se había dado cuenta que pronunciar la i y la e provocaba un pinchazo intenso de aguja en sus músculos. Comprendió que ello se debía a que los labios para dejar pasar el aire de ambas vocales, tenían que moverse hacia la postura de la sonrisa. Sin que su jefe se percatase, se dedicó a mover en silencio la boca colocándola en todas las posiciones que requiere la articulación de cada fonema.
Pensó que se volvería loco.
A este paso, no sólo es que no pudiera sonreír, sino que enmudecería, pues hablar podía ser como un tormento. No le cupo duda de que estaba padeciendo una parálisis facial progresiva, y, además, a altísima velocidad, pues a penas podía abrir la boca sin sentir un dolor agudo y penetrante. Cada vez más agudo y más penetrante. Ya no era una aguja sobre la piel, sino cientos de agujas candentes que le atravesaban, como si le cosiesen apresuradamente los labios. Fueron las peores siete horas de su vida. Aunque temió que sólo fuera el principio de una terrible agonía.
A la salida, ella se empeñó en que le acompañara a su casa. Estaba sinceramente preocupada, y sabía que no podía dejarle solo durante aquella tarde. “¿Y si después de comer nos acercamos a urgencias?”, propuso dulcemente, mientras le acariciaba el rostro.
A pesar de la preocupación que, en realidad, ya era obsesión, él sintió aquella primera caricia (tantas veces deseada) como la puerta de entrada en algún paraíso. Intentó responder, pero no pudo. Asintió como quien muestra la bandera blanca de rendición.
“Al menos”, pensó durante una fracción de segundo, “mi agonía no será una agonía solitaria. Ella estará conmigo”.
No probó bocado sólido. Sólo pudo beber con una pajita algunos zumos.
De pronto, ella empezó a esquivar mirarle al rostro. Cada vez que le hablaba dirigía la vista a cualquier lugar, cualquier parte, incluso el suelo, era mejor que su cara. Lo notó de inmediato. Entonces empezó otra lucha contra sí mismo: “¿Y si voy al baño y me miro al espejo?”
Pero aquella extraña reacción de ella era como un aviso para que se estuviera quieto y no hiciera nada. Sin saber por qué, al percatarse de esos movimientos esquivos de la mirada femenina, pensó en el movimiento de las serpientes y recordó, con terror, que durante la última madrugada había soñado que se convertía en serpiente.