miércoles, 4 de marzo de 2009

HACHEDOSÓ

Cada día era la misma monotonía anodina que terminaría por aplastarle contra la vida como si fuera un minúsculo y despreciable insecto, tan despreciable que ni siquiera tiene nombre atribuido...
* * *
En cualquier lugar alejado de aquel desierto inhóspito, el despertador suena a la misma hora y su sonido, no estridente, aunque agudo y constante, acciona la puesta en marcha del mecanismo llamado vida. Un mecanismo en el que nunca se piensa, dado que, simplemente, sucede, nada más. En apariencia, es algo tan elemental como que el cerebro dé la orden a los músculos de los párpados: despéguense del globo ocular. De tal orden cerebral no somos conscientes; si acaso empezamos a serlo cuando la luz penetra a través de las retinas, desvelado el trozo de piel que les protegía. Pero esa apariencia no se responde a la realidad. La realidad es que el primer sentido que envía estímulos al cerebro es el oído. El oído pone en contacto dos mundos que sólo nuestro frágil cuerpo separa o une, según se mire: el planeta tierra (o la parte de él que habitamos) y nuestro cerebro. El resto, en el fondo, son terminales periféricos creados para que nuestra mente procese toda la información. Visto de este modo, despertarse, por el medio que sea, y contactar con el mundo, es la acción más importante de nuestra vida, pues nos enchufa al gran dispositivo del que formamos parte.
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Sin embargo, cada amanecer, junto al desierto, no había sonidos de despertadores, sino una sucesión ininterrumpida de jaculatorias ateas en varios idiomas, fundamentalmente en español, lengua ésta especialmente dúctil y entrenada para la grosería, el insulto, la blasfemia o la queja; eso sí, y este detalle conviene resaltarlo: no sólo se trataba de groserías, insultos, blasfemias, quejas emitidas con el acento plano y lleno de aristas del castellano de la Península Ibérica, sino que eran fácilmente distinguibles otros acentos más dulces, envolventes y sinuosos de los otros países latinoamericanos.
Pero a él no se le oía quejarse, desde hacía unos días. Sólo se le veía cabizbajo, dizque apenado y como sin ganas de nada. O de muy poco.
El Cojo Hermida, un chicano fuerte como un buey, aunque tan bajo como un niño de doce años, fue el primero en advertirlo, y se lo contó a Comehuevos de Osuna, un sevillano famoso porque ingirió, de una sentada y con la sola ayuda de un par de litros de fría cerveza tres docenas de huevos cocidos, a imitación de la famosa escena de la película del gringo chingado de ojos azules que había hecho furor entre la población carcelaria de Caracas. Comehuevos, dijo el Cojo Hermida, Hachedosó nos va a dejar muy pronto.
Comehuevos le miró con un mirar torvo, incrédulo y se rió como quien se ha tragado una buena porción de mariposas azules. Por la respuesta, El Cojo Hermida supo que no le había entendido, Ése, Cojo, no tiene entrañas bastantes para salir de esta perra prisión, te lo digo yo. El Cojo se sonrío, como un buey a la hora de la siesta, No, dijo, No se va a largar de aquí; bueno, se va a ir de otra manera, se va pa' siempre, no sé si me entiendes, con las patas pa'lante.
Comehuevos dejó de reírse y miró más despacio a Hachedosó, al que alguien le puso ese alias desde que era un mero pibe en la escuela de primaria, porque un maestro o una maestra, la leyenda no era muy precisa, preguntó a los niños que qué era el agua y Andrés, que así se llamaba en realidad, contestó, Hache dos, o. Tres palabras de las que desconocía su total significado y que quizá hubiera escuchado a su hermano mayor; desde aquel memorable día, se quedó con el mote, Hachedosó, y hasta él mismo, en muchas ocasiones, cuando le llamaban Andrés era incapaz de responder, no se sentía aludido; sin embargo el sevillano no observó nada extraño en el comportamiento de Hachedosó, tanto que se olvidó del asunto, después de espetar al chicano, Cojo, tienes más fantasía que una película de extraterrestres.
El Cojo Hermida, a distancia, siguió sus movimientos. Notó de inmediato que Hachedosó no saludaba a quienes se cruzaban con él, ni se dirigió a sus habituales actividades. Se quedó apoyado en una esquina del patio, la más sombría, la mirada extraviada en un punto indeterminado del infinito azul del cielo, como si los ojos de Comehuevos hubieran crecido mucho, mucho… Y El Cojo Hermida, aunque tuviera fama de brutote y de escasas entendederas, intuyó que Hachedosó había decidido dejar de mirar el cielo desde ese patio. Y no supo cómo lo haría, pero adivinó que nadie, aunque hubiera estado advertido por el mismísimo Jesucristo, habría podido evitarlo, tal y como se demostró a la mañana siguiente.

4 comentarios:

S.C. dijo...

"Visto de este modo, despertarse, por el medio que sea, y contactar con el mundo, es la acción más importante de nuestra vida, pues nos enchufa al gran dispositivo del que formamos parte".

Hay días que mejor sería quedarse dormido, pero bueno, jajajjajaj. Seguro que eso mismo pensaba Hachedosó.

Amando Carabias dijo...

Hachedosó se me quedó a medias, iba a ser más, pero no sé, los gritos del amanecer en aquella prisión me impidieron escuchar sus pensamientos. Se me desconectó un poco pronto.
Quizá cualquier día El Cojo Hermida o Comehuevos o cualquier otro colega me escriba alguna cosa sobre él y luego os la transmita.

Anónimo dijo...

Ya tiene fondo y escenario. Sólo me queda ponerles cara, que tienen mucho poderío.
(La referencia al más grande entre los grandes, al más guapo entre los guapos, acertadísima; una escena maravillosa la que citas).

Amando Carabias dijo...

S.V.-B: Muchas gracias por tus comentarios. Con tus palabras, me obligas a tener las orejas bien atentas para ver si me llegan más noticias de este caso, tal y como he comentado a S.C.
Que no se me entienda mal: pero entiendo lo que dices sobre Paul Newman, y sobre todo con una camiseta blanca y marcando pectorales.