viernes, 20 de febrero de 2009

EL ESPEJO. 2.

En cuanto se hubo ido, me lancé a la calle. Tenía que comprar lo imprescindible (sobre todo, productos de limpieza). En la pensión recogí mis pertenencias y saldé la cuenta. No quería más problemas. Como no podía ser de otro modo, todo se complicó y no tardé un par de horas en tales tareas, sino cuatro. En mi descargo diré que dupliqué el tiempo previamente calculado porque por el camino me di cuenta de que debía adquirir ropa para la casa (sábanas, un par de mantas, paños de cocina), pues carecía de todo. Perdí la tarde en ir y venir de los comercios a mi nuevo domicilio, en discusiones múltiples e inútiles con dependientes de ambos sexos y varias inteligencias, y en unas cuantas llamadas telefónicas pidiendo consejo a mis amigas, bueno, las que eran expertas en cuidado y limpieza del hogar.
Cuando regresé a mi flamante piso recién alquilado, para no salir hasta el otro día, contemplé abrumado el recibidor atestado de lejía, jabones para el suelo, detergentes, amoniaco, gamuzas, esponjas, fregonas, cepillo para barrer terrazo, mopa para limpiar los suelos de madera... Por primera vez, me reproché la precipitación con la que actué. Era casi de noche y, a mi modo de ver, no era hora de limpiezas. Aunque debía hacerlo, no me quedaba más remedio que acometer lo imprescindible. Podía obviar, por un día, la cocina, si es que cenaba y desayunaba en cualquier bar (usualmente almuerzo en un restaurante barato que está junto a la oficina) y el salón; pero el cuarto de baño y el dormitorio necesitaban una intervención seria, contundente y rápida.
Fui al dormitorio.
Se trataba de un cuadrilátero casi perfecto, unos dieciséis metros cuadrados. En la esquina lindera con el salón, perdía su exactitud cuadrangular, a causa de una viga que rompía ese equilibrio casi cartesiano. El mobiliario era simple, escaso y anticuado: además de la cama de matrimonio, una coqueta, un cristo, un espejo y una silla.
No me gustó la cama, no me gustó la coqueta, no me gustó la silla, no me gustó el espejo. El cristo tenía algo de tierno en su dolorismo, algo que me remitía a la infancia, pero nada más. En suma no me gustó nada. Aunque no había otra cosa.
Con precaución levanté la tela blanca que cubría el lecho cual sudario. El colchón parecía limpio y firme. Golpeé sobre él y no se levantó la típica nubecilla polvorienta. Lo cubrí de nuevo. Excepto el polvo acumulado por el suelo, los muebles y los ropones que los cubrían, así como el aroma acre y rancio que emana de las habitaciones cerradas durante mucho tiempo, tenia buen aspecto, como el toda la casa.
Cuando decidieron alquilarla, se preocuparon de pintarla y sanearla. Se notaba y se agradecía.
Me disponía a limpiar el espejo que colgaba casi en el centro de la pared opuesta a la cabecera de la cama, cuando me llevé el susto más grande de mi vida. Hasta ese instante no me había situado frente a él. Sólo había visto su marco, y, no le di más importancia que al resto del reducido mobiliario.
Uno está acostumbrado a ciertas cosas y, cuando no suceden, la sorpresa causa un cataclismo emocional: un río que viajara corriente arriba, lluvia que ascendiera hacia el cielo, una taza de loza que al caer sobre el pavimento de terrazo botara como un balón, briznas de hierba que crecieran azules o rojas, perros que cantaran un tango, caminos que acabaran en un precipicio, cadáveres que caminaran, veloces zancadas que no avanzaran ni un metro, la contemplación del propio entierro ..., qué sé yo. Cosas, en fin, que pueden ser un número de circo, elementos de un cuento fantástico o la peor pesadilla.
Cuando uno se sitúa ante un cristal, espera encontrarse consigo mismo, con la devolución, un tanto anodina y aburrida, de su propia figura. Así lo observamos días tras día, desde que tenemos pocos meses, incluso, muchas veces en un mismo día. Es tan habitual, que a veces ni nos fijamos en ese físico tan conocido. Así que, cuando me situé ante su luna, en las primeras décimas de segundo no observé ninguna rareza; incluso, apostaría doble contra sencillo que mi mente me situó allí dentro, como siempre; pero, de pronto, constaté lo asombroso, lo que me produjo el miedo, lo que provocó un seísmo en mi espíritu: no estaba mi reflejo.
Ni el de nada.
Tuve la percepción de que no existía, al no existir mi imagen.
Experimenté, despierto, la impresión angustiosa de la pesadilla en que uno cae eternamente precipicio abajo. Accionaba mis manos y no las veía, gesticulaba exageradamente pero no por ello forcé la visión de mi rostro deformado por mi propio esfuerzo.
Al no verme reflejado, malicié por vez primera que había sido víctima del encantamiento del piso, aquél del que me habló la hermosa mujer a la que no presté atención...; mejor dicho, a la que presté demasiado atención, y no escuché como debía.

17 comentarios:

Adrian Dorado dijo...

¡Achalay mi amigo!
Sabrás que, por tradición, los que no se reflejan son vampiros, no? Y ya solo escribir su nombre me hiela la sangre que, anticoagulada como la tengo está de requetechupe para esos hemógagos murcielagos. Dí que además me estampo unos betabloqueantes que desaceleran el ritmo cardíaco y a esos bichos del infierno, supongo, les habrán de producir no sé que cosas pero que, al servicio de mis miedos, espero que muy pero muy malas y no terminen haciendo de mi bonito pescuezo un colador de agujeros.
Vade retro satanás, comeré ajos y dibujaré cruces por doquier.
Igual, continúa Amando continúa que nuestra pavura no te detenga.

S.C. dijo...

Cojonudo.
Queremos más.

Ferran Gallego dijo...

EL ESPEJO VACÍO

Será porque, de pronto, no resignas
tu espacio a ser reflejo de la vida.
O será que no acepto la temida
falsedad que me finge y me designa.

Será que tu mirada es una ciega
reflexión sobre un mundo cancelado.
O que no quiero ver mi cuerpo al otro lado
esperando una voz que nunca llega.

No me reitera tu mirada llana,
el lugar apaisado donde, a veces,
he creído que vive lo más cierto.

Quizás mi cuerpo es una ausencia vana
que ya tampoco existe donde creces,
vivos los dos, y cada uno muerto.

Ferran Gallego dijo...

EL ESPEJO VACÍO (II)

"No hay nadie en el espejo y me contemplo"

Juan-Eduardo Cirlot.



Rechazas los objetos más cautivos,
los que sólo persisten como sombra
de un cuerpo originario que los nombra
mientras ellos parecen estar vivos.

Tus confines en blanco me suprimen
al asomarme a tu país farsante
donde cada momento es un instante
y cada muerte es el lugar de un crimen.

No me dejas entrar en la penumbra
que agrupas en tus párpados callados
igual que la obsesión de una mirada.

Eres la oscuridad que se acostumbra
a ser solo el lugar de mi pasado.
A no volver a verme. A no ser nada.

Amando Carabias María dijo...

Vengo por fin a este territorio que considero parte de mi hogar y donde comparto tantas cosas con quienes por él transitan. En otra parte venimos de hablar y escuchar de poesía, me encuentro con vuestras aportaciones.
Nunca pensé que un texto mío diera para tanto. en fin...

ADRIÁN: Pues fíjate que a pesar de saber lo de los vampiros, no caí en la cuenta del asunto hasta que me he encontrado de buena mañana con tu saludo. Tedría que haberlo pensado antes, así como están tan de moda tales seres entre los jóvenes (si os contara que las conversaciones de mis hijas, o muchas de ellas, giran en torno a las aventuras y desventuras de ese joven vampiro enamorado de esa hermosa humana..) a lo mejor hasta dejaba el trabajo. Eso, como siempre, sólo les sucede a los anglosajontes...

SC: Gracias por tu contundencia lacónica. Todavía quedan algunos capítulos.

FERRAN: Vuelve a ser un honor ser el depósito de ese afán tuyo por la lírica. Allí explicas el temblor del poeta mientras construye su obra, pues los materiles son sensibles como una caricia, pero aquí nos acaricias con tus reflexiones convertidas en versos hondos. De nuevo gracias.
Otros no se atreven, por pudor, a saltar a ese espacio y decir lo que te decimos los que ya carecemos de esa vergüenza, quiero que en mis palabras escuches también las suyas, las que algunos me dicen por la calle cuando me preguntan por ti.
Un abrazo

Porfirio de la Cruz dijo...

Estimado Amando, también me ha gustado esta nueva entrega del espejo, así como los versos del Sr. Ferran.
No sé si pensó en los vampiros como insinúa Adrián, pero desde luego esto se empieza a poner como interesante.
Me gustaría que no demorara tanto entre las entregas...

Amando Carabias María dijo...

PORFIRIO: Cuando dejaste tu comentario este escribidor ya andaba camino de planchar la oreja.
Me alegra que también este relato te esté gustando.
Igual que tú me animas a no demorar las entregas (no sé si será posible, pues hay quien me ha pedido que la entrada de estos relatos la haga en día fijo de la semana), desde aquí te animo a que participes con tus comentarios en otras entradas.
Por supuesto, actúa con libertad.
Un saludo.

Ferran Gallego dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Ferran Gallego dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Amando Carabias María dijo...

FERRÁN: Pues lo estoy intentando, y no puedo. Ya me había parecido extraño, cuando lo he leído; pero he pensado que se te había colgado algún verso, aunque me extrañaba pues la cosa iba de sonetos.
Supongo que el resto de lectores lo entenderán con tu segundo comentario.
Otra opción que se me ocurre, si quieres, porque yo no lo voy a hacer es que suprimas tú esa entrada, creo que cada uno puede suprimir las que ha escrito, además de yo que podría suprimir cualquiera, y hagas otra con el soneto tal cual, pero lo mismo es un esfuerzo inútil...
Lo que importa y me admira, y lo digo en serio, es que de mis textos seas capaz de obtener la isnpiración para poemas de tanta enjundia, con independencia del metro que has escogido.
Se nota y mucho que ésta es tu verdadera pasión. Y me enorgullezco de que este humilde rincón sirva para que encuentres un modo de susurrar tus iniciativas.
Un abrazo.

Ferran Gallego dijo...

EL ESPEJO VACÍO (III)

¿Descansa tu reflejo o sólo quiere
advertirme que a ti te bastaría
con esta interrupción de un solo día
para decir de qué forma se muere?

Mi imagen de tu imagen ya no brota.
Ya no yazco en tu fondo, ya no veo
en tu gesto anegado mi deseo
o en tu vacilación mi sombra rota.

Quieres quizás decirme que mi vida
existe en una tierra compartida
donde sólo aparezco si están otros.

De nada vango si me quedo dentro
de este cuerpo, si no salgo al encuentro
de todos los demás, que son nosotros.

Ferran Gallego dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Ferran Gallego dijo...

EL ESPEJO VACÍO (III)

¿Descansa tu reflejo o sólo quiere
advertirme que a ti te bastaría
con esta interrupción de un solo día
para decir de qué forma se muere?

Mi imagen de tu imagen ya no brota.
Ya no yazco en tu fondo, ya no veo
en tu gesto anegado mi deseo
o en tu vacilación mi sombra rota.

Quieres quizás decirme que mi vida
existe en una tierra compartida
donde sólo aparezco si están otros.

De nada valgo si me quedo dentro
de este cuerpo, si no salgo al encuentro
de todos los demás, que son nosotros.

Ferran Gallego dijo...

Queridos:

He borrado varias entradas porque había entrado un poema defectuoso...Un abrazo

Ferran Gallego dijo...

EL ESPEJO VACIO (IV)


Eres parte de mí. Yo soy la parte
de un trozo de mi vida solamente.
Para saberme acudo hasta encontrarte,
para saber que soy con otra gente.

Basta con que no sepas repetirme
para entender que a veces vivo en vano.
Me basta con tu imagen, tersa y firme,
para volver a ser un sueño humano.

A través de tu oficio, que edifica
lo que mi cuerpo a solas significa,
sé que mi edad es la de cualquier hombre.

Cuando cierras los ojos y me niegas,
aprendo toda mi existencia a ciegas:
gracias a los demás yo tengo un nombre.

Ferran Gallego dijo...

EL ESPEJO VACÍO (y V)


Desde un lugar que, en realidad, no existe;
desde ese espacio en falsa perspectiva;
desde esa sangre inmóvil que cautiva
el cauce transparente que la viste.

Desde ese lugar hondo donde yace
cada rostro asomado a su estatura;
desde ese libro inverso que deshace
las páginas que el tiempo nunca cura.

Desde esa vida que me acecha en vilo
igual que si mi vida duplicara
su duración, su espanto, su esperanza.

Algo me anima a retomar el hilo
de lo que hay que vivir, algo me ampara
cuando mi corazón ya no me alcanza.

Amando Carabias María dijo...

FERRAN: Ya casi tenía olvidada está entrada. Al ver el número de comentarios, me doy cuenta de que sigues en la brecha. No sé que decir, así que no diré nada. Tan sólo te dejo el testimonio de que te leo también en esta faceta tuya de poeta y sonetista que muchos desconocen y con la que a buen seguro quedarían gratamente sorprendidos.
Gracias nuevamente y un abrazo.