viernes, 10 de diciembre de 2010

La damajuana


Imagen tomada de Internet


Desde que hizo aquella venta todo empezó a ir al revés.
A veces no hacer caso tiene sus consecuencias.

Las cosas iban mal. Muy mal. Llevaba meses temiendo por la continuidad del negocio. Cuando aquella señora cruzó el umbral de la puerta, supo que no se le podía escapar. Además de su intenso perfume, de ella brotaba la seguridad y la confianza que otorga disponer de dinero. Mucho dinero. Un dineral. Pero se encaprichó de la damajuana que su padre le dijo que no vendiera.

Cuando hacía tantos años le traspasó el negocio de antigüedades, su padre y él hablaron de muchas cosas. Hacía tiempo que, a pesar de lo que dijeran los papeles, él era quien en realidad lo dirigía. Su padre cada vez acudía menos por allí, casi como si fuera un general que pasa revista a sus tropas de modo rutinario.
—Hijo, sabes de este negocio tanto o más que yo. Nada tengo que enseñarte. Sólo te tengo que revelar un secreto. La damajuana del escaparate no puedes venderla bajo ningún concepto. Por muy mal que te vayan las cosas, mientras la damajuana continúe en su sitio y sea de tu propiedad, nada ocurrirá. Esta promesa la hice a quien me la regaló. Ya sé que no lo creerás, pero parece que tiene especiales poderes de protección. Es una vieja historia. Yo era muy joven. La vi y me gustó. No me digas por qué, pero me gustó. Su propietaria no quiso aceptar dinero. Me la regaló, pero me hizo prometerle que jamás y bajo ningún concepto me desharía de ella. Si no se lo podía garantizar, era mejor para mí que no me la llevara.

Aquella historia que le contó le sonó a cuento chino, a cuento de niños, a historia inútil. Por respeto la escuchó, pero en su fuero interno empezó a pensar que su padre chocheaba. No es que no le hiciera caso, es que no le creyó.

Pasaron los años. Y nunca nadie, hasta aquella tarde, se había fijado en tan humilde utensilio. En más de una ocasión había pensado retirarlo. Pero el vago recuerdo de la historia frenaba sus intenciones. Cuando aquella señora que olía a dinero y limón le señaló la damajuana, no daba crédito a sus oídos.
—Verá, señora —balbució sorprendido— justamente esa damajuana no puedo vendérsela.
—Vaya —comentó ella— ya la ha vendido.
Si hubiera dicho que sí, se habría acabado la discusión. Pero no fue capaz de mentir, o no tuvo los reflejos necesarios.
—No, no. Es una vieja historia familiar que rubriqué en su día con una promesa. En resumen, para que el negocio no se arruine, esa damajuana no tiene que salir de ahí. Digamos que es el único objeto de toda la tienda que no puedo vender… Quizá otra…
—¿En pleno siglo XXI aún cree en estas historias? ¿Y si le doy dos mil euros por ella?

El dos y los tres ceros empezaron a bailar en su cabeza. Dos mil euros eran muchos euros, tal y como estaban las cosas. Y la historia, efectivamente, más parecía un cuento para niños de otras épocas, cuando aún existían las hadas en los bosques. Habían pasado muchos años desde que su padre le había dado las riendas del negocio. Dos mil euros. No le podían ir peor las cosas, pensó.
Pero no sabía lo que pensaba.

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Damajuana.  (Del fr. dame-jeanne).
1. f. Recipiente de vidrio o barro cocido, de cuello corto, a veces protegido por un revestimiento, que sirve para contener líquidos.

(El desenlace de la historia, en realidad está en la historia)

11 comentarios:

Nela dijo...

Que preciosidad de relato y que pena no hubiera seguido el consejo de su padre.
Besos
nela

emejota dijo...

Ay con lo bien que me lo estaba pasando, ya me quedé en ascuas. Qué bien te sale. Un fuerte abrazo extendido.

Fiaris dijo...

Y ahí nos vas a dejar con la intriga?si es así también me gusta pues cada cual elige su conclusión, sabes te cuento hay veces que miramos algunas pelis con mi esposo y cuando va a terminar el no mira el final, entonces yo le digo pero como vas a perderte el final y que me contesta?yo me hago un final para mi,(broma claro) y pienso que bueno es una forma de ver las cosas respetable al fin no te parece,de todas formas sabe el final real porque no me aguanto y se lo cuento,cariños amigo.

Marian Raméntol dijo...

Mmmmm, imagino que continuará, espero no perdérmelo!

Mil besos
Marian

Isolda Wagner dijo...

"Desde que hizo aquella venta, todo empezó a ir al revés". Punto y final. O, ¿punto y seguido?
Veo puro simbolismo.
Besos todos, Amando.

Marina Filgueira dijo...

¿La damajuana? !Si yo conservo una! Si, revestida con unos hilos de mibre y ahora mismo llena de aguardiente dorada. Ay! madre... Dos mil €... Aunque los tiempos no están para bromas... No, no me la vendería.
hoy por hoy... ¡Mañana nolo sé! Un relato magnifico y divertido a la vez. Mis felicitaciones Escribidor.
¿Seguirá?.... Un abrazo. Ser muy felices.

Flamenco Rojo dijo...

Ay si le hiciéramos siempre caso a los padres…Ya lo dice el refrán: “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

Un abrazo.

Pd.- Yo no espero continuación. Para mí está todo dicho.

Unknown dijo...

Me has llevado a esperar que no cedieses pero hoy vale más papá dinero que madre sentimientos.
Como Flamenco, no espero la continuación... ya está dicho todo.
Un brazo.
Leo

Paloma Corrales dijo...

La primera frase podía perfectamente ser la última, en pocas líneas y de de manera sutil
abordas mucho: la falta de fe, la tentación y el "precio" que todos tenemos.

Felicidades por ese hueco tan merecido en la antología de Fernando. Lo mereces, sí.

Besazo.

María dijo...

Es curioso que un objeto tan sencillo, tengo un nombre tan sonoro, damajuana.
No creo que haga falta más explicación, ya se ha apuntado en algún comentario, la falta de fe y de respento, hacia nuestros mayores, el vil metal, que todo lo puede. Y así nos va, cómo el negocio de este pobre hombre.
Un abrazo.

neko dijo...

No sabía lo que era una damajuana, así que una cosica que aprendo.

Me gustan mucho tus relatos, y esta vez no voy a decir que me he quedado con ganas de un final mas cerrado :)

Es una lástima que solo los niños y los mayores crean en algunas cuestiones "mágicas" pero es tan dificil creer en algo que no se ve que al final la dura realidad es la que acaba ganando, y en tiempos de necesidad la magia desaparece por completp se quiera o no, da igual la edad.