lunes, 3 de mayo de 2010

Tribulaciones de un escribidor ante un relato*



Como les tenía medio prometido, si es que ustedes me lo permiten, este escribidor quiere relatarles algunos de los aspectos de la despensa y del trajín en la cocina durante el proceso de escritura de La carta.
Como ya insinué en alguna respuesta a alguno de sus amables y enriquecedores comentarios que sostienen y alimentan este espacio, la mera arquitectura formal del texto nace tras la conclusión de la lectura El amor en los tiempos del cólera.
Repito, reitero, subrayo, enfatizo...: sólo su apariencia formal.
Me explicaré.
Me deslumbró la fluidez absolutamente líquida (y esta redundancia se hace imprescindible) del texto de García Márquez. Entraba en la historia hechizado por ese vaivén tranquilo del oleaje sereno del océano sobre las arenas de la playa en un día apacible de estío y sol. Cada párrafo (y esa es la estructura fundamental de la novela del colombiano, a mi modo de ver) es una ola que llegaba a mi entendimiento y dejaba su humedad sobre él, como si yo anduviera por el litoral. Y cada ola entraba, salía, volvía a entrar, cuando otra había salido... No había posible confusión en el texto del Nóbel entre el pasado y el presente, por más que la única separación entre uno y otro fuera un punto y aparte. Y menos posibilidad de error con los personajes, con los tres fundamentales de la historia.
Se le figuró a este escribidor toda la historia, como un solo mar, como una unidad indivisible que sólo al llegar a la orilla parecía individualizarse o fragmentarse en una ola y otra y otra y otra y...
Hechizado, repito, por semejante mecer, decidí escribir un relato que no iba a ser muy largo (hablo de la primera intención), en el que intentaría construir una historia sencilla procurando un vaivén que se asemejara, aunque fuera de lejos, procurando, digo, que ese vaivén de tiempos (pasado y presente) tuviera una única estructura separadora o aclaratoria para el lector: el párrafo, esa minúscula señal llamada punto.
Se me presentó en la imaginación (y ahí está la primera frase de la narración que lo atestigua) una carta, casi olvidada sobre una mesa de metacrilato en el salón de la casa de un hombre cuya vida personal era un profundo silencio originado por un pasado, por un instante de un pasado, para ser precisos, traumático, y que, sin embargo en su vida profesional había alcanzado cierto renombre, al menos en los ámbitos de la administración de Justicia.
Tenía que haber un momento brutal en la infancia de esa persona que le había convertido en ese ser anodino y plano en lo particular. Como todo escritor que se topa con una historia y con un personaje, a este escribidor no le quedaba más remedio que zambullirse en la memoria de Luis Prieto Enciso, y una vez en su interior se encontró con la pelota, con el atropello, con la muerte del padre, con el dolor irremediable y eterno de la madre...
Con estos mimbres en exclusiva, quiero decir, desconociendo todo lo demás, publiqué la primera parte que tuvo una acogida muy calurosa por su parte. Hice un primer cálculo (por suerte mudo): además de la carta, quizá me hicieran falta unos tres o cuatro capítulos más para completar la historia. En total, pues, cinco o seis capítulos incluyendo la misiva.
A la semana siguiente escribí y publiqué la segunda entrega, y me di cuenta de inmediato de dos cosas: había errado en los cálculos, pues era imposible con el ritmo impuesto a las letras del relato, narrar los hitos más importantes de la vida de nuestro ayudante del fiscal, en tan corto espacio, porque, y esto es lo segundo que descubrí, la carta tenía que ser la explicación de toda su vida: quiero decir, de las decisiones que habría ido tomando a lo largo de la vida de Luis, de los acontecimientos más o menos trascendentes que le hubieran sucedido.
Sólo al publicar el tercer capítulo dudé. Mejor dicho, me sentí perdido: si no conocía el contenido de la carta, era imposible que pudiera adentrarme en los pensamientos de Luis Prieto durante las pocas horas 'reales' que ocupan el tiempo narrativo.
El comentario de uno de ustedes (AVATAR, nuevamente gracias), fue como un empujón que me hacía falta. Este relato había que escribirlo seguido, y primero tenía que escribir su colofón, la carta.
Y eso es lo que hice.
Aproveché un fin de semana (que es la única posibilidad más o menos real -en verdad poco real- que tengo de escribir con algo más de tiempo a mi disposición) en que mi casa se convirtió en un lugar de retiro, pues mis hijas y Marián se fueron, y escribí. Escribí como hacía mucho tiempo no escribía.
Aproveché un descuido de Luis, la tomé de la mesa, la leí... y la copié. Y era terrible, como han comprobado ustedes el viernes pasado. No era de extrañar, por tanto, que Luis durante aquella tarde de viernes en que recibe la carta de Eladio y la lee, estuviera sumido en una especie de terremoto emocional, ni que su vida hubiera sido tan anodina.
Acababa de leer algo que convertía su vida en un guiñapo, en una historia de guiñol. Tanto sufrimiento. Tanto dolor, cuando era posible que su padre fuera infiel a su madre, sin que ésta lo sospechara. ¿Se merecía la muerte del padre el duelo de una vida? ¿Se merecía que él mismo hubiera transitado por aquel complejo de culpa que le había marcado durante toda su vida? ¿Y, a la postre, qué había sido de su vida, la real, la que importa..., no sólo la profesional, por muy brillante que haya sido?

Se dice, lo dice Javier Marías (a quien este escribidor se lo escuchó en persona), que hay dos tipos de escritores: los que escriben con mapa y los que escribimos con brújula. (Creo que ahora estamos descubriendo o inventando a otro tipo, los que vamos a la aventura y casi a ciegas, pero de eso hablaré mañana o pasado mañana).
Quien escribe con mapa no sólo sabe a dónde va, sino por dónde ha de ir, porque ha seleccionado previamente la ruta, el medio de transporte, los lugares donde se hospedará. En fin todo. Como debe ser. La mayoría de los escritores lo hacen de este modo y quizá convenga que así sea. Quienes lo hacemos con brújula, sólo sabemos hacia dónde vamos, a veces ni siquiera conocemos el punto exacto del destino, sino que sabemos, más o menos, la zona en la que concluirá el periplo.
Supongo que ninguno de los dos métodos es mejor que el otro. Probablemente tenga más que ver con el modo de ser y el grado de impaciencia de cada escritor. Yo diría que quienes escribimos sólo con la brújula como orientación nos divertimos más, pero quizá somos menos eficaces y necesitamos más tiempo, que ahora se reduce bastante con el invento de estas máquinas infernales que permiten avanzar y retroceder sobre el texto sin que éste acabe semejando un campo de batalla de indios con flechas en todas las direcciones, y pequeños asteriscos o números que señalan a un lugar remoto del fajo de folios sobre el que escribimos.
En el caso de La Carta, digo, he escrito con brújula, pero conocía muy bien el punto preciso del destino, con lo que todo se ha facilitado enormemente... Se podría decir que La Carta se ha escrito con brújula y con plano de situación. Sólo era dejarse llevar por la placidez del ritmo establecido, y contemplar con tal cadencia el recorrido vital de nuestro héroe, ese camino que le había llevado a ser como una especie de iceberg desconocido para todos, excepto para nosotros... Sólo se sabía de su vida que, después de un brillante expediente académico, había llegado muy arriba en su profesión. Sin embargo, todo el mundo que ha oído hablar de él en Euritmia, sabe que es una persona muy tímida, (hasta lo enfermizo), solitaria y aburrida. Un hombre que a pesar de sus años, no es que siga soltero, sino que se le desconoce cualquier aventura amorosa. En el mejor de los casos, quizá algún euritmitense de su barrio de la infancia, aún recuerde vagamente aquel accidente que llegó a merecer un suelto en el Diario de Euritmia.
Sólo albergué otra duda durante el proceso de escritura. Cuando terminé de redactar la carta que Eladio le dirige a Luis, pensé la posibilidad de intercalarla en el cuerpo de la narración, intercalando los párrafos sobre el desarrollo de los recuerdos del protagonista, quizá como notas a pie de página...
Pero no me convenció ninguna opción. Ya no era posible por una mera cuestión formal, de estructura narrativa, de ritmo o melodía, si lo prefieren. Pienso que se habría roto el ritmo, que para mí, en este caso, era tan importante, ese son interno que creo está en este relato y que fue escrito, a pesar de que su publicación no ha sido de ese modo, para leerse de seguido, sin interrupciones, pues en verdad sólo tiene dos capítulos: todo la historia y la carta, propiamente dicha.
_________________________________________
* Aunque sea casi dos años después, este artículo se lo quiero dedicar a Félix Arranz, de Segovia, condiscípulo y amigo de este escribidor, que falleció bien joven a causa de un tumor. Siempre que me veía, me decía que uno de los libros que más le habían gustado de toda su vida era El amor en los tiempos del cólera. Hasta que no lo he leído no he comprendido sus razones. Im memoriam.

39 comentarios:

Gaspard dijo...

Querido Amando, creo que has conseguido lo que pretendías. En la forma y en el fondo. Las divagaciones de las que habla Alena no me han disgustado en absoluto. Hubiera preferido, eso sí, un final un poco menos convencional.
Un abrazo, aunque sea dos días más tarde de lo prometido,

Abuela Ciber dijo...

Escucho tus sentires, parte de ti en tus escritos.
Es hijo de ti.
Nosostros espectadores.

Cariños y buen comienzo de semana!!!

Maria Sanguesa dijo...

Buena explicación de los motivos de la génesis y del desarrollo del texto... el sueño me vence, mañana me daré otra vuelta por aquí, buenas noches. Un abrazo.

Isolda dijo...

Primero nos regalaste La Carta, hoy nos regalas la tuya, el motor, la auténtica. Creo que es un valor añadido, que bien vale la pena, escrito con el sentimiento y la prosa poética que te caracteriza. Otro relato en sí mismo, dictado del corazón.
Besos percibiendo el oleaje.

Amando Carabias María dijo...

Gaspard:
Agradezco tus palabras.
Lo que me resulta más curioso de tu comentario que uno a los de Alena y Maririu, es lo de convencioanal del final, y yo que pensaba que iba a resultar como una pequeña bomba...
Habrá que salir más de casa, está claro.
Fuerte abrazo

Amando Carabias María dijo...

Abuela Ciber:
En este texto de hoy, sí está mi corazón, porque, como suelo procurar en esta serie de TRIBULACIONES DE UN ESCRIBIDOR soy yo mismo objeto de mis críticas e ironías y análisis.
No sé si será muy correcto, pero creo que un blog es lo que tiene, da para muchas cosas.

Amando Carabias María dijo...

María Sangüesa:
Muchas gracias por tus ánimos y tus palabras. No sé si está muy bien desvelar ciertos secretos del proceso de cocción o hechura de los textos, pero me apetecía en esta ocasión desvelarlo.

Amando Carabias María dijo...

Isolda:
Muchas gracias. Escrito está por eso, porque ya que uno escribe y publica casi en directo, y muchas veces movido por vuestras impresiones y ánimos, es una forma de cerrar el círculo...
Por otra parte, como está dicho en uno de los comentarios de ayer domingo, precisamente tenía poco tiempo ayer para escribir, así que en esos casos es mejor acudir a la propia experiencia, se trabaja menos.

david dijo...

La gestación es magna en su expresión.
Pero no coincido con lo de García Márquez. Hace un tiempo lo hablé con Beatriz (urbano y humano). No me gusta, para nada, la sensiblería y la simpleza de García Márquez. Eso sí: domina el idioma.
Yo suelo leer cosas más afrancesadas e inglesas.
Respecto a Marías... me gustaría que el tal Marías pasara un día por mi blog. Que me dijera la etiqueta escritora mía.

Usted, si gusta, la puerta está abierta. Y si no, también.

Creo, y es una opinión muy personal, que se le da demasiada pomposidad a esto de escribir bien. La escritura es algo que no sirve absolutamente para nada (es como Márquez, que debe hacerse unas gayolas de escándalo al leerse el mismo). Es como el arte. Es una mierda. Pero es necesario.

La escritura es vómito sin reserva alguna. A lo Cormac McCarthy.
Es un estadio de neuro - suspensión con un papel en blanco.

Un saludo!

Mercedes dijo...

Muy sorprendida te escribo hoy este comentario, es posible que te parezca casi mentira, y digo casi porque sé que sabes que no te mentiría, ya tengo la literatura para fabular a mi antojo; como te digo, he sentido una especie de shock al leer tu entrada, porque si hay un libro que me cautivó en su momento como lo ha logrado ningún otro fue "El amor en los tiempos del cólera" de este autor a quien tanto admiro García Márquez. Además, su trama y narrativa me sedujo por los mismos motivos que a ti: la suavidad del texto, el ritmo, los entrañables personajes, el sentido templado e irónico con el que marca tanto situaciones alegres como tristes... La considero una obra maestra, de esas que jamás debieron llevar al cine, aunque este caso no ha sido uno de los atropellos más graves que la pantalla haya perpetrado contra la literatura. Leyéndote he comprendido que las buenas obras llegan siempre a espíritus sensibles y sutiles, independientemente de su procedencia.
Sobre la manera en que te planteas tu trabajo de escribidor y en concreto el que te supuso "La carta", te diré que alguien ya me lo había soplado (ya sabes quién); que me habían contado que ibas escribiendo conforme demandaba la historia y los personajes a partir de una idea inicial, y que no tenías el relato terminado cuando pusiste la primera entrega. Como sabes, hay muchos, y muy buenos, escritores que trabajan como tú, sin mapa y casi sin brújula. De cualquier manera lo importante es el resultado final, y en tu caso ha sido un éxito. Yo en cambio escribo con brújula, mapa y, si me apuras, echando miguitas por el camino por si me pierdo, cuando escribo ya conozco tanto la historia como si la hubiese vivido.
Interesante e impecable texto, como siempre.
Un abrazo, Amando.

Amando Carabias María dijo...

David:
La verdad es que tienes razón en algo muy importante, desde dentro se le da demasiada importancia al hecho artístico en general y de la escritura en particular. Y en el sentido que supongo que lo dices, no sirve para nada, efectivamente.
Pero fíjate que fuera del ámbito literario o de la escritura lo que hagas tú, o yo, o Marías, o García Márquez no le importa a casi nadie.
Muy pocos y si empezamos a decir nombres en el ámbito del castellano nos sobran dedos de las manos, es conocido por un porcentaje significativo de la población. Luego entonces, la importancia que podamos dar a nuestra tarea es la misma que le puedan dar a la suya los miembros del club de jugadores de canicas de Euritmia, afamado club que cuenta con un par de socios y un postulante.
Quizá no me haya explicado con claridad (será eso) no he pretendido hacer ningún catálago de escritores, sino de formas de afrontar el trabajo, con independencia del estilo y los resultados que se obtengan. Por ejemplo, escritores tan distintos como Luis Mateo o Almudena Grandes o Pérez Reverte (lamento no saber de autores como McCarthy), escriben habiendo preparado a conciencia todo el trabajo, conocen la historia y la mayoría de sus detalles antes de ponerse a escribirla. Hay un trabajo previo de documentación y esbozos que por sí solo (si tuviéramos acceso a ello) serían estupendos textos, y como digo nadie podrá decir que son el mismo tipo de escritor cualquiera de los tres citados.
Como sospechas y sabrás, he entrado en tu blog en más de una ocasión. Me gusta cómo escribes: directo y sin alardes, pura fibra y músculo (no sé si me explico), como bien dices,vómito de las entrañas sin concesiones...

Que el arte sea necesario es evidente, pero a no todo el mundo le gusta lo mismo, y no porque algo no nos guste quiere decir que no sea arte.

Amando Carabias María dijo...

Mercedes:
Mientras estaba escribiendo este relato, salió algo en "Maldita" que me recordó a la novela y ya entonces, al responderme, comentaste que esta novela era una de las que te había gustado.
Ahora descubrimos ambos que una de las razones es compartida y tiene que ver con su sonoridad y ritmos especiales.
Escribir como escribes tú (mapa) me es muy complicado, y creo que tendría que intentar cambiar, porque cuando conozco el territorio y sé lo que quiero, creo que los frutos son otros.
Quizá sea cuestión de impaciencia, de falta de tiempo, de no controlar los impulsos, de entender que esto que llamo escritura con brújula, en realidad es una primera versión que conviene dejar aparcada una temporada para después construir el texto definitivo.

Alena.Collar dijo...

Una se pregunta atolondrada y tontorrona:^¿porqué diablos tiene la literatura que servir para algo?...
La literatura es, y santas pascuas.
Sirve para algo un tenedor, un cepillo de dientes o una lavadora, pero ¿la literatura???...
Afortunadamente gracias sean dadas a los hados-suponiendo que esos existan- la literatura no sirve para nada.
Por eso precisamente la disfrutamos y nos divierte tanto; hacerla y leerla.
Las pomposidades hay que dejárselas a los que se "ponen a hacer Literatura" como si hicieran algo más interesante que vivir.
Por cierto; y perdón pero si no lo digo no soy yo; a veces tengo la sensación de que cuando se dice de entrada eso de que la literatura no sirve para nada, es la misma pose del que dice que sirve para algo.
A mí me importa un bledo si la literatura sirve o no para algo, mientras me divierta. Por lo menos me distraigo...
Saludines.

Amando Carabias María dijo...

Alena Collar:
¡Qué carallo, tieness razón!
Estamos imbuidos en el utilitarismo de tal manera, que algunas veces ni nos damos cuenta que quizá por no servir para nada, es por lo que se realza su valor.
De nuevo, de acuerdo.
De nuevo, gracias.
Besos

Flamenco Rojo dijo...

La literatura es un mundo fascinante que nos puede llevar por caminos increíbles…nos puede retrotraer a momentos históricos que no hemos vivido, nos puede llevar a imaginar el futuro, despertar la imaginación con historias fantástica y reales, nos puede enseñar a escribir, pensar, discernir, disentir, emocionarte, enojarte…Pero, la utilidad de la literatura siempre ha estado en entredicho. No creo que sea capaz de reproducir las palabras exactas de todo un premio Nobel como Saramago, pero en algún momento le escuché en una entrevista a la pregunta para qué sirve la literatura, contestar literalmente “que para nada”…el entrevistador insistía que porqué para nada, a lo que Saramago le invitó que recordará las obras literarias más notables, de Cervantes, Dante, Tolstoi, Dostoievski…y concluyendo que ninguna de esas obras, ni todas en conjunto, habían logrado cambiar el curso de la historia y su barbarie. Siguió Saramago aclarándole que él escribía para querer más a su mujer y a sus amigos, para ser menos cruel y envidioso, para comprender mejor a los humanos…Y ahora invitaría a nuestro escribidor que nos diga, si le apetece, porqué escribe él.

Un abrazo.

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo:
Me tiendes, amigo, un guante que soy incapaz de rechazar.
Escribo, primero porque lo necesito; segundo, porque mientras escribo me divierto; tercero, porque de alguna manera encuentro en el corazón del ser humano una variedad de matices que me ayudan a ser menos maximalista.
Si uno se asoma a sus personajes con un mínimo de coherencia y de nobleza, como ayer afirmaba maririu, descubre que no exite la maldad en estado puro, ni la bondad absoluta. Suele ocurrir que durante el proceso de escritura, vas conociendo a tus personajes, y en el proceso de conocimiento, intevitablemente, les vas cogiendo cariño y tomarles cariño, significa intentar comprender por qué razón son del modo que son. Y casi siempre, encuentras algo que les redime, algo que les explica...
Y eso, aunque parezca una tontería, sirve para aceptar a las personas de tu alrededor de otro modo, intuyes que su modo de ser (el que sea) esconde un corazón con sus lados de luz y color, y esos lados son los que me apetece explorar y compartir.
Creo que entiendo a lo que se refería Saramago.
Al final, a la postre, quizá escriba para intentar sentirme un poco menos inhumano, para conocerme, y como acaba de decirme una amiga, para conocer un poco mejor este idioma... En realidad esto es lo que me ha comentado esta amiga: Baroja decía algo así como que escribía para aprender castellano que lo escribía fatal..

fiaris alfabeta dijo...

de visita mi estimado amigo y poco a poco poniendome a ritmo de tu modo de relatar las cosas,un abrazo.

Flamenco Rojo dijo...

Gracias Amando…sospechaba por donde iba a ir tu contestación. Los que te conocemos literaria y personalmente intuimos porqué escribes pero está bien que nos lo corrobores. Decirte que escribiendo no sólo te conoces tú mismo, los habituales e incondicionales te conocemos muy bien y damos fe de tu humanidad. Es un lujo tener un escribidor como vos entre los amigos.

Un abrazo.

Isolda dijo...

Flamenco, eres grande y buen amigo y ratifico una vez más tus palabras.
Mil besos.

Paloma Corrales dijo...

Una lee en primer lugar tu entrada y como es lógico a continuación e inevitablemente los comentarios de los lectores, es entonces cuando llega el momento de plasmar lo que le sugirió el texto inicial y las ideas ideas acuden todas en tropel.

Pongamos un poco de orden.

Me ha gustado saber de la génesis de La Carta, porque el relato me encantó, y ahora al conocer que fue El amor en los tiempos del cólera, la obra que te inspiró, si cabe me gusta más.

En cuanto a tu modo de escribir me parece brillante y la ausencia de "mapa" considero que le otorga una espontaneidad que exalta la creatividad. Me explico, respeto muchísimo los modos de cada uno, pero los "mapas" creo que esclavizan.

Puede que la literatura no sirva para nada, pero para los que leemos es vital y, además yo podría asegurar que los libros conforman mi vida, no sería sin ellos, o sería otra.

Hoy leí una cita de Borges:
"Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído."

Besos, muchos.

Amando Carabias María dijo...

fiaris alfabeta:
Me encantan esas visitas, ese darse vueltas por este rincón. Es un honor y un places.
Gracias y besos

Amando Carabias María dijo...

Flamenco Rojo:
Creo que mi cara está rimando con tu 'apellido'. Ya me gustaría a mí, ya.
La verdad es que en ese sentido, el escritor (el escribidor) está un poco a merced de los lectores. De algún modo se muestra en exceso, pero no siempre. Quiero decir, que no todos los escritos no tienen por qué reflejar quién es uno o cómo es, pero al final se cuela algo de uno. Quizá en un relato como éste, menos, pero también hay algo, sí.

Amando Carabias María dijo...

Isolda:
Ahora que me estaba bajando el tono de la cara, se pone del púrpura de tu imagen.

Amando Carabias María dijo...

Paloma Corrales:
Gracias por tus reflexiones. Me animan mucho. La cita de Borges es fantástica...
Cuando se hablaba más arriba sobre la utilidad de la literatura, creo que estábamos excluyendo la cuestión personal. Quiero decir que todos estábamos de acuerdo en que en lo personal la literatura enriquece siempre. O casi siempre.
Creo, así lo he interpretado al menos, que hablábamos de una utilidad más de carácter social o algo así. Desde ese punto de vista, ni sirve, ni tiente por qué servir. Quizá de modo indirecto, si consigue hacernos más comprensivos con el resto de los humanos, sea posible decir que la literatura ha servido para algo, pero eso es llegar demasiado lejos.
Recuerdo esa entrada tuya reciente, con motivo del día del libro, en que hablabas de la importancia de las lecturas y la enlazabas con otra anterior en que referías tu proceso vital como lectora, quiero decir, tu evolución.
Allí decías una cosa interesantísima, uno lee en función de cómo se encuentre en ese momento, de algún modo las lecturas que se eligen tienen que ver con el estado de ánimo, la etapa de la vida que se transita...
Gracias por tu tiempo

catherine dijo...

Muy interesante conocer tus recetas para cocinar tus escritos. Muy interesante tu respuesta a la buena pregunta de Flamenco. El debate entre mapa y brújula lo dejo a los escritores que pasan por este rincón, la cita de Borges me encanta, creo que de manera general el arte no sirve para nada en el sentido de tener una utilidad, es algo gratuito.
Yo también escribo (aquí)para aprender castellano.... ji, ji, ji. ¿Será el comienzo de una gran carrera de escribidora?

Amando Carabias María dijo...

Catherine:
Desde luego, y lo hemos comentado más de uno en alguna ocasión, tus progresos con el castellano son indudables, seguro que la intervención de tu profesora particular ayuda en mucho, pero estoy convencido de que el interés por la lengua es tu mejor motor.
Así que nunca es tarde. Originalidad y profundidad no te faltan, amén de ironía y ternura.
No son malos ingredientes para comenzar.

urbanoyhumano dijo...

Comparto opinión con David en lo que respecta a Márquez. Lo leí en su momento, con 18 o 19 años y pienso que su escritura es idónea para esa edad.
A David no se le puede etiquetar porque es absolutamente especial y única su forma de escribir. Al menos no conozco a nadie a quien se le pueda asemejar.

Y, del relato, pues nos has dado una explicación de lo más poético.

Enhorabuena.

Amando Carabias María dijo...

urbanoyhumano:
Las etiquetas son nefastas, salvo para comprar ropa, aunque algunas veces ni para eso sirvan mucho.
Cada día las odio más. Y eso que es casi imposible huir de ellas, por más que se intente.
Es algo curioso esto de las etiquetas. El ser humano está hecho de tal manera, o nos han formado de tal modo, que necesitamos clasificar todo, ordenarlo, desordenarlo, ubicado, desubicarlo... Clasificamos por coloores, por géneros, por naciones, por alturas, por calidad (¿?), por...
Y lo malo no sólo es que clasifiquemos o etiquetemos, es que elegimos y vivimos según esas etiquetas...
Gracias por tus palabras

Alena.Collar dijo...

Aquí la heterodoxa.
Pregunta (con sonrisa incluida, así que no enfadarse):
¿Decir que a David "no se le puede etiquetar", no es ya ponerle una etiqueta?...
Besín risueño.

urbanoyhumano dijo...

Alena, jaja.
No, no es lo mismo.

Amando Carabias María dijo...

Alena.Collar:
De lo que deduzco que, aunque no se quiera, etiquetamos, que hasta por exclusión se etiqueta.
Esto es ser sibilino.

Amando Carabias María dijo...

urbanoyhumano:
Pero es igual, jeje

Alena.Collar dijo...

Juasss...
Una se sigue preguntando, que hoy ando inquieta...
A ver; pongamos un ejemplo de uno de esos Escritores con Mayúscula, de los Elegidos (oh):

Digamos Bukowsky.
No es etiquetable. Pero, si decimos eso de él no estamos ya calificándole?...

A eso me refería. Quiero decir- ya sabéis que me gusta jugar con las palabras: cuando calificamos a alguien de no clasificable, no etiquetable, ya estamos otorgándole una categoría: Bukiwsky entra dentro de la categoría de "no clasificable", luego ya lo hacemos reconocible, lo listamos por así decir, dentro de un núcleo de escritores que se "distinguen" por no poder ser categorizados.
Y a lo que voy es a eso precisamente, a la necesidad de olvidar las categorías hasta para lo no categorizable. Porque siguiendo con el ejemplo, ¿qué es "no etiquetable"?...que se sale de los presupuestos básicos admitidos en general para dar una etiqueta; bien, y ¿esos presupuestos cuales son, porqué -al decir que algo no cumple esos presupuestos- ya los admitimos o damos por hecho?...
Me da muchas veces la sensación de que damos mucho más valor a las "contra categorías" de la literatura, que a los escritos en sí mismos. Pregunta al canto: ¿si algo no es etiquetable literariamente, es necesariamente bueno con producto literario?...

Y al revés; una literatura como por ejemplo el realismo social español, que anda en danza cada dos por tres con revisiones, recontra revisiones y alíporis de todo calibre, vulgo Sanchez Ferlosio, y adláteres, ¿es mala literatura por ser etiquetable?...

Lo dejo ahí por si queréis contestar, con o sin etiquetas...

Amando Carabias María dijo...

Alena Collar:
O sea que estamos de acuerdo. Como he dicho en la primera respuesta: siempre etiquetamos, aunque lo hagamos por exclusión.
Lo que vengo sosteniendo es que las etiquetas sirven para lo que sirven, o sea para clasificar. Casi por pura cuestión de estadísiticas.
A mi modo de ver, y hablando de literatura, sólo hay dos etiquetas que me interesan: las buenas y las malas obras literarias. Y como es obvio, salvo algunos casos (que tampoco sé si pocos o muchos) en general es todo bastante discutible u opinable. Quiero decir que buena parte de esa clasificación está nutrida de experiencias, recuerdos y gustos personales.
El género literario al que corresponda cada una de esas obras me es bastante indiferente. Por cuestiones de tiempo, o de formación o de gustos hay géneros que no frecuento y seguro que me pierdo grandes cosas, estoy seguro, pero no me atraen nada. ¿Es mala la buena literatura de terror? Seguro que no, pero no me gusta, me produce pesadillas y no he leído nada de este género. Por tanto, si tuviera que hacer mi propio listado no habría en él ninguna novela de terror, es decir, mi lista estaría coja...
Más aún, ni siquiera el que un autor figure con una novela en ese supuesto listado garantiza que todo lo que haya escrito forme parte de mis preferencias.
Conclusión, las etiquetas me interesan sólo para entendernos, como una herramienta más del lenguaje que permita la comunicación, y aún así, a veces lo que hacemos es reducir a un estereotipo la complejidad de una obra.
El Quijote, por decir algo que tantas veces se ha dicho, nació como una novela de caballería. O sea, se etiquetó en su día como una novela de caballería. Una de tantas como entonces había, una que nació precisamente para eliminar las anteriores que según el propio Cervantes tanto daño hacían.
¿Alguien sostendría hoy que el Quijote es una novela de caballerías, o sólo de caballería?

Que conste que cuando hablaba en mi texto de dos tipos de escritores sólo hablaba en función del modo elegido para afrontar la escritura de una narración. Nada más. Sí, ya sé que eso es otro modo de clasificar, pero no establecía (ni establezco) ponderaciones respecto de lo que es mejor.

Alena.Collar dijo...

Os dejo un articulo donde Paul Auster habla-entre otras cosas- sobre la "función" de la literatura:

http://www.abc.es/20100505/cultura-cultura/paul-auster-estados-unidos-201005050841.html

(Abstenerse ¡claro,claro!- todos los que opinen que ABC no puede traer nunca nada interesante, por diox, qué blasfemia...)

Amando Carabias María dijo...

De parte de Alena Collar, por si alguien prefiere leerlo aquí mismo.

Amando Carabias María dijo...

Alena Collar:
Muchas gracias de nuevo por el artículo. Eres como una antena atenta a todo lo que ocurre.
El artículo no sé si refleja o no lo esencial de lo dicho por Auster o Grossman, pero desde luego lo que cuenta es interesantísimo, y viene a redundar de algún modo sobre todo lo que se viene hablando.
Me gusta saber que Paul Auster también es de los de la brújula o incluso peor aún, pues aunque tenga planteado grosso modo el desarrollo de la historía, según su propio testimonio, ésta varía más de una vez.
Y algo sobre lo que no se ha hablado mucho, pero que a mí me parece capital: la importancia de los personajes. Aunque sea simplificador y exagerado, como cualquier simplificación, el relato son sus protagonistas.
Un beso.

Marina Fligueira dijo...

Con brújula ó sin ella: Es un placer leerte. Un hermoso broche de oro, para el final de una fantástica novela. Eres un escribidor genial. Otro beso. Y no te olvides de ser feliz.

Amando Carabias María dijo...

Marina Fligueira:
Jo, que vergüenza, pero muchas gracias, sólo faltaba. Es un placer contarte entre mis seguidores.
Procuro siempre que puedo seguir tu consejo que es muy sabio y muy saludable.