lunes, 1 de diciembre de 2008

SENTIMIENTOS Y LITERATURA

En alguna parte leí ayer mismo una frase que es lugar común entre críticos literarios (no sé si de cualquier arte), y algunos lectores especialmente penetrantes: Con buenos sentimientos se hace mala literatura.
Semejante afirmación siempre se me ha clavado como una astilla en el corazón; pero hoy, con la ciudad nevada (espolvoreada con harina fría, mejor dicho, con esa azúcar glas con que los pasteleros decoran algunas de sus obras), prefiero no hacer caso de ese dolor que me aguijonea en algún rinconcito y reflexionar sobre semejante cuestión.
En principio, parece claro que la literatura no es ajena a los sentimientos. Más bien, uno diría que la literatura moderna, desde el Romanticismo, acaso antes, utiliza como uno de sus motores más potentes el sentimiento, entendiendo éste como ese impulso que nace desde lo más profundo del corazón del ser humano y es capaz de movilizar toda nuestra persona.
Ahora bien, y dando esto por bueno, no todo movimiento alumbrado desde lo hondo de nuestras entrañas podría ser considerado como bueno. La venganza, la ira, la envidia, el orgullo, la ambición desmedida, la dominación… son sentimientos, igualmente, y con ellos como elemento sustancial, se han escrito maravillosas obras literarias. Claro que se mantiene el calificativo de maravillosas, precisamente por ser su realidad pura ficción. Si nos tocara vivir junto a estos personajes convertidos en personas de carne y hueso, es decir, si tuviéramos que estar junto a sentimientos similares, así como con las consecuentes reacciones que se derivan de tales modos de ser, esas ‘maravillosas obras literarias’, se tornarían el peor de los infiernos, y nuestra admiración por ellas sería maldición eterna. En tales casos, mejor que nos refugiásemos en la embajada de Afganistán. Lo malo es que la realidad, tantas veces, parece empeñada en ser un monstruo impenitente.
Cuando se critican de semejante modo los buenos sentimientos, creo que se está hablando de sentimentalismo, de esa excesiva dulzura que exudan algunos personajes que parecen, más bien, nacidos del fondo de una tarta, por seguir con la imagen.
Ocurre que muchos héroes o heroínas empalagan, de acuerdo, pero, lo que no se suele comentar es que sus antagonistas en esas mismas creaciones repugnan como carne podrida.
Me parece, y lo digo con total puerilidad, que la calidad literaria no depende de la bondad o maldad de los sentimientos que encarnen los personajes de ficción, ni de la bondad o maldad de las peripecias en que se zambullan sus personajes.
Los mejores postres no empalagan, aunque sobre estas cuestiones, tampoco hay nada seguro, porque el nivel de dulzor que admite cada paladar es particular e intransferible.
De todos modos, y por concluir, creo que El Quijote, está escrito desde la bondad (la de la mirada del autor, la de los personajes, la de las situaciones) y el buen humor, aunque la situación de partida no es precisamente bondadosa. Y creo que se trata de una de las mejores novelas escritas, no sólo en español…

3 comentarios:

S.C. dijo...

Hay más hijoputas que perros descalzos.


¡Hola Amando!

Anónimo dijo...

PUES ESO

Amando dijo...

El anónimo era yo mismo, que se me ha ido el ratón a donde no correspondía. Ya sabéis los roedores se mueven muy deprisa.