miércoles, 7 de enero de 2009

LO QUE ME GUSTA ES QUE ME GUSTEN LAS COSAS (Pedro Salinas)

Dedicada a Javier Gómez canario (tinerfeño) de ascendencia segoviana por parte materna, según propia confesión realizada ayer mismo en el blog de Juan Cruz, porque con su aparición y su aportación, me ha ayudado a escribir la entrada de hoy, sin él saberlo.
Quizá sea el mejor modo de resquebrajar el enfado que nos va a producir a todos entrar en la vorágine del día a día.
Ya sé que para muchos las fiestas navideñas (no escribo Navidad), son un suplicio porque empalagan demasiado, porque se disimula la sonrisa y el afecto hasta el hartazgo, porque los dulces, peteretes y gollerías terminan por generarnos diabetes, más que en el venero, en el alma, y podemos sufrir un coma por sobredosis de edulcorante anímico.
Pero supongo que habrá pocos, salvo jubilados y niños de pecho, que estén en contra de la afirmación de que volver a la vida cotidiana con sus madrugones, urgencias, estudios, facturas, agobios, jefes (o subordinados), profesores, alumnos, prisas, sueño, malhumor... no sea una cruz.
Algo parecido al regreso de las vacaciones estivales.
Pues bien, ahí está la frase de Pedro Salinas: Lo que me gusta es que me gusten las cosas. Es como un reconstituyente para el alma.
Además de Javier Gómez, quien la introdujo en el citado blog, otra habitual contertulia, adsuar, ayudó con su erudición y delicadeza a poner en contexto esta frase del poeta madrileño, tan relacionado con Santander. Se la escribió a Jorge Guillén en una carta que rememoraba un encuentro vespertino en Madrid con Ferrater, Sánchez Reulet y Américo Castro.
Quizá sea esta la clave que nos pueda ayudar a que la luz no se escape de la vida, de nuestra vida: abrir los ojos y descubrir que la existencia es maravillosa, que lo que más nos guste sea que nos gusten las cosas: el paisaje, la luz, los monumentos, los cuadros, las canciones, los poemas, las películas, el fútbol, los toros, los callos, las cañas, el café, el güisqui, el cine, el sol, la nieve, la playa, la montaña, el silencio, la música, las novelas, la ciudad, el bosque, el amanecer, el crepúsculo, el amor, ah, cómo nos gusta el amor...
No conozco a muchas de estas personas, pero sí a más de una.
Son gentes que se caracterizan por su optimismo, porque suelen ver la botella con líquido, y eso es lo que importa. Ni siquiera es trascendente la cantidad de líquido que contengan, sino que lo tienen. Son esas personas que suelen encontrar en el prójimo la virtud antes que el defecto. Son esas personas que disculpan los errores del otro y regalan oportunidades, como quien regala sonrisas. Son esas personas que se levantan convencidos de que ese es el gran milagro: la vida de cada día. Son esas personas que se entregan a la vida como un amante se entrega a la amada. Cuando hay que llorar se llora, cuando hay que reír se ríe, cuando hay que callar, se calla...
En otras partes de este mundo (perdonadme, es que ese reloj que pone Gaza no deja de recordarme el horror), es más difícil que alguien pueda decir esta u otra frase similar, y no se olvida, os lo prometo que no se me olvida, pero al menos quedan niños y queda, por tanto la esperanza.
Acabamos de ver Marián y yo Las horas una hermosísima película que trata sobre tres mujeres: Virginia Woolf, una lectora de su novela y la protagonista del relato: Miss Dalleway. No hablaré de la película. Sólo de su última frase. La más estremecedora y, sin embargo, llena de esperanza. La película comienza con que la escritora inglesa, en 1941, escribe una carta de despedida a su marido, justo antes de suicidarse como un acto de lucidez, ya que sabía que la locura acabaría por devorarla. Pues bien, la cinta acaba con la última frase de esa carta, al menos así sale en la película. Es una frase que estremece porque precede en pocos minutos a su suicidio. No la puedo transcribir, porque si lo intentara de memoria desaparecería su musicalidad que aún resuena en la traducción. Sin embargo sí puedo daros su contenido: lo importante de la vida es mirarle a los ojos, de frente, sin miedo, tomarla en brazos, acunarla para acogerla, y vivirla en plenitud, pues la vida es lo único que poseemos. Es lo mismo, me parece, que quería decir Salinas.
Mirar con ojos de amanecer, más limpio todavía por la acción purificadora del rocío, el transcurrir de cada minuto. Que cada instante sea tan nuevo como el amanecer, o como la mirada de unos ojos que nos quieren y con las vibraciones cósmicas de sus pupilas nos renuevan después de estremecernos.
Gracias, Javier Gómez, por ponerme esta frase a tiro, que desde hoy intentaré compartir contigo como lema de mi vida:
LO QUE MÁS ME GUSTA ES ME GUSTEN LAS COSAS.

3 comentarios:

javier dijo...

Buenas tardes Amando:

En primer lugar, una explicación debida: nací en Valladolid (en septiembre del 63, te ando a la zaga en la edad...); mi padre es de la provincia, de Torrescárcela. Así pues, soy vallisoletano circunstancial de lugar. Hace 18 años largos vine por primera vez a Tenerife, y me dejé un trocito de corazón en esta isla, que quedó enganchado entre el Teide, el mar y este clima. El mar se me fue revelando imprescindible en mis sucesivos viajes de vacaciones de buceo a la isla, y el clima acabó ganando por goleada al que durante cuarenta años aguanté en la inhóspita meseta, no soporto el frío. En 2004, la sencilla frase que nos ocupa me empujó por fin a tomar la decisión más acertada hasta la fecha y, como se dice por aquí, me mandé a mudar y me hice canario de adopción, con inmenso cariño y respeto por estas islas.

No es lugar el blog de Juan Cruz para tanta explicación, desde allí solamente quise enviarte un saludo particular, y por la noche no tuve ya ganas de escribir donde sí podía darla. Aplacé mi parrafada para hoy, y me encuentro con otro delicioso regalo de Reyes de tu mano, que disfruto y agradezco de corazón. Gracias.

Javier Gómez

chus dijo...

no te puedes hacer idea lo bien que me viene hoy esta frase!!!!!!
muchas gracias

Amando Carabias María dijo...

Muchas gracias Javier por tu visita a este espacio. La verdad es que tu intervención de ayer me gustó, y desde luego desconocía que nuestros progenitores fueran casi vecino.
Siempre he pensado que los que viven en Canarias sólo tienen una desventaja, la sensación de insularidad. POr lo demás, quién pudiera.
Espero que vuestra batalla por lo del puerto salga bien. Ya dije ayer en el blog de JC que visite el vuestro. Me gustó mucho, me parece muy, pero que muy dinámico. Un abrazo, Javier.

CHUS, se te echaba de menos. No sólo a mí, también a Javier agradécele esta frase. Sí, realmente viene muy bien en días como el de hoy. Ojalá que nos venga bien todos los días del año que estrenamos.