domingo, 8 de febrero de 2009

EL PAN DE LA INFANCIA

La palabra de cada día. 2008. Zaguán de estrellas. Septiembre
Vuelven los ojos del escribidor a una escena de su niñez que se repetía tantas veces que forma parte de su venero, aunque no lo parezca…
Caía un pedazo de pan al suelo, por accidente, y antes de que volviera a la mesa, los labios de quien lo alzaba depositaban un delicado beso sobre su corteza…

El pan...

El pan no lo partía cualquiera, sino que era el padre o la madre quien lo hacía, porque de su trabajo abnegado habían salido las monedas que habían permitido que el alimento aterrizase en el hogar... Tampoco se podía poner el pan sobre la mesa de cualquier modo, nunca podía estar boca bajo, porque la hogaza o la barra o la viena o la fabiola tenían arriba y abajo, y ponerla al revés era una falta de respeto.
Pero lo más importante: antes de comer se bendecía la comida. Era una oración sencilla que le enseñaron al escribidor desde bien pequeño y, desde que la aprendió, era el encargado de dirigirla…
Fue su tía, la hermana de su padre, quien le inició en dicha costumbre, durante una temporada que anduvo por su casa. De aquella estancia la memoria del escribidor no guarda recuerdos. Ningún recuerdo. Quedan, sin embargo, las sensaciones, que se convirtieron en indelebles huellas que permanecen desde entonces, erosiones en su corazón que formaron parte de su geografía: cálidos valles hermosos donde los tibios rayos del cariño aún calientan los recuerdos. Por lo que sabe o recuerda que le dijeron, la hermana de su padre anduvo por la casa para echar una mano a su madre, después de cierto percance médico. Por unas fotos de un viaje a Ávila (una salida brumosa y fría a la ciudad amurallada), sabe el escribidor que era muy niño. Su tía que andaba ya de novia con quien es hoy su marido, pero lo tenía por Francia ganando el pan que en España no se le podía pagar (también existieron esos tiempos en que el alimento había que buscarlo más allá de nuestras fronteras), era la alegría perpetua, la risa como elemento sustancial de la conversación, de la mirada, de la respiración, de la vida. Ella transmitió a los sobrinos la tradición heredada de la abuela y el escribidor hasta hace muy poco no dejó de practicarla casi ni un solo día del año.
El final de la corta oración decía: ‘Que el Señor nos haga partícipes de su mesa celestial y nos guarde para la vida eterna’, y el resto respondía, ‘Así sea’. Sólo después de tal contestación se comenzaba a comer. Y desde ese momento, por muy rutinarias y rápidas que hubiesen sido las palabras, por mucho que se hubieran tornado con los años una costumbre casi vacía, la comida puesta sobre la mesa de la cocina, no sólo era el alimento que sosegaba el estómago y nutría cada célula de la familia, sino algo mucho más trascendente. De algún modo, aquellas palabras subrayaban o mostraban o enaltecían el aspecto más inmaterial, pero acaso más nutritivo, pues alimentaban el alma. La comida era más que el mero acto fisiológico de oler, saborear, masticar y deglutir unos sencillos alimentos maravillosamente cocinados.
Por todo ese conglomerado de cosas, la comida para el escribidor es algo sagrado, un regalo de la misma divinidad y no se puede jugar con ella o despreciarla, menos aún tirarla.
Mueve el escribidor su cabeza con cierto desaliento… Hoy las cosas no se parecen en nada. La comida, como casi todo, ha perdido cualquier sentido trascendente. A su alrededor ve cómo se tiran y desprecian muchos alimentos. ¡Cuántas mañanas, al arrojar la basura en el contenedor, contempla, arracimadas, cinco o seis barras de pan que probablemente se les hayan quedado duras a los gitanos! En muchas ocasiones, por cualquier calle de la ciudad, principalmente cerca de centros escolares, contempla cómo yacen bocadillos casi completos o piezas de fruta apenas mordisqueadas… Y aunque no quiera serdemagógico, al pensamiento del escribidor siempre le llega la misma imagen de hambrientos niños africanos que lloran desesperados mientras sus madres (tan consumidas como ellos mismos) miran al infinito con la profunda impotencia anclada en el corazón...

8 comentarios:

alena collar dijo...

Ya ves, yo, que no soy creyente, no olvidaré nunca que mi abuela materna me enseñó a rezar. Y en la mesa también ella bendecía los alimentos que íbamos a tomar.
Y todos, creyentes y no, la seguíamos; era un corazón noble y generoso que nos enseñó cosas tan sencillas como que era bueno ser buenos...

javier dijo...

Amando, me gustan las incursiones que haces en tu niñez, en aquellos años recibimos tantas y tan buenas enseñanzas de nuestros mayores, pero hoy es triste, al menos para mí, salir a la calle y comprobar que hemos perdido todos aquellos valores, y que se ha dado la vuelta a la tortilla, entonces eran cuatro los que no los respetaban y eran despreciados por el resto y hoy son únicamente cuatro los que los respetan y parecen ser ellos los raros y despreciados; ¿en qué hemos fallado? ¿es posible que estemos saciados? ¿conseguimos cualquier cosa sin esfuerzo y a bajo coste? ¿no sabemos valorar nuestros logros?.
Acudimos a llamamientos de manifestaciones en contra de la guerra y a favor de la Paz, en contra del maltrato a la mujer, para la liberación del secuestrado, en contra del terrorismo,...,etc, todo esto maravilloso y hasta aquí como tiene y debe ser, pero, ¿qué ocurre, somos creyentes de esos valores de boquilla y no practicantes, o quizás no los aprendimos bien, o es que no los hemos sabido enseñar?.

Ferran Gallego dijo...

Amando, entro por primer vez en tu blog. Lo desconocía.

Podría haber empezado por el post anterior. Es penoso que en Barcelona no haya muchas iniciativas de este estilo (lecturas poéticas verdaderamente libres y espontáneas, como las que hicieron en La Clandestina Alena y Mariano). En Madrid y en otros lugares hay iniciativas como éstas y se establecen complicidades que, no sé por qué maldito motivo, no aparecen en Barcelona. Aquí parece juntarse la inmensidad de una ciudad ( y lo de la inmensidad es una forma de referirse a algo que no podemos controlar los habitantes) con la inexistencia de lo que la cantidad de personas que vive aquí debería asegurar y que, por el contrario, desalienta. Sólo cosas organizadas desde arriba, en parajes de otro tipo de control, que es el de la cultura subvencionada...En fin, sana envidia solamente. Y el recuerdo de cómo era posible establecer cauces de relación en sitios tan pequeños como el Jerez de mi "servicio" (aj) militar de 1977, cuando en torno a un ser excepcional como Alfonso Sánchez uno se dedicaba a leer, a poder hablar con poetas del grupo Cántico, gente de la revista Atlántico y jóvenes que entonces empezaban, como Benítez Reyes. Alfonso dejaba hablar, lo cual es siempre un signo claro de inteligencia y se empeñaba en dar importancia a todo lo que hacían y eran los demás. Pensaba demasiado poco en sí mismo: lo bastante poco para que un infarto lo dejara tendido en Barajas, a los cincuenta, cuando se negó a "liberarse" sindicalmente y siguió trabajando en el banco mientras se ocupaba de mil asuntos sindicales. Llegó a ser finalista de Hiperión, él que nunca daba crédito a su poesía y sólo quería que le leyéramos lo que hacíamos los demás. Bueno, ya podéis imaginar lo que nos perdimos con él. Y lo que me perdí en el regreso a una ciudad donde, salvo algunas cuestiones de cultura localista (que no local), importa un bledo lo que sea cultura (por Dios, si aquí se traduce al catalán a Machado...!).

Bueno, pues además de lamentar no haber podido asistir a dos eventos consecutivos en La Clandestina, quisiera decirte, Amando, que los recuerdos de las comidas familiares deben ser algo de generación...No sé si esas comidas han desaparecido con tantas otras cosas y, con ellas, ha desaparecido el olor a pan. Y la sana costumbre de, cuando nos enviaban a comprarlo, comernos lo que en catalán se llama el "costró". Luego, en mi casa llegó el televisor y se acabaron las conversaciones de sobremesa, la única hora en la que estábamos todos juntos cuando el colegio tenía horarios infernales. Mi padre estaba obsesionado con el aparatito, era lo primero que ponía en marcha al llegar a casa y, claro, no podía hablarse para no dejar de oír a los siniestros bustos parlantes de aquellos años. Luego, cuando ya estaba en la universidad, las noticias se convertían en una trifulca casera de mucho cuidado, con mi padre defendiendo todo lo que se hacía desde el gobierno de Franco y acabando la conversación con un pueñatazo (si había suerte, en la mesa, si no...).

Hermoso blog, Amando. Un abrazo

S.V.-B. dijo...

Me alegro de la incorporación de Ferrán Gallego a los comentarios del Blog de Amando. Felicidades por tu entrada.
Hoy domingo, día de la campaña de Manos Unidas contra el hambre en el mundo, ha sido triste ver en la colecta dominical cómo abundaban únicamente los billetes de 5 euros, cuando hace 20 años ya se daba esa misma cantidad en la colecta. Bien es verdad que cada uno da lo que puede y todo tiene su valor. Pero si aquí, en el primer mundo, ya estamos pasando por una situación difícil, ¿qué no estarán pasando todas aquellas personas que necesitan de nuestra generosidad, entendida ésta como dar de lo que no tenemos, no de lo que nos sobra?

Anónimo dijo...

Gracias por la bienvenida. Comentando lo que decías, en una ocasión una mujer de Cáritas hizo una reflexión que, por su carácter obvio, me dejó perplejo, dando muestra de la fuerza que tienen las cosas muy sencillas. Dijo que dar lo que sobre no tiene nada que ver con la solidaridad ni con la caridad: lo que es preciso es dar lo que te hace falta, aquello a lo que te cuesta renunciar. Y me avergonzó.

Ferran Gallego

Amando Carabias María dijo...

Muchas veces uno qeda sorprendido. Vengo del cine, después de un tranquilo domingo en Marián y yo nos hemos dedicado a la calma...
Y me encuentro con los viejos amigos y con nuevas incorporaciones que me dejan un poco anonadado. Y todo por un pedazo de pan... nada menos...

Alena: Efectivamente hemos recibido sabias enseñanzas, y a veces tengo la impresión de que no somos capaces de transmitirlas a los que nos siguen. Aunque lo mismo mi tía, o tu abuela, pensaban que nosotros no seríamos tierra acogedora de sus semillas y hoy las recordamos a ambas.

Javier: Podría haberte incluido a ti también en el comentario anterior. Pero a ti, además de lo de antes, te digo que efectivamente es más difícil ver la viga en nuestro ojo que la paja en el ajeno. Algunas veces un pequeño gesto como respuesta a un gran problema es lo único que está en nuestras manos, pero otras muchas veces sólo es un modo para calentarnos la conciencia...

Ferran: En primer lugar recibe mi más cordial saludo de bienvenida a este lugar que desde su humildad se congratula con tu presencia. Si permites, respecto de lo de Barcelona y Madrid no opinaré, pues desconozco el funcionamiento de ambas ciudades, más aún desconozco el de ésta que es la mía. El tiempo es un bien tan valioso que no dispongo de él. Pero me llama la atención lo que dices de Jerez, por lo que implica de apertura de espacios para todos, incluso los que empiezan. Creo que eso está muy bien.
La familia unida jamás fue vencida, hasta que llegó la caja tonta. Nosotros, en casa (la de entonces, digo) no comíamos donde estaba la tele, eso nos salvó. Sin embargo el trabajo de mi padre hacía que nunca lo tuviéramos delante.

S.V-B: Es cierto que hoy era lo de Manos Unidas. Con esto de la nieve del fin de semana se me había olvidado que fue el viernes el bocata solidario. Y se me había ido el santo al cielo. Seguro que si caigo en la cuenta, ni se me ocurre que tenía esto en el diario.
Lo que he dicho más arriba a Javier de los gestos que son sólo calentamientos de conciencia sirve para lo que comentabas del cepillo. Y también lo que dijo esa señora de Cáritas a Ferran.
Sí es cierto, lamentablemente cierto, pero como sabéis los cuatro, me encanta verle el lado positivo, aunque parezca un iluso. Imáginate que esos billetitos de cinco euros, hubieran sido monedas de dos euros.
Si un día llegaramos a convencernos de que lo que tenemos que compartir es lo que también necesitamos nosotros, se acbaría el hambre. Entretanto, bienvenidos los cinco euros...

PD: Ferran: lo de Machado es una boutade o es que alguien se está haciendo millonario con estas cosas?

Adrian Dorado dijo...

vengo a compartir nuevamente el pan espiritual a la casa de mi amigo.
Miré por si acaso en la mesa del ordenador y nada mi anterior comentario no se había caido antes de publicarlo no importa, hoy parece que me ha tocado estar un poco excluido, copiaré este no se cosa que cuando le de al enter Zactracastaplúm! y me quede con todo en blanco.
Decía antes cuando se perdió, que en Berkeley California donde vive mi hija visitamos allí a un amigo de ella que tiene una panadería y que cuando termina la jornada y cierran las puertas del negocio, sacan en unas cajas muy cuidadas, el pan sobrante del día, ese que no se puede vender al otro día y me sorprendió como sólo lo toman los homeless, oye panes hermosos de formas muy bonitas, una panadería moderna y de moda, con semillas algarrobas y miel. pero la gente que puede comparlo no lo toma, acaso ya lo haya comprado antes cuando les era mas oportuno o quizás no tienen esa estúpida costumbre de avivarse en demasía...pasarse de la raya.

Abrazo como siempre Amando

PD: me alegro de las nueva compañías en este comentario, soy tan habitual que me permito decirles desde mí: Bienvenidos.

Amando Carabias María dijo...

Pues vaya, si que son en USA refinos. Aquí, si alguna panadería hiciera eso, alguno se gastaba en pan la mitad, pues compraría un día sí y otro no... De todas maneras, puede que tenga su parte positiva. Al menos no se tira...