martes, 13 de enero de 2009

EL POETA MURIÓ HACE UN AÑO.


( El poeta Ángel González en Oviedo; en la zona de El Fontán. Foto El País digital)
Ayer por la tarde miraba la puesta sol que de repente era un trozo de lumbre, aún fría. Los tejados, las torres, los pináculos, se ruborizaban incandescentes, el cielo era una vasija azul, traslúcida, como del mejor cristal.
Leía la prensa digital, Marián descansaba, las chicas contemplaban algún programa juvenil en la tele. Mi lectura distraída descubrió la efeméride: un año desde la muerte de Ángel González. Un año sin que los comprometidos versos del asturiano. Un año desde que su voz precisa, desprovista de falsos adornos, pura y cortante como un diamante, no avanzó más en el titánico esfuerzo de mostrar la verdad desnuda del hombre.
La poesía radiografía el alma, no sólo la del hombre, sino de la creación entera. Aflora a nuestro entendimiento que hasta las piedras tienen un secreto. La poesía no sólo busca palabras bellas que retraten situaciones hermosas. La poesía, acaso, sea la parte de la literatura que más y mejor emparenta con la filosofía, porque bucea en lo más hondo del corazón humano y de la esencia de las cosas, de todas las cosas, incluso en la esencia de la divinidad, si es que ello es posible.
Se puede escribir poesía buscando exclusivamente la belleza o el sonido, el ritmo o la rima, la imagen o el concepto, la inteligencia o el arabesco. Y nadie en su sano juicio podrá negar que se trata de poesía, incluso de hermosa poesía.
Pero también la poesía descubre que no hay camino, sino que se hace camino al andar; que, ante la pérdida del amigo, somos capaces escarbar la tierra con los dientes, apartarla parte a parte, a dentelladas secas y calientes, para encontrar su calavera, para desamordazarle, para regresarle; la poesía reflexiona sobre el tiempo y su fugacidad inasible; clama por la huida del amado en mitad de la madrugada; es apasionada búsqueda de Dios; es la exposición más honda de la esencia del amor; exalta el dolor y a sus víctimas; se clava cual dardo certero en la llaga de la injusticia; acuna al hombre (a cualquier hombre, a todos los hombres y a todas y cada una de sus circunstancias), y lo convierte en destinatario de la reflexión y de las palabras del poeta.
Cuando, al principio de la década de los años ochenta del siglo pasado, junto con otros amigos aprendices de poetas, poetas provincianos, como Pedro Antonio Blázquez, Benjamín Narros, Fernando García, Reyes Santos... fundamos el Grupo Literario y Artístico Hominis, a imitación de los grupos de vanguardia de los años veinte, publicamos un manifiesto, un manifiesto que titulamos por el hombre.
En realidad todo era excesivo para nosotros, pero ahí estuvo nuestro granito de arena.
Sin saberlo entonces, o sabiéndolo a medias, nos ahilábamos (al menos en teoría, como principio al menos) con ese grupo de poetas que les ha importado más el verso manchado por la vida, por lo cotidiano. Sin saberlo con precisión, pero con cierta intuición medrosa, nos acercábamos a posturas defendidas por Blas de Otero, José Hierro, Victoriano Crémer, Angel Valente, José Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma, Félix Grande o tantísimos otros que no cito, quienes, a su vez, habían seguido el camino trazado por otros y habían avanzado hacia el futuro. Igual que otra generación tomó el fuego de su antorcha y nos la transmitió a nosotros y nosotros haremos con quien nos sigue, y así hasta el infinito, hasta alcanzar con los dedos el límite del horizonte.
En fin, que sin saberlo, o intuyéndolo apenas, éramos anónimos discípulos de Ángel González que hace un año, justamente, después de casi ochenta y tres, dejó este mundo, murió en Madrid y en Oviedo, su Oviedo, fueron enterradas sus cenizas.
Ayer por la tarde, quizá cuando en mi cabeza avanzaba la idea de glosarle, su viuda, Susana Rivera ha presentado una nueva antología de su obra titulada La Primavera avanza.
Con este título sólo es posible que la esperanza sustituya el latido cotidiano de nuestro corazón. Con la publicación de parte de su obra, es como si de nuevo se alzara su voz, regresada desde la muerte. Y es por ello que la primavera avanza, pues la poesía, también sirve para que el lector que la saborea (porque la poesía no se lee, se saborea lentamente, como una puesta de sol, como una sobremesa entre amigos, como un abrazo, como un buen disco, como un beso) encuentre el manadero de la vida, esa fuente donde brota el agua que mejor quita la sed...
Desconozco si el poema que transcribo a continuación se incluye o no en esta selección, pero lo he escogido simplemente porque en estos días en que la vida parece masacrada por la barbarie del horror sangriento, uno no puede imaginarse de otro modo a Ángel González que portando alguna pancarta o escribiendo algún verso a favor de las víctimas.
El derrotado
Atrás quedaron los escombros:
humeantes
pedazos de tu casa,
veranos incendiados, sangre seca
sobre la que se
ceba -último buitre-
el viento.
Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia
el tiempo bien llamado porvenir.
Porque ninguna tierra
posees,
porque ninguna patria
es ni será jamás la tuya,
porque en ningún
país
puede arraigar tu corazón deshabitado.

Nunca -y es tan
sencillo-
podrás abrir una cancela
y decir, nada más: «buen día,
madre».
Aunque efectivamente el día sea bueno,
haya trigo en las
eras
y los árboles
extiendan hacia ti sus fatigadas
ramas,
ofreciéndote
frutos o sombra para que descanses.
Ángel González (Oviedo 1925, Madrid 2008)

6 comentarios:

Adrian Dorado dijo...

Si me permites,Amando,acompañaría lo que has escrito sobre el poeta muerto con el Adagietto y el rondó finale de la 5ª de Mahler. Mientras te leía, sonaba atrás mio. No hice más que capitalizar la coincidencia pero...que bien le queda!.Me gusta mucho el respeto por los maestros mayores, yo soy de los que se eslabonan agradecidos.Claro que vale el recordatorio.
Por otro lado que bueno el cambio... mucho gusto y a Marián también, preséntale, por favor, mis respetos... y te diré que no eres muy diferente de lo construido en mi imaginario. Casi igual. Salud, amigo!

Amando Carabias María dijo...

Pues, yo, Adrián, no escuché ese adaggieto, más bien el adagio de la octava de Bruckner, esa inmesidad del océano que me habla de eternidades y esperanzas, esa inmesidad que provoca la unión de los millones y millones de gotitas de agua salada que navegamos en la misma dirección.
Por supuesto, Adrián, que le presentaré tus respetos.

alena collar dijo...

Me ha emocionado tu escritura al hilo de Ángel González.
Agradecerte el link, es por demás.
Un cordial saludo.

Amando Carabias María dijo...

No, el gusto es mío. Saludos nuevamente. Estos comentarios ayudan a la tarea, que a veces se hace dura. Como un aporte extra de vitaminas. Qué te voy a contar a ti.

lammermoor dijo...

Estupenda entrada que no solo homenajea a Angel González sino que explica tan bien lo que es la poesía.
Ese poema fue uno de los que ayer leí y "preseleccioné"; al leerlo, pensaba en los haitianos.

Amando Carabias María dijo...

Pues gracias por tu visita, que es como un viaje en el tiempo,
cuando he leído tu entrada de hoy, ha sido como automático recordar esta entrada.
Tus palabras me dan muchos ánimos.
Lo grande de la poesía (de la buena) es que, al final, el asunto concreto es casi lo de menos. Hay algo dentre de los versos que los hace casi enternos, o al menos atemporales.