miércoles, 11 de marzo de 2009

OCHO MUJERES

Cartel y dos imágenes de la película
premiada con el Oso de Plata en la Berlinade de 2002
al conjunto de las actrices por su contribución artística


Al atardecer del lunes, Marián y yo subimos al cine. Era la primera película de la sexta edición del ciclo “Mujer creadora” que organiza el Ayuntamiento de Segovia.
Lo primero que diré es que el ambiente era magnífico. La sala Arte 7 donde se proyectaba presentaba un magnífico aspecto, como siempre sucede con este tipo de iniciativas tanto públicas como privadas.
Nos esperaba Ocho mujeres una cinta francesa que me sonó a tiempos viejos, a adaptación fílmica de una obra de teatro de un texto de Agatha Cristhie. En realidad éste era el formato en que se presentaba la historia, pero bajo este recipiente lo que había era un relato que ahondaba en los múltiples modos en que se manifiesta la ambición y el amor humano, o femenino en este caso, puesto que ante los ojos del espectador, salvo la espalda y la nuca del muerto, no hubo hombres, aunque nunca dejaron de estar presentes.
Desde el inicio, desde los títulos de crédito, se sabe que entramos en una cierta visión del universo femenino. A medida que aparecen los nombres de las personas que intervienen en este trabajo: actrices, directora, guionista, peluqueras y maquilladores, técnicos de iluminación y sonido, etcétera, contemplamos primeros planos de distintas flores, unas más reconocibles que otras, unas más sencillas que otras, unas más exóticas (y probablemente peligrosas) que otras, y algunas de colores casi desvaídos, y uno intuye, con acierto, que quizá sea a lo que nos enfrentemos en cuanto que comiencen las imágenes.
Si es difícil hablar de una película sin destripar su argumento, para que los posibles espectadores que no la hayan visto no sientan cercenada su curiosidad, en una de las llamadas policíacas, tal cuestión sería imperdonable.
Sin embargo, el verdadero objetivo de la película no es tanto demostrar quién es la asesina, sino que cualquiera de las ocho mujeres pudo serlo, porque todas ellas tenían sus propias razones para convertir en cadáver al que era marido, padre, amante, hermano, cuñado, yerno y señor de la casa. Pues éstas son las protagonistas una esposa que no le ama, dos hijas tan distintas que no parecen hermanas, una hermana repudiada en público, una cuñada histérica con aires de institutriz insatisfecha, una suegra alcohólica, una cocinera entrañable y una doncella que no puede, ni quiere, ocultar que es el juguetito del señor.
Con estos mimbres se construye un edificio de dos plantas. En la primera, la que se enseña a las visitas comprometedoras, se ve el desarrollo de una investigación poco convincente para un público ya acostumbrado a los distintos CSI que el mundo pueblan, a las investigaciones de intrépidos policías, a los montajes complicados, a las intrincadas almas de los más perversos asesinos en serie. Es como si hubiéramos entrado en el pasado. Y el vestuario y maquillaje y música y peluquería de las actrices confirman desde el primer segundo nuestras sospechas. Estamos en los años sesenta, por tanto que nadie busque más avance técnico en la investigación criminológica que el estudio de las huellas dactilares.
La verdadera historia, es decir la radiografía de las almas de estas mujeres, se desarrolla en una especie de garaje al que somos admitidos un poco a regañadientes los que hemos entrado en la sala. Poco a poco, casi a trompicones, conocemos las distintas historias que conformarán una urdimbre complicada y algunas veces poco creíble. Esto es lo que dice el programa oficial sobre el asunto:
Una larga jornada de investigación, jalonada de discusiones, traiciones y revelaciones, en la que no tardará en saberse que cada una de ellas tiene sus razones y guarda secretos insospechados. La verdad estallará, cruel y trágica, y acabará con las máscaras y las mentiras.
Si hablar del argumento de una película o novela detectivesca es eliminar un posible lector o espectador, desentrañar las peripecias vitales de estas mujeres supone destrozar la película.
Cuando se acaba la proyección, uno se levanta del asiento con la idea de que la película no es tanto, aunque ha servido para distraerse y contemplar sobre el mismo escenario a actrices que han intentado demostrarnos que los sentimientos femeninos son muy complejos y distintos en cada caso, como son complejas y distintas las flores, como es compleja y distinta cada vida.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Dime: ocho ¿no son muchas?

Amando Carabias María dijo...

Una más que siete y una menos que nueve