martes, 24 de marzo de 2009

EL CHARCUTERO.

Nadie lo supo hasta aquella mañana fría de un otoño que comenzó demasiado temprano, incluso para la ciudad de la Meseta, dormida en los recuerdos de los siglos, cual Blancanieves cansada…
El charcutero de la esquina, sí, hombre, aquel joven de voz tonante que se pasaba la mañana diciendo gentilezas a las mujeres que paraban ante el mostrador del establecimiento, el que tomaba un carajillo cada tarde en el bar de Braulio, justo a las cuatro y veinte…
Había sido la gran noticia de la mañana. Un charco como de zumo helado de frambuesas, reseco, era el único rastro después de que la ambulancia y el coche del juez se hubieran ido camino del tanatorio. El forense ya esperaba en la sala de autopsias.
Ya caigo, ya…
No fue muy creíble la revelación. El humo de los puros de la tarde ascendía, azulino, como para capturar el estridor de la loza de los cafés. En la angostura del bar, caían revelaciones como palomas salidas de una chistera de prestidigitador.
Era poeta.
No fastidies.
Pero de sus versos escritos con tinta azul, nadie supo dar razón precisa. Acaso el secretario del juzgado, al sustanciar el expediente, echó un vistazo superficial, como de hastío, a aquellas líneas que no terminaban nunca de ajustarse al margen derecho de la página. Alguna incluso, estaba muy lejos, como si hubiera sido sólo un escalofrío olvidado.
Había una incongruencia inextricable en aquella noticia, sus manos acostumbradas a trastear entre los entresijos de los animales, no parecían las más indicadas para dibujar palabras que soñaran nuevos mundos o viejas lágrimas.
¿El del carajillo a las cuatro y veinte de la tarde?
El mismo.
El humo opalino, esa niebla densa y cálida y asfixiante, quedó más suspenso de lo habitual, como si un muro invisible sujetase su idea de huir. Unas cuantas miradas algo cansadas y miopes se estrellaron en el taburete que ocupaba habitualmente. Vacío, como si aún le esperasen.
Se tiró desde la azotea.
El frío de la ciudad se llevó la historia detrás de un tapial de convento, donde las tórtolas se arrullaban sin comprender muy bien qué significaba aquella nueva brisa que lloraba junto a ellas…La digestión de unas manillas de cordero, pareció gimotear en algún estómago demasiado melancólico, a pesar de las apariencias…

4 comentarios:

S.C. dijo...

Si es que los poetas tenéis la cabeza muy mal, jajajjajajaj

Amando Carabias María dijo...

Más que la cabeza el corazón.

chus dijo...

este relato pertenece a cuentos de euritmia 2?

Amando Carabias María dijo...

Chus, me gustaría decir que sí, porque eso significaría que trabajo, pero creo que no, aunque lo mismo me has dado una idea, así que lo dejaré en que no lo sé.